Capítulo 29

Después de nuestra "despedida" con Yamato; Natsu y Taichi resolvieron volver conmigo a Hiroshima, argumentando que estaban bien con las clases y que sólo eran cursos de verano, así que si se las saltaban no repercutirían en su historial académico. No les reñí por ello, ya que ambos llevaban excelentes calificaciones, además de que se veía que realmente les había afectado a los dos nuestra repentina separación.

Sin embargo, cuando se escuchó el timbre del celular no podía creerlo. Contesté de mala gana, no tenía deseos de escuchar su voz. Sin embargo, aún en mi corazón albergaba un poco de esperanza, aún deseaba despertar de esa pesadilla, abrir mis ojos y verlo durmiendo a mi lado, tomando mi mano, abrazándome.

Y cuando escuché "Te amo" de sus labios, me pregunté si estaría soñando con aquello. Aunque yo mismo le había impedido decir esas palabras, molesto, diciéndole que no las dijera si no las sentía.

Después de despedirme de él, salí de la habitación, aún en estopor. ¿Y si estaba soñando? ¿Y si aquello era mentira? Bajé las escaleras, colocándome mis zapatos en la entrada.

Mi hijo, quien en ese momento se encontraba charlando con Natsu, me miró, sumamente extrañado.

-¿Vas a salir? –preguntó Taichi.

-Volveré en un rato –dije como si nada, colocándome una chaqueta y tomando las llaves de la camioneta.

Él me miró con dolor, quizá pensaba que haría una tontería. Sonreí para mí mismo, ¿tan mal me veía?

-Estaré bien –dije, tratando de consolarlo y él asintió-. Por cierto, ni se les ocurra hacer algo o los mato a los dos, le diré a Kitasawa que venga a vigilarlos –dije en tono de amenaza y después cerré la puerta que me conducía al garaje.

No escuché nada más, tan sólo mis pasos en aquel lugar. Abrí la portezuela, colocando las llaves y prendiendo mi automóvil. Me recargué en el volante y sonreí. Sonreí como nunca, me sentía tan feliz. Las lágrimas resbalaron por mis mejillas, como suaves gotas de lluvia golpeando una ventana, como el rocío de las mañanas sobre las flores. Rayos, me sentía tan jodidamente feliz.

-No aprendes, ¿verdad, Taichi?

Me dije a mí mismo, recargando en ésa ocasión mi espalda en el asiento.

-¿Por qué te entregas tanto a esa persona? ¿Podrías tenerle un poquito de desconfianza?

Y aunque dije eso, aquella sonrisa continuaba en mis labios.


Tardé casi cuatro horas en llegar a la estación del Shinkansen de Osaka. Suspiré cuando las puertas se abrieron y Yamato se levantó de un asiento de la sala de espera.

-¿De verdad viniste desde Hiroshima a Osaka en tu automóvil? –él dijo incrédulo.

-Obviamente, sino quizá hubiera tardado un poco menos en el tren –solté una risita.

Yamato se sonrojó de pronto, arrastrando su maleta, pero después me miró con los ojos entrecerrados.

-¿Dejaste solos a nuestros hijos?

-No, Kitasawa fue a quedarse a la casa con su hijo Tetsuhiro, yo se lo pedí, para que los fuera a vigilar. ¿Sabes que acabo de tomarme el día de mañana sólo por esto? –no lo dije en tono de reproche, sino insinuativamente.

Él comprendió inmediatamente, mientras sus mejillas se encendían más.

-¿No estabas de vacaciones? –entrecerró los ojos.

-Era un decir, sólo nos dieron unos pocos días para que descansáramos del curso.

Yamato negó con la cabeza, aunque al parecer no quería hacer contacto visual conmigo.

-Hay que ir ya mismo a Hiroshima.

Caminamos fuera de la estación y nos detuvimos justo frente a la camioneta, que se encontraba en un parque poco transitado. Acorralé a Yamato frente a la camioneta, mirándole quizá con algo de deseo. Él comprendió que ya no había vuelta atrás cuando, sin previo aviso, besé sus labios. Al principio se quedó estupefacto, pero después cerró los ojos y se dejó llevar por las emociones que ambos estábamos sintiendo en ese momento.

-Nos puede ver alguien… -dijo, pero no hizo el menor atisbo de alejarse.

-No importa, en Tokio ya se permiten los matrimonios del mismo sexo. Es más, ¿por qué no vamos ahora mismo a casarnos? –pregunté y él rodó los ojos, empujando mi cuerpo hacia atrás.

-Ni siquiera me lo has propuesto –dijo.

