N/A. ¡HOLA! Para los que no lo sepáis porque no pudisteis leerlo en Facebook, he estado de exámenes un fin de semana y enferma (pero enferma enferma) otro, así que no he podido actualizar hasta ahora. Iba a hacerlo ayer, pero seré sincera: me dormí sobre el teclado xD No obstante, ¡AQUÍ ESTÁ EL CAPÍTULO! Y recordad: este es el último. El sábado que viene subiré el epílogo (el cual os recomiendo muy mucho leer porque tiene cosas súper chachis, dado que tiene lugar varios meses después), pero la historia como tal termina aquí.
Dato importante: no tiene la misma estructura que otros capítulos. Hay siete escenas: tres recuerdos del pasado sin ninguna conexión entre sí ni con la trama actual que van intercalados con cuatro del "presente".
Nos vemos en la nota de autor. Ahora, os dejo con el final del fic.
Espero que lo disfrutéis, aunque sea un poco. Fin de la N/A.
Lunes
Draco se sentó en el borde de su cama y miró al suelo con aire ausente y los dedos de las manos entrelazados. Frente a él, sobre la cara alfombra gris, aguardaba una maleta de madera oscura a la que había realizado un encantamiento de extensión indetectable. Había sido algo rutinario y totalmente innecesario, pues la maleta seguía prácticamente vacía. Draco solo había metido ropa de muda, un par de zapatos extra y, en un ataque de nostalgia infantil, un libro de cuentos que su madre solía leerle cuando era pequeño.
Ahí estaba todo. Lo único que iba a necesitar en los próximos cinco años. Él, el heredero de una inmensa fortuna, poseedor de uno de los apellidos más conocidos del Reino Unido, había reducido su vida entera a una estúpida maleta a medio llenar.
Miró en derredor, buscando algo más en su habitación que mereciera la pena llevarse con él. Sentía un nudo extraño en la garganta y algo denso como barro atorándole las vías respiratorias, así que había decidido recoger sus cosas y prepararlo todo para tener algo que hacer, algo con lo que distraerse, algo que le permitiera tener las manos ocupadas y disimular así el temblor que no abandonaba sus dedos un solo segundo.
En su habitación había muchas cosas. Un gigantesco armario de caoba lleno de los trajes, túnicas, camisas y pantalones más caros y exclusivos del país; una cómoda inmensa con pomos de plata en cada cajón; un espejo impoluto con incrustaciones de esmeraldas en el marco; tres escobas que en su día habían sido el último grito cuidadosamente colocadas en sus respectivos soportes en la pared y una estantería repleta de tonterías varias: snitches doradas que había robado en Hogwarts en los partidos que había ganado, fotografías mágicas con sus padres en las que aparecía serio e imponente, una colección de piedras con propiedades mágicas que había reunido de pequeño, un puñado de figuritas de jugadores de quidditch famosos que El Profeta había dado como regalo promocional en cada edición hacía un par de años… Y, aun así, la maleta seguía prácticamente vacía.
Draco se puso en pie y se acercó a la estantería. La fotografía más antigua y la más reciente estaban la una junto a la otra, así que era fácil compararlas. La segunda había sido tomada en las últimas Navidades que había pasado con sus padres. Los tres vestían de riguroso negro y, aunque su aspecto era impecable, en sus rostros pálidos y el vacío opaco de sus miradas se leía el dolor, el miedo, el desgaste. Narcissa tenía una mano sobre el hombro de Draco, mientras que Lucius se erguía muy ligeramente apartado de ellos, mirando a la cámara con la barbilla alzada y el largo pelo rubio echado hacia atrás.
Draco cogió la fotografía y la puso bocabajo, ignorando las protestas de sus integrantes. Se centró entonces en la otra imagen. Había sido tomada muchos años atrás; calculaba que en ella tendría unos cuatro o cinco años. Narcissa lo tenía cogido en brazos y sonreía. Era verdaderamente hermosa, con sus ojos azules y esos dedos largos y finos. Lucius, por su parte, los abrazaba a ambos desde detrás, cuidadosa y elegantemente. Protegiéndolos. Queriéndolos. Él también sonreía, con el pelo algo más corto y recogido bajo la nuca. La diminuta versión de Draco mostraba a la cámara sus dientecillos pequeños e irregulares y sus grandes ojos grises, feliz de estar entre sus padres.
Draco dudó un instante.
Después, tomó la fotografía y la metió en la maleta, envolviéndola con mimo en su mejor camisa y colocándola bajo el libro de cuentos de su madre.
Y, ahora sí, se había terminado.
No había una sola cosa más que Draco quisiera llevarse consigo.
