Capítulo XXVIII
Natasha terminó de ponerse el maquillaje en los ojos. Ahora si podía decir que estaba lista para la fiesta que estaba dedicada a ella por ser tremendamente estúpida y dejarse clavar una navaja en la cadera por Brock. El solo hecho de volver a pensar en cómo el frío metal se clavaba en su piel la hizo estremecerse. Aplicó un poco más de labial color vino en su labios y se vio por última vez en el espejo, llevaba una vestido color lila de tirantes gruesos y cuello cuadrado que se aferraba a su cuerpo marcando cada curva a la perfección, con tacones negros y el maquillaje que, básicamente, era un poco de polvo, sombras de tonalidades bajas y labial oscuro para acentuar sus labios gruesos. El cabello lo llevaba en rizos perfectos que caían por sobre sus hombros, por obra y gracia de Pepper y su famoso don para los peinados. Y no tenía nada más que hacer en esa habitación de la gran casa de Stark, donde se había estado quedando los últimos tres días, ya que el resto del grupo también estaba allí.
Un suspiro sonoro escapó de los labios de la rusa cuando llegó al living de la mansión, donde había muchos estudiantes, tanto de SHIELD como de otras universidades, hablando y comentando sobre cualquier cosa, pero en cuando ella llegó al lugar del bar improvisado, una luz la ilumino completamente, cegándola, y la voz de Tony se escuchó por los altavoces.
—Y aquí la guapísima festejada, la única capaz de dejar que la usen como carne de cañón, ¡Natasha Romanoff! —. Se escuchó un montón de aplausos y vítores hacía la mencionada que estaba a poco de esconderse detrás de la barra—. Muchos la conocen como la grandísima Black Widow, y otros también como la chica que patea traseros a profesores de Lucha Libre —. Se escucharon risas generales—. Pues, yo la conozco como la arañita y la única mujer que no lleva el apellido Stark con la que no he tenido sexo y me ha pateado el trasero muchas veces —. Las risas se hicieron más fuertes—. ¡Ya está, ya hice el ridículo! Pepper, quiero un trago para pasar la vergüenza, por favor. ¡Y que disfruten la fiesta!
Se escucharon gritos, silbidos y personas haciendo escandalo con tal de sonar como una celebración de universitarios queriendo emborracharse hasta perder la razón.
El maestro de ceremonias, Tony, se acercó a su amiga la pelirroja, quien ya tenía un Martini en la mano.
—Ya hice el ridículo, ¿me darás el auto? —fue lo primero que dijo.
Natasha sonrió de lado y asintió. —Te lo daré. Estorba en mi cochera.
—¡SIIIIIIIIIIII! —gritó el castaño, alzando los brazos en señal de victoria y tomándose un trago de tequila que lo hizo arrugar el rostro—. Ese tequila estaba rico —dijo, haciendo reír a la rusa y Jane, quien acababa de llegar.
—Parece que será una gran fiesta —comentó la estudiante de astrofísica.
La perteneciente a la facultad de arquitectura asintió y le dio un trago a su bebida.
—Eso parece, hasta que Tony se pone bien borracho y empieza a hacer ridiculeces —rió la pelirroja de ojos verdes.
—Solo espero que no saque el prototipo que está haciendo con ayuda de su padre —agregó Pepper, quien lucía un vestido rosa pálido y sandalias altas plateadas, que le quedaban a la perfección con su altura y sus curvas poco pronunciadas.
Las chicas brindaron por una gran noche y, obviamente, por Natasha que estaba viva, ilesa y sin multas o cargos en su contra. La noche prometía, y las tres señoritas no se quedaron en la barra, sino que fueron jaladas a la pista por chicos que eran compañeros de clases o conocidos, o sus novios.
Tony encontró a Pepper bailando con un moreno alto, y se la arrebató de un tirón. Jane bailaban con Thor, y Natasha estaba muy concentrada bailando con un tipo que había visto alguna vez, pero no recordaba dónde.
Esa noche se prometió que perdería la razón; y así fue, perdió la razón cuando llevaba diez shots de tequila, dos de whisky y había perdido la cuenta de cuantos de vodka llevaba.
La fiesta estaba armada, todos bailaban con vasos plásticos en mano al ritmo de la música, que pasaba de electrónica, a break dance, a rap y volvía a la electrónica. Las luces estaban apagadas, mientras que los colores iluminaban intermitentemente a la pista llena de cuerpos. El aroma de diferentes bebidas llenaban el lugar y la música hacía vibrar el piso.
