La noche ha caído sobre Inglaterra, y su oscuridad se desliza silenciosa atravesando sus calles y sus puentes. La capital del que fue uno de los más poderosos imperios de la historia se acomoda en su negro sillón y se acerca al fuego. Al otro lado de las ventanas llueve, y el cielo se ve interrumpido por una serie de intermitentes relámpagos.

Una niebla espesa y pegajosa se extiende despacio por encima de las baldosas mojadas. En Hyde Park los árboles se agitan inseguros, y las aguas del Támesis se pelean por ver quién se separa más de la superficie. Un par de cadáveres flotan bocabajo sobre sus olas, con el cuerpo libre de señales de forcejeo. Como si la muerte les hubiera pillado de improviso, como si desde el momento en que identificaron a su asesino hasta que murieron sólo hubiera transcurrido un milisegundo. El mismo tiempo que se tarda en alzar la varita y pronunciar un aveda kedavra.

Los dementores se pasean a sus anchas, robando alegrías y regalando pesares. De vez en cuando se oyen chillidos de terror al otro lado de las paredes de los edificios. No importa si provienen de muggles o de magos; sólo son voces rotas, que se acercan irremediablemente a la locura.

En el centro de Londres, el callejón Diagon ha perdido todo aquello que le hacía tan especial. Algunos encapuchados caminan con rapidez hacia Gringotts y, curiosamente, sólo ahí, rodeados de gnomos desconfiados, se sienten seguros. A la vuelta de la esquina, sin embargo, la oscuridad que reina en la entrada del callejón Knockturn amenaza con extenderse más allá. El ulular de las lechuzas y la música que el viento hace cuando golpea la madera de los establecimientos cerrados, es el único sonido que se escucha.

Una figura envuelta en una capa verde botella camina pegada a la pared de esos edificios de arquitectura imposible. En los innumerables bolsillos guarda un poco de polvo de Perú, un par de Escudos Protectores, alguna que otra varita de mentira y un par de trucos de Sortilegios Weasley que siempre pueden venirle bien.

Atraviesa la frontera con el mundo mágico y se presenta en un Londres más muggle y más apagado. Un Londres que no sabe cuál es el nombre o el rostro de su peor enemigo, de aquel que les odia por algo de lo que nadie tienen la culpa, por haber nacido diferentes. Se esconde en el hueco de la escalera que hay en la casa de enfrente del Caldero Chorreante y golpea con suavidad sus nudillos contra la pared. En plena oscuridad, una puerta se entreabre sin dejar que ni un haz de luz se escape de allí. Con los ojos acostumbrados, ve como le alargan un largo abrigo de cuero. Se lo viste mientras desliza unos cuantos galeones de oro en una temblorosa y fina mano. Una mano acostumbrada a las mejores telas y a los mejores clientes; a confeccionar gran parte de la vestimenta de uniformes de Hogwarts. Una mano que ha escogido su lugar en la guerra y que sabe cómo adaptarse a las circunstancias.

Con el borde del abrigo disimulando el final de la capa, avanza hacia el núcleo de la ciudad. Las largas avenidas de Londres están desiertas, excepto por un par de personas que se protegen como pueden bajo sus paraguas. Las líneas nocturnas de los autobuses han sido canceladas por la nueva situación, que el Primer Ministro Muggle no sabe cómo enfrentar. Apoyado en la salida de una de las paradas de metro, espera. Con la mano helada saca un pitillo de la capa y lo enciende. Ahoga la tos como puede tras dar la primera calada. Hace mucho que no fuma, tanto que ya ni recuerda cómo se hacía.

Suspira y mira a su alrededor, tratando de disimular su nerviosismo. Recuerda la mirada de su madre la última vez que la vio en la Madriguera. Él y George decidieron que había que seguir con el negocio, aunque sólo fuera por tener una base segura en mitad del Callejón Diagon. Saben que muchos de sus pedidos los hacen los mortífagos, pero de algo tienen que comer, y prefieren eso a que su padre se arriesgue demasiado en el Ministerio. Además, es uno de los portales de la Red Flu que aún sigue funcionando, a pesar de estar bajo vigilancia.

Sin embargo, el Londres mágico ya no es seguro. Es curioso que precisamente lo que está salvando a los magos de morir en las garras de los mortífagos sea ese mundo paralelo en el que la magia es sólo un cuento de niños. Ése que no es más que una excusa para hacer una guerra, para sembrar el terror y para ejercitarse en la Magia Negra. Fred no quiere ni pensarlo, porque si lo hace se le revuelve el estómago y quiere vomitar. Pero como si a su cuerpo le hubiera oído, su espalda se arquea hacia delante y tiene que reprimir con todas sus fuerzas una arcada.

Fred cierra los ojos y muerde con fuerza. Cuando levanta los párpados, su mirada se encuentra con la de un pequeño gato negro que se camufla en las sombras. No importa que crea o no en augurios, sino en que el mensaje que parece que le manda es una pregunta abierta a la que Fred no sabe responder. ¿Sobrevivirás esta noche o...? O... Oh, no quiere saberlo.