Cerró la maleta con tirones violentos y se sentó en el suelo, clavando la mirada en los dibujos de la madera de su mesita de noche.
No supo cuánto tiempo estuvo así, callado, inmóvil, sin pensar en nada, solo existiendo, pero pasado un rato alguien llamó a la puerta.
Y su padre apareció bajo el umbral.
Draco balanceaba sus diminutas piernecitas desde la mesa en la que estaba sentado. Sostenía una gran taza de chocolate humeante entre las manos y soplaba para que se enfriara más rápido mientras su madre colocaba sobre la chimenea los nuevos jarrones que acababan de llegar de Perú.
—Madre.
—¿Sí, Draco?
—¿Tú quieres a padre?
Narcissa se detuvo para volverse hacia él, pestañeando con sorpresa.
—¿Por qué dices eso, hijo?
El pequeño Draco se encogió de hombros, concentrando la mirada en el espeso chocolate y frunciendo el ceño.
—Daphne dice que su madre se casó con su padre porque sus abuelos le mandaron, pero que no lo quiere. —Se detuvo un instante, acercándose la taza a los labios para probar, pero la retiró en seguida en cuanto comprobó que el chocolate seguía demasiado caliente. Se relamió para limpiarse torpemente y volvió a mirar a su madre—. ¿Tú quieres a papá?
Narcissa suspiró y dejó el jarrón blanco que sostenía sobre la repisa de la chimenea.
—Claro que sí, Draco, no digas tonterías. ¿Cómo no iba a hacerlo? Yo me casé con tu padre porque lo quería. Nadie me obligó. —Narcissa vaciló un segundo, sintiéndose atravesada por los grandes e inocentes ojos de su hijo, y finalmente expiró despacio—. Es cierto que en familias como la nuestra es importante que elijamos bien a nuestras futuras parejas. No podemos casarnos con cualquiera, ¿entiendes eso? Se perdería nuestro poder, nuestras riquezas, la calidad de nuestra magia, la pureza de nuestra sangre… Pero que no podamos casarnos con el primero que pase no quiere decir que no podamos elegir.
—Entonces, ¿yo podré elegir con quién me casaré cuando sea grande?
Narcissa sonrió, desenvolviendo otro jarrón blanco y alargado.
—Claro que sí, cielo. Y no me cabe la menor duda de que sabrás elegir bien al amor de tu vida.
—¿Draco? —La voz de su padre sonaba demasiado fría como para ser sinceramente indiferente. Draco alzó la vista y lo miró sin responder. Lucius parecía más roto y deshecho incluso que en la fotografía que Draco había volteado—. Draco, tus amigos están aquí. Han venido a… a acompañarte.
Él cabeceó y se puso en pie despacio, cogiendo su maleta y su capa. Después sorteó a su padre y salió de la habitación, pero no se había alejado ni un metro cuando su voz lo detuvo de nuevo.
—Draco…
Giró la cabeza y lo miró. Lucius estaba ahí, pegado al dintel de la puerta. Tan desmejorado que solo el gris de sus ojos gastados delataban al Malfoy que una vez había habido en él. Por lo demás, el rojo de la esclerótica y el tono arrastrado de sus palabras daban a entender que había estado bebiendo otra vez.
Draco dejó que su mirada se deslizara más allá de su padre, hacia su habitación. La cama hecha, la mesita de noche desierta, las cortinas corridas. Vacía, vacía y triste. Y su padre ahí, en la puerta, aferrándose a la empuñadura de su bastón con dedos temblorosos y la barbilla tan alzada como siempre.
De pronto, Draco se sintió diminuto y perdido, ahí en medio del pasillo, con su ligerísima maleta y su capa de viaje. El estupor que lo había aislado del mundo en los últimos días se evaporó de golpe, y Draco se vio invadido por todo el miedo y todo el dolor que no habían estado donde deberían estar desde que su sentencia fue firmada.
Fue estúpido; posiblemente, incluso patético. Pero Draco soltó la maleta, retrocedió el metro escaso que lo separaba de su padre y lo abrazó con fuerza.
Lucius se quedó paralizado un instante antes de dejar caer su bastón y devolverle el abrazo a su hijo. Draco se dio cuenta de que, definitivamente, él era más alto, y también de que su padre estaba demasiado delgado bajo la cara y elegante ropa oscura.
Fue un instante que podría haber durado para siempre, pero que, como todos, se acabó.
Padre e hijo se separaron y se miraron a los ojos.
Lucius colocó una mano sobre el hombro de Draco con más serenidad y decisión que nunca.
—Buena suerte, hijo. Estoy orgulloso de ti —declaró. Draco se estremeció, asintió quedamente y se apresuró a retroceder junto a su maleta para después marcharse a toda velocidad antes de que sus sentimientos le traicionaran y le hicieran parecer débil.
