Saludos desde Ecuador para mis lectores:

Es sábado de actualización, así que aquí me tienen para compartir un capítulo más de esta historia.

Agradecimientos para las personas que semana a semana leen esta historia y también a quienes me apoyan con sus comentarios. Muchas gracias por sus reviews a Hikaru Kino88, Shaka-cherie, Tot12, Pegasasu no Saya y dANIEL.

Ya estamos cerca de los 30 capítulos y no podría estar más satisfecho con todo el apoyo que me han brindado aquí en ffnet.


[Saint Seiya/ Los Caballeros del Zodiaco] – Saga: CATACLISMO 2012

Escrito en Ecuador por Kazeshini


CAPÍTULO 29: ¡AMENAZA DIVINA! LOS TRES GUARDIANES EGIPCIOS


==Ruinas del Santuario de Atenea, Restos de la Casa de Tauro==

Kiki observaba con orgullo el ropaje de su amigo caído. Ver aquel toro dorado le recordó el gran valor y sacrificio del poderoso Santo llamado Zephyrus.

La armadura dorada de Aries a espaldas de Mar vibraba con más ímpetu al encontrarse cerca del object de Tauro.

—Increíble… No es solo la armadura de mi amigo la que ansía socorrer a nuestros compañeros en la batalla —declaró sorprendido el joven castaño, mientras la chica colocaba juntos ambos ropajes dorados dañados—. Ambas armaduras desean ascender hacia el Santuario de los dioses. Tal parece que incluso mi cloth de Aries ha elegido a alguien para portarla momentáneamente. Ella sabe que en las condiciones en las que me encuentro no podría utilizarla en este instante, pero aún así quiere seguir apoyando a otro de nuestros amigos.

—Es increíble la voluntad que posee cada una de las armaduras —intervino la Guerrera de Coma Berenices, contemplando sorprendida los ligeros destellos de cosmos dorados que bañaban ambas cloths—. Es una lástima que se encuentren en tan mal estado después de la batalla contra ese dios que destruyó el Santuario…

—Aunque mi cosmos se haya apagado, todavía poseo las habilidades necesarias para reparar ambas armaduras. Gracias a que pudiste encontrar mis materiales, los Santos de Aries y Tauro regresarán para proteger a la humanidad.

La gran emoción con la que Kiki pronunció estas palabras provocó el rubor en el rostro de la muchacha de cabellera negra.

—Ahora solo hace falta una cosa más para empezar la restauración —añadió él con un tono serio—. Debo verter la mitad de mi sangre sobre ambas cloths…

Tal aseveración consiguió alarmar sobremanera a la chica, quien no dudó un segundo para protestar la decisión del Santo de Oro.

—¡Señor Kiki! ¡No puedo permitir que haga tal cosa! ¡Su condición actual no es nada buena! ¡Entienda que si pierde más sangre, no solamente no tendría fuerzas para sostener sus herramientas, incluso su vida podría correr peligro!

Kiki casi no le prestó atención a las advertencias de su compañera. En actitud digna le dio las espaldas y arremangó la vestidura que cubría su muñeca. Estaba dispuesto a cortar sus venas.

A Mar sin duda le molestó la actitud desconsiderada del joven, pero más que esto, temió por su bienestar. Dándose cuenta de que su orgullo de Caballero no le permitiría escuchar razones, la chica adelantó su marcha y se colocó frente a él impidiéndole el paso hacia las armaduras. Con unos ojos celestes a punto de derramar lágrimas, se le plantó con decisión.

—Me… me costó mucho salvarle la vida, señor Kiki. No deje que mi esfuerzo sea en vano —le pidió casi a manera de súplica—. Desde que… esta armadura me escogió como su portadora, yo sabía que tendría un rol importante en la protección de personas inocentes. Y ahora que también soy una Guerrera de Atenea, estoy dispuesta a dar toda mi sangre de ser necesario para que usted repare las armaduras.

Las palabras de la joven conmovieron al Caballero, quien con tristeza, simplemente le retiró la mirada.

—Aprecio tu esfuerzo por salvarme… pero mi deber está sobre mi vida… Además, no dejaré que te hagas daño por mi causa…

Enjugando algunas lágrimas que dificultaban su visión, la doncella retiró la protección de uno de sus antebrazos e imitando los movimientos anteriores de su acompañante, intentó herir su muñeca para provocar el sangrado.

—¡Oigan, ustedes dos! ¡No hagan cosas imprudentes!