A su derecha, un sonido estridente le estalla en los oídos. Corta el contacto ocular con el gato y mira a su alrededor. El amago de una sonrisa se asoma por la comisura de sus labios: el autobús noctámbulo ya ha llegado. De un salto, suelta el cigarro y se sube a él. Desde el sillón del conductor, el conductor le echa una mirada que pretende ser despectiva pero en la que sólo ve reconocimiento.

Fred rebusca en su bolso y saca varios sickles y algún knut, y los deja caer sobre la mesilla que hay al lado del volante. El conductor arranca con parsimonia, sin dejar de mirar a Fred con la ceja alzada. Éste carraspea suavemente, mientras deja entrever un galeón entre sus dedos. La moneda cambia de mano con la misma tranquilidad que las ruedas del autobús se deslizan sobre la carretera. El hombre la recoge y la mira con atención: en una de las esquinas, una muesca con una w señala que es única. Asiente y mira con firmeza a Fred.

–Allí, ¿no?

–Sí.

No hacen falta más palabras: ya todo está hablado. De los siete autobuses que recorren Londres recogiendo a magos, Fred sólo conocía un par de ellos. Ahora a los nombres de Stan, Ernie, Matt y Sam ha de añadir el de Steven, el huraño hermano de Verity, la asistente que han contratado para Sortilegios Weasley.

–Sabe quiénes sois, así que si necesitáis algo, lo que sea, podéis contar con él. Es un poco borde, pero es buena gente.

Esperaban no tener que pedir ayuda, pero eso es pedir mucho en los tiempos que corren. Cualquier precaución es poca, y toda ayuda un milagro caído del cielo.

Se sienta en una de las camas que hay al fondo del autobús y se queda mirando la ventana. Gracias a la luz del interior del autobús, es capaz de ver todo lo que le rodea. Incluido lo que está detrás de él en el autobús. Vuelve a mirar al gato, que le devuelve la mirada y sonríe. Fred sacude la cabeza, porque eso de que un gato te sonría tiene que ser un síntoma de locura. Pero a continuación observa, con sorpresa, como el gato se transforma con tranquilidad en una joven de larga cabellera negra y ojos verdes.

–¿No me digas que soy el primer animago que ves? –Pregunta una voz cantarina justo detrás de él.

Fred gira la cabeza y se topa con una chica con una mirada felina. La única persona que conoce así, que pueda convertirse en gato a voluntad, es McGonagall, pero hay una diferencia evidente entre su antigua profesora y esa chica. Para empezar, su atrayente atractivo, que emana de ella como la promesa de un peligro. Fred estira la espalda en un intento de ponerse erguido, pero antes de que se quiera dar cuenta, la chica se encuentra en su cama, acercándose a él lentamente.

–Lucy, estate quieta. Es un amigo. –Se oye desde delante.

Lucy se ríe en voz baja, y Fred se muere por saber el chiste.

–¿Amigo? –Vocaliza la palabra despacio, como si la paladeara. –¿Qué tipo de amigo?

Fred traga saliva. No entiende muy bien qué clase de juego lleva esa chica, pero tampoco está seguro de que no quiera averiguarlo. Le gusta demasiado aquello que está prohibido.

–Dime, Fred, ¿qué clase de amigo eres? –Repite clavándole sus ojos verdes con fiereza.

El pelirrojo no quiere saber cómo sabe su nombre, ni porqué le tutea. Siente como la distancia entre los dos se acorta sin que pueda si quiera pensar en qué le parece. Las yemas de los dedos de la chica danzan sobre su brazo en un baile que no está muy seguro de saber cómo termina. Su rostro cada vez se ve más cercano, y, sin quererlo, se le escapa un gemido. La chica sonríe, ladina, pero Fred no puede pensar. Algo le embota la cabeza. De pronto siente que se ahoga, que le escuecen los ojos y el frenazo que pega el autobús le confirma que hay algo que no está bien. Lucy se separa de él con desidia, desesperanzándose.

–¿Qué ocurre?

–Dementores.

–Por Morgana, Steven, es lo mismo de siempre.

–No, Lucy, esta vez no.

Fred se levanta de un salto y se acerca hasta el conductor. No necesita mirar adonde él está señalando, sabe qué es lo que es lo que se avecina esta noche. Lo supo en cuanto puso un pie fuera de casa. Carroñeros. Al fondo, distingue tres o cuatro formas enormes que salen de la niebla y avanzan con paso seguro. De un golpe de vista, Fred reconoce a uno de ellos, al más alto y delgado de todos.

–Greyback...

–¿Le conoces?

–Conozco a un par de sus víctimas.

Steven le mira esta vez con más atención. Fred sospecha que lo único que Verity le ha dicho a su hermano es que era su jefe: El dueño de un tienda de artículos de broma. Nada serio, nada grave, nada que lo pusiera en peligro. Así que no se sorprende con lo que viene a continuación.

–Chico, si no quieres convertirte en otro más, deberías bajarte. Puede que sólo estén de redada, pero si suben aquí y te ven, te llevarán al Ministerio.

Fred asiente en silencio. Es lo que toca. Antes de bajarse, le pregunta si está muy lejos.

–Un par de paradas más, pero tú sabrás cuanto de importante es arriesgarse hoy.

–"Si no es hoy, será mañana" –piensa Fred mientras desciende las escaleras hasta la acera. No se da la vuelta cuando escucha el motor del vehículo y éste se aleja, adentrándose en la niebla, dejando muy atrás a Fred y al grupo de carroñeros. Éste mira a su alrededor, buscando una forma de salir de allí.

