Capítulo 29
Podía estar quebrándome las manos, los pies, las rodillas, o cualquier parte de mi cuerpo y estaba completamente segura que nada se compararía a lo que sentía en este momento. Mis caderas literalmente se me estaban abriendo, y mi espalda se estaba quebrando, estaba casi segura de eso. Respiré varias veces y dejé salir el aire por mi boca, a como me había indicado Astoria, Narcissa, Hermione, que debía hacer cuando llegara el momento.
Mis manos agarraron la tela del camisón que usaba para dormir. Sentía humedad entre mis piernas, y estaba consciente de que no era pipí, ninguna Parkinson se haría pipí en la cama.
Traté de incorporarme, y con una enorme dificultad pude hacerlo. Por este momento no sentía dolor alguno, mis chiquitos se había calmado, pero sabía que pronto aparecería uno. Me senté en la cama, y suspiré.
—No pueden calmarse un poco, mamá igual los espera con mucha ansiedad, pero no se aceleren mucho, al menos permitan que su padre venga ayudarme —dije, tocando mi enorme vientre.
El dolor volvió, y yo apreté los dientes para no gritar como poseída. Estos niños querían salir a la voz de ya. Tenían que ser Potter.
—¡Harry James Potter! —grité con locura— Ven en este instante.
Harry apareció por la puerta, con todo el rostro nervioso. Se me quedó viendo, como si no supiera que hacer. Mientras el dolor se iba, tuve unas terribles ganas de hechizarlo, mandarlo un fuerte hechizo punzante, ¿cómo se atrevía a quedárseme viendo sin hacer nada?
—¿Quieres moverte, Potter? Estos niños quieren salir ya —le grité.
Él por fin reaccionó, y se acercó a mí. Ayudó a levantarme y me sostuvo de la cintura. Con un rápido movimiento de mi varita cambie mi camisón por algo más apropiado, un vestido de color azul. Jamás me permitiría llegar al hospital con un camisón que apenas me cubría el enorme vientre.
Caminamos a la sala, donde vi a James salir de la cocina con un vaso de leche en las manos. Cuando me vio, soltó el vaso que se hizo añicos en el suelo y Dinky apareció para hacer desaparecer los trozos antes de que el niño se moviera. James caminó hacia mí, con su rostro completamente preocupado.
—¿Qué sucede, mami? ¿Estás bien? ¿Te sientes mal? —preguntó, con la vocecita angustiada.
—Lo que pasa, mi cielo, es que tus hermanitos ya van a nacer —le dije, tratando de sonreír para no asustarlo.
—¡Genial! —exclamó, con alegría.
Mientras yo hablaba con James, Harry aprovechó para hacerle una rápida llamada a Hermione, avisándole que viniera a por James y lo llevara a la madriguera, y que si luego podía pasar a la casa para recoger las cosas que necesitaríamos ya que no nos daba tiempo de buscar porque yo no aguantaba.
Harry le explicó rápidamente las cosas a James, y le pidió a Dinky que le avisara a Molly de la situación.
Cuando llegamos a San Mungo, me sorprendió ver que Hermione y Ron ya estaban ahí. Según ella, no fue necesario que ella fuera a por James, George, avisado por su madre, lo fue a buscar.
Apreté la mano de Harry, con tanta fuerza que le provocó una mueca que trató de disimular sin éxito. Rápidamente me llevaron a una habitación, y la sanadora Abbott me dijo que tendría que esperar unas dos horas más porque no estaba del todo dilatada. Me contuve de enviarle una maldición al escucharla.
Cuando Harry entró hacerme compañía, las ganas de maldecir se renovaron.
—¡Es por tu culpa que estoy así! —le grité, y le arrojé el vaso que había a un lado de la cama, el cual él esquivó perfectamente.
—Mi amor, Pansy —pidió, y se acercó a mí.
Tomó mi mano entre la suyas, y me besó la frente. Respiré repetidas veces antes de dejarme caer completamente en la cama.
