Ella amará siempre este triángulo.

Lo evocará en cada oración subrayada, en cada triángulo dibujado al margen de cada hoja perdida entre mil.

Amará siempre a su triángulo por el significado con el cual llenó sus ojos.

Y amará a quien lo inspiró, a él.

Para siempre, sí. La niña ante la pantalla, siempre que lata en mi interior, lo amará con la misma inocencia y el mismo idealismo, por ser él quien la salvó del infierno. Él la salvó, y poco importa que sólo la niña y la mujer lo sepan, lo entiendan.

Siempre llevaremos un átomo de él en nuestro interior. Siempre.

Aunque este triángulo sea, ni más ni menos, la carta de despedida dirigida hacia él.

Ella siempre amará a su musa.

Al salvador.

Al mejor.

A Trunks.


TRIÁNGULO

Epílogo

"Después"


«Cumple sus sueños quien resiste».

(Ricardo Iorio)


La noche era, en el cielo que se apreciaba a través de la ventana, a través de la puerta abierta que recordaba y recordaría cada error cometido, un hecho. Trunks y Marron, abrazados fuertemente desde hacía literalmente horas, temblorosos, rebalsados de amor y subyugados por el dolor, no dijeron nada, no luego de las últimas palabras. ¿Qué podía decirse? Habían destruido a Pan. Y ella, bien sabían los dos, no lo merecía. Pronto, de un segundo al otro, una voz perturbó el silencio, lo destruyó tanto como a Pan la habían destruido entre los dos:

—¿Y ahora qué? —preguntó, tapada por las lágrimas que ya parecían innatas en sus facciones, Marron.

—No lo sé —respondió Trunks, que mientras mecía a Marron en sus brazos, los dos deshechos en el piso, sin postura ni fuerzas, miraba intermitentemente la ventana, el cielo nocturno, la boca gris de dientes afilados, las plumas del ángel herido, la sangre roja. Y la puerta, la maldita puerta que les recordaba, por más amor que sintieran por el otro, que ella, la tercera, el vértice que se había cortado de los dos, existía. Así como el mundo, así como los engranajes y la equivocación—. No sé, no sé nada…

Se miraron. ¡Indigno amor se tenían, qué grande y resplandeciente y putrefacto era con sólo contactar sus ojos! Marron no lo creía, no aún. Trunks la amaba, Trunks había decidido mantenerla a su lado. Lo vio tan herido, tan al borde de la locura, que lo único que pudo hacer para contrarrestar cualquier efecto que el dolor pudiera provocar en su maltrecha realidad fue sujetar su cabeza y hundirla en su pecho.

—¿Estás bien? —preguntó, meciéndolo contra ella así como él la había mecido hasta la perturbación del silencio.

—No…

—Trunks, yo…

La respiración de él se deshizo, se agitó y detuvo en eterna contradicción. Se todo, simple y llanamente. Haciendo un nudo con sus brazos en la cintura de su musa dorada, suya y de nadie más, se hundió más en su pecho.

—Necesito irme de aquí. Ahora.

Y para siempre.

Marron no dudó. Algo, los latidos de él contra ella, latidos que la despertaban, uno a uno, ante la realidad, la infestaron de fortaleza. Se levantó, extendió su mano hacia Trunks y lo animó a levantarse. Él lo hizo. Se miraron, se abrazaron, lloraron aún más si es que semejante derrame de lágrimas era posible; se marcharon. Y la ventana del balcón quedó abierta. Hay errores que no merecen ser olvidados.

El recuerdo de Pan estaba incrustado en sus pechos, como una estaca de hierro caliente. Era inmovible e insoportable. Sofocante la estaca materializada con culpa y recuerdos. Pan jamás iba a abandonarlos; eso parecía.

Un taxi que ella pagó, un viaje en el que no dijeron nada, en el que sintieron todo, y estuvieron a solas en el departamento de Marron. A medio desvestir, a oscuras en medio de la cama, se estrecharon todo lo posible, casi como si ansiaran ser el mismo ser. Y lo eran. Y lo son ante los ojos de quien los siente genuinos. Ella besó la frente de él, la besó hasta cansarse, hasta que sus labios se secaron e incluso después. Él se odió al sentirse, en brazos del amor, tan feliz. No había derecho a tan subyugante felicidad. Y él la sentía. Era más de lo que merecía y lo sabía muy, muy bien.

Esa felicidad iba a pesarle en lo subsiguiente.

A la mañana siguiente, sin llanto pero sin sonrisa tampoco, él se despidió. Nervioso, le dijo a Marron que tenía mucho por hacer. La decisión no había sido tomada; era meramente natural.

—Voy a mudarme.

—¿Eh?

—No aguanto mi departamento. No quiero volver a verlo nunca. Nunca. Voy a volver con mis padres, lo haré hasta recuperarme por completo. —Suspiró ante la tostada que, inapetente por tanto drama, no era capaz de terminar—. Es lo mejor…

Qué frío se percibió de pronto. Había algo que, entre los dos, estaba fallando. ¿Acaso aún no creían que eran un hecho, que estaban solos y juntos, los dos, contra el gris? Marron supo, y no se equivocó, que llevar adelante esa relación sería un inmenso desafío. No iba a ser fácil. No lo sería. Y todo esfuerzo, si él estaba a su lado, acompañándola, valía la pena.

—Haces bien.

Se miraron. Marron sintió la misma culpa que él a sonreír; al saberse, aun con Pan en quién sabía qué estado luego de que el daño fuera hecho, tan feliz. Trunks estaba con ella y la amaba con todo su corazón. No estaba entero, no en sus cabales, pero estaba. Y todo valía la pena si él permanecía a su lado, luchando junto a ella en pos de un futuro tranquilo en el seno mismo del gris. El ideal de la vida.

La tranquilidad en el ojo de la tormenta.

—¿Quieres quedarte conmigo? —inquirió ella.

El ceño de Trunks cedió, la boca se entreabrió. Sonrió sinceramente; negó con la cabeza.

—No es momento, no aún. —Trunks cortó distancias entre los dos y tomó delicadamente una mano de Marron, la derecha, la que tanto había besado en el preludio de la mutua confesión. La mano que escribía—. Primero me tengo que recuperar. Para estar contigo, primero tengo que estar mejor.

Marron hizo silencio. Un escalofrío la acarició. ¿Acaso…?

—¿Quieres un… tiempo?

—¡No! —Él apretó más la mano, desquiciado—. Me expresé mal: quiero estar contigo de aquí en más, quiero estar todo el maldito tiempo contigo… —Rieron, entre felices, incrédulos y apenados, culposas las dos risas proferidas al unísono—. Pero tú trabajas, tienes tu vida, tienes cosas que hacer. Enfermo como estoy, no seré una compañía digna.

—Sí la eres.

—Tonta… —Sus manos, en medio de la mesa, juguetearon inconscientemente. Entrelazaron los dedos, los deslizaron unos contra otros, provocando calor de uno a otro. Todo era natural. Todo—. Vamos despacio. Esta vez quisiera hacer bien las cosas.

El movimiento de las manos resultaba hipnótico. Se observaron en la unión de sus pieles por sendos minutos, embelesados. ¿Tan fácil era y tan necios habían sido? ¡Parecía mentira que hubieran tenido que pasar por tanto para encontrarse en medio del camino, las almas estéticamente desnudas, atadas, un conjunto rojo flotando en la bruma del dolor! Marron, interpretando a la perfección lo que Trunks decía a través de las palabras dichas y no dichas (hay mensajes que viajan sin necesidad de ser expresados verbalmente), asintió.

—Igual yo…

—Así será. —Trunks sujetó la mano de Marron. La acercó a su boca y besó sentidamente la palma—. Te lo prometo.

Obnubilada por lo que contemplaba, el beso tierno al eje de su inspiración, Marron le creyó todo. Él no mentía en absolutamente nada. Todo parecía demasiado sencillo en la ignorancia de no saber, no tener idea de qué sucedía al otro lado. Así se mantendrían, ignorantes. Porque si indagaban, si buscaban averiguar en qué estado estaba Pan no podrían soportarlo. Era lo mejor para Pan, dejarla en paz.

Por lo menos de momento.

Poco más de una semana, y Trunks vació por completo el departamento con ayuda de Bulma y Bra. Cuando sólo quedó el cuarto más infame, el taller donde tres ejemplares de la veintena aún miraban con ojos deformados al mundo, y reían, y gozaban todos y cada uno de los errores de quien los había pintado, Trunks sujetó la mano de Bulma. Pidió a Bra que se marchara, insistió para que lo hiciera, y la princesita, a regañadientes como era de suponer, se fue. A solas con Bulma, Trunks dijo:

—Ahí empezó mi brote. —Señaló la última puerta del pasillo.

Impresionada, Bulma se vio, inauditamente, sin palabras.

—¿Qué hay ahí?

—Cuadros de Isabelle.

—¿Eh?

Trunks carraspeó. Decirlo era sacarse de adentro el más íntimo e imperdonable de los secretos. Mas ya no eran secretos, tampoco objetos con significado para él; eran errores y debían desaparecer de la faz de la Tierra. Aferrándose a la poca fortaleza de la cual se creía poseedor, prosiguió:

—Cuadros que yo pinté de Isabelle. Eran más de… veinte, pero el día del brote los destruí casi todos. En el piso aún están los trozos de lienzo y madera, y mi viejo celular, y no sé qué más… —Ahogado, buscó aire con desesperación—. No puedo hacerlo solo, lo siento… No quisiera que los vieras, ¡no quisiera! Pero te juro que no puedo, mamá…

Bulma, aunque conmovida por lo escuchado, mantuvo en alto su fortaleza.

—Para eso estoy yo, mi amor.

Asidos de la mano, entraron. Trunks tragó saliva y, suspendido ante la más infame pared, cerró los ojos. Bulma contuvo la respiración al ver el desastre. Los tres cuadros de la pared, los sobrevivientes, eran magníficos. Eran tétricos, pasionales; eran tres obras de arte. Sin dudas, eran los mejores trabajos que le había visto a Trunks. Lamentó, frunciendo la boca, que fueran cuadros de ella, la pelirroja innombrable que nada más que olvido merecía. A su lado, Trunks estudió el rostro de su madre.

—Los quemaré.

Bulma sonrió inconscientemente. Sí. Por desgracia, y no tanto, era lo mejor.

—Quema todo, Trunks.

Recogieron en bolsas todo cuanto estaba en el piso y la pared. Una vez separado todo aquello que pronto dejaría de existir, se ocuparon de las demás paredes, ante las cuales Bulma pudo gozar visualmente, sin reproches. El resto de los cuadros, los de las tres paredes restantes, los guardaron en cajas que convirtieron en cápsulas. Bulma eligió unos diez entre los cincuenta que eran para decorar las paredes de la mansión, de la oficina, del laboratorio. Amaba el arte que Trunks portaba en las manos. Cuando el cuarto se vio vacío de cuadros y elementos, de todo cuanto portaba al llegar, sólo restó un objeto: el atril tapado en medio del cuarto por una tela roja.

—¿Qué es eso?

Un suspiró se escapó de la boca de Trunks.

—Marron desnuda.

Bulma no pudo evitar sonrojarse. Una mueca de su boca, inevitable mueca libidinosa que de tanto en tanto le surgía, asomó. Trunks, con su seriedad a cuestas, no le dio pie a indagar. El hijo mentía; la madre jamás se enteró de ello. Y es que no era sólo Marron: era el cuadro de las dos, de las musas desnudas volando hacia la salvación.

Y pronto sería partido para siempre.

—¿Qué harás con ese?

—Luego me encargo.

Trunks recogió a Tsuki en un bolso transportador y, junto a la gatita y a su madre, se fue. Al anochecer, diez días después de la muerte del triángulo, ya estaba instalado en su viejo cuarto en la mansión de su familia. Se sentó en la cama, se dejó caer de lado, recordó el beso de los tres suscitado allí mismo, tres labios unidos en un único beso. Suspiró. No, no debía pensar en ello. Odiándolo como debería estar haciéndolo, Pan estaba para siempre a salvo de él. Y no indagaría, no, jamás. Antes de dormir, voló al departamento por última vez. Atravesó la eternamente abierta puerta de vidrio y fue por lo único que había dejado. Valiéndose de un bolsón, envolvió el cuadro sin siquiera correr la tela que lo cubría, ¡si las veía, enloquecería! Convirtió en cápsula el bolsón y se marchó sin siquiera despedirse del departamento donde tanto había sucedido durante los peores cuatro años de su vida. Pasaría un lustro antes de que volviera a ver su obra maestra. Por ahora, era menester no hacerlo.

Si lo veía, se le iba el mundo mismo de las manos.

Por ahora, sólo restaba una cosa: ocuparse de Marron y de su salud. Y lo hizo.

Los siguientes siete meses fueron silenciosos, íntimos, privados. Siete meses de los dos, y al diablo el mundo, y al diablo incluso sus seres queridos, porque no se lo dijeron a nadie. No decirlo les costó enfriar amistades, relaciones con todo y todos; inevitable. El cumpleaños de los dos pasó y no festejaron, no con el exterior: el festejo se redujo a una cena, un beso y una felicitación. Nunca se lo dijeron con palabras; se miraron, y al hacerlo supieron que estaban juntos, que tenían una relación, que estaban unidos y ya no podrían separarse, pues pasara lo que pasase ya tenían un nexo, uno atado con amor, admiración y respeto. No había marcha atrás.

Durante los siete meses, sus vidas se sumergieron en una excesiva soledad, compartida, pero soledad al fin, una de los dos. Marron le dio una copia de su llave a Trunks, y él la aguardó cada tarde en su departamento, a la espera de que ella retornara del trabajo. Charlaban, cocinaban sencillos platillos, cenaban y él se marchaba. Los viernes por la noche, así como los sábados, él se quedaba a dormir junto a ella. No hablaban de nadie, de nadie salvo de Pan. Hablaban mucho sobre ella, se preguntaban qué estaría haciendo, se aguantaban las ganas de llamarla y pedirle perdón. El sofá anaranjado, sin la más pequeña y pura de los tres, se sentía inmenso, tanto que daban deseos de cortarlo en dos, cuatro, seis. Cortarlo para que dejara de agrandarse bajo los dos. Sin embargo, pese al dolor, con los días, con los meses, Pan fue desapareciendo de las conversaciones, no porque el amor que le tenían hubiera menguado; desapareció porque así debía ser, porque pensarla y hablarla tanto los estaba volviendo locos. Se estaban estancando al vivir mirando hacia atrás. Una noche de viernes, justamente viernes cuando el triángulo se encontraba, convencido de que la musa blanca estaba bien porque no estaba a su lado, Trunks dijo:

—Léeme tu novela.

Marron lo atisbó, él a ella, y supieron que, de esa forma, podrían dejar de hablar tanto sobre Pan. Tenían que voltear la página; tenían que cambiar de tema. Era imperativo si deseaban que lo que los dos tenían funcionara.

Pero qué difícil es cambiar de tema cuando el dolor persiste en el alma, cuando el ser no se recupera, y la herida arde, y la ausencia devasta.

De la noche siguiente en lo consecutivo, tres meses después de la muerte del triángulo, Marron empezó a leer. Sentados en el sofá anaranjado, él se tumbaba sobre su regazo, y ella, con las hojas amontonadas junto a su cadera, leía. Tres páginas por día, a veces diez, a veces veinte, casi siempre quince o veinticinco; no importaba: ella leía y él escuchaba. A veces, Trunks la interrumpía, elogiaba alguna oración, comentaba sobre algún personaje al que apreciaba o bien despreciaba. Criticaba también, aunque con respeto, y Marron agradecía todo cuanto él opinaba. Cuando una escena de sexo llegó, el aire en torno a los dos se tensó. Sendos recuerdos del pasado, de aquellos pares en la desesperación clavados carnalmente que ignoraban cuánto se amaban, los abrumaron. Marron, sin detener su voz, se agitó.

—«Arrinconándola contra la pared, el soldado tomó fuertemente su cintura. Los ojos azules se clavaron en los de Alice con el ímpetu que sólo un amante puede ostentar. Él besó sus labios, retiró… la ropa blanca de la mujer sin detener su boca, sin permitir que ella detuviera la suya. Desnuda…, la miró, la elogió, la deseó y la ultrajó. Los ojos de él expresaban todo cuanto sentía, todo cuanto ella lograba percibir».

—¿Y entonces…? —Trunks, recostada su cabeza de lado sobre el regazo, besó dulcemente el vientre de la lectora.

Marron se estremeció. Aún no entendía qué era ese deseo más allá de la sexualidad que la llenaba cuando él la tocaba, cuando el sofá se sentía tan inmenso bajo los dos, cuando se sentía tan palpable una ausencia subyugante.

—«Él, desbordante de actitud y hombría, se desnudó pegado a ella, sin que Alice pudiera siquiera mirarlo. Besándose salvajemente, él la tomó contra la pared… Las piernas de ella danzaron a cada lado de las impetuosas caderas masculinas, que empujaban sabiamente contra ella. Gritaron… sa-sabiendo que la unión de sus cuerpos era lo que más habían deseado sentir desde la primera vez, desde el primer encuentro, desde el génesis mismo de su relación. El mundo… se convirtió en un ente misterioso, ajeno; ellos se sumieron en el otro y en sí mismos. Y los gritos danzaron como las piernas de ella, y los pies blancos se estiraron en punta, como los de una talentosa bailarina, y las embestidas quitaron los alientos y provocaron la explosión compartida».

—Qué sensual, Marron. —Y Trunks levantó su blusa, y besó su vientre directamente, sin ropa entrometida entre ella y los labios de él.

Marron sintió cómo el mundo la aplastaba. El deseo la consumió. Soltó la hoja, se aferró al cabello lila y se dedicó a disfrutar. Trunks dejó de besarle el vientre cuando la respiración de ella se aceleró en exceso. Se enderezó, la rodeó con sus brazos y rozó sus labios.

—Dame tiempo.

Ella, aunque decepcionado su instinto, asintió, sonriente. Sabía que él no podía, que la recuperación aún estaba en proceso, que él estaba saliendo de un profundo cuadro depresivo; sabía que el sexo era algo que él no podía afrontar de momento. Ni física, ni emocional, ni mentalmente. No obstante, se besaron eternos minutos, como dos adolescentes que apenas han aprendido a hacerlo. Se besaron hasta cansarse, hasta quitarle todo el aire al otro. Las siguientes semanas fueron idénticas, nada varió, salvo una cosa:

—Trunks, ¿en qué andas?

Bulma lo detuvo justo antes de que saliera uno de los tantos viernes. Se había aguantado demasiado para preguntar, mas Bulma no era tonta, tampoco despistada: Trunks se veía particularmente feliz, tranquilo. Lo veía mejor de lo que lo había visto en años y años. Algo sucedía. Y era, y tenía que ser, algo bueno. Frente a frente, él rio. Un tanto apenado, no pudo hacer mucho por evadir la conversación.

—Ya te lo diré —dijo, evitando los mejores ojos, los de su madre.

Ella, juguetona, cómplice, lo golpeó en el pecho con una palma.

—¿Es una chica?

—Mamá…

—Dime si es quien yo creo.

Rieron más, mirando él sus zapatos y ella la boca de él, que se esforzaba por no mostrar una mueca de atolondrada felicidad.

—No tengo quince años, mamá.

—¡Ya sé! Pero dime. ¡Dime!

Derrotado, sonriendo irremediablemente, contemplando enternecido a su madre, la tomó de las manos. Lo dijo:

—Vamos despacio.