–No sabes dónde estás. Y no sabes adónde ir –. Canturrea una voz que en seguida reconoce como la de Lucy.

–Oh, pero estoy seguro que tú sí que sabes a dónde llevarme –. Murmura despacio, dejando atrás el rol de presa y retándola a dejarse cazar.

Entonces, sin venir a cuento, ella le cruza la cara con las uñas afiladas, dejándole una marca desagradable en la cara. Fred se separa, sorprendido, pero ella le retiene de las solapas de la cazadora y le susurra en voz queda:

–No te dejes atrapar.

Y antes de que Fred pueda hacer o decir algo, Lucy se ha vuelto a transformar, abandonando a Fred a su suerte con los carroñeros. Mierda. Se vuelve rápido, tratando de adivinar por dónde se ha escabullido, a ver por dónde puede escaparse él. Pero la cortina de lluvia lo envuelve todo y la niebla le impide pensar con claridad. La imagen de Greyback le hace temblar de manera incontrolable, y Fred no puede parar de acordarse de la cara de Bill tras el ataque. Y eso que no estaba convertido. El joven Weasley no quiere imaginar qué clase de carnicería pueden hacer con su cuerpo si lo encuentran allí.

Se maldice así mismo porque a George y a él no se les haya ocurrido hacer capas invisibles en lugar de varitas que se conviertan en pollitos. Hubiera sido infinitamente más útil. Pero de nada le sirve lamentarse ahora. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, trata de recomponerse y mira a su alrededor. Observa el edificio rojo oscuro de su derecha, que tiene una escalera de metal adosada a él. Las ventanas de la pared no dejan adivinar si alguien vive allí o sólo es una oficina. Al otro lado, hay un parque, una explanada vacía donde el único sonido que se distingue es el que hacen las cadenas de hierro cuando se balancean. No hay espacio para esconderse. En una milésima de segundo, se decide por las escaleras, y sube rápido los peldaños. Desde arriba, observa como el grupo de carroñeros llega hasta el lugar donde hace unos segundos se hallaba él. No quiere moverse ni hacer el más mínimo ruido, pero tiene la sensación de que los latidos de su corazón se pueden escuchar desde la otra punta de la ciudad. Se pega a la pared, rezándole a Merlín, a Morgana, a Circe o a todo mago que quiera escucharle que le saque de ésta, que aún es muy joven para morir.

Entonces, un relámpago ilumina el cielo y los ojos de Greyback se clavan en él. La visión de los colmillos del licántropo basta para erizar la piel de todo el cuerpo de Fred. Traga saliva y se da cuenta de que ésta sabe a metal. Por la cara del pelirrojo se derraman un par de gotas de sangre provenientes del arañazo de Lucy. Genial. Va a matar a esa gata en cuanto la pille. Si es que la pilla.

Agacha la cabeza para ver a tiempo como Greyback se transforma y salta hacia la escalera. El entramado de metal tiembla de arriba a abajo, y Fred se agarra como puede a él, temeroso de desnucarse si cae desde allí. Aunque, desde luego, será una muerte infinitamente mejor que si le caza él, no quiere arriesgarse a sobrevivir.

Mira a su alrededor con la angustia atada al cuello y en mitad de la tormenta descubre a un gato, extrañamente familiar, que se pasea por encima de la tapia que da la bienvenida al parque. De alguna manera, su presencia lo tranquiliza lo suficiente para ser capaz de agarrar la varita y aparecerse a su derecha.

–Hombre, nuestro pequeño zanahorio por fin ha entendido para qué sirve la varita. Un aplauso, señores. –Le felicita Lucy con mucha sorna en su voz.

Fred la mira con los ojos entrecerrados, y a continuación vuelve la vista a la escalera de metal, desde donde Greyback lanza un aullido a la luna.

–Devuélvenoslo. Es nuestro.

La voz gutural suena demasiado cerca de ellos, y hace que Fred se asuste aunque no quiera. Frente a Lucy y él, se encuentran el resto de los carroñeros. Tres hombres gigantes, con pinta de troll, los miran con asco. El cuarto tiene la varita apuntando a la gata, mientras que Greyback se prepara para reunirse con ellos.

–Largáos de aquí. Éste no es el que buscáis. –Les replica Lucy sin alterarse un pelo.

–¿Cómo sabes tú que no es éste? –Le responde uno de los troll.

–Porque todo el mundo sabe que buscáis a Harry Potter. Al niño que sobrevivió. –Le suelta la chica, y Fred advierte sarcasmo en su última frase.

–Harry Potter siempre va con un pelirrojo de la mano. Y éste es pelirrojo.

–Y, ¿te parece que éste va acompañado o solo?

Para desesperación de Fred, Greyback ya ha llegado hasta ellos. Camina erguido, erecto, con los colmillos goteando ansiedad y hambre, y en sus ojos brilla una luna que no se atreve a aparecer en el cielo.

–¿Qué haces aquí, gata?

Gata. Ése es, desde luego, un buen nombre para Lucy.

–Lo mismo que tú, perro.

Si el apelativo molesta a Greyback es algo que Fred no sabe. Le ve esbozar una mueca y escupir antes de hablar, pero no es que eso sea diferente en el licántropo.

