Disclaimer: Ni Glee, ni sus personajes, ni esta historia me pertenecen.
Con unos envites largos y duros, Quinn gimió jadeando ásperamente mientras penetraba profundamente a Rachel, que le ceñía el miembro mientras ella se movía contra su cerviz. Bajo su cuerpo, Rachel se retorcía, jadeaba, se ablandaba.
Pero para Quinn eso no era suficiente, no era lo suficientemente profundo. Tenía que envolverla, llenarla. Rodeándola con los brazos, introduciéndolos entre su espalda y el colchón, le alzó el pecho contra el suyo y empujó con más fuerza. Jadeando con frenesí, consumida por un fuego interior, fusionó su boca con la de ella y la penetró de nuevo. Rachel respondió con un estremecimiento y un gemido. Pero aun así, seguía sin ser suficiente. Jamás lo sería.
Siguió moviéndose con dureza y rapidez, deslizando su carne resbaladiza dentro de la de ella de una manera que era a la vez el cielo y el infierno. Una exquisita tortura. Cada palpitación de la vagina de Rachel la llevaba más cerca del olvido. Ella era todo lo que Quinn había querido siempre y que nunca creyó que existiera o que se mereciera. Y no pensaba dejar aquella cama hasta que Rachel estallara en otro orgasmo y gritara roncamente su nombre.
—Quinn —la voz de Santana interrumpió el ritmo salvaje con el que embestía en ella— ¡Quinn!
—¿Qué? —gruñó.
—Sé más suave.
¿Más suave? «Maldita sea».
Quinn bajó la mirada llena de deseo hacia Rachel. Los ojos color chocolate estaban dilatados y un impulso eléctrico recorrió su miembro cuando ella gimió de necesidad y desasosiego.
—¿Te hago daño?
Sí, Quinn sonaba como si se hubiera pasado un papel de lija por la garganta. «¿Y qué?».
Antes que Rachel pudiera contestarle, Quinn la penetró con otro largo envite hasta el fondo de la vagina. El movimiento provocó en Rachel un estremecimiento y una ardiente sensación o al menos eso dedujo por la manera en que le arañó la espalda y se arqueó hacia ella, mientras la estrechaba con su sexo.
—¿Te lo hago? —exigió saber.
—No. Más. ¡Oh, Dios mío, quiero mucho más! ¡No pares!
Las palabras de Rachel hicieron desaparecer cualquier barniz de civilización que le quedara. Embistiendo contra ella como una maníaca enloquecida de lujuria, Quinn la estrechó contra su cuerpo, inmovilizándola y obligándola a aceptar la brutal necesidad de cada uno de sus envites mientras poseía su boca con un beso desesperado.
—Bueno, parece que no me necesitáis aquí después de todo. Así que… me voy —Quinn oyó a Santana por encima del rugido de su corazón.
Su prima se levantó y atravesó el dormitorio hacia la puerta.
El impacto de saber que Santana la dejaría allí sola con Rachel, hizo que se detuviera. Se quedó paralizada. Como si alguien le hubiera arrebatado el placer y despojado del deseo. La sangre abandonó su erección, y el temor sustituyó el deseo.
«¿Qué demonios…?». Aquello no le había ocurrido nunca. El pánico se coló en sus venas como agujas punzantes. «¡No, no, no!». Eso no podía estar sucediendo. Quería hacer el amor con Rachel, quería que fuera sólo suya. Pero su cuerpo no opinaba lo mismo.
«¡Oh, mierda!». Su erección… estaba desapareciendo. ¿Cómo? ¿Por qué sucedía aquello de repente?
Quinn cerró los ojos, intentando centrarse en el sexo, en cualquier cosa que devolviera la vida a su miembro.
«Nada». En ese instante, supo que no podría correrse si Santana se marchaba.
«¡Maldita hija de la gran perra!». ¿Qué coño le pasaba? Quizá debería preguntárselo a Marley. Oh, espera… ella estaba muerta.
La mortificación la invadió mientras se preguntaba con mareante frustración cómo podía fallarle su cuerpo de esa manera. Todo aquel tiempo había pensado que aquellos temores que la reconcomían sólo le afectaban a nivel emocional, impidiéndole que se tirara a una mujer a solas, pero por lo visto también le afectaba a nivel físico. Ni siquiera podía mantener una erección sin tener a su prima al lado para que le cogiera de la mano. Se sintió increíblemente mal. Como si fuera un bicho raro.
—¡Para! —le ordenó Quinn con voz ahogada— Para, por el amor de Dios, ven aquí y háblale con suavidad. Yo no puedo.
Santana dudó.
—Por favor —Le dolió incluso físicamente escupir las palabras, pero Quinn sabía que no podría reclamar a Rachel si Santana salía de la habitación.
¿Acaso no dejaba claro eso cuan jodida tenía la cabeza?
Con un suspiro de derrota, Santana regresó lentamente al lado de la cama y se subió a ella. Mordiéndose el interior de la mejilla con tanta fuerza que sintió el sabor de la sangre, Quinn rodó sobre su costado para que la espalda de Rachel reposara sobre el pecho de Santana.