Los ojos de Bulma resplandecieron.

—¿Marron, Trunks?

Él no necesitó responder. Sonrió tanto que Bulma no necesitó ni una palabra más. Abrazó fuertemente a su hijo.

—Cuando estén listos, tráela a casa.

—Sí…

—Ah… ¡Me muero! ¡Me haces feliz! Me encanta, me fascina para ti. Podremos invitar a Krilin y Dieciocho también. ¿Ellos saben?

—No. No saben nada. Nadie sabe.

—¿Sólo yo?

—Sí.

—Así me gusta. Que el resto se pudra, pero yo tenía que saber.

Y Trunks y Marron prosiguieron las lecturas, hasta que la novela llegó a su fin. Al terminarla, hablaron sobre ésta, luego sobre ellos. No hacían planes, no se prometían cosas a futuro; él le preguntaba en qué se había inspirado para escribir Carpe diem, indagaba sobre cuándo y cómo se había enamorado de él; Marron contestaba todo, e indagaba también, preguntaba qué hubiera hecho él si se hubiera atrevido a buscarla antes, cuando ella tenía quince y él veinte, luego de la fiesta de cumpleaños y el vestido rosa, perpetuo en la memoria de él como el instante en que los caminos se dividieron.

—Hubiera ido a buscarte al colegio.

—Yo me hubiera asustado.

—Y yo te hubiera acosado. —Risas—. Te hubiera llevado a algún sitio y te hubiera besado y tocado hasta hartarme.

—Y yo me hubiera asustado muchísimo más.

—Y a mí no me habría importado, Marron. Te hubiera besado hasta convencerte.

—¿De qué?

—De todo.

—¿Y qué hubiera pasado…?

—Quién sabe… Pero hubiera sido muy feliz. Y ya llevaríamos más de diez años juntos… Y nunca hubiera mirado a Isabelle.

Y seguían besos, besos adolescentes que maduraban progresivamente, muy, muy despacio. Iban a la cama, se desnudaban casi por completo, manteniendo la ropa interior y nada más, y se acariciaban, y se mecían íntimamente abrazados en medio de la oscuridad. Alimentaban el deseo sexual y emocional de unirse, sabiendo que cuando al fin pudiera suceder, sería perfecto.

Y pasaron más y más semanas, y Marron, una noche, siempre un viernes porque era ese el día de la inspiración, le contó a Trunks que había una película en cartelera que sentía deseos de ver. Él, acomodándose la bandana y la gorra en la cabeza, insistió en llevarla a la función de trasnoche. Fueron al cine, vieron la película, y luego terminaron en una pequeña pizzería, y comieron mientras comentaban la historia que acababan de ver. Con el resbalar de los cubiertos en los platos, sus pieles se erizaron, sincronizadas. Qué tranquilidad. Hacer las cosas más simples, juntos, se sentía lo más trascendental del mundo. En la simpleza, por lo tempestuosa que había sido en principio, antes y durante el triángulo, su relación, era refrescante, una bocanada que, sentían, siempre se sentiría bien. Cuando las cosas se hacen al revés, la tranquilidad aparece en lo cotidiano.

Es así.

Comenzaron a pasear por las calles los viernes por la noche. Pasaron sendas madrugadas caminando, conversando. Marron le contó todo cuanto pudo sobre ella, y Trunks le devolvió la confianza de la misma forma. Ella empezó, entonces, a notarlo: él estaba bien. La sombra detrás del iris mágico de sus ojos era un sello que jamás se borraría; no obstante, un brillo extra en el azul, que lo volvía más nítido y resplandeciente, expresaba esperanza. Trunks estaba recuperado.

Hablaron de su tratamiento, él le contó los más escabrosos detalles. Y se fue más hacia el pasado, y le narró con lujo de detalles su relación con Isabelle. Liberar hasta el más repugnante detalle de ésta significó para él el punto final. Ahora, librado de los recuerdos, sólo le quedaba el futuro, como si hubiera levantado una pared tras su espalda, una que lo separaba para siempre del dolor pasado. Y sólo había una dirección en su camino. Y Marron estaba bien sujeta a su mano, al lado de él.

Estaba recuperado, sí. Sentía deseos de todo, de demasiado. Se llenó de expectativas que le punteó a Marron, una por una las dijo y las sintió. Y empezó no sólo a soñar; empezó a hacer. Vendió su departamento, vendió la casa de tres pisos y escaleras caracol, no sin antes vaciarla y quemar todo cuanto la llenaba, así como, hacía meses, había quemado los cuadros y recuerdos de Isabelle.

—¿Y sus fotos? —le preguntó Marron una noche—. Una vez nos comentaste —dijo, refiriéndose a ella misma y a Pan— que tenías toda su obra en tu poder.

—Le envié todo a Susu, le cedí todos los derechos.

—¿Eh?

Frenaron a medio caminar por una oscura calle del Distrito 9. Marron lo vislumbró ciertamente asombrada.

—Susu publicará y exhibirá muchas fotos, las que considera que deberían ver la luz.

—¿Y habrá fotos tuyas?

—Sí.

—Pero…

—No me importa. —Trunks sonrió, convencido—. Ese no soy yo.

Porque no se sentía el Trunks que posaba ante Isabelle; ese era la plastilina que ella había moldeado, no su más genuino yo. Por eso, semanas después, cuando Z News publicó varias fotos inéditas de él, junto con otras fotos inéditas de variadas figuras públicas, no le importó en lo más mínimo. Sabía que no tenía nada que ver con ese de las páginas de la revista. Él era el de ahora, el que oculto bajo una bandana y una gorra caminaba junto a Marron en medio de la noche, durante madrugadas enteras. Era él, un ente con significado propio, no el ente despojado de alma que Isabelle había tallado a su antojo, bajo sus obsesiones y locura.

No era él, no.

Jamás volvería a ser él.

Guardó todo el dinero de la venta de los dos domicilios pensando en Marron y él en el momento indicado, y cuando sólo le quedó el departamento del Distrito 6, el viejo departamento de ligue, le dio la llave a Goten, un Goten al que apenas si podía mirar a los ojos por obvios motivos.

—Trunks, estás muy frío conmigo… ¡Y no creas que no me doy cuenta! ¡¿Qué pasa?!

Cuando Goten le reclamaba, Trunks se encogía de hombros, desarmado. Lo miraba, lo sentía un gigante, y él se sentía una hormiga, al revés de como Goten siempre se había sentido ante él. Goten se percataba de su fragilidad, se le encogía el corazón al notarla, se sentía sin rumbo ante su maltrecho líder, y se abrazaban con todas sus fuerzas.

—Así soy ahora, lo siento. No puedo volver atrás.

Y en parte era cierto. Goten tuvo que conformarse, entonces. Trunks terminó contándole que estaba con Marron, Goten insistió en comer juntos, en salir, en algo; Trunks rechazó cada idea que Goten tuvo. La relación, luego de tantas negativas, se enfrió definitivamente. Pero fue Bra quien le confirmó que no era él el único en enfriar su más grande amistad. No lo era, no.

—Pan dejó la universidad. No me responde los llamados, se niega a verme.

Al escuchar semejante realidad, Trunks consoló a su hermana.

—Lo siento —dijo.

Las palabras a veces parecen decir algo que no dicen. Bra entendió, al escucharlo, que él sentía que ella se sintiera mal. Trunks lo que hizo fue, en realidad, pedirle perdón. Él tenía la culpa de todo.

No intentó averiguar nada más. Cuando le contó lo que su hermana le había dicho a Marron, ella sintió recorrerle la necesidad de buscarla; no lo hizo. Se sentía, pese a que él le dijera que no tenía por qué, tan culpable como Trunks lo era. No tenía cara para ver a Pan. No tenía razones, tampoco, no sin nexo existente. Eran, ahora, como dos completas desconocidas. Y lo serían por algunos años más.

Saber de ella los perturbó unos días; después, continuaron hacia el frente, tomados de la mano ante el gris.

Y pasaron siete meses de la muerte del triángulo. A los exactos siete, Trunks llegó a casa de Marron con unos pasajes.

—Tengo que hacer un pequeño viaje. ¿Vienes conmigo?

—¿A dónde?

—Capital del Norte.

Trunks le explicó que sólo sería por el fin de semana, que el sábado por la mañana debía reunirse con una persona. Aunque él no dio detalles al respecto, algo que ella respetó. Marron aceptó, y el viernes por la tarde volaron a la Capital de Norte, lejana y fría ciudad del mundo si las habrá. Al llegar, cenaron en un sencillo restorán para después caminar, como cada viernes lo hacían. Sin saber muy bien a dónde iban, dejándose llevar por la conversación, deambularon durante horas. Marron se detuvo ante una casa escondida tras unas rejas que, por su descuidada apariencia, por las plantas que la rodeaban y la suciedad de las paredes exteriores, parecía abandonada. Se aferró a una de las rejas negras que separaban aquel objeto del pasado del presente.

—¿Sabes? Mamá nació en esta capital —dijo.

Trunks, detrás de ella, observó la casa abandonada. Marron muy raras veces le hablaba de su madre. Siempre hablaba de Krilin, que papá esto, que papá lo otro. Nombraba poco a Dieciocho. Que la mencionara, que le diera un dato tan inesperado, lo sorprendió sobremanera. Emocionado, la abrazó por detrás.

—Pensé que ella no recordaba nada… de…

—¿Su pasado? —La voz de Marron carecía de emoción. No era apática, sin embargo; era una voz calma que expresaba seguridad y tranquilidad, paz—. Recuerda muy pocas cosas, todo de una forma muy difusa. Siempre sentí que no me dice todo, que hay cosas, quizá difíciles, dolorosas, escabrosas, que no quiere decirme. Mamá nunca fue del todo sincera conmigo.

—Tu mamá y mi papá se odian porque se parecen —concluyó, relajado, Trunks—. Si me baso en papá, él mató tanta gente antes de llegar aquí y conocer a mamá, que el que nunca me haya dado detalles de su pasado nunca me importó. Lo entiendo. Quizá a Dieciocho le pasa lo mismo.

—Los padres nunca les dan detalles a sus hijos, no todos los detalles.

—Porque cuando los hijos nacen, lo que eran antes de ellos se borra. O, mejor dicho… —Trunks estrechó la cintura de Marron. Apoyó su frente en el cabello dorado—. Cuando los hijos nacen, algo dentro de ellos renace.

—O nace, porque antes no existía.

—Sí.

Marron sujetó las manos de Trunks, ambas posadas en su vientre.

—Mamá nunca me ha dicho cómo se llamaba, quiénes eran sus padres, cómo era su vida, a qué se dedicaba, qué le gustaba. Sólo sé que tenía una afición que no recuerda cuál era, pero que sí recuerda era muy importante para ella. Sólo me dijo, una vez, una noche en la que por algún motivo ella estaba emocionada, mirando las estrellas en la orilla de la isla, que tenía una especie de sueño, pero que no había podido cumplirlo.

—¿No tuvo tiempo?

—No, no lo tuvo. Y no recuerda qué era… Es muy cruel, si lo pienso. Es como si algo, ahora, viniera a borrarme la memoria y a convertirme en otro ser, y me hiciera olvidar que amo escribir.

—Es muy cruel en verdad.

—Pero… —En brazos de Trunks, Marron se estremeció—. Últimamente, contigo, he pensado mucho en ella. De alguna forma, la he entendido más. ¿Y si ese pasado es horrible? ¿Y si ese pasado aún le duele? ¿Y si ese pasado le avergüenza? Será que cuando tienen hijos, los padres quieren ser, para ellos, seres perfectos. Será que los padres muestran sus mejores rostros para protegernos de la crueldad del mundo.

—Es inevitable. Digo… Si yo tuviera hijos algún día… —Inconscientemente, las manos se apretaron—. Si tuviera hijos, no les hablaría de Isabelle, no tanto como te he hablado a ti. Quizá sí les diría cosas muy por encima, quizá les explicaría qué clases de personas pueden existir entre todas las que hay en el mundo, pero no sería capaz de contarles en exceso, porque no tendría objeto. Digo, ¿para qué? Prefiero que sepan, algún día, que cometí errores y aprendí de ellos, o intenté aprender, por lo menos. Quisiera que ellos fueran libres, que fueran valientes…

—Que no fueran como tú.

—Quizá es inevitable, al ser padre, desear que tus hijos no pasen todo lo que tú.

—Por eso mamá me ha sobreprotegido toda la vida. No quiere que pase por… —La voz de Marron se quebró—. Tú me entiendes.

Las manos se apretaron más.

—Sí, te entiendo.

—Gracias por traerme. Nunca había venido aquí. Me siento, de alguna forma, atada a esta ciudad.

—Gracias a ti por venir conmigo.

Sin más, continuaron caminando. No hablaron más del asunto, del apretón de las cuatro manos deseosas. Algo se sentía distinto, algo parecía resplandecer con vehemencia, con exageración. Algo estaba a punto de suceder.

Instalados en un lujoso cuarto de hotel separado en dos espaciosos ambientes, de antigua ornamentación y un predominante color azul, y madera, y espejos, Trunks se fue a acostar. Antes de ir con él, Marron, quien de pronto pareció cubierta por un manto negro, intraspasable, miró su netbook. Desde hacía días esperaba una respuesta, la respuesta a algo que, por preferir no ilusionarse junto a él, no le había contado a Trunks. A las tres de la tarde del viernes que ya se había extinguido, el correo electrónico había llegado. Eran las tres de la mañana del sábado, doce horas habían pasado, y Marron, ante la pantalla, mientras Trunks dormía, así como el mundo, lloró con todas sus fuerzas.

Sí, algo estaba a punto de suceder.

Fue con Trunks, lo abrazó, durmió en su pecho feliz, hecha. Todo cuanto le había dolido alguna vez estaba curado, el dolor se había desvanecido. Ese es el poder que los sueños tienen en las personas: curar, reparar. Los sueños hacen que los seres rojos que los sienten renazcan en la más fuerte de sus encarnaciones.

Por la mañana, Trunks se ausentó. Marron, hecha un manojo de nervios, hizo las llamadas pertinentes. Cuando él volvió, ella lucía radiante. Él también. Marron escribía ante una mesa cuadrada de madera laqueada, cubierta por un grueso vidrio. Cuando Trunks tomó una de las tres sillas vacías que la rodeaban y se sentó junto a ella, Marron cerró la netbook.

—Marron…

—Dime.

—Una millonaria de esta ciudad, portadora de uno de los apellidos más elevados de por aquí, me hizo un encargo.

—¿Eh?

—No te lo conté, pero me moví un poco estos últimos dos meses… No quería ilusionarme de más, por eso preferí esperar para decírtelo.

Marron rio absurdamente. Igual a ella.

—Estaba un tanto perdido —continuó Trunks—, no estaba muy seguro de qué hacer, de cómo lograr algo. Tuve que llamar a Susu. Si bien nos distanciamos, ella había prometido darme una mano si la necesitaba, y nadie era más adecuada para ayudarme que ella. Me dio algunas ideas, me dijo algunos nombres y me explicó qué podía hacer. Le di algunos cuadros, prometió recomendarme, lo hizo y al parecer algunas personas se vieron interesadas.

Los ojos de Marron se agrandaron hasta el límite. Lo que él le estaba diciendo era demasiado.

—Abrí un sitio en Internet. Vendí algunos cuadros gracias a Susu y a que se cansó de recomendarme, y vine aquí porque la mujer que te mencioné me encargó unos paisajes.

Silencio. Marron se levantó tan rápido de la silla que ésta cayó al piso, derrotada. Se abalanzó sobre Trunks, lo abrazó posesivamente y rio al son de la risa de él. Se mecieron, rebalsados de alegría.

—Pero… —La voz de Trunks se abstrajo, así como todo él lo hizo—, Marron, la verdad es que no estoy usando mi nombre.

—¡¿Qué?! —Marron se separó de él, levantó la silla y se sentó en diagonal a la mesa, para observarlo de frente—. Pero… ¿por qué…?

Trunks mantuvo la sonrisa. Era como si aquello hubiera sido parte de una decisión que ya era irrevocable. Estaba seguro de lo que hacía.

—No quiero que ser «Trunks Brief» me ayude. Quiero hacerlo por mí mismo. Si bien Susu me ayudó… no quiero que también lo haga mi nombre. Que me ayude lo que hago, el talento que pueda tener, no quien soy.

Marron, hasta hacía un momento nerviosa, se vio capaz de relajarse.

—Entiendo, pero Trunks, es tan injusto… ¡Es injusto!

—No lo es. —La sonrisa de él, irrompible, incorruptible, se mantuvo a rajatabla—. Yo lo sé, tú lo sabes. No importan los demás.

—Pero…

—La mujer se impresionó mucho cuando me vio. Le pedí reserva, le expliqué lo que acabo de explicarte y lo entendió.

—¿Y qué nombre usaste?

—Touji.

Marron precisó acariciar el rostro de Trunks. Se sonrieron. Ahora, los dos estaban convencidos.

—Entonces, lo lograste.

—Lo empecé a lograr, digamos.

—Sí…

Sollozaron, emocionados. Trunks notó lo que había sido evidente desde el primer despertar por la mañana, desde el primer beso y el desayuno, desde la despedida antes de que él fuera al encuentro pactado: Marron lucía distinta. Marron se veía más bella que nunca. Entendió que ella tenía algo para decirle también.

—Cuéntame, anda.

—¿Eh?

—Estás feliz.

Marron rio, apenada. Se preguntó por qué no lo había dicho aún; se respondió que no podía, que era tanto y era tan maravilloso que no había forma de pronunciarlo sin sentir que estaba mintiendo. ¡Nada deseaba más que gritar, que él gritara con ella, que juntos gritaran con potencia por ver cumplidos sus más idealistas sueños! Y es que cuando una utopía se cumple, el mundo del ser adquiere un significado diferente, superior. Es tan inmenso el significado que nunca termina de parecer real. Marron al fin había cumplido su sueño, el más grande, el más inmenso, ese que incluso era más profundo que la otra utopía, la de tener a su lado al hombre al que más obstinadamente había amado, el único, el auténtico demonio que no paraba de cambiarle la vida con su amor. Se miraron, él sentado en la cabecera de la mesa, ella sentada lateralmente. Si ella estuviera con los dos, frente a Marron y al otro lado de Trunks, cada cuerpo sería la punta de un triángulo. Marron cerró los ojos al pensarlo, al percibir a Pan allí, con los dos, como siempre le pasaba. Negó al aire, intrigando a Trunks, obligándose a ella misma a no pensar más en los errores. Lo hecho, hecho estaba. Así había tenido que ser.

Era tiempo de pensar en ellos dos. Estaban solos en su propio mundo, y estaban bien.

—Pues… —Luego de proferir la palabra, Marron se quedó sin aire. Se ahogó en sus sueños, demasiado feliz, demasiado triste y demasiado emocionada. No podía decirlo, no había manera.

Por debajo de la mesa, una mano se acercó a las suyas. Trunks estrechó su mano derecha suave, dulcemente. Los ojos se pegaron los unos a los otros, las miradas se consolaron con sencillez. Y las palabras brotaron de ella, solas:

—Ayer me contactó una de las editoriales con las cuales me recomendó tu tía. Van a publicar mi libro.

Después de decirlo, las lágrimas cayeron mágicamente de sus ojos. De los de Trunks también. La mano de él ejerció presión sobre la mano de ella.

—Lo sabía...

Apoyando sus rostros sobre la mesa, de lado contra el vidrio, continuaron mirándose. Ella devolvió el apriete que él ejercía sobre su mano.

