hola aki sta el new cap jejeje sorry x la tardanza pero eh stado muuuuy ocupada jeje espero les gzte
recuerden de ke nada me pertenece
Capitulo 29
Bojik la estaba esperando en la puerta de Emmett, y ella se reprochó el haberlo olvidado. Desde esa vez en que no pudo hallarla en la tormenta, el perro no quería perderla de vista. ¿Y cómo se había permitido perder otra vez los estribos? En realidad, no le importaba cuántas mujeres tuviera Emmett. ¿Las otras? 'Las otras', había dicho el hijo de... No, qué diablos, no le importaba. Era necesario hacer algo para que su actitud fuera coherente, sí, pero no iba en serio.
Sólo cabía agradecer que él no hubiera recordado cumplir su amenaza, al verla amenazar a otra de sus mujeres. También cabía agradecer el haber podido salir a tiempo, pues lo tenía físicamente demasiado cerca. Esas sensaciones, que ahora parecían brotar en ella cada vez que él se aproximaba, habían estado decididamente en ascenso. Y ella temía saber qué ocurriría si volvía a perder el control.
Emmett mantenía los ojos bien cerrados, pero aún podía percibir su olor, ver la furia en sus ojos de medianoche, esa pasión, esa...
Con un gemido, volvió a golpearse la cabeza contra la pared; no se había movido desde que ella se le escapara. Era muy capaz de dominarse, claro. Bastaba con mantenerse lejos de esa mujer. Hasta hoy lo había conseguido. ¿Y cómo se le había ocurrido ceder a sus exigencias? Debería haberla desafiado, dejando que acampara en plena calle. Si la arrestaban, no diría una palabra para impedirlo. Pero cuando Rosalie tuviera que presentarse ante el magistrado, él se las arreglaría para que la pusieran bajo su custodia... y la fantasía que eso le inspiró lo hizo gemir otra vez.
Ahora su madre era la única esperanza. El infierno en el que estaba atrapado bien podía terminar antes de que cayera la noche, con el primer encuentro entre Maríana y Rosalie, si... Por Dios, se había ido con un portazo, y estaba demasiado enfadada para esperarlo afuera. La imaginó perdida en la ciudad. Vestida de ese modo y sola, los hombres no lo pensarían dos veces antes de atacarla. Y él se había quedado con un látigo, dejándola sin defensas.
Sintió tal miedo que se cubrió de sudor. Y como cabía esperar, cuando salió a la calle sólo encontró al lacayo con su ruano... Rosalie había desaparecido.
–La dama que ha salido ¿no te preguntó al menos cómo llegar a casa de mi madre?–interrogó al hombre mientras montaba.
Pero sólo consiguió una respuesta confundida: –¿Qué dama?
–¡La muchacha que llegó conmigo!–le espetó Emmett.
–No, señor... pero la oí ordenar a su perro que buscara a Nina, sea quien fuere.
Esa noticia no era un gran alivio. Emmett se puso en marcha, con la esperanza de alcanzar a Rosalie antes de que se metiera en problemas. Pero llegó a la casa de su familia sin haberla visto. Cuando localizó a su madre, en el invernadero, estaba sin aliento por la carrera.
–¿Dónde está?–preguntó, gritando sin darse cuenta.
María, con los ojos dilatados de indignación, observó:
–Tres meses de ausencia y este es el saludo que...
–Madre, ¿está aquí Rosalie?
–No, no está–bufó ella–. ¿Cómo es que no viene contigo? Hasta ahora sólo han llegado sus criados; la última persona entró hace unos minutos.
Eso lo dejó pensativo.
–Esa última persona, ¿era una mujer?
Maríana frunció el entrecejo.
–Posiblemente. Ahora que lo mencionas, sí.
El miedo de Emmett desapareció instantáneamente, dejándolo tan débil que le fue preciso sentarse en un banco cercano. Maríana, que lo observaba con atención, dijo con suspicacia: –No vas a decirme que esa mujer era la baronesa Cullen.
A esas alturas debería estar furioso por el mal rato pasado; en cambio, Emmett se descubrió sonriendo.
–Me temo que sí.
María quedó horrorizada.
–¡Y yo la envié a las habitaciones de los sirvientes!
Entonces Emmett se echó a reír.
–En mi vida he pasado tanta vergüenza–confesó Maríana a su hijo, más tarde–. ¿Por qué no me dijo nada?
