Capítulo 28: El día después

Por algún motivo que ahora desconocía, a Shura le había parecido que, al final, la noche anterior había sido un gran éxito. Sin embargo, cuando la voz sorprendentemente atronadora de Shion retumbó en su cabeza sin previo aviso, antes incluso de que todo el alcohol hubiera abandonado su cuerpo… se planteó si realmente estaba equivocado.

Resopló, y con cierto esfuerzo se arrastró hasta el baño. Abrió el grifo de la ducha, y dejó que el agua casi fría le aclarase las ideas. Sospechaba que aquel tono demandante que exigía su presencia en el templo papal tan pronto como fuera posible, indicaba que sus asunciones habían estado ligeramente equivocadas. Después de todo, ¿qué otra cosa podía ser? El viejo nunca había sido especialmente duro con él, ni años atrás, ni en aquel entonces. Pero algo en su voz le había provocado un escalofrío espantoso, además de haber empeorado su dolor de cabeza.

Se secó y se vistió con rapidez. Echó un vistazo al reloj de la mesilla de noche, y suspiró. Era demasiado pronto para que algo normal sucediera. Se encaminó a la salida, y enfiló las escaleras a Acuario.

Sin embargo, apenas había andado unos metros cuando se detuvo de golpe. Se llevó la mano a la nuca, y se revolvió el cabello húmedo. Quizá era una buena idea averiguar si Aioros o Saga también habían sido llamados. Quizá… solo quizá, sería más llevadero si los tres se adentraban en la boca del lobo en compañía.

¿Aioros? —Se esforzó porque su voz cósmica resultara lo menos estridente posible.— ¿Saga?

¿Por qué? ¿Por qué gritas? —La respuesta de Aioros sonó como un lloriqueó, y al escucharlo, Shura no hizo más que sonreír. —¡No grites!

¿Vives?

No estoy seguro.

Ya veo… ¿Saga?—insistió.

¿Mmm? —Aquella fue la única respuesta del geminiano que recibió, y a decir verdad, con aquel sonido, no le quedó claro del todo el estado del peliazul.

¿Debo asumir que Shion nos ha llamado a los tres?

¿Llamar? —Se quejó el arquero. —¿Eso te parece que fue una llamada?

Más o menos…—rió suavemente, pero inmediatamente, se arrepintió. —Creo que os esperaré aquí.

Ya voy, ya voy…—murmuró el arquero.

-X-

Apenas pasaron cinco minutos hasta que Aioros llegó. Se dejó caer en un escalón junto a Shura y suspiró. No tuvo tiempo de decir nada, porque poco después, la Otra Dimensión se abrió a unos pocos pasos de ellos.

—¿Vamos?—murmuró Saga, cerrando los ojos por un instante, con la esperanza de que los escalones dejarán de moverse. Estúpido él, que acaba de recordar porqué era una mala idea usar la Otra Dimensión con alcohol en su sistema sanguíneo.

—¿Estamos bien?—murmuró el español.

—Por ahora—añadió el mayor.

—Oh, vamos…—Se quejó Shura. —¡¿Qué fue de tu optimismo, Saga?! ¿Qué hablamos de pensar en positivo?

Un par de escalones más arriba, Saga se detuvo a verlo con interés. Ladeó el rostro, y terminó mostrando una sonrisa minúscula.

—Mis pensamientos positivos murieron en el momento en que anoche nos topamos con Shion en mis escaleras. Esperando.

Silencio. Saga alzó las cejas y vio de uno a otro. La expresión de sus rostros no permitía discernir dónde empezaba el espanto, y dónde la sorpresa e incredulidad.

—Eso…—masculló Shura.

—¿No lo imaginé?—terminó Aioros por él, mientras se ponía en pie.

—Me temo que no. —Debía admitir, que después de todo, la confusión y las lagunas mentales que el vodka había dejado en ellos, le resultaba de lo más gracioso. ¡Ah! Dulce juventud inexperta…

—¡Joder!—exclamó el arquero con desesperación.

—Oye, habla bien. —Aioros frunció el ceño y Saga sonrió. —Vamos, antes de que Shion empiece a vociferar de nuevo. —Saga comenzó a subir las escaleras y Shura lo siguió en un mortecino silencio. —Con suerte, te prestará un folleto de Alcohólicos Anónimos, arquero.

—Muy gracioso, muy gracioso.

—¿No podemos ir en la Otra Dimensión? —La vocecilla de Shura surgió casi como un quejido, pero el peliazul negó apresuradamente.

—Ahora mismo es una mala idea, te lo aseguró.

—¡Yo le gustaba al viejo!—exclamó después. Saga rió por lo bajo. —Tenía un buen concepto de mi…

-X-

Si algo sabía Saga, o solía saber, era cuando debía permanecer tan callado como una tumba. Por ello, cuando los guardias abrieron las puertas del salón del trono, en medio de poco disimulados bostezos; y sus ojos se cruzaron por un segundo con los de Shion… no le resultó difícil identificar uno de aquellos momentos.

Respiró hondo lo más disimuladamente posible, y flanqueado por Aioros y Shura, recortó la distancia que les separaba del Maestro.

Después, solamente hubo silencio. Un pesado silencio que amenazaba con crispar los nervios de los tres.

Shion se levantó con deliberada parsimonia, y bajó los dos escalones hasta quedar a unos pasos de sus santos. Caminó de un lado a otro, mirándoles de soslayo con el ceño tan fruncido, que sus lunares eran prácticamente invisibles. Arles, mientras tanto, observaba desde una distancia prudencial.

—Si alguno ha tenido la decencia de pensar en una excusa en su camino hasta aquí, por estúpida que sea, este es el momento de pronunciarla. Estoy dispuesto a escucharla. —Les miró a los tres de frente, y casi por instinto, Shura y Aioros bajaron el rostro. Saga, sin embargo, encontró algo francamente interesante en la cortina escarlata tras el trono. —¿No? ¿Nada? ¿Ni un poquito de imaginación?—Aioros carraspeó, atrayendo la atención hacia si sin querer. —Anoche estabas mucho más hablador, Aioros.

—¿Mmmm? —Atinó a decir.

—¡No puedo creérmelo! Es la segunda vez que te encuentras en este estado. ¡Es irresponsable!—Volteó hacia los otros dos. —¡Por parte de los tres! —Pero rápidamente, volvió su atención al arquero. —Ya te advertí la primera vez de que no iba a consentir esto y de que no puede ser así. ¡Por Athena! ¡Sois santos dorados! No tres adolescentes sin cerebro. —Saga se sopló el flequillo. ¡Ah! Si solo Shion supiera los secretos de sus viejos santos dorados… ¡Por Athena! Athan desayunaba whisky en su salón. —¿Algo que decir, Saga?

—¿Yo? —Lo miró directamente a los ojos, y rápidamente negó. —No, nada.

—¿Seguro? Porque realmente pensé que se te hubiera ocurrido que era una mala idea salir ahí fuera para esto.

—Solo fuimos a Atenas…—murmuró—. No es como si…

—¿Solo? —Lo interrumpió. —Para empezar, no teníais permiso para salir, y os aseguro ahora que no lo tendréis en los próximos diez años de vuestra vida. —"Si vivimos tanto, claro". Pensó Saga. —Os habéis escabullido a hurtadillas, a sabiendas de que ibais a hacer algo inapropiado, como ha sido el caso. Sino, podíais haber preguntado primero.

—¿Nos hubieras dado permiso? —Cuando los ojos de Shion lo taladraron, Saga se planteó que quizá no recordaba tan bien cómo era aquello de guardar silencio. Se humedeció los labios y esperó por la respuesta, que tardó en llegar. Shion entrecerró los ojos y empezó a ponerlo nervioso.

—¿Qué demonios te ha pasado en el cuello?

La pregunta lo sacó tanto de balance, que solo atinó a abrir los labios, pero ninguna respuesta lo suficientemente rápida, acudió en su ayuda. Aioros ahogo una risilla acusadora y Shura se limitó a sonreír con el rostro fijo en el suelo.

Traidores—murmuró Saga vía cosmos.

—¿Saga?

—¿Qué?—masculló irritado. El dolor de cabeza lo estaba matando. —¿A ti qué te parece?—Negó lentamente con el rostro y chasqueó la lengua con disgusto. —Uno ya no puede tomarse una copa tranquilamente en un bonito bar de Atenas porque cuando menos te lo esperas, aparece un vampiro dispuesto a arrancarte la yugular y tus leales amigos no harán nada por ayudarte. He tratado con psicópatas menos peligrosos.