—Lo sabía —repitió él.

—Trunks, yo…

La mano de él levantó la mano de ella. Trunks la arrimó a su mejilla, la posó en su piel, la sujetó contra él, la acarició.

—Lo lograste.

Sonrisa de él, y ella sintió desfallecer. Sí: había logrado todo, absolutamente todo lo que había deseado para su vida: publicar su libro, amar y ser amada por su demonio. Si la perfección existía, era ésta, se dijo. Nada podía ser mejor. Así había tenido que ser, se repitió por enésima vez, al sentir, percibir, al vértice perdido del mundo de los tres. La perfección nunca es perfecta. Siempre hay lunares en la piel.

—Y tú también lo harás…

Lloraron, se besaron habiendo deslizado sus mejillas por el vidrio de la mesa. Los labios se apretaron quedamente, nada de apremio, nada de sensualidad. Amor, dulzura, pureza.

Así había tenido que ser.

Te amo, le dijo él; ella lo dijo también. Te amo, y esta es la perfección, y todo es como debe, y el mundo tiene, al fondo de su oscuridad, un ápice de esperanza. Te amo, y quiero estar contigo, siempre.

Siempre.

Trunks arrimó su silla a la de ella. Marron sintió las rodillas chocar, entrelazarse. Él la tomó suavemente de la nuca, ella lo vio tragar saliva al juzgar por el movimiento de la nuez de su garganta. Los ojos se pegaron, como siempre y al fin de nuevo, a los ojos.

—Estoy listo —dijo enigmáticamente él.

Marron, desorientada, llenó de dudas sus ojos. Él, notándolo, cambió su mirada. Ante Marron, los ojos de Trunks adquirieron el viejo tono: el de la pasión. Supo que él deseaba reencontrarse con ella en la más marcada intimidad. Era hora, ya no podían concebir a sus cuerpos separados, más en tremendo instante, cuando todo parecía tan simple y tan perfecto. El rojo brillaba en el cielo, sangraba sobre los dos, los alimentaba con el calor de su sangre, la de los que sienten.

Ella se sonrojó profusamente; él, respirando con notoria dificultad, nervioso pese a la pasión expresada por su mirada, posó su rostro en el pecho de Marron con pasmosa naturalidad. Acarició con la cara a la ropa, ella sintió cómo la tela era traspasada por el calor de su respiración, y las manos de él abrieron lentamente la camisa de ella. Abrió la camisa y, sin retirarla, besó por sobre el sostén los pequeños e inolvidables senos de la musa dorada. Se sentía tan acostumbrado a ella, y sin embargo, pese a saber exactamente cómo y cuándo tocarla para hacerla enloquecer, la sensualidad que los abrasó se sintió radiante. Tembló al levantar el sostén, tembló al besar las puntas rosadas, aquellas que manchaban la blancura con su brillo particular. Marron, lanzándose hacia atrás, deseó llorar de alegría. Se dejó hacer por aquel Trunks que, caricia a caricia, intentaba rencontrarse tímidamente con la pasión. Los labios de él se deslizaron por el estómago de ella, bajaron hacia los muslos, donde las manos se dieron un momento para levantar la falda. Levantada hasta la cintura, con el dedo índice de cada mano bajó la ropa interior de Marron. Ella tiritó. Era como una segunda oportunidad, como una segunda primera vez, con él. Era la primera vez definitiva. Las manos, enormes, sujetaron sus muslos; los ojos se clavaron, cual dagas, en sus pupilas. Las bocas se unieron a la velocidad de la luz. Un beso violento, fogoso, se suscitó. Todo era felicidad. Las manos ejercieron más fuerza en los muslos, levantó Trunks a Marron, la arrastró encima de él. Una mirada, un nuevo beso, otra mirada. Las cuatro manos lucharon, enloquecidas, con el cinturón, el botón, el cierre del pantalón, la ropa interior, todo lo que censuraba la desnudez de él. Mientras luchaban y así como en la primera vez, se miraron sin pestañear, incluso besándose, rozándose dulcemente los labios. Desnudas las dos intimidades, la del hombre y la de la mujer, así como desnudas estaban las almas en sus ojos, sólo bastaba un movimiento para concretar la unión. Marron intentó, notando los nervios de Trunks, tomar la iniciativa.

—A-Aguarda… No tengo protección.

La respiración de Marron se detuvo al escucharlo. Un déjà vu la acechó. ¡No! No iba a recordar la noche de errores. Este no sería un error. Era lo que los dos deseaban.

—No me importa.

Las miradas se empaparon de lágrimas, las bocas jadearon, rozándose por el movimiento de sus respiraciones. El silencio les dijo más que las palabras, como cada vez más les pasaba. Entre ellos, ni las palabras eran necesarias siempre que contaran con sus ojos.

—¿Marron…?

Y ella tomó la iniciativa. Concretó la unión con cierta torpeza, con apremio, con brusquedad. Al hundirlo en su interior, al llenarse de él, gimió con fuerza. ¡Era maravilloso! Sentirlo parte de ella, sentirlo en plenitud, sin barreras. Sentirlo puramente era terminar de creer en la veracidad de la utopía: era real, era él y era ella; eran los dos, juntos en la perpetuidad, una flecha en contramano al gris engullidor del mundo. Al llenarla, Trunks gritó con cierta exageración, una que no era tal, pues la potencia de lo que experimentó al sumirse en Marron fue genuina; sentirla así era, luego de tanto, demasiado. Él balbuceó incoherencias, la abrazó con todas sus fuerzas y la movió sobre él con rudeza, con adolescente necesidad. La silla, bajo ellos, rechinó. Marron gimió ante cada invasión, gimió ante la fricción sincera de sus pieles, y antes de lo esperado, lo escuchó ahogar un potente grito contra su pecho. La dulzura del calor que compartieron anunció el fin. Ella rio, y él, temblando por causa del goce infinito, también lo hizo.

—Muchos meses, muchos nervios, muchos…

—No, no… —Rieron más, se deshicieron en carcajadas. Se besaron entre las risas que prorrumpían sinceramente—. Está bien… —Ella llenó de besos su frente perlada, lo incentivó a regular el desorden de su respiración. Lo amaba tanto que no lo soportaba—. Trunks, tranquilo.

Permanecieron abrazados por minutos enteros. Pronto, Trunks se acomodó desprolijamente el pantalón y levantó a Marron en brazos. Todo era posible, todo era cierto. El gris al fin había desaparecido. Junto a ella, el mundo jamás volvería a ser gris. La boca jamás intentaría engullirlo; los cuadros, muertos, jamás volverían a perseguirlo con risas. ¡Todo era posible! El rojo estaba por todas partes. Junto a Marron, el rojo triunfaba ante el gris. Corrió con ella en brazos, la sentó al borde la cama, la desnudó, se desnudó. Ella se puso de pie, ante él. Sin ropa, se miraron fijamente, alumbrados apenas por la luz blanquecida de un velador. El azul del cuarto, junto con la luz, sumió a Marron en el centro de los ojos de Trunks. Ese era el infierno de los que sienten. Estaba allí, con él, al fin. Se besaron lentamente, se acariciaron en detalle. La cama era como una canción que inspiraba toda la voluptuosidad que portaban. Estaban navegando una poderosa epifanía, la que jamás podrían olvidar.

Se amaron con ímpetu, dejando atrás los nervios y los recuerdos. Trunks no recordó a la última mujer que había sentido íntimamente; Marron no la recordó, tampoco. Existían los dos y nadie más, estaban solos y a salvo de cualquier dolor que pudiera rozarlos. Estaban a salvo, y las alas del ángel se levantaron, y lo envolvieron, y él se sumió hasta el centro de ella. Todo era posible y perfecto. Cuando el amor está hecho de dos líneas viajeras que perforan juntas el gris, juntas y no una por causa de la otra, sino juntas por su propia fortaleza, el amor es el más genuino que se pueda sentir.

A mitad de la noche, él aún la observaba. De lado, de cara al otro, acariciándose siempre las mejillas, sin taparse en medio de la cama, dos desnudeces plasmadas estéticamente en las sábanas, supieron que pensar en el futuro también era posible.

—No sé si es buena idea, por todo lo que pasó tal vez deberíamos esperar un poco más —dijo Trunks.

Marron, entendiendo a qué se refería, negó con la cabeza, no a sus dichos, sino a los nervios que amagaron con invadirlo.

—Quizá no la sea, pero si estamos de acuerdo…

—¿Deberíamos esperar un poco más?

Sentían, al mirarse, que portaban la misma clase de locura. Eso, y tanto más, los había diferenciado de Pan, quien al fin había desaparecido, reemplazada por los sueños que, amándose como se amaban, era menester planear para cumplir.

—No quiero esperar, Trunks.

—Yo tampoco.

Rieron. Qué calor los llenaba.

—No esperemos.

—Bien. —Un beso, y Trunks continuó—: ¿Y dónde quieres que vivamos?

Marron se tentó. Sí, definitivamente era hora: tenían que vivir juntos. Era inconcebible el después sin el otro cada día en el mismo lugar. El amor había llegado al punto de maduración necesario: ya se sabían todo, ya se sentían todo, ya estaban listos para el futuro que, escondido en el rojo del cielo, se atisbaba.

—Donde sea bueno para ti, Trunks. Yo no tengo problema.

—¿En las afueras de la Capital del Oeste? Hace tiempo que vengo pensando en las afueras.

—¿En una casa?

—La que tú quieras, tengo el dinero de mi departamento y la vieja casa de tres pisos…

—Y yo tendré el de mi departamento.

Hablaron de muebles, de colores para las paredes, de número de ambientes, de las cosas más sencillas. Si es lo suficientemente grande, tú podrás tener un estudio para escribir, y yo podría tener mi taller. Sí, Trunks, así será. Y tendremos que blanquear la relación. Sí, yo hablaré con mis padres y tú con los tuyos. Prefiero hablar aparte con mis padres: presiento que mamá no lo tomará bien. ¿Dieciocho, por qué? Mamá me sobreprotege, no lo olvides. Hablaré sola con ella y papá. Está bien, está bien.

—¿Y la familia, es decir nuestra familia, la de todos?

—No pensemos en ellos todavía.

Porque entre ellos estaba ella, el sueño olvidado de purificación, Pan y el misterio de cómo estaría en el polo opuesto de la realidad. Determinado a mantener en alto la alegría que los sueños transmiten, Trunks, de la mesa de luz, recogió una caja que había mantenido escondida tras el enorme velador. Marron miró confundida la caja. Trunks rio; ella lo acompañó.

—No quiero casarme —dijo él.

Marron ya lo sabía.

—Me parece bien, yo tampoco creo en eso.

—Pero quisiera darte algo, de todas formas.

—Trunks, no… No soy muy de las joyas.

—Lo sé, lo noté, por eso, esto es algo muy, muy sencillo.

Trunks le pidió que se sentara, que le diera la espalda, Nerviosa, Marron lo hizo. Cuando menos lo esperó, el frío de la plata se posó sobre su escote. Era un collar que, así como Trunks le había dicho, era de sencillo diseño: una cadena larga y fina que pasaba sus pequeños senos. Levantó el dije, se arrimó a la luz. No, éste no era sencillo.

—Trunks…

—Es pequeño, y como es largo, puedes llevarlo escondido. —Él profirió una pequeña risa en su nuca, una que erizó toda la piel de Marron—. No lo rechaces.

Ella volteó su rostro hacia él. Lo tomó de la nuca, lo besó sendas veces en los labios. Se volvió, y vislumbró el dije una vez más.

—Es precioso…

—Lo entiendes, ¿verdad?

Marron no pudo más: sollozó.

—Sí, lo entiendo.

El dije era pequeño, sencillo, contundente: tenía significado propio. Dos pequeñas alas unidas por un zafiro. ¡Un zafiro verdadero! Marron deliró ante el color de los ojos de Trunks. No tenía que preguntarle si lo estaba interpretando bien, porque entendía por qué él le había regalado un zafiro redondo y perfecto sostenido por unas alas: eran un símbolo de los ojos del demonio, los ojos en el más crudo concepto. Llevaba en su pecho, ahora, los ojos de Trunks, los portaba como juramento, como compromiso: él era de ella, eso era lo que intentaba decirle a través del obsequio. «Te arrancaría los ojos»; Trunks se los había arrancado y se los había entregado como abstracta aunque genuina ofrenda.

Él rodeó su cintura. Depositó las manos donde siempre, los últimos meses, lo hacía: en el vientre.

—Entonces... —susurró.

Marron, como siempre, sujetó las manos de él.

—No esperemos.

Se amaron por última vez, se hicieron el amor con desesperación en medio de la cama. No, no querían esperar. Deseaban materializar sus sentimientos en un solo ser, formar una nueva vida, el instinto natural de crear una vida a partir de cada uno de los dos. La suma de sus imperfecciones: la perfección.

Un hijo, eso querían.

No sabían si era prudente esperar, si Trunks estaba o no preparado, si la noticia sería bien recibida en sus familias. Ni siquiera sabían si Pan, al enterarse, podría odiarlos y maldecirlos. ¡No les importaba nada! Querían un hijo, porque sentían que el amor que se tenían era tan inmenso y sincero que ya no podía expresarse adecuadamente. Los superaba de igual forma. Necesitaban una nueva vida ante los dos para poder descargar, entre los tres, tanto sentir.

El embarazo costó un poco más de lo pensado, se demoró más de lo deseado, mas año y medio después, ella llegó. Faith, una niña de piel blanca, cabello lila y enormes ojos azules se materializó entre los dos. Al tenerla en brazos por primera vez, tanto Marron como Trunks entendieron que era ella, que era ella y nadie más que ella, lo que habían necesitado tanto. Era el consuelo, la utopía, la luz blanca que podía alumbrarlos. Era la verdadera pureza que habían necesitado aquella vez, ese día de la primavera cuando unieron a su esquema a Pan. Más de una vez, en los abrazos de los tres, la habían sentido su hija. Sabían qué tan perversa y, al mismo tiempo, dulce, era esa sensación. Ahora, sólo reinaba la pureza. Faith, al nacer, los había salvado para siempre. Les cambió la vida, les hizo ver al mundo desde otra perspectiva, les dijo que todo lo que habían supuesto aquella noche ante la casa abandonada en la Capital del Norte era cierto: querían ser las mejores versiones de sí mismos con el único objeto de elevarla y hacerla feliz. Se juraron que pintarían en torno a ella el mundo más perfecto, la obra más perfecta de la historia, porque el mundo, para tan resplandeciente ser, debía estar a la altura. Y no lo estaría, jamás. Por eso, tendrían que protegerla. Y lo harían.

Todos se enamoraron de ella. Faith alivió asperezas que iniciaron cuando Trunks y Marron blanquearon su relación, específicamente la aspereza que Marron bien sabía se produciría.

—Al fin, Marron —dijo Krilin días después de que los pares en la desesperación retornaran de la Capital del Norte—. Casi no te hemos visto en los últimos meses, ¡y hasta te fuiste de viaje! ¿Vas a decirnos qué ocurre?

Estaban reunidos en Kame House un jueves por la noche. Roshi y Woolong dejaron a los padres y la hija a solas, determinados a divertirse un poco en un pueblo cercano. Unigame, por su parte, había ido a dar una merecida vuelta por el mar. Sentados los tres en la mesa dispuesta ante el ventanal de la sala, Marron de un lado y Krilin y Dieciocho del otro, con luces tenues y un rico banquete preparado por Krilin para las mujeres de su vida, Marron al fin pudo contarlo todo. Primero, les contó sobre su contrato editorial. Asombrados, sus padres no pudieron decir nada. Krilin, con el plato a la mitad, se levantó abruptamente. Se lanzó a los brazos de su hija. Al sentir el calor del otro hombre al que más amaba en el maldito mundo, el del significado más dulce de toda la historia, el de la valentía, la amistad y los mejores sentimientos, ella lloró. No importaría cuántos años pasaran: siempre, siempre, sería una niña en brazos de su papá. Krilin también lloró, pues comprendía cuán importante era para su hija semejante noticia. Dieciocho, en su asiento, sujetó la mano de Marron.

—Felicidades —dijo.

Marron, alimentada por tan perfecto instante, sabiendo que las dos personas que más deseaba se sintieran orgullosas de ella lo estaban, y lo habían estado, y lo estarían, juntó fuerzas suficientes para decir la otra noticia. Una vez la cena terminó, lo dijo:

—Empecé una relación con Trunks.

Por más fortaleza que tuviera y sintiera, Marron no fue capaz de mirar a su madre. Se concentró en su padre: él, notoriamente sorprendido, sólo fue capaz de balbucear un «¿qué?» apenas audible. Marron apretó sus puños bajo la mesa.

—Estamos juntos hace tiempo. Y enamorados, muy enamorados. Nos iremos a vivir juntos próximamente.

La quijada de Krilin cayó. Una sonrisa asomó.

—Y quiero que vengan mañana a la casa de Bulma. Quiero que cenemos todos juntos, que se enteren de todo, que…

—Debes estar bromeando, Marron.

La hija apretó los párpados de impresión. La gélida voz de su madre había sido proferida. No en buen tono. Se miraron al fin, y la mirada de Dieciocho se mostró tan gélida como el sonido de su voz.

—Mamá…

—Trunks está enfermo, tuvo muchos problemas, está depresivo, tiene un estilo de vida extraño, estuvo casado con la loca esa de Isabelle Cort y la prensa lo asedia sin importar a qué lugar vaya. —Sólo después de semejantes palabras, ella frunció el ceño—. Te mereces un hombre mejor, Marron, no un sujeto como él.

Pese al dolor que las palabras de su madre le provocaron, Marron fue capaz de sonreír.

—Es el mejor hombre para mí, mamá.

Dieciocho, impresionada por la mirada plasmada con convicción de su hija, no se dejó vencer. Rio falsamente.

—¡Está enfermo! ¡Dejó su trabajo, no olvidó a su mujer! ¡Marron, te está usando!

—¡NO! —Y la sonrisa de Marron arrolló a Dieciocho—. No tienes ni la más remota idea de lo que estás diciendo. ¡Él está bien, ya está prácticamente recuperado! Y lo que le falte, lo logrará muy pronto… ¡Hace más de un año que estoy con él, mamá! ¡Esto no empezó hace unas semanas! ¡EMPEZÓ EN MI MALDITA INFANCIA! ¡Lo amaba! ¡Desde niña! ¡DESDE NIÑA, MAMÁ! Sabes que no soy tonta, que no soy ingenua… ¡Me estás subestimando!

—¡Claro que sí eres ingenua! ¡Eres tan tímida que cualquiera podría pasarte por encima, niña! ¡Y él lo está haciendo, evidentemente! ¡Estás enceguecida!

—Cálmense… —La voz de Krilin no se escuchó.

—¡ME SUBESTIMAS, MAMÁ! ¡Como lo hiciste toda la maldita vida! —Marron golpeó la mesa. Se levantó, señaló a su madre. Estaba fuera de sí—. ¡No eres perfecta y yo tampoco lo soy, asúmelo! ¡NUNCA SERÉ PERFECTA, PORQUE NO TENGO MANERA DE SERLO! ¡Y lo mejor para mí es lo que yo juzgue como lo adecuado, no lo que a ti te parezca! ¡TRUNKS ES UNA GRAN PERSONA! Eres amiga de su madre, así como papá lo es… ¡Incluso papá conoce a Bulma de toda la vida! ¡NO PUEDES HABLAR ASÍ DE ALGUIEN QUE ES CASI SOBRINO DE LOS DOS! Alguien a quien alguna vez le arruinaste la vida, por cierto… ¡Y eso siempre me pesó, saber que mi propia madre alguna vez le había arruinado la vida justamente a él! ¡A ÉL! ¡PORQUE EN OTRA REALIDAD…!