Bajó casi corriendo los escalones de Malfoy Manor y, en el recibidor, se encontró con los rostros ojerosos y preocupados de sus amigos.
Solo entonces, Draco reparó en que aquella había sido la primera vez que su padre le había dicho que estaba orgulloso de él.
—¿No vas a contarnos nada del colegio, hijo?
Draco bajó la pluma y olvidó momentáneamente su redacción de Pociones para mirar a su madre.
—¿Como qué? No hay nada interesante que contar. Tan lleno de incompetentes como siempre.
Narcissa sonrió y se acercó a la mesa en la que estaba sentado Draco, colocando una mano sobre su cabeza.
—¿Incompetentes?
—Sí —bufó Draco, dejando la pluma sobre la mesa y girándose por completo hacia ella; se notaba que le alegraba tener una oportunidad de abandonar sus deberes navideños para quejarse de lo mal que iba todo en el colegio a su parecer—. Ese tarado de Dumbledore ha cogido al mago más inútil de toda Europa para que nos dé Defensa Contra las Artes Oscuras.
—Oh, sí, recuerdo que nos contaste algo de eso en una de tus primeras cartas, pero no llegaste a entrar en detalles. ¿Quién es ese mago?
—Remus Lupin. Un idiota enfermizo y debilucho que nos trata como si fuésemos unos críos. Él mismo es patético e infantil a más no poder.
Narcissa enarcó las cejas. Conocía a Lupin, claro que sí. Habían coincidido un par de años en Hogwarts, aunque por aquel entonces apenas había prestado atención a ese niño de Gryffindor que se pasaba los días en la biblioteca. Por lo que sabía, sin embargo, Lupin había demostrado ser un mago de extraordinaria inteligencia y singular poder.
—A Potter le encanta, por supuesto —escupía Draco en ese momento, frunciendo el ceño con ese mal humor que era inherente a él—. Y a Granger, cómo no. Se pasa el día defendiéndolo y haciendo preguntas estúpidas a todas horas en sus clases. Como si eso pudiera suplir el hecho de que es una horrible sangre sucia sin futuro.
Narcissa parpadeó, sorprendida por el brusco cambio de tema.
—¿Granger? ¿No es esa la amiga de Potter? ¿La niña que saca Extraordinarios en todas las asignaturas?
Narcissa tuvo que contener una sonrisa al ver a Draco hundirse ligeramente en la silla. Sus cejas formaban una línea recta que casi escondía sus ojos.
—Sí —masculló con desagrado, como si la palabra se hubiera atascado en su garganta—. Como para no sacar buenas notas, teniendo en cuenta que se pasa el día encerrada en la biblioteca como un ratón asustado.
—He oído decir que es una muy buena bruja —comentó su madre con falso aire inocente. Draco hizo una mueca de dolor.
—Es una sangre sucia sin talento —declaró. De pronto, Draco pareció haber perdido todo interés en hablar del colegio, porque se giró de nuevo hacia sus deberes y retomó la redacción de Pociones apretando la pluma con fuerza. Narcissa suspiró, sintiendo una duda terrible y preocupante creciendo en su interior. Dio media vuelta para marcharse, pero antes de llegar al pasillo le llegó la voz de Draco ahogada en un murmullo rabioso—. Seguro que será una loca frustrada y olvidada en unos años. Y se casará con ese imbécil de Weasley, con ese pobretón fracasado. Seguro que sí.
Narcissa miró una última vez a su hijo, entregado pasional y violentamente a sus deberes y a sus demonios internos, antes de cerrar despacio la puerta de su habitación.
Pansy era la única que estaba sentada en el suelo, aunque se puso en pie rápidamente con una mano sobre su vientre abultado en cuanto vio aparecer a Draco. Los demás se giraron hacia él buscando cualquier indicio de derrumbe próximo para correr a su lado de ser necesario.
Daphne estaba despeinada, igual que Theo, que lucía unas ojeras terribles. Blaise, por su parte, tenía un ojo morado, resultado del puñetazo que le había propinado un auror el día de la vista cuando había intentado llegar hasta Draco a base de insultos y patadas. Pansy había tratado de curárselo con magia, pero Blaise se había negado.
Draco miró a sus amigos y sintió que todo el valor que había reunido en el piso de arriba se desprendía de él y caía rodando escaleras abajo, repiqueteando como canicas de cristal.
Y entonces, Daphne llegó junto a él y lo abrazó con fuerza.
—Vamos a hacer todo lo que podamos por que acorten la sentencia —le susurró al oído. Draco la apretó contra sí, pero no dijo nada. No podía. Sentía que, si abría la boca, se rompería. Y su determinación a conservar sus últimos vestigios de dignidad era lo único que lo mantenía en pie en ese momento.