Los minutos fueron eternos, mis gritos aumentaron cada vez que se presentaba una contracción, y lamentablemente Harry era receptor de mis proyectiles, aunque debería dar gracias de que mi varita no estuviera en mi mano. Él tuvo que salirse cuando Hannah volvió a entrar, y dijo que ya estaba totalmente lista. Suspiré aliviada, pronto el dolor desaparecería y mis bebés estarían en mis brazos.
Cuando me trasladaron al lugar del parto, en el pasillo pude ver a Harry junto a sus amigos. Él se acercó a mí, y con una mano jalé la tela de su camisa, y junté mi rostro al de él. Harry aprovecho para besarme rápidamente los labios.
—Tranquila, mi amor, todo va estar bien. Pronto los tendremos en brazos —dijo en un intento de tranquilizarme, y funcionó.
—¡No dejare que me vuelvas a tocar, Potter! —exclamé, mientras sentía de nuevo ese horrible dolor partiéndome las caderas.
—Eso dicen siempre —comentó Ron con una risa. Lo quedé viendo con odio, mientras que Hermione lo golpeaba con el codo.
Harry simplemente sonrió nervioso y caminó detrás de nosotros. Sabía que no me dejaría sola, y más le valía no hacerlo.
Fui llevada a una sala completamente blanca, como todo en ese lugar. Cuando Hannah me pidió pujar, no hice más que obedecerla. El dolor era terrible, me estaba agotando demasiado. Casi no podía respirar, y cuando podía hacerlo, ahí estaba la voz de Hannah pidiendo que no parara. Las saladas gotas de lágrimas apañaron mis ojos rápidamente y mi voz raposa junto a mis esfuerzos fue disminuyendo
—Vamos, mi amor, tu puedes —pidió Harry.
Lo miré, y aferrándome a su mano volví a esforzarme.
Cuando escuché el llanto de mi bebé, fue como recibir una carga de energía. Sabía que no podía rendirme, ahora menos que nunca. Una mujer me acercó a mi bebé, y pude verlo de manera borrosa. Su llanto aun llenaba la habitación y para mí era como llenarme el cuerpo de agua calidad.
—Vamos, Pansy, ya puedo ver la otra cabecita. Puja —pidió Hannah.
—Tu puedes, mi vida —me animó Harry a continuar.
Sentí sus labios sobre mi frente y su mano acariciando mi cabello.
Mis fuerzas se renovaron, e hice mi mayor esfuerzo. Ya tenía a un bebé respirando en este mundo, necesitaba con urgencias al otro. Mi corazón lo sentía latir en mi garganta, acelerado y luchando tanto como yo lo estaba haciendo. Mi respiración se hizo más acelerada. Estaba agotada, ya no sabía de donde sacar más fuerzas. Mi cuerpo temblaba terriblemente, ya no quería nada, sólo dormir, pero antes quería ver el rostro de mis dos bebés juntos.
Cuando sentía que el alma se me iba en un solo respiro, lo escuché. Otro llanto inició y el primero le hizo compañía.
—¡Mi amor, lo lograste! —exclamó Harry, apartando de mis mejillas las lágrimas.
Sus ojos brillaban como un par de soles en miniatura y una sonrisa enorme estaba presenté en sus labios. Sonreí, por fin tenía a mis dos bebés conmigo
—Te amo, Pansy.
—Harry, mis bebés —le pedí, con la voz rasposa.
—Ahorita los van a traer —dijo, no dejando de tocar mi cara y besándome cada segundo.
Con movimientos fluidos de varita, Hannah terminó con su trabajo, y en pocos minutos me instalaron a una nueva habitación. Harry mencionó que mis bebés estaban en revisión, cuando volví a preguntarle por ellos, que ese era el procedimiento del hospital, pero yo ya no podía más con las ganas de verlos, de saber si eran niñas o niños. Le habíamos pedido a Hannah que no nos dijera, que nosotros queríamos sorprendernos.
La puerta se abrió y por ella aparecieron dos mujeres sosteniendo a mis hijos en brazos, envueltos en sábanas blancas. Hannah entró atrás de ellas con una enorme sonrisa. Una de ellas me entregó a mi bebé y el otro fue depositado en los brazos de Harry.