Steve entró, evitando chocar con jarrones, personas demasiado ebrias o personas bailando demasiado ebrias. Seguía a Sam a corta distancia entre la multitud, hasta que llegaron a la barra improvisada.
—La casa de Stark es demasiado genial —dijo Sam con emoción.
—Sí, lo es —suspiró.
— ¿Qué quieren par de señoritas? —anunció Tony llegando a la barra—. ¡Steve, que genial verte!
—Hola Tony.
—Entonces, ¿Qué quieren? Tenemos desde cerveza hasta Daniels, ¿qué desean?
—Yo, una cerveza —dijo Sam.
—Yo igual.
Los recién llegados recibieron sus bebidas. El moreno se alejó a la pista, buscando con quien bailar mientras que los otros dos se quedaron hablando.
— ¿Qué te trae por aquí? —preguntó Tony, como si no supiera nada.
—Sam me trajo a rastras.
—Lo supuse —. Vio a la multitud que bailaba en su amplia sala, algo dentro de ella pareció llamarle la atención—. Espero que disfrutes la fiesta, Rogers. Iré poner un poco orden por ahí.
El rubio rió un poco, Tony nunca ponía orden. Seguramente iba a bailar con alguien, como todos los demás hacían.
En la oscuridad del lugar, logró distinguir a Thor, a Sam cuando una luz le dio justa en la cara y a Natasha, cuando la vio salir a la terraza con un tipo detrás de ella.
Sintió un nudo en el estómago y apartó la vista de la escena que seguramente montarían afuera, pero no fue así, la pareja volvió entrar. Notó como el hombre que estaba con ella, la abrazaba por la espalda, le besaba el cuello y se pegaba a su cuerpo, pero también como ella lo apartaba y le decía algo. Él sonrió cuando el hombre se alejó.
Ahora no podía despegar la vista de ella, lograba encontrarla entre las personas y muchas veces una luz le iluminaba. Le vio bailando con Tony de manera muy obscena y éste no paraba de reír; luego, estaba tomando y bailando con Thor, tampoco parecía querer parar de reír junto con el capitán del equipo de fútbol. La última vez que la vio, estaba besando a un tipo que la tenía contra la pared, al otro lado de la estancia. La sangre le hervía en ese instante, sabía que no tenía sentido sentirse así, pero esa mujer estaba buscando que alguien la llevase a uno de los cuartos de la casa de Tony y él no iba a permitir eso. Estaba molesto, celoso y no sabía cuánto tiempo tenía ahí parado, viéndola bailar con el primero que la jalara a la pista.
Sintió que alguien lo tomó de la muñeca y lo arrastró hasta la misma. No supo quién era, pero tampoco se molestó en saber; no podía despegar la vista de la pelirroja al otro lado. Segundos después, se encontró tomando a la chica que bailaba con él por la cintura y llevándola hasta donde se encontraba Natasha sin parar de bailar.
—Lo siento —le dijo a la chica que luego identificó como Sharon Carter.
Se acercó a la pareja que se besaba a un lado y, sin medir fuerzas, tiró del hombre que parecía querer ahogar a la rusa con su lengua.
—Hey, a dónde…
Las palabras de ella fueron calladas por los labios de Steve, quien hizo lo mismo que el hombre al que le había quitado el lugar. Pegarse al cuerpo curvilíneo de la pelirroja, mover lentamente su pelvis en contra de la de ella y besarla con lentitud. Él pudo sentir el sabor a licor en su boca, olor que la impregnaba, y también que, por la forma en la que se dejaba dominar por él, pudo notar que estaba demasiado borracha; aunque nada de eso le quitaba la sensación placentera que era volver a besarla después de haber pasado tanto tiempo sin hacerlo –porque más de cinco días era una eternidad–.
Sentir sus labios moverse al ritmo de los suyos, su lengua dejarse dominar por la de él, sus manos delicadas masajeándole el cuero cabelludo y despeinándole, mientras él tenía las manos en su cintura, hasta que recordó cual era la verdadera razón por la que estaba besándola. Un sentimiento de culpa y enojo le hizo presión en el pecho. Tenía que sacarla de allí sin que se diera cuenta o armaría un gran escándalo. Puso sus manos en la cintura de ella e hizo lo mismo que con Sharon; llevarla a donde él quería y con Natasha borracha sería más fácil; o eso pensó hasta que llegaron a la terraza.