Aquella providencial intervención detuvo las intenciones de la chica, quien junto con Kiki se volteó para ver a quien la había pronunciado. Se trataba del Santo de Plata Jabú de Perseo, quien a duras penas había llegado a escena. Y aunque el Caballero lucía una apariencia lamentable al estar su armadura destrozada y su cuerpo golpeado, esbozaba una gran sonrisa.

—Vaya que la nueva generación de Santos actúa solo siguiendo su corazón. Siendo un Caballero Dorado deberías darle un mejor ejemplo a tu joven e impulsiva compañera. ¿No crees, Kiki? —inquirió el antaño Unicornio a manera de broma.

—¡Señor Jabú! ¡Qué alegría verlo con vida!

—¡Así es, Kiki! ¡Estamos más vivos que nunca! ¡Ni siquiera un dios pudo acabar con los poderosos Santos de Plata!

El Dorado de Aries se le encendieron los ojos de júbilo al ver la lenta aparición de sus compañeros. En su mente había lamentado la muerte de los seis tras el impacto de las cuatro técnicas doradas sobre Viracocha. Por fortuna aquel ataque cuádruple solo los había alejado de la escena dejándolos inconscientes. Y aunque los cinco estaban tan maltrechos como Jabú, se las habían arreglado para alcanzar a Kiki y a Mar, siguiendo el recién despertado cosmos de la chica de Rodorio.

Ban de Centauro se apoyaba en su camarada Geki de Hércules para avanzar, mientras Ichi de Cuervo y Nachi de Cerbero ayudaban a June de Lira a proseguir la dura marcha. Era increíble ver la alegría en los rostros de los seis plateados. Parecía que no les importaba el dolor de sus heridas.


==Estados Unidos==

Aquella ciudad norteamericana se había convertido en un caótico infierno tras pocos minutos de la llegada de las tres deidades egipcias. No solamente el parque en el que se concentraban los cosmos divinos ardía con violencia. Incontables edificios también se incendiaban mientras desgarradores gritos y sonidos de choques y explosiones inundaban el escenario apocalíptico. El cielo rojo cual sangre parecía anunciar el fatal destino que le esperaba al país más poderoso del mundo.

Verse en medio de tal caos en su propia tierra y además rodeado de aquellas tres poderosas presencias, desató un paralizante pánico en el joven e inexperto Evan.

—Es entretenido ver al tan célebre y poderoso Santo de Fénix convertido en una simple gallinita —intervino divertido el más cínico de los tres, acercándose confiado al aterrado joven.

Anubis vestía una impactante armadura negra de diseño faraónico con retoques dorados. La reencarnación del dios egipcio de los muertos se agachó un poco para que el humano lo vea cara a cara. Evan se sobresaltó aún más cuando contempló la apariencia de chacal negro de quien le hablaba.

—Se parece bastante al otro guerrero que me encontré en la pirámide de Abu Gurab. Solo que la mirada de este no inspira respeto… sino lástima… —profirió el egipcio, resaltando el desprecio en sus animalescos ojos—. ¡Vamos! ¡No seas cobarde y al menos ten la consideración de presentarte antes de que envíe tu alma a mi Necrópolis!

El joven de cabellera platinada no atinó a responder a la exigencia de su peligroso interlocutor. Las piernas le temblaban y un nudo se había formado en su garganta.

—¡Anubis! ¡Ya deja de estar perdiendo el tiempo con ese mortal y acábalo de una vez! —expresó autoritario el dios ubicado a la derecha del Santo—. Se nos encargó la aniquilación de esta ciudad y no podemos seguir perdiendo tiempo aquí.

Por puro instinto Evan se giró al lugar del que procedía aquella voz cavernosa. Lo que vio lo dejó sin resuello: Ante él se encontraba un alto y fornido guerrero de porte solemne, envuelto su cuerpo en una magnífica armadura de metal cobrizo, cuyo diseño evocaba al Egipto ancestral. La principal particularidad de aquel Guardián era que sus facciones tampoco se veían humanas. El dios lucía la cabeza de un orgulloso halcón.

—¿Acaso son ustedes… demonios? —inquirió casi balbuceando el Fénix, a causa del impacto de ver a dos humanoides con apariencia de bestias parlantes.

—Te equivocas, Caballero. Nosotros tres no somos demonios —afirmó la deidad femenina, con un tono más condescendiente que sus acompañantes—. Somos dioses egipcios, desarrollando nuestra apariencia original en los cuerpos humanos que se nos otorgó para reencarnar en esta época. Todo gracias a la intervención divina del supremo Ra.