No pude evitar que un par de lágrimas corrieran por mis mejillas, estaba feliz, y mi corazón se derretía por completo. Aparté con mis manos las sabanas y una sonrisa me nació en los labios. Su carita era preciosa, como un pequeño angelito; tenía las mejillas sonrojadas, los labios rosas, una pelusilla de cabello negro decoraba su cabecita y tenía la piel blanca, pero estaba segura que sería como la de Harry, no pálida como la mía.
Su boquita se abrió en un bostezo y sus ojitos se abrieron. Azul, verde. Ambos colores mezclándose para formar un color mucho más bonito que el de nosotros. Era tan perfecta, tan pequeña, tan dulce, tan hermosa. Era mi niña.
Vi a Harry y él no podía quitarle la mirada de encima al bebé de sus brazos. Con sus dedos recorrió la mejilla redondeada de mi bebé.
—Niñas —murmuró. Una lágrima se detuvo en su enorme sonrisa— Niñas, Pansy, y son tan hermosas —declaró con orgullo.
Me quedó viendo y se sentó a mi lado en la cama. Vi la carita de ella, de la niña que dormía en los brazos de su padre, y no pude hacer otra cosa más que sonreír. Le besé la manito, que se cerró sobre mi dedo.
—Ambas están muy bien, son gemelas idénticas y son tan lindas —escuchamos decir a Hannah. Ellas estaban bien y eso era lo único que me importaba, que ambas estaban bien y a mi lado.
Hannah salió de la habitación, y nos dejó solos con ellas. No podía quitarles la mirada de encima. Conté repetidamente sus dedos, de las manos y de los pies, revisando que estuvieran completa. Tenía unas ganas inmensas de abrazarlas fuertemente contra mi pecho, y de no soltarlas nunca. Ellas eran tan pequeñas, y el mundo allá fuera era peligroso y cruel, no quería más que protegerlas, porque aun siendo hijas de Harry, sé que mi pasado podría caer sobre ellas, eran Parkinson después de todo.
Las alimenté cuando las escuché llorar y después de que terminaron de alimentarse, ambas quedaron completamente dormidas. Les besé las mejillas a ambas, quería dormir, pero me negaba a cerrar los ojos y perderlas de vista. Suspiré, y Harry me besó los labios lentamente, con dulzura.
—Es mejor que duermas, amor, cuando despiertes hablaremos sobre los nombres —dijo sonriendo.
—Cuídalas, Harry —le pedí, pero sabía que con él nada malo podía pasarles.
Mis ojos se cerraron, y caí profundamente dormida.
El llanto de uno de mis amores me despertó, abrí los ojos y mi sonrisa apareció, cuando Harry me entregó a la pequeña madrugadora. Le besé la frente y procedí a alimentarla. Era tan linda cuando abría sus ojitos y me maravillaba con ese color. Pude darme cuenta de que el sol nuevamente aparecía, sabiendo así que había podido dormir por muchas horas y mi cuerpo lo agradecía, incluso lo sentía más liviano, pero igualmente cansado.
—¿Te encuentras bien, amor? —preguntó Harry, tomando a la niña de mis brazos y dándome a la otra que había empezado hacer pucheritos.
—Muy bien —contesté.
—Te das cuenta de que arruga la naricita igual que tú —dijo, y apuntó la naricita de mi bebé, cuando le quité sus deditos de la boca. Sonreí, y le empecé a dar leche.
—Harry, acércate —le pedí. Él me observó sin entender, pero se acercó— Más —le pedí.
Cuando lo tuve completamente cerca, lo besé. Él no tardó en responderme, casi un día sin sentirlo completamente mío no era bueno
—Te amo, Harry.
—Yo igual te amo —contestó, acariciando mi mejilla.
—Harry, hay que ponerles nombre —le dije, acomodando mejor a la niña en mis brazos. Él tomó a la otra niña en brazos y se sentó a mi lado.
—¿Cuál te gustaría a ti? —preguntó.
—Pues Elizabeth, era nombre de mi madre y Victoria, que era el nombre de mi abuela materna, siempre me han gustado —contesté. Ambas niñas dormían plácidamente— ¿Y a ti?