— ¿Qué mierda crees que haces? —dijo ella empujándolo, y tambaleándose a su vez. Sus ojos verdes se abrieron como platos en cuanto notó quien era el que la estaba besando. Estaba borracha, Steve lo sabía—. ¿Qué mierda haces aquí? —. Arrastró las palabras—. Olvídalo, no me interesa.
Pasó por un lado de Steve, quería volver a la fiesta. Solo que éste no la dejaría irse tan fácil, así que la tomó del brazo y se paró frente a ella.
— ¿Qué crees tú que haces? —preguntó Steve serio, viéndola directamente a los ojos.
—Disfrutar de la fiesta, eso hago —respondió sin importancia alguna.
— ¿Segura?
—Sí, Steve, estoy segura —. Puso los ojos en blanco, cosa que la mareo y se cruzó de brazos para no demostrar que tan evidente era.
— ¿Besarte y manosearte con cualquiera es disfrutar de la fiesta? —preguntó enojado.
—Sí, eso es lo que haces en una fiesta. ¿O qué piensas que se hace en una? ¿Hablar? ¿Sentarse a ver las caras de todos? Lo siento, esa no soy yo —. Intentó empujarlo, pero fue inútil.
—Ni ésta tampoco.
—Si mal no recuerdo, dijiste que no me conocías.
Esto le dolió a Steve, pero no se apartó del camino.
—Steve, ¿te quitas? Quiero seguir bailando —. Estaba fastidiada de tener que dar cuentas a alguien.
—Querrás decir besándote con cualquiera —murmuró.
— ¿Y cuál es el maldito problema que me bese con cualquiera? —gritó enojada.
—Que no quiero que beses a otro idiota que no sea yo, ese es el problema —respondió con la mandíbula apretada.
—Si no te acuerdas, terminamos y no tienes derecho a prohibirme nada.
Estas palabras lo hicieron darse cuenta de que, otra vez, era ella quien tenía razón. La dejó irse a la fiesta, pero ella no pudo llegar muy lejos, puesto que todo le daba vueltas y sentía que iba a vomitar en cualquier momento o lugar. Intentó bajar el par de escaleras con el máximo cuidado, pero terminó dándose de bruces cuando se dobló el pie en un mal paso. Maldijo en ruso cuantas veces pudo, su vista estaba borrosa e intentó levantarse, solo que un par de brazos que conocía bien, a pesar de estar demasiado ebria, la ayudaron a levantarse.
— ¿Estás bien? —preguntó él preocupado.
—Suéltame, estoy bien —refunfuñó, golpeando los brazos del hombres como si tuviera alguna enfermedad contagiosa.
Steve le hizo caso. No la detendría más y menos en ese estado, pero algo le dijo que no se alejara tan rápido. La pelirroja no pudo terminar de dar un paso, cuando soltó un quejido y siguió caminando.
—Natasha…
— ¿Qué, Rogers? —preguntó con fastidio y enojo.
—Te doblaste el tobillo.
—No me duele —mintió.
—Te vas a lastimar
— ¿Y? —exclamó aún más molesta.
Cansado de la situación, la tomó y la tiró sobre su hombro. Sin importarle el espectáculo que daría, entró a la fiesta, apartando a las personas con un brazo y sintiendo los golpes fuertes en su espalda. Subió las escaleras y entró en la primera habitación que encontró, la de Tony. La bajó con cuidado. Lo siguiente que sintió fue la mejilla adolorida y el sabor de la sangre en su boca. Sí que pegaba duro cuando se enojaba y estaba ebria.
— ¿Qué mierdas te pasa, Rogers? Estoy en una maldita fiesta que es para mí ¿Y vas a armar tremendo espectáculo solo porque estas celoso? No lo creí de ti.
—No puedes caminar. Estás borracha ¿Y quieres que no salve tu trasero cuando te estás besando con media fiesta?
— ¿Qué putas te importa si puedo o no caminar? ¿O si me beso y manoseo con toda la maldita fiesta? —chilló a todo pulmón.
— ¿Quieres dejar de decir groserías? —. Estaba irritado con la actitud de esa mujer.
—Yo digo lo que se me da la puta gana, si no me quieres escuchar, lárgate.
—No quería hacer esto, pero ya que insistes…
— ¿Hacer qué?
En un dos por tres, Natasha estaba metida en la ducha mojada y muy molesta, maldiciendo en todos los idiomas que conocía. El agua estaba muy fría, y Steve no le dejaba salir.
