Capítulo 28

CANDY estaba sentada en la sala de estar de Roland, cerca del fuego, pasando las páginas de su diario y sonriendo por los recuerdos. Haría un increíblemente preciso romance histórico. Pensándolo mejor, quizás dejaría afuera algunos de los detalles más asquerosos, como por ejemplo el hedor de un gran salón sucio o vérselas con las frías piedras de un retrete en una mañana de invierno; le ahorraría a sus futuros lectores varios malos ratos. Era cosas que con certeza ella no lamentaba haber dejado atrás.

Levantó la vista hacia el pequeño grupo reunido alrededor de la mesa y sonrió. Había traído con ella lo más importante. Todavía no podía acostumbrarse a tener a Albert y a su familia en un mismo lugar. Era casi demasiado bueno para ser verdad.

Albert y Zachary estaban haciendo planes para el nuevo torreón. Candy tenía sus dudas acerca de si un castillo medieval era lo que Zachary había planeado como primer proyecto después de conseguir su diploma en arquitectura, pero parecía estar lidiando con ello bastante bien. Albert había insistido en contratarlo, una vez que se había enterado que Zachary había perdido su trabajo y a su mujer con pocas horas de diferencia.

—Och, pobre muchacho —había sido su comentario. Candy sacudió la cabeza mientras escuchaba a su esposo y a su hermano menor últimar detalles. Albert estaba recibiendo bastante información acerca de las instalaciones de plomería y electricidad modernas.

Alex estaba sentado al otro lado de la mesa, controlando los costos. Admitió abiertamente que no era contador, pero que como ya había realizado todo el trabajo legal, esta era una manera de mantenerse ocupado. Candy no preguntó de donde había conseguido certificados de nacimiento para Joshua y Albert, y Alex ciertamente no había estado deseoso de divulgar la información. Había sido la secretaria de Alex quien había ido tenido el honor de buscar entre las cosas de Candy dentro de su departamento para conseguir su pasaporte.

Candy tenía la sensación de que Alex estaba considerando la idea de quedarse con ellos. Había dicho más de una vez en las pasadas tres semanas que le gustaría dejar el ajetreo del negocio. Albert le había ofrecido trabajo como asesor legal del clan (un término que el mismo había inventado y del que estaba muy orgulloso), pero Alex todavía no le había dado una respuesta. Si Alex quería convertirse en abogado en Escocia, tendría que empezar otra vez en la escuela de leyes, y ella tenía el presentimiento de que no haría tal cosa. Para el caso, se preguntaba cómo había terminado la escuela de leyes en primer lugar. Había tenido excelentes resultados en historia en la escuela, pero había decidido que enseñar no era lo suficientemente lucrativo para él.

Secretamente pensaba que habría estado bastante bien persiguiendo algún resto arqueológico con una chaqueta de cuero y un gran sombrero. Se rió al pensar aquello. Alex era un caballero de brillante armadura atrapado en un traje de oficina de gabardina. Quizás, pasear por Escocia en kilt por un par de años era lo que tenía que hacer para curarse de su tristeza corporativa. Si no era así, podía ofrecerle a Albert ayuda legal, luego pasar el resto del tiempo convirtiendo los recuerdos de Albert en un muy interesante examen de Historia.

Sus padres habían regresado a los Estados Unidos la semana anterior. Su padre había alargado su licencia lo máximo posible, pero decidió volver al pensar que sus colegas podrían haber cambiado las cerraduras de las puertas. Candy sospechaba que realmente era porque no podía soportar darle más clases de conducción a Albert. Juró que regresaría a casa con un par de canas más después de cada experiencia.

—Och, ya es suficiente por esta mañana —dijo Albert, poniéndose de pie y estirándose— Construir un torreón en mi época era mucho más simple, Zachary, muchacho.

—Imagino que los códigos de construcción no eran tan detallados—dijo Zachary mientras reía.

Candy le sonrió a su marido cuando se acercó a ella y se acomodó en el piso.

—¿Cómo va tu lectura, amor mío? —preguntó

—Es muy entretenida, como siempre — dijo con una sonrisa

Él hizo una mueca.

—Estoy un poco asustado de encontrar mis más íntimos secretos revelados en uno de tus manuscritos.