—A mí me gustaría ponerle el nombre de mi madre; Lily. Pero también quisiera recordar a Remus —dijo.
Levanté una ceja, por nada en el mundo dejaría que Harry le pusiera Remus a mi niña. Al parecer él se dio cuenta ya que empezó a reír y negó con la cabeza.
—No le voy a poner ese nombre, pero a Remus también lo llamaban Lunatico, así que pensé en Luna. Lily y Luna.
—Pues quedarían —acepté. Lo pensé un momento, tratando de acomodar los cuatro nombres— Luna Elizabeth y Lily Victoria, ¿Qué tal? ¿Te gusta? Ambas tendrían el nombre de cada uno de sus abuelas—le pregunté.
—Me encantan. Luna Elizabeth —la niña que estaba en sus brazos abrió en ese momento los ojos— Creo que a ella también le gusta —sonrió.
—Entonces tú eres Lily Victoria, mi amor —toqué la suave mejilla de la niña que bostezaba en mis brazos.
Una hora después, pude meterme al baño para darme una ducha. Cuando salí, le pedí a Harry que fuera a comer algo, ya que él había estado cuidando a las niñas durante toda la noche. En unas cuantas horas más podría irme a mi casa, gracias a que ninguna complicación se presentó.
Mientras terminaba de peinar mi cabello, y mis dos niñas dormían en una cunita, la puerta se abrió. Ambas cabelleras rubias me hicieron sonreír: Lucius y Narcisa entraron a la habitación, acompañados por Draco, Astoria, Theo, Daphne, Blaise y Millicent luciendo su vientre de seis meses.
—Hola, querida —saludó Narcisa, dándome un beso en la mejilla.
—Hola, Cissy —contesté feliz— Lucius —saludé, y besé la mejilla del frío hombre, que sonreía de medio lado.
—Hola, Pansy, felicidades —dijo Astoria, abrazándome.
—Gracias. Dragón —saludé, al hombre de ojos grises que sin decir nada me abrazó fuertemente— Estoy bien —le susurré. Sabía que se había preocupado cuando dejé de trabajar en mis últimos dos meses de embarazo, por el cansancio y porque llevar dos seres humanos dentro era demasiado.
—Lo sé, y me alegro —me contestó, con una sonrisa.
—¡Pansy! —dijo con emoción Millicent, envolviéndome en un apretado abrazo. Blaise me abrazo y me besó el cabello, después. Luego saludé a Theo y Daphne.
Cuando me alejé de mis amigos, me acerqué al cunero.
—Les presentó a Lily Victoria —señalé a la pequeñita que tenía un dedito dentro de la boca— Y Luna Elizabeth —la niña abrió sus ojitos en ese momento. Pude ver la sonrisa de Narcisa al escuchar el segundo nombre.
—¡Son hermosas! —dijo Narcisa, tomando a Luna en sus brazos. Lucius observó a mi bebé y acarició su mejilla con un dedo. Astoria y Draco se quedaron viéndola.
Millicent sacó a la otra de su cunero, y le besó la frente. Blaise sonrió y le movió la mano para que se despertara. Mi niña abrió los ojos, y me aguanté la risa cuando Blaise empezó hacerle muecas. Theo le dio un zape alegando que espantaría a la nena.
—Que linda es —murmuró Millicent.
Narcisa le dio a Luna a Draco, y éste titubeó al principio, pero luego sonrió cuando la niña se acurrucó en sus brazos. Millicent hizo lo mismo con Blaise, pero él realmente se puso nervioso y no lo quería tomar, escondiendo las manos detrás de él.
—Hazlo, Blaise, ¿o no piensas cargar a nuestro hijo? —le preguntó con regaño Millicent, haciendo que los demás rieran.
—Se me puede caer —susurró afligido.
Me acerqué a él, y la acomodé mejor en sus brazos.
—Yo sé que no se te caerá, confió en ti —le dije y sonreír— Además de que Lily tiene que aprender a confiar en su padrino.
