29. LA BLUDGER LOCA
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Todos los personajes pertenecen a J. K Rowling.
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He tomado un decisión sobre la continuación de la historia...
Pero todavía no la voy a hacer pública...
Sé que habrá quien piense que lo hago solo por fastidiar...
Y a esa gente quiero decirle algo:
No os equivocáis...
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Tras las vacaciones de Navidad, el curso reinició sin cambios, Harry seguía siendo observado con recelo por la mayoría de los alumnos. Pero al ojiverde había dejad de importarle, su familia y amigos le habían demostrado cuanto lo querían y se preocupaban por él, y eso era más que suficiente.
El sábado se jugaría el partido que Gryyfindor y Slytherin tenían pendiente, y todo el colegio lo esperaba con enorme expectación.
La principal razón era ver como se comportaban las serpientes y leones que se habían proclamado amigos, y que ahora se enfrentarían entre ellos para ganar la copa de quidditch.
La semana transcurrió sin incidentes. Oliver se volvió loco y volvió a ser el dictador que todos conocían y querían, aunque aveces les entrasen dudas de lo último. Tuvo al equipo de los leones muy ocupado toda la semana, tanto que sus jugadores caían rendidos cada noche en sus camas. Hasta los gemelos habían dejado de hacer bromas, demasiados agotados para pensar en travesuras o maldades.
Draco y Blaise estaban muy nerviosos por el partido, ya que sabían que estarían sometidos a un escrutinio exhautivo por parte de algunos de sus compañeros de casa, que los acusaban de traición a sus orígenes. Por suerte, sus compañeros de equipo compartían sus ideales de que las casas estuvieran unidas, lo que les facilitaba mucho las cosas.
Y por fin llegó el gran día, el que todos llevaban meses esperando: el partido de Gryffindor y Slytherin.
Oliver había convencido a Molly de que dejara que su equipo desayunara en un aula en desuso, ara evitar la presión de las miradas en el Gran Comedor. La pelirroja felicitó al capitán de los leones por preocuparse por sus jugadores, y le dijo que no se preocupara, que ella se encargaría de todo.
Wood les había dicho, la noche anterior, a sus jugadores que se reunirían todos en la sala común por la mañana.
Harry había sido incapaz de quedarse dormido la noche antes del partido, por eso había salido a dar una vuelta por el castillo, a ver si así se calmaban sus nervios.
Sirius lo había encontrado y lo llevó a las cocina a comer algo. Después fueron al cuarto del animago, y éste ayudó al niño a meterse en su cama.
El menor terminó por quedarse dormido, hipnotizado por las suaves y relajantes caricias de su padrino sobre su cabello.
A la mañana siguiente, cuando abrió sus ojos, se despertó descansado y relajado. Se acurrucó un poco más del hombre al que sentía como su padre, y se permitió disfrutar del momento familiar.
Remus había entrado poco después, y había sonreído ante la tierna imagen que le mostraban sus ojos. Su pequeño acurrucado en el pecho de su alma gemela, que pasaba un brazo protector por el cuerpo del menor. Los dos amores de su vida juntos, tiernos e inocentes, y esa era la escena más bella que había visto en su vida.
Cuando trató de despertarlos fue atacado por dos leones perezosos, y los tres acabaron envueltos en una guerra de cosquillas, que ayudó al ojiverde a desterrar sus nervios por el partido.
Canuto y Moony lo acompañaron a su sala común, y se despidieron de él con un abrazo delante del retrato, deseándole mucha suerte.
Harry tuvo el tiempo justo de saludar a Ron y Hermione, antes de que Oliver lo arrastrará a través del retrato de la Dama Gorda, junto al resto del equipo.
El equipo de quidditch al completo abrazó al capitán, cuando este les mostró la sorpresa que les había preparado, agradeciéndole al chico el tierno detalle que había tenido con ellos.
Desayunaron en tranquilidad, riendo por los chiste de los gemelos, y escuchando por millonésima vez la aventura del Ford Anglia.
Cuando terminaron, se dirigieron en silencio a los vestuarios del estadio. Allí Wood les dio uno de sus motivadores discursos, y todos prometieron dar lo mejor de sí mismos, eso sí, sin olvidar jugar limpio.