—Me has dado muy buen material —estuvo de acerado ella—pero trataré no usar mucho de él.

Albert gruñó en asentimiento.

—Tienes mi agradecimiento, mi señora. Ahora, ¿tienes todo listo para nuestra partida?

—Lo tengo desde hace días, por ti es por quien me preocupo. ¿Terminarás con tus planes antes de nuestro vuelo?

Él asintió.

—Suficiente con que los trabajadores puedan comenzar de buena manera. El joven Zachary se quedará y controlará que todo se haga.

Ella se estiró y le corrió el cabello del rostro.

—Gracias por venir conmigo de regreso a América.

Él sacudió la cabeza.

—No hay por qué. Necesitas juntar tus cosas y buscar tus otros libros. Y me gustaría conocer a James —le dedicó una dulce sonrisa— Sólo para disculparme por haberle robado a su novia, por supuesto.

—Por supuesto— dijo secamente.

—También puedes mostrarme aquellos libros de Escocia que tú lees. Me gustaría saber que pasó con mi clan después que nos fuimos.

Candy asintió, aunque no estaba tan entusiasmada con la idea como Albert. Ya había tenido una mala experiencia con un libro del Clan Andrew. Lo único que le faltaba era que Albert desapareciera de su lado mientras estaba leyendo.

—Albert, tu castillo va a costarte una fortuna.

Candy levantó la mirada para ver que Alex le mostraba una pila de papeles a su esposo.

—Es bueno que tengas esa fortuna para gastarla —agregó Alex

Albert se encogió de hombros.

—¿Qué más tengo que comprar con ella? Candy necesita una casa, y yo le daré una. Cuanto antes, mejor. Así lo veo yo.

—Ricachones.

—Así parece.

Alex sonrió

—Iré a empacar, y luego dormiré una siesta. No quiero dormirme mientras estemos en la ruta mañana.

Albert frunció el ceño.

—Yo conduciré hasta Glasgow.

—Lo que tú harás será llevarnos hasta una zanja. —dijo Alex con una amplia sonrisa —Me quedaré con las llaves.

Albert se puso de pie y se cruzó de brazos.

—Quizás debamos arreglar esto con una lucha.

Candy puso en blanco los ojos al ver que Alex aceptaba y seguía a Albert hasta el jardín. Guardó su libro y caminó hacia la puerta, No tenía sentido en no estar allí para dar los primeros auxilios a su hermano cuando Albert acabara con él.

—Albert, detente en la aldea un minuto, ¿sí? —dijo Candy mientras Albert alejaba el auto de la posada de Roland.

—¿Otra vez? —Albert suspiró, llevando la mirada hacia el cielo en un gesto dramático— Candy, usaste el retrete hace no menos de tres minutos.

—Para su información, laird Andrew —dijo Candy en tono poco amistoso— hay una preciosa figura de arcilla en el negocio que está al lado del pub que me gustaría comprarle a mamá.

Albert se detuvo frente al negocio.

—Cinco minutos, o te dejo aquí. Presta atención a esto, Alex —dijo mientras Candy se bajaba del auto— debes mostrarles desde el principio quien es laird, y nunca lo olvidarán.

—No podría estar más de acuerdo —dijo Alex con una risa.

Candy dio un portazo. Estaba encerrada en el mismo auto con dos machistas de primera, condenada a soportar su presencia por, al menos, diez horas más. Su única satisfacción se la daba saber que Albert sufría de una costilla golpeada, y que Alex tenía un ojo morado por la lucha que había tenido lugar el día anterior. A lo mejor sus heridas los mantenían callados a su regreso.

La figura se compró en tres minutos exactos, y Candy se apresuró a salir de la tienda. Levantó la mirada hacia el otro lado de la calle y se paralizó. Era Nolan. Vestía ropas modernas, pero era él, tan segura como que estaba viviendo y respirando. No podía alejar su mirada de él. Él levantó una ceja, desafiante, y luego le lanzó una sonrisa burlona

—¡Candy!

Se giró abruptamente para enfrentar el preocupado ceño de su amado. Sólo entones cayó en cuenta que la figura se había deslizado de sus dedos y hecho añicos contra el pavimento.