En seguida se vio rodeado por el resto de sus amigos, que le palmeaban la espalda y se turnaban para abrazarlo. Draco quería zafarse, apartarse de ellos y decirles que se dejaran de mariconadas, que estaba perfectamente. Pero no era capaz. Quería sentirlos a su lado. Aunque fuera infantil, patético y egoísta: deseaba saber que sus amigos seguían con él.
Así que se dejó reconfortar por sus apretones y sus palabras de consuelo, pese a que fuera perfectamente consciente de que aquel era un bálsamo con fecha de caducidad. Blaise le cogió la maleta y Draco no tuvo fuerzas para protestar. Con la sensación de que flotaba en algo tibio y vivo, se dejó guiar por sus amigos, que lo acompañaron fuera.
No se desaparecieron. Fueron a pie, caminando juntos, recorriendo las calles de Londres en grupo por última vez. Draco se dio cuenta de que ellos se esforzaban por hacer como que no pasaba nada. Blaise le señalaba a todas las mujeres atractivas con las que se cruzaban con comentarios obscenos, Pansy y Daphne lo arrastraron hasta un escaparate en el que se exhibía la última Saeta del mercado y Theo se enfrascó con él en una acalorada discusión sobre pociones. Era un juego absurdo, aquel de fingir que ese era solo uno de sus paseos habituales, pero Draco se entregó a él en cuerpo y alma; quería disfrutar de sus amigos una vez más.
No entraron en la calle del IMEM por el Callejón Diagón, sino por una callejuela estrecha que los llevó al otro lado. Ahí, frente al muro blanco que cercaba el jardín del Instituto, esperaba Granger.
Los amigos de Draco se detuvieron.
Había llegado la hora de despedirse.
Daphne fue la primera en adelantarse y abrazar de nuevo a Draco.
—Te queremos —le dijo. Él cerró los ojos y hundió el rostro en el cabello áurico de la bruja—. Te querremos siempre. Y no vamos a rendirnos.
Draco asintió quedamente. Tan pronto como Daphne se hubo separado, Theo ocupó su lugar. Draco no estaba acostumbrado a compartir abrazos con sus amigos, y menos aún con él, pero Nott no parecía ni remotamente preocupado por eso. Lo apretó con fuerza y, cuando se apartó, Draco se perdió un instante en sus inteligentes ojos azules.
—Daphne tiene razón —le dijo—. Pase lo que pase, Draco, seguiremos buscando la forma de sacarte de ahí. No te des por vencido. Ambos sabemos que vales más que eso. No les dejes derrotarte.
Theo no pudo seguir hablando, porque Pansy lo apartó de un empujón antes de abalanzarse sobre Draco. Él la miró, repentinamente consciente de algo.
—No conoceré a tu hijo —murmuró—. No lo veré crecer.
Pansy sonrió, haciéndose la dura. El efecto se veía estropeado por las lágrimas que recorrían sus mejillas.
—Le hablaremos de ti. Haremos que te llame tito Draco para que te saque de tus casillas desde el mismísimo día que seas libre. Y, si nos dejan, lo traeremos a verte en cuanto nazca.
—Y si no nos dejan también —gruñó Blaise. Draco se volvió hacia él. Su mejor amigo se había quedado algo apartado, con las manos en los bolsillos, la mirada clavada en los adoquines del suelo y la maleta a sus pies.
Parecía un niño enfadado, pero en realidad era un hombre dolido.
—Pórtate bien en mi ausencia, ¿eh? —dijo Draco en un mal intento de broma. Su propia voz le sonaba extraña, como si no le perteneciera. Blaise alzó la mirada y le tendió una mano que Draco cogió con firmeza.
—No prometo nada —respondió Zabini, tratando de sonreír sin mucho éxito. Todo cuanto consiguió fue una mueca efímera.
Hubo un brevísimo silencio.
Y después, Blaise tiró de Draco hacia sí y lo abrazó con tanta fuerza que Malfoy sintió sus costillas crujir.
—Te voy a echar de menos, tío, de verdad que sí —le dijo Blaise, apretando los ojos para no llorar. Le temblaba la voz como a un crío—. Aplastaré a esos hijos de puta por hacerte esto. Te lo prometo. Y cuando salgas de ahí, si sigues cuerdo, nos emborracharemos como nunca para que olvides toda esa mierda, ¿vale?
—Vale —respondió Draco en voz baja—. Vale. Vale, vale, vale, sí.
Ambos se separaron y se miraron a los ojos una última vez. Después, Blaise se secó el rostro con la manga de la camisa y volvió la vista hacia el fondo de la calle con orgullo.