Cuando el equipo de Gryffindor salió al campo, fueron recibidos por un gran estruendo de aclamaciones y aplausos. La grada de los leones fue la más ruidosa, pero los tejones y los águilas no se quedaron tan atrás. La grada la de la Slytherin fue la más tímida, pero aún así casi todos los estudiantes de la casa de Salazar, aplaudieron con respeto a la casa de Godric.
Poco después hizo su aparición el equipo de Slytherin, las aclamaciones no fueron tan sonoras, pero el equipo de las serpientes fue aplaudido por las cuatro casas.
La señora Hooch, llamó a los capitanes de ambos equipos, e hizo que se diesen la mano. Oliver Wood; representando a Gryffindor, y Peregrine Derrick; representando a Slytherin, se saludaron amistosamente y se desearon suerte, en un admirable gesto de deportividad.
— ¿Preparados? —preguntó la señora Hooch, recibiendo un asentimiento por parte de ambos muchachos — Tres..., dos..., uno...
Los catorce jugadores se elevaron hacia un cielo nublado, y se situaron en sus posiciones.
Harry se situó por encima de su equipo, sin dejar de pasear su vista por el campo, en busca del brillo dorado la snitch.
—¿Todo bien por ahí, Potty? —lo saludó Draco, cuando pasó por debajo de él, tratando de llegar hasta los aros de Gryffindor
Harry no tuvo tiempo de responder, ya que una pesada bludger pasó silbando por su oreja derecha, despeinándolo en el proceso.
—¡Ha faltado poco! — se burló George, pasando por su lado como un rayo, bateando la bludger lejos de él.
El ojiverde observó como la bludger volaba hacia el campo de Slytherin, pero de repente, sin que nadie la hubiese tocado, cambió de dirección y regresó directa hacia él.
Harry descendió un poco con su escoba, para evitarla una vez más, y ésta vez fue Fred el que bateó la demoníaca bola lejos de él. Pero nuevamente, la bludger, giró en el aire y se dirigió hacia el que parecía su objetivo favorito: el buscador de Gryffindor.
El azabache consiguió evitarla de nuevo, sin dejar de mirar a esa pesada pelota que parecía haberla tomado con él. ¿Sería eso normal? Charlie jamás le había hablado de una Bludger que se ensañara con un único jugador.
Pensar en su ojiazul, le hizo sacar pecho: No dejaría que esa bludger impidiese que atrapara la snitch. Quería que el ex buscador de sintiese orgulloso de él.
Los gemelos se habían situado delante y detrás de él, golpeando a la bludger cada vez que intentaba golpearlo.
Nadie más se había dado cuenta de lo que estaba pasando, los espectadores estaban pendientes de los cazadores ambos equipos, que estaban demostrando un juego brillante.
Los golpeadores de Slytherin, fueron los primeros en darse cuenta de que estaba pasando algo raro. Ni sus cazadores, ni ellos estaban siendo atacados por los implacables gemelos Weasley.
Localizaron a los pelirrojos por encima de sus cabezas, rodeando al buscador de Gryffindor. ¿Por qué se comportaban así? No estaban protegiendo a sus cazadores y estaban impidiendo que Potter buscase la snitch.
Intrigados por el comportamiento de los gemelos, ascendieron con sus escobas para averiguar que estaba pasando. No tardaron en tener respuestas.
Sin necesidad de explicaciones se situaron a la izquierda y a la derecha de Harry, ayudando a Fred y a George, a proteger al ojiverde de esa bludger, que supusieron debía estar hechizada.
— Alguien está intentando matarte, Potter — gruñó Lucian Bole, golpeando la bludger con todas sus fuerzas, rechazando un nueva embestida contra Harry.
Draco se retiraba tras una jugada de ataque a los aros de Wood, miró hacia arriba, buscando a su primo, y frunció el ceño cuando vio a Harry rodeado de los cuatro golpeadores. Voló hasta los aros, que defendía Blaise, y le señaló hacia arriba.
— Algo raro está pasando — aseguró el platinado, volando hacia su primo, mientras el moreno abandonaba los aros y ascendía tras de él.
En cuanto se acercaron lo suficiente, sus dudas fueron despejadas: La bludger quería derribar a Harry.
Draco y Blaise no lo dudaron ni un segundo y se situaron encima y debajo del buscador de Gryffindor, tal vez ellos no tuvieran bates para combatir a la bludger, pero tenían sus cuerpos para proteger a su amigo.
