29- Enajenación

Yacía en el suelo, pálido, casi sin vida, con una pierna doblada bajo el cuerpo y la otra extendida, empapada de sangre que continuaba fluyendo. Aún sufría las atroces punzadas del mordisco, y el shock debía estar provocándole ligeros ramalazos de enajenación, porque sintió un repentino barullo que se filtraba a través de la bruma de su cerebro, e incluso le pareció captar fragmentos de las frases que sonaban más cerca. Puso los ojos en blanco, cerro los párpados, y su respiración se fue ralentizando, hasta cesar.

En nombre de Dios, ¿qué ha pasado aquí?

¡Rápido, cógelo por las piernas! ¡Con cuidado!

¡Sherlock, háblame!