HOLLYWOOD
Una vez mas, Ariana Mendoza me ayudo con este capitulo.
"¡Hola soledad!". -The Everly Brothers.
CAPÍTULO VEINTINUEVE
Tan pronto como les aseguro, aturdido, a los agentes Weiss y Fields, que desconozco el paradero de Renée y Bella –y tan pronto como ellos se marchan con una vaga despedida– me voy del trabajo. Ni siquiera le digo a alguien a dónde voy.
Solo me voy y conduzco hasta la casa de Bella, tan rápido como jamás he conducido antes.
Cuando llego allí, realmente no sé qué encontraré. Sé lo que espero. Espero que Carmen me dé la bienvenida, y que Bella esté arriba en su cuarto, o en la piscina bebiendo Coca-Cola de una clásica botella de vidrio fingiendo estar viviendo en una época diferente. Espero que todo esto no sea otra cosa que un malentendido o una broma o algo. Lo que sea.
Pero lo que encuentro allí no me sorprende en lo más mínimo.
Camino por la casa. Voy cuarto por cuarto, buscando por algo o por alguien. Y luego voy hacia afuera, paso por la piscina y me dirijo hacia la casa de invitados, esa que antes llamé mía.
Mi corazón bombea fuerte y dolorosamente.
Pero mi mente me dice que soy un maldito idiota.
Todo cobra sentido, no importa cuánto no lo quiera ver así.
Quiero vivir en la ignorancia un rato más, pero soy abogado y he visto casos como estos antes.
Revisé los antecedentes de Bella y Renée. Lo hice al momento en que Bella comenzó a portarse de manera tan extraña. Lo revisé todo. Un par de detalles parecían vagos, pero no significaban nada.
Pero ahora significan todo.
Su nombre fue una mentira. Su historia fue una mentira. Todo de ella fue una mentira.
La casa de invitados está vacía y silenciosa, y no puedo soportarlo más, así que salgo afuera y me siento en una de las tumbonas junto a la piscina. Me siento allí hasta que las nubes sobre mí empiezan a ponerse oscuras, y las primeras gotas de lluvia empiezan a caer.
Maldito idiota.
Rebusco en mi bolsillo hasta que mis dedos tocan el arrugado papel. Y entonces saco la nota y leo las palabras delicadamente escritas.
Te amo, te amo, te amo.
Y creo que, quizá, hasta eso fue una mentira.
–Carmen, por favor –digo.
Carmen está de pie en la puerta de su apartamento, cargando a un niño pequeño entre sus brazos.
Sus ojos son grandes, y los gritos de sus otros hijos suenan detrás de ella.
–Señor Cullen, ahora realmente no es un buen momento.
–Tienes que decirme –digo de nuevo, y sueno desesperado. Un tonto desesperado. Eso es lo que soy–. Tienes que decirme si sabías lo que eran…
–¡No! Ya el FBI me lo preguntó. Incluso me hicieron tomar el detector de mentiras. Pero les diré lo que le diré a usted: La señora Swan, o Dwyer, o como sea su nombre, me dijo que había culminado con todos mis servicios como empleada del servicio y me dejó ir. Eso es lo último que me dijo.
–Por favor –suplico. Mi voz se rompe y no sé qué es lo que me sucede. Soy patético. Jugaron conmigo y estoy desesperado, buscando algo que me diga todo lo contrario. Pero ya conozco la respuesta de ello–. Por favor, necesito saber algo.
–No hay nada… –comienza Carmen.
–Te lo suplico –susurro en voz baja. Veo mi mano buscar la suya, y la tomo–. Por favor.
Ella me mira con la chispa de contradicción cruzando por sus amables ojos café. Parece que pasa una eternidad antes de que se suavizan. Finalmente, ella asiente con la cabeza muy ligeramente.
–Tengo algo para usted. Espere aquí.
Con eso, ella me cierra la puerta en la cara.
Pienso que quizá solo estaba mintiendo para poder deshacerse de mí, pero un momento después, ella regresa sosteniendo un pedazo de papel.
–Es de parte de ella –murmura Carmen, y no hay necesidad de especificar a cuál de ellas se refiere.
Mis dedos tiemblan mientras abro la nota.
Mi visión se nubla tan pronto como leo las palabras.
Tengo que leer las letras una por una un par de veces para que cobren sentido.
Te dije que me odiarías.
Pero te amo.
-Marie.
Mi estómago se contrae. Nunca en mi vida me había sentido tan desquiciado, y todo por esta chica que lo destrozó todo y me dejó con solo nueve palabritas.
Cuando levanto mis enrojecidos y cansados ojos de vuelta a Carmen, ella me mira con lástima, un sentimiento antes desconocido para mí.
–Ella lo amaba, señor Cullen –dice.
Creo que ella solo está intentando calmarme. Pero yo no estoy para eso.
Simplemente niego con mi cabeza y arrugo el papel.
–¿Realmente lo hizo? –es todo lo que digo antes de irme.
Dos años después…
–¡Cullen!
Miro por encima de mi hombro cuando Heidi baja los escalones de la corte con una sonrisa en su felino rostro.