–Las calles son peligrosas estos días.

–No para un cazador, Greyback. No para un –y hace especial hincapié en ese punto –verdadero cazador.

Greyback sonríe, como si recordara tiempos pasados, y se aleja de la tapia. Fred, que no se fía, sigue aferrado a su varita, mientras nota cómo un sudor frío le recorre la frente. Lucy salta de ella y les mira con fiereza.

–Largo de aquí.

–Oye, Greyback, ¿quién es esta tía y por qué te está dando órdenes? –Pregunta el mortífago, que no entiende nada.

–Estamos en su territorio, Rowle. Nos vamos.

–Pero, ¿qué me estás contando? ¿Su territorio? ¿Desde cuando existe eso de lo territorios? –Respondió Rowle.

–Desde que Londres existe, bonito, desde entonces –. Respondió con una carcajada Lucy. –Desde hace mucho antes de que tú o tu amo nacierais.

–Vámonos, Rowle. –Repite Greyback, y Fred se percata de que a pesar de su ferocidad guarda las distancias con Lucy.

–¿Por qué? Si eres un cobarde es tu problema, pero no me dirás que El Señor Tenebroso...

–El Señor Tenebroso te puso bajo mi mando en el momento en que fallaste al capturar a Potter, ¿recuerdas? Así que en este grupo se hace lo que digo yo porque lo dice el Amo, ¿lo has entendido ya?

El rostro de Rowle se queda lívido y a regañadientes retrocede. Antes de que desaparecer tras la esquina del edificio rojo, echa una ojeada hacia atrás, donde ya no puede ver a Lucy apoyada en la tapia sobre la que Fred sigue en alerta.

Cuando los carroñeros se han ido, Fred se vuelve a la mujer y le pregunta quién es, aunque en su fuero interno no puede para de cuestionarse sobre qué hace exactamente ella.

–Soy quien acaba de salvarte –responde ella con voz metálica, antes de apuntar con la varita a la tapa de una de las alcantarillas y abrir la entrada a las cloacas.

–¿Qué haces?

–¿Vienes?

–¿A la cloacas?

Lucy se echa a reír y en su risa Fred siente miles de cuchillas. Le mira como si no diera crédito a lo que ve, como si ella fuera un producto de su imaginación, como si fuera la señal inequívoca de que se está volviendo loco.

–Cariño, piensas como un muggle. Deberías hacértelo mirar.

–No pienso como un muggle –se molesta él, aunque sabe que es una tontería.

–¿Ah no? ¿Acaso no crees que la magia sólo hace lo que te han enseñado a hacer? ¿Que no hay nada más aparte de lo que ya conoces? Ay, vosotros los magos, qué egocéntricos que sois todos.

–Y tú, ¿qué eres? Aparte de una bruja –. Replica Fred con el rostro tan rojo como su pelo.

–Oh, yo soy algo que no quieres descubrir. Una sombra, querido, sólo soy una sombra.

Se quedan en silencio durante un momento, mientras ella lanza un par de hechizos a la alcantarilla, antes de que le vuelva a mirar de nuevo en una clara invitación:

–Entonces, ¿qué? ¿Vienes?

–¿Adónde?

–Al otro lado de la realidad.

–He quedado.

–Lo sé, y llegas tarde. Muy tarde. ¿Crees que seguirán ahí cuando llegues? ¿Que te seguirán esperando incluso poniendo en peligro sus vidas?

Fred traga saliva. No es el único que esta noche está en peligro, y ahora que Greyback está lejos no puede evitar pensar en aquellos con los que había quedad: Lee Jordan, Remus y Kingsley. ¿Estarán bien? ¿Habrán conseguido llegar? ¿Les habrá pasado algo?

–Tengo que...

–Tienes que atravesar media ciudad hasta llegar allí. Y no puedes aparecer sin más, no vaya a ser que aparezcas en una zona llena de mortífagos, o peor, carroñeros. Tienes que ser sigiloso, imposible de rastrear. Invisible. Te ofrezco este camino. Desde el otro lado de un Londres que nunca has conocido, y que, probablemente, nunca conocerás.

Su sonrisa es ladina y hermosa. Mientras habla, Fred siente que le está robando el alma, y, a la vez, que le engaña. Podría arriesgarse, a fin de cuentas la opción de aparecerse es algo que han acordado entre todos que es mejor no mantener. Antes de convertirse en un prófugo, Kingsley le chivó a la Orden que el Ministerio estaba desarrollando un patrón para detectar las apariciones. Sólo se podía hacer en una determinada área, ya que era el mismo mecanismo que utilizaban para comprobar si los menores hacían magia fuera de Hogwarts; pero Londres es su centro de operaciones y era mejor no arriesgarse. Habría que seguir cada uno con su vida como si no pasara nada, como si no todos los días estuvieran en peligro de muerte.

–¿A cambio de qué? –Pregunta, sin embargo, Fred. Si algo tiene claro es que los desconocidos no regalan cosas de ese valor así como así.

–Oh, ¿a cambio de qué? ¿Qué crees que podrías darme? –Y su sonrisa le atraviesa el cuerpo en un estremecimiento.

–Tengo algo de dinero...

