Disclaimer. Personajes de propiedad de J K Rowling, aunque siento a esta Audrey más mía que de ella.
Envueltos en sábanas blancas
XXIX
Cuando Audrey vió, a través de la ventana de su sala de clases, que Percy se había aparecido en el amplio jardín de la escuela donde trabaja, procurando que ni un alma lo descubriera, justo a las cinco de la tarde y enfundado en su traje gris y sus zapatos negros que brillan con el sol y más guapo que nunca, dejó caer sobre la mesa las letras en cartulina que estaba cortando, las telas con las que estaba forrando el diario mural con las fotos y fechas de cumpleaños de todos los niños de segundo grado y casi se tropieza con los dibujos en hojas de papel que hace una hora atrás los niños habían terminado de pintar.
Percy caminó de prisa hacia la puerta principal, le dijo al guardia que buscaba a la señorita Dittborn y éste le indicó que debía caminar derecho y doblar hacia la izquierda en la segunda puerta luego de la escalera. Ingresó a la sala de clases y sintió los brazos de Audrey envolviéndose alrededor de su cuello, sus manos acariciando sus cabellos, a sus labios cálidos y rosados chocar con los suyos, sus manos arrugar su abrigo, juguetear con su corbata, y a sus pies casi encima de los suyos y arruinando sus zapatos recién lustrados.
Audrey sintió que habían sido años desde la última vez que lo había besado y Percy, pese a la preocupación sobre el estado actual de su traje gris y de su cabello, se dijo que seria la última vez que se permitiría estar tan lejos de ella. Entonces Audrey le dijo que ya casi estaba terminando de decorar la sala, que ese había sido un día espectacular y que ahora sólo quería irse a casa y comérselo a besos.
- No me puedo quedar – Le dijo Percy mientras tomaba en sus manos su cabello castaño y luego procedió a arreglarse el abrigo que Audrey había arrugado, porque no pudo aguantarse por mucho tiempo y ella tenia sumamente claro que él era así
- No me puedes decir eso. ¿Me dejas nuevamente?
- Debo volver al Ministerio. En mi oficina hay una pila de documentos que necesitan mi firma y el idiota que comenzó a trabajar hace dos semanas continúa escribiendo informes con faltas de ortografía. Audrey, ¡hasta tus alumnos escriben mejor que él! – Audrey no pudo evitar reír. Percy no era un hombre paciente. ni el epítome de la calma, y estaba casi segura que quizás mañana sería el día en que el cólera se le subiera a la cabeza y Percy Weasley le pegara en el rostro al asistente que cometía errores ortográficos, tal como George le había contado que había sucedido hace un año – Se suponía que debía ir a la oficina inmediatamente, apenas pisara tierra inglesa.
- Y, desafiando toda lógica, estás ahora aquí conmigo.
Alguien debería decirle a Audrey que era sumamente injusto que se hubiera sentado sobre la mesa y que lo hubiese arrastrado hasta ella y que lo hubiese amarrado con sus piernas alrededor de sus caderas y que ahora le hubiese mordido su oreja izquierda donde ella sabía perfectamente el efecto que lograba. Percy notó que Audrey lucía uno de esos vestidos que a él tanto le gustaban y no pudo evitar acariciar sus piernas y subir más de la cuenta, y contra toda decencia, su vestido.
- ¡Anda! Estoy segura que estás desesperado por sentarte en tu oficina, firmar tus documentos y gritarle al que comete tantas faltas de ortografía. No te preocupes; en la noche te doy una sorpresa.
- La próxima vez te vas conmigo
Audrey pocas veces se había sentido tan especial, importante o tan deseada como cuando Percy Weasley ignoraba la urgencia e imperante compulsión de su trabajo porque no podía quitarle las manos de encima. Habían sido más de dos semanas sin ningún contacto más que la visión de Percy impregnado en cenizas y la noción de que su cepillo de dientes ya no estaba en el baño junto al suyo.
Percy planeaba besar a Audrey intensamente, cenar a su lado y, mientras escuchaban música y bebían una copa de vino, terminar de corregir el informe que el inepto de su asistente no había podido redactar. Sin embargo, esa noche, luego de que Percy abandonara su despacho en el Ministerio de Magia a las siete de la tarde y se apareciera con un plop a una cuadra de su departamento y caminara hacia él e introdujera su llave en la cerradura, Audrey lo recibió con una copa de vino entre sus dedos. Y, moviendo sus caderas hacia él, cubiertas con diminuta ropa interior de encaje, medias negras y zapatos de tacón delgadísimo, lo despojó de su abrigo de invierno, de su corbata escarlata y de su camisa blanca.
Percy se alarmó ante la certeza de que su ropa, impecablemente planchada, permaneciera en el piso Sin embargo, la calidez del vino, el movimiento de las caderas de Audrey sobre las suyas mientras lo recostaba sobre el sillón de la sala y sus pechos desnudos sobre su torso, fueron suficientes para olvidarse de todo. De los informes sin corregir y sin firmar, de su ropa ensuciándose sobre la alfombra, de que su cepillo de dientes aún estaba guardado dentro de su maleta, junto al collar que había comprado en Munich para Audrey y que pensaba regalárselo esa noche.
Nota de la autora. Gracias por los comentarios! Espero que éste les haya gustado tanto como a mi.