A esas alturas todo el mundo se había percatado de que algo estaba pasando, no era normal que la mitad de los jugadores hubieran desaparecido.
Todos los jugadores, de Gryffindor y Slytherin, reaccionaron rápidamente y contribuyeron a proteger al ojiverde de la bludger.
Por suerte, Dumbledore había acudido al partido, y se hizo cargo de la situación con un elegante movimiento de su varita.
Ambos equipos descendieron hasta la hierba, y bajaron de sus escobas mientras los profesores invadían el campo para comprobar que todos los chicos se encontraban bien.
Harry, Fred y George explicaron lo ocurrido en las alturas, sin dejarse ningún detalle. Peregrinne y Lucian también contaron como se habían dado cuenta de lo que pasaba.
Los merodeadores desprendían un brillo furioso y atemorizador: alguien había intentado matar a su niño. Todos ellos estaban tocando al azabache, necesitados de la energía pura del ojiverde para contener su magia.
—¿Podemos seguir con el partido? —preguntó Harry, mirando al director con una amplia sonrisa — ¿Cómo vamos?
—¿En serio cachorro? — preguntó Sirius, con un suspiro de incredulidad —¿No has tenido suficiente por hoy?
—Pero el partido no ha acabado... — suplicó el pequeño buscador, mirando a sus padres con ojos de cordero degollado — Nadie ha atrapado la snitch todavía...
— Yo mismo supervisaré las bludgers — se ofreció Dumbledore, guiñándole un ojo a Harry, de manera cómplice — Quizás alguno de vosotros quiera ser el arbitro — añadió mirando a los merodeadores.
— Yo lo haré.. — se apuntó Severus, adelántandose al ojigris, que también quería arbitrar — Me lo he pedido primero.
Todos los que no eran jugadores o el arbitro abandonaron el campo de juego. El pocionista tocó el silbato, y los jugadores ascendieron de nuevo.
El partido no duró mucho más, ya que Harry avistó la snitch a los pocos minutos, y se lanzó a por ella, logrando una victoria para Gryffindor.
Todos se saludaron tras el partido, y se felicitaron mutuamente por el trepidante y emocionante juego que habían protagonizado ambos equipos.
Durante el banquete de celebración, el director felicitó a los jugadores de ambas casas por su admirable comportamiento. Dumbledore confesó a todos, que jamás se había sentido tan orgulloso de alguno de sus alumnos, como lo estaba de ellos.
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Los merodeadores y Dumbledore se habían reunido en el despacho del director para averiguar quien había hechizado la bludger.
El peliblanco realizó el hechizo que desvelaría la firma mágica, y todos se asombraron del resultado. Jamás se les hubiese ocurrido pensar que la magia de un elfo estuviese detrás del ataque.
— ¿Un elfo doméstico ha intentado matar a Harry? — escupió Severus, con gesto de incredulidad.
— Cuesta creerlo... — murmuró Remus desconcertado.
— Sí conocieras a Kreacher no dirías lo mismo... — gruñó Sirius, recordando al viejo elfo del número 12 de Grimauld Place.
— ¿Ah si? Tu hermano lo adoraba... — lo picó el pocionista, sin poder evitarlo.
— El sentimiento era mutuo... — replicó el ojigris, intentando disimular lo triste que eso lo hacía — Y no era su único sentimiento en común, ambos me odiaban...
— Eso no es cierto... — lo corrigió el licántropo, acariciando la espalda del animago, para consolarlo.
— Ningún elfo de Hogwarts atacaría a un alumno... — intervino Dumbledore, mirando con curiosidad a los tutores del ojiverde.
— ¿Entonces qué? ¿Algún mortífago ha enviado a su elfo? — inquirió el ojinegro, desafiando con la mirada a su mentor.
— Eso no tiene sentido... — negó Lupin, intentando pensar en otros motivos más creíbles.
— Hablaré con los elfos... — prometió Albus, saliendo de su propio despacho para ir a la cocina del castillo — A ver si han oído o visto algo.
— Primero se cierra la barrera justo antes de que Harry pase, y ahora una bludger intenta derribarlo... — enumeró Sirius, con gesto preocupado y pensativo — Definitivamente hay algo que se nos escapa...