—Me alegra saber que has amanecido de buen humor hoy, hijo. —Sarcasmo contra sarcasmo, pero los ojos rosados del lemuriano no abandonaron los del geminiano. —Es irresponsable de vuestra parte, de tu parte, abusar del alcohol. Es vuestro deber estar siempre alerta y en optimas condiciones si algo llegase a suceder. —Saga se mordió la lengua. No porque no se le hubiera ocurrido una respuesta, sino porque temía mucho que Kanon hubiera despertado su paranoia. ¿A qué se refería el viejo después de todo insistiendo con tanto ahínco en por qué era irresponsable? Suspiró. La discusión del día anterior le había revuelto demasiado. —Creí que seríais capaces de cuidar de Aioros y que no se os ocurriría enseñarle a saber qué. Ahora mismo, es influenciable.

—Oye, tampoco tengo ocho años… —El arquero trato de defenderse.

—Silencio. —Pero el viejo no le dejó. Se revolvió los rizos, y suspiró.

—Es que…—insistió.

—¿Es que, qué? —Aioros se encogió de hombros.

—Míranos. Somos los tres santos más antisociales de toda tu Orden. —Un gesto grave se apoderó de su rostro, y el patriarca alzó las cejas con interés. Aioros estaba comenzando a aprender teatro y eso le preocupaba. —Si escuchas lo que dicen por ahí, verás que tengo razón. Nos consideran casos perdidos. —Saga lo vio de soslayo. Era mejor que Shion no escuchará demasiado "por ahí". —Yo, al menos, tengo disculpa. Faltan trece años de mi vida que tengo que recuperar. Me llevan mucha ventaja en todo. Lo de ayer solamente fue una… aventura divertida sin más importancia. Una experiencia nueva. —El ceño del viejo pasó de demostrar interés, a mostrar molestia, pero el arquero no se amilanó. —Sin embargo, ellos no tienen disculpa alguna por carecer de habilidades sociales básicas. ¡Hay que trabajar en ello ahora que tenemos una segunda oportunidad!

—¿Esta es tu idea de trabajar en ello?

—Bueno…—Se encogió de hombros. —Es un paso. Podía haber sido peor.

—Me parece fantástico que quieras avanzar y de paso ayudarles a ellos. —Los vio de soslayo. —Pero eso no significa que todas las ideas que se cruzan por su cabeza, por listos que sean y mucha fama de serlo tengan, sean excelentes ideas.

—¡Oye, no fue idea mía!—espetó Saga. Engreído o no, esa era su fama, lo sabía. Él era el cerebro, "el hacedor de las grandes ideas". Aunque eso no implicaba que todas fueran buenas. Solamente, que eran grandes.

—¿No?

No. ¿Por qué iba a serlo?—Frunció el ceño y ladeó el rostro molesto. —Aioros tiene razón: ni él tiene diez años, ni nosotros tampoco. Ya. —Vio de soslayo a su amigo. —El alcohol es malo arquero, hace que aparezcan monstruos debajo de la cama y te provocan jaqueca. —Volteó de nuevo hacia Shion. —Creo que le quedó claro la primera vez que le regañaste por esto.

—Pues espero que te quede claro a ti también. A los tres. —Vio a Shura, que había permanecido completamente en silencio, escuchando el ir y venir de acusaciones mordaces.

—Si, maestro—musitó el español apesadumbrado.

—No quiero líos de este tipo, no quiero que os portéis como adolescentes, y tampoco quiero que se repita. Vosotros dos—señaló a Saga y Aioros—, lleváis dos avisos. Al tercero tomaré medidas. —El arquero bufó.

—¡Oye! ¿Cuál es mi primer aviso? —preguntó el peliazul.

—¿Recuerdas el incidente de ayer en el pasillo? —Saga apretó los dientes. —Yo si. Llevas dos días asombrosos. Estás en racha, Saga. —Se dio la vuelta, y volvió al trono. —Marchaos. Aún queda un rato hasta el desayuno.

-X-

—¡Hola, hola! —Máscara Mortal se aseguró de gritar con fuerza. Lo hizo por pura travesura, porque sabía que pocas cosas cimbraban un cerebro con resaca como lo hacían los gritos. —¿Saga? ¿Estás aquí?

Cuando el gemelo respondió a sus preguntas asomándose al salón, el Santo de Cáncer tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano por no reírse demasiado. El alcohol nunca había hecho demasiados estragos con Saga; si algo, todo el tiempo que Ares le había usado como su portador, le enseñó a soportarlo bastante bien. La cuestión era que, como todo ser humano, su cerebro no era inmune a las resacas.

Además, se le notaba el desvelo. Una de las enormes desventajas de esa pálida piel suya, era que las marcas oscuras alrededor de sus ojos siempre eran obvias y, en ocasiones como esa, mucho más notorias.

—¿Qué puede estar pasando que valga esos gritos en mi templo?—respondió el gemelo, con la voz mustia de mal día que empezaba.

—Nada. Simplemente vine por mi dosis de chismes acerca de vuestro gran paseo nocturno. Debo decir que a pesar de todo, el alcohol te deja menos lamentable que a los otros dos. —Vio a Saga fruncir el ceño con disgusto, pero no se inmutó. Confiaba en que el gemelo reconociera que ese clásico malestar post bebida era gracias al gran trabajo que había hecho la noche anterior, distrayendo al viejo.

—Sí, supongo—bufó el gemelo—. No ha ido tan mal considerando que Shura nunca ha sido un gran bebedor y que Aioros…

—Ya. No hace falta que digas más. El incidente en mis escaleras es algo que nunca voy a olvidar.

—Somos dos. —La completa seriedad en el rostro del gemelo hizo que Ángelo sonriera. —En serio, ¿qué haces aquí?

—Vine a saber cómo os fue. No me jugué el pellejo para que vosotros desperdiciarais vuestra única noche libre en más de una década. —Y sus intenciones quedaron mucho más claras cuando, sin invitación alguna, se dejó caer en el viejo sofá del tercer templo.

Saga miró asombrado hasta donde podía llegar el cinismo del italiano. Levantó una ceja y se quedó mirándole atentamente, para ver si comprendía su falta de aprobación, pero se equivocó.

Con una desvergüenza todavía mayor, Ángelo le invitó a sentarse en su propio sillón para continuar con la conversación. En ese momento, Saga se dio cuenta de dos cosas: primero, que no tenía ganas de discutir y, segundo, que aunque las tuviera, no iba a conseguir nada. Todos esos días de convivencia con Kanon le habían dejado un poco de sabiduría al respecto de personas así y por eso mismo, supo que no tenía más escapatoria que seguir el juego.

—No estuvo mal—dijo—. Fuimos a un bar cerca de la zona turística, que estaba repleto de gente… demasiada gente, si me preguntas. Estuvimos ahí todo el rato, tomando unos tragos.

—¿Conocisteis a alguien? —Saga dudó sobre su respuesta, pero el modo casi perverso en que las comisuras de los labios de Ángelo se curvaron, le persuadió de no hacerlo. —No me mientas—continuó el más joven—. ¡Puedo ver el chupetón en tu cuello! Yo diría que lo pasasteis mejor que bien. —Levantó las cejas insistentemente.

—Ya te dije que fue entretenido—masculló, sin estar convencido de querer compartir el incidente con Máscara Mortal. Además, lo peor de todo, era que su reputación sufría un golpe que no merecía.

—Cuéntame sobre vuestra compañía. Por lo que dicen los rumores, el único soltero de vuestra excursión era la cabra.

—Prestas demasiada atención a los chismes.

—Entonces, ¿es mentira? —El silencio consecuente respondió la pregunta. —Ya veo, ya veo. Supongo que un tigre no puede quitarse las rayas. —Se encogió de hombros.

—¿Qué demonios significa eso?

—Que no puedes quitarte a las chicas de encima.

—Me das más crédito del que me merezco—respondió el gemelo. Pero secretamente, su ego dorado se creció un poquito. —Conocer a las chicas fue puramente accidental. Y sobre el mordisco…—gruñó, pensando en que iba a causarle muchos problemas—. Culparé a Aioros por eso. Estaba tan ocupado cuidándole que baje la guardia y una de esas mujeres quiso aprovecharse de mi cuello.

—Oh, te aseguro que no era tu cuello lo que quería en realidad. —La cara de desagrado de Saga expresó sus pensamientos.

—Hay veces en que es mejor mantener la boca cerrada. Lo sabes, ¿cierto?

Del mismo modo, el mohín de cinismo en el rostro del italiano, le dejó en claro que aunque lo sabía, no estaba dispuesto a mantenerse callado, sin importar lo desagradable que fuera lo que tuviera que decir. Sin embargo, viéndole el lado positivo, al menos Saga había alejado la conversación de él y de Naia. Con eso le bastaba.

Tenía suficiente con escuchar chismes afuera como para tener que arriesgar el pellejo en su propio templo, con Kanon merodeando por todos los rincones. Si escuchaba una sola palabra fuera de lugar, se le lanzaría encima dispuesto a botarle los dientes.