—Albert, ¡he visto a Nolan! —exclamó, regresando la mirada hacia el otro lado de la calle. No estaba. Miró alrededor, frenética; caminando incluso por la ruta para ver con más claridad. Albert la quitó del paso de un auto que se acercaba y la apretó contra él.

—Amor, estás imaginando cosas. —dijo Albert para reconfortarla— Y has dejado caer tu regalo. Vamos a buscar otro. A tu madre le encantará, estoy seguro.

—Albert…

Se llevó el dedo a los labios.

—Candy, entra en razón. Joshua vino a nosotros por mera suerte. Todo lo que recuerda es haber soñado contigo y luego haber caminado para encontrarse el salón en ruinas. No vio a nadie más al levantarse. Nolan no es lo bastante inteligente como para aprender el secreto del bosque. ¿Cómo podría serlo cuando nosotros mismos todavía no llegamos a entenderlo completamente? Ahora, ven amor, y veamos si el negocio tiene otra pequeña estatua.

Candy le permitió guiarla de regreso a la tienda, pero no se convenció un minuto. Ella había visto lo que había visto, y así era.

Albert se acostó sobre su espalda y contempló el techo del departamento de Candy en Nueva York. El departamento entero no era mucho más grande de lo que había sido su habitación. Era ciertamente mucho más ruidoso. No había dormido ni un poco la noche anterior, y no había sido por elección. Era un misterio que alguien durmiera, con la televisión andando, las personas peleando y los camiones rugiendo por las calles toda la noche. Nunca había echado de menos su hogar antes, pero se encontraba sintiendo aquello intensamente, sin arrepentirse siquiera, un poco. No había dudas de por qué Candy había encontrado su tiempo tan pacífico.

Hizo una mueca cuando la cama lo pinchó con algo en la espalda; algo metálico. Muy probablemente, algo se había soltado mientras tiraban de la cama metida en la pared la noche anterior. Albert estaba muy agradecido de ser mucho más rico en este siglo que lo que había sido en el anterior. Ciertamente compraría una cama decente en la cual dormir cuando regresaran a casa.

Se bajó de la cama con un gruñido y caminó perezoso hasta el baño. Abrió la ducha y se colocó debajo de ella por reflejo. Era sorprendente que tan fácilmente uno se acostumbraba a las comodidades de la vida moderna.

La puerta se abrió y se cerró suavemente, sorprendiéndolo.

—¿Candy?

—¿Estabas esperando a alguien más? —le preguntó soñolienta

Él corrió la cortina y la metió en la bañera, con ropa y todo, antes de que siquiera, pudiera protestar. Una vez que le hubo quitado los anchos pijamas y colocados en la barra de la cortina, la apretó contra él y la besó.

—Moza perversa —gruñó él

—¿No dormiste otra vez? —preguntó con un bostezo.

—Para nada.

Ella echó hacia atrás su cabeza y levantó la mirada a modo de disculpa.

—Sólo necesito un par de días más para empacar; luego podemos volver a casa.

—Esta noche nos quedaremos en una posada —dijo él, decidido—No puedo creer que hayas dormido en ese pobre intento de cama todos estos meses.

—De acuerdo —dijo ella, bostezando— Albert, te levantas condenadamente temprano.

—Algunas cosas nunca cambian. —suspiró él, buscando el shampoo y poniéndole un poco en el pelo.

Se apresuró a lavar el resto de ella y luego la ahuyentó de la ducha para poder concentrarse en su propio baño. Por más tonto que fuera, tenía este ridículo deseo de causar una buena impresión en el ex prometido de Candy.

Finalmente vería la casa de libros de Candy. Ella había esperado que los que él quería ver estuviesen todavía en su departamento, pero Alex le había informado que James había querido sus manuscritos de regreso. Algo de recargos gigantescos. Albert no había pedido detalles. Todo lo que sabía era que aquellos recargos significaban que vería a James en persona, y no podía estar más contento por ello.

Se vistió con especial cuidado, eligiendo sus jeans favoritos, su mejor par de botas de cowboy y su mejor camisa. Él los usaba, por supuesto, para tentar a su esposa. Se había comprado un par ni bien habían llegado a Nueva York, hacía siete días, y Candy se los había quitado incluso antes de que pudiese verse en el espejo. Decía que los encontraba sexy. Eso, y la comodidad y el calor que le daban, eran razones suficientes para comprar un par más. Completó su atuendo con una chaqueta de cuero que Candy le había dado para Navidad. Zachary le había dicho que lo hacía verse "extremadamente malo", lo que lo había ofendido terriblemente hasta que había aprendido que era un cumplido. Los americanos tenían términos extraños.