–Oh, no quiero tu dinero. Sé porqué hago estas cosas, pero vamos, vamos, no es inteligente hablar aquí. –Lucy junta los pies y dobla las rodillas como si se prepara a saltar a la piscina –. La niebla tiene oídos y ojos. A veces, hasta trae muertos que caminan...

Los inferi, piensa Fred. Los inferi y los dementores que han convertido a Londres en una pesadilla. De repente, Lucy salta a la alcantarilla y aunque Fred agudiza el oído no escucha nada. No hay golpe, sólo silencio, y de repente, la idea de que esté ante un hechizo parecido al de King Cross se abre paso en su mente.

Se acerca a la punta de la alcantarilla y pega una pierna con otra. Flexiona las rodillas, y de pronto, se encuentra dudando sobre si es o no buena idea, o si en realidad se pegará el castañazo de su vida. "Pareces un muggle", recuerda que ella le ha dicho, y Fred sacude la cabeza porque no puede tener más razón. ¿Por qué duda sobre si hay magia más allá de lo que él siempre ha conocido? Cierra los ojos y deja la mente en blanco: que sea lo que Merlín quiera. Salta y aterriza sobre un mullido colchón elástico del que se resbala hasta caer por un tobogán. Al final aterriza en un túnel enorme y oscuro, del que sólo puede ver las antorchas que lo iluminan cada ciertos metros.

Busca con la mirada a Lucy pero no ve a nadie. Falto de vista, centra toda su atención en el oído, deseando dar con alguna pista que le diga hacia dónde dirigirse. Distingue unos ruidos leves y secos al fondo y se encamina hacia allí. A medida que avanza, la luz y el sonido llenan sus sentidos, hasta casi embotarlos. Un chirriar constante suena de fondo, y se mezcla con el retumbar de lo que parece una maza, chillidos de idiomas que desconoce, y golpes sordos. El aire también está cargado de olores: de sudor, sangre, algo quemado, y una mezcla de aromas entre los que sólo sabe distinguir canela, pólvora y vainilla. Sus pupilas van achicándose según se aproxima al origen de todo, pero de pronto el suelo se transforma en escalones y se encuentra tanteándolos con cuidado para descender.

Cuando deja atrás la escalera, una imagen conocida le asalta. Aunque tiene evidentes diferencias con King Cross, Fred Weasley se encuentra ahora mismo en una estación de tren. En una estación subterránea, en lo que Hermione llama el metro. Pero este sitio es distinto por razones obvias. Aquí la única locomotora que hay, está parada, y tiene pinta de no haberse movido en mucho tiempo. No recoge viajeros, sino que acoge habitantes. Fred recorre con la mirada las vías, donde distingue un par de vagones y figuras que suben y bajan de ellos como si vivieran allí. Entre las ruedas de los mamotretos, Fred ve con asombro la silueta de varios niños moviéndose con agilidad allí, por lo que sospecha que alguien ha agrandado el espacio bajo la vagones para que se pueda mover una persona sin miedo a morir aplastada. Sobre los tejados de sus improvisadas casas también echan carrera otros chiquillos, seguidos por gritos de ¡al ladrón! ¡Vergüenza! ¡Os pillaré! ¡Hijos de Belcebú!

Tan absorto está en el nuevo universo que se acaba de descubrir ante él que no ve cómo una carromato se choca con él y su carga se tambalea. El mago que lo llevaba se apresura a ponerlo todo de nuevo, mas cuando Fred intenta ayudarle, le da un par de manotazos.

–Quita, quita, joven. Esto no es para ti.

El estruendo atrae a un par de curiosos quei le quitan la manta al bulto, y descubren el cuerpo sin vida de una muchacha que, si bien pudo ser alguna vez hermosa, su rostro está demacrado e irreconocible. Alguien se tapa la boca, otro le da un codazo, y otro par se apresuran a tapar de nuevo el cadáver.

–¿Y ésta?

– La de los Syles, del otro lado del canal.

–¿Qué fue?

–Uno de los suyos. De su antigua manada.

–Fue uno de ellos, ¿verdad? –Apostilla un joven de ojos claros y mandíbula afilada. – De los bienaventurados, los del colegio de...

–Calla, chico, no hables más de la cuenta, y déjame pasar–. Le espeta el hombre, que con un además de varita vuelve a poner en funcionamiento el carro.

Fred, acobardado por la situación, retrocede casi sin darse cuenta hacia la escalera por la que ha venido. Temeroso hasta de su propia respiración trata de tranquilizarse cuando nota que pisa algo resbaladizo.

– Jovencillo –escucha una voz ajada por la edad a su espalda –, ¿vienes a buscar tu fortuna?

Fred se sobresalta y se gira hacia su derecha, donde un amasijo de pelos blanquecinos, telas superpuestas, y dos ojos tan negros como profundos, lo miran como si fuera comestible.

–Déjame ver tu mano, joven, déjame verla –. Le susurra la vieja, y antes de que Fred pueda decir esta boca es mía, su mano ya está entre las suyas. La piel de la mujer es tan áspera, llena de heridas y ampollas reventadas con saña, que deja en las suyas un rastro de caricias que le hacen daño. –Vaya, vaya, vaya. ¡Qué tenemos aquí! –Murmura mientras recorre con su dedo anular las líneas dibujadas en la palma de la mano de Fred.