Estaba en la sala, esperando a Rosalie para cenar. Emmett había ido al palacio para informar a su primo que estaba de regreso, pero como Jasper estaba conferenciando con sus ministros, le dejó dicho que volvería al día siguiente. Por entonces apenas tenía tiempo para volver a su casa y cambiarse para la cena con su madre (cosa que no iba a perderse por nada del mundo) y calmar un poco a Fátima.
Eso fue realmente exasperante. Ella no dejaba de llorar; Emmett, que siempre había cedido a sus lágrimas, esta vez no podía hacerlo, pues Rosalie se las arreglaba para enterarse de todo, sus hombres eran demasiado sagaces. Y resultaba mucho más fácil alejar a Fátima de la casa, por el momento, que enfrentarse nuevamente al mal genio de su prometida. Sin embargo, la ex esclava no se mostró aliviada al enterarse de que su mudanza sería, con un poco de suerte, algo pasajero.
La manera más sencilla de tranquilizarla habría sido hacerle el amor, pero Emmett, cosa increíble, no pudo despertar en sí el menor deseo. Aquel cuerpo menudo y delicado ya no lo tentaba como antes; ahora sólo podía pensar en curvas lozanas y en pechos tan grandes que apenas cabían en sus manos... ¡Por Dios, otra vez eso!
Volvió trabajosamente la atención a la pregunta de su madre.
–Rosalie no dijo nada porque esas cosas no le interesan. Si la hubieras alojado en el establo estaría muy contenta.
–Qué ridiculeces dices–lo amonestó Maríana–. ¿Y por qué vestía de ese modo? ¿Tuvo algún percance con su guardarropa?
Él se encogió de hombros.
–Viajó con una montaña de baúles, pero no sé si habrá algún vestido en ellos. Siempre la he visto con el atuendo que traía al llegar.
Maríana entornó los ojos, para dejar bien claro lo disgustada que estaba con su hijo.
–Te empeñas en bromear, ¿no, Emmett? Si quieres saber la verdad, no me parece nada divertido.
–No sabes cuánto me alegra saberlo, madre. De hecho, puedo asegurarte que esta noche no te divertirás en absoluto.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Se refiere a mí, señora–explicó Rosalie desde el vano de la puerta–. Como apenas puede soportarme, supone que usted tampoco podrá.
–Mi querida niña, ¿de dónde has sacado esa... idea?
Emmett apenas se contuvo para no reír. La vacilación de su madre se debía a que Rosalie aún llevaba puestas las ropas con las que había llegado, pero sin el abrigo ni el sombrero. Su madre estaría recordando su comentario de que nunca la había visto con un vestido, a juzgar por la aguda mirada que le echó.
Rosalie respondió a su pregunta sin parar mientes en esa callada comunicación:
–Si no me cree. Señora, puede preguntar a su hijo. El me desprecia.
Emmett debería haber previsto que esa velada no transcurriría exactamente como él esperaba. Rosalie iba a horrorizar a su madre con su franqueza, sin duda, pero tampoco él escaparía indemne.
Maríana había vuelto a indignarse.
–Dile que no es cierto, Emmett.
Él obedeció. Y hasta sonrió perezosamente.
–Claro que no es cierto. Cualesquiera sean mis sentimientos hacia ti, Rose, jamás podría despreciarte. Esa es una emoción muy fría, en tanto que las mías, en lo que a ti concierne, son mucho más... encendidas.
Ella ignoró por completo esa alusión pasional y lo provocó arqueando una ceja.
–¿Conque debemos mentir en bien de tu madre?
–¡No te desprecio, maldición!
–¡Emmett!–lo amonestó Maríana.
Él suspiró. Si perdía tan pronto los estribos no llegarían al fin de la velada. Y la expresión de Rosalie, muy satisfecha de sí misma, estaba destinada a provocarlo un poco más. ¡Qué bruja! Lo estaba poniendo deliberadamente en la trampa.
–Perdona, madre. ¿Por qué no damos el tema por agotado y pasamos a cenar?
Maríana se apresuró a acceder.
–Excelente idea, salvo que... Rosalie, ¿no preferiría cambiarse antes?
Emmett nunca había visto una expresión de inocencia tan fingida como la de su prometida al replicar: –¿Cambiarme qué?
Y su madre le creyó.
–La ropa, querida. Aquí nos vestimos para cenar.
Rosalie miró hacia abajo.
–¡Si estoy vestida!
–Oh, quiero decir...
–No insistas, madre–intervino Emmett–. Sinceramente, no creo que tenga ningún vestido.
–¡Claro que tengo!–Aseveró Rosalie–. ¿Qué crees que he traído en todos esos baúles que cargamos hasta aquí?
–Látigos y puñales–sugirió él, muy serio.