— Averiguaremos quién está detrás de todo esto... — siseó Snape, poniendo cada una de sus manos en los hombros de sus amigos.
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Todos los alumnos que se habían interpuesto entre la bludger hechizada y Harry, fueron recompensados de alguna manera por los merodeadores adultos, en los días posteriores al partido.
Los tres profesores usaron sus clases para devolver el favor.
Severus dio tantos puntos extras a los leones el lunes, que los alumnos empezaron a pensar que se había vuelto loco. Cuando recompensó a los gemelos con treinta puntos por una poción, que aunque estaba bien hecha no era la requerida en ese clase, pensaron que había perdido la cabeza por completo.
Sirius fue igual de sutil que el ojinegro, repartió puntos por motivos absurdos, que desconcertaron a los estudiantes. Nadie entendía por qué de repente era tan importante que la varita de Peregrinne Derrick combinase con sus ojos, o que Lucian Bole recordase como se llamaban sus padres.
Remus, no solo recompensó a los que lo habían ayudado en el aire, si no también a los que habían sufrido en tierra como él. Por eso repartió dulce para todos, lo que le convirtió en el profesor favorito para los alumnos de todas las casas.
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Pero antes de terminar la semana, ocurrió algo que nubló la alegría de los estudiantes de Hogwarts.
El viernes por la tarde, Harry, Draco, Ron, Blaise y Theo, atraídos por unos débiles rayos de sol, habían salido a dar un paseo por los jardines.
Caminaron hasta los limites del bosque prohibido, interrumpiéndose de vez en cuando en sus pasos. Cuando regresaban, se sorprendieron de ver correr hacia ellos a algunas de las chicas.
— ¡Han petrificado a Penélope! — gritaba Hermione, más despeinada de lo habitual, mientras corría.
— ¿QUÉ? — gritaron los cinco chicos a la vez.
— Percy la e-encont-tró... — reveló Pansy, que parecía haber pérdida su eterna sonrisa descarada.
— La han llevado a la enfermería... — informó Daphne, con rostro pálido y mirada asustada.
— Harry... — susurró la castaña, esperando la reacción de su mejor amigo.
— Reunión urgente — fueron las palabras del ojiverde, girándose hacia la leona para preguntarle algo importante — ¿Dónde podemos reunirnos?
— Hmmm... — lo pensó detenidamente, Hermione, antes de decirse por un lugar — En la Torre de Astronomía
— Muy bien, vamos... — dijo Harry, tras sacar su moneda mágica del bolsillo y usar su varita para enviar el mensaje al resto.
Todos Los Guardianes se habían dirigido a la torre, en cuanto leyeron el mensaje en sus monedas.
Hablaron de lo ocurrido, e intentaron consolarse mutuamente. Aunque no había consuelo posible para ellos, habían atentado sobre uno de ellos...
Todos se fueron marchando a sus salas comunes, cabizbajos y preocupados.
Ron les hizo una seña a Hermione, Harry y los gemelos para que se quedasen un poco más, tenía algo importante que decirles.
— ¿Qué pasa Ronnie? — preguntó George, cambiando por su habitual tono de burla por uno mucho más cariñoso.
— ¿Habéis visto a Percy? Nunca lo había visto tan triste y callado... — respondió el menor de los Weasley, que había observado la tristeza de su hermano prefecto, y estaba preocupado por él —Todos estamos mal por lo que ha pasado, pero...
— Es normal que él esté más afectado... — intervino Harry, asintiendo como si lo entendiese todo.
— ¿Por qué? — lo interrogó su mejor amigo, sin entender de qué hablaba el azabache.
— Porque a Percy le gusta Penélope... — reveló el ojiverde, encogiéndose de hombros, como si careciera de importancia.
— ¿Cómo lo sabes? — escupió alucinado el ojiazul — ¿Te lo ha dicho él?
— No, pero...
— No ha hecho falta... — lo interrumpió Hermione, mirando a Ron con impaciencia.
— ¿Tú lo sabías?
— ¡Pues claro! Tengo ojos en la cara... — rodó los ojos, la castaña, con gesto de suficiencia.
— ¿Y vosotros? — preguntó el ojiazul a los gemelos, empezando a enfadarse por ser el último en enterarse de todo.
— ¿Crees que si nosotros lo supiéramos no te habrías enterado? — le devolvió Fred, alzando una ceja.
