ADVERTENCIA: Penúltimo capítulo.

La pesadilla de Athena hecha realidad.

—Eso se sintió como…

— ¿Como un dios descendiendo a la tierra?—murmuró Kanon.

Ambos, él y su hermano estaban viendo el mismo punto exacto en el cielo. Todos los demás santos dorados estaban en sus templos, vistiendo sus armaduras doradas y resguardando las entradas; desde Aries hasta virgo, la delantera, y desde Leo hasta Piscis la entrada trasera.

Bueno, Kanon no estaba portando ninguna armadura, pero aun así eso estaba bien para él. Géminis vestía a Saga tal y como solía ser antes que todo se fuera al demonio. Su ropa de entrenamiento era suficiente para él, para defenderse de lo que sea que pudiera pasar, de lo que sea que pudiera atacar, aterrizar, aparecer de la nada, amerizar, etcétera. El problema es que hacía ya unos buenos diez minutos que la diosa Athena y Milo se habían reunido y Kanon estaba comenzando a preguntarse qué tan difícil podía ser decirle la verdad a alguien. A él le hubiese tomado unos cinco o seis segundos, yendo directo al grano, sin endulzar nada, sin adornar con palabras bonitas ni suavizar su tono.

Saga le dio una mirada de cansancio extremo y Kanon tuvo serios problemas para permanecer serio. Se cruzó de brazos y se obligó a sí mismo a no reír o bromear. Después de todo, era verdad que en la que estaban, era una situación seria. El cosmos que descendió se sintió como un gran cometa del tamaño del ego de Narciso cayendo a toda velocidad hacia la tierra, impactando extrañamente como si de un edredón demasiado pesado se tratase, uno de esos que te quitan la respiración por un momento.

—Athena ha dicho su nombre—susurró Saga, decidiendo probablemente que era mejor ignorarlo. Y Saga era muy malo ignorando a las personas.

—Bonito detalle por parte de Caos verter poder en su nombre para que quien sea que lo diga la invocase de alguna manera—respondió Kanon, inseguro de cómo debía tomarse todo aquello.

Milo era una diosa. Milo no era Milo, sino Caos.

Ya no era su pequeña Milo; aunque tampoco estaba seguro de qué quería decir con su pequeña.

Un susurro de cosmos llegó desde el gran templo cuando un estruendo parecido al de vidrio rompiéndose llegó a sus mejorados oídos. El aire crepitó con energía y electricidad y el ambiente se puso denso. Vio por el rabillo del ojo a su hermano respirar profundamente, intentando hacer entrar oxígeno a sus pulmones. Todos los santos dorados estuvieron en alerta inmediatamente pero Aioros de Sagitario hizo llegar un mensaje a todos a través de su cosmos: manténganse tranquilos.

Sip. Había que mantener la calma.

Aplausos para el favorito de las damas por decir lo obvio.

Era más fácil decirlo que hacerlo, de todas maneras.

Kanon había admitido no públicamente hacía media hora que estaba ansioso. Durante meses intentaron convencer a la diosa Athena de decirle la verdad a Milo a base de súplicas, ella había dicho que lo haría si todo se salía de control. Y todo se había salido de control efectivamente.

Si de él dependiera, hubiese puesto a Milo al tanto, pero podría pasarse el día entero pensando en eso, así que simplemente olvidándolo, aceptó que finalmente pasó lo que casi la mitad de ellos estaba esperando. Podía imaginarse las caras de los que estaban de su lado; el expectante Aioria, el alegre DeathMask, el pagado de sí mismo Afrodita, y Camus… bueno, Camus era Camus. Consideraba que tenía suerte si veía parpadear a ese hombre tres veces en un día. Y no podía decir que el acuariano estuviese realmente de su parte.

— ¿Qué tanto están haciendo allí dentro?— preguntó Saga, murmurando para sí mismo. Estaba de pie a su lado, mirando hacia el templo principal con los brazos cruzados y una seria expresión de calma y control.