Dieciocho se puso de pie, extendió su brazo, le dio una cachetada a Marron.

—¡NO ENTIENDES NADA, NIÑA!

En el piso, con el rostro cubierto por el desorden de su cabello, Marron no se contuvo. Krilin la ayudó a levantarse, pero ni la dulzura innata de él pudo detenerla.

—¡NO PUEDO SER QUIEN TÚ QUIERES QUE SEA! ¡Que si me pongo la blusa azul y no la verde, que si me pongo o no gorro, que si estudio Letras o Diseño de indumentaria, que por qué no hablo más fuerte, que soy demasiado aniñada y que…! ¡TODAS SON TONTERÍAS! Deja de moldear mi maldita existencia, mamá… ¡BASTA! ¡Quiero algo más trascendental para mi vida, no esa sarta de estupideces! Y si no quieres venir mañana, entonces que venga papá. El día que asumas que lo que hay entre Trunks y yo va en serio, que lo va, por cierto, hablaremos.

Portazo, y Marron se sentó a la orilla de la isla. No podía irse sola, evidentemente. Krilin no tardó en salir tras ella.

—Hijita…

—Llévame, papá.

Minutos después, estaban en la aero-nave de su padre.

—Déjame hablar con Trunks, hija.

—¿Qué…? ¿Cuándo…?

—Ahora, si es posible. —Para tranquilizarla, Krilin volteó un instante hacia ella. Pese a estar cubierta de lágrimas, Marron logró contagiarse de la dulzura que su padre, mediante una sonrisa, le expresó.

—De acuerdo.

Un mensaje de texto, y cuando llegaron al departamento del Distrito 7, Trunks aguardaba en la sala. Él no sabía que Marron llegaría con Krilin. Cuando se vieron, Trunks se sonrojó furiosamente, sin poder evitarlo. Se puso de pie, se acercó, vaciló con saludarlo. Krilin lo relajó con una radiante sonrisa. El hombre le extendió una mano. Trunks, agachándose un poco, la estrechó.

—Hablemos un poco —dijo Krilin.

Cuando Marron preparó café para los dos y el acostumbrado té para ella, Krilin tomó la palabra:

—¿Hace cuánto salen? —le preguntó a Trunks.

—Un año y dos meses, más o menos. Con interrupciones.

—Tus problemas de salud.

—Sí.

Y mucho más.

Mostrándose relajado, tranquilo, maduro a pesar de ser siempre tan atolondrado, eternamente él en esencia, Krilin observó a su hija y luego a la pareja de ésta. El semblante de Trunks se tornó serio. Estaba, como desde que Marron y él se habían confesado todos sus sentimientos, convencido.

—Trunks, te conozco desde que tu madre tuvo la loca idea de llevarte, siendo un bebé, al encuentro con los androides. —Risas de los tres—. Eres hijo de Bulma: no hay más que decir para mí. Confío en ti, confío en que tus intenciones sean tan buenas como Marron asegura que son, pues es en ella en quien confío.

—Marron es digna de toda la confianza que se le pueda tener a una persona —dijo Trunks, orgulloso de su mujer.

De acuerdo con Trunks, Krilin prosiguió:

—Sólo tengo un pedido. —Los ojos negros y arrugados del mejor amigo de Gokuh se fijaron en Trunks, tanto que éste se sintió intimidado por un instante. Por Marron, por ella y por una vida entera de conocerlo, le tenía un enorme respeto a Krilin—. Cuídala de la prensa. Es la prensa lo que más me preocupa: tú eres famoso, bien sabemos cuánto se han metido contigo, de las formas más injustas… Es por eso que te pido que la cuides de esos monstruos.

—Lo haré, no te preocupes. La cuidaré y me cuidaré a mí mismo. No la expondré a nada.

—Además, ella merece que se le dé reconocimiento por sí misma, no por ti. —Trunks y Marron se miraron. Era lo que él había aducido para usar el seudónimo Touji—. Si a su libro le va bien, algo que realmente espero suceda…

—Papá, una simple autora no puede ser tan famosa como alguien como Trunks.

—Lo sé, lo sé… ¡Pero estarás expuesta, Marron! Y necesito que él te cuide. ¡Porque, de lo contrario, lo mataré! ¡Y llegaré el Súper Saiyan Fase Nueve y haré mil Kaiohken aumentados por mil y le lanzaré sendos Kienzan que lo partirán en un millón de trozos! —Rio, la pareja rio con él; todo estuvo dicho. O no—. Mi mujer no está muy de acuerdo con esta relación, Trunks.

Baldazo de agua fría.

—¿No?

—No. Pero lo estará, no te preocupes, En cuanto ella pueda aceptar que la estás cuidando bien, lo aceptará y se relajará. Denle tiempo. Dieciocho es un ser muy especial.

Y lo era. Y Krilin no se equivocó. Dieciocho y Marron estuvieron enemistadas durante meses. La madre empezó a ablandarse cuando Carpe diem salió a la venta, cuando sus ventas demostraron ser muy buenas, para sorpresa de todos. Marron adquirió un ápice de fama, dejó la escuela definitivamente, se dedicó a mudarse junto a Trunks a una hermosa casa de dos plantas y cinco ambientes, un poco menos lujosa de lo que sus familias pensaron que adquirirían pero lo suficientemente aislada de la ciudad como para mantenerlos tranquilos. Los rumores sobre la nueva escritora y ex Presidente de la empresa más poderosa del mundo dieron inicio, pero Trunks protegió de tal modo a Marron, alejó de tal modo a la prensa, se alejó de tal modo del medio y las arpías que lo perseguían y de las revistas que le pedían entrevistas junto a su «nueva mujer», que Dieciocho tuvo que admitir que Marron había tenido razón. Orgullo mediante, hasta el embarazo no lo admitió. Un día, simplemente, estrechó la mano de Trunks con más fuerza de la ordinaria y le susurró un «cuídala» casi imperceptible que él no sólo atendió al pie de la letra; lo agradeció.

Cuando Faith nació, nadie permaneció indiferente. Su llegada al mundo regó con magia a toda la familia, sobre todo a los Brief que tanto habían padecido la enfermedad de Trunks. La pequeña demostró ser la redención para sus padres. Trunks y Marron dejaron al fin la culpa detrás. Sabían por comentarios que Pan estaba trabajando en una escuela de su abuelo Satán, que al parecer estaba totalmente dedicada a la enseñanza y el entrenamiento. Ella había cumplido su sueño también. Eso, y la presencia inmaculada de su hija, significaron la vuelta de página definitiva. Marron dejó de culparse, Trunks lo hizo también, aunque con más dificultad, nunca del todo. Con Faith en brazos, no tenían más fuerzas que para ella. Lo que hacía peso sobre sus hombros había quedado atrás, en pos de dedicar toda energía a Faith.

Ella les había borrado la memoria. Sólo tenían ojos para ella.

Sin embargo, pese a haber dejado atrás la culpa, Trunks y Marron tardaron tres años en volver a una reunión de los Guerreros Z. Llamaba la atención la actitud de los dos, más de uno se preguntó en voz baja si es que eran un tanto excéntricos y por eso no aparecían; nadie sabía, nadie menos Pan, que no eran capaces de ver a la musa blanca. Tampoco querían verla. Había un rencor entre líneas, un rencor no a Pan, sino al Trunks y la Marron que Pan había amado. Era el recuerdo de sí mismos y su demencia compartida y el daño provocado lo que no les permitía mirar a los ojos a la más pura de los tres. En el trascurso de los tres primeros años de vida de Faith, mucho sucedió en las vidas de los pares de la desesperación. Mientras la novela de Marron vendía considerables copias, mientras Trunks vendía cuadros por Internet y realizaba encargos muy bien remunerados para millonarios y coleccionistas de arte de diversas partes, la prensa hablaba largo y tendido de los dos. Intentaban atraparlos en cada salida que hacían, inventaban rumores absurdos, y los fans más acérrimos de Isabelle juzgaban injustamente a Marron. ¿Qué le vio?, se preguntaban en foros y grupos de redes sociales. ¿Qué le vio? ¡No es ni la mitad de bella que Isa! ¡Y su novela vende porque está con él, no porque tenga talento! ¡Isa y Trunks siempre serán la mejor pareja! ¡Siempre! El apodo de «la insulsa» dio vueltas por Internet, pero ninguno de los dos permitió que tantos absurdos los afectaran. Tampoco permitieron que la prensa, diciendo que Isabelle era el amor de la vida de Trunks y que su pareja con Marron no tenía el mismo carisma que la otra, los hiriera ni provocara estragos en el seno de su relación. El mundo seguía llenándose la boca con verdades aparentemente irrefutables, donde Trunks era el de las fotos, no el verdadero; donde Isabelle era una artista inmortal que jamás podría superarse. Ningún caso hicieron.

Durante esos años, también, Trunks retornó a la empresa familiar. Se dedicó a diseñar prototipos de naves, autos y, sobre todo, motos. Bulma, maravillada por sus diseños, le delegó responsabilidades que él aceptó encantado. A veces ni siquiera iba a la empresa: trabajaba desde su casa. Bulma contrató un equipo entero de colaboradores para alivianar por completo su trabajo, pensando en su presente y en el futuro que Bra, quien había decidido asumir la presidencia en algún momento, cuando se sintiera lo suficientemente preparada para hacerlo. Bulma no quería volver a cometer el mismo error, no quería ser tozuda y obstinada; quería que sus hijos fueran tan libres como ella lo había sido en su juventud. La familia, así, se vio relajada, y todos se dedicaron a disfrutar a Faith y a la luz que había regado sobre todos con su llegada.

Cuando, luego de mucha insistencia, Bulma logró convencer a Trunks y Marron de presentar a Faith, de tres años, a los Guerreros Z, los dos se armaron de todo el valor posible. La pequeña, que pese a lo niña que era ya denotaba extrema inteligencia y carisma innato, correteó por toda la mansión de sus abuelos paternos, y todos felicitaron a Trunks y Marron por tan hermosa hija, una niña sana y encantadora.

Y la sombra pasó por una puerta. Y Trunks la sintió.

Mientras Faith jugaba en el jardín con su tía Bra, Yamcha y su abuelo Krilin, ante la atenta y mortífera mirada de Dieciocho y Vegeta, los dos cruzados de brazos contra la pared de la mansión, a metros uno del otro, Trunks y Marron se sujetaron las manos con todas sus fuerzas. Detrás de una puerta, la vieron pasar. Era Pan.

Cuatro años evitándola, cuatro años sin verla, cuatro años en los cuales la fueron extrañando cada vez menos. Esa primera hija, la hija dulce y alada de aquellos seres manchados que habían sido. Pasó media hora; no volvieron a verla. Marron, un tanto más relajada, se levantó y fue al baño. Faith, al verla, corrió detrás de ella. Su mamá la levantó en brazos y juntas fueron adentro. Al salir del baño, caminaron por los pasillos. Faith pidió bajarse enigmáticamente.

—¿Qué pasa, mi amor? —preguntó Marron al pararla en el piso.

La niña miró en todas direcciones, enérgica como ella sola.

—¡Mi abuelito Vegeta me dijo cómo sentir pi!

—¿Pi? ¿Te refieres al ki? —Marron abrió los ojos como platos. ¡¿Vegeta le había enseñado?!

—¡Ki, ki! ¡Eso! ¡Y sentí uno por… allá!

Faith salió corriendo a extraordinaria velocidad. Marron, por algún motivo alarmada, corrió tras ella. Llegó al fondo de un pasillo que, al atravesarlo, la sumió en el pasado, en la noche del brote, en la misma desesperada incertidumbre. No tuvo que verla para saber quién era la que estaba hacia el final.

Pero la vio.

Sentada en el piso, contra la pared, junto a la puerta de la cámara de gravedad que tan sagrada era para Vegeta, Pan, que llevaba el pelo cortísimo, casi rapado a los costados y en punta hacia arriba en la parte superior, en una suerte de cresta, acariciaba a Faith, quien la observaba admirada, de pie ante ella, entre sus piernas separadas. Pan sonreía, y el piercing de plata que llevaba en el labio brillaba. Cuando sintió a Marron ante ella, Pan giró.

—¿Es tu hija?

Marron jadeó, como si quien estaba ante ella fuera un fantasma. Y lo era.

—Sí.

Pan dejó de atisbarla. Volvió a Faith, peinó sus dulces mechones lilas con los dedos.

—¿Cómo te llamas, guapa?

—¡Faith! —respondió la niña, entusiasmada.

—Faith… Tu nombre significa «fe».

—¡Sí, lo sé! Mi papi me lo explicó.

—Tu papá…

La mirada de Pan se ensombreció por completo. Marron lo notó, se llenó de miedo, de culpa, de todo. Estar en el mismo lugar donde juntas tanto habían llorado por la incertidumbre de no encontrarlo, de saberlo perdido bajo la lluvia y con un brote como nueva realidad, se sintió como la antigua Marron, aquel ángel sin alas que tan desquiciado estaba por el amor de su demonio inalcanzable.

—¿Quién te puso el nombre? ¿Él?

—¡Sí! Papi lo sugirió y a mami le gustó. —Faith miró a Marron. Los ojos de la hija, al contacto con la madre, titilaban de emoción—. ¿Verdad, mami?

—Sí, mi amor…

Faith corrió hacia Marron. Se aferró a su falda color blanco.

—¿Qué pasa, mami?

—Nada, mi amor.

Marron la levantó y la abrazó. Sin percatarse de cuándo sucedió, Pan estaba de pie ante ellas. Se miraron. No en vano habían pasado cuatro años. Con un vistazo fue suficiente para las dos. Pan se veía más adulta, más curvilínea, con un jean ajustado y rotoso, una blusa negra que dejaba al descubierto su chato estómago y el cabello tan corto, andrógino. Era un estilo extraño que le quedaba realmente bien. Y Marron, con el cabello un tanto más corto, un tanto más ondulado, y su pollera blanca, su blusa negra y sus sandalias plateadas se veía como una mujer más madura que aquella de veintiocho años del pasado.

—Es una niña hermosa —dijo la musa blanca.

Marron luchó con su respiración. La sensación de estar sumida en el pasado y la mera presencia de Pan ante ella le helaban la piel.

—Gracias —dijo, intentando controlar los nervios—. Pan, yo…

La antes muchacha y ahora joven mujer negó con la cabeza, sonriente.

—Sólo vine a felicitarte. Porque tú lo mereces y lo vales, Marron.

Los ojos de la musa dorada, inevitablemente, se llenaron de lágrimas. Besó la frente de Faith, la dejó en el suelo y le dijo:

—Cariño, ¿te animas a ir con tía Bra?

—¡Sí! ¡¿Pero tú cuándo vienes?!

—En un momento, mi amor.

—¡Le diré a papi que venga a buscarte! —Sin más, la pequeña se fue corriendo.

Pan rio mientras Marron se secaba las lágrimas, mientras suplicaba no llorar, no explotar; soportar, ser fuerte.

—Ya me voy —dijo Pan.

—¡No! Aguarda, por favor…

Marron tomó su mano. Al sentirla, Pan, que en ningún momento la había mirado a los ojos, la atisbó directamente por un efímero segundo que de efímero sólo tenía la apariencia. Ese segundo fue poderosamente trascendental.

—Estoy viviendo en la Capital del Sur —susurró Pan, los ojos adheridos al suelo—. Tengo bastante viaje hasta allá, debo irme.

—¿Capital del Sur?

—Sí. Estoy… viviendo con Oob.

—Oob…

Pan, con un pequeño movimiento, más suave que brusco, se soltó de Marron.

—No estoy lista aún, lo siento. Quizá, algún día…

—Pan… Yo…, yo lo siento mucho. Ese día…

—No quiero hablar de eso. Por ahora, prefiero no hacerlo. —Pan se rascó la nariz. Dio la espalda a Marron. Se la notaba nerviosa por más que, en apariencia, pareciera el ser más fuerte del universo—. Marron, antes de irme…

—¿Qué?

—No te guardo rencor, te lo juro. Te lo tuve, lo admito; ya no te lo tengo.

Marron, llorando sin saberlo y sin poder hacer otra cosa, se tapó la boca.

—Significa mucho para mí que me lo digas.

—Pero no puedo decir lo mismo de él.

—Pan, Trunks no…

—Adiós, Marron.

Y se fue.

En el patio, Trunks levantó a Faith. La niña se abrazó posesivamente a su padre y le contó lo sucedido.

—Una chica me dijo que soy hermosa. ¡Estaba hablando con mami!

—¿Una chica?

Trunks palideció.

—¡Ahí está mami! —Faith señaló a Marron, que en su rostro no podía, bajo ningún aspecto, ocultar lo que acababa de suceder.

Marron se acercó a Trunks. Bra, a un metro de su hermano, se acercó también. Al ver en los ojos de su mujer que algo había sucedido, algo fuerte para ella, Trunks le hizo un gesto a Bra, quien inmediatamente entendió. Le sacó de los brazos a Faith, la tomó de la mano y se la llevó a comer dulces, algo que solían hacer juntas tía y sobrina. A solas en medio del jardín, Trunks abrazó a Marron.

—¿Qué pasó?

—La vi…

—¿A…?

—Sí.

Temblaron, apretados. Oh, qué difícil es para el ser afrontar sus fantasmas.

—Ya se fue —dijo Marron.

—Ven, te llevaré a tomar agua.

Arrastró a Marron a la mesa, le sirvió agua, como dijo, y el ki que percibió a varios metros de él le erizó por completo la piel. La vio, Pan los vio a ellos sin mirarlos en realidad. Las manos de los pares se apretaron, y el juramento de Marron, inspirada al fin, fue hecho:

—Te juro que yo la salvaré.

Al retornar a su casa, mientras Trunks jugaba con Faith y con Tsuki, quien por supuesto seguía muy cerca de su dueño de siempre, Marron se sentó ante la computadora. Estaba muy cerca de terminar su segunda novela, Todo es gris, una suerte de crítica al ritmo asfixiante de vida en las grandes ciudades, protagonizada por un hombre frustrado con su trabajo, con las exigencias, que intenta cambiar su vida de las más dañinas formas; no fue ese archivo el que abrió.

Recordó el sueño que había tenido esa tarde que había dormido junto a Pan en el departamento de Susu, recordó estar desnuda en un lecho de plumas junto a Trunks y Pan, recordó las palabras de Trunks.

—«La perfección de un triángulo de rojo ante el gris»…

Nunca había olvidado esa oración. Tampoco había olvidado aquella idea de lo que podría ser su vida si se iba del departamento de Trunks sin confesarle sus sentimientos. El más puro de los ángeles feliz junto al demonio.

Inspirada, escribió:


Juntos, oscilamos como el brillo de la luna. Escapamos, volamos. Nos congelamos. Nos movía, a los tres, la búsqueda del verdadero significado.


Y poco menos de dos años pasaron, y muchas páginas se llenaron debajo de esa oración. Marron terminó Triángulo en el verano del año 805, a los treinta y cuatro años. Trunks, con treinta y nueve, la abrazó cuando ella, apareciendo en su taller cerca de la medianoche, le anunció que había finalizado. Trunks largó el pincel, ignoró el cuadro que estaba pintando y corrió a abrazarla. Marron lloró, como cada vez que terminaba una novela. Más ésta, que tanto hablaba de los tres meses más oscuros y especiales, sensuales y prohibidos, de su vida; los transcurridos en la primavera del 799 junto al demonio y a la musa blanca.