De repente, sin previo aviso, la mujer fuerza los dedos de Fred para que estos se cierren en un puño. Los aprieta bajo los suyos y éste se sorprende que alguien tan mayor tenga tanta fuerza. Asustado, retrocede y tratar de librarse de ella. Forcejean hasta que ella le suelta, y se ríe, divertida por un chiste que él desconoce.

–Capaz, ¿eh? Capaces de grandes proezas y mortales accidentes. –La risa se queda atascada en la garganta de la mujer, y como si peleara con mucha fuerza para salir de allí sacude el decrépito cuerpo en un temblor que asusta aún más a Fred. –¿Por qué crees que te ha traído ella aquí? ¿Por qué? Para que no vuelvas jamás. Jamás. Jamás. Jajajajaja. –La voz se le contrae en una carcajada, y Fred da la vuelta, dispuesto a alejarse lo máximo de ella.

Pero al doblar la esquina y adentrarse en el largo túnel que ha avistado desde la escalera, se da de morros con su benefactora. La ojos de Lucy están tan fijos en su dirección que tarda un momento en darse cuenta que no es a él, sino a la vieja, a quien dirige su mirada. Ve cómo la joven animago enseña los colmillos en una mueca que no tiene nada de amistosa, antes de percatarse de que él está a su lado.

–Date prisa. No tenemos todo el día. –Le espeta, y echa a andar.

Fred apresura el paso para seguirla. Ella no dice nada mientras dejan atrás lo que a Fred le parece una maravilla. Un mundo entero encerrado en un túnel, en una cueva de los milagros. En ese momento empieza a entender cómo se sintieron Harry y Hermione cuando aterrizaron en el Callejón Diagón. A su alrededor, los hombres y las mujeres se mezclan y se intercambian objetos que Fred apenas puede distinguir. En un puesto, la voz de una mujer cuya cara está tapada con una capucha vende a gritos pócimas e ingredientes cuyos nombres Fred no reconoce. Más adelante, entre dos vagones, lo que parece un enano narigudo, cojo y bizco expone su mercancía de una serie de huevos de distintos tamaños y colores, en una mesa cubierta con un mantel de terciopelo que flota detrás de él.

–Crías de todas las especies. Acromántulas, dragones, teasthrals. –Vocifera hacia la muchedumbre.

Cuando Lucy se para para dejar paso a un viejo gruñón que empuja una carretilla llena de jaulas vacías, Fred le comenta que el enano es un mentiroso. Que los teasthrals son mamíferos, y por lo tanto no pueden nacer de huevos. Pero en ese momento, se da cuenta de otra cosa más importante.

–Dragones... ¿Es esto el mercado negro?

Lucy ni siquiera se gira al asentir. Sin embargo, cuando ya han dejado el grueso de la multitud atrás, le permite ir a su altura.

–Esto es mucho más que el mercado negro.

–¿Cómo qué? Quiero decir, ¿qué puedes encontrar aquí?

–Todo. Desde huevos de dragón hasta maldiciones imperdonables que se venden al por mayor. Puedes usar el trueque para vender tu alma y pagar el asesinato de tu peor enemigo. E incluso de tu mejor amigo.

–Suena a Magia Negra...

Lucy suelta una risa entre los dientes que pretende ser sarcástica y fría, pero que a Fred le recuerda a la amargura.

–Sabrás tú lo que es la Magia Negra...

–Sé quién es el Señor Tenebroso, y todo lo que es capaz.

–No tienes ni idea, zanahorio, ni el mayor asomo de duda. Voldemort no es más que un niño lleno de ambición e ignorancia. Tu Señor Tenebroso es el delirio de un loco, de un don Nadie. Desprecia todo lo que no sabe y se cree invencible.

Fred no sabe exactamente porqué pero ese discurso le recuerda a Dumbledore, y en ese momento le echa tanto en falta, su figura, su símbolo de resistencia que se calla ante las palabras de Lucy. Ésta, percatándose del silencio de Fred, se para y apoya su mano en su hombro:

–Terminará pronto esta guerra...

Esta vez el que ríe con sorna es Fred, pues no se cree ni una palabra aunque daría todo lo que tiene porque fuera cierto ese presagio. Y precisamente por ello no puede oír el final de la frase.

–Pero tú no lo verás.

Se sumen los dos en un silencio incómodo, repleto de sonidos ajenos a ellos. Fred no puede dejar de extrañarse por el caminar de Lucy, que le da a entender que, aunque ese universo paralelo sea su mundo, lleva sobre sus hombros algo demasiado pesado. La mirada de Lucy, en cambio, es indescifrable. Anda como si fuera de camino al patíbulo, y la condenada a muerte fuera ella, y no Fred que en cuanto salga al exterior, va a vivir de nuevo con el peligro que suponen los mortífagos. Menos mal que una vez llegue a su destino y terminen la reunión, podrá aparecerse en la Madriguera, allí donde no pueden detenerle.

Lo que sí le para en ese momento es un gruesa mano llena de unos anillos que parecen sacados de Borgin y Burkes. El hombretón que espera encontrarse al otro lado del brazo le deja patidifuso, y lo peor es que su sorpresa se refleja en su cara, algo que no parece gustarle lo más mínimo a su guardián. El tipo parece el protagonista de una escena circense de la casa del terror. Mitad hombre, mitad elefante, su nariz cae hasta la altura de su pecho, y una de sus orejas ha desaparecido.