—Tenemos que irnos —dijo Daphne. Ella también lloraba en silencio. Apretó el brazo de Draco y le sonrió—. Buena suerte, y hasta pronto.
—Sé fuerte —le pidió Pansy.
—Y ten paciencia —añadió Theo, mortalmente serio.
Blaise no dijo nada. Solo dio media vuelta y se fue, demasiado afectado como para despedirse. Los otros no tardaron en seguirlo, diciendo adiós con la mano.
Draco los vio alejarse y pensó que, si eso era lo que se sentía al romperse del todo, ni siquiera la muerte podría hacerle daño ya.
Cogió aire y se giró.
Y allí, esperando en silencio como unos minutos antes, seguía ella.
—Draco.
Apartó la mirada de la ventana y se volvió. Su madre estaba ahí, en la puerta, con las manos entrelazadas y los ojos clavados en él.
Narcissa caminó despacio hasta su hijo y se posicionó a su lado. Él tenía la mirada ensombrecida y expresión ausente.
—¿En qué estás pensando?
—En nada.
Ella suspiró. Tras casi dieciocho años, Draco seguía creyendo que podía engañarla así como así. Él vio en el mohín de sus labios que no había logrado sonar creíble, por lo que se volvió bruscamente hacia la ventana otra vez.
—En ella —respondió finalmente. Narcissa asintió.
—Granger.
Draco no dijo nada. No era necesario. Su madre había estado presente durante los juicios, mostrándose tan sorprendida como él mismo cuando Hermione Granger se había puesto en pie para defender a su familia.
Y, de no ser por ella, ambos estarían haciendo compañía a su padre en Azkaban.
Draco no sabía cómo sentirse al respecto.
—La gente tenía razón —comentó Narcissa, mirando ella también más allá del cristal, hacia el cielo gris y triste—. Es una gran bruja y, sobre todo, una gran mujer.
Se hizo el silencio. Draco cabeceó distraídamente. No se sentía preparado para pensar si Granger era o no una gran mujer. Solo sabía que, de alguna forma, estaba en deuda con ella. Una deuda que él no quería saldar.
No mientras su padre siguiera pudriéndose en Azkaban.
No después de haberlo perdido todo.
No con ella.
Madre e hijo vieron caer las primeras gotas de lluvia. En algún momento, los dedos finos de Narcissa encontraron los de Draco, y ambos entrelazaron sus manos.
—Madre —murmuró él al cabo de un rato—. ¿Crees… crees que estoy roto?
Narcissa lo miró con seriedad. En cualquier otro, esa pregunta habría sonado a demencia pura. En su hijo, ella sabía que era algo importante y trágico.
—No, Draco. No lo creo. Pero, aunque así fuera, no debes preocuparte. Nadie está totalmente entero. Por eso las personas se unen, hijo. Para curarse mutuamente de todas sus fisuras.
Draco hizo una mueca.
—Hay personas con más fisuras que otras. Yo tengo muchas cicatrices.
—Entonces —respondió Narcissa, estrechando los dedos de Draco entre los suyos propios—, tendrás que encontrar a alguien con muchas cicatrices. Para que juntos podáis sanaros.
—¿Y si no lo consigo? —Draco separó la vista de la ventana y miró a su madre con ese pánico con el que no la miraba desde que tenía seis años y las pesadillas lo despertaban en mitad de la noche—. ¿Y si nos quedamos solos?
Narcissa acarició cuidadosamente la mejilla de su único hijo y sonrió, tratando de infundirle ese valor que ella estaba lejos de sentir. Ese valor que se había esfumado y que languidecía entre rejas junto a su marido.
—Nunca estaremos solos, Draco. Siempre nos tendremos el uno al otro. Siempre.
—¿Lo prometes? —preguntó él en un ataque infantil y tembloroso. Pero a quién le importaba parecer un adulto cuando ya no quedaba nada.
Narcissa se preguntó si realmente debía mentir así.
No puedo prometértelo.
—Sí, Draco. Lo prometo.
Draco se acercó a Hermione hasta que ambos quedaron distanciados por apenas unos centímetros. Ella tenía más ojeras incluso que Theo, y los ojos rojos. De llorar, seguro. Draco sintió algo removiéndose en su interior al pensar que ella había llorado por él.
Y entonces Hermione acortó la distancia que los separaba y se puso de puntillas para besarlo. Fue apenas un roce lento, una caricia fantasmal, como un toque de aire. Pero a Draco le bastó para sentirse infinitamente más ligero.
Cuando ella volvió a mirarlo, Draco la vio morderse el labio inferior con los ojos llenos de dudas.