Blaise abrió los ojos y la tomó bien entre sus brazos. Ya había hablado con Harry sobre eso, y él estuvo completamente de acuerdo. Hace apenas cuatro meses que Blaise y Millicent habían contraído matrimonio en una ceremonia de lo más sencilla, así que ellos dos serían los padrinos de mi niña.
—¿Es en serio? —preguntó Millicent.
—Sí —confirmé. Ambos sonrieron, encantados.
Draco se acercó a Blaise. El rubio ya tenía experiencia en cargar bebés, así que gozaba burlarse de los nervios de Blaise, Theo también lo tuvo fácil cuando la tomó entre sus brazos, gracias a su hijo Aarón, un niño de piel blanca y cabello tan negro como él, con los ojos azules de Daphne, de dos años.
—No se les hace increíble. Quien diría que nosotros estaríamos en un hospital cargando a dos Potter —comentó Blaise.
—Sí, pero ellas no son totalmente Potter. Se parecen a Pansy —aclaró Theo, mirando a la niña de sus brazos.
—Es como tener en miniatura a Pansy —aportó Draco con cariño, sonriéndole a la que tenía él.
Harry entró a la habitación y con una sonrisa saludó a todos. Ellos se despidieron al cabo de unos minutos más. Y apenas quince minutos después de que ellos se fueran, Hermione entró a dejarme mi ropa, porque hasta el momento me había colocado la bata que había traído ayer. Sonreí al ver la maleta de mis niñas; saqué un par de muditas idénticas y la castaña me ayudó a cambiar a una.
—James está ansioso por verlos, nadie le ha dicho que tiene hermanitas —mencionó ella, tomando a la niña.
—Mi niño, él quería tener un hermanito —le dije. Esperaba que mi príncipe no se desilusionara.
—Se va a poner feliz cuando las vea. Son tan preciosas —elogió la castaña. Me gustaría que ella y Ron fueron los padrinos de Luna, pero ya lo eran de James, así que nos hacía falta pensar en eso— Ron dijo que llevaría James a las dos de la tarde —anunció.
Faltaba una hora para eso.
Cuando llegué a casa, Harry me acompañó a dejar a las niñas en su cuarto. Cuando entramos las dos cunas ya estaban en su lugar, con colchas de color rosa suave. Varios peluches, escogidos por James estaban ahí, llenando por completo la habitación, sobre burós y estanterías.
Ambas se quedaron completamente dormidas apenas las acostamos.
—Son tan pequeñitas —le dije a Harry, sentándome en sus piernas. Él estaba acomodado en la mecedora que nos había regalado Astoria, alegando que nos serviría mucho— Ojalá se quedaran así y James dejara de crecer —lo escuché reír.
Mi niño ya casi cumplía los nueve años, de hecho, faltaban tres semanas para eso, solo quedaban dos años más para que se fuera al colegio y la verdad no quería que llegara ese momento.
—Yo también lo quisiera, pero la vida no nos da tregua —declamó. Me abrazó fuertemente y me besó en el brazo— Mira lo que les compré, fue por esto que tardé en volver a la habitación.
Sacó de su chaqueta una caja alargada de terciopelo rojo. La abrí, y sonreí al ver dos cadenas de oro delgaditas.
—Tienen sus iniciales —en el dije de una tenía LE y la otra LV.
—Están lindas —cerré el estuche, y lo besé en los labios.
Estuvimos un rato más ahí, viéndolas, hasta que escuchamos el sonido de la chimenea y los pasos de James por el pasillo. Cuando entró a la habitación, lo abracé fuertemente y él igual me devolvió el gesto. Le acomodé el cabello, mientras él sonreía radiantemente.
—¿Y qué son? ¿Niñas o niños? —preguntó.
Yo le sonreí, y Harry se levantó y lo cargó. Los tres nos acercamos a las cunas, para que él mismo lo viera.
—Son niñas, mi amor —le dije.
Él las observó, y se bajó de los brazos de su padre. Metió la mano a través de los pequeños barrotes y acarició la mejilla de Lily, quien al sentir la caricia de su hermano abrió los ojitos y lo quedó viendo. James poco a poco fue sonriendo.