—Te odio, Rogers —lloriqueó.
Él no le prestó atención, solo salió del pequeño cuarto y comenzó a buscar ropa que le podría servir a Natasha. No encontró nada que le sirviera, así que pensó en que le daría su camisa manga larga y él se quedaría en camiseta. Entró al baño, donde la encontró sentada en el piso con la cabeza recostada a la pared, los ojos cerrados y el agua cayendo sobre sus piernas desnudas. La culpa lo estaba invadiendo, no tenía derecho a hacerle eso, pero tampoco le había dejado otra opción.
—Nat… —le llamó con cuidado.
— ¿Hmm?
—Vamos a la cama —. Su voz era un suave murmullo.
—Pero si el baño está cómodo —protestó con sarcasmo.
—Agarrarás un resfriado.
—No importa —. Se encogió de hombros.
—Ven, vamos.
La sacó de allí, adormilada y comenzó a secarla. Se deshizo del vestido color lila que cayó al piso por la cantidad de agua que tenía.
— ¿Qué intentas hacer, Rogers? —preguntó ella con picardía embriagada de sueño.
—Quitarte la ropa para que no te refríes.
—Eres un muy mal mentiroso. Sé cuáles son tus intenciones.
— ¿Ah, sí? —. Ella asintió, sosteniéndose de él—. ¿Cuáles?
Fijó su mirada azul en la de ella unos segundos, haciéndola tartamudear un poco.
—Q-Quie-Quieres llevarme a la cama, como la primera vez —dijo, muy convencida.
—Sí, quiero llevarte a la cama, para que duermas.
—Sí, claro —. El sarcasmo estaba más que marcado en su voz.
Steve ignoró los comentarios de ella, y siguió con su trabajo. Quitó la ropa interior mojada, y con una toalla, comenzó a secarla, desde el cabello hasta la punta de los pies, con mucha concentración y delicadeza. Terminó con esto, y se quitó la camisa, para que Natasha la ocupara, pero ésta se negó, diciéndole que dormiría así y haciendo el rubio la obligara a ponérsela.
— ¡Qué santurrón eres! —se burló—. Cualquiera que me viera desnuda, no dudaría en llevarme a una cama.
Éste comentario hizo que Steve se enojara con la pelirroja, y también le entristecía ver cómo se trataba a sí misma.
—Yo no soy cualquiera, Nat…
—No, eres el idiota que me rompió el corazón. Eso eres.
—No sabes lo qué dices
— ¿Qué no sé? —. Estaba molesta, borracha y tenía ganas de sacar toda la mierda que no le dejaba respirar de una maldita vez—. Dime, ¿Acaso no sé lo mierda que estoy hecha? ¿No sé qué me rompiste en mil malditos pedazos? ¡No, no lo sé! Porque, según tú, yo siempre te mentí, siempre estuve contigo porque me dio la gana de joderte la vida. Pues, no. Entérate que no.
—Natasha, vamos a dormir.
—No, Steven, ahora me vas a escuchar —dijo con determinación—, porque estoy malditamente harta que siempre estés persiguiéndome a donde quiera vaya, solo porque te crees que tienes derecho sobre mí, pues no. No lo tienes. Puede que esté borracha, pero eso no me hace insensible ¿Y sabes qué es lo peor? Que me acuerdo de cada palabra que me dijiste ese día, y duelen una y otra vez. Y tu mirada se repite en mi cabeza como un video, y duele más de lo que podrías imaginar —. Su voz ya no era segura, como antes, ahora fallaba. Estaba luchando con las lágrimas que amenazaban con caer—.Sí, sé que te mentí, que no te dije que corría, y muchas otras cosas; como que en ningún momento te hablé de mi familia, ni de mi historia, ni nada de mí, porque no lo consideré necesario.
—Es necesario.
— ¿Para qué? ¿Para qué sientas más lastima de alguien a quien su padre repudió desde el día en que nació? —. Esto sorprendió al estudiante de artes, y sintió un inmenso golpe en estómago, cuestión que no pasó desapercibida por la rusa—. Sí, Steven, mi hermoso padre me odió desde el primer momento en que me vio, y me lo hizo saber cada maldito día que estuve viviendo con él —. Su voz se terminó de romper, las lágrimas bajaban libremente por su rostro, mientras que ella intentaba quitarlas bruscamente. Algo dentro de Steve se rompió un poco más. Le dolía verla así—. Él no me prestaba atención, nunca me dijo una palabra bonita, nunca un "estoy orgulloso de ti" salió de su boca; nada salió de su maldita, excepto mierda. Pero, así es la vida, ¿no? Te jode tanta veces que acabas por joderte a ti misma y volverte solo un pez que se deja llevar por corriente —. Se encogió de hombros, limpiándose el rostro con el dorso de la manga y saliendo tanto del baño, como de la habitación de Tony.