–¿Qué hace aquí un pelirrojo? –Por la pregunta, Fred se da cuenta que no le está hablando a él, sino a Lucy.

–Aparecerse sin repartir sus miembros por ahí –. Le replica con burla.

–Claro, por eso está aquí. Porque puede aparecerse –. Le contesta muy serio el hombre elefante.

–Olvídate de tu obsesión con los pelirrojos y déjanos pasar –.

–¿Por qué? ¿Piensas que puedes hacer siempre lo que te dé la gana?

–Y ¿qué se supone que he de hacer? ¿Obedecerte a ti? Sí, mamá, sí, papá, ¿te sirve?

–No me faltes al respeto. Soy el Guardián.

–Pues empieza a guardar, en lugar de golfear por ahí. Hay quien dice que le echas más el guante a lo que hay bajo la mesa que a lo que se cuela entre las sombras de nuestras puertas.

–¿Me estás diciendo que no hago bien mi trabajo? Ven, que te voy a demostrar qué genial lo hago. –Hace un además para acercarse más a Fred, pero algo se interpone en medio.

–Jovencillo, mejor harías en buscar el peligro en otro lado. Éste no es tuyo.

Fred reconoce entonces a la adivina que se ha cruzado en la escalera. No quiere mirar a su alrededor, pero intuye que la escena está atrayendo a más de un par de mirones. Lo curioso es que en lugar de pensar en el problema que puede acarrearle eso, sólo se acuerda de que el reloj sigue avanzando y que aunque aún falta un rato, llegar tarde puede resultar un asunto de vida o muerte.

–Yo elijo mis peligros y mis víctimas, vieja.

–Éste, no.

–Hazle caso, tío, ya sabes quién manda aquí –. Una voz se alza entre el corro de ojos que les rodean.

–Sí, no es buena idea llevarle la contraria.

Y cuando parece que el Guardián va a ceder y la muchedumbre a deshacerse, Fred ve aparecer en el grupo a ese mismo joven que se ha encarado con el sepulturero.

–Es uno de ellos, fijo. ¿Qué hace aquí? –Se vuelve hacia Lucy y clava en ella su mirada furiosa. – ¿No te han dicho que no hay que traerlos aquí? ¿Que esto es secreto?

– Sé cómo funciona desde que antes de que tus padres pensaran en tenerte, chato.

– ¿Entonces?

– Entonces.

– Deberíamos dárselo a él. –Como nadie dice nada, el muchacho, que Fred calcula que no será mayor que él, continua. –Nos recompensará bien, y así aprenderán a no cruzarse en nuestro camino.

Fred puede ver en los ojos de algunos de sus espectadores cómo desean entregarlo a quien, supone, no es otro que Quien-tú-sabes, pero nadie mueve un músculo.

–Eres de Hogwarts, ¿verdad? –Pregunta anónimamente uno de ellos.

Fred asiente y en ese momento escucha la canción que le dedican:

Hogwarts, Hogwarts, Hogwarts,

enséñanos algo, por favor.

Aunque seamos viejos y calvos

o jóvenes arrogantes

enséñanos algo para aparentar

para construir nuestras mentiras.

Enséñanos un poco de humildad

y a ver más allá de nuestras narices...

Es una versión distinta y burlona de la que cantan cada año, durante la Ceremonia de Selección. Probablemente, lo que los chiquillos quieren es despreciar el castillo y su magia, pero la única reacción que consiguen en Fred es que a éste se le encoja el corazón al echar de menos lo que durante tantos años fue su segundo hogar.

–¿Veis? Es uno de ellos, y está aquí para espíar.

–Chico, no volverá, así que olvídate de él. –Le espeta Lucy que parece estar empezando a perder la paciencia.

–Y tú, ¿qué sabes? ¿Eres adivina?

–Lo digo yo y punto –. Añade la vieja, y saca la varita.

–Guou, vieja. Cuidado, que si quieres pelea, la tendrás.

–Chico. –Habla entonces el Guardián. –Vete.

–Pero... Venga, hombre. No vas a dejar que se salga con la suya. ¿Qué clase de Guardián eres tú?

–¡Alguien que sabe cuál es su lugar! –Grita uno de los espectadores y el resto estalla en carcajadas.

–Yo sé cuál es mi lugar. –Responde furioso el muchacho. –¿Lo sabéis vosotros?

–¡Sólo eres un perrito faldero! –Salta otra voz, coreada por otras que añaden cosas parecidas.

Fred puede ver la furia en los ojos del joven. La rabia, la desesperación por algo que no acaba de entender. El fervor por demostrar algo a los de más que desprende su cuerpo le recuerdan a un Sirius que lo único que ansiaba era luchar, y no veía más allá de esa misión. Como si no le afectara en nada, se pregunta si el chico acabará igual. Mas entre sus cabilaciones, sólo escucha el susurro de Lucy instándole a que sigan.

Tiempo después, cuando ya han perdido de vista a los demás, se atreve a preguntar, de manera algo abrupta, lo que le preocupa.

–¿Por qué me ayudas? Precisamente, estando Quien-Tú-Sabes en el poder, todo se vuelve más ilegal y el mercado negro funciona mejor.

