Dos niños, de cinco y cuatro años, jugaban con un enorme lobo castaño, subidos sobre su lomo y tirándole de las orejas.

Kô: Socorro, por favor.

Tsubasa: Hayate, Daibu, dejad al pobre Kô en paz.

Hayate y Daibu: Sí, papá.

Sanae: Niños, ya es hora de dormir.

Hayate: Jope, mamá.

Daibu: Cinco minutos más, por favor.

Tsubasa: Chicos, obedeced a mamá.

Kô: Mi espalda.

Hayate y Daibu: Vale.

Los pequeños se metieron en una habitación llenas de adornos de fútbol y de lobos. Sanae les arropó y les deseó dulces sueños para luego salir del cuarto. Kô se colocó sobre la cama de Hayate y permitió que le abrazara el cuello, el lobo lamió la mejilla del niño y después se durmió. El hijo de Kanda y de Kumi era el protector del mayor de los pequeños Ozora desde que se había ido a vivir con ellos hacía cinco años. Ya formaba parte de la familia, pero no era un perro ni se comportaba como tal, simplemente respetaba las decisiones y las leyes de la casa y de la ciudad, pero no perdió su orgullo de lobo. Tras cerrar la puerta silenciosamente, Sanae se dirigió a la habitación casi continua a la de los niños. En la cama, Tsubasa ya la estaba esperando con una sonrisa de playboy. La chica se sonrojó levemente y se tumbó al lado de su marido, besándole con ternura.

Tsubasa: ¿Ya se durmieron?

Sanae: Sí.

Tsubasa: Es increíble que haya tanta paz después de aquello.

Sanae: Me acuerdo bien.

Tras recuperarse de sus heridas, el matrimonio Ozora regresó a España para volver a su vida normal. Lo malo fue que muchos paparazzi y prensas deportivas no dejaron de acosarles durante un tiempo, la pareja explicó que se habían ido a visitar a unos parientes y que el bebé les nació en pleno viaje, por lo que se quedaron unos meses para que el pequeño no sufriese alguna enfermedad. Dijeron que en el lugar donde se hospedaban hubo un fallo eléctrico muy serio que se tardó mucho en reparar y que por eso no habían podido comunicarse con los suyos. El motivo de sus heridas lo dejaron como asunto personal. Por suerte, la gente les creyó y Tsubasa no tuvo problema para volver al equipo de Barça, recuperando el tiempo perdido de los entrenamientos. Hayate apenas recordaba su experiencia como lobo y creció feliz como un niño normal, al igual que Daibu, quien no había nacido como un lobezno y gozó de un crecimiento totalmente natural. Daibu era muy parecido a su hermano, sólo que sus ojos eran cafés y su pelo era negro, con unas cuantas mechas cafés. El único inconveniente, era que Hayate entendía a los animales, al igual que Tsubasa y Sanae, ya que al vivir tanto tiempo entre lobos, conocían su lenguaje. Pero por lo demás, todo era alegría y paz. Se habían enterado hace poco de que Ero y Erina vivían en el bosque de Shizuoka con Roy y que tuvieron una niña llamada Ayumi. Ero tenía los poderes de Iru además de los suyos gracias a la unión del ying y el yang, sólo que los del yang estaban ya purificados. También les informaron de que Kanda y Kumi vivían felices y que ya habían tenido otra camada, esta vez compuesta por nueve cachorros. Los hermanos de Kô ya se habían independizado y tenían su propio territorio.

Tsubasa: Parece mentira, que todo eso sólo sucedió en cuatro meses.

Sanae: Y que lo digas.

Tsubasa: Aunque hay algo que echo de menos de mi forma lupina.

Sanae: ¿Qué?

Tsubasa: Esto.

El chico lamió levemente los labios de su mujer y les acarició con el rostro la mejilla, como hacía cuando eran lobos.

Sanae: Eso me gustaba mucho.

Tsubasa: Pues te seguirá gustando.

El chico se tumbó sobre Sanae y siguió acariciándole, después los besos en la cara pasaron a ser en el cuello. Mientras consumaban su amor de nuevo, la pareja pensaba en que no importaba lo que fueran. Lo único que de verdad importa no es la piel, sino el corazón. La razón por la que habían sobrevivido durante tanto tiempo era por su amor infinito, entre ellos y por sus hijos. A lo lejos se escuchó un aullido, no era un perro, sino un lobo. Pero no era Kô, porque estaba durmiendo. Tsubasa supo de inmediato quien era.

Tsubasa(pensando): Gracias, Sabuto.