— Pero ahora lo sabemos... — sonrió con malicia George, mirando significativamente a su gemelo.
— Percy nos necesita — les recordó su hermanito, mirándolos con gesto de advertencia.
— Claro que sí — tuvo la decencia de avergonzarse Fred, y pasando un brazo por los hombros del menor, le propuso algo — ¿Por qué no vamos a buscar a Charlie?
— Ha llegado la hora de una reunión Weasley — añadió George, enviándole una mirada de disculpa.
— Harry, Hermione... — llamó su atención, Gred — ¿Estais nerviosos?
— ¿Qué? ¿Por qué? — preguntaron los leoncitos, poniéndose nerviosos.
— ¿Cómo que por qué? ¡Esta noche asistireis a vuestra primera reunión Weasley! — exclamó con alegría Feorge, pasando un brazo por los hombros del azabache y la castaña.
— ¿En serio? — preguntó Harry, al que todavía le costaba creer que los maravillosos pelirrojos, lo quisiesen como a uno más de sus hermanos.
— ¿Queréis que vayamos? — se sorprendió Hermione, nunca había tenido hermanos, y esto era nuevo para ella.
— ¡Por supuesto! Sois tan Weasley como nosotros... — afirmaron al mismo tiempo los tres hermanos Weasley.
— ¿A qué esperamos? — se impacientó Ron, deseoso de ayudar a Percy.
Los "chicos Weasley" se dirigieron a la habitación de Charlie, para decidir cómo hacer con el más serio y retraído de los pelirrojos.
El ex dragonista los escuchó pacientemente, y se tomó unos minutos para decidir que hacer.
Tras pensarlo detenidamente, envío a Ron a buscar a Percy, mientras el usaba la chimenea para requirir la presencia de alguien muy necesario en esa habitación.
Bill salió de las llamas justo antes de que Ron regresase con Percy. Y entre todos animaron al alumno de sexto año, haciéndolo sentir querido y respaldado.
Al día siguiente, la noticia del nuevo ataque del monstruo había corrido como la pólvora.
Todos sabían que la Ravenclaw era muy cercana al "niño que vivió", y empezaron a dudar de que fuera el responsable de las petrificaciones.
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El domingo por la tarde, Los Guardianes se reunieron sin su líder para debatir algo que los tenía preocupados y también muy molestos.
Desde el ataque a Penélope, numerosos alumnos habían vuelto a acercarse a Harry. Algunos se habían disculpado; y otros, sencillamente, habían actuado como si no llevasen meses cuchicheando sobre él.
El ojiverde, incapaz de guardarle rencor nadie, había sido amistosos con unos y otros. Y todo esto bajo la mirada furiosa de sus amigos, que no perdonaban tan fácil.
Por eso necesitaban hablar sin que Harry estuviese presente. Querían debatir qué hacer con el repentino cambio de actitud de sus compañeros.
— No me siento bien actuando a espaldas de mi mejor amigo... — murmuró Ron al oído de Draco.
— Te entiendo, yo también me siento un traidor... — confesó el platinado, sintiendo como tenía el estómago revuelto por la culpa.
— No lo estamos traicionando, simplemente cuidamos de él... — replicó Hermione, que los había escuchado, y también sentía remordimientos.
— ¿A vosotros nos os dan ganas de borrar esas sonrisas falsas? — preguntó Dean al resto de los chicos, intentando cambiar de tema, al ver como los mejores amigos de su líder se desafiaban con la mirada.
— ¡Claro que sí! — exclamó Seamus, respaldado con un asentimiento general.
— Un buen puñetazo en sus dientes blancos podría ayudar... — aportó Blaise, intentando poner cara angelical, y fracasando estrepitosamente en el intento.
— No somos agresivos, ¿recuerdas? — siseó Daphne, mirándolo con reproche.
— ¿Y qué propones tú? — replicó Cedric, intentando calmar las aguas.
— Seguir con lo que llevamos haciendo todo el curso... — respondió la rubia, adoptando una mirada dulce para dirigirse al tejón — Un círculo protector alrededor de Harry.
— Daphne tiene razón — intervino Hermione, que había permanecido en su mundo, mientras los chicos hablaban — Nosotros ya les hemos dejado claro que no vamos a aceptar sus disculpas tardías...