—Es la hora —sentenció él. Hermione cabeceó, apretándose las manos, y lo siguió hasta la puerta del Instituto. De pronto, Draco no tenía miedo. No se sentía desgarrado ni asustado. Casi parecía hasta fácil subir los escalones que lo conducirían a su encierro definitivo durante cinco años si Hermione caminaba a su lado.
Casi parecía hasta fácil ser valiente.
Atravesaron juntos las puertas del Instituto. En el recibidor, sobre unos sillones apartados a la derecha, un empleado del Ministerio acompañado por dos aurores aguardaban su llegada cuchicheando entre ellos. Cuando Draco vio la expresión de sorpresa del empleado, supo que habían creído que no se presentaría allí voluntariamente y a tiempo y que tendrían que ir a buscarlo por la fuerza. El hombre parecía casi incluso decepcionado, así que Draco le dirigió su mejor y más sarcástica mirada acompañada de una ceja arqueada.
Tylor apareció entonces por el pasillo principal. Al igual que Blaise, él también se había llevado un par de puñetazos el día de la vista cuando las cosas se les habían ido de las manos y el juicio había acabado en una pelea física, pero Theo había sido implacable con respecto a su curación, así que en su rostro no quedaba ya ni rastro de los hematomas. No obstante, a Draco le sorprendió ver que incluso con su aspecto cansado y la palidez de su rostro Tylor seguía luciendo atractivo.
El sanador se dirigió hacia ellos ignorando deliberadamente a los tres enviados del Ministerio, que se habían puesto en pie a toda prisa. Se acercó a Draco y le tendió los papeles que sujetaba con expresión seria.
—Tienes que firmar —murmuró con tono monótono—. Ya he arreglado el resto del papeleo.
Draco asintió y tomó la pluma mágica que él le ofrecía, garabateando una firma descuidada sin leer siquiera los documentos en los que dejaba constancia de su consentimiento expreso. Posiblemente fueran los detalles de su reclusión en el centro y los tratamientos que tendría que seguir. Para ser sincero, todo eso le daba igual ya.
Tylor cogió los papeles de nuevo y les dio un golpecito contra su propia rodilla alzada para que quedaran todos juntos con los bordes igualados. Después, se giró hacia el empleado del Ministerio y se los tendió sin mucha delicadeza.
—Sus papeles. Y, como pueden ver, Malfoy está aquí. Ahora, nosotros nos encargaremos de él. Su trabajo ha terminado, pueden marcharse —dijo con dureza. El hombrecillo del Ministerio cogió los papeles con aspecto intimidado antes de mirar con el ceño fruncido a Draco.
—Si alguna de estas condiciones es incumplida, señor Brooks —comenzó con su vocecilla aguda—, déjeme decirle que las consecuencias serán terribles, no solo para el señor Malfoy sino también para usted y…
—Sí, sí, me ha quedado claro —le cortó Tylor con un gesto—. Descuide, somos hombres de palabra.
La cruda ironía del sanador pasó desapercibida para los aurores, pero no para el empleado del Ministerio ni para Draco y Hermione. Todos aguardaron unos instantes en silencio mientras el hombrecillo repasaba los papeles con ojo crítico antes de resoplar y asentir.
—Muy bien, todo en orden. Nos vamos ya, pero no olvide que un inspector vendrá en cualquier momento de la próxima semana para comprobar que el señor Malfoy está cumpliendo como es debido con lo estipulado y…
—Lamento interrumpirle, caballero, pero me temo que tengo trabajo por delante. Como, por ejemplo, la instalación del señor Malfoy —señaló Tylor. Hermione vio con curiosidad que el mago parecía verdaderamente molesto—. Así que, si son tan amables…
—Por supuesto —asintió el otro, entrecerrando los ojos con odio—. Buenas noches.
Draco, Hermione y Tylor esperaron a que los tres se hubieran ido con los papeles. Entonces, ella se volvió hacia el sanador.
—Deberías tener cuidado. Podrían quejarse al Wizengamot y…
—¿Y qué? ¿Apresarme por ser borde? —resopló Tylor—. Ese idiota lleva toda la semana acosándome. Es el investigador del Ministerio. Ha supervisado con lupa cada uno de mis pasos en los últimos días, y he tenido que soportarlo dando vueltas delante de la puerta de mi casa y mi despacho durante horas. No veía la hora de mandarlo a volar… Que dé gracias de que Theo me contuviera para no ofrecerle amablemente un café endulzado con una mezcla explosiva de somníferos y laxante.
Hermione sonrió, pero justo en ese momento hizo su aparición Arnold Filtzwilliam, el director del Instituto.