Así que, hasta nuevo aviso, hablar de aquel tema en Géminis estaba prohibido. Máscara Mortal podía no notarlo, pero Saga no estaba dispuesto a arriesgarse. Kanon podía ser en extremo peligroso cuando se le provocaba; y no era que temiera las repercusiones para sí, sino que su hermano era un genio para encontrar sus debilidades y atacarlas. En ese caso específico: Naia.

—¿No vas a darme más detalles? —Ángelo continuó con el interrogatorio. Saga lo miró con fastidio. —Por favor, mi esfuerzo vale un poquito más de conversación.

—No sé qué más podría contarte.

—Háblame de tus compañeros de juerga. No sé por qué, pero me da la impresión de que no son precisamente las personas más entretenidas para irse de fiesta.

—Si supieras…—masculló el gemelo. Le costó medio segundo darse cuenta que con esa clase de comentarios, solo alimentaba la imperante necesidad de chismoseo del cangrejo dorado. —Como sea, no ha estado mal, pero tampoco creo que volvamos a salir en ningún futuro cercano.

—Por una vez que hicisteis algo atrevido, esta bien.

—A Shion no le ha parecido lo mismo.

—Venga, al viejo no le gusta nada que involucre actividades dudosas de vuestra parte, especialmente viniendo de ti y del arquero. Sois sus niños protegidos.

—Con esos comentarios me haces sentir idiota. —Podía cuidarse solo, ¡claro que podía! Y ya que estaba en eso, también podía cuidar de Aioros, aunque definitivamente había aprendido que el mejor modo de controlarle era dejarle mudo cuando se alcoholizara.

—¿Vas a contarme más chismes?

—¡¿Qué más quieres que te cuente?! —Entrecerró los ojos, sintiendo el sacudón de sus neuronas cuando levantó la voz. Ángelo mientras tanto, soltó una gran carcajada.

—Te haces viejo.

—Tengo veintiocho años.

Viejo.

—Cierra la boca.

—¿Irás a entrenar?

—Qué remedio. —Sopló sus flequillos con resignación. —Si no bajo, Shion vendrá a buscarme y me llevará a rastras.

—Pues vamos. Te haré compañía y vigilaré que no ruedes escaleras abajo.

—De nuevo, me haces sentir idiota.

—Cuido de mis mayores. —Lo escuchó gruñir y se sintió satisfecho. Saga era tan divertido de molestar. —¿Me contarás sobre Aioros y la cabra?

—No. —No tenía ninguna intención de hablar de ello, menos con Máscara Mortal.

—¿De Caelum?

Esta vez, le ignoró deliberadamente. El hecho de que el italiano tomará su silencio como una respuesta afirmativa a la escandalosa y comentada relación le resultó ligeramente irritante, pero trató de no demostrarlo. Después de todo, tal parecía que había algo en su cara de enojo y frustración que resultaba divertido a los ojos de Ángelo.

Escuchó su risa enfadosa y le vio tomar la delantera. Resignado, más que otra cosa, se animó a seguirlo. ¿De dónde había sacado la paciencia para soportar a Ángelo? No lo sabía. Quizás de verdad se estaba volviendo viejo o estaba madurando.

Le daba igual.

-X-

Increíblemente, contra todo pronóstico, Julián la había elegido a ella y a Isaak para viajar hasta el Santuario, con la finalidad de entregar la respuesta a la carta que Saori le enviara en días pasados.

Tethis comprendía que el marina de Kraken fuera uno de los elegidos, debido a su estrecha relación con el Santo de Acuario. Sin embargo, con la historia que ella misma llevaba sobre sus hombros, tenía sus dudas de porqué el joven Poseidón la mandase como acompañante. Pero ahí estaba, dispuesta a cumplir con la encomienda de su señor del mejor modo posible. Solo esperaba no tener que cruzar caminos con cierto antiguo marina de Dragón Marino, porque en tal caso, no respondería por su actitud.

—Este sitio es precioso. —Tethis levantó la vista y todo hasta donde llegaban los ojos era digno de un cuento. Desde el majestuoso y viejo Coliseo, hasta la magnífica estatua de Athena que coronaba la colina al fondo del paisaje; el pasado de Grecia flotaba en el aire. —Lástima que también sea terriblemente arcaico—bufó.

—¿A qué te refieres?

—A las máscaras. ¿Acaso no es estúpido pensar que, para que una mujer sea respetada y considerada igual a un hombre, debe ser obligada a cubrirse el rostro?

—Quizás no es obligación. Quizás es una cuestión de honor.

—Lo que sea, es completamente estúpido. ¡El calor de Grecia en verano ya es lo suficientemente malo como para tener que lidiar con él llevando un trozo de metal sobre la cara! Estoy tan feliz de ser una sirena de Poseidón. —Isaak sonrió: estaba completamente de acuerdo.

—Solo procura no decirle eso al Patriarca o a Athena.

—Eh. —La rubia lo miró de reojo. —Aunque no lo creas, sé como tratar con gente importante.

Isaak no lo dudaba. Si algo, Tethis tenía un encanto especial ante los ojos de Julián, lo cual era un logro enorme por sí mismo. Sin embargo, no estaba seguro de cómo podría encandilar a un par de desconocidos, con los cuales compartía una gran y complicada historia.

En lo que a él respectaba, trataría de evitar toda fricción innecesaria con cualquier miembro de la Orden de Athena. La prudencia era algo que había aprendido del modo difícil.

—¿Subimos?

—De una vez por todas.

-X-

Aquel día, Saga había estado actuando raro. Más raro de lo que solía hacerlo, al menos. Había llegado en silencio, acompañado de Máscara Mortal, extrañamente puntual y con una cara de cansancio difícil de disimular. Había contemplado el panorama en silencio, mientras se crujía los dedos y el cuello en su rutina diaria; un gesto del que Shaina estaba segura, ni siquiera se percataba.

Después se había vuelto hacia ellos, y murmurando cuatro palabras, había dejado al mocoso a cargo de Argol. Ella esperó con interés por su siguiente orden, lo más probable era que terminara teniendo permiso para ir por Giste. Pero el geminiano la sorprendió.

—Conmigo. —Saga movió su mano en una obvia invitación. Ella, de primeras, se quedó quieta, pero segundos después una amplia sonrisa se dibujó en su rostro enmascarado y asintió. Ese si sería un entrenamiento de verdad.

Estuvo tentada de preguntar el motivo. Siempre que había sido posible, Saga la había evitado. Prefería entrenar con Argol, o incluso tratar de enseñarle un par de cosas a Jabu, que hacerlo con ella. Sin embargo, antes de que pudiera despegar los labios, se vio forzada a esquivar un golpe certero que iba directo a su costado izquierdo. Saltó hacia atrás, cayendo en un charco de barro, y llevó la mano al suelo tratando de buscar equilibrio.

Intercambiaron una sucesión de golpes rápidos y el sudor comenzó a escurrirse tras la máscara. Era consciente de que Saga se estaba dosificando, como siempre hacía con sus compañeros de equipo. Si no lo hiciera, solamente con la rapidez con la que era capaz de moverse, les hubiera dejado fuera de juego en un segundo.

Quiso estudiarlo, averiguar el porqué de la actitud de aquel día, pero su rostro no dejaba traspasar ninguna emoción que ella pudiera descifrar. Al menos no en aquel momento. A lo lejos, se percató de la presencia de Máscara Mortal, observando con interés. Giste y el lobito estaban a su lado; de igual modo que el entrenamiento de Argol y Jabu se había detenido para poder verles mejor.

Shaina ahogó un gruñido cuando el puño de Saga impactó directamente en su costado derecho, bajo las costillas, que la empujó al suelo.

Se quedó unos segundos ahí, recuperando el aire perdido, mientras Saga la miraba de vuelta apenas unos pasos más allá.

—¿Qué?—preguntó él ante su insistente mirada. Se apartó el pelo de la cara, y colocó la larga melena a la espalda. Alzó la vista al cielo, deseando que al menos la lluvia les diera una tregua un rato más.

—Nada—replicó la italiana. Pero si había algo. Saga lucía cansado, sus ojos eran la muestras más obvia de ello, y de alguna manera, se sentía ciertamente tenso.

No era por las miradas, Shaina sabía de sobra que estaba tan acostumbrado a ellas, como a respirar. Aunque eso no significaba que de vez en cuando le irritasen más de lo normal.

—Te sirves demasiado de tus manos y tus… garras—espetó él de pronto. Ella no atinó a decir nada, sorprendida por la observación. —Las usas como arma de ataque y a la vez defensa, pero tu costado derecho… —Saga negó con el rostro. —No sabes protegerlo y es muy obvio para cualquiera que se detenga a mirarte un solo segundo.

La italiana frunció el ceño. Se levantó de un salto, con rabia y ánimos renovados. No necesitaba una lección a esas alturas, tampoco un maestro. Ella no era como Jabu. Ella era…

—¿Qué?—Lo escuchó. —¿Lista? —Se abalanzó sobre él antes de responder. Saga sonrió.