Steve se quedó de piedra con todo eso. Sabía que ella no había tenido una vida fácil, pero imaginarse a una pequeña de grandes ojos verdes y rizos rojos despeinados siendo ignorada por su padre, hizo que su corazón se encogiera. Se obligó a salir del letargo en el que había caído, y salió en busca de Natasha. No fue difícil encontrarla, puesto que la rusa estaba apoyada al barandal del balcón que quedaba al final del pasillo de las habitaciones, se acercó a ella, con paso sigiloso y escuchó sus sollozos. Cualquiera que la viera, no pensaría que estuviera llorando.
—Nat… —musitó cuando estaba a menos de un paso de ella.
—Steve, déjalo, ¿quieres? —hipó. No quería verlo, no quería tenerlo cerca.
—No lo voy a dejar, lo sabes.
Dicho esto, se acercó a ella y la abrazó por la espalda. La abrazó fuerte, enterrando su rostro entre sus cabellos húmedos, sintiendo como su cuerpo temblaba y se estremecía cual hoja al viento. Sintió lo rota que estaba, sintió cada trozo punzante, cada pedacito que le lastimaba, que la cortaba más profundo, y se sintió culpable por haber contribuido a ese dolor, cuando ella había estado junto a él los días antes y después de la muerte de su madre, cuidándole, animándole.
—Lo siento —murmuró.
—Déjalo.
La obligó a girarse, y verlo. Limpió sus lágrimas, inútilmente, y enfocó sus miradas, sintiéndole revolverse entre sus brazos. —No lo haré. No quiero dejarte.
—Steve, no hago más que arruinar todo —musitó tan bajito, que Natasha creyó que esas palabras no habían salido de su boca.
—Pues, arruíname. Destrúyeme. Jódeme la vida, pero no te vayas. No quiero estar lejos de ti ni un segundo.
Estas palabras la hicieron derramar muchas lágrimas silenciosas.
—Lo siento —dijo ella, acariciando le mejilla del rubio con ojos azules que le apreciaban—. Siento todo lo que hice, lo que hago, lo…
El dedo índice se posó sobre los labios carmesí de la rusa, obligándola a callarse.
—Deja de disculparte. Tenemos la culpa. Los dos —explicó.
Ella suspiró. Una idea un tanto alocada pasó por la cabeza de Steve. Quizá era necesario. Todo necesitaba un verdadero fin, para poder empezar de nuevo, porque eso quería él, empezar de nuevo con esa chica pelirroja que hacía galopar su corazón. Natasha se quedó observándolo, estaba pensando en algo, casi veía los engranajes de su cabeza, tenía el ceño fruncido de curiosidad.
—Señorita, quizá esto le parezca una locura y tengo la sospecha de que usted está pasada de copas… —empezó con tanta clase, que la chica creyó que se había vuelto loco. Parecía un hombre distinguido de la realeza.
Natasha rió un poco y lo interrumpió diciendo: — ¿Qué haces?
—Déjame terminar —pidió. Se aclaró la garganta—. Pero, mi intención no es aprovecharme de usted, sino todo lo contrario. Me siento obligado a decirle que me parece una hermosa dama, y sería un honor que usted me permitiera cortejarla. Me llamo Steven Grant Rogers, y estoy a su disposición.
Ella sintió una especie de torbellino en su estómago. Eran cosquillas, saltos, maratones de miles personas, eran dinosaurios, elefantes, eran mariposas, eran tantas cosas, tantas emociones que se arremolinaron en sus ojos, en forma de lágrimas. No pudo decir ni media palabra, solo tomó al rubio apuesto frente a ella y tiró de él para besarlo con ganas, fuerza y suavidad. Sintiendo todo nuevamente; sintiendo como las piezas volvían a encajar, como sus pedazos encontraban el camino al lugar donde pertenecían, como su corazón volvía a la vida dentro de su pecho y comenzaba a bombear sangre por todo su cuerpo. Las manos de Steve las sostenían mientras mantenía sus piernas entrelazadas alrededor de la cintura de éste, quien la llevaba a algún lugar, y las lágrimas no dejaban empapar las mejillas de ambos, mezclándose en el beso lleno de suspiros, entusiasmo y sentimientos saliendo desbocados como agua que estuvo contenida durante mucho tiempo.