—Me falta la dedicatoria.

—¿Te ayudo?

Fueron al estudio de Marron, cuatro paredes tapadas por libros y un amplio escritorio lleno de papeles, una taza de té vacía y la notebook. Marron se sentó, Trunks rodeó sus hombros por detrás.

—¿Lo harás, Marron?

—¿Lo que te había dicho? Sí.

—Hazlo.

Y Marron, animada por Trunks, escribió una pequeña y significativa dedicatoria.


Para ella y para él. Para los tres. Por una vida llena de significado.


Trunks besó el cabello de Marron.

—Como en el brindis.

—Sí.

—Es perfecto. Felicidades, Marron.

Ella se levantó, se abrazaron, se separaron, se miraron. Qué grandes estaban ya, qué distintos. Los dos se habían cortado el cabello: Trunks lo llevaba muy corto, peinado hacia arriba; Marron unos centímetros por encima de los hombros. Se veía muy parecida a su madre en su juventud. Notaban cómo sus rostros iban creciendo, así como el amor que aún se tenían, así como las habladurías acerca de los dos en el exterior. Así como Faith, que a los cinco años ostentaba un coeficiente casi tan elevado como el de su abuela materna. Faith ya sabía de electrónica aun siendo tan pequeña: era su destino ser una nueva Bulma. Era igual a ella incluso en la personalidad, aunque por allí asomara, a veces, una ternura y una timidez que recordaba tanto a su padre como a su madre. Era cada vez más perfecta, los enceguecía cada vez más con su inmaculada perfección. La amaban, y a través de ella, orgullosos de su hija, se amaban ellos.

Era jueves. Al otro día, dejaron a Faith con Bulma y Vegeta y fueron a cenar a un discreto restorán del Distrito 8. Algunas personas los miraban, decían cosas: ese es Trunks Brief y su mujer, la que escribe. Dicen que son muy excéntricos, como la Cort era con él. La Cort, qué talentosa la Cort. Inolvidable tamaño talento. Brindaron con vino tinto carísimo, brindaron por Faith, por ellos y por los proyectos. Brindaron por Triángulo, la novela que pronto, si todo iba bien, vería la luz.

Marron no era ni la mejor escritora, ni la más prestigiosa, ni la más vendida, ni la más conocida; era una escritora con cierta cantidad de lectores fieles y algunos detractores que adjudicaban sus oportunidades a la fama y poder de su marido. Trunks no era ni el mejor pintor, ni el más elogiado en muestras, ni el más contratado, ni el más revolucionario; era, Touji, un artista con cierto prestigio en ciertos circuitos intelectuales. Como diseñador de prototipos, era muy elogiado, mas tampoco el más destacado del mundo. Sus vidas no eran tan ideales; sus sueños no eran, ya, lechos de rosas; eran tan parte del gris como ellos lo eran y como siempre lo serían. Pero podían darse el lujo de vivir cómodamente, sin depender de la alevosa fortuna de los Brief, algo que realmente había luchado por evadir, así como Tights, la tía de Trunks.

Vivían vidas tranquilas, íntimas. Vivían para Faith más que para cualquier otra premisa. Trunks le había improvisado un taller en su cuarto, y ella se ensimismaba en los circuitos que ya tenían atado el más poderoso significado. Sería libre, sería feliz. Los dos iban a luchar por ello.

Cada tanto, abuelos paternos y maternos y tía Bra mediante, los pares se daban sus pequeñas escapadas. Aún los subyugaba una pasión desmedida para con el otro, por lo cual intentaban darle espacio a la sensualidad que tan natural les era cuando estaban juntos, cuando apenas rozaban sus labios. Se amaban, se deseaban, se admiraban y respetaban profundamente. Afuera los juzgaban, decían tonterías. Los medios no perdonaban el aislamiento y los molestaban siempre que tenían oportunidad; nada de eso era importante para ninguno de los dos.

Tranquilidad, nada más.

La tranquilidad era su boleto, el boleto, hacia los más resplandecientes momentos de felicidad.

A mediados del otoño, Triángulo salió a la venta. Las críticas fueron dispares. Las ventas, tibias. No hubo, irónicamente, grises en la crítica: mientras algunos dijeron que era una inmensa obra de arte que marcaba la época, otros la repudiaron como una visión demasiado surrealista de la realidad. Otros apreciaron el erotismo presente; otros trataron la obra de morbosa y de mal gusto; otros dijeron que el sexo era excesivo y asqueroso; otros que la narración era demasiado confusa, mal planteada. Marron rio mucho ante las críticas., No había escrito esa novela para el mundo; la había escrito para Trunks, para Pan y para ella misma. No le interesaba nada de lo que dijeran.

Justamente Pan fue la tercera, luego de los propios Trunks y Marron, en tener un ejemplar de cortesía en su poder. La habían visto una sola vez desde aquella escena suscitada hacía dos años, específicamente en su casamiento. Pan se había casado con Oob hacía un año, ataviada con jeans y un tocado de novia mal colocado en la cabeza, sencilla a más no poder. Oob se veía radiante, feliz como pocos seres en el mundo; ella se veía tranquila. Algo en sus gestos y su manera de ser había mutado a una versión más taciturna de ella misma. No era la misma, así como ni Trunks ni Marron lo eran. En las montañas Paoz, junto a la vieja casita donde Gokuh y Bulma se habían conocido, hicieron una pequeña ceremonia a la cual sólo asistieron los Guerreros Z. En la última fila de las sillas que colocaron, los pares en la desesperación lloraron toda la ceremonia. Faith dormía abrazada a su papá, y tanto él como su mujer llevaban lentes oscuros. Tomados de la mano, como se haría costumbre cada vez que vieran a Pan, lloraron de genuina felicidad. Verla junto a tan buen muchacho, tan tranquila, era la confirmación de todo: no había sido en vano. Tanto dolor había tenido un significado. Ella era feliz; ellos eran felices por ella.

Fin.

Cuando Pan recibió el libro, llevaba algunos meses de diálogo con Marron. Todo había comenzado con un mensaje de texto de Pan con motivo del último cumpleaños de Faith. Un saludo, y poco a poco habían comenzado a conversar por mensajería. Al principio, el diálogo no era fluido; antes de que Marron enviara el libro, ya lo era. Era natural hablar, entenderse: la vieja magia aún latía en sus corazones. Aún se querían. Con el ejemplar de su libro listo, Marron le pidió a Pan que se encontraran en la puerta del viejo departamento del Distrito 7. Era viernes por la tarde, la rubia llevaba quince minutos de espera, y cuando empezaba a resignarse, así como la primera vez que Pan había ido a su casa, la vio al otro lado de la calle, con unos enormes auriculares tapando sus oídos, capucha, pantalones holgados, abrigo de lana gruesa color negro, lentes oscuros. Cuando Pan cruzó la calle, se quitó los últimos.

—Marron.

Y la miró a los ojos después de un efímero-no efímero instante hacía dos años; después de seis años de lamentaciones y sufrimiento, y reconstrucción. Marron sintió que, al fondo de esa mirada que lucía más adulta en esa Pan de veintiséis años, se atisbaba a la muchacha de veinte, idéntica. La pureza de la musa blanca vivía, latía aún. Un ápice de ella se había salvado.

Todo había valido la pena.

—Pan…

La emoción les asomó a las dos. Dudaron un instante; al siguiente, se abrazaron. Temblaron en medio de la vereda, transeúntes yendo y viniendo. Tuvieron su merecido momento íntimo encerradas la una en la otra. Las lágrimas resbalaron, silenciosas. Se querían, las musas se querían. El amor, cuando es tan fuerte, ni el tiempo logra marchitarlo.

—Te quiero…

—Marron, yo…

—Y aún te quiero.

—Yo también…

—Pese a todo.

—Pese al gris.

Se estrecharon más, se soltaron. Se traspasaban con la misma naturalidad de antaño.

—Cerca de aquí hay un parque…

Caminaron tres manzanas. En el frío parque, Pan rememoró cuando Trunks, luego del explícito beso a sus ojos, la había ido a buscar a uno. No era el mismo; se sentía el mismo. Ella no se sentía la misma, sin embargo. Tomaron asiento en una larga silla de madera pintada en verde. Unos minutos de silencio, y Marron fue capaz de hablar:

—Gracias por venir.

Pan la observó de soslayo. Botas de cuero, vestido azul forrado con encaje, gorro de lana, tapado negro. Con el cabello tan lacio y corto, con los ojos un poco más ojerosos, aunque siempre atrayentes, la musa blanca pudo apreciar la belleza innata de la rubia. Era perfecta.

—Siento mucho el tiempo que ha transcurrido —dijo Pan—. Seis años es demasiado, pero era necesario.

Algo en su tono sonaba un tanto a la defensiva. Marron le perdonó todo en un segundo.

—Lo era y lo comprendo, no te preocupes.

—¿Para qué me citaste?

Mirando al frente, cómodas atisbando al mismo árbol en vez de a la otra, Marron se explicó:

—Dos cosas, Pan. Una es hacerte una pregunta, la otra es darte algo. Tú eliges por dónde empezar.

Un silencio de dos o tres minutos prosiguió, y a éste, la contestación:

—Pregúntame primero.

—Dime cómo fueron estos seis años. Dime todo, dame detalles. Quiero saberlo todo, por favor.

—Marron…

—Por favor, te lo pido encarecidamente. —La voz de la rubia no tardó en quebrarse—. Es importante para mí.

—Con una condición.

—Dime.

—No quiero que me lo nombres.

Marron sintió que Trunks no merecía algo semejante. Si los tres estaban de pie, si él ya había pagado con todo lo que le había sucedido sus culpas, no lo merecía en absoluto. No obstante, aceptó. Pan carraspeó. Empezó:

—Me fui volando directo a casa, pero…


… Me detuve a mitad de camino. No entraba en mí, no me soportaba. Quería morirme. Tal era la desesperación que comencé a rasguñarme la piel de los brazos. Me moría. El aire me quemaba. De alguna forma, recordé que cuando éramos niños y nos juntábamos en algún cumpleaños con nuestra familia, Bra, Oob y yo jugábamos a las escondidas. A veces, tú jugabas con nosotros, lo recuerdo. Oob, un día, en no sé qué reunión, me dijo «haré titilar mi ki de esta forma para que me encuentres». ¡Me pareció tan tonto que me dejara encontrarlo! Pero acepté. A partir de ese día, siempre gané, porque Bra era pésima para esconderse y Oob siempre hacía titilar su ki. Cuando mis uñas empezaron a lastimarme los brazos, hice titilar mi ki. Me sentí una zorra por llamar justamente a Oob, pero necesitaba a alguien, y nadie era, por la naturaleza del problema, más adecuado que él. En un minuto, estuvo ante mí.

—¡PAN! —gritó al ver cómo me rasguñaba sin parar, cómo mi piel pasaba de roja a ensangrentada—. ¡¿Qué…?!

Fuera de mí, grité todo lo que se te pueda ocurrir. Insulté a aquel a quien no quiero nombrar hasta cansarme. Le dije hijo de puta incontables veces. Asqueroso, imbécil, traidor, perverso. Hijo de puta, hijo de puta. Pobre Bulma, qué culpa tendrá de las mierdas de su hijo adulto. Oob me hizo aterrizar a la fuerza en medio del bosque, me apretó contra un árbol, me separó los brazos del cuerpo, me sostuvo con todas sus fuerzas y, conteniendo el llanto, me dijo que insultara todo lo que quisiera, que él me escuchaba. Insulté hasta quedarme sin voz, hasta que se hizo demasiado de noche, hasta que ya no me quedaban más insultos en el vocabulario. Caí al piso en algún momento, no sé cuándo ni sé por qué, y Oob me abrazó con esa dulzura que siempre ha tenido para conmigo.

—Cuéntame, linda —me dijo.

Y yo le conté todo. Claro que sin nombrar a esa persona, mucho menos a ti. No quería escándalos: una parte bastante sensata de mí quiso evitar el escándalo. Si esto, lo de los tres, se supiera, nuestras familias quizá se pelearían. No soportaría separar a mi abuelo de Bulma y Krilin, no soportaría crear fricciones entre nosotros, así que me contuve de dar nombres. Le dije a Oob que un hombre mayor que yo me había engañado.

—¡Y ME ACOSTÉ CON ÉL! ¡Y ME USÓ! ¡ME CONVIRTIÓ EN UNA PUTA Y ME DEJÓ POR OTRA! ¡Y SE RIERON DE MÍ, LOS DOS! ¡SE RIERON!

Oob, lo sé porque lo conozco, deseó matar a ese hombre. Y Oob es capaz, ¿sabes? Oob es más fuerte que Trunks, es mucho más dedicado a los entrenamientos que él, así que no, definitivamente no podía dar nombres. Sé bien que todo lo que le dije le dolió, sé que lo lastimé como jamás había lastimado a nadie. Oob, durante mucho tiempo, recibió mi desprecio por ser yo una niñita envidiosa y egoísta. Desde el día en que eso pasó entre nosotros tres, lo entendí, lo hice cuando él se quedó a mi lado sin importar nada. Pasaron los días, las semanas, y yo incluso dejé la universidad. Lloré sin parar, aprendí nuevos insultos, incluso los inventé. Peleé a muerte con él más de una vez. Oob aguantó todo con una templanza que le admiro y le amo con toda mi alma. Esa templanza, esa paciencia infinita, hizo que pudiera mirarlo como él merecía que yo lo hubiera hecho desde el principio.

Si yo hubiera entendido que quien estaba hecho a mi medida era él, y no ese al que no nombraré, nada hubiera sucedido. Pero tu marido, Marron, me sacaba de mis cabales. Siento mucho si no debería decirlo, pero lo diré de todas formas: él me sacaba lo peor de adentro, me despertaba un instinto perverso, más fuerte que el fuego. Yo lo deseaba enfermizamente, y al mismo tiempo lo amaba con todo el idealismo de mi corazón. Pero él no era para mí: él no me merecía. Y no te merece a ti. Y aunque digas que no, eso es lo que siempre pensaré, que tú eres demasiado para él.

Pasaron los meses, pasaron incluso los años, y nunca volví a ser la misma. Tuve que decirles a mis padres que había tenido una gran decepción amorosa (por cierto, creo que pensaron que el problema había sido contigo. Nunca me lo dijeron, pero creo que a esa conclusión llegaron, porque siempre me preguntaban por qué no nos veíamos más y yo me negaba a responderles con la peor de mis caras), porque no entendían qué mierda me pasaba. Me sentí patética, ¿sabes? Decir que sufres tanto por amor parece tan… tonto. Pero era más que amor: era la traición a ese nexo hermoso que teníamos los tres. Me sentía traicionada por los dos. Sentía que me habían expulsado de su mundo, que me habían devuelto al gris contra mi voluntad. Y los extrañaba cada día y cada noche, siempre que miraba el techo de mi cuarto y escuchaba los engranajes a mi alrededor. Y sentía que no podía dejar de amarlos, pero el odio fue más, y me sumergí en un poderoso odio dirigido a él, a tu marido.

Pero qué inútil es el odio. ¿Qué ganas? Alimentar tu mierda, nada más. Así que, con los años, cuando me atreví a darle una oportunidad a Oob, cuando me permití intimar con él y conocer lo que se siente, de verdad, ser amada por un hombre en esos momentos y esas formas, empecé a curar ese odio visceral que me atravesaba como un rayo. Ese día fui capaz de extrañarte y admitirlo. Porque también te odiaba en el fondo, pese a que tú debías odiarme a mí, porque sabía que lo amabas y sin embargo no se lo dije al innombrable cuando era imperativo decírselo. Si por mí hubiera sido, quizá tú y él, ahora…

En fin.

Oob es una gran persona. No sé si puedo decir que lo amo con todo mi ser, pero sí lo amo, y mucho. Oob es todo, es una persona madura, sensata y sabia. Oob sabe valorar todo cuanto lo rodea. Vivimos en la Capital del Sur, enseñamos a cientos de niños a pelear en una escuela de mi abuelo Satán. Vivimos una vida tranquila.

No me siento asfixiada por nada ni por nadie. Dejé de ver a Bra porque no tengo nada que ver con ella, porque sus ojos me recuerdan a los de él en el más cruel momento de mi vida. Sólo veo a mi familia y a Oob. No puedo pedir más ni tampoco me interesa hacerlo.

Estoy bien así.

Estoy curada del odio que me partía en mil.

Y te extrañaba, Marron. Te extrañaba mucho. Tú eres lo más cercano a una hermana que he tenido. Eres la hermana mayor por la cual mataría.

Por eso, cuando supe de Faith por medio de mi abuela y Goten, cuando entendí que le habían puesto el mejor nombre, porque era «fe» lo que los tres intentábamos sentir por el mundo cuando nos juntábamos cada viernes a renegar de la realidad para encerrarnos en nuestra propia perfección de tres, quise verte. Quise conocerla a ella, y reitero que es una niña preciosa. Te felicito. También a él, porque es de los dos, nada más que por eso.

Y nada más por decir, Marron.

Quizá, en algún momento te cuente con más detalle esta historia.


Al final, sin saberlo, las dos lloraban.

—Quisiera contarte lo que realmente pasó ese día, Pan.

—No, no lo hagas. —Pan secó violentamente sus lágrimas. A pesar de la tristeza que la embargó, sonrió—. No me interesa, ya no tiene caso.

—Las cosas suceden por un motivo, eso pienso desde ese día. Y sé que ahora no tiene caso revolver en el pasado; sin embargo…

—Todo es por algo. Punto, Marron. No le demos más vueltas al asunto.

—Pero Pan… Hay algo que siempre he querido decirte.

—Es tarde.

—Lo sé…

—Ojalá él no me hubiera engañado esa noche, ojalá él no me hubiera dicho que tú no sentías nada por él. Si lo hubiera sabido, Marron, quizá no hubiera…

—Si eso, si todo lo que ha sucedido entre los tres no hubiera sucedido, ahora seríamos capaces de mirarnos a los ojos como en aquel entonces. Los tres.

—Eso jamás volverá a suceder. Porque él no me interesa. Sin embargo, sé que ha valido la pena. No fue un error todo lo que sucedió.

—No, no lo fue.

—Pero no puedo mirarte a los ojos.

—Yo tampoco puedo, y que tú no puedas es mi culpa, es nuestra culpa. Pero podré, juro que podré.

—¿Podrás?

—Podré. Yo te salvaré.

—No puedes, tampoco debes. ¿Lo entiendes? Es tarde. Ya no puedes, no tienes por qué hacerlo, es inútil, sería en vano. Ya es tarde.

—Lo sé. Pero me niego a aceptarlo. Te necesito... Te extraño…

Porque escribir Triángulo había provocado la más poderosa nostalgia en los pares en la desesperación. Necesitaban y extrañaban a Pan. Por lo menos, querían sentirla una eterna última vez.

—Yo a ti... Sólo a ti.

—Todo es gris...

Rieron aun cuando la tristeza las rodeaba.

—El título de tu segunda novela.

—¿La conoces?

—Sí, Marron. Te he leído. El protagonista de esa novela… me recordó a él. Por eso, pese a que eres genial y me encantas, me trajo muy malos recuerdos. Lo siento…

Resignada, dolida por cómo hablaba Pan de Trunks, Marron decidió poner fin a ese primer motivo para el encuentro. Abrió el bolso que traía, sacó la vieja caja que le había regalado su tío Woolong y se la dio en mano.

—Para ti.