Era una mujer de lo más particular, eso desde luego. Le recordaba más a sus viejos entrenamientos con Kanon, cuando eran críos, que a cualquier otra amazona que hubiera conocido. Shaina se molestaba, se llenaba de rabia y dejaba que la rabia la controlara si uno sabía pulsar los botones correctos. Era igual que su hermano.

La esquivó en un par de ocasiones, pero a la tercera, detuvo su brazo justo al mismo tiempo que golpeaba en el punto exacto del que la había advertido. Apenas escuchó un quejido. Eso no la detuvo, volvió de nuevo a la carga, pero el resultado no varió.

—¿Ves? Es un minúsculo defecto que has tenido desde niña. —Y lo sabía, quizá no había prestado atención a la mayor parte de las amazonas cuando Ares reinaba, pero Shaina era la única que realmente le había resultado interesante al dios.

¡Ah! Entrenar, después de todo, no era tan malo en su estado actual de resaca. Con suerte liberaría toxinas y su cerebro estaría ocupado en otra cosa más interesante.

—Lo disimulas muy bien con un igual o con alguien de nivel inferior. Normalmente ni siquiera necesitas protegerlo. —Vio de soslayo a Jabu, esperando que el chico realmente estuviera escuchando lo que decía. Con suerte, le había dado una pista acerca de qué hacer cuando Shaina le atacaba. —No cuando peleas con alguien más rápido.

—¿Cómo es que hablas tanto hoy? —Fue toda su respuesta. Saga alzó una ceja, sorprendido por la interrupción.

—¿Lo hago?

—Si, mucho. —El geminiano sonrió con cierta travesura.

—Debí levantarme por el lado bueno de la cama hoy, Cobra.

—Quizá te hicieron pasar una buena noche. —Saga alzó una ceja. Eso si había sido inesperado. No esperaba que de la italiana ese tipo de comentarios tan… Se sopló el flequillo. Probablemente, ella, al igual que el resto del mundo aquella mañana, hubiera reparado en su chupetón. Malditas devora hombres griegas…

—Maravillosa—replicó. Su dolor de cabeza, que se había atenuado cuando el aire fresco le golpeó la cara, comenzó a intensificarse de nuevo.

Le tendió la mano, para ayudarla a levantarse del suelo, pero ella no la aceptó. Se levantó por si misma, ciertamente dolorida, pero con la mente en otro lado. Últimamente había escuchado muchos rumores por ahí, y todos terminaban con dos nombres: Saga y Caelum.

Frunció el ceño ciertamente disgustada. No la molestaba estar en su equipo. Es más, consideraba que era una oportunidad brillante. Saga era un santo impresionante, eso no lo podría negar jamás. Sin embargo, no le gustaba el modo en que Shion le había colocado a él y a Shura en el campamento. Era como si pretendiera vigilar el reinado de las amazonas; y dándoles acceso a ellos, se lo daba a los demás.

Luego estaban Apus y Caelum. Las conocía poco, pero Shaina tenía un buen ojo que rara vez fallaba en sus juicios. A la primera, no le gustaba demasiado todo el asunto de ser una amazona, y si alguien tenía la confianza para preguntarla porqué motivo estaba en el santuario, Shaina estaba segura de conocer la respuesta que daría. Después de todo, el arquero y ella paseaban cual adolescentes enamorados por todas partes. Caelum, sin embargo…

Ella la había engañado un poco mejor. Aparentemente, le gustaba más ser una guerrera al servicio de la diosa. Pero cuando todos los rumores se habían desatado… Maldición. ¡Cuánto odiaba Shaina a las chicas que veían en la escalinata zodiacal una manera de sobrevivir mucho más cómodamente en el Santuario!

Al final, en la mayor parte de los casos… todo se resumía a eso.

Ellos eran brillantes. Su presencia era sinónimo de protección, porque resultaban intimidantes en mayor o menor medida. Sus palacios dorados eran el paraíso en comparación a las cabañas del campamento.

Masculló algo cuando se puso en guardia de nuevo.

El colgante del copo de nieve. Lo había visto en una ocasión. Ningún idiota que proviniera de otro lugar que no fueran las doce casas, hubiera podido hacerle tal regalo. Estúpidos ellos, que nunca lo veían venir. A veces los Santos Dorados eran tan obviamente ingenuos… que la ponían furiosa.

-X-

—Uh… —Cuando Milo hacía aquel particular sonido, Camus sabía que era inevitable que exigiera atención de su parte.

—¿Qué?

—Mira por ahí. —Le tomó la cabeza entre las manos y sin ninguna sutileza, la giró en dirección al par de mensajeros de Atlantis.

—Vas a romperme el cuello.

—Solo mira—insistió—. Una sirenita y un pequeño Kraken a la vista.

—¿Qué…? ¿Isaak? ¿Qué hace aquí?

—No lo sé. Deberíamos chismosear.

—¿Deberíamos? —Sí, para variar, Milo hablaba en plural. —¿Por qué no vas a chismosear?

—El chico es tu discípulo. Seguramente hablará más contigo que conmigo.

—¿Qué te hace pensar semejante cosa?

—Es tu alumno favorito… bueno, es tu nuevo alumno favorito. —El francés entrecerró los ojos. En realidad, nunca se había planteado los favoritismo, pero era muy consciente de que contaba con todo el respeto del joven peliverde.

—Isaak es mi alumno. ¿Sabes lo que eso significa?

—¿Qué nos contara el chisme?

—Que es un tipo sumamente discreto.

—Genial—añadió el escorpión con amargura.

Si algo le sacaba de quicio en lo que se refería a los acuarianos, era esa falta de interés en los asuntos ajenos. Milo no era así; al contrario. Siempre que había algo que contar, él estaba dispuesto a escuchar. Algunos le llamarían chismoso, desobligado y entrometido. Sin embargo, lo que él hacía era ponerse un paso por encima del resto. La información, por muy irrelevante que pudiera parecer a simple vista, siempre era valiosa.

Y, entre tanto desencanto, miró a su alrededor, tratando de encontrar algo que motivara a Camus a hacer las preguntas correctas. Entonces, reparó en cierto alguien que hacía las cosas mucho más interesantes.

—Uh… —Camus dejó caer la cabeza, al escuchar esa inquietante expresión abandonado los labios de su amigo una vez más.

—¿Ahora qué?

—Esto se pondrá interesante.

—¿De qué hablas?

—La Cobra está por ahí. —Apuntó mal disimuladamente en su dirección.

—¿Y eso qué? —Muy en el fondo, el Santo de Acuario se sentía aliviado de que la atención se hubiera alejado de él. —Prestas demasiada atención a Shaina últimamente. —Por primera vez, en mucho tiempo, encontró un verdadero gesto de fastidio en los ojos azules de Milo.

—Me resulta una mujer interesante…

—Todas las mujeres te resultan interesantes.

—¡Camus! —El aludido esbozó una diminuta sonrisa de pura diversión y, aún entre tanto fastidio, el Santo de Escorpio pensó que algún santo de plata había muerto en alguna parte. Eso sucedía cuando Camus sonreía. —La Cobra es interesante en esos aspectos, pero también en otros. ¡Pero no es eso lo que quería decir ahora!

—¿Entonces?

—¿No sabes la historia?

—¿De qué?

—De la pelea de gatas en el mundo submarino.

—¿Pelea de gatas? ¿Atlantis? —Ya no estaba tan seguro de querer saber.

—Shaina y la sirenita pelearon en Atlantis, durante la mini guerra contra Poseidón. Por lo que sé, fue una pelea entretenida y llena de arañazos. —Imitó con su mano el movimiento de una garra. —¡Miaw!

—Habla de ese modo delante de ellas y dejaré que te arranquen los ojos a zarpazos.

—Que exagerado…

—Si ellas no te matan, Julián lo hará.

Esta vez, Milo no objetó. La joven reencarnación de Poseidón tenía un genio horrible y un ego insoportable. Si le daba la oportunidad, se deleitaría arrancándole la piel en tiritas.

Sopló sus flequillos y volvió a centrar su atención en los recién llegados. Se preguntó que asuntos llevarían a que la princesa recibiera la visita de emisarios de Atlantis. ¿Sería bueno o malo? El tiempo respondería sus preguntas, cuando llegara el momento. Mientras tanto, se moriría de curiosidad por culpa de Camus y su apatía para chismosear.

Desde lejos, vio la mano de Isaak levantándose ligeramente, en un claro saludo para su maestro. Camus imitó el gesto y Milo se rascó la nariz.

—Qué emotivos sois—dijo, ganándose un golpe ligero en la nuca.

—Calla. Volvamos al trabajo.