Se puso las manos en los bolsillos y caminó hasta el baño, donde Candy estaba peinándose. Se inclinó de forma casual contra el marco de la puerta y miró a su esposa.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? —preguntó ella, sin dedicarle siquiera una rápida mirada.

—¡Candy!

Maldita fuera si no lo estaba molestando. Podía ver que ella estaba ignorándolo a propósito. Otro quejido al menos hizo que ella se voltease.

—¿Y bien? —repitió

Lo examinó brevemente. Sus ojos fueron desde su cabeza hasta los pies, y de los pies a la cabeza otra vez, deteniéndose sólo un poco en algún lugar en el medio.

—Muy bonito.

—¿Y?

—Intimidante. Grande. Inspirador.

Eso era lo que él estaba buscando.

—¿Malo?

—Excepcionalmente —Sonrió.

Él gruñó.

—Date prisa. Estoy ansioso por ver a este debilucho con el que casi te casaste.

—Tú date prisa mientras yo todavía te dejo ir. —dijo ella intencionadamente.

Él le dedicó una sonrisa perezosa.

—Me gusta que me persigan.

—Me he dado cuenta —dijo ella secamente. Dejó su cepillo y lo guió de nuevo hacia la habitación— Vamos

Él cerró con llave el departamento, preguntándose por qué se molestaba en hacerlo, y guió a Candy hasta la calle. Paró uno de los pequeños autos amarillos e hizo que su esposa se adentrara en él.

—Estoy impresionada —le susurró después de darle la dirección de destino al chofer —Nunca pude hacer que se detuvieran así.

Él resopló.

—Intimido a los taxistas, a mis enemigos, a la familia de mi esposa y a sus vecinos en Nueva York. La única mujer a la que realmente quiero intimidar me ignora cuando lo hago, o me hace sonrojar cuando lo logro. Mi vida da lastima.

Ella rió.

—¿Por qué es que no te compadezco?

—Porque eres una moza sin corazón — gruñó él— Te encanta verme sufrir.

Perdió el hilo de la conversación en ese punto, porque el tráfico comenzó a molestarlo. Parecía ser que cada espacio libre en la ciudad de Nueva York estaba cubierto por un edificio, un auto o un cuerpo. Se preguntaba como la gente soportaba estar en aquellos lugares tan cerrados.

Los cuarteles habían estado cerca de su castillo, pero al menos tenía la libertad de escapar a la amplitud de sus tierras cuando quería relajarse. Por los santos en el cielo, nunca habría podido vivir allí.

Siguió a Candy dentro de la biblioteca, tratando de no parecer tan abrumado como se sentía. Dudaba que alguna vez se acostumbrara a la suntuosidad de los edificios.

—Vamos a la sala de lectura —le susurró Candy— Sólo sígueme.

Albert lo hizo. Y esperó mientras Candy revisaba unas grandes cajas de pequeñas tarjetas, encontraba los manuscritos que quería y escribía información sobre ellos. Se sentó con ella mientras esperaba por los libros que había pedido. Y, por alguna desconocida razón, estaba nervioso. No estaba seguro si se debía a que podría ver a James en cualquier momento o porque vería su nombre relacionado con eventos que habían tenido lugar setecientos años atrás.

Era suficiente para sacarle canas.

Candy le dio un codazo en las costillas y se puso de pie.

—Hola, James.

Un delgado, casi calvo hombre estaba caminando hacia ellos, con libros en las manos. Albert escondió una sonrisa de satisfacción. Así que este era James el Débil. Albert supo que podría haber intimidado a este hombre inclusive si hubiera tenido puesto un vestido y moños en el cabello.

—Candy —dijo James en voz baja— Alex me dijo que te habían encontrado, pero apenas creí que fuera cierto. —Volvió la vista temblorosa hacia Albert— ¿Y este es tu esposo?