El tiempo que tarda Lucy en contestar es tal que cuando lo hace Fred casi se ha olvidado de porqué le ha preguntado eso.

–Para que haya sombras tiene que haber luz.

Por el gesto que le hace ella, Fred supone que ya han llegado a su destino. Sin embargo, no puede irse así como así. Después de lo que acaba de ver, sólo tiene preguntas, no está seguro que allá arriba pueda contestarle alguien sobre ellas.

–Pero cuando haya luz... Pueden bajar y desmantelar todo esto –. Fred mueve las manos tratando de abarcar todo lo que hay alrededor.

–No lo harán. Esto es otro mundo, Weasley. Para ellos, esto no es real. No más que el dinero de los lepreuchang.

–¿Me estás diciendo que esto es un sueño? ¿Que me estoy volviendo loco? ¿Es eso?

–No. Te estoy diciendo que no lo verán porque nunca han querido verlo. ¿Crees que sólo hay pobres, desahuciados y mendigos entre los muggles? ¿Crees que nosotros, por ser magos, estamos libres de ser unos hijos de puta con nuestros iguales?

–Pero Hogwarts... –Balbucea Fred sin saber qué pensar. Quiere decirle que Hogwarts nunca ha hecho distinciones entre ricos y pobres, que algunos profesores y alumnos sí, pero Dumbledore, no.

–¿Hogwarts? Hogwarts es sólo para unos pocos. ¿De verdad creéis que somos tan pocos magos en todo Reino Unido? No, ¿verdad? Nunca te has parado a pensar que había otros, mucho más pobres que tú, más desgraciados. Weasley, puedes decirme lo que quieras sobre vuestras arcas en Gringotts; tu apellido se encuentra en la lista de una de las familias de sangre pura de este país. Algunos no tenemos ni eso, no estamos en ningún registro ministerial ni nada. Nacemos, heredamos o robamos varitas, o en algunos casos tenemos suerte y aquí abajo llega algo, y nos educamos nosotros mismos. La primera vez que empuñé una varita tenía siete años y ya sabía pronunciar bien todos los hechizos que mi padre conocía. Nunca pisé Hogwarts, y nadie de aquí lo hará. Porque no quieren vernos y no lo harán.

–Suena como si tuvierais un motivo de venganza contra el sistema... ¿No es más razón entonces para apuntarse a las filas de Quién-Tú-Sabes? –El discurso le había dejado helado, pero Fred no se rinde.

–Algunos se dejaron engañar, como Greyback y otros cazadores. Aquí les tenemos muy a raya. La comunidad tiene sus normas: puedes envenenar o cortarle la cabeza a sangre fría a una persona a vista de todos, pero no puedes morder a nadie. Pero arriba, ese Señor vuestro les deja hacer lo que quieran... En teoría. No soy idiota. La libertad que vende vuestro Señor es falsa e hipócrita. Quiere siervos y los que estamos aquí no tendremos nada, pero mantenemos nuestra libertad.

La última frase denotaba la rabia y la fuerza que, Fred sospecha, necesita esa gente para sobrevivir cada día. Para robarle amaneceres que nunca ven a cada noche, en un lugar donde la única luna que ilumina sus horas es la de ese cielo encantado que comparte con Hogwarts.

–Es aquí –. Señala Lucy a su derecha, en un hueco en el que reconoce unas escaleras idénticas a las que le han conducido hasta allí. Hasta ese túnel de techos abovedados y adornos geométricos en las paredes. –Vete.

Fred se encamina hacia allí, mientras piensa en todo lo que le tiene que decir a su acompañante. Gracias, por todo. Por salvarme, por enseñarme esto, por hacerme entender... Pero cuando se gira, no es capaz de encontrarla entre toda la gente que camina a su alrededor. Aunque han dejado unos cuantos puestos de mercancías peligrosas y prohibidas por el Ministerio, más adelante hay muchas otras. Quizás en otro momento, con otras compañías, Fred se atrevería a ir, pero ése no es el apropiado. Así que respira hondo, traga saliva, y se dispone a subir las escaleras. A ascender a una realidad que le resulta infinitamente menos acogedora que ese rincón del infierno que está dejando atrás.

Quizás sea la adrenalina de haber sobrevivido a su última aventura, o el sentirse como un colonizador descubriendo un mundo hasta ese momento desconocido para gran parte de la comunidad mágica, lo que le lleva a sentirse más cómodo según sube los escalones. Más seguro de sí mismo, más lleno de vida, de ansías por conquistar cada día sin miedo a dejar que nadie, ni siquiera el mismísimo Lord Voldemort se lo arrebate.

Pues esa guerra, a la que una parte de sí mismo le dice que no sobrevivirá, consiste en dar de sí en cada batalla. Y hoy, esta noche, le toca la librar la suya, la que espera que le sirva a los suyos para darles cierta esperanza, y para tranquilizar a ese cabeza loca que es su hermano pequeño con que todos están bien. Además, se lo debe. A él, a Harry y a Hermione, porque, allá donde se hayan perdido está seguro que están tratando de salvar el mundo que conocen. Al menos, el que los cuatro conocen bien.

Así que, con el encantamiento en la punta de los labios se dispone a entrar en el nuevo escondite de los miembros de Pottervigilancia. e