Ante la confusión extrema en el rostro de la musa blanca, Marron explicó:

—Hay tres cosas ahí: una es de mi parte y las otras de parte de él.

—No quiero nada de él.

—Déjalo dentro de la caja, entonces. Lo respetamos. También respetaré si no quieres mi regalo.

—¿Regalo…?

—Abre la caja, Pan.

La joven la abrió al apoyarla en su regazo. Un libro, una cápsula y un sobre.

—El libro…

—Es mío. En unos días sale a la venta.

Pan lo sacó de la caja, lo miró, leyó la tapa.

—¿Triángulo?

—Lee la dedicatoria, por favor.

Pan abrió el libro, pasó páginas hasta encontrarla. Las lágrimas rodaron solas.

—Esa frase…

La de Onix. La del sello. La frase de los tres: una vida llena de significado.

—Este libro, simbólicamente, habla de nosotros tres. Cuenta la historia, relata lo que vivimos juntos, nuestros dolores, nuestras frustraciones. Lo escribí para los tres.

—¿Por qué…?

—Porque quiero atesorar ese recuerdo, Pan. Lo necesito.

—¿Para qué…?

—Para tener todos mis errores presentes de cara al futuro. Y para honrarlos a los dos por haberme hecho tan feliz.

—Marron…

Llorando, perdidas las dos en las emociones que las aplastaban, se abrazaron.

—En realidad —sollozó Marron—, la caja también es un regalo. Mi tío me la dio de pequeña para que guardara cosas que tuvieran significado para mí. Quiero dártela para que guardes lo que desees, para que me tengas cerca de ti siempre…

—Gracias.

—A ti…

Se despidieron. Cada domingo, de ahí en más, Pan leyó Triángulo. Lloró, gritó, tembló, maldijo. Era un túnel del tiempo, un túnel que, cuando ella se acercaba, la absorbía sin culpas ni reproches. Al leerlo, supo que Marron no lo había escrito sola: él, Trunks, ese Trunks al que ni en pensamientos se atrevía a nombrar, la había ayudado. La esencia de los pares a los que tanto había amado, las dos puntas que parecían inalcanzables ante ella, estaba intacta en cada párrafo. Los detalles, las frases en la escena íntima del ángel y el demonio… ¡Era ella y era él! Y el final… El demonio decidía arrancar desde una nueva meta, y conservaba a su lado a la niña, no a la mujer. Trunks, en el libro, se quedaba con Pan, no con Marron. ¡¿Por qué, para qué cambiar ese final?! La caja descansaba bajo la cama donde dormía con Oob. Nunca abrió el sobre de Trunks, tampoco la cápsula. Y en el primero estaba la respuesta a todo. El sobre lo usaba de guía para la lectura, nada más. No lo abriría nunca.

O eso pensaba.

Al terminar, dio aviso a Marron, a quien había visto de tanto en tanto para compartir una infusión, mas no para hablar del libro. Pleno invierno, cerca de un nuevo aniversario de la muerte de Isabelle, Pan dijo, ante Marron mientras tomaban el café y el té de toda la vida en una cafetería del centro, lo que jamás había pensado que diría.

—Hablemos los tres.

—¿Pan…?

Necesito hablar con los dos.

Y hablaron. Marron y Pan concordaron día y horario; Trunks eligió el lugar. El día del aniversario de muerte del demonio de cabello rojo, la imperdonable pelirroja, el triángulo renació ante su tumba. Cuando él propuso el lugar, el que Marron le comunicó por mensaje a Pan, las musas sintieron enorme intriga. Trunks le respondió a Marron con calma:

—Nunca volví a ir. Es… una forma de cerrar por completo un círculo. El del brote y el de nosotros tres.

Ninguna de las dos se opuso, y bajo el sol invernal, los tres de negro, los tres cubiertos por gorros y lentes, los tres de riguroso luto, se encontraron ante la tumba. Trunks y Marron llegaron primero. Al notar la grieta en la losa, producto del ataque de sus puños, él palideció. Marron deseó preguntarle si acaso recordaba cómo había hecho esa grieta en la losa, y Pan llegó. Los tres, al percibirse, se agitaron. Pan caminó hacia los dos, se detuvo junto a Marron, quien quedó en medio. Nada dijeron; miraron fijamente la tumba herida de muerte. Se quitaron los sombreros, mas no los lentes. Se sumieron en el peor silencio, cada uno recordando lo mismo: abrazados en el sofá, las tazas vacías, el nexo en su perfecta plenitud. Riendo, llorando, maldiciendo, añorando. Un perfecto rojo ante el gris.

Un triángulo tatuado para siempre en los tres.

Sollozaron.

—¿Por qué cambiaste el final, Marron?

La pregunta resonó en los pares. Para sorpresa de Pan, fue Trunks quien respondió:

—En la carta dice por qué. —Él no ocultó la tristeza que le generaba el que ella no la hubiera leído.

Ni que tampoco hubiera abierto la cápsula. Ella no lo había dicho; él sabía que no lo había hecho.

—Entonces, escribieron juntos ese libro…

—No, lo escribió Marron —volvió a contestar Trunks—. Yo sólo le conté cosas.

—Rememoramos juntos todo cuanto pudimos —añadió la rubia.

—¿Para qué?

—Ya te lo dije: para recordarnos, tanto él como yo, todos los errores que cometimos.

—No los entiendo. No te entiendo a ti —le dijo a Trunks—. Te diré por qué vine…

—Dímelo —dijo Trunks.

—Oob me hace muy feliz. Oob es un gran hombre y se mata por mí, por nosotros, por todos nuestros sueños. A tremendas alturas, no puedo guardarte rencor por cosas que pasaron hace seis años, cuando yo era una niña inmadura que no estaba para nada preparada para todo lo que tuvo que pasar. Aun así, no puedo perdonarte.

—No tengo perdón. Ya lo sé.

—No, no lo tienes. No puedo perdonarte como ella lo hizo... —Pan sintió los ojos azules, los zafiros antes tan enfermizos, sobre sus ojos. Miró el centro de sus lentes, algo que había evitado hacer a rajatabla en cada saludo respetuoso en un cumpleaños, reunión, acontecimiento. Pero por algún motivo, ahora le era imposible. ¿Por qué? ¿Era por causa del libro?—. Pero entiendo por qué ella te perdonó, por eso la respeto, por eso hemos vuelto a tener contacto.

—Sí —dijo Marron.

Silencio. Los tres se abstrajeron de los otros dos. Reflexionaron, sacaron conclusiones, analizaron meros detalles. Pan liberó su frustración:

—Si al final hubieras actuado de otra forma...

Y ese era el problema, el eje de todo.

—No pude hacerlo. No podía, no aún. No estaba capacitado...; estaba enfermo. No estaba curado, no del todo.

—Pero eso no te excusa, Trunks. Lo... —Pan frenó. Acababa de decir su nombre por primera vez en años. Se maldijo por ser tan débil, se maldijo por el calor que llenó su pecho. Continuó—: Lo siento. Si al final hubieras tenido el comportamiento que debías, si no hubieras dicho esas palabras tan horribles, no hubiera sido tan doloroso para mí.

—Lo sé.

—Pero no me alcanza con que lo sepas. Por más que ahora los tres hayamos reconstruido nuestras vidas, que hayamos podido olvidar nuestras frustraciones y hayamos encarado a quienes nos rodeaban y rodean con honestidad, yo...

—No puedes perdonarme.

—No. Ni puedo mirarte. No puedo. Aunque quiera intentarlo, no puedo.

Porque la joven se sentía aterrada: esos ojos tenían dominio sobre ella y bien, a su pesar, lo sabía. Algo en ella continuaba añorando a Trunks. No quería volver a caer ante él nunca más.

—Es que, Pan…

—No puedo...

Trunks tragó saliva. Tenía que ser fuerte.

—Fui injusto en todos los sentidos, pero créeme: no planeaba usarte. Creía genuina la posibilidad de estar contigo y volver a empezar. Por eso, te busqué a ti y no a Marron.

—Pero la amabas a ella.

—Pero era demasiado cobarde como para decírselo. La esperanza la veía en ti.

—No digas más. Cállate.

Al escuchar la última palabra, Trunks volvió a palidecer, como al llegar. Miró la tumba, miró la grieta.

—Creo que era eso, «cállate», lo que le gritaba a Isa esa noche.

El tema cambió abruptamente. Las musas miraron consternadas a Trunks. Recordar el brote, recordar la incertidumbre provocada por el brote, siempre les iba a doler. Pan sintió que el corazón se le quebraba en mil pedazos cuando Trunks se agachó ante la tumba, cuando acarició la grieta, que al estudiarla con más detalle parecía tener la forma de un puño cerrado.

—Sólo recuerdo la lluvia y la risa. No recuerdo qué hice, qué vi, qué dije, qué pensé, qué sentí. No recuerdo nada, nada salvo la risa y la lluvia; la melodía de los dos sonidos fusionados.

Tras él, las musas lloraron.

—Pan… Ese fue mi castigo.

Ella por supuesto entendía a qué se refería él. No dijo nada, simplemente se concentró en la espalda que más añoraba en el universo, la cubierta por alas negras de demonio.

—Una enfermiza noche que recuerdo difusamente, meses de pastillas y depresión y la culpa por lo que les hice a las dos son todos castigos —prosiguió Trunks, que aun cuando pronunciaba tan fuertes palabras, mantenía en alto su talente—. Llevo el peso de lo que hice encima, nunca lo voy a olvidar. Sólo intento mirar hacia adelante, hacia Faith y hacia Marron, hacia las dos y las cosas que tienen significado para mí.

—¿Me estás diciendo que debería perdonarte?

—No. —Trunks se levantó. No giró hacia las musas—. Te estoy diciendo que nunca voy a ser del todo feliz, que sin importar que me perdones algún día a o no, ya estoy marcado. Por supuesto, junto a Faith y Marron soy feliz, ellas hacen que siga aquí, pero hay demasiados fantasmas detrás de mí. Ella —dijo, refiriéndose a Isabelle— es uno. Porque aún la recuerdo, porque recuerdo perfectamente que existió en mi vida y que tomó mi cerebro e hizo lo que quiso con él. Y las recuerdo a ustedes, y me recuerdo a mí mismo en esa época… Quien dice que voltea del todo la página miente: es imposible. Alguna reminiscencia permanece en tu interior. Por más que llegues a olvidarla, por momentos, tarde o temprano te recuerda su existencia. Yo tengo todas esas reminiscencias, y tú eres la más grande y dolorosa de ellas, porque a diferencia de Isa, a diferencia de mí mismo, tú no merecías todo lo que viviste. Y me dolerá para siempre. Sé que mi alma tiene una quebradura y que jamás se curará.

—Trunks… —Pan no pudo hablar. El llanto era excesivo—. Que tú sufras no es un consuelo para mí. ¡No es así! Pero te voy a decir por qué vine: por mi tío Goten. Él te extraña, te necesita. Mi tío sufrió mucho tu antipatía, Trunks. ¡Y sé que no puedes mirarlo a los ojos por mi causa! ¡Y NO QUIERO LLEVAR ESA CULPA ENCIMA! Quiero que se lo digas, que admitas haber tenido algo conmigo, que le expliques que fue un desliz y que quedó atrás y que tanto tú como yo lo hemos olvidado. Mi tío perdonará todo, lo conozco. Dile que fue una cosa saiyan o algo…

Un fuerte sollozo la interrumpió. Miró a Marron: con la boca tapada, la rubia lloraba en silencio. Caminó, entonces, al frente. Se detuvo junto a Trunks. Lo miró. Lloraba mares, inconsolable.

—¿Lo extrañas? —preguntó la musa blanca.

Más lágrimas atravesaron a Trunks.

—Todos los días.

Ese era el dolor más grande, en realidad: haber traicionado a su mejor y único y más especial amigo.

—Entonces búscalo. Trunks, mi tío…, él te adora como a nadie. Siempre habla de ti, siempre adopta el mismo semblante triste cuando te menciona. Luce incompleto sin ti. Y me duele en el alma, no soporto verlo así, tan fantasmal a como realmente es. Búscalo, por favor.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no sería sincero. Tú no me has perdonado.

—¿Tan importante es para ti?

Trunks se quitó los lentes. Giró hacia Pan.

—Sí.

Pan cayó en la hipnosis. Se quitó los lentes también. Al verse directamente recordaron juntos la noche, la única, que habían sido uno. Recordaron mirarse fijamente mientras la unión se concretaba, recordaron los nervios y la dicha que los dos sentían al contemplarse. Recordaron todo, incluso las horribles palabras que Pan le había dicho a Trunks al final.

—Te pido perdón por ser tan idiota.

Pan tragó saliva. Se sacó el ladrillo de los hombros.

—Y yo te pido perdón a ti por decir que eras peor que Isabelle.

Las lágrimas cayeron naturalmente, y frente a Marron, frente a Isabelle, el demonio y la musa blanca se abrazaron por última vez. Miraron a Marron al mismo tiempo, como suplicándole, y la musa dorada no tardó en lanzar los lentes oscuros por los aires para fundirse por completo en los ojos de los dos. El último abrazo fue tembloroso, duró ínfimos minutos que parecieron décadas enteras, tuvo llantos y seriedad como protagonistas. Se mecieron juntos, y algo sucedió: ya no era lo mismo. No, no lo era. Ninguno de los tres era el mismo, ninguno de los tres se percibía como el de antaño. Y estaba bien: el triángulo muerto estaba y nada podía hacerse por él.

Ni la nostalgia podía salvarlo del olvido.

Supieron que no volverían a verse, que quizá y como era obvio, se cruzarían en reuniones familiares, mas no los tres a solas como un conjunto. Así, nunca volverían a hacerlo. Y estaba bien, y estaba perfecto. La herida había sido al fin sellada. No borrada, porque el dolor y la nostalgia de los tiempos de plenitud resultan imborrables para el ser que siente, pero ya no sangraría.

En ninguno de los tres.

Un beso se produjo, uno que Marron y Trunks le dieron, juntos, a Pan. La musa blanca los vio delante de ella y supo, como cuando era muchacha, que nunca podría alcanzarlos. Iban por rumbos muy, muy diferentes. Y ninguno de los tres era del todo feliz.

Porque serlo al ciento por ciento es imposible.

—Éxitos —dijo la musa blanca, y se obligó a soltarlos, y se obligó a ponerse los lentes y el gorro, y se obligó a desprenderse de los dos seres que más apasionadamente había amado, y amaría, y para siempre.

—Mira el sobre y la cápsula, Pan —pidió Trunks antes de que la musa blanca se alejara demasiado.

Ella se detuvo. Volteó, los miró, los amó. Y se fue.

Y el círculo, simple y llanamente, se cerró.


Al final de la tarde, el aero-coche aterrizó en el jardín. Faith corrió hacia ellos, Trunks bajó y abrazó a su hija, la salvación antropomorfa. Faith, vestida con un mono de jean y camiseta fucsia, uno de los colores favoritos de su mamá, se colgó de él como un koala, y lo besó y le dijo cosas tiernas a los gritos.

—Te extrañé, papi.

Trunks la contempló. Era el ser definitivo, ella. La dueña de los ojos de su vida.

—Yo a ti.

Faith volteó hacia Bulma y Vegeta, la primera de pie a mitad del jardín y el otro cruzado de brazos contra la puerta trasera, Faith los saludó con la mano.

—Niña, olvidas algo —musitó, imperturbable, Vegeta. Le mostró un destornillador, ese con el que siempre jugaba.

—¡Ah! —Faith saltó de los brazos de su papá y fue por él.

Todos rieron.

—A Faith le gusta desarmar aparatos en la cámara de gravedad —comentó, alegre, Bulma.

—¡Es que me gusta hacerle compañía al abuelo mientras entrena! —explicó la niña ante el príncipe de los saiyan, quien le dio una seca palmada en los hombros como despedida, una que ella interpretó adecuadamente como el más tierno de los saludos que su abuelo era capaz de proferir.

Se despidió de sus abuelos y, de nuevo en brazos de Trunks, fueron al coche. Al llegar a la casa donde vivían los tres, Marron preparó café, té y chocolatada mientras Trunks y Faith, ante el plasma de infinitas pulgadas de la sala, miraban la televisión. Cuando Marron llevó las tazas y las dejó en la mesa ratona, se sentó junto a ellos. Su marido y su hija siempre miraban esa serie en el canal de clásicos, que a Trunks solía encantarle de pequeño. Era la de los viajeros espaciales que exploraban nuevos mundos y descubrían nuevas civilizaciones a bordo de una nave futurista que volvía loca a Faith.

—¡Juro que algún día construiré una de esas! —gritaba ella siempre que hacían un plano de la nave, viajando a través de las estrellas.

Tsuki, que estaba más gorda y más guapa que nunca a su avanzada edad, se acostó en el regazo de Marron, y junto a ella, la musa dorada contempló a los amores de su vida. Faith estaba sentada en las piernas de Trunks, riendo sin parar por las cosquillas ocasionales que su padre le hacía.

—¿Quién es ese, papi?

—El doctor.

—¿Ese no es humano?

—No, es un holograma.

—¡Ah! Yo pensaba que era un androide, como mi abuela Dieciocho.

—No, mi amor. Humana es la capitana.

—¡Ah! ¡Y esa señora fea es la que habla ese idioma raro! Ese de 'oH wIj DevwI' jIH DIchDaq Hutlh pagh —balbuceó la pequeña, intentando imitar el lenguaje de la raza exclusiva de la serie.

Trunks se mató de risa. Besó a Faith en medio de su corto y lacio cabello lila hasta cansarse.

—¡Hablas su lengua!

—¡Y tú no! ¡Gané!

Más risas, y padre e hija se estrecharon con honestidad. Ante ellos, Marron supo que sabía qué era la felicidad. Sabía su definición, reconocía su infinito significado: era esa casa, ese mundo, ese hombre y esa niña. Era lo que Trunks y Marron amaban, el arte, sirviendo de cimiento a tanta perfección. Por más que algunas cosas dolieran para siempre, el final era justo.

El final era perfecto en su mera imperfección.


Besó a Oob, y cuando él se metió a la ducha luego de entrenar niños en la escuela durante toda la tarde, lo hizo: sacó la caja, sacó el sobre, lo abrió. Escondida en el balcón, la leyó.


Pan:

Perdóname por todo, por mis errores y mis mentiras. Perdóname por desearte hasta ese punto, por necesitar sentirte con tanta vehemencia. Perdóname por enamorarme de tu pureza, por obsesionarme con esa luz blanca que desprendes con tanta naturalidad. Te amé, Pan; te amé dentro y fuera de lo que éramos los tres. Eras un ángel, tenías alas y resplandecías. Eras toda la fe que yo deseaba tener.

Cuando te elegí, lo sentí, de verdad. Sentí todo cuanto te dije y cuanto deseé al mirarte. Pero Marron… Bueno, ya sabes qué siento por ella. No llenaré párrafos diciendo cuánto significa Marron para mí, ni para que tú ni para que nadie lo lea. Ella y yo no somos sí, no necesitamos esta clase de gestos para recordarnos lo que sentimos. Ella es única, tú lo sabes así como yo lo sé. Marron es la respuesta a todo, siempre. Por eso, esa tarde, lo que pasó, mi cambio de decisión, fue imperativo. No podía ser de otra manera.

Pero, tanto ella como yo, siempre sentimos que te arrebatamos tu final. Tú eras quien más felicidad merecía de los tres, y durante años sentimos exactamente lo mismo al evocarte: te robamos algo que te pertenecía, algo tan íntimo y trascendental como tu inocencia y tu idealismo. Por eso, Marron cambió el final de su historia: porque quería, queríamos los dos, devolverte lo que te robamos.