Albert hizo que la conversación fuera corta, temiendo que James se quebrara y comenzara a llorar si se quedaban y hablaban por más tiempo. Se ofreció a pagar el anillo de compromiso que él le había dado. James no quiso escuchar una palabra sobre el asunto. Albert se disculpó y se llevó a Candy, sintiéndose muy mal por el pobre hombre que tenía tan poco cabello en su cabeza y tan poco coraje en su alma. Le sonrió a Candy.

—Creo que se ha casado bien, lady Andrew.

—Dímelo a mí —estuvo ella de acuerdo, dándole un apretón a su mano.

—¿Ahora me mostrarás aquellos libros de Escocia que leíste aquel día?

Ella asintió y le entregó los libros que le había dado James. Albert la siguió hasta una de las mesas cercanas, luego se sentó y desparramó los libros. Un cosquilleo le recorrió la médula mientras Candy le entregaba un volumen ancho.

—¿Es este? —susurró.

Ella asintió solemnemente.

Abrió el libro y buscó el nombre Andrew en las primeras páginas. Estaba allí, y pasó a la sección de su clan. Por más que mirara, simplemente no veía un dibujo de su bosque. Le señaló aquello a su esposa de manera sutil, para evitar que ella lo viera como un tonto.

Candy se sumergió en el libro con extrema atención. Volvió a la tapa del libro varias veces. Finalmente lo miró, claramente confundida.

—Este es el libro, pero el dibujo del bosque no está aquí.

—A lo mejor te confundiste este con algún otro, —le sugirió él

—No —dijo ella con firmeza— Su nombre era Lairds escoceses y sus clanes, por Stephen McAfee.

Albert miró el libro. Esa era el título, y ciertamente era el nombre del autor.

—Han pasado varios meses Candy —aventuró

—Pero estoy segura que es éste —dijo ella. Dejó el libro, tomó otro y comenzó a pasar las páginas, todavía con la misma expresión de confusión en el rostro.

Albert buscó otro libro de historia escocesa. Le llamó la atención un mapa que vio mientras pasaba las páginas. Lo estudió de cerca, reconociendo las ramas de Andrew que sabía que existían. Un ceño se cruzó por su entrecejo cuando vio otro grupo Andrew marcado en el mapa. Cuando Candy le había dibujado un mapa de los territorios de los clanes justo antes de dejar el medievo, le había específicamente dibujado los que ella conocía. Incluso la agudeza de ella estuviese, de alguna manera, alterada por todo el viaje, la suya no.

Volvió al principio del libro e identificó dónde estaban las secciones de su familia. Examinó el texto, mirando los gobernantes listados desde los tiempos de Kenneth MacAlpin. Se sintió extraño al ver su nombre en los tiempos del Bruce. Un escalofrío le recorrió la espalda al ver el nombre de Jesse, seguido de Albert, y luego otros muchos de sus descendientes.

Después de seguir la descendencia unos cuantos cientos de años, se giró para ver al otro grupo de Andrew. Eso no lo sorprendió. Se topó con el nuevo clan y sintió como el cabello de la nuca se le erizaba. Esforzándose para no sentir temor, comenzó a leer.

La batalla por el liderazgo del clan McAfee es probablemente, una de las más sangrientas de la historia de las Highlands, aunque es una de las que menos sabemos. Daniel y Dugan McAfee, hermanos gemelos, eran brillantes estrategas, habilidosos guerreros y magníficos líderes. El clan estaba claramente dividido en dos por el conflicto entre la lealtad a los hermanos. Quizás la lucha por el liderazgo hubiera continuado indefinidamente de no ser por la intervención del hombre del clan Andrew presentado anteriormente.

Su estrategia consistió sólo en enfrentar a un hermano contra otro en un conflicto que causó la destrucción de todo en cuestión de semanas. Una vez que ambos bandos fueron reducidos a casi nada y ambos hermanos yacían muertos en el salón, el laird del nuevo clan Andrew asumió el liderazgo como si hubiese nacido para eso. Lo que siguieron fueron cuarenta sangrientos años en los cuales, lo que quedaba del clan McAfee, unido a los clanes enemigos de los Andrew, dieron batalla a cualquier Andrew que podían encontrar. El derramamiento de sangre sólo terminó con la muerte del líder.