—Brooks —dijo con su imponente y grave voz. La seriedad de su expresión no auguraba nada bueno, como tampoco lo hacía la presencia de tres hombres de seguridad a sus espaldas—. ¿Y el ingreso del señor Malfoy?
—Estaba en ello, señor —respondió Tylor, envarándose—. Ahora mismo acabamos de firmar los papeles e iba a proceder a acompañarlo a su habitación.
—No será necesario. Yo mismo lo haré —dijo Arnold, y con un gesto de cabeza señaló a Hermione—. Sacadla de aquí.
Uno de los guardas vestidos de negro avanzó hacia Hermione, pero ella retrocedió.
—¿Qué? ¡No! ¡He venido a despedirme!
—Lo lamento, señorita, pero hace mucho que la hora de visitas terminó. Vuelva otro día —declaró Arnold, y a una señal suya los otros dos guardas se colocaron a ambos lados de Draco cogiéndolo por los hombros en actitud amenazante—. Sígame, señor Malfoy. Le mostraremos el camino a su habitación.
—¡No! ¡Draco! —gritó Hermione cuando el primer guarda la sujetó por el brazo sin ninguna delicadeza para arrastrarla hacia la puerta. Draco se revolvió intentando liberarse y se giró hacia ella.
—¡Hermione! ¡Déjala en paz, imbécil, le estás haciendo daño!
Tylor, alarmado, se volvió hacia el director.
—Señor Filtzwilliam, esto no es necesario. Solo deje que se despidan, no pasa nada porque…
—Cállese —interrumpió el hombre, silenciando a Tylor con una mirada cortante—. Con la cantidad de problemas que sus juegos estúpidos han causado al Instituto, debería sentirse agradecido de que hayamos tenido la deferencia de ayudarlo con este caso absurdo que no hará más que traernos mala fama, como si fuésemos una especie de manicomio o una cárcel. Tendría que despedirlo; bastante clemencia he tenido ya con usted. Así que cierre la boca de una maldita vez.
Tylor, que había palidecido considerablemente ante la velada amenaza de despido, se calló, contemplando compungido cómo el guarda empujaba fuera del Instituto a Hermione mientras los otros dos arrastraban a tirones a Draco hacia un pasillo secundario.
En el último segundo, sin embargo, Draco giró sobre sí mismo y propinó un puñetazo en la mandíbula al guarda más cercano. Antes de que al otro le diera tiempo a reaccionar, Draco se zafó con un movimiento ágil y echó a correr hacia la puerta, donde empujó al primer mago y se unió con Hermione en un abrazo.
Ambos escuchaban los gritos del director y de los guardas, pero no tenían tiempo para prestarles atención.
—Estás loco —dijo ella acaloradamente y entre respiraciones irregulares—. Estás totalmente loco, Draco Malfoy…
Él la interrumpió con un beso. Largo, intenso, todo fuego y devastación, todo cicatrices abiertas, todo miedo, todo adiós.
Cuando se separaron, ella lo miró desorientada. Los ojos de Draco centelleaban como océanos de mercurio hirviendo.
—Sí —jadeó—. Sí, estoy loco. ¿Y sabes qué? También estaba roto. Los dos lo estábamos. Estábamos rotos, destrozados, hechos pedazos. Nos consumían el dolor y la desesperación. Lo supe desde el momento en que te encontré aquí por primera vez. De alguna forma, ambos habíamos perdido a quien más queríamos. Y nos culpábamos por ello. Eso era lo que nos estaba desgarrando desde dentro. —Los guardas ya se habían levantado y corrían hacia ellos pese a los intentos de Tylor por detenerlos tanto física como verbalmente, pero Draco no apartó los ojos de Hermione, que lo contemplaba sobrecogida—. Pero nos encontramos donde menos lo esperábamos. Y después solo quise tenerte, Granger. De verdad que sí. Quise tenerte, y enloquecer contigo. Quise curarme a tu lado. Quise curarme contigo, y curarte a ti. Estoy loco, pero estoy loco por tu culpa. Has consumido lo que quedaba de mi cordura. Eso es lo que me ha salvado de mí mismo.
Y de pronto, dos de los guardas cogieron a Draco por los hombros y lo separaron de Hermione con un fuerte tirón mientras el tercero la sujetaba por las muñecas y la arrastraba de nuevo hacia la calle. Ninguno de los dos se resistió en esta ocasión. Se miraban fijamente, entendiéndolo todo. Sabiéndolo todo.
Hermione movió los labios para dibujar las palabras que le latían en la sangre:
—Te esperaré —susurró—. Te esperaré.
Draco no respondió.
Solo se quedó ahí, mirándola. Mirándola fijamente.
El guarda consiguió sacar a Hermione fuera del Instituto, empujándola hacia los escalones con una mueca de rabia y un resoplido. Después, volvió a entrar.