Pero Kanon lo conocía mejor. Daba lo mismo que estuviese de pie en un solo lugar o que estuviese dando vueltas por todo Géminis. Desde la noche anterior, cuando regresó de haberla visitado, había estado actuando raro. Y vaya que Saga solía ser raro pero la noche anterior estaba como… muy raro. No había dormido nada tanto como Kanon tampoco pudo y aprovechó el tiempo para observarlo. Sus ojos estaban perdidos, la expresión de su rostro era apagada y sus hombros estaban caídos. Se estuvo conteniendo durante todo ese tiempo, pero esa expresión de derrota fatal y sentencia de muerte le causaba tanta curiosidad, que a pesar de la situación, dijo:

—Ya, suéltalo.

— ¿Qué?—preguntó su gemelo, sus ojos verdes desconcertados.

—Toda esa conexión de gemelos también funciona entre nosotros. Suéltalo.

Saga le miró por un momento tan largo, que Kanon creyó que perdió la capacidad de hablar. Eso, o estaba poniéndolo a prueba. Cuando finalmente abrió la boca, el cosmos de Athena resonó en los doce templos, llamando al santo de Sagitario.

— ¿Por qué lo llama a él?— refunfuñó Saga.

—Quizás porque está más cerca—respondió, obviando el hecho.

Saga le dirigió una mirada que podría haberlo matado. Gracias a los dioses no tenía ese poder. Suspirando, se adentró en el templo y dudando primeramente pero albergando repentinamente un extraño presentimiento sobre lo que estaba pasando, le siguió.

—Sé que estás preocupado por Milo—dijo, deteniéndose a una distancia prudente de él y hablando con precaución— pero ella no dañará a Athena.

—No me preocupa que dañe a Athena. Temo que… que hayamos cometido un error.

— ¿Qué quieres decir?

Saga le miró por un momento nuevamente largo y suspirando, le relató los sucesos de la noche anterior comenzando con su visita de paso al octavo templo para verificar a Milo, le narró con detalles increíblemente precisos el estado en que la escorpiana se encontraba luego de la fatídica noticia que desencadenó la ira asesina que la llevó a estrangular a su hermanito menor. Luego, se adentró en el relato del momento en que Athena requirió de su presencia porque necesitaba pedirle un favor que casi era una orden de ejecución: quería que convenciera a Milo de beber la sangre de todos los dioses mezclada en un elixir. Kanon no se molestó en ocultar su descontento a medida que el relato avanzaba hasta el punto en que Saga dijo:

—Simplemente le dije que no—su voz generalmente resonaba en cada lugar al que iba, hablase en el tono que hablase. Sus ojos cerrados evitaban que Kanon viera la verdad en ellos, pero no necesitaba ser un genio para saber que Saga no era el tipo de hombre redimido que solía desobedecer una orden directa de la diosa así como así.

— ¿Por qué lo hiciste?—preguntó. Su voz baja también resonó en las paredes, creando un eco que le hizo sentir incómodo.

— ¿Qué esperabas que hiciera?

—Obedecer—replicó. Acercándose a su gemelo, Kanon vio en su rostro la total falta de culpa y no solo eso, había mucha ansiedad acumulada en sus ojos—Tú no desobedeces a Athena.

— ¿Hubieses aceptado darle veneno a Milo?

—No, pero tú y yo no somos iguales. Tú no vas por la vida diciéndole que no a la diosa que perdonó y recogió los pocos trozos que quedaban de tu humanidad.

Saga desvió la vista de su hermano y Kanon permaneció un momento en silencio, pensando. Sabía que en algún punto en el pasado Milo fue cercana a su gemelo, sabía que ella sentía admiración por él y que en general, Saga adoraba a Milo.

El problema es que Kanon no sabía qué tipo de adoración le profesaba su gemelo a la escorpiana. Entrecerró los ojos y apretó la mandíbula, negando con la cabeza. Por supuesto que no sabía qué tipo de adoración había en el corazón de su hermano. Saga no había dicho nada pero Kanon era Kanon, y él sabía cosas sin necesidad de recurrir a fuentes externas.

—Enfermo—susurró, apretando también los puños.

—No lo comprendes—susurró Saga en respuesta, volteándose para darle la espalda.

Pero Kanon pudo ver el profundo dolor en sus ojos.

También pudo ver el profundo amor.