Escalofríos recorrieron la espalda de Albert, y a duras penas tuvo el coraje de mirar la página previa para enterarse quién había sido el sangriento hombre del clan Andrew. Tenía el terrible presentimiento de que ya lo sabía.

En 1450 d.C. Nolan Andrew aparece en los anales de la Historia. Es extraño notar que este Nolan Andrew del siglo quince tuvo su par que vivió en el siglo catorce con similares resultados devastadores. Al último individuo se lo reconoce por infundir un temor, hasta el día de hoy recordado, en las Highlands occidentales. Es este Nolan que nos interesa, ya que fue quien destruyó a la mayoría de los McAfee del norte, remplazándolos por una rama del clan Andrew.

La batalla por el liderazgo del clan McAfee es, probablemente, una de las más sangrientas de la Historia de las Highlands, aunque…

—Albert, estás pálido como una hoja. —le susurró Candy, sacándolo de su ensimismamiento.

Albert cerró el libro de un golpe y fijó una sonrisa en el rostro.

—Tengo hambre. ¿Qué dices si encontramos a algunos de esos comerciantes que ofrecen perritos calientes?

Se levantó y la puso de pie a ella antes de que protestara. A pesar de que lo que quería era salir precipitadamente del edificio, se obligó a calmarse y parecer despreocupado. Incluso se las arregló para tener una conversación intrascendente con Candy, aunque estaba segura que ella lo creía loco. Sin duda las respuestas de él carecían de sentido.

Dudaba olvidar el horror de lo que acababa de leer o lo mal que lo había hecho sentirse. Tendría que haber matado a Nolan aquella noche que intentó violar a Candy. Echarlo del castillo había sido un castigo muy leve.

Albert ahora no tenía dudas que Candy no había imaginado cosas cuando había visto a Nolan en la aldea aquel día. Probablemente había seguido a Joshua hasta este tiempo, luego habría aprendido el secreto del bosque y regresado en el tiempo. Albert se estremeció al pensarlo. Tal conocimiento, en manos de un hombre tan inescrupuloso, era suficiente para que cualquier hombre lo hiciera. Pero eso no era lo peor de todo. Sólo los santos sabían que haría Nolan si se las ingeniaba para sorprender a Candy desprevenida.

Regresaron al departamento de Candy y Albert le pidió que se apurara a terminar de empacar. Después de dejar varias cajas en el departamento de Alex, se registraron en la posada más lujosa que Alex les pudo conseguir.

Albert estaba demasiado preocupado esa noche para jugar, a pesar de la tentación que el dulce cuerpo de su esposa suponía. Ella se fue a la cama con un libro y él se sentó enfrente de la televisión con una botella de whisky, determinado a borrar la visión de las atormentadoras palabras que había leído ese día.

No tubo estómago para más que un sorbo. Sin embargo era muy tarde cuando se forzó a sí mismo a levantarse. Se metió bajo las sábanas, al lado de Candy. Ella no estaba dormida e inmediatamente lo tomó entre sus brazos. El apoyó su cabeza sobre su hombro, la cubrió con una de sus piernas y uno de sus brazos y lanzó un gran y pesado suspiro.

—Albert, amor, ¿qué te está molestando? —preguntó suavemente.

Estaba tentado de aliviar su alma, pero, ¿con qué fin? No tenía sentido perturbarla a menos que fuera necesario. Nay, no le diría nada hasta que hubiese formulado un plan. A lo mejor, incluso en ese momento, se quedara callado. Volvería al pasado, arreglaría lo que Nolan había hecho y luego regresaría a casa con Candy sano y salvo.

—¿Albert?

Suspiró y presionó sus labios contra el cuello de ella

—No es nada, amor. Sólo estoy cansado por la falta de sueño.

—No te creo.

Él levantó la cabeza y la silenció con un fuerte beso.

—Soy tu señor, moza. Si digo que nada anda mal, nada anda mal. Descansa lo mejor que puedas. Creo que me gustará ser perseguido largo y tendido mañana, y tú eres justo la muchacha para hacerlo.

Ella farfulló un par de adjetivos no muy halagüeños ,pero se relajó de todos modos. Albert suspiró mientras sentía que la tensión se disipaba del cuerpo de su amada esposa. Ella le agradecería algún día por haber mantenido la boca cerrada.

...

Continuar...