Él me jaló hacia sí, besándome. Me sonrojé por la forma en como me besó, diablos, si continuábamos así, terminaría viniéndome con sólo besarlo.

-¿Estás poniéndome a prueba, Ishida? –mi voz, tremendamente profunda, quizá lo alteró un poco y él negó con la cabeza.

-Estoy tratando de ver cuándo vas a hacer algo más que besarme –susurró con una voz tan profunda, tan cargada de deseo, que volví a besarlo, pero me separé abruptamente de él y abrí la portezuela de la camioneta, para que subiera.

-Vámonos.

Una orden simple y llana. Él no dijo nada, tan sólo subió, con el rostro sonrojado, mientras yo abría la cajuela y subía su maleta. Toqué mis labios de pronto, maravillado por la sensación que aún me producía cosquilleos. Cerré la puerta y abrí la del piloto, encendiendo el automóvil para salir de ahí.

-¿A dónde vamos? –preguntó Yamato, como en tono sugerente cuando arranqué el vehículo.

-A Hiroshima, conozco un hotel que admite personas del mismo sexo, en el que todo es muy confidencial.

Él se sonrojó.

-Pero no te llevo ahí para…

Estuve a punto de perder el control del auto cuando él colocó su mano derecha sobre mi entrepierna. Le miré, pero él no me estaba observando, tan sólo miraba por la ventana, quizá nada en especial, quizá sólo estaba tratando de no verme a los ojos. Sus mejillas estaban sonrojadas.

Le miré, otra vez, completamente incrédulo, cuando él bajó el cierre de mi pantalón y sacó mi pene, completamente erecto.

-¡Yamato, estamos en plena ciudad!

Él volteó a verme por primera vez y después se quedó mirando mi miembro. Me miró a los ojos otra vez y después miró mi pene.

-¡Por todos los… es más grande de lo que había pensado, Taichi!

Entrecerré los ojos.

-No tienes por qué enojarte conmigo.

Él golpeó sutilmente mi pene.

-¡No hagas eso, sabes que…!

En esa ocasión de verdad estuve a punto de salirme del camino. Yamato se había quitado el cinturón de seguridad y lamió la punta de mi sexo.

-Sabe extraño –dijo, mientras su respiración chocaba con aquel punto, produciéndome un indescriptible placer.

-¡Idiota, harás que choquemos! ¡Nos puede detener un tránsito!

Me sonrojé a tal extremo por su comportamiento.

Las personas pasaban a nuestro alrededor como si nada, quizá ayudaba un poco a que los vidrios de mi vehículo estuviesen polarizados; sin embargo, me moría del miedo al pensar la terrible multa que me impondrían si nos descubrían. Pero a él no parecía importarle mientras tomaba con su mano derecha mi sexo, succionando mi glande, intentando en ciertos momentos meter su lengua por el orificio de mi pene.

-Harás que termine –dije, tratando de controlarme.

-No importa, hazlo –dijo, separándose un poco de mí.

-Jamás has probado el semen, ni el tuyo, ni el de otra persona, ¿o sí? –pregunté y él hizo una mueca de dolor, quizá traje malos recuerdos, había olvidado aquello- Harás que me ensucie y si no quieres que pierda el control, entonces no…

Cerré los ojos y gemí, sin poderlo evitar. A él pareció importarle poco lo que le había dicho, continuó con su labor, succionando mi pene, hasta que intenté separarlo, estaba a punto de terminar en su boca, pero fue tarde, él lo recibió dentro y lo tragó, para mi sorpresa.

-Sabe extraño –dijo, lamiéndose la mano derecha, aunque pude ver también el dolor, como si aún recordara a esos malditos.

Lo jalé hacia mí, besándole con ímpetu, si continuábamos así, terminaría buscando un lugar en dónde estacionar la camioneta y lo tomaría ahí mismo.

-Era algo dulce –dijo él y yo limpié la comisura de sus labios con el dedo pulgar de mi mano izquierda. Él cerró los ojos automáticamente y las lágrimas escaparon-. Sabía… diferente.

-Es porque como muchos dulces.

-Sí, tu personalidad no va de acorde con tu dieta.

Yo sonreí.

-No debiste besarme, acababa de…

Yo reí.

-Lo sé, fue un impulso.

Acaricié su cabello, su mejilla y después sus labios. Él se dejó hacer, porque era más que claro que se encontraba sumamente excitado.

Por fin salimos de la ciudad, así que me sentí más tranquilo. Guardé mi sexo y Yamato se colocó en su lugar, poniéndose el cinturón de seguridad.