Gruñendo, sin más remedio ni objeciones, el griego siguió los pasos del acuariano, de camino a los entrenamientos. Masculló un par de palabras que Camus no alcanzó a escuchar y echó un último vistazo hacia atrás, donde Tethis e Isaak marchaban escaleras arriba.

¡Vaya que era raro recibir visitas!

-X-

Tatiana alzó las cejas cuando Aioros y Aioria entraron por la puerta de la cabaña. No era que no fueran bienvenidos, pero la verdad… algo no encajaba cuando el mismo Santo de Leo estaba ahí, con una expresión cuanto menos curiosa en la cara.

Shura, al igual que ella, calló de inmediato cuando les vio entrar. El santo ladeó el rostro, y les observó.

—¿Qué sucede? —Casi esperaba otro desastre. Después de la conversación con Shion por la mañana, sus ánimos y reputación se resentían.

—Nada. —Aioros se encogió de hombros y buscó algún lugar donde sentarse. Debían conseguir más sillas pronto si aquella cabaña empezaba a convertirse en su cuartel general de reuniones clandestinas.

—¿Dónde está Saga?—preguntó Aioria con interés.

—Entrenando aún, supongo. —Shura se encogió de hombros. Se sentía horrible. —No lo se. No le vi desde esta mañana.

—Algo me han contado… —Una sonrisa traviesa, que amenazaba con convertirse en carcajada, adornó los labios del más joven. Shura solamente contestó con un gruñido.

Mientras tanto, la amazona no había despegado los labios. Aparentemente les ignoraba con maestría, pero en realidad, sus ojos y oídos les prestaban toda la atención del mundo. No es que tuvieran demasiado trabajo que hacer ahí de todos modos… La mayor parte ya había sido terminada, así que ahora las tardes transcurrían mucho más distendidas que antes. Si alguien la preguntaba porqué iba cada día a la cabaña… no sabría responder. Lo que estaba claro, era que se sentía realmente a gusto ahí.

Saga y ella siempre habían encajado bien, desde chicos cuando se conocieron, hasta la vuelta, sin importar lo turbulentos que hubieran sido aquellos años. Lo que ella no esperaba, era encontrar otro amigo más en la escalera zodiacal. Menos aún, que esa persona fuese Shura. El español la gustaba: era tranquilo y pausado, sabía escuchar y era un buen conversador a pesar de aquella timidez tras las que se escondía. Poco tenían que ver, cualquiera de los dos, con todo lo que se decía de ellos ahí fuera o de la fama que lucían.

Sonrió mientras pensaba en ello. Era una mujer afortunada. No solamente por lo extraño que era que una amazona y un santo dorado compartieran una amistad real y sólida… sino porque realmente, eran hombres únicos y especiales que la apreciaban de igual modo.

—Si sigue viniendo gente aquí, rebuscaré por ahí por algo que hacer, y os pondré a todos a trabajar. —Saga había llegado sin hacer ruido, y les hablaba apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

—¡A ti te estábamos buscando! —El ímpetu de Aioria hacia todo lo que tenía que ver con él, seguía resultándole inquietante.

—¿A mi?—preguntó con cierta timidez.

—Aioros no ha soltado prenda de nada de lo que sucedió anoc… —De pronto reparó en la presencia de la amazona del Lince, y calló.

—Tranquilo—intervino Shura—. Ella es de los nuestros.

—¿Quién iba a decirte esto hace quince años, eh, Tati?—añadió Saga con una sonrisa diminuta. Ella estuvo a punto de replicar, cuando sus ojos repararon en la cuestionable marca de su cuello.

—Creí que eras el señor discreción en lo que a amantes se refiere, Géminis. —La sonrisa se le borró de inmediato, mientras Aioria veía de unos a otros con interés y cierta sorpresa.

—Arg… —Se quejó Saga, adentrándose en la cabaña entre gruñidos. —¿Qué os pasó a todos hoy? Es lo primero que veis nada más verme.

—¡¿Qué demonios, Géminis?!—exclamó el santo de Leo cuando finalmente se percató del detalle.

—Si no te hubieras dormido, lo hubieras visto esta mañana en el comedor—acotó el arquero.

—¿Qué tal te va, Aioros? —Saga entrecerró los ojos al preguntar con cierta malicia.— ¿Menos resaca? ¿Ya te informaste sobre Alcohólicos Anónimos?

—Sobrevivo…

—Esto… —Aioria carraspeó. —Lo de que salierais a descubrir mundo anoche, no llevaba implícito nada sucio. ¡Eres imposible! —Se quejó mirando al geminiano. —Por eso Máscara Mortal y Afrodita tienen tantas historias que contar.

—Pues debiste ver el resto de la función. Aquí, tu querido hermano mayor te hubiera fascinado. —palmeó el hombro de Aioros con fuerza, y se apoyó en la mesa. —Y esos dos tienen tantas historias que contar, porque son unos jodidos enfermos.

—¿Puedo hacer una pregunta? —La voz femenina de la rusa, se hizo un hueco en la conversación.— La identidad de ese zombie que trató de arrancarte el cuello… —Se acercó hasta él y lo observó con interés. —Te ha dejado los dientes marcados… —La carcajada que siguió a la afirmación, fue difícil de ocultar.— Espero que no te haya contagiado la rabia.

—Oh, vamos—gruñó el peliazul—, ¿También tú? El viejo por la mañana, Shaina, vosotros… .

—¿Shion dijo algo al respecto?—preguntó Aioria con incredulidad—. ¡¿Shaina?!

—Digamos que…—aclaró Aioros—. El viejo dijo muchas cosas.

—Especialmente motivadas porque este par de idiotas no recordaban haberse topado con él en mis escaleras cuando volvimos de Atenas. Si eso no hubiera pasado… o si hubieran sido capaces de decir su propio nombre sin estallar en carcajadas, quizá hubiéramos tenido una oportunidad de salir indemnes.

—¿Os fugasteis a Atenas? —Quiso saber Tatiana mientras inspeccionaba la marca.

—Si—respondió Saga—. Fue idea de Aioria. Terrible idea. Au. —Se quejó cuando las uñas de la rusa lo arañaron sin querer. —Tienes las uñas largas, Lince. Podría decir algo perverso al respecto pero…

—Pero… necesitas ayuda femenina aquí, cielo. Así que cierra esa boquita tuya.

—Entendido—suspiró.

—¿Alguien más lo sabe? —Saga buscó sus ojos de plata y negó. —Y… ¿es algo que tengas que ocultarle a alguien?

—Realmente fue una idiotez, ¿sabes? Es culpa de Aioros. —El arquero frunció el ceño dispuesto a quejarse. —Aioros se marchó con…

—¡Fui al baño! —La mirada cerúlea del arquero se entrecerró amenazante, gesto que no escapó a su hermano.

—Si, eso. Como sea. Estaba tratando de cuidarlo. Cuando llegamos al sitio este, unas chicas usurparon nuestra mesa y se quedaron allí toda la noche.

—Deltha dijo que esto pasaría. Dijo que trataría de…

—¿Sabes lo extraño que suenas hablando de los consejos que ella te dio, Aioros? —murmuró el león.

—Ya, bueno. —El castaño carraspeó.

—La cuestión es que después de un rato, me dejaron vilmente solo, y sin que me diera cuenta, una de las componentes del equipo de féminas devoradoras de hombres, se quedó allí conmigo. Me di cuenta cuando me incrustó sus dientes en mi cuello.

Tatiana lo miró fijamente sin soltarle. La historia sonaba tan, pero tan absurda… que no dudaba de su veracidad. Si hubiera tenido que inventarse algo, a Saga se le hubiera ocurrido algo mejor. Después de todo, era él quien estaba hablando, no uno de los otros dos, cuya capacidad para mentir era infinitamente peor. Sin poderse contener más, estalló en carcajadas.

—¡Por Athena!—exclamó.

—No me estás ayudando, Lince—masculló apenado.

—¿Sabes? Soy una amazona, no te haces idea de los recursos que existen para disimular estos contratiempos, hasta que no vives en un campamento de mujeres adolescentes. Iba a sugerirte un montón de remedios caseros para disimularlo, pero… —Se encogió de hombros. —Solo te pondrías en problemas. Si alguien pregunta, simplemente dile la verdad. —Saga mantuvo la mirada plateada, consciente de que aquel "alguien" al que se refería, era Naia. —Es una tontería que solo tendrá la importancia que tú le des.

Aioria, mientras tanto, guardó silencio. Observó la escena con interés, y un gesto divertido en el rostro. Al menos, aún siendo cazados a la vuelta, parecía que en medio de los accidentes, se lo habían pasado bien. La nube negra que acompañaba a Saga en los últimos días, era menos negra aquella tarde. Sabía de sobra que Aioros lo había disfrutado, y por tanto, Shura también. Aquello le bastaba para convencerse de que la aventura había sido un éxito. Eso, y ver la manera tan particular en que las cosas transcurrían en aquella cabaña. Había un clima de tanta confianza, que se sintió aliviado al saber que los tres antisociales pasaban buena parte de su tiempo allí.