La Guardiana que hablaba lucía un semblante todavía humano. Se veía como una atractiva mujer trigueña de lisa cabellera negra hasta los hombros. Sus grandes ojos verdes de aspecto felino resaltaban más la belleza de la deidad egipcia, quien estaba ataviada en una armadura faraónica de metal dorado claro con retoques en aguamarina.

—Soy Femi de Isis. La diosa egipcia de la naturaleza y la fertilidad.

—Espera un momento, Isis —le interrumpió grosero el Guardián en armadura negra—. No entiendo por qué sigues utilizando tu nombre humano. Parece ser que estás olvidando que en poco tiempo los tres seremos deidades completas. Soy Anubis, por cierto… dios egipcio de los muertos. ¿No te presentarás tú también ante el humano, compañero?

—Supongo que el mortal al menos merece el honor de conocer las identidades de quienes acabarán con su existencia —respondió con seriedad el dios con apariencia de ave—. Mi nombre es Horus, soy el dios celestial de la civilización egipcia.

El joven poco a poco iba tomando consciencia de lo grave de su situación. No eran guerreros cualquiera quienes amenazaban su vida, eran auténticos dioses egipcios. Así que lo menos que podía hacer ante ellos, era mostrar un poco de valor.

—Soy Evan… —pudo articular al fin, observando desafiante a Horus—. Santo de Bronce de Fénix.

—Evan… —repitió extrañado el egipcio de armadura cobriza—. Un nombre bastante curioso para un Santo de Atenea… No pareces ser griego como suponía serían todos sus guerreros.

—Soy estadounidense…

—Interesante, entonces creo que serás el único de tus compañeros que desaparecerá en su territorio natal… Yo mismo seré el encargado de ejecutarte. ¡Ustedes dos! —se refirió autoritario Horus a sus compañeros, volteándose para encararlos—. ¡No se atrevan a intervenir en esto! ¡Solo limítense a no permitir que Evan escape! Los recompensaré luego dejándoles matar una buena cantidad de personas en esta ciudad.

Ni Anubis ni Isis decidieron protestar la decisión de Horus. En silencio solamente bloquearon el camino del humano.

—«¿Entonces así termina todo? —reflexionó el Fénix, viendo la imponente figura del dios egipcio acercándosele a paso lento—. ¿Así de fácil dejaré que ese infeliz acabe con mi vida y con la de miles de personas inocentes en mi país? ¡Maldita sea! ¡No lo permitiré! ¡Soy un Caballero de Atenea! ¡El único que obtuvo su armadura sin la ayuda ni el entrenamiento de nadie! ¡No dejaré que me venzan en mi primera misión! ¡Les demostraré a todos que merezco portar la armadura del inmortal Fénix!».

Tras la fatal amenaza del egipcio, la determinación y el valor reemplazaron al profundo terror que invadía el corazón de Evan. El brillo carmesí volvió a sus ojos y una incandescente aura anaranjada bañó su cuerpo.

—¡Ustedes no son dioses! ¡Solo son unos malditos monstruos que disfrutan creando caos! —imprecó el joven de cabellera platinada alcanzando su máximo nivel de cosmos—. ¡'Alas del Fénix Volador'!

La potencia de la técnica de bronce fue tal, que consiguió incendiar los cuerpos de los tres sorprendidos Guardianes, quienes no esperaban esa reacción de su antes aterrada víctima. Tras disiparse la llamarada, el joven Caballero emergió de las cenizas y lanzó un certero puñetazo, el cual impactó con devastadora fuerza en el pecho de Horus.

Sin embargo, todo esfuerzo de Evan resultó inútil. El dios celestial agredido ni siquiera había parpadeado al recibir el ken y el ataque. De igual forma, Anubis e Isis se mantenían intactos. El fuego no los había dañado.

—Eres un ingenuo —intervino Anubis riendo burlonamente—. Te informo que la naturaleza del cosmos de Horus también es de fuego. Sería imposible que lo derrotes con ese tipo de técnicas y mucho menos si son así de débiles.

Evan parecía una fierecilla acorralada ante quien intenta cazarla. Aunque fue capaz de recuperar su valor y su determinación, no pudo evitar sentirse intimidado por sus tres poderosos rivales egipcios.