—Estás realmente jodido, hermano—le increpó, acercándose y poniendo ambas manos en sus hombros con intención de sacudirlo—Es Milo de quien estamos hablando ¡Milo!

—Sé mejor que nadie de quién estamos hablando—respondió él, con total calma, como si fuera la cosa más sencilla del mundo admitir que… que…

—¿Estás seguro de que estamos en la misma página?—gruñó, encontrando irresistible el impulso de empujarlo lejos—Porque sospecho que estás…

—Enamorado de Milo—su gemelo terminó la oración hablando con total calma y naturalidad. Los ojos de Saga eran sinceros, apagados como estaban derramaban la verdad que se resumía en sus palabras.

Kanon retrocedió lejos, asqueado por esa declaración y desvió la vista de su hermano mayor. No sabía qué le molestaba más, el haber descubierto algo así, o no haberlo visto venir mucho antes. Milo era… Milo era hermosa, fuerte y compasiva pero ella era… bueno, no sabía cómo explicarlo pero ella definitivamente era algo en su propio corazón. Algo con mucho valor. Sin embargo, Kanon podía recordar fácilmente aquel año en que, durante al menos dos semanas una pequeña enana de cabello azul cruzaba como un borrón el espacio que dividía a Escorpio y Géminis y se adentraba sin permiso y con total libertad el templo de su hermano, llamando su nombre con una mezcla de ansiedad y miedo, con la máscara en la mano y los ojos inmensos vagando nerviosos por todos los rincones oscuros. Milo nunca lo había visto a él, pero él sí la veía a ella y se preguntaba por qué recurría a alguien como Saga, alguien que le decía cosas bonitas y falsas para calmarla en lugar de decirle cómo funcionaba realmente el universo.

Si, quizás de haberse encontrado con Kanon en lugar de Saga, Milo hubiese tenido una infancia mucho más traumática que la que tuvo.

—¿Milo?—refunfuñó, sintiendo nauseas—¿La misma Milo que a los seis años se abrazaba a tu pierna mientras buscaba a los monstruos que acechaban debajo de su cama? ¿La misma a la que cubrías con una manta luego de darle leche con miel? ¿La misma que…

—Di todo lo que quieras—sentenció Saga, interrumpiéndolo—Esto es lo que siento, no puedo cambiarlo.

—No puedes quererla de esta manera. Podría ser tu hermana menor.

—Milo es muchas cosas, pero no es mi hermana—respondió, puntualizando la última parte de su enunciado—Y nunca la he visto de esa manera.

—No puedes hacer esto. Simplemente no puedes—insistió, tomando un poco más de distancia y alzando tanto la voz que se arriesgaba a que alguien escuchara—Ella no te ve de esta manera, ella tiene a Camus.

Hubo un sonido de algo rompiéndose en alguna parte pero no era el corazón de Saga ni el fin del mundo. Era algo dentro de Kanon, que reaccionó a sus propias palabras. Aterrorizado por ese hecho y por el repentino dolor que le provocó, llevó una mano a su pecho y presionó el lugar donde latía su corazón.

—Tal parece que no soy el único que está jodido—se jactó su hermano, hablando con un tono mordaz que generalmente no era propio de él. Al menos no sonrió ni dio señales de alegrarse por eso.

Kanon negó con la cabeza, incapaz de comprenderse a sí mismo ni mucho menos a la fuerza a la que llevaba a su gemelo a desear a Milo de una manera que, francamente y a pesar de todas las barbaridades que cometió en el pasado, le llenaba de vergüenza. Era deshonesto, desleal, atrevido. Pensar en ella de esa manera, desearla de esa manera… no. Simplemente no.

El suelo tembló ligeramente y gravilla cayó del techo y de las uniones de las columnas afuera, el cosmos que susurraba en el templo principal se acrecentó y se alteró y el cosmos de Sagitario se encendió, proveniente del mismo lugar. Kanon sabía que ese cosmos alterado no era de Athena, pero sabía que era el cosmos de un dios. De una diosa.

El verdadero cosmos de Milo.

Milo era una diosa.