Hermione se quedó inmóvil bajo el frío aire nocturno.
Lo último que vio antes de que las puertas se cerraran fue la mirada de Draco.
Sus ojos grises llenos de esa locura extraña que algunos se atrevían a llamar amor, pero que Hermione sabía que era mucho más.
Algo por lo que, desde luego, merecía la pena perder la cordura.
N/A. No os hacéis una idea de lo dificilísimo que ha sido llegar hasta aquí. No sabía cómo hacerlo, cómo cerrar esto para que fuera lo suficientemente bueno como para actuar de capítulo final. He hecho lo que he podido y espero no haber decepcionado a nadie.
No voy a despedirme ahora, porque tengo fe en encontraros a todos en el epílogo. Así pues, las lágrimas, los hasta pronto y todo lo demás quedan aplazados al próximo sábado, como dije arriba. Así que cosas importantes:
1. En el capítulo anterior no mencioné nada del tema de la protección porque no tengo ni idea de si los magos usan pociones anticonceptivas, hechizos o qué, y no me imaginaba a Draco poniéndose un preservativo muggle xD Así que para no meterme en jardines difíciles, lo dejé tal cual. Que cada uno supla con su imaginación los vacíos de la escena xD
2. Ya está abierto el plazo de votación de los Amortentia Awards, y me haríais un favor tremendísimo si pudieseis entrar y votar. YCTC está nominada a un montón de cosas, y yo misma fui nominada a Mejor Autora. Votar no os llevará ni cinco minutos, e incluso si no consideráis que este fic deba ganar ninguna categoría os pediría que os pasarais y votaseis por cualquier otra historia, la que sea que creáis merecedora de ganar. Las actividades como los AA dependen de nuestra participación para seguir funcionando, y hay un montón de fics y autores nominados. Os dejo el link, aunque no sé si funcionará o si FF me lo borrará (si lo hace, basta con que googleéis "Votaciones Amortentia Awards 2016): docs (punto) google (punto) com / forms /d /e/ 1FAIpQLSc-R CgnJqjIyeuk7h_ra8Y0RQkzLAEo2L94ui7PRGl5SGWLXQ / viewform? c= 0& w=1 (Recordad quitar los espacios y sustituir los (punto) por puntos reales xD).
3. UN MILLÓN DE GRACIAS a TODOS los que me habéis estado acompañando hasta ahora. De veras, sois increíbles, y no sé qué sería de mí sin vosotros. Vuestro apoyo es lo que ha hecho que YCTC llegue hasta aquí, y estoy en deuda con vosotros. En el epílogo os recordaré todas mis redes sociales y otras formas de contactar conmigo porque, como sabéis, estoy preparando otro long-fic Dramione, y sería un honor poder contar con vuestra presencia allí. Además, estoy más que disponible para charlar de lo que queráis o compartir recomendaciones de historias :D
Un abrazo gigantesco a quienes comentaron en el último capítulo:
zeniin-Malfoy, Annykzhenn, Pauli Jean Malfoy, ivicab93, Amore-Crosszeria, Tayler-FZ, xaf, LadyChocolateLover, johannna, Carmen, Jaaaviera, linithamonre77, Baruka84, Mantara, alerejon, miicaadela, SALESIA, Doristaraona, ncyG, Lectora en las Sombras, MEPJ, damalunaely, Marycielo Felton, Lorena, Liz, Rachel, tsuki-shiroi, vickyy-pinkk, Parejachyca, Ilisia Brongar y lesiramuc.
Muchísimas gracias a todos por vuestras opiniones, vuestras críticas constructivas y vuestros apoyos. xaf, me sacas los colores con lo que dices de mí, de veras. Te agradezco de corazón tu ayuda y te prometo trabajar muy duro para mejorar esa parte; es lo menos que puedo hacer después de que te hayas tomado la molestia de señalármelo con tanta corrección.
A todo el mundo en general: gracias. Os espero el sábado que viene en el epílogo.
Un fuerte abrazo,
Meri
PD/ A quienes me preguntasteis por "La misma historia de siempre", no, no la he abandonado. Ahora, cuando termine YCTC el próximo sábado, me dedicaré por entero a esa historia, a mis Wolfstar y a preparar el nuevo fic largo :D
PD2/ Para los que teníais curiosidad por el fic de contenidos extra, que sepáis que empezaré a publicarlo este mismo mes :)
PD3/ Os dije que no esperárais un final feliz. Lo siento xD Prometo que el epílogo es mucho menos deprimente que esto.
PD4/ ¡Deja review si este fic ha logrado, aunque solo sea un poco, con el drama y las esperas, consumir tu cordura!