Sentimos mucho si fue de mal gusto, si no fue apropiado hacerlo, pero fue lo que sentimos. Queríamos inmortalizar tu final así como el nuestro también lo está.

Y por favor, si aún no lo hiciste, abre esa cápsula. Es mi obra maestra, y tanto ella como tú, mis musas para siempre, la inspiraron. Es así como yo te veía, como yo te sentía. Es esa tu espalda luego de tu primera vez, la misma, idéntica. Es la espalda que tanto amé esa noche junto a ti, sin dormir. Eso, todo lo que viví junto a ti, lo recuerdo al pie de la letra.

Nunca lo olvidaré.

Gracias por haberme inspirado tanto. Gracias por haberme hecho tan feliz en el peor momento de mi vida. Nunca lo olvidaré.

Siempre te querré, niña.

Y que tu vida sea todo lo que mereces. Que seas feliz, Pan. Sé demasiado feliz, por favor.

Sé todo lo que te mereces ser, te lo suplico.

Con cariño,

Trunks.-


Congeló el tiempo a su alrededor. Suspendió sus lágrimas, suspendió sus sollozos de emoción, y escondió la carta en la caja y escondió la caja bajo la cama. Oob salió de la ducha, cenaron, charlaron, hicieron el amor y, cuando él se durmió por completo, Pan, sin hacer ruido alguno, sigilosa como un ninja, sacó la caja de su escondite.

Fue al baño, cerró con seguro la puerta y, tapando la puerta con su cuerpo para amortiguar de alguna extraña forma el ruido, abrió la cápsula. Un bolsón negro que contenía algo inmenso que ocupó, pronto, la mitad del cuarto. Pan, temblando profusamente, llorando al saber qué era, abrió el bolsón.

Sacó el cuadro, lo miró, se miró, se reconoció.

Se tapó la boca, lloró con fuerza, cayó al piso de rodillas ante la mitad de la obra de arte de Trunks. Era ella, alada, de espaldas, desnuda, volando…

—Hacia la salvación…

Notó que el cuadro estaba cortado a la mitad, supo que la otra parte pertenecía a Marron, y entendió la magnitud del amor demente que Trunks había sentido por las dos. Entendió todo, incluso que él no mentía: por un momento, la había amado. ¿Cómo pintar, de lo contrario, algo tan perfecto? Sin amor, el arte no emociona. Y esa espalda emocionaba sin esfuerzo, con naturalidad.

Desprendía una luz blanca, el ángel. Como Trunks decía que ella lo hacía. ¡¿Cómo había sido capaz de meter tanto sentir en una maldita espalda pintada con lienzo?! ¡¿Cómo se había atrevido a dársela?!

Era demasiado para ella. Demasiado.

Se sentó contra la puerta por lo menos una hora. Miró su espalda, porque era la de ella, y evocó cada recuerdo que aún no había borrado de su mente. Se sintió una niña, se sintió enamorada, se sintió una zorra y una egoísta.

Nunca iba a olvidar a Trunks. Del todo, jamás lo haría. Jamás.

Se secó las lágrimas al entenderlo. Tendría que vivir con ello, sin más, así como Trunks, por más perdones proferidos, tendría que vivir por siempre con la culpa. Porque la culpa seguía incrustada en su alma quebrada. Pan sólo había tenido que mirarlo unos momentos para saberlo.

Era un final justo, sí.

Guardó todo, se llevó la caja al cuarto con el mismo sigilo. Ya le buscaría otro sitio de escondite. En la caja metió, antes de mandarla bajo la cama definitivamente, el libro de Marron. Recordó, al aferrarse a la espalda de Oob, las palabras de la rubia. Guardar algo que tuviera significado para ella.

—Hecho…

Lloró suavemente contra la espalda de Oob.

Hecho. En la caja estaban las dos personas que más había amado. Las dos personas a las que jamás podría tener. Y ella misma, metafóricamente. Y el final arrebatado.

Y en sus brazos, el hombre al que jamás merecería por completo, el que todo y más de ella se merecía. Su futuro.

Así debía ser.


Acostaron a Faith, Marron le leyó un pequeño cuento y la niña se durmió en un santiamén. Se retiraron al cuarto de los dos, azul, siempre azul, y se acostaron. Antes de taparse, Marron contempló la mitad del cuadro que le pertenecía. Trunks lo había clavado, a su pedido, junto a su mesa de luz. Hacía meses que se lo había dado, y había provocado en ella la misma emoción que en Pan. La misma, porque las dos musas expresaban lo mismo: amor. Nunca se cansaría de mirarlo, lo sabía. Bajo las sábanas, él se desvistió y la desvistió. Se movió instintivamente contra ella.

—Quiero hacértelo.

—Y yo quiero que me lo hagas.

Y lo hicieron. Despacio, en las penumbras, envueltos en la intimidad de los dos y en el silencio del espacio. Estaban a salvo, lo estarían. Siempre que se sintieran así, tan plenos en los brazos del otro, serían felices. Siempre que Faith los iluminara, con una luz mil veces más potente que la que Pan había desprendido ante sus ojos hacía seis años, todo estaría bien.

Pero a veces, los vicios no se van.

Los vicios no nos abandonan, no del todo.

El ser tiene virtudes y defectos porque está moldeado por el mundo. Por los dientes afilados, por la lengua atestada de pupilas.

El ser es la deformidad que el mundo dispone.

—Marron…

Y los vicios no se habían ido, no de él.

—¿Sí?

Porque aún necesitaba, de tanto en tanto, sentirse amado.

—Yo…

De esa forma.

—Mírame.

De la forma.

Se contemplaron. Marron, nomás clavarse a sus ojos, lo entendió. Sonrió. Simbólicamente, lo entendía. Trunks se lo había pedido por primera vez hacía unos cuatro años. Ella se había enfadado, incluso habían tenido una intensa discusión por su polémico pedido. Trunks, cuando las aguas se calmaron, pudo explicárselo: no tiene nada que ver con Isabelle, no tiene nada que ver con extrañarla o añorarla o algo; tiene que ver conmigo y contigo. Tiene que ver con que eso me gusta, de verdad, y quiero compartirlo contigo. Nada más, Marron. No hay nada de fondo, lo sabes, ¡sé que lo entiendes! Y ella lo entendía, efectivamente. Él necesitaba sentir ese amor, porque ese amor, el amor al alma, era el que más gozaba sentir.

Era el amor que más asfixiaba a su siempre implorante corazón.

—¿Quieres? —preguntó, entonces, Marron, una Marron convencida de que él no mentía.

—Sí —contestó, emocionado, Trunks, un Trunks que realmente no lo hacía.

No era por Isabelle. Era porque amaba a Marron y porque no deseaba esa clase de amor de nadie más que de ella. Era su amor, el de los dos. Y se aproximaron, uno ante el otro, de lado sobre la cama. Trunks cerró sus párpados y Marron, rebalsada de amor, los besó. El zafiro alado que colgaba del cuello de la musa dorada resplandeció en medio de la oscuridad.

Cuando él comenzó a jadear, ella intensificó sus besos. Supo que tanto él como ella estaban listos.

—Marron…

—¿Sí…?

—Bésame los ojos.


F I N


«Mas ciertamente, por aquel entonces

amamos tanto, pero también odiamos tanto

Hicimos daño,

Así como nos hicimos daño a nosotros mismos...

De todas formas, corrimos como el viento

Nuestras risas resonando

Debajo los cerúleos cielos...»

(Schala Kid Zeal, Chrono Cross)


Nota final de la historia

Hola... =)

Ante todo pedirles disculpas: prometí que publicaba esto el 3 de marzo, pero finalmente lo estoy publicando el 4 luego de un pequeño adelanto que dejé colgado unas horas. Mil perdones a Esplandian, que cayó (?), por mi máximum trolling. Soy obse de las fechas, les pido perdón por el retraso. Hubo un acumulativo de factores que me impidieron llegar a tiempo: contratiempos laborales, varios días de cama por una gripe, una reunión familiar durante todo el día domingo y mi novio volando de fiebre la madrugada del lunes. Plus el fin de semana largo en el que estoy, que hizo que en mi casa estuviera complicado concentrarse. Plus la musa que me ordenó escribir yaoi entre Trunks y Goten desesperadamente (?). Excusas, excusas, excusas. Mil perdones, mil por prometer algo y no cumplirlo.

La emoción es extrema en este momento. La emoción, el llanto, necesitar frenar, no ser capaz de seguir por estar rebalsada, tampoco ayudó. Siento que tardé siglos en terminarlo, que no llegaba más. Fue el capítulo que más me costó de todos. Quizá cometí algunos errores, quizá olvidé detalles, pero en esencia, este es el final. Sé que me olvidé de algo, de un diálogo flashforward entre Pan y Marron que no logro recordar si lo dejé o lo borré. ¡No me acuerdo! No lo encuentro, así que dejo esto así, por ahora. Este fic es muy largo, muy muy, y siendo que lo hago sola, sin betas y sin nadie, olvidar algo es inevitable. De todas formas, este fic aún está en corrección. Si tengo que arreglar algo, lo voy a arreglar.

Bueno… Esta nota final, como verán, es eterna. Son libres de no leerla, pero acostumbro a escribir notas muy extensas al final de mis historias largas. Este es el caso, y este es mi fic favorito entre todos los que escribí, así que imaginarán que tengo mucho por decir. Disculpen, disculpen de verdad.

Ante todo, algunas aclaraciones del capítulo:

-En el capítulo anterior cometí un pequeño error con un detalle. Odio eso (?). Mil perdones. Trunks, en "El cuadro, parte II" había dejado tapado el cuadro de las musas en el taller. En "El significado" estaba al descubierto. Ya lo arreglé, e hice que antes de que se marchara volviera a cubrirlo. La magia (?) ha sido ejecutada. XD

-Sobre Dieciocho y ese «sueño nunca cumplido»… Némesis va a ser mi último fic, muy pronto, en algunos meses seguramente vea la luz, y en ese fic tengo pensado un papel muy raro para ella. Así como di un pequeñísimo y casi imperceptible indicio de que Trunks se quedaba con Marron en el epílogo de Pecados, quise hacer un guiño a Némesis acá. Suena dulce, suena muy Tri cómo lo dijo Marron; en Némesis va a demostrar ser un sueño mucho más crudo y doloroso.

-Sobre Trunks y su decisión de usar un seudónimo: hace años que le sigo la pista a Axel Caniggia, un jovencísimo pintor nacido en Argentina, perteneciente a un movimiento denominado hiperrealismo. Axel no sólo es muy, muy talentoso; es el hijo de Claudio Paul Caniggia, uno de los grandes futbolistas de la historia del país. Él tiene una madre y unos hermanos menores que se la pasan de programa en programa de chimentos para insultarse con otros «famosos» y armar escándalos para salir en las revistas. Su hermana menor, para poder entrar en la tevé, se operó todo el cuerpo, se arruinó con cirugías. Gente que nada tiene que ver con él, que es un artista digno de ser destacado. Es muy bueno, me encanta su estilo y su forma de exaltar las cosas más sencillas (sus pinturas son de manzanas, mesas, jarrones, a los cuales confiere un significado distinto) mediante su uso de la luz y la sombra. Lo que me da pena de Axel es que, por los escándalos de su familia, muchas veces es menospreciado, no se lo valora por su oficio, por lo que ama. Al decidir que Trunks usara un seudónimo, lo hice pensando en que no deseara ser relacionado ni con su apellido ni con Isabelle ni con los sendos escándalos en los cuales lo involucraron.

¿Y por qué lo dejé con Marron?

Realmente quiero contar el porqué. Ansié mucho contarlo. Bueno... Hay muchos motivos. Para explicarlo voy a ponerme densa y a contarles de dónde salió Triángulo:

Cuando volví a leer fics (había dejado unos años) en el 2006, mientras me volvía loca esperando los updates de Superbrave (?) se me ocurrió una idea. El fic se llama Criminal. Pan hacía ropa porque odiaba la ropa convencional de moda (?), estaba enamoradísima de Trunks y él estaba con Marron. Trunks no sé qué problema tenía, Marron estaba harta de él, y él se consolaba en Pan. FIN.

¡Dah! Qué vergüenza contar algo tan feo. XD

La idea era tan despreciable que nunca pude escribir más que un capítulo (aún lo tengo. Jamás verá la luz, lo juro XD). Lo dejé guardado, seguí leyendo a Superbrave, a otras, a tantas admirables autoras, y el hombre con el que llevaba ocho meses de tempestuosa relación me dejó. Esa relación, a mis 18 años, me marcó de una forma tremenda; fue un antes y un después en mi vida. Agregado a la decepción amorosa, tuve otro problema que no viene al caso contar acá; ese problema derivó en otros. La tristeza era tan grande que la inspiración vino sola y escribí Doble Vida.

Archivé la idea del triángulo amoroso, de momento. Si leyeron Doble Vida y Esencia sabrán que, sin embargo, la rocé.

Terminé Doble Vida en mi pico máximo trupanero (?). Un minuto después (literalmente XD) empecé Pecados en la Sangre.

El resto es historia (?).

Pero no.

La idea de usar a Trunks, Marron y Pan seguía flotando en mi cabeza. Así quedó plasmado en el primer verdadero AU de Triángulo: Imán. ¿Quieren saber cómo hubiera sido un final de Trunks y Pan posible? Pásense por ese. Creo que cuando escribí Imán, que es un pequeño orgullito que tengo por complejos motivos con los cuales algún día aburriré a Mya y Kattie, si es que ya no lo hice (!), fue cuando la idea me volvió del todo.

Una noche del 2010, en una época en la que estaba sin trabajo, deprimida por ello, estaba escribiendo Pecados como a las 4 am. Estaba escuchando November rain de los Guns y se me vino una idea a la cabeza, de la nada misma: Trunks mirando a Pan y Marron, ellas de pie frente a él. Me reflotó la vieja idea. Abrí el Bloc de notas y creé un archivo. Escribí ideas al aire. Aún lo tengo también.

¿Qué nombre le puse al archivo? Triángulo.

El nombre salió solo. Intenté cambiarlo, pero no pude. Me obsesioné mucho con los triángulos, con las relaciones poliamorosas y con el número tres en estos últimos años, lo admito.

Me fui a la cama pensando en ellos tres. Miré el techo sin poder dormir. Pensé en Doble Vida, en la idea de una historia humana, pero con más romance y no tanto conflicto existencial.

Y me acordé de Isa.

Isa era, como ya conté, un viejísimo personaje de un fic que jamás terminé, 790, donde había una cantidad demencial de OCs que terminé usando en fics, especialmente acá (Alisha, Susu, Gret, Sotela, Wanda). Al recordar a Isa, que siempre me gustó mucho por su personalidad y su diseño, hermosa pelirroja de look beatnik (?), recordé mi viejo fic, no Criminal, sino 790. En este último, el arte era la base de todo: Trunks escribía, Goten era músico, Marron también escribía. Etc, etc.

Y se me vino la imagen de Trunks ante la veintena.

Y me enamoré. XD

Pasaron los meses, me fui fastidiando de Pecados, llené el archivo de Bloc de notas de más y más ideas y empecé a escribir Tri. Escribí el prólogo, que casi no modifiqué (algunas cosas nomás) del que sigue online. Escribí seis o siete capítulos más. Dejé de actualizar Pecados por largos periodos. Llegué a "Desnudez del alma", capítulo V, y ahí derrapé.

Me enamoré de Marron. Así, de una. Empecé Tri pensando en que Trunks, OBVIO, se iba a quedar con Pan. ¡Si Pan era mi chica! ¡Era la que yo siempre usaba! Pero al escribir a Marron en un sólo párrafo me enamoré perdidamente de ella. Redescubrí a la vieja Marron de 790, la que escribía poesías para Trunks en un cuaderno amarillo (mi memoria me asusta XD). Ellos siempre habían sido mis favoritos, desde el minuto 1, cuando yo ni sabía que existían los fics y me inventaba historias por puro ocio mientras escuchaba música. Cuando descubrí los fics en el 2002, plena pre-adolescencia, lo primero que hice fue buscar fics de TxM, porque eran mi obsesión, porque en mi mente ellos dos eran perfectos y desbordaban arte (?).

Encontré puros TxP.

Me decepcioné. ¡Tenía 14 años, me daba miedo la idea de imaginar a Trunks con Pan! Ponerme en el lugar de ella e imaginarme con un hombre de 27 a mis 14 me daba un miedo natural. Terminé leyendo sobre ellos porque odiaba a las Sue de la mayoría de los fics que había por ese entonces (no muchos lo recordarán, pero antes casi no había fics de Trunks con un personaje de la serie; eran puras Sues, salvo alguna OC muy buena, como la de Después de cinco años de Natytorankusu. No había ni TxP ni TxM, esos fics escaseaban), y Pan me compró y la amé y escribí todo lo que escribí de ella enamoradísima. Pan llegó al punto donde me terminó gustando más que Trunks, por eso es LA protagonista de Doble Vida, al cual yo creo, incluso más que Pecados, mi TxP definitivo. Y mi segundo fic favorito de todos los que hice.

Pero a mí siempre me había gustado Marron.

Aunque algunas lectoras que firmaron Tri se cansaron de decirme "vas a dejarlo con Pan, es tan obvio", "¿por qué no decís desde el vamos que lo vas a dejar con Pan, si es tu favorita?", "en tus favoritos sólo tenés TxP, no te veo leer de Marron". WTF! ¡¿Cómo que no me ves leyendo de Marron, acaso tenés una cámara adentro de mi almohada y me vigilás?! XD Qué absurdo ese comentario. XD Muchas me lo dijeron, muchas estaban escépticas (?). Pero a mí siempre me gustó Marron, siempre, desde muy chica. Marron siempre fue, es y será mi favorita. =)

Al empezar Tri, al hacerlos besarse por primera vez (la noche que escribí la primera versión del capítulo V fue mágica, la recuerdo con inmenso cariño), reviví con una fuerza muy grande a mi yo a los 12/13 años imaginándome a Marron con su cuaderno de poesías leyéndole una a Trunks, lo reviví de una forma tal que me dije: ¡NO! Trunks no puede quedarse con Pan. ¡Tengo que darles ese final que nunca les di a los Trunks y Marron de tantos años de imaginar e imaginar! Dejé a Trunks con Marron porque Marron me conquistó, básicamente. No era la idea original, no cuando escribí ideas desordenadas en el Bloc de notas. Un maldito párrafo de Marron y cambié ese final donde yo veía a Marron enferma así como Trunks terminó estándolo, recuperándose mientras Trunks, también recuperándose, rehacía su vida junto a Pan; lo cambié por este final que están leyendo.

Este es el final que les tenía que dar: un final casi idéntico, aunque más sobrio y un tanto más agridulce, que el final de 790, el fic que jamás terminé. Incluso Faith estaba ahí también, aunque no se llamaba así (no logro recordar el nombre que le puse en aquellos tiempos, por eso, por recomendación de alguien a quien elijo no nombrar, le puse ese nombre cuando escribí A salvo).

Este es como el punto final a un bello sueño de mi infancia y adolescencia; es dar vuelta una página muy vieja y mirar hacia adelante. Es salir de mi zona de confort para probar algo diferente. No quería otro Doble Vida, otro Pecados. El último es lo mejor de Trunks y Pan que pude escribir, quizá; es el favorito de todos. Y no es lo mejor, porque reniego mucho de ese fic, pero lo sentí tal cual lo plasmé. Amo a Pan, creo que todos lo saben por acá. Pero siento que agoté las ideas que tenía para ella y Trunks. Quisiera conocerla de otras formas, quisiera pensarla en otros contextos. A él igual. Usé tanto a la pareja (es a la que más usé a la fecha) que siento que la gasté.