Sonriendo, plantó cara a su hermano. Saga miraba hacia el exterior, y cuando comenzaba a ir hacia la entrada Kanon se adelantó con intenciones de marcharse pero antes, dijo, por puro gusto:

—No puedes amar a Milo. Eres un humano y ella una diosa.

Podría haberse ido luego de decirle aquello, pudo haber mantenido la sensación de ganarle a su hermano por tanto tiempo como quisiera. Pero el suelo tembló violentamente, agrietando las columnas y haciendo que piedrecillas llovieran sobre su cabeza. Algo se rompió en el techo a la vez que una enorme ventisca sopló, levantando polvo y tierra y Kanon se movió hacia el exterior justo cuando una sección del techo cayó donde estuvo de pie. Saga se movió al mismo tiempo pero en la dirección opuesta.

En el templo principal, el cosmos de Athena se hizo sentir con angustia casi a la vez que un grito se alzó en el aire y fue amplificado por una nueva ráfaga de viento que echó a Kanon al piso. La voz que gritaba no era la diosa Athena. Era Milo. Preocupado, Kanon intentó borrar la distancia entre Géminis y el templo principal con su Otra Dimensión pero de alguna manera solo pudo llegar hasta la salida de su propio templo, donde su hermano resistía de pie el temblor de la tierra.

—¡Qué significa esto!—gritó por sobre el sonido amplificado de la voz de Milo. Tambaleándose, decidió que era más seguro estar de rodillas. Las columnas a su alrededor temblaban y se removían dando la sensación de estar a punto de caerse.

Los oídos le dolían y justo cuando comenzaba a creer que era mejor estar sordo antes que seguir escuchando ese grito, todo se detuvo. El sonido de la voz de Milo, el temblor violento en la tierra, el viento que arrasaba.

—Milo…—susurró Saga, comenzando a andar hacia Cáncer. Cuando estaba a unos cincuenta metros, se volteó hacia él y preguntó—¿No vienes?

—¿Y enfrentar la ira asesina de Milo cuando comprenda que todos le hemos mentido?—preguntó, enfrentando ese pensamiento por primera vez y sintiendo con todo su corazón que lo mejor en esa situación era mantenerse lejos—No, gracias. Amo a Milo, pero también amo mi integridad física.

Dicho esto, ingresó al templo dándole la espalda a su hermano. Aldebarán de Tauro y el buen Mu de Aries cruzaron a su lado viéndole con la misma pregunta de su hermano escrita en sus ojos.

No. Kanon no iría con todos los demás para ver lo que pasaría a continuación.

Se detuvo a mitad de su camino hacia la salida del recinto de los doce templos y se tomó la cabeza con fuerza cuando recordó las palabras que le dijo a su hermano.

Amo a Milo.

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Había intentado tranquilizar a Athena diciéndole que no tomaría la muerte como una opción pero la diosa solo la vio con sus enormes y puros ojos inundados de ansiedad y miedo. Milo podía oler el miedo en las personas y la joven de cabello del mismo violeta que su cosmos estaba asustada. Cuando eso no funcionó, intentó explicarle que había descubierto que su alumno era su medio hermano menor y que había decidido que viviría para estar con él y cumplir su rol como hermana mayor. Cuando ese segundo argumento tampoco funcionó, Milo tuvo que reconocer internamente que apestaba un poco con los niños.

No iba a morir. Estaría fuera de combate como por un minuto.

Pero Athena no comprendía.

Su cosmos dorado, repleto de amor y miedo combinados se alzó y descendió a los templos y Milo se tensó. Ella estaba llamando a alguno de ellos. Fue entonces que entendió que Athena no estaba asustada de ella, sino de la sangre que no había notado que caía del interior de su nariz.

Milo tampoco lo notó hasta que vio las gotitas de sangre manchando su blusa blanca y sintió el mareo y las mejillas terriblemente acaloradas. Llevó su mano a su nariz y al intentar limpiar la sangre, una chispa saltó en su piel, quemando y delineando el torso de ambas; derecha e izquierda y haciendo que Milo gruñera de dolor. El gruñido provocó un temblor perceptiblemente fuerte en el suelo y una alteración en el aire que se sintió como pesadez al respirar. El delineado desapareció un momento y antes que realmente pudiera pensar en qué fue eso, el ardor volvió junto con las líneas, que comenzaron a formar diseños sobre la piel que se extendieron varios centímetros hacia sus brazos hasta cubrirlos por completo.