Después de todo, Tatiana sabría cuidarles si algo sucedía. Era una adulta responsable.

—No nos contaste qué sucedió con Ángelo—preguntó Shura.

—¡Oh! Eso… —Se encogió de hombros, quitándole importancia, y se acercó a la puerta dispuesto a marcharse. —Nada, simplemente nos peleamos.

—¡¿Qué?!—exclamaron al unísono el español y su hermano.

—Tranquilos, tranquilos. Llevamos haciéndolo toda la vida, sabemos fingir. —Guiñó un ojo y sonrió mientras agitaba la mano a modo de despedida. —Me duele decir esto, pero el cangrejo tiene su mérito en esta misión. Agradecédselo.

-X-

Había algo indescifrable en el par de ojos escarlatas que la miraban. Resultaban demasiado penetrantes, incluso amenazadores. Pero "uno nunca debe juzgar a un libro por su cubierta", o al menos eso le habían dicho a Janelle desde que era una niña pequeña. Su difunta abuela siempre había hecho énfasis en que aprendiera a mirar a las personas como seres humanos: con aciertos y con errores, pero siempre como amabilidad.

Así que se plantó y se esforzó por sonreír tan amablemente como le fue posible. Extendió la mano hacia el recién llegado y él estrechó la suya.

—Bienvenido. Soy Janelle—dijo. El hombre aceptó el gesto, sonriéndole de un modo que no consiguió sino intrigarla un poquito más.

—Loxia. Gracias por recibirme.

—Es bueno tener un par de brazos jóvenes y fuertes por aquí. —Stavros se metió en aquel breve intercambio de saludos. A decir verdad, para el anciano, los días eran cada vez más cortos y las inquietudes acerca del destino de su modesto negocio eran cada vez más grandes. —Janelle necesita ayuda para manejar este sitio. Aunque quisiera ser de más ayuda, me temo que este pobre viejo ha dejado atrás sus mejores años. Confío en que serás un gran apoyo para ella.

Desde unos días atrás, Stavros se había puesto en la afanada búsqueda de un hombre joven que ayudase en las labores que la tienda exigía. No era que estuviera descontento con el trabajo de su nieta, sino lo contrario. En lo que a él respectaba, la chica se esmeraba tanto que cada segundo de su día se escapaba en el almacén. Fue de ese modo que surgió en su cabeza la idea de encontrar alguien que la ayudase a sobrellevar el sinfín de funciones que la pequeña empresa familiar representaba.

De un modo un tanto inesperado, Loxia había surgido de la nada y había aceptado trabajar por el poco salario que ellos podían pagar. Si le preguntaban, el viejo Stavros diría que aquel hombre era un enviado de los dioses para él y para su nieta.

—Janelle te explicará las funciones que tendrás aquí—continuó el hombre—. Nuestro almacén sobrevive, en su mayor parte, gracias al Santuario. Ellos son nuestra principal preocupación.

—Lo sé. Mi madre vivió unos pocos años aquí, con su madre y su padrastro, antes de mudarse—mintió el hombre más joven. —Sé un poco de cómo funcionan las cosas en este sitio. Me parece que no han cambiado mucho.

—En su mayoría sigue igual. Sin embargo, la llegada de la joven Athena ha traído una ligera brisa llena frescura a este sitio. Si tuviera que decir, diría que los doce templos y el templo Papal son los que más cambios albergan. ¡Pero no has de preocuparte por eso ahora! En su mayoría son amables y excelentes chicos.

—En su mayoría—recalcó ella, robando una risa a su abuelo. Ya sabía él un par de cosas respecto a los chicos más problemáticos del Maestro. —Pero eso no debe ponerte nervioso. Mañana puedes ir conmigo y te enseñaré los gajes del oficio. Es más sencillo de lo que parece: solo hay que esforzarse por ser invisible.

—En tal caso, han escogido a la persona perfecta para este trabajo. —Loxia apartó un mechón de la melena rubia que apenas acariciaba sus hombros. —Soy perfecto siendo invisible. Os prometo que nadie notara mi presencia.

Stavros sonrió y palmeó su hombro con suavidad, mientras que Janelle se esforzaba por ignorar a su intuición para pensar que los planes de su abuelo funcionarían. A decir verdad, agradecía el esfuerzo que hacía para aligerarle un poco la vida. Se dijo que, si todo funcionaba bien, las cosas mejorarían de ese punto en adelante.

—Perfecto. —La castaña esbozó una sonrisa diminuta en los labios. —Ven conmigo, hoy te enseñaré como funcionan las cosas aquí en el almacén.

Loxia no expresó ninguna queja al respecto. Siguió con la mirada los pasos de la mujer y, antes de seguirle, echó un vistazo fugaz por la ventana. Desde ahí, por encima de los tejados y enmarcando la tortuosa subida por la escalinata, se distinguían los doce templos, tan diminutos como bellos.

Se quedó varios segundos con esa imagen en los ojos, pensando en que, con toda seguridad, su plan era perfecto. Nadie sabría de él, ni de sus secretos. Cuando la verdad se revelara, sería demasiado tarde para todos.

Su llegada a Rodorio significaba el inicio de una nueva era: una era de renovación que traería consigo un mundo perfecto, como debía haber sido desde el principio.

—¿Loxia? —Oyó la voz de Janelle llamándole y solo entonces reaccionó. Cuando volteó para buscarla, la encontró sonriéndole. Lentamente, la joven volvió a acercarse y miró con él hacia la Colina Zodiacal. —Son mucho más deslumbrantes y majestuosos de cerca—dijo—. Ya tendrás oportunidad de estar en ellos.

—Me encantaría.

Por eso había ido hasta ahí: para adentrarse en el corazón de su próximo y recién hallado enemigo.

-X-

Arles fue el primero en darles la bienvenida, justo al final de la escalinata zodiacal. Habían distinguido su espigada figura desde que abandonaron Piscis, flanqueado por un par de soldados pertenecientes a la guardia personal de Saori, y Tethis e Isaak sabían que esperaba por ellos.

—Bienvenidos—dijo él.

Ninguno de los dos había tenido la oportunidad de conocer al viejo Santo de Altair con anterioridad aunque habían escuchado suficiente de él y también de Shion. Durante su visita a Atlantis, Saori se había esmerado en contar detalles nuevos e interesantes respecto a sus hombres más cercano. Todo indicaba que, tal como ella había dicho, las diferencias entre ambos eran drásticas. Arles llevaba esa preocupante expresión de dureza en su rostro y su voz, aunque siempre amable, carecía de esa suavidad que se pudiera esperar de lo que la joven Athena había dicho del lemuriano.

—Gracias. Traemos un mensaje de Poseidón para Athena—respondió Isaak.

—Ha insistido en que sea entregado a ella y solo a ella—complementó Tethis. Sabía que aquella exigencia mal fundada era parte del plan de Julián, solo para ver que tanto podía doblegar las políticas del Santuario y que tanto estaba dispuesto a ceder Shion. Ella no estaba del todo de acuerdo con las demandas de su dios, pero estaba dispuesta a hacerlas cumplir.

—Así será. Seguidme, por favor.

Si su petición había incomodado a Arles en lo más mínimo, ellos no hubieran podido notarlo. Estoico y firme, el santo de plata lideró el camino hasta el salón del trono. Caminando detrás de él, los ojos de la sirena y el general marino no se daban abasto con la belleza del templo de Athena. Atlantis no era menos bonito o majestuoso, pero su belleza era muy diferente a la de aquel templo que visitaban.

El palacio submarino era precioso por el juego luces que atravesaban el agua, y teñían sus paredes de mármol de tonos exóticos. Los corales eran las gemas perfectas, decorando la sobriedad y austeridad de Atlantis. El reino de Poseidón cobraba vida gracias al mar en sí. Sin la naturaleza prestándole su belleza, probablemente no sería más que un frío montón de piedra brillante. En contraste, Athena hacía honor a su estatus como diosa de la sabiduría, llenando los largos y amplios pasillos de su palacio con obras de arte de todo tipo. Esculturas, pinturas, armas… colecciones enteras que cualquier museo añoraría. La majestuosidad de aquel templo celebraba la habilidad artística del ser humano.

—¿Pensáis quedaros más tiempo? —La pregunta de Arles rompió el silencio. De reojo, el santo buscó por sus expresiones.

—No. Nuestra visita es fugaz.

—Comprendo. —Escuchó la respuesta del marina y se sintió ligeramente aliviado. Con la delicada situación y con Kanon merodeando por los alrededores, no quería complicar la relación con Atlantis.

—¿Hay algún problema con ello?