Ella dejó escapar una carcajada. Eso lo sorprendió de verdad, pero también lo reconfortó, poniéndole una sonrisa en los labios. Maríana no encontraba aquello nada divertido.
–Mañana continuaremos hablando de ropa, Rosalie–dijo severamente–. Por ahora, Emmett, acompáñanos al comedor.
Él obedeció, preguntándose si no habría sido mejor advertir previamente a su madre sobre los modales de mesa de su prometida. Si Maríana, en su espanto, insultaba a Rosalie, la muchacha podía desatar su mal carácter. Y en ese caso era imposible prever cómo acabarían las cosas.
En realidad, su preocupación era infundada. Debería haber recordado que Rosalie rara vez se ofendía por comentarios sobre su desacostumbrada manera de comer. Por otra parte, pasó un rato antes de que Maríana notara que la muchacha estaba comiendo con las manos. Su reacción no fue tanto de horror como de bochorno, aunque no puso mucho cuidado al abordar el tema. Ella también solía, a veces, ser muy franca.
–¿Nadie le ha enseñado cómo comportarse en la mesa, querida?
Rosalie se encogió de hombros.
–Supongo que sí, pero hace tanto tiempo que ya no lo recuerdo.
–¿Y por qué no continuaste con tus lecciones?
–Es una broma, ¿verdad?–Rosalie reía.–Usar tantos utensilios es perder el tiempo. Prefiero dedicar ese rato a mis bebés.
Eso sí que horrorizó a Maríana. Sus ojos de miel giraron hacia Emmett.
–¿Sus bebés, dice?
–Caballos, madre.
Más espanto.
–¿Llamas caballos a sus bebés?
–No–explicó él, con paciencia–. Ella llama bebés a su caballos. Se dedica a criarlos.
–No le veo la gracia, Emmett.
–No es broma.
Rosalie sintió otra vez la mirada incrédula de Maríana, pero no se preocupó. Seguir fingiendo ante ella era mucho más fácil de lo que había esperado, porque Emmett estaba allí. Lástima que no se quedase. Después de cenar volvería a su propia casa y...
–¿Cuántas otras concubinas tienes, aparte de la que vive en tu casa, McCarty?
María ahogó una exclamación. Emmett estuvo a punto de atragantarse. Parecía imposible que Rosalie, pese a toda su franqueza, sacara a relucir semejante tema delante de su madre. ¿Y por qué demonios lo había recordado en ese momento? Bueno, al menos se ensañaba con él y no con Maríana. El mismo no habría podido planearlo mejor. Ese era el toque definitivo, la moneda que inclina la balanza.
–Sólo tres más–respondió, consciente de que la mirada de su madre había vuelto a él. Por su parte, no apartaba los ojos de Rosalie. Y ella estaba gloriosamente furiosa. Eso tenía que mejorar. Y mejoró.
–¿Sólo? ¿Y tú las mantienes a todas, pagas sus gastos y fornicas con las tres?
Emmett volvió a atragantarse. Su madre parecía estar en el mismo trance, pero él no se atrevió a mirar. Aunque esperaba algo por el estilo, sintió que le quemaban las mejillas. ¡Y había pensado que Rosalie ya no podía horrorizarlo!
De algún modo se las arregló para responder con calma.
–Algo así.
–Las voy a buscar, McCarty, una a una. No creas que no. No gozarás de ellas durante mucho tiempo más.
–En ese caso, supongo que te visitaré con bastante frecuencia, ¿no?
–¿En la casa de tu madre?–Contraatacó ella, triunfal–. No lo creo.
–¿Acaso piensas que eso me impedirá cumplir con mi promesa, Rose?–preguntó él, en suave tono de advertencia.
–Libertino como eres, no, supongo que no. Pero Bojik sí te lo impedirá. De ahora en adelante dormirá conmigo.
Por fin María recuperó el uso de su voz, que surgió con bastante potencia.
–¿Quién...es...Bojik?
Las mejillas de Emmett se encendieron otro poco. Rosalie lo enfurecía tanto que por un momento había olvidado la presencia de su madre. Cuando por fin volvió los ojos hacia ella, tuvo la impresión de haberla horrorizado tanto como la misma Rosalie.
–Bojik es su perro, madre.
–No quiero perros en mi...Aunque, pensándolo mejor...Oh, Dios.–Maríana comenzó a abanicarse–. No entrarás subrepticiamente en la habitación de tu prometida, Emmett; tendrás que esperar a... Oh, Dios. Esto no puede ser... ella... Oh, Dios.