Y quemaba. Literalmente quemaba.

Milo reaccionó al desgarrador ardor gritando. La sensación de quemazón se extendió a su pecho y bajó por su espalda y estómago hacia su vientre, caderas y piernas. Era la sangre de los dioses en su sistema, quemándola por dentro, haciendo que sus órganos dolieran y se acalambraran, su corazón latió a un ritmo tan acelerado que creyó que estallaría. Su propia voz en grito hizo estallar el aire alrededor y su cosmos se encendió, resintiendo el maltrato de su cuerpo se alzó como un tornado alrededor de viento ardiente que hizo que la diosa y el Patriarca retrocedieran. Athena estaba gritando su nombre e intentando alcanzarla pero el Patriarca había alzado el Muro de Cristal entre ellos, de manera que el cosmos de Milo en forma de tornado no lo alcanzaba. Vagamente notó una presencia más, alguien conocido pero estaba demasiado ocupada intentando procesar el dolor que asaltaba cada célula de su piel, cada vena, cada órgano, incluso su sangre ardía. Tras un minuto sus piernas colapsaron y cayó de rodillas, agrietando el suelo y haciéndolo temblar tan violentamente que toda la estructura alrededor comenzó a peligrar.

En medio de su incesante gritar logró ver parcialmente la figura de Aioros de Sagitario, quien estaba delante del Patriarca, lejos de la protección del Muro de Cristal que resistía a duras penas y en contacto directo con el viento ardiente. Milo comprendió que estaba tratando de llegar hasta ella y negó con la cabeza, la voz de su garganta se había callado pero el grito de dolor que permanecía en su interior emergía constante en su cosmos totalmente teñido de violeta, azul y blanco. Ella sabía que no iba a resistir más, sabía que el calor la consumiría y a través del contorno de sus ojos algo con la misma esencia del fuego se levantó, naciendo desde sus propios pies y extendiéndose a todo alrededor. No hubo diferencia entre el calor que ya sentía con el que comenzó pero no quería que Aioros esté en medio del fuego, no quería que Athena y el Patriarca se hicieran daño.

Ellos desaparecieron de su vista con solo ese deseo y luego todo se puso de color negro frente a sus ojos.

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Todo estaba mal. Todo estaba saliendo terriblemente mal.

El Oráculo de Apolo dijo que Milo se inclinaría hacia la muerte, dijo que su alma iría al Inframundo y que sería sacada de ahí antes que Hades pudiera hacerla desaparecer. Dijeron que la sangre haría que enfermara gravemente… pero no dijeron nada sobre arder en llamar negras…

—¿Saori? ¿De verdad estás bien?—Seiya insistió por cuarta vez en los últimos diez minutos.

Volteándose, ella miró fijamente al santo de bronce de Pegaso. Sin responder, volvió su vista adonde estuvo mirando por los últimos diez minutos. La estatua de Athena veía todo sin inmutarse, con su mirada en calma, su expresión tranquila y su sonrisa amable. Pero ella, de pie ahí afuera no estaba muy segura de si en ese momento era Saori o Athena.

Después de beber la sangre de los dioses, Milo estuvo bien por algunos minutos en que intentó explicarle algo sobre su hermano y sobre su decisión de permanecer con vida para estar junto a él, y luego su nariz comenzó a sangrar y cuando ella tocó su propia sangre con su mano hubo un pequeño estallido, algo como una chispa saltando que encendió esas líneas en su piel que hicieron que todo se saliera completamente de control. Aún sentía el calor incesante del viento que rodeaba a Milo, aún podía escuchar su grito, su mente se evocaba a cada segundo hacia la imagen de esas extrañas líneas formando algo parecido a letras que cubrieron sus brazos. Y el fuego… el fuego negro con destellos de azul.

—Como en mi sueño—susurró, volteándose nuevamente. Seiya y el Patriarca la miraron atentamente, al igual que Dohko de Libra y Aioros de Sagitario.

—¿Qué quieres decir con eso?—inquirió Seiya.