-Me estaba preguntando qué se sentiría hacértelo.

Yo me extrañé por el comentario.

-Ya sabes… sexo oral –dijo, sumamente serio-. Después de que esos tipos se enseñaran conmigo… -cerró los ojos-… pensé que jamás volvería a estar con alguien. Tenía miedo a las relaciones, bueno, quizá no tuve problemas con Sora por eso. Pero tú… -dijo con enfado-… tú siempre rompes todos los esquemas, me haces desearte.

Me quedé pasmado. ¿Me estaba diciendo que me deseaba?

-Y a veces me encontraba pensando que deseaba que me tomaras a la fuerza, que me empujaras y…

Se llevó ambas manos al rostro, estaba muy sonrojado.

-… y pensaba que algo estaba mal conmigo.

-Querías que lo hiciera para culparme después –hice una mueca-, querías tener un pretexto para no sentirte culpable por tus sentimientos.

Él me miró, sumamente incrédulo de mis palabras.

-No me tienes miedo a mí, sino a tus prejuicios –negué con la cabeza-. No me gusta obtener las cosas a la fuerza, sabes que te amo y no quiero dañarte. Sabías eso y te frustrabas, ¿verdad? Porque querías que yo fuera el único culpable de tus deseos.

Giré de pronto a la derecha, tomando la autopista. Yamato me miró y después bajó el rostro.

-Perdóname, quizá tienes razón –él me miró con algo de dolor, así que acaricié su cabello.

-Ya no importa, vayamos a casa.

Él sonrió con condescendencia al escuchar mis palabras.

-Iré contigo, pero no podré quedarme, tengo que estar pasado mañana en Estados Unidos, sino, quien me pidió que le ayudara, se enojará por no cumplir.

-¿Me estás diciendo… –me quedé estupefacto-… que igual te irás?

-Lo lamento –él cerró los ojos-, a veces no pienso lo que hago.

Resoplé, furioso.

-¿Entonces por qué regresas conmigo? ¿Por qué me hiciste venir todo el trayecto?

-Porque quería arreglar las cosas contigo, no quería irme sin decirte mis sentimientos.

Chisté, molesto, pero después intenté calmarme.

-¿Cuánto tiempo…? –no me dejó terminar de preguntar, puesto que me contestó de inmediato.

-Un año.

Al escuchar aquello sentí como si de todos modos aquel rubio estúpido me hubiera arrancado el corazón y lo hubiese tirado a la basura.

-¿No puedes…? –me tragué mis palabras, deseaba pedirle que se quedara, pero no podía.

-Perdón, a veces tomo decisiones precipitadamente, pero quien me ofreció el trabajo es una amiga a la que si le digo que ya no iré, es capaz de desollarme vivo.

Hice un puchero sin poder evitarlo. Yamato sonrió con condescendencia por mi actitud.

-¿Me vas a extrañar?

Le miré con enfado.

-Todavía no te vas y ya te estoy extrañando –dije-. No sé si era mejor que te fueras desde un principio, a saber que por fin eres todo mío y te vas a Estados Unidos.

-Puedes venir conmigo –dijo él y yo volteé a verlo, incrédulo.

-Tengo mucho que perder si lo hago. Mi carrera, mis hijos, mi hogar.

Él pareció comprenderlo, así que tomó mi mano, la cual se encontraba sobre la palanca de velocidades.

-Sólo es un año.

Un año. Casi sonaba como si fuese un siglo, un milenio, una maldita eternidad sin él.

-Suena poco tiempo –dije-. ¿Qué voy a hacer sin ti? –pregunté, sorprendiéndolo- ¿A quién voy a abrazar por las noches? ¿A quién molestaré mientras prepara la cena? ¿A quién…? –mi voz se entrecortó.

Él me miró con dolor y tomó con más fuerza mi mano. En esos momentos sentía que mi vida ya no valía la pena.

-Volveré pronto –dijo él, con una voz melosa.

Yo entrecerré los ojos y después sonreí con malignidad.

-Entonces, te tendré hoy, está decidido, sino puede que alguien más te robe.

-¿Pero qué dices, idiota? –él se sonrojó- No tendré tiempo ni de rascarme el trasero, como para andarlo perdiendo con otras personas.

-Eso no me importa, te arrastraré a una habitación de hotel y te haré mío hasta que esté convencido de que dejé todas las marcas de posesión suficientes en tu cuerpo.

-¡Idiota!

Aunque se sonrojó parecía enojado, pero no me riñó por el comentario, así que pisé el acelerador, si me daba prisa llegaríamos a Hiroshima en un santiamén.