—En lo absoluto. Simplemente quería hacer los preparativos pertinentes, en caso de que fuera necesario. —Entonces, la puerta se abrió y la enorme bóveda del salón del trono quedó frente a ellos. Arles fue el primero en entrar, deteniéndose bajo el marco de la puerta y apuntó el camino que la alfombra dibujaba sobre el piso. —Adelante. Athena os espera.

—Gracias.

Al fondo del salón, donde la alfombra carmesí terminaba a los pies del trono, Saori se puso de pie para darles la bienvenida. A su lado, Shion y Dohko la escoltaban; mientras que en la mano, sostenía firmemente a Niké.

Tethis la miró con una curiosidad infinita. Desde que la había visto durante la visita a Atlantis, no había dejado de pensar en lo diferente que se veía. Seguía siendo una niña, tan solo unos años más joven que ella misma, pero esa confianza que supuraba como diosa que era, se había fortalecido con su regreso más permanente al Santuario. Era como si, estando ahí, hubiese redescubierto su esencia de ser divino.

Tal como le había dicho a Julián en su momento, la sirena confiaba en que la alianza entre dioses los había hecho iguales. Secretamente, también esperaba que el Patriarca pudiera resolver cualquier situación que amenazara la era de paz en la que vivían.

—Bienvenidos de nuevo. —Les sonrió. —Tengo entendido que traéis un mensaje para mi.

—Así es, Athena. —El joven peliverde tendió le tendió el sobre que contenía la carta de Julián.

—Gracias.

Ella tomó el mensaje y, después de entregarle su báculo a Shion, rompió el sello. En ningún momento entregó la carta a su Patriarca, ni tampoco a Dohko, pues no quería violar la orden de Julián de que el mensaje le fuera entregado directamente a ella. Sin embargo, sí permitió que ambos leyeran sobre sus hombros.

Mientras leían, Tethis e Isaak observaban atentamente sus rostros. Buscaban cualquier expresión que les permitiera adivinar sus pensamientos. Después de todo, estaban seguros de que Poseidón les preguntaría al respecto cuando regresaran.

En algún punto, vieron a Shion fruncir el ceño. Supieron que las noticias no eran buenas. Unos segundos más tarde, contemplaron como intercambiaba miradas con el santo de Libra. No era necesario que dijeran nada, por lo que veían, ambos hombres eran capaces de entenderse mucho más allá de lo que las palabras pudieran expresar. Lo que fuera que había llamado su atención tenía que ser importante.

—¿Estáis enterados de lo que vuestro dios nos escribe?—preguntó el lemuariano.

—Julián no tiene secretos para con nosotros—respondió firmemente la sirena. Siempre le había enorgullecido la inquebrantable confianza el peliazul en ellos. Con todos los problemas que pudieran tener, ellos eran un equipo, una hermandad.

—Nosotros mismos hemos investigado cada detalle por encargo suyo—continuó el general marino de Kraken—. La información que os traemos, ha llegado a Poseidón por nuestra propia boca.

—¿Hay algún dato más que pudiera sernos útil?

—Lo que tenéis ahí es todo lo que hay. —Isaak contestó a la pregunta de Dohko. —Me temo que tenemos los hechos, pero desconocemos las causas.

—¿Os molestaría si investigamos un poco más?

—Nos gustaría ver el sitio por nuestra propia cuenta. Somos un poco más viejos y experimentados en estos asuntos, quizás notemos algo que vuestros ojos jóvenes han pasado por alto—dijeron Shion y Dohko, respectivamente.

Issak miró disimuladamente a Tethis. Aunque el rango del general marino era mayor al suyo, consideraba que ella podía responder mejor aquella pregunta. La sirena conocía a Julián de un modo en que ninguno de ellos lo hacía. Ella podría juzgar más adecuadamente cual era la respuesta correcta y, en su caso, ella también era la que podría convencer más fácilmente al peliazul de que la decisión que tomaran ahí había sido la mejor.

—Por favor, haced todas las averiguaciones que deseéis. Estáis en lo cierto al decir que vuestros ojos son más sabios que los nuestros—dijo la rubia.

—Nos encargaremos de informar a nuestro señor y también de que nadie os ponga obstáculo alguno.

—Excelente. Muchas gracias.

—Athena—Isaak se dirigió después a la diosa—, Julián desea y espera contar con toda vuestra confianza. Si se aproximan tiempos difíciles, nos gustaría estar enterados y ayudar en lo que sea necesario.

—Dadlo por hecho.

Ambos chicos respiraron con más tranquilidad. Sabían que ese acercamiento había sido iniciativa del Santuario, pero no estaba seguros de que resultara fácil. Por ahora, el primer paso estaba dado.

—Debemos volver a Atlantis.

—¿Tan pronto? —Isaak asintió ante la pregunta de la diosa.

—Poseidón espera por noticias.

—Os informaremos de lo que acontezca durante nuestro viaje—dijo Dohko.

—Haced lo mismo si tenéis otras noticias. Sois bienvenidos para volver cuando gustéis.

—Gracias, Maestro. —Tethis no lo sabía con certeza, pero volverían más veces de las que hubieran imaginado. El drama apenas comenzaba.

—Agradeced a Julián por toda su ayuda, por favor. —Con un gesto de cabeza, aceptaron cumplir con el encargo de la diosa.

Sin nada más que decir, con una última reverencia, dieron marcha atrás, de regreso al fondo submarino. El viaje había sido largo, la visita corta, pero sumamente productiva. Solo restaba esperar por el desarrollo y desenlace de las sospechas de Athena y de su Orden. Con suerte, no sería nada grave. Sin embargo, de ser lo contrario, confiaban en que tendrían aliados que cuidarían sus espaldas… El áspero pasado tendría que quedar atrás, porque ahora se necesitaban unos a otros.

-X-

Al adentrarse en el quinto templo, el sonido de sus pasos se volvió poderoso con el eco de la bóveda de batallas. El tono ronco de la voz del santo sobresalió por encima del taconeo sobre el mármol conforme contaba la historia completa de su aventura de la noche anterior.

Aioria giró los ojos y esbozó aquella sonrisilla engreída que solía sacar de quicio a Marin. A pesar de que ella trató de desentenderse del asunto, lo único que el santo hizo, fue ensanchar el gesto de egocentrismo. Al final, a pesar de que la máscara le impidió notar el gesto en la amazona, la conocía lo suficiente como para darse cuenta de que había conseguido fastidiarla un poquito.

Al final, el león soltó una carcajada que ella respondió clavándole el codo en las costillas sin hacerle mayor daño. Divertido con la reacción, el castaño pasó el brazo por encima de sus hombros y la apretujó contra sí. Marin no pudo ninguna resistencia y permitió que la guiara hasta los privados de Leo.

—Te crees mucho, pero el mérito es de Máscara Mortal—dijo la pelirroja, sabiendo que asestaba un golpe mortal al ego de Aioria. Esta vez, detrás de la máscara, ella sonrió divertida. —¿Qué se siente trabajar con él…? O mejor dicho, ¿para él?

—¡Qué graciosa eres!—añadió él, con cierta amargura mal fingida y sacándole la lengua.

—Oye, tú eres quien está sumamente orgulloso de vuestra colaboración como equipo.

—Fue una mentira blanca.

—Claro, para que Saga fuera agredido por una mujer vampiro y a saber qué tantas cosas más.

—¿Y eso qué? —Se detuvieron justo frente a las escalinatas que llevaban a los aposentos del templo y, tras unos segundos, continuaron el camino hacia arriba.

—Obviamente no has escuchado los chismes que rondan por ahí.

Por supuesto que los había escuchado, pero a decir verdad, Aioria tenía cierta política de no meterse en vidas ajenas. Ya era suficientemente difícil lidiar con la suya y la de Aioros, y con las intromisiones de Milo, como para tener que ir por ahí, escuchando chismes y habladurías. Cierto era que los rumores le llegaban por si solos. Sin embargo, en la mayoría de los casos, era su decisión ignorarlos. Además, Saga era mayorcito y podía cuidarse solo. Otra cosa sería si su hermano fuera el protagonista de los rumores…

Lo único que él había hecho la noche anterior era ayudarlos a salirse un poco de la rutina y a divertirse, lo cual era virtualmente imposible para el "trío tragedias".

—Se lo han pasado bien… creo. —Aioria trató de cambiar el tema de conversación. En lo que a él respectaba, al menos habían regresado con vida y con el estómago en su sitio.

—Ya…

—Estás siendo sarcástica. —Marin rió. No era sarcasmo, simplemente a veces era divertido llevarle la contraria a Aioria.

—Qué va. —La amazona se detuvo y esperó que el castaño le abriera la puerta. Cuando él lo hizo, ella entró primero. —Hiciste bien en ayudarles a salir.

—¿De verdad?

—De verdad.