Saori recordó los sueños que había tenido hacia algún tiempo, en los que cada uno estaba protagonizado por Milo siendo consumida por ese fuego negro hasta desaparecer. Todo el tiempo creyó que eran pesadillas infundadas, producto de su extrema preocupación por la seguridad de la escorpiana pero en realidad eran premoniciones.

Algo o alguien quizás estuvo advirtiéndole que eso pasaría y no hizo caso, no se detuvo a pensar realmente en lo que significaba. Dejándose llevar por el miedo como nunca antes…

Y ahora Milo yacía en el interior del templo principal donde sus compañeros se habían reunido para verificarla. Ella en persona había intentado ir cuando el fuego negro que lo inundó todo desapareció sin dejar rastros, sin quemar nada pero Aioros no le permitió dar un paso hacia el interior alegando que no sabían en qué condiciones estaba Milo o si estaba bajo la influencia de Caos. Saori sospechaba que ellos no la creían capaz de soportar la visión que se imaginaba de la octava guardiana pero luego de que Seiya insistiera en permanecer al margen finalmente aceptó quedarse donde estaban. Donde Milo los había enviado.

Saori estaba segura de haber sido abordada por el poder de Caos durante un momento. Fue apenas el tiempo que dura un parpadeo; Milo no habló, no se movió y ni siquiera estaba segura de que la estuviera mirando pero en un momento estaba en el salón principal del templo, y luego estaban ahí, frente a la estatua. Era como pasar del todo a la nada y luego al todo otra vez. Si es que había una manera de describirlo, así se sentía.

—Ya había soñado que esto ocurría—comenzó diciendo y se extendió detalladamente en su explicación sobre cada pequeño detalle las pesadillas que acosaron sus noches.

—¿Cree que de alguna manera las estrellas estuvieron advirtiéndole sobre esto?—preguntó Aioros. Sus ojos verdes serios y amables fijos en ella se desviaron hacia la entrada del templo y luego más allá, donde las líneas de quiebre causadas por el terremoto dividían la tierra. Abajo, en el resto del Santuario las personas ya estaban comenzando a moverse para reparar lo que podía repararse y desechar lo que se perdió para siempre. Los templos de los santos dorados no habían sufrido mayores daños, por lo que los propios dorados dijeron—¿Incluso el temblor era parte de su sueño?

—Así, cada pequeña cosa que… —respondió ella, deteniéndose a pensar un momento. En su sueño Milo se presentaba ante ella con una lanza en su mano derecha, vistiendo a Escorpio y luego de incrustar en la tierra la punta inferior de su lanza, el fuego comenzaba. Pero no todo podía ser tan literal como se sentía—Ella no llevaba las marcas en los brazos, sus ojos eran ambos de color turquesa y… traía puesta su armadura, no sangraba… y decía algo sobre…

—¿Cree que todo haya sido parte de un simbolismo?—preguntó Dohko de Libra, de pie junto al Patriarca.

Negando con la cabeza dio a entender que no estaba segura. De ser así, todo, incluso el fuego que se desató podría haberlo sido. El problema es que de hecho el fuego se sintió y se vio muy real.

Hyoga de Cisne llegó desde el templo, trayendo consigo una expresión de incertidumbre que rápidamente se contagió. Él sí tuvo permitido entrar cuando todos los santos dorados se reunieron para acercarse luego que el fuego se extinguiera por sí solo. Saori tuvo que reconocer que Cisne tenía derecho de estar ahí dentro ya que era el alumno de Acuario y tenía a Milo en gran estima. Pero ella tenía derecho de estar a su lado también.

