La última esperanza
Capítulo 29
Armitage Hux observó su planeta natal, Arkanis, desde el puente de mando del Celler, convertida en nave insignia de la Primera Orden, donde era Líder Supremo por fin. El puesto que le tenía reservado el destino desde su nacimiento.
Ya no eran necesarios los usuarios de la Fuerza para dominar una Galaxia entera, pero tampoco podía dejar de recordar que la Resistencia contaba con Rey.
Cuando Lando le pidió un alto el fuego a cambio de devolverle a los dos Caballeros de Ren, pensó que el viejo había perdido la chaveta. Pero luego lo sopesó con más calma y decidió aceptar para beneficio propio. Tenía un plan.
—Líder Supremo —interrumpió sus pensamientos un suboficial.
Hux lo miró esperando noticias.
—Ya están aquí.
—Traedlos hasta mí —ordenó.
Kylo y Shyla Ren aparecieron rodeados de una nueva guardia pretoriana, que no se apartó ni un momento de ellos.
—Vaya… Aquí estáis.
Ninguno de los dos dijo nada. Ben usó su autocontrol y Shyla se esforzó en ello.
—Enhorabuena, habéis sobrevivido a un sabotaje de los demás Caballeros, a ataques directos de la Primera Orden y a la propia Resistencia. Aunque supongo que Calrissian no os ha tratado mal en absoluto, vista vuestra buena salud.
—Así es —contestó Kylo, mirándolo directamente a los ojos azules y fríos como el acero.
—Kylo Ren, me subestimaste. O estabas demasiado pendiente de… Rey. ¿Ya te ha echado de su vida? —indagó.
—No podemos estar juntos, somos demasiado diferentes —contestó—. Ella es luz y yo oscuridad. Intenté realmente que dominara conmigo la Galaxia, pero ella prefirió volver con la Resistencia de nuevo.
Shyla ya le había dicho que Hux sabía de su relación con la Jedi.
El nuevo Líder miró a la mujer.
—Siempre leal a Kylo Ren.
—Sí, Líder Supremo. Tomé esa decisión en su momento.
—¿En serio creéis que os voy a acoger de nuevo como si tal cosa? ¿Qué no voy a pedir nada a cambio?
—La Resistencia pretende destruir la nueva StarKiller.
Shyla, que no sabía que iba a decir aquello, se sorprendió.
Lando le pidió al hombre que informara de eso sin que su compañera lo supiera, para darle más veracidad.
—Cuando me tuvieron en la zona médica, pude escrutar unas cuantas mentes haciéndome el dormido —mintió.
—Es su modus operandi… Su pasatiempo favorito. Estamos ya preparados desde hace tiempo para cuando lo intenten.
Kylo observó la StarKiller, que parecía orbitar alrededor del planeta, como un satélite. Realmente estaba terminada, al ser muchísimo más pequeña.
—Snoke la concibió de otra forma, pero con un arma potentísima que puede acabar igualmente con sistemas enteros. Su tamaño permite mayor facilidad para el ataque y la destrucción de Rebeldes y planetas que se resistan a la Primera Orden y a mi mandato.
Hux se puso intenso.
De poder, Shyla le habría ensartado su espada láser en medio de la frente, friéndole el cerebro.
Puede que Ben no hubiera nacido para ser Líder Supremo, pero Hux tampoco. El último Líder real de la Primera Orden fue Snoke.
—Que me digas algo que es tan obvio no es suficiente para que os readmita en la Primera Orden —concluyó Hux—. De hecho, solo admitiré a uno de los dos.
El pelirrojo sonrió con malicia.
—Y así sabré quién es el que realmente desea volver. Pero eso no será hoy.
Ben y Shyla se miraron un instante, preocupados.
—Guardia Pretoriana, acompañadlos a sus aposentos y vigiladlos.
Los aposentos en cuestión eran dos de las celdas cerradas para prisioneros.
Ben nunca pensó que acabaría en lo más bajo, cuando había estado en lo más alto.
Observó la anodina estancia; un catre y un baño. Shyla probablemente estaría igual.
A ambos les quitaron sus armas láser antes de meterlos allí.
Se tumbó en la estrecha cama y miró al techo, pensando en Rey.
Si no la hubiera conocido seguiría en la oscuridad más absoluta a nivel personal, obsesionado con ser como Darth Vader y acabar con todos los Jedi de la Galaxia, bajo el yugo mental de Snoke, manipulado a su antojo.