–Veinte años para Wyman, ¿eh? –pregunta, golpeando mi hombro–. No tienes piedad, ¿no es así?
Sonrío y continúo caminando hasta la calle para conseguir un taxi.
–El juez decide la sentencia, no yo.
Heidi me sigue un poco de cerca.
–Bueno, Wyman podría ser un hombre libre en este preciso momento si tú no lo hubieses enfurecido hasta el punto de confesar toda su locura… Enfrente de toda la corte para que Dios y todo el mundo lo viese.
Solo sonrío y me encojo.
–Todo en un día de trabajo, ¿cierto? –insiste, bromeando.
–Tú lo sabes más que yo.
–Oh, todo un galán.
Las palabras de Heidi me recuerdan a ella, pero me niego a permitir que mis pensamientos vayan tan lejos. No hay futuro en seguir pensando en Bella. Nunca hubo un futuro con ella, de todas formas.
–Así que… ¿Qué pasa con ese trago que me prometiste hace dos años? Creo que esto amerita un algún día… –bromea Heidi.
Y, a pesar de que yo ya he decidido que pensar en Bella es una causa perdida y un viejo recuerdo, todavía niego con la cabeza y sonrío.
–Esta noche no, Heidi.
Ella solo asiente, porque lo sabe.
Estoy sumergido en papeleo y las palabras empiezan a juntarse y a verse borrosas.
Son las dos de la mañana y soy la única persona que queda en el edificio de las oficinas.
Y entonces, mi teléfono suena.
Suspirando, lo tomo.
–¿Sí, Tanya?
Hay una pequeña pero vacilante pausa antes de un carraspeo.
–¿Disculpe?
Frunzo el ceño a la evidente voz masculina y me aflojo la corbata.
–Discúlpeme. Pensé que era alguien más…
–¿Es usted Edward Cullen? –exige la ronca voz, antes de que pudiese terminar mi frase de manera decente.
Mis ojos se abren, y por poco sonrío por aquella rudeza.
–Sí, lo soy, ¿Quién es?
–Mi nombre es… Soy… mi nombre es Charlie Higginbotham.
Me quedo en silencio.
El tictac del reloj en la esquina de la sala de repente parece ensordecedor para mis oídos.
–¿Señor Cullen? ¿Sigue ahí?
–Uh, sí. –Me froto la parte de atrás de mi cuello, porque el miedo empieza a acumularse dentro de mi estómago–. Señor Higginbotham, realmente no creo que deba estar hablando con usted…
–¿Podría reunirme con usted en algún sitio? Es absolutamente urgente –dice Charlie, aclarándose la garganta.
–¿Está en Nueva York? –pregunto, frunciendo mi ceño.
–Sí. Solo para verlo.
–Señor Higginbotham….
–Por favor –insiste, y su tono es tan familiar que tengo que detenerme–. Por favor, reúnase conmigo ahora mismo en la estación del subterráneo más cercano a su oficina.
Y con eso, me cuelga.
Charlie no se presenta en la estación del subterráneo.
Espero una hora entera antes de rendirme.
Ni siquiera sé por qué esperé tanto.
Pero, ciertamente, no me molesto en preguntarme la razón cuando llego a casa. Eso me toma mucha energía.
Tan pronto como abro la puerta, sé que algo está fuera de lugar.
Ni siquiera me sorprendo cuando encuentro a un extraño sentado sobre mi sofá. Él es alto, canoso, con un oscuro bigote y mirada seria.
Ojos que ella heredó.
Así es como sé que no debo llamar al 911.
–Lamento si lo asusté –se queja Charlie, levantándose para apretar mi mano como si no hubiese entrado abruptamente a mi apartamento.
–Está bien –contesto cautelosamente.
–Los teléfonos probablemente estén interceptados. Tampoco quería que alguien escuchara nuestra conversación en la estación del subterráneo. Es decir, probablemente esté siendo un viejo tonto y paranoico, pero tengo que ser cuidadoso.
–Ajá –digo, dejando mis llaves y mi portafolio sobre la mesa del café–. Uh, tome asiento.
Charlie no lo duda.
Tomo la silla frente a él.
–¿Por qué me contactó?
–Ella me dijo que lo hiciera –murmura Charlie, casi tan bajo que no puedo escucharlo.
Mi estómago se retuerce con brusquedad, y su nombre se queda atrapado entre mi lengua por un momento. Pero finalmente lo digo, con una relativa facilidad.
–¿Bella?
–Su nombre es Marie –me corrige Charlie, sin mirarme. Él está observando el piso en su lugar. Él duda por años de experiencia, y se inclina, colocando sus brazos sobre sus rodillas con inquietud, como si estuviera listo para decírmelo todo.
–Cierto –asiento con cuidado.
–Como sea, Marie me dijo que lo llamara. Ella dijo que usted podría… Ella dijo que usted podría ayudar.
–¿Ayudar? –pregunto lentamente.
Charlie asiente con la cabeza, y finalmente levanta la mirada. Él me observa con intensos ojos y una esperanza sutil, de la forma en como su hija lo haría.