—Ella no ha despertado—dijo Hyoga, evitando mirarla a los ojos—Pero si deseas verla…

Saori asintió y pasó a su lado a toda velocidad. El templo no estaba en tan malas condiciones pero había rajaduras y grietas en las paredes y las columnas, muchas cosas estaban en el suelo, algunas otras se habían roto, las ventanas no tenían cristal y las hojas se habían salido. Los santos dorados estaban todos en círculo rodeando a Milo justo donde estaba cuando fueron trasportados afuera. Ahora, sin embargo, yacía boca arriba y con la cabeza reposando en el regazo de Afrodita de Piscis, que se afanaba en quitar del rostro de la chica las líneas de sangre que caían de forma constante desde su nariz. El pañuelo blanco que usaba estaba teñido de rojo casi en su totalidad pero el doceavo santo no se veía molesto por lo que parecía una tarea interminable, sino que se veía como si disfrutara de hacerlo, una sonrisa muy ligera tiraba de sus labios y la mirada que le daba era paciente y hasta divertida. Camus de Acuario estaba a su lado también, con las manos suspendidas en el aire sobre ella y varios cristales de hielo y aire frío emergían, bañando por completo la figura inerte de Milo.

—Por alguna razón no podemos bajarle la temperatura—Mu de Aries se acercó a ella con una inclinación respetuosa—Hace unos minutos estaba peor, sin embargo. Ahora solo parece como si tuviera fiebre.

—Debemos moverla para que descanse—murmuró, sin embargo ellos no parecían escuchar. Todos miraban atentamente a Milo y esperaban a que Camus dejara de cubrirla con su aire congelado—Quiero que…

Acercándose, se detuvo junto a Shura de Capricornio, quien inmediatamente le cedió espacio haciéndose a un lado. Milo no se veía como si se hubiese quemado viva, su piel se veía tan dorada y perfecta como siempre, su cabello se esparcía alrededor de sus hombros y el suelo, su ropa estaba intacta más allá de las gotitas de sangre que cayeron sobre su pecho. Pero sus brazos…

—¿Puede decirnos qué son estas líneas sobre su piel?— preguntó Aioria, quien daba vueltas alrededor como un león enjaulado.

—Nombres—susurró, prestando atención. Eran como punteados horizontales intercalados con líneas gruesas y finas verticales que cortaban el punteado a cada tres o cuatro series de punto. Sobre lo que parecía cada renglón había diferentes tipos de tildes que daban forma de letras muy finas al unirse con los punteados y las líneas. Eran casi como una mezcla entre el idioma rúnico, hebreo y fenicio escrito a punta de aguja. Delineó el diseño con sus dedos y pudo percibir en él el poder de sus hermanos, sus cosmos y esencias. —Son los nombres de los dioses, escritos en el idioma de Caos. Los dioses podemos interpretarlo y traducirlo, en la antigüedad podíamos pronunciarlo pero ella nos quitó ese privilegio antes de la guerra en la que la enfrentamos.

—¿Caos tiene su propio idioma?—murmuró DeathMask, con una risa socarrona y baja—Eso es francamente genial.

—¿Por qué estas letras extrañas aparecen en su piel? ¿Por qué con el nombre de los dioses?—preguntó Hyoga, acercándose a Milo y tomando una de sus manos entre las suyas—Ya no tiene fiebre, maestro—susurró después, dirigiéndose hacia el santo de Acuario.

En respuesta, el onceavo guardián tomó a Milo del suelo, molestando la eterna labor de limpiar la sangre a la que Afrodita se había dedicado con esmero. Ambos cruzaron miradas, como si considerasen inaceptable que el otro hubiese interrumpido su labor. Acuario se dirigió a Athena y tras hacer una reverencia, ignoró a todos mientras salía del templo.

No hubo mucho más que hacer luego de eso salvo limpiar el desorden. Saori se retiró de la escena, volviendo hacia la estatua donde sin poder resistir más el cansancio, se sentó en las escaleras agrietadas. Permaneció un momento a solas, quizás quince minutos antes que fuera interrumpida por el santo de Sagitario. Aioros, quien había dado su vida por ella antes que siquiera pudiera caminar o hablar se parecía mucho a Seiya. El tono de su cabello, el porte, la forma de andar, incluso llevaba la misma mirada intensa y bondadosa a la vez. Saori imaginó que así se vería su amigo más cercano al crecer.

—Disculpe mi intromisión, señorita—dijo él, inclinándose ante ella y poniendo una rodilla en el suelo—Pero me gustaría indagar un poco más en los sueños que tuvo sobre Milo.

—¿Qué quieres saber?—preguntó, extrañada por el repentino interés.