—Es muy bonita —murmuró, sosteniendo la mano de la nena. Luego se acercó a la otra cuna, e hizo lo mismo con Luna, que le agarró un dedo con su manito— Son muy bonitas. ¿Cómo se llaman? —preguntó.
—Ella se llama Luna Elizabeth —contesté. Él sonrió al ver que Luna no lo soltaba— Y ella es Lily Victoria —le señalé la otra cuna, donde la nena ya tenía los dedos en la boca.
—Luna y Lily, me gusta —sonrió.
Escuché a Harry bostezar, y me acerqué a él. Lo abracé enredando mis brazos alrededor de su cuello. Sabía que le hacía falta descansar.
—Harry, ve a darte una ducha y acuéstate a descansar —le pedí, y le besé la mejilla.
—No es necesario —contestó.
—Ve, ahorita ellas están tranquilas, además de que James me va ayudar si hace falta.
Harry sonrió, al ver que James no sabía a cuál de las dos prestarle más atención, aunque Luna estaba despierta y Lily había vuelto a dormirse.
—¿Segura? —preguntó.
—Muy segura, puede que los angelitos den más trabajo en la noche —suspiré con felicidad, al ver a mis tres hijos juntos.
—Eso puede ser cierto, James me mantenía despierto casi toda la madrugada —recordó él— De acuerdo, pero si me necesitas, despiértame —pidió. Yo asentí y le di un rápido beso en los labios.
Él salió de la habitación bostezando y masajeándose el cuello, sabía que no había dormido nada durante toda la noche. Yo me acerqué a James, y lo tomé de la mano. Me senté en la mecedora y lo senté en mi regazo. Mi niño ya estaba demasiado grande para esto, pero yo quería siempre tenerlo así. Le acomodé el cabello, y le besé la frente.
—Mami —llamó él.
—¿Sí, mi cielo? —le presté atención.
—El nombre de Lily es por mi abuela, ¿verdad? —preguntó.
—Sí. Lily es el nombre de la madre de tu padre —le contesté— Luna es por un amigo de tu abuelo James, Remus, al cual llamaban Lunático —le conté lo que me había dicho Harry.
—Teddy se pondrá feliz cuando lo sepa —aseguró él, sonriendo— Y los otros nombres, ¿son por ti?
—Elizabeth era el nombre de mi madre, murió cuando yo tenía trece años, y Victoria es por mi abuela.
—Son bonitos —alegó. Él observó las cunas, y pronto su mirada se cristalizó.
—¿Qué tienes, mi amor? —le pregunté alarmada.
—Tú vas a quererlas más a ellas, ¿verdad? Porque ellas si nacieron de ti —preguntó con tristeza. Su voz la escuché firme, y su mirada se clavó en la mía.
—No —le contesté, y sostuve su cara para que me viera— Tú y ellas dos son mi vida, James, a nadie quiero más o menos. Todo mi amor es para ustedes. Yo daría mi vida por ustedes —lo abracé fuertemente— Tú eres mi hijo porque desde que te conocí te amo, desde que te encontré, y cuando me llamaste mamá por primera vez me llenaste de felicidad, mi cielo.
—Te amo, mamá —susurró.
—Y yo a ti, mi amor.
Él enterró su cara en mi cuello, igual que cuando lo consolé aquel día en el Callejón Diagon, como si el tiempo no hubiera avanzado nada, como si mi amor estuviera intacto desde ese día, pues así lo sentía, lo amaba, desde siempre lo he amado.
Aun se me hacía increíble que ya hayan pasado tres años desde que lo conocí. Tres años que ese niño, con una mirada me enterneció, su voz y sus palabras me robaron el corazón. Tres años que mi vida ha sido completamente diferente, que sucedió algo que pensé que nunca podría llegar a pasarme, que soy feliz como nunca creí serlo, que pertenezco a una familia.
Ahora tengo a Harry a mi lado, tengo a mi pequeño príncipe, James, y dos niñas hermosas, Lily y Luna. Una familia que es solamente mía.
Y todo, porque fue imposible alejarme de James, me fue imposible no amarlo.