— Nadie se atreverá a acercarse a nuestro líder si las chicas los reciben con una de sus miradas mortíferas... — aseguró Theo, guiñándole un ojo a las chicas.
— Nosotras estaremos en primera línea... — sonrió Pansy, saboreando su momento de gloria — Me gusta como suena...
— Acuérdate que no podemos hechizar a nadie... — le recordó su mejor amiga, aunque ella misma tuviese ganas de hechizar a un par de estúpidos.
— Aveces eres muy aburrida, Daph... — protestó la morena, haciendo un puchero.
— Harry ha estado muy callado hoy... — dijo Draco, sin venir a cuento; sonrojándose furiosamente al darse cuenta que había hablado en voz alta.
— Es cierto, apenas ha hablado en todo el día... — afirmó Ron, que también se había dado cuenta del mutismo de su hermano del alma.
— Y tampoco ha comido apenas... — añadió Theo, que solía vigilar las comidas del ojiverde, desde que leyeron el libro.
— Espero que no... — susurró Hermione, tapándose la boca, y negando con la cabeza.
— ¿Qué pasa? — preguntó Percy, preocupándose por la repentina palidez de la leona.
— Espero equivocarme, pero... — respondió la castaña, con el rostro apesumbrado — Creo que Harry se siente culpable de los ataques...
— ¿Qué? Pero si él no ha hecho nada...— protestó Cedric, con gesto confuso.
— Mi amigo es un experto en culparse por todo lo malo que ocurre... — informó Ron, con mirada sombría.
— ¡Mierda! ¡Vamos a buscarlo! — exclamó Draco, antes de salir corriendo por las escaleras, en busca de su primo.
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Harry sentía que su cabeza estaba a punto de estallar, había pasado por demasiados altibajos desde que había vuelto a Hogwarts.
Había buscado a sus amigos por el castillo, pero todos parecían haber desaparecido. Pensó en ir a ver a Hagrid, pero recordó que el semigigante le había dicho que pasaría el domingo fuera.
Sumido en sus pensamientos, deambuló por el castillo sin rumbo fijo, subiendo y bajando escaleras de manera automática. Cuando se dio cuenta, estaba en pasillo del tercer piso, delante de una puerta que le traía muchos recuerdos.
Un año atrás, él y sus amigos, habían cruzado esa puerta para intentar que Voldemort robase la piedra filosofal. Al ojiverde le habían pasado muchas cosas desde ese día, pero jamás podría olvidar esa terrorífica noche en la que había tenido que enfrentarse al asesino de sus padres.
Y ahora, un monstruo estaba atacando a los alumnos. ¿Es que no se iban a acabar nunca las amenazas? ¡Por Merlin! Solo eran niños...
Se dejó caer, deslizándose por la pared, quedado sentado frente a la puerta, mirándola fijamente como si ésta tuviese las respuesta que él necesitaba.
— ¿Qué haces aquí? — le interrogó una voz a su izquierda, sacándolo con un sobresalto, de su profunda ensoñación.
— No sé... Solo caminaba... — se encogió de hombros, el ojiverde, mirando hacia arriba para mirar hacia su interlocutor — Y aparecí aquí.
— ¿Estás bien? — preguntó Charlie, antes de darse una palmada en a la frente, para castigarse por su estupidez — Lo siento, es un pregunta estúpida...
— Todo es culpa mía... — escupió Harry, sin aguantar más toda la angustia que sentía, agachando su cabeza.
— ¿De qué estás hablando? — interrogó el pelirrojo, agachándose delante de él, para alzar su rostro.
— Nunca había pasado nada en Hogwarts hasta que llegué yo... — respondió el menor, clavándole sus orbes esmeraldas — No debería haber venido.
— No es culpa tuya, pequeñajo... — replicó el ojiazul —Tú eres la víctima, no el verdugo...
— Estoy poniendo en peligro a todos... — discutió el pequeño buscador — No deberías estar aquí, también te pongo en peligro a ti...
— No te atrevas a alejarte de mi... — lo amenazó el dragonista — ¿Me has oido?
— No lo entiendes... — gimió el ojiverde, dejando caer una solitaria lágrima por su rostro — Todos los días veo las caras de Lunita y Tori, están desoladas por lo que le ocurrió a su amigo Collin
— Collin se recuperará, al igual que tu amiga Penélope... — lo consoló Charlie, estrechándolo en un abrazo, acariciando su cabello con ternura.