–Ella quiere volver a casa.
No sé qué otra cosa hacer que dejar escapar una media pero sufrida carcajada.
–Si ella regresa a los Estados Unidos, la arrestarán de inmediato. Estoy seguro de que ha leído las noticias.
Charlie agita su cabeza.
–Ella dijo que usted es abogado. Dijo que usted podría ayudar.
–Mire, primero que todo, soy fiscal. Trabajo para condenar, no para absolver.
Charlie no quiere escuchar, al parecer. Él continúa negando con su cabeza, frunciéndome el ceño con ojos oscuros.
–Ella está por su cuenta. Finalmente se ha liberado de su madre. ¡Finalmente! Y finalmente me ha contactado otra vez. Por primera vez en años. Ella dijo que confiaba en usted.
Me recuesto sobre mi silla, mi corazón martilleando. Pero mi expresión es relativamente calmada, al menos.
–Quiero decir, ella podría hacer un caso si resulta cierto lo de haberse liberado de su madre. Quizá podríamos trabajar bajo la excusa de haber estado bajo coacción. Podría funcionar, pero….
–¿Pero qué? –Charlie gruñe, la ira en su voz la hace más profunda– ¿Qué más hay? ¡Ella no quiere huir por el resto de su vida! Y yo estaba bajo la impresión de que usted era alguien que se preocupaba profundamente por ella. Lo suficiente como para intentar.
Mi propia irritación sale a flote, y lo miro ferozmente.
–Eso es todo lo que podría hacer, señor Higginbotham: ¡intentar! ¿Realmente usted quiere que su hija vuelva a casa para que enfrente un tribunal y que yo falle? ¡Y luego ella pasara la mitad de su vida en prisión!
–Ella dijo que valía el riesgo.
–¡Dios santo! –Me levanto abruptamente–. Es una locura. Todo esto es una maldita locura.
–Ella dijo… Ella dijo que le dijera que… –Charlie resopla, sus gruesas cejas caen sobre sus intensos ojos–. Ella dijo que le dijera que lo amaba.
Me mantengo rígido. De mala gana, encuentro la enojada mirada de su padre.
Él suelta un suspiro y, con cuidado, murmura, de forma tan silenciosa que creo que no logro escucharlo.
–Creo que usted es un poco mayor para ella, pero, ¿qué sé yo?
Paso mis manos por mi rostro y las junto, coloco mis dedos sobre el puente de mi nariz mientras pienso.
Mi mente da vueltas como loca, contemplando un millón de pensamientos por segundo. Solo por poco puedo seguirle el ritmo.
–Quizá –digo– Quizá podría conseguir un grupo de abogados defensores… Unos muy buenos. Podría cobrar unos viejos favores. Yo podría ayudar, por supuesto. Podría predecir lo que el fiscal haría…
Charlie se anima. Su mirada es injustamente esperanzadora.
–Todo esto es increíblemente riesgoso, de hecho. No le podemos prometer nada. Ella podría muy seriamente enfrentar una condena en prisión. De hecho, podría decir que todas las probabilidades están a favor de eso. La posibilidad de que ella se salga de esto sin nada, es prácticamente imposible.
–Por favor –Charlie susurra–. Necesito…. Necesito a mi niñita de regreso. Necesito verla de nuevo. No me importa cómo. Y a ella tampoco.
Dejo caer mis manos, y miro al hombre que sostiene un gran pedazo del corazón de Bella.
–Ella necesita conocer todos los riesgos –digo.
Charlie traga con dificultad. Él asiente. Y luego, agrega:
–Dígaselos usted mismo.
Me le quedo viendo en perfecto silencio por veinte segundos completos.
–¿Disculpe?
–Ella quiere verlo. –Charlie se levanta, incapaz de quedarse quieto–. Ella dijo que quiere verlo en persona antes de volver. Ella quiere que usted esté con ella en el avión, para hacer los arreglos…
–No –digo con firmeza–. Eso está fuera de discusión. No puedo hacer eso. Usted simplemente no puede salir y conversar con una fugitiva.
–Pero ¿y si usted es su abogado? ¿No hay algún tipo de vacío legal para eso? –pregunta Charlie.
–La respuesta es no. Ni siquiera sé dónde está…
–Paris. Ella está en Paris. Solo por una semana, me dijo. Ella me dijo que lo esperaría una semana entera en París… En algún hotel. Escribí el nombre en alguna parte. Ella dijo que esperaría, y que si usted no llegaba, sería la señal de que usted cree que no es buena idea regresar a casa. Así que desaparecerá por el bien de todos.
–¡Dios! Sigue siendo tan jodidamente melodramática –murmuro, resoplando.
Charlie no está, con exactitud, muy entusiasmado por mi declaración, pero opta por no responder. Él simplemente dice, una vez más:
–Por favor.
Y yo no sé qué más decir.
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¿Sera que Edward si va a buscar a Bella? solo nos hace falta el capitulo y es el final... y si me dejan sus comentarios pueda que lo adelante para navidad.
Gracias chicas.
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