El amor de Anakin por Padmé lo convirtió en un usuario del lado Oscuro, y el amor de él por Rey lo acercó al lado luminoso.
Nunca creyó en la posibilidad de tener su propia familia, ni siquiera la deseaba pues en la suya se había sentido muy solo e incomprendido.
El peso de muchas culpas lo estaba presionando; la muerte de inocentes, el asesinato de sus compañeros aprendices, el odio hacia su tío y, sobre todo, haber acabado con la vida de su padre.
No lograba comprender, en ocasiones, cómo era posible que Rey lo amara a sabiendas de todas las atrocidades cometidas. No la merecía en absoluto, pero era incapaz de renunciar a ella. Su lado egoísta, lo era más que nunca. Haría lo que fuera para acabar con Hux y la Primera Orden.
—Ben… —la voz de Rey sonó cerca. Miró a su derecha y allí estaba ella.
—Shyla y yo estamos prisioneros. Hux nos ha dicho que solo readmitirá a uno, pero no tenemos idea de a qué se refiere.
—Lando y Poe tienen pensado hacerse con el control de la StarKiller dentro de dos jornadas arkanianas. Omitirán el alto el fuego y aparecerán con gran parte de la nueva flota.
Ben fue a abrir la boca.
—No digas nada más, por si te están vigilando. Por otro lado, Finn y yo nos infiltraremos en la StarKiller, con Poe.
Se miraron en silencio largo rato. Rey se acercó y se inclinó para darle un beso dulce y largo. La Fuerza pasó a través de ellos como un torrente de agua limpia.
—Te quiero —susurró ella.
—Lo sé… —contestó él.
Los dos días se sucedieron sin que les permitieran salir de las celdas. Les daban sus raciones de comida y agua, manteniéndolos aislados. Ninguno de los dos caballeros intentó escapar, por muy fácil que les hubiera resultado.
Rey se conectaba con Ben siempre que sus obligaciones se lo permitían, y se quedaba con él hasta que este se quedaba dormido.
En una de esas ocasiones, el mismo día en el que todo daría comienzo, los interrumpieron los Pretorianos al entrar en la habitación.
Cogieron a Ben de ambos brazos para llevárselo.
—¡Ben! —gritó Rey—. ¡Pronto estaremos juntos de nuevo!
Este nada pudo decir ni hacer ante aquello.
A Shyla también la habían sacado de su celda y ambos fueron llevados hasta el hangar. Allí, ante la atenta mirada de Hux, los subieron a una nave que iba directa a la StarKiller.
Shyla y Ben se miraron en silencio.
La mujer supuso que él sabía cosas sobre la Resistencia y su proceder, pero que no podía decirle nada dadas las circunstancias. La propia Guardia Pretoriana al completo los estaba escoltando.
Llegaron a la StarKiller, de un menor diámetro que la primera que se construyó, probablemente menos de la mitad.
Ben supuso que el cristal Kyber de Llum sería lo que proyectaría los mortales láseres, convirtiéndola en un arma poderosísima. Independientemente del tamaño de la súper arma, si el cañón y los cristales eran potentes, lo demás no importaba.
Al llegar a la estación de combate, los condujeron hacia una enorme estancia con un trono, igual que la de Snoke en el Supremacía. El hombre dedujo que se diseñó así por orden del antiguo Líder.
Hux apareció con su habitual frialdad y se sentó en el trono que había estado destinado a otro.
—Es la hora de decidir quién de los dos volverá a la Primera Orden, y quién morirá.
Shyla y Ben se miraron, desconcertados.
—Devolvedles sus armas láser.
Los Pretorianos, que eran muchos más de los habituales, pues Hux era un humano no sensible a la Fuerza, los dejaron libres tras darles sus espadas y se apartaron volviendo a su posición junto al Líder Supremo.
—Kylo Ren, hay alguien que quiere conocerte y vengarse por la muerte de vuestro Maestro.
Ben pensó que se refería a otro discípulo de Luke que hubiera sobrevivido, pero del que no tenía constancia.
Sin embargo, el que allí apareció no fue un Jedi.
Era alto, corpulento e iba vestido de negro. Un Zabrak de piel amarilla y tatuajes negros, con varios cuernos en su cráneo sin cabello. Portaba, además, una lanza con una enorme hoja brillante. Esta se abría en dos por el centro.
—Feral Opress, aprendiz de Snoke.
La regla de dos de los Sith ya no existía.
Pero Ben jamás se esperó aquello.