—Ya es suficiente de niñerías e insolencias —manifestó severo Horus, clavando su implacable mirada de halcón sobre el guerrero—. Este humano se atrevió a insultarnos al llamarnos 'monstruos' y no contento con eso levantó su puño contra nosotros. La muerte no será suficiente castigo para él… Merece sentir el mayor dolor que alguien podría experimentar…

Evan ni siquiera pudo notar cuando la enorme mano de la deidad lo tomó por el rostro, haciendo una quemante presión a la altura de toda su mandíbula. Horus le había cerrado la boca de una manera bastante violenta y con la misma atenazadora fuerza lo elevó hasta tenerlo cara a cara. Al tener paralizada a su víctima, concentró una gran proporción de su cosmoenergía de Guardián en su mano libre.

—Te arrancaré el corazón por atreverte a desafiar a los dioses del panteón egipcio. Sentirás un dolor que te parecerá eterno cuando veas como tu corazón se incendia lentamente entre mis manos. Todo ese sufrimiento lo experimentarás durante varios minutos que te parecerán siglos, hasta que al final mueras…

Al momento que el dios se disponía a dirigir su garra contra el pecho del guerrero, una delicada mano se posó sobre su guantelete cobrizo. Isis lo había detenido tomándolo del antebrazo.

—Espera, Horus. Las órdenes que nos dio Ra fueron eliminar inmediatamente a quien intente detenernos. No es necesario que lo hagas sufrir así con tu técnica de tortura.

La actitud flexible de la hermosa Guardiana logró irritar a la deidad con facciones de halcón.

—¡Te dije que no interfieras, Isis! —le gritó enojado el aludido, haciéndola a un lado con violencia. La grosera reacción del Guardián logró derribar a la diosa egipcia.

—Horus se parece mucho a Ra. Ambos son bastante enojones —le comentó divertido Anubis a su compañera, mientras le extendía la mano para ayudarla a reincorporarse—. Será mejor que no nos metamos en los asuntos del pajarito o podría enfurecerse más aún.

Casi a regañadientes la diosa aceptó la sugerencia de su irónico compañero. Con cierto pesar en el rostro, retiró la mirada para no observar la cruel tortura a la que sería inducido el Caballero.

La desesperada reacción del Fénix fue golpear repetidamente el brazo de su captor, en un intento de que éste lo suelte.

—Es inútil que te resistas, Evan. ¡Cuando sentencio una vida, no existe poder viviente que me detenga para segarla! ¡'Incineración de Alma'!

Justo cuando Horus dirigía su abrasadora zarpa al corazón del indefenso Santo, una intensa explosión convulsionó el parque entero. Algo que fulgía cual cometa llameante había impactado estrepitosamente en el escenario de la batalla.

Unos segundos hicieron falta para que la feroz llamarada producida por la explosión atenúe un poco su intensidad, pero aún así el ambiente infernal que reinaba en la ciudad se había intensificado a causa de ese fuego que danzaba por todas partes.

Evan yacía de rodillas en el pasto quemado. Su instinto de supervivencia lo obligaba a toser desesperadamente en un intento por recuperar un poco del oxígeno que había perdido. La cabeza le daba vueltas, pero en medio de su confusión, notó que no había sido herido por la técnica del Guardián.

Al levantar su opaca mirada contempló la figura de alguien a quien conocía muy bien. La armadura dorada del recién llegado brillaba majestuosa al ser rodeada por el fulgor de las chispas de fuego que se elevaban con el viento caliente.

—Ese es… Ikki de Leo… —pudo pronunciar el Fénix para sí, al ver la imponente figura de su antecesor, quien observando sin parpadear al egipcio de cobrizo ropaje, se había plantado frente a su compañero de bronce, dándole las espaldas en actitud protectora.

Por un instante Evan se sintió pequeño ante la presencia del Santo Dorado que lo había rescatado. Era la primera vez que contemplaba la fuerza de aquel abrumador cosmos, el cual a pesar de sentirse rebosante de justicia, mostraba a la vez un enorme e incomparable poder de iracunda destrucción…

Continuará…


Muchas gracias por darse el tiempo de leer esta saga y darme ánimos para continuarla.

Y bien, después de compartir de manera continua esta historia semana a semana, les cuento que la próxima no habrá publicación del fic. Empezamos noviembre y donde trabajo es la época más pesada del año. De aquí en dos semanas espero vernos nuevamente con la continuación. (Ahora que llegó Ikki a la batalla no quiero dejarlos mucho con la intriga xD)

Nos leemos en otra ocasión. Un abrazo desde Ecuador.

Próxima Actualización: Sábado 10 de noviembre de 2012.