Cayeron sobre una cama, Natasha estaba sobre él. Sus labios no se despegaban ni un segundo hasta que la falta de aire se hizo presente, seguido de un bostezo de parte de la rusa.
—Dime que estoy demasiado borracha y esto es un sueño —murmuró ella.
Esto hizo reír a Steve.
—Si estás demasiado borracha; y no, esto no es un sueño —contestó aun riendo.
—Steve… sabes que tenemos qué hablar…
—Lo sé.
—Pero, estoy ebria y eso no asegura nada…
—También lo sé.
— ¿Puedes quedarte conmigo? Necesito que estés conmigo, que todo esté bien —pidió con la voz entrecortada.
El rubio no hizo más que entrelazar sus dedos con los de ella y besarla.
—Si tomas mi mano, todo estará bien —prometió.
La pareja se acomodó en la gran cama matrimonial, donde cabían cuatro personas cómodamente, pero ellos estaba uno frente al otro, con las manos entrelazadas y las miradas conectadas.
—Eres hermosa —murmuró él—. Eres tan malditamente hermosa que duele.
—Seguro me veo hermosa con el maquillaje corrido.
—Te ves hermosa hasta con el maquillaje corrido.
—Estás ciego, Rogers.
—Pobre de los ciegos que no pueden admirar tal belleza como la tuya…
Ella comenzó a reírse.
A Steve le pareció la risa más hermosa de todas.
La besó una y otra vez. La besó hasta quedarse dormido con ella aferrándose a su cuerpo. Sintiendo su suave piel en contacto con la de él. Sí que la amaba, la adoraba y quería pensar en lo que pasaría al día siguiente, pero por el momento se dedicó a disfrutar de lo deliciosamente divino que era tenerla entre sus brazos, dormida.
Un movimiento brusco en la cama le hizo despertarse, seguido de una puerta cerrándose. Steve espabiló cuando escuchó arcadas provenientes del baño de la habitación en la que se encontraba. Repentinamente, las imágenes de la noche anterior cayeron sobre él, haciéndole sonreír, luego recordó que Natasha estaba demasiado borracha y se levantó de un salto. Abrió la puerta del baño, y se encontró con Natasha de rodillas en el piso, vaciando su estómago. Él se limitó a sentarse junto a ella, recogerle el cabello y sobarle la espalda hasta que se detuvo y se dejó caer en el pecho del rubio.
—Mierda, no vuelvo a tomar nunca en mi vida —musitó con voz ronca.
— ¿Quieres que te traiga algo? —preguntó, dándole un beso en la sien.
Ella negó levemente con la cabeza y se acomodó en el cuerpo de Steve.
—Vamos a la cama —dijo él, ayudándola a levantarse.
Natasha apoyó el pie, el cual le dolía, e intentó caminar, pero solo consiguió que un gruñido saliera de sus labios.
—Yo te llevo —ofreció Steve.
La tomó en brazos, y la llevó hasta la cama, donde la dejó con suma delicadeza. Podía escuchar la música electrónica abajo y unos cuantos gritos de la multitud, pero sabía que estaba mejor allí, en esa habitación. Puso a la rusa cerca de una de las orillas de la cama, y no tuvo ningún problema en ponerla sobre su pecho, puesto que ella dormía de esa forma. Estuvo pendiente de ella durante una hora y media, viéndola descansar. Notó que esa habitación tenía productos de mujer en un buró, y zapatos que eran de Natasha, cosa que le hizo preguntarse la razón por la que estaban allí. Luego, recordó que había dejado las cosas de ella en la habitación de Tony, así que se paró de la cama y fue por ellas; agradeció porque la torre tuviera un ascensor un tanto más privado, por lo que bajó al cuarto de lavandería y mandó a hacer la colada con Jarvis para que el vestido no se arruinara. Pasó por la cocina, y encontró bolsas herméticas para ponerle en el tobillo.
Volvió a subir a la habitación, y Natasha seguía en la misma posición. Le ubicó la bolsa fría en el lugar que comenzaba a hincharse y esperó unos minutos más para permitirse dormir.