—Bueno… usted dijo que alguien o algo estaba advirtiéndole sobre que esto podría pasar—respondió el santo dorado, frunciendo el ceño y desviando la vista hacia ninguna parte en específico, como si pensara seriamente—Y Dohko de Libra mencionó un simbolismo. ¿Cree que de alguna manera estos sueños eran solo… metáforas o referencias?

—¿Hablas sobre la lanza que llevaba en su mano y el fuego?

—No lo sé, usted dígame.

Pensándolo por un momento, intentó separar los hechos reales como el fuego de los referenciales, como la lanza lo que Milo dijo. Pero…

—Quitando el fuego solo queda la lanza y sus palabras—respondió ella—Pero no hay una lanza.

—No sé si hay alguna relación pero… las líneas en el brazo de Milo tienen un tono dorado y plateado.

—Igual que la lanza en su mano—susurró ella, llevando una mano a su pecho, consternada por el pensamiento que comenzaba a formarse en su mente—La sangre de los dioses debió haberse sentido como una afilada hoja al rojo vivo en el sistema de Milo.

—Tiene que ser más que eso—insistió Sagitario, removiéndose inquieto en su lugar—Debe ser otra cosa, sino, Milo no habría reaccionado de la manera en que lo hizo. Su cosmos se manifestó como fuego y…

—El cosmos de Milo no, el de Caos. Ahora comprendo, creo. El cosmos de Caos no quemó a Milo, estaba quemando a los cosmos de los dioses que está en la sangre que bebió—resolvió ella, poniéndose de pie para entrar a su recámara. Tenía que hablar con su hermano mayor Apolo. Él había transmitido a todos la premonición que su Oráculo le dio—La primera vez, Caos también expresó su cosmos como fuego negro.

—¿Qué fue lo que Milo dijo en su sueño? Usted mencionó que ella le habló.

Deteniéndose, Athena sintió que la frustración la carcomía por dentro. Recordó las palabras de Milo en sus sueños, recordó la voz con desconocida y profunda con la que hablaba.

No fue una premonición de las estrellas, tampoco fueron pesadillas infundadas.

Y la voz con la que Milo hablaba…

Era Cam. El Pilar del Odio y el Amor estaba advirtiéndole lo que sucedería si ella permitía que los demás dioses intervinieran. Estuvo mostrándole el futuro todo el tiempo, incluso le enseñó lo que pasaría si permitía todo eso. Y hasta se lo dijo…

"Ustedes no tenían el derecho de entrometerse; no fueron creados para eso."

"Athena, debiste salvarme de esto."

Iba a hablar con Apolo. Con todos ellos.

Athena estaba furiosa.


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Nota al Margen: Bueno… debo ser sincera, acabo literalmente, de terminar este capítulo. Sí, justo ahora. Mientras miro esa película de Sandra Bullock en la que adopta a un chico abandonado y lo pone en una escuela cristiana para que sea futbolista. La película va en la parte donde el muchacho desaparece. Pero bueno, volviendo al fic… hoy no hay adelanto. La razón es que solo estamos a dos capítulos y un epílogo del final. El capítulo…. En realidad no sé si tiene algo de valor o si es necesario, pero quería aclarar los sueños que Athena estuvo teniendo y ver la reacción de Milo a la sangre de los dioses.

Ahora sí, ya estamos ASÍ de cerca de lo que todos están esperando: el momento en que Milo enfrentará a sus locos amigos. ¿Les dará una patada? ¿Los comprenderá? ¿Les dará un abrazo? CHAN.

Espero que tengan una buena mitad de semana y nos vemos la próxima. Dios los bendiga a todos por haberme acompañado hasta este punto y gracias por leer y comentar.

Curiosidad: Camus bajó la temperatura de Milo tal como en su momento Degel hizo con Kardia.

Curiosidad n° 2: el chocolate en realidad es delicioso. ¿Pueden creerlo?

Curiosidad n° 3: La escritura que aparece en los brazos de Milo, que Athena lo describe como tres idiomas en uno escrito con puntos, es la misma escritura con que está escrito el diaro de Vásili de Acuario, el cual Mika puede leer.

Publicación del anteúltimo capítulo: 08/03/16