Esta vez quería otra cosa. =)

Tri es eso, y es también muchas cosas más. Enumerar sería en vano, porque hay muchas cosas que a nadie le importan porque son aburridas, y no quiero ser tan densa. Simplemente decir que esta historia significa demasiado para mí. Tri es un puente: es mi crecimiento como autora, es salir del confort que siempre fue el TxP para mí en pos de hacer otra cosa, porque las pairings tendrán al mismo hombre, pero son completamente diferentes.

Pueden decirme que es tonto, que se queda a mitad de camino, que se va de tema, que no tiene NADA que ver con la serie, que no tiene bases firmes, que peca de distorsión del universo en cada párrafo. Pueden decirme que es demasiado extenso, que es repetitivo, que es denso, que es aburrido, que es muy depresivo, que NO es un fanfiction, que escribo mal, que debería dedicarme a otra cosa. Pueden decirme lo que quieran, cualquier cosa, lo que sea que sientan o no sientan con respecto a Triángulo, pueden decirlo porque arruiné todo, porque cuando lo empecé tenía la idea de hacer un fic humano, dulce y romántico, porque cuando lo empecé mi intención era escribir una historia light sin demasiadas pretensiones, pero al avanzar Tri se convirtió en un monstruo y me devoró. No quedó nada de mí, o quedó todo, mejor dicho. Tri es un grito visceral que necesité proferir en un momento muy específico de mi vida, uno cargado de viejos dolores, de angustia, de impotencia sobre todo. Tri es una caja donde dejé anotaciones, reflexiones, frustraciones. Tri es una caja repleta de incoherencias a las que en algún momento dejé de preocuparme de darles forma. Me dejé llevar como nunca, evité preocuparme por cada detalle, me desconecté del mundo y me dejé ser, nada más.

Por todo esto, Tri es un fic imperfecto. Es todo lo que puedan decirme, todo lo bueno y lo malo, sobre todo lo malo. Tri es un defecto en sí mismo, y lo amo en su mera imperfección.

Tri es una forma que intenté de escribir, una total experimentación. Por eso tantas cosas que no se entienden. Tri es un intento de crear algo nuevo, algo que pudiera ser inspirador para mí, una especie de musa que intenté crear para mi propio disfrute. Tri es un *imperfeccionismo*, es un estilo propio que tuve la intención de crear.

Tri es una pieza de mi vida, una melodía que siempre va a sonar en mi alma, hasta el fin. Esta vez lo sé: con Doble Vida, con Pecados; con ningún fic me pasó esto: Tri se queda y permanece en mi vida, en mi día a día. Espero releerlo algún día, dentro de unos años, y sentirme, aunque sea por un minuto, esta que soy hoy. Si lo logra, sabré que quizá, en un segundo por lo menos, algo bien hice.

Tri es una historia que, cuando empezó a mutar en ese monstruo, se convirtió en un manifiesto. Es el manifiesto de esta que soy hoy, con estos ideales, con estos pensamientos, con estas experiencias y conocimientos. Soy yo hoy, yo en carne viva. ¡Es lo que siento, todo cuanto siento en el mundo, todo! ¡Es mi corazón!

Tri es un error. No debería existir porque este no era el contexto, porque Trunks, Marron y Pan no merecían todo lo que les hice. Tri no merece existir, pero existe, y por existir, pese a cuánto me avergüenza haberlo escrito tan ida, tan profundamente inspirada, le estoy agradecida.

Tri es una escalera sin terminar, pero una escalera al fin.

Y qué palabras inmensas, sin merecerlas, le dedico. Será que en algunos momentos, mientras lo escribía, jugué a ser una escritora. Me imaginé que era una escritora, una profesional, que tenía en sus manos un mundo propio con personajes propios a los cuales podía hacerles lo que quisiera. Me imaginé que Trunks, Marron y Pan eran míos, y que podía hacerlos gritar en mi nombre cada una de mis angustias. ¡Y las gritaron! ¡Todas! ¡Han hablado por mí, han sido mis voceros, han sido yo partida en tres partes! Y los siento míos. Sobre todo a él, a él que soy yo y a mí que soy él.

Tri es una pregunta, una reflexión. El arte es la cúspide de la creación humana, es la única forma que tiene el ser humano de ser perfecto, y no lo es en sí mismo, sino que lo es a través de su obra. El arte, por su perfecto significado, es también el sueño más inalcanzable. Querer ser un artista es el sueño más utópico. Te tratan de vago, de imbécil, de idiota, de no ver con propiedad a la realidad. Te tratan de loco, te dicen que es imposible, te hablan de que deberías ganar dinero y no perder tiempo. Estupideces: el arte es más que una mera mercancía, por eso este fic, que intentó ser una pieza de arte más que un entretenimiento por y para fans, está tan lleno de subjetividades e intenciones narrativas y experimentos con palabras y pruebas y fallos y perversiones y locura. Tiré toda la carne al asador, como decimos acá: probé de todo, en algunos momentos de forma más notoria y en otros menos, pero casi todo el fic es un experimento. Aprendí demasiado, DEMASIADO, del experimento enceguecido y de los autores a los cuales conocí gracias a Tri, porque en mi tozudez de buscar autores que hablaran de relaciones interpersonales, me topé con algunos de mis héroes. Leí muchos libros pensando en Tri, pensé en Tri leyendo muchos libros. Muchos de los autores que cité al principio de cada capítulo me enseñaron a escribir. Desde Marguerite Duras y su forma ÚNICA de escribir, pasando por D.H. Lawrence y la poderosa filosofía oculta detrás de su magistral erotismo, llegando a Milan Kundera y su virtuosismo incomparable. Y Henry Miller y sus monólogos que me han cortado el aliento, y Anaís Nïn y Susan Sontag y Orhan Pamuk y Jonathan Coe, el citado cuando googleás "oculofilia". Cada triángulo que dibujé lo disfruté con el alma.

Tri es un pecado. Es todo, menos un fanfiction. Por eso les pido perdón. Mil millones de perdones, porque fallé. Este es mi más grande fracaso, mi error como fanficker, la mancha más grande. ¡Y estoy feliz por haberme olvidado de que era un fic! Y me hizo tan feliz escribirlo. Tan...

Si me hizo feliz, quizá algo bueno tiene en medio de su imperdonable imperfección.

Es lo único que pude hacer: escribir algo por el mero hecho de elevarme, de sentir, de experimentar, de sacarme todas estas cadenas que tengo atadas en el cuerpo por aquel pasado que va a dolerme para siempre, por aquellas Isas que me crucé alguna vez y que me dejaron marcada. Porque me las crucé. Sé de lo que hablo, se los aseguro.

Y no podía ser de otra forma: Trunks es mi musa, es lo que más amo de Dragon Ball. Tenía que elevarme ayudada por él. Este es mi homenaje, mi caricia, mi mimo final a Trunks. Es mi despedida de él. Tenía que dejarle algo antes de irme, algo digno. No lo hice: le dejo este monstruo de mil ojos como agradecimiento final. Es hora de soltar tu mano y seguir por mi cuenta.

Es hora de dejar los fanfictions.

Tri es, sí, mi carta de despedida. Extensa, extensísima carta. Aunque no lo crean, este "fic" que no es un fic habla MUCHO de los fics. Tri tiene muchas metáforas, algunas muy claras y otras más ocultas, pero las tiene, todas están de fondo. Una de tantas es la del fanatismo, los niveles de fanatismo que todos los personajes femeninos tienen por Trunks (Pan la fangirl adolescente que lo mira en fotos, Marron la fan de closet, Isa la enferma que es capaz de todo con tal de llegar a su objeto de fanatismo y poseerlo de la peor forma, Alisha y sus ataques hormonales, Pares formándole parejas con Goten o con Pan Y Marron o incluso con ella misma, Susu la adulta enternecida por lo adorable que es él, etc). Tri habla de eso. En secreto, en voz baja, pero lo hace.

Tri es demasiado serio para ser un fic, a lo mejor. Es muy serio, en extremo. Sé que toqué temas que no daban (el brote, la oculofilia, el trío, la relación obse entre Isa y él, etc. x 1000), que no parecen adecuados para lo que un fic "supuestamente" debería ser. Pero lo disfruté, lo juro. Me hizo feliz, demasiado feliz, tan feliz que siento que el corazón me explota de sólo pensar que mañana no tendré dónde hablar de ellos tres juntos, un solo rojo ante el gris. Me mata pensarlo, me llena de lágrimas los ojos. Lo voy a extrañar mucho, con toda mi alma.

Nunca fui por el morbo. No, no lo hice. Nunca me importó lo explícito de lo que sucede: Tri es una historia que habla desde las sensaciones. Pude haber sido explícita y dar morbo y detalles escabrosos de muchísimas cosas (¿es necesaria una lista? Pienso que no, pero voy a hacerla: la recuperación inmediata post-brote, la oculofilia, las drogas, los lemon más fuertes, la enfermedad y muerte de Isa, etc.), mas no lo hice porque no era lo que a mí me interesaba. Soy tan tímida que tuve que alentarme exageradamente para animarme a muchas cosas que suceden acá. Pasé horas luego de cada update aterrada, con un hueco en el pecho, pensando en que esta historia era una mierda y que estaba haciendo todo mal y en vano, temerosa de haberme arriesgado equivocadamente, avergonzada de escribir un fic que no era tal. Y jamás fue en vano. Tri también fue armarme de valor y no temer a lo diferente.

Porque Tri tiene UNA cualidad que yo creo positiva: es distinto. Al verlo en mi profile, lo siento el diferente, el especial, el único, el digno. Aunque por fuera parezca "uno más", sé bien que, para mí, dentro de mis fics, es el diferente. Sé que es mi mejor historia, pese a todo, pese a gris, y que nada de lo que yo haga, en fanfiction por lo menos, la va a superar. Este es el tope de Schala S, un tope quizá incomprendido, pero el tope al fin.

Tri es una semilla que ya crece en mi interior: es el puntapié inicial para algo que, espero, pueda ser trascendental en mi vida, en mi vida como Pamela.

=)

Y quiero dedicárselo a cada uno de los que llegó hasta acá, GRACIAS. A algunos los conozco por nombre o bien por nick, a otros no porque se mantuvieron en un silencio que, sepan, respeto; todos los que llegaron hasta acá, GRACIAS. Eternamente agradecida.

Especialmente quiero dedicarle este fic a las personas que más hicieron por él, muchas veces sin saberlo:

Mya: te regalo Triángulo, como lo prometí. Consideralo tuyo, tan tuyo como mío. Lo que me animaste, lo que me soportaste, lo que me incentivaste no tiene nombre. Me hizo demasiado feliz conocerte, tanto que ya te considero una amiga enorme, de verdad. Te adoro, porque sos una persona tremenda, fabulosa, madura e inteligente como pocas, y me abriste los brazos y me hiciste muy feliz por ello. Cuando me dijiste que habías empezado a leerlo me dije "uh, no creo que le guste". Cuando no me firmaste varios capítulos dije "evidentemente lo dejó", cuando me dijiste "los últimos dos capítulos fueron sublimes" (sí, lo recuerdo) me morí de miedo. XD Me dije ¡AH!, ¡sigue ahí! Y con cada rw tuyo me pregunté si iba a seguir gustándote. Sé cuán exigente sos como lectora, por lo cual que hayas llegado al final es un extra honor para mí. ¡No lo puedo creer! Hiciste demasiado por mí durante todo este tiempo, espero ser un poco de lo buena amiga que vos sos para mí, porque sólo te merecés cariño y calidez de mi parte. ¡Te quiero, mi hombro virtual! GRACIAS.

Esplandian: si no fuera por vos, juro que no lo publicaba. ¿Recordás las preguntas que te hacía por pm en el 2011? Mis preguntas, cargadas de inseguridad y un miedo atroz, no tenían otro motivo más que ver qué iba a pasar si yo publicaba esta historia. No me animaba, no me salía, no lograba imaginarla publicada. Y vos me diste tanto ánimo, hermosa, ¡tanto! Que mi autora favorita y una de las personas más maravillosas de este fandom me dijera cosas tan geniales y me brindara tan enorme apoyo significó demasiado para mí, por eso te dedico esta historia, porque si no fuera por vos no la terminaba ni tampoco la publicaba. gracias. Te adoro, Esplandian. Sabés por qué y sabés cuánto y con qué sinceridad lo hago. Sos mi heroína absoluta en esta sección. Y como vos me dijiste en la nota final del mejor fic que haya leído en mi vida, tus perfectas Cien de sus voces: por inspirarme, siempre. GRACIAS.

Greida, mi primera lectora, a quien tuve la fortuna de conocer personalmente el año pasado. Cuando más asustada estaba me permitiste pasarte el primer prólogo, y me diste tu más sincera opinión, y me ofreciste una hermosísima amistad. Linda, bonita, GRACIAS.

¿Y cómo no nombrarte? Kattie, amore, que interpretaste a Tri de una forma tan personal, que te dolió leerla, que te generó tanto como me lo has dicho mil millones de veces. Que me dejaste esos rws perfectos que releí hasta hartarme, porque desde el primer minuto fuiste más allá, y tu inspiración me inspiró a mí. No creo que alguien la haya leído con tu pasión, amore. Creo que tanto Tri, como vos, como yo, crecimos mucho en estos dos años, nos pasaron muchas cosas, algunas lindas y otras feas. Increíblemente, así como siento que mucho de lo que me pasó está reflejado en algún sentir de la historia, siento que con vos pasó algo muy similar: te encuentro en algunos párrafos, te encuentro en ella y en él, te encuentro en mis monólogos. ¡Estás ahí! Te amo por ser tan linda conmigo, por haberme consolado tanto cuando más lo necesité, por haberme protegido y retado y acariciado tanto. Y por ser tan especial, tan Pan (!), tan como ella y tan genuina de la forma más hermosa. ¡MEH! XD Te amo, amore.

Y a todas las lectoras que me hicieron el aguante por acá y por el FB. Fiorella, por el cariño tan inmenso que me diste a través de tus mensajes de apoyo y por el divino dibujo de Marron que me regalaste; Mis, que te involucraste tanto con Tri que te llegué a sentir una de mis más cercanas lectoras, el comentario que siempre quería recibir; Chibi, que sos hermosa, que sos divina y te adoro tanto y te debo tanto, ¡tanto!, por tus mensajes y tu cariño y los dibujos hermosos que le hiciste a mi fic; NebilimK, mi lectora más exigente (XD), que siempre que tuvo que decir algo, lo dijo, lo cual agradezco de corazón, porque me ayudaste mucho a crecer con tus opiniones; Lamu Yatsura, otra exigente lectora que me dejó sin aliento con cada rw y cada pm que me envió; Tomoecita, por todo, vos sabés por cuánto, por ese pm también; Tourquoise Moon, ¡gracias por tu dibujo! Y por esos maravillosos comentarios; Steel Mermaid, que aunque hace tiempo que no te leo, siempre me incentivaste, desde hace años que lo hacés; ApleeNinde, quizá la que hace más tiempo me lee de las lectoras que se han mantenido cerca de Tri, desde aquellos inolvidables comentarios a Doble Vida, gracias por acompañarme por tantos años. VegetableLov3r, PrincesaBulma, Teff1, AckmanMultiverse, Ringuis, Jennifer, DBZFan-ns: ¡GRACIAS POR HACERME TANTA COMPAÑÍA! Luthien, Luna, Zuhy, KarinaSon, Dawn, gracias por sus últimos comentarios. Zuhy, especialmente a vos muchísimas gracias por la paciencia. La aprecio muchísimo. Y a la gente del FB, y a las chicas de Por los que leemos fanfics de Dragon Ball y a Esplandian, de nuevo, por siempre recomendarme.

Y a todas, a todas todas todas, incluso (aunque no al mismo livel, por supuesto) a las trolls, incluso a las que dijeron que Marron es una puta y a las que dijeron que Pan es un marimacho. ¿Para qué odiar a alguien que no existe? Juro que jamás voy a entenderlo. XD Pero bueno, creo que ninguna llegó hasta acá, por suerte.

Y a vos también te agradezco, merecidamente o no. Quizá, a lo mejor, estás del otro lado, impresionada por ver a Marron en este final. Sé que no lo pensabas. Es una lástima.

Gracias a las que se quedaron en el camino, a las que llegaron hasta acá, a quienes ansían leerlo (Dika, te espero XD) ahora que está terminado, ¡A TODAS! Y si hay algún chico por ahí, gracias también (XD).

Gracias a mis amigas: Dev, Dika, Akadiane, Nadeshico y.Ragdoll por aguantarme siempre que quiero decir alguna boludez sobre Tri, porque sé cuán pesada soy. XD ¡Jaja! Las amo cada día más, con el alma.

Gracias a Michiru, con quien he compartido extensísimas charlas fiquers y autorales (?) que me han enriquecido mucho. Michi me dio ánimo en el peor momento, en el peor minuto, en ese instante donde realmente deseé dejar este fic y los fics en general. Dijiste algo, dijiste lo inesperado en el momento justo, y me hiciste mirar las cosas desde otra perspectiva. Desde entonces me siento muy bien. Nunca te lo dije, y soy tan vergonzosa que no sé si te lo diría (?) pero ese instante fue muy especial para mí. Por todo el ánimo, incluso por el pm que me mandaste hace tan sólo unas horas, gracias.

Gracias a MickyMe. ¡A vos, perra! A quien más quiero en este maldito universo fangirl (!). A vos que me bancaste con una grossitud (argento profundo se abalanza sobre el párrafo XD) tremenda cada delirio y palabra pesada y comentario y todo, a vos que definiste a Tri como mi catapulta o algo así (?), como a eso que iba a sacarme de acá. Y tenés razón. Micky, te adoro, te admiro y te agradezco por permitirme ser tu amiga, sabés cuánto significa para mí. Aunque no me leas (XD), relaciono mucho a Tri con vos, porque cuando empecé a publicarlo me hice el FB, y cuando me hice el FB vos fuiste la primera y la más grossa de todas, lo seguís siendo y lo vas a ser siempre, pese a cosas y a la vida. Es como que los caminos han avanzado juntos, eso siento de alguna extraña forma. Mientras escribía esta cosa (?), nuestra amistad crecía, pasaba del comentario sobre Vegeta y Trunks y quién es mejor a la vida misma, a las cosas, a la gente, Soda Stereo y nuestras vidas. Y a Lee Majors y Marge se fuga. XD Por eso, te tengo muy atada a Tri en mi cabeza. No sólo sos un monstruo en esta sección; sos una GRAN persona. ¡Y yo puedo decirlo! ¡SOS GROSSA! Te estimo (?). =)

Y basta.

Triángulo es un punto de quiebre, un grito, una locura, un monstruo y un ángel y un demonio. Es todo lo que siento por Dragon Ball, por los fanfictions, por la escritura y por el mundo. Es mi amor incondicional a mi salvador, a Trunks, que tan feliz me hizo todos estos años al inspirarme tanto y con tanta potencia.

Tri es Tri. Punto.

Y no tengo nada más por decir.

GRACIAS POR LEERME. GRACIAS.

Y adiós, Triángulo. Adiós.


¡HASTA SIEMPRE!


Pamela, a.k.a. Schala S.


Dragon Ball (C) Akira Toriyama, Bird Studio, Shueisha, Toei Animation