–Ya lo sé, madre–se compadeció Emmett.
–¿Lo sabías?–la voz de su madre era acusadora.
–No todo, la verdad. El viaje me ha abierto mucho los ojos.
–¿Y no la devolviste a su padre?
–Según creo, me dijiste que esa alternativa no era posible–le recordó él.
–No, por supuesto, pero... Oh, Dios, esto es muy inesperado. Una dama para quien los caballos son más importantes que...
Emmett lamentó que su madre hubiera iniciado las quejas por ese tema; ahora tendría que acallarla antes de que llegara demasiado lejos. Rosalie no toleraba ninguna queja que incluyera a sus caballos.
–Ella tiene su propia manera de pensar, madre.–Y dedicó a Rosalie una enorme sonrisa–. ¿No es así, preciosa?
–Debo de haberla olvidado, si estoy aquí sentada, escuchando cómo me destrozáis–replicó Rosalie, levantándose. Pero no había enfado en su voz. Hasta se lamió ruidosamente los dedos antes de agregar–: Si tienes algo que decirme, McCarty, me encontrarás en el establo. Si no es lo que deseo oír, no te molestes.
En ese momento, mientras la miraba salir, Emmett comprendió que ella esperaba ver terminado el compromiso esa misma noche, todo lo que había dicho y hecho durante la cena era calculado. ¿Acaso había imaginado, como él, que su madre pondría fin al asunto en nombre de ambos? No: sólo estaba tanteando el terreno, por así decirlo. Tras haber oído su vocabulario durante el viaje, a él no le cabían dudas de que habría podido ser mucho más escandalosa. Tal vez sólo trataba de mostrar a Maríana su peor parte, para no ir horrorizándola poco a poco, como había hecho con él.
–Por Dios, Emmett, esa muchacha es una salvaje–exclamó Maríana, en cuanto estuvieron solos.
–Sí, espléndidamente salvaje.
–No puedes casarte con ella en esas condiciones.
–¿No?
–Por supuesto que no. Sería una vergüenza para nuestra familia. Primero habrá que enseñarle a comportarse correctamente.
No era eso lo que él esperaba oír. Pero su sorpresa se convirtió rápidamente en diversión. ¿Enseñar a Rosalie modales de dama? Eso era imposible.
–No sabes en qué te estás metiendo, madre. ¿No crees que lo mejor sería enviarla de nuevo con los suyos?
Por un momento Maríana los pensó. Él sabía cómo funcionaba la mente de su madre. Nunca había estado tan cerca de casarlo, y aún no estaba dispuesta a renunciar.
–No. Esa muchacha necesita un poco de ayuda, nada más. Sin duda alguna, debe de haber recibido una mejor educación; después de todo es baronesa. Pero lo ha olvidado, tal como dijo. Al morir su madre, el padre debe de haberla descuidado.
El padre tenía a una amante instalada en la casa. ¿Acaso ella no habría podido ocuparse de la conducta de Rosalie?
–Maldice como un marinero borracho, blande el látigo, amenaza con cortar las orejas a las mujeres que se me acerquen. ¿Y tú quieres convertirla en una dama?
La expresión de su madre dijo a las claras que no le creía una palabra, a tal punto que, en vez de continuar con el tema, prefirió preguntar: –¿Qué ha ido a hacer a los establos, a esta hora de la noche?
Emmett suspiró.
–Pasa todos sus ratos libres con los caballos. No bromeaba al decirte que se dedica a criarlos. También los adiestra y los atiende. Y ha traído a toda su tropilla consigo.
–Bueno, eso tiene que terminar. Nunca he oído nada tan poco digno de una dama.
–Esos caballos son lo más importantes de su vida, madre. Si algo los afecta, se pone violenta. Puedes tratar de convertirla en una dama, si quieres, pero te aconsejo que no intentes jamás separarla de sus bebés.
–Bien, ya se verá–bufó Maríana, decidida a conservar su posición. Por el momento seguiría el consejo de su hijo, evitando el tema de los animales. Pero había un tema que no pensaba evitar, de modo que agregó, muy severa–: Y tú, muchacho, no te acercarás a su dormitorio. ¿Acaso piensas que no he entendido ese diálogo entre vosotros?
Él sonrió al recordar su abortado 'Aunque, pensándolo mejor...'
–Por si todavía no has visto a su perro, madre, te aseguro que no voy a arriesgarme con él.
–Te tomo la palabra.–Y luego la señora suspiró–. ¡Perros en mi casa! ¡Las cosas que hago por...!
No terminó. No hacía falta.
espero reviews hehehe
bye