Su prima le puso las manos en los hombros y la besó en la nuca húmeda.
—Eres tan hermosa cuando te mueres de placer.
Todo volvía a la normalidad… o a lo que ella consideraba normalidad. Al ver que Rachel se relajaba contra Santana, y que su prima deslizaba la boca por aquella piel ruborizada, su miembro revivió.
Sujetándola de las caderas, Quinn se impulsó en el interior de Rachel con toda la fuerza que pudo.
—Eres preciosa, gatita. Jamás he querido a nadie como te quiero a ti.
Nuevas lágrimas anegaron los ojos de Rachel mientras rodeaba el cuello de Quinn con los brazos. Su sexo se contrajo en torno a ella. Con otro duro envite, Quinn empujó contra el punto G de Rachel, al mismo tiempo que se rozaba contra su clítoris.
Y Rachel explotó, soltando un torturado grito de satisfacción salvaje y diferente de cualquier otro que Quinn le hubiera oído.
—¡Quinn!
Rachel se contrajo salvajemente alrededor de su miembro, y sus gritos de placer resonaron en las paredes, llenándola de tal éxtasis que a Quinn se le encogió el corazón.
Soltando un gruñido sollozante, las sensaciones se agolparon en su interior hasta que se convirtieron en una bola de fuego peligrosa y envolvente. Estremeciéndose violentamente, Quinn derramó todo en ella. Todo su amor, su deseo, sus esperanzas, su alma. Rachel la aceptó en su interior con un largo grito. Sus miradas se encontraron y la conexión entre ellas les impidió apartarlas. Quinn no hubiera podido apartar la vista de ella ni para salvar su jodida vida.
Tiempo después, el tumulto cesó. Rachel se relajó y rompió la conexión entre ellas, hundiéndose en el colchón, apartándose de ella y girándose hacia los brazos de Santana con un sollozo desgarrador y lágrimas ardientes.
Santana la envolvió entre sus brazos, pero buscó a Quinn con la mirada.
Estaba confundida. No había otra palabra para describirla. Por la reacción física de Quinn. Por la reacción emocional de Rachel. Por la completa incapacidad de Quinn de llegar al orgasmo sola. Por la acerada desesperación de su prima. Y ahora, Quinn estaba agotada.
Rachel sollozaba. Santana no tenía ni idea de qué iba a pasar con todas ellas a partir de ahora. Quinn no estaba segura de sí misma, pero, por el momento, centraba su atención en Rachel.
—¿Gatita? —se acercó a ella y se inclinó sobre su espalda— ¿Qué te pasa?
Durante unos interminables minutos, Rachel se negó a hablar. Ella insistió. Santana también. Pero no les respondió. Sólo siguió vertiendo aquellas lágrimas histéricas que desgarraba dolorosamente el corazón de Quinn.
Quinn hizo lo único que podía hacer. Y Santana se unió a ella.
La acariciaron, la tranquilizaron, le dijeron que todo estaba bien.
Pero Quinn sabía que cada una de las palabras que salía de su boca era una sandez.
—Nunca más —sollozó Rachel. Luego cerró los ojos para no verla.
Momentos después, se quedó inmóvil, como si las sensaciones de su cuerpo y las emociones hubieran sido demasiado abrumadoras. Se colocó en posición fetal y se hundió en un profundo sueño. Quinn bajó la mirada al darse cuenta de que en algún momento ella la había tomado de la mano y que Rachel todavía la agarraba con fuerza.
El rugiente clímax que había envuelto el cuerpo de Rachel, había satisfecho a Quinn, pero todas aquellas lágrimas… No era una coincidencia que las dos se hubieran corrido después de que Rachel le hubiera dicho que ella la amaba y Quinn le hubiera confesado lo mismo. Y después, Rachel le había dicho que no deseaba ser compartida, pero había quedado claro que Quinn no podía hacer el amor solo con ella.
—¿Nunca más qué? —preguntó Santana; parecía tensa. ¿Se refería a lo que creía que se estaba refiriendo?
«¡Mierda!». Ahora llegaba la parte en la que tenía que ser honesta con Santana sobre algo que apenas podía aceptar ella misma. Algo que lo cambiaría todo.
Quinn suspiró.
—Sabes que te considero una hermana.
Una expresión de cautela y enfado apareció en los ojos oscuros de Santana.
—¿Sí?
—Te das cuenta de lo que pasa, ¿verdad? No podemos continuar haciéndole esto. Rachel no quiere volver a ser compartida.
—¿Y qué… vas a follárlatela tú sola? —la desafió Santana— ¿Igual que hace unos minutos?
«Zorra observadora ». Quinn no tenía ni idea de cómo sería el sexo entre ellas a partir de ahora. Hoy se había demostrado más allá de toda duda que no era una persona completa, que no podía hacer el amor con una mujer si no había alguien con ellas. Incluso aunque, como aquella mañana, