LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Copias perfectas

Mi abuela solía decir que todos nacemos con una misión, que formamos parte de un plan que pocas veces comprendemos y casi nunca nos es revelado. «Todo tiene un sentido», decía. Cuando yo le preguntaba enfadada por la triste vida de mi madre y su muerte prematura, ella me respondía con una sonrisa: «Tu madre cumplió su misión al tenerte a ti».

De Urahara no esperaba una respuesta existencial de ese tipo. Sabía que se refería a un plan concreto, ideado por un ser complejo como Rodrigoalbar. Pero, aun así, me resistía a creer que mi existencia pudiera tener algún sentido para alguien que había muerto mucho antes de que yo naciera.

—Hace cien años yo no había nacido. ¿Cómo iba a formar parte de los planes de nadie?

—Tú no, pero Hiyori sí —contestó al tiempo que se ponía en pie y abría por fin la puerta de la celda.

—Yo no soy Hiyori.

Me impresionó ver a Ichigo inconsciente, tendido en el suelo. Tenía las muñecas y los tobillos ensangrentados tras su esfuerzo inútil por liberarse de los grilletes.

Me fascinó la dulzura con la que Urahara le secó el sudor de la frente y lo alzó en brazos.

Subimos al primer piso y recorrimos el pasillo hasta la última habitación. Era una estancia amplia y elegante, similar a la que había compartido con Grimmjow en aquella casa. Junto al ventanal había una enorme cama con dosel. Observé cómo tendía en ella a Ichigo y le ayudé a arroparle con una manta de lana salvaje.

Unos copos de nieve, delicados y ligeros, flotaban al otro lado de la ventana. Estaba amaneciendo.

Urahara sacó una sábana del armario y la rasgó en varios trozos.

—¿Es necesario? —pregunté al ver cómo le ataba de pies y manos a la cama.

—Ya te he explicado que son tres días de calvario. De momento ha superado las primeras horas, cuando el efecto del antídoto es más potente. Ahora su cuerpo vuelve a estar más débil, pero es mejor tomar precauciones.

—¿Y si se despierta?

Me preocupaba que en tal caso tuviera que explicarle por qué había permitido que le ataran a la cama.

—Verte a su lado le reconfortará. Pero no te preocupes, aún tardará un buen rato.

Encendió la chimenea y se tumbó en un diván que había junto a una pared. Después me hizo un gesto para que me acomodara a su lado. Opté por un borde de la cama y me senté a los pies de Ichigo.

—¿Dónde están los demás? —le pregunté inquieta.

—Ururu los ha acompañado a sus habitaciones. —Me miró con suspicacia—. ¿Por qué lo preguntas? ¿Acaso deseas ir con Grimmjow?

—No... Ichigo me necesita ahora a su lado.

—Y tú, Rukia , ¿a quién quieres a tu lado? ¿Lo sabes?

Le miré sin comprender.

—Tienes que elegir, Hiyori. Y será mejor para todos que esta vez lo hagas bien.

—¡Yo no soy Hiyori! —exclamé.

Me levanté y me puse a caminar en círculo, apretando los puños mientras se formaba un nudo en mi garganta, tan tenso, que me ahogaba.

Sentí las manos cálidas de Urahara en mis hombros acompañándome hasta el diván. Nos sentamos uno al lado del otro.

—Te contaré algo que he podido comprobar desde que estoy en este mundo...

Acarició mis mejillas con sus dedos mientras recorría mi rostro fascinado con la mirada. Luego dijo con voz misteriosa:

—Nos repetimos.

Le miré sin comprender.

—Cada seis o siete generaciones, o puede que más, nace alguien idéntico a ti, tanto de aspecto como de carácter. Algo así como un doble... A veces, la copia es tan perfecta que parece una reencarnación, como Hiyori y tú. Y lo más probable es que así sea... Aunque no tenga memoria ancestral de esa vida anterior, hereda las mismas cargas, los mismos conflictos e, incluso, su forma de enfrentarse a ellos.

Sentí cómo toda mi piel se erizaba.

—Nunca había oído nada similar.

—Es algo difícil de apreciar porque casi nadie sabe el aspecto que tenían sus antepasados lejanos.

Como máximo conserváis fotos de vuestros bisabuelos. Pero si la gente pudiera ver una imagen, varios siglos atrás, de sus ancestros, se descubriría a sí mismo en más de uno.

—Mi abuela y yo nos parecíamos mucho...

—Es cierto, de joven tu abuela Alicia fue una mujer muy bella.

—¿La conociste? —le pregunté excitada.

—Sí. Aunque nunca vi en ella a Hiyori. —Sonrió recordando quién sabe qué—. Alicia era más risueña y divertida, no poseía vuestro halo trágico.

—¿Ocurre siempre así? —pregunté con incredulidad—. ¿Nos reencarnamos siempre con el mismo aspecto?

—No podría asegurarlo con rotundidad, pero he conocido varios casos... La madre de Ichigo, por ejemplo, era idéntica a la mujer de Rodrigoalbar. Fue así como el anciano reconoció a su descendiente...

Recordaba aquel episodio que me había explicado el propio Ichigo.

—Hiyori y tú sois un ejemplo muy claro —continuó Urahara—. Pero hay otro caso muy cercano que tú también conoces.

—¿Quién?

—Shinji.

—Pero Shinji no tuvo hijos.

—Antes de abandonar el pueblo y convertirse en un eterno, tuvo una novia en Colmenar, a quien dejó encinta. Él nunca lo supo... pero Rodrigoalbar y yo lo descubrimos hace unos años cuando vimos su copia paseándose por el bosque. Es un chico de Colmenar. Ha heredado el aspecto noble y gentil de Shinji, pero también su sueño de transformar el mundo y esa semilla destructiva que ya latía en su corazón cinco siglos atrás.

Yo conocía a alguien así.

—Es Kaien, ¿verdad?

Asintió con una sonrisa.

De pronto me asaltó una duda en la que no había reparado hasta ese momento.

—Si yo soy descendiente de Hiyori, significa que tuvo un bebé...

—Hiyori renunció a su hija cuando supo que sería tan mortal como ella. La dejó una noche en Colmenar, en casa de sus abuelos. Se llamaba Mashiro y tuvo una vida desdichada, marcada por la tristeza y la locura. La maldición de la aldea cayó sobre ella... igual que sobre algunos de sus descendientes.

Sentí la semilla de aquella tragedia latiendo débilmente en mi interior. Yo era descendiente de Hiyori y de Mashiro... Como ellas, estaba marcada por la maldición de la aldea.

Aunque la desgracia era caprichosa y se había saltado algunas generaciones, como a mi abuela, quien tuvo una vida feliz pese a la enfermedad de su hija, se había cebado en otros casos, como en mi madre.

Me pregunté qué sentiría Urahara cada vez que me miraba. Yo era idéntica a Hiyori, la mujer que le había dejado por Shinji y había sembrado la discordia en aquella civilización idílica. También era descendiente del fruto de su amada con Shinji, el hombre que le había traicionado.

En aquel momento fui consciente de otro asunto escabroso.

—Si Kaien es descendiente de Shinji y yo lo soy de Hiyori, ¿quiere decir eso que somos familia? —pronuncié arrugando la nariz.

Los labios de Urahara se arquearon en una enigmática sonrisa antes de pronunciar las siguientes palabras:

—Yo no he dicho que Shinji fuera el padre.

Sentí cómo toda mi piel se erizaba al comprender lo que aquello significaba.

Estaba frente al hombre que había fecundado a Hiyori.

El padre de Mashiro.

Mi propio antepasado.

To Be Continued...