— Pero es mi culpa que estén así... — insistió Harry, dejándose querer, abandonándose a la paz que el mayor le brindaba.
— Esto ya había pasado antes, y tú ni siquiera habías nacido... — le recordó el pelirrojo, sintiendo la pena de su pequeñajo como propia, mientras buscaba algo para distraerlo — ¿Por qué no volvemos a nuestras investigaciones?
— ¿Sobre Tom Riddle? — preguntó el azabache, mirándolo con un pequeño brillo en sus ojos.
— Eso es, prometimos ayudar a Hagrid... — afirmó el ojiazul, limpiando el resto salado que habían dejado las lágrimas.
— Tienes razón, tenemos que limpiar su nombre... — asintió el leoncito, recuperando su determinación, para ayudar a su enorme y entreñable amigo.
— ¡Ese es mi pequeñajo! — exclamó con orgullo, el profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas
—Gracias Charlie, no sé que haría sin ti... — susurró el menor, apretándose más contra su alma gemela.
—Espero que nada... — replicó el dragonista, con cierto tono posesivo; que aunque el niño no supo interpretar, de alguna manera le hizo sentir muy bien.
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Los merodeadores adultos también necesitaban tener una charla esa noche. Los tres se habían reunido en el cuarto de Remus, para tomar una importante decisión.
Estaban muy preocupados por la seguridad de su niño, y empezaban a plantearse ciertas decisiones drásticas, que no gustarían nada a su ojiverde.
— No lo estamos protegiendo... — gruñó Sirius, evidentemente molesto por no poder proteger mejor a su cachorro.
— Le estamos fallando... — asintió el hombre lobo, sintiendose igual de mal, que su alma gemela.
— Teníamos que cambiar las cosas, pero Harry sigue pasando por situaciones peligrosas... — rumió Severus, todavía demasiado sobrecogido por lo ocurrido en el partido.
— He estado pensando en libros que nos enviaron el curso pasado — confesó Remus — Se supone que debíamos reescribirlos...
— Ojalá los hubiéramos leído, así sabríamos que es lo que tenemos que cambiar... — deseó el ojigris, haciendo una mueca de disgusto.
— Estoy seguro de que el monstruo de Slytherin aparecía en el segundo libro... — aseguró el pocionista, que también había estado pensando en ello.
— Y la bludger... — añadió Lupin, anhelando que los libros no se hubiesen quedado en blanco.
— Hay que sacarlo de aquí — anunció Canuto, dispuesto a cualquier cosa para mantener a salvo a su niño.
— Podemos enseñarle nosotros en casa... — sugirió el ojinegro, disfrutando de la idea de mantener a su culebrilla bajo siete llaves.
— Tiene que haber otra solución, no podemos alejarlo de sus amigos... — negó con la cabeza, el licántropo, sin dejarse convencer por los otros dos.
— Podrá verlos en verano... — replicó el heredero de los Black, pensando únicamente en la seguridad de su ahijado.
— ¿En serio Canuto? ¿Tú habrías aceptado vernos solo en las vacaciones? — preguntó el castaño, mirándolo con un brillo furioso, que hizo que el animago diese un paso hacia atrás.
— ¡No es lo mismo! — negó Sirius, intentando que su voz no sonara temblorosa.
— Para Harry si lo es... — rebatió el hombre lobo, intentando retener a su animal, para no quedarse viudo.
— Supongo que tienes razón... — bufó el profesor de Pociones, recordando lo mucho que había extrañado el ojiverde, a sus amigos durante las vacaciones.
— Habrá que extremar las precauciones... — decidió Lupin, antes de que el Slytherin, cambiase de opinión.
— O matar al monstruo... — propuso el ojigris, necesitado de un poco de acción.
— Eso también me vale... — asintió Severus, que parecía necesitar lo mismo.
— Merlín los cría y ellos se juntan... — rodó los ojos Remus, fingiendo exasperación; pero ocultando una sonrisa divertida.
— ¿Eso quiere decir que no te apuntas? — lo picó Canuto, que lo conocía demasiado bien para saber, que su lobo interior pugnaba por salir y despedazar a cualquier amenaza para su cachorro.