Infló el pecho con orgullo y dibujó una sonrisa de satisfacción, con el ego restaurado el mil por cierto. Había algo en la aprobación de Marin que siempre le hacía sentir el ser más importante del universo. Quizás era porque, durante la mayor parte de su adolescencia y siendo su única amiga, se había acostumbrado a no tomar en cuenta la opinión de nadie más, sino solo la ella. Era una rara especie de dependencia que había desbocado en esa particular relación suya.

—Entonces, ¿hice bien?—preguntó otra vez, con la sonrisilla presuntuosa de regreso a sus labios. Le encantaba molestar a Marin con ella, pues sabía lo mucho que la fastidiaba.

—Sí, hiciste bien. —Ella se volteó hacia el Santo y estaba punto de quitarse la máscara cuando una voz conocida los dio un tremendo susto.

—¿Interrumpo? —Dohko carraspeó y solo entonces la pareja notó su presencia, sentado en el sofá del salón.

—Maestro… —La amazona de Águila musitó, tratando de ocultar lo que pensaba. El castaño, en cambio, era mucho más transparente y expresivo.

—¡¿Qué haces aquí?! —El chino tuvo que esforzarse para no reírse de la cara de sorpresa de Aioria.

—Vengo con un mensaje de Shion.

—Oh, por Athena…

—Pues… yo os dejo solos.

—No, Marin, no te vayas. Esto no va a tardar…

—En realidad, si que tardará. —La mirada felina del Santo más joven intentó asesinar al maestro de Libra, pero fue ignorado deliberadamente. —Nos vamos de viaje. —Ensanchó su sonrisa.

—¡¿Qué?!

No era necesario que Dohko dijera mucho porque Aioria se hizo rápidamente una idea de donde venía aquella orden. Por lo que veía, a Shion no le había bastado con regañarles la noche anterior, sino que ahora tomaba dulce venganza en su contra. ¡Tenía que ser un castigo!

—Dije que nos vamos de viaje. Unos días al menos.

—¿Días?—bufó el león dorado. No le molestaban las misiones, ni el trabajo, pero irse con Dohko… Pocas eran las personas con las que no tenía nada en común y el santo de Libra era uno de esos. Si le preguntaban, casi era injusto. Milo había salido con Camus, Ángelo con Kanon y él, se tenía que resignar con Dohko.

—Avísame antes de irte, ¿vale? —dijo Marin, a lo que Aioria respondió con un gruñido. —Con vuestro permiso, Maestro. —Se despidió y dejó que los dos santos dorados se entendieran solos. Cuando se marchó, Dohko buscó la mirada del más joven.

—¿Estas enojado?

—No.

—Sí.

—¡Cómo sea! ¿Vas a contarme algún detalle de la misión?

Dohko asintió y se preparó para narrarle el plan. Era una misión interesante ciertamente, pero él tenía ideas que iban mucho más allá. Después de presenciar la discusión entre los gemelos el día anterior, estaba seguro de que necesitaban saber más de lo que cualquiera de ellos pudiera decirles.

Su gran problema era que nadie hablaría. Saga y Kanon jamás compartirían ni media palabra de lo que sucedía entre ellos. También estaba prácticamente seguro de que solo una persona además de ellos dos sabría de qué iba el mentado desacuerdo y que esa persona tampoco le contaría nada. Aioros no solía ser del tipo callado, pero cuando se trataba de los problemas de Saga, era más discreto que una tumba, sobre todo con Shion.

Pero, el arquero quizás le había comentando a su hermano pequeño… Bueno, Dohko tenía esperanzas de más. Lo cierto era que pensaba sacarle provecho a aquel viaje juntos.

-X-

Aioria escuchó entre gruñidos la explicación del mayor. Hizo alguna que otra nota mental y trató de pintarse un panorama más amplio de aquel problema, a pesar de sentirse contrariado. No sabía como tomarse la súbita cooperación de Julián: si debía desconfiar al respecto, o si debía entrar en pánico por las razones que lo llevarían a aceptarse semejante alianza. Lo viera como lo viera, quizás involucrarse era lo adecuado. Así, al menos no tendría que vivir bajo sospechas que no entendía… o eso intentaría.

De todos, probablemente la personalidad de Dohko era con la que menos congeniaba. El Antiguo Maestro era demasiado reflexivo, mientras que él era impulsividad pura. No estaba seguro de cómo iban a sobrevivir juntos durante todos esos días y, ciertamente, no estaba seguro de entender qué había hecho para ganarse el título de candidato principal a acompañante.

—¿Sabes? Voy a ofenderme si sigues gruñendo de ese modo. Me gustaría pensar que no es un castigo tener que pasar unos días conmigo, en una misión de trabajo.

—Vale, lo siento. —Pero la petición de perdón no consiguió que el Santo de Leo dejara de quejarse.

—Voy a tomarlo personal. En serio…

—No lo hagas, no es en tu contra.

—¿Entonces?

—Creo que Shion me castiga por algo.

—Entonces, ¿es un castigo?

—Si, algo así—bufó, admitiendo su parte de la culpa en ello—. Ayer me metí en líos con Máscara Mortal y ahora, resulta que quien se carga la reprimenda, soy yo.

—¿Crees que Shion te mandó de viaje conmigo por eso?

—No tengo demasiado claros mis recuerdos sobre Shion, pero puedo decirte que era ciertamente ingenioso para enseñarnos lecciones de vida. Esta es una de esas, estoy seguro. —Dohko le escuchó en silencio y dejó que unos segundos más se escaparan antes de reaccionar con una gran carcajada. —Hey, no es gracioso.

—Lo es, un poco al menos. Esto no es cosa de Shion.

—¿No? —Dohko reafirmó sus palabras con un movimiento de su cabeza. —¡Fue Arles!

—¡Oh, por Athena! —Se carcajeó de nuevo. —Vosotros, chicos, deberíais darle más crédito a ese pobre hombre. Hace su mejor esfuerzo por guiaros en el camino correcto, solo para cargarse la fama de villano y para que os riáis en su cara.

—Oh, te aseguro que nadie se ríe de Arles. —Shion podía ser estricto, pero Arles era simplemente imponente. Lo normal era que, cuando fruncía el ceño, uno temblara en su presencia.

—Pues te diré que tampoco es cosa de Arles… aunque quizás Shion y él planeen algún tipo de escarmiento para ciertos santos fugitivos.

—¿Tú crees?

—Claro que lo creo. —Aioria, entonces, se lo pensó mejor.

—En tal caso, aceptaré mi penitencia e iré contigo. —Casi prefería eso a tener que pagar la penitencia junto con ellos tres y Máscara Mortal. Shion y Arles podían ser muy imaginativos para los castigos.

—Genial.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—Antalya.

—¿Turquía?

—Justamente.

—¿Iremos a cazar monstruos y fantasmas como los demás?

—No, tampoco te emociones tanto.

—Acabas de quitarle toda emoción.

—Como te dije, un antiguo templo en Side se ha hundido en el mar. —Dohko trató de no prestarle atención y retomó el tema que le llevó hasta ahí. —Y Poseidón jura que no ha sido asunto suyo.

—Si, si. Ya me explicaste la situación. Pero, ¿estamos seguros de lo último?

—Tenemos que confiar en él. Le ha dicho a Athena que no se ha visto involucrado y que, por más que ha intentado, ha sido incapaz de retirar las aguas del sitio. Es como si sus dominios dejaran de obedecerle.

Aioria torció la boca. Jamás le había gustado que las cosas se salieran de orden y era precisamente eso lo que sucedía ahí. Incluso los dioses como Julián estaban ahí por una razón. ¿Quién se atrevía a retarlos de esa manera?

—¿Cuándo nos vamos? —Suspiró.

—Tan pronto sea posible.

—Prepararé mis cosas. —El chino aprobó su cambio de actitud. —Pero me cobraré esto, Dohko. Tendrás que acompañarme a comprar un regalo de cumpleaños a Marin. Si tengo que irme tan lejos, al menos aprovecharé el viaje.

El Santo de Libra estalló en risas. Detalles como ese le recordaban que ese montón de Santos, curtidos en guerra y levantados de la tumba, al final de cuentas no eran más que un críos, aprendiendo a vivir sus vidas.

-Continuará…-

NdA:

Naia: Si no fuera porque pienso que la historia de la vampiresa es tan absurda como Tati... estaría molesta.

Saga: Lo es u_u

Naia: Aún así, te dejaste morder ¬¬'

Saga: si... lo siento T_T

Angie: Esa cara miserable no tiene precio!

Saga: ¬¬'

Angie: :D Espero mi agradecimiento aún..

Saga: Si, si... como sea...

Angie: Pues nada, ya que todos tienen demasiada resaca y chismes como para charlar aquí libremente... nos despedimos hasta el próximo cap.

Saga: Con suerte seguiremos vivos ¬¬'

Angie: Dramítico. ¡Bye, bye!

Saga: ¡Dejad review!