— Está claro que no puedo dejaros solos, todavía no habéis aprendido a cuidaros... — replicó Lunático, con gesto de suficiencia, mirando los rostros burlones de sus amigos.
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Padma y Draco se encontraron la mañana del domingo en la biblioteca. Ambos alumnos de segundo año habían acudido allí en busca de un libro que les ayudase con sus trabajos escolares.
Decidieron realizar juntos sus tareas escolares, ya que eran las mismas. Los niños se sintieron un poco incómodos al principio, pero poco a poco, fueron tomando confianza con el otro y pudieron relajarse.
Cuando terminaron, caminaron hasta el Gran Comedor, en busca de sus amigos. Caminaban muy juntos, pero sin rozarse, manteniendo una animada conversación sobre pociones.
— Espero que ésto que te voy a decir no te ofenda, porque no es esa mi intención... — cambió de tema la Ravenclaw, poco antes de llegar al Gran Comedor — Pero cada vez te comportas más como un auténtico y genuino león...
— No es ningún insulto... — aseguró el platinado, ruborizándose por el halago — Es un honor que me comparen con un valiente Gryffindor...
— Tejón, águila, serpiente o león... — enumeró Padma con sus dedos, para encogerse de hombros después — Todos tienen lo suyo...
— Y hasta pueden convivir en paz... — sonrió Draco, de acuerdo con sus palabras.
— Ahora lo sabemos — asintió la bruja, sintiéndose muy nerviosa por la mirada del Slytherin.
— ¿Puedo hacerte una pregunta? — pidió permiso el mago, aprovechando la ocasión para conocer un poco más a la chica.
— Claro...
— ¿Cómo te sentiste al ser sorteada en diferente casa que tu gemela?
— Mi padre es Gryffindor y mi madre Ravenclaw... — explicó la niña, encogiéndose de hombros — Mi hermana y yo ya habíamos hablado de que pasase algo así...
— ¿Y si alguna de vosotras hubiese acabado en Slytherin? Tú podrías... — cuestionó el platinado, sabiendo que habría sido casi imposible que nada hubiese cambiado entre las gemelas.
— Lo sé, el sombrero me lo dijo... —confesó la Ravenclaw, que había pensado lo mismo cuando el sombrero le habló en la ceremonia de Selección — Pero también me dijo que sería más feliz en Ravenclaw...
— Podríamos haber sido amigos desde antes... — pensó en voz alta, Draco, saboreando la posibilidad de que la gemela Patil hubiese sido su compañera de casa desde el principio.
— No lo creo, no me caías demasiado bien... — negó divertida la morena, haciendo sonrojar al Slytherin.
— Yaaa... B-buen-nooo... Y-yo... — tartamudeó el rubio, sin saber que decir.
— Pero has cambiado mucho, y ahora me gusta como eres... — lo interrumpió Padma, sonriéndole con cariño.
— No sé si tú has cambiado, pero también me gustas... — confesó el rubio sin darse cuenta, perdido en los orbes negros de la Ravenclaw.
— Todos hemos cambiado... — fue lo único que pudo decir, la bruja, tratando de autoconvencerse de que Draco no había dicho eso; ella había escuchado mal.
— Potty nos ha cambiado...
— Harry es tan especial... — afirmó la niña, sin poder evitar esbozar una sonrisa al pensar en el ojiverde — Y él ni siquiera parece darse cuenta..
— Mi primo ha sufrido mucho... — susurró Dragón, con tono apagado y triste — Y todavía se siente inseguro.
— Pero ahora sabe que ya no está solo... — lo consoló Patil, tomándolo de la mano, y dándole una sonrisa tímida.
— Nunca más, Padma... — juró el platinado, deteniéndose delante de la puerta del comedor, para mirar a la chica — Y nadie volverá a lastimarlo... Yo mismo me encargaré de ello...
— ¡Oh Draco! Eres tan dulce... — gimió la pequeña águila, acercándose a la serpiente para besar su mejilla, y entrar corriendo al Gran Comedor después.
El platinado se quedo pegado al suelo, su cuerpo se había congelado al sentir el roce de los labios de la chica sobre su mejilla. Sonrió embobado, mientras llevaba su mano a la mejilla besada, deseando que esa sensación tan agradable que sentía, no desapareciera nunca.
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Y hasta aquí por hoy...
Gracias por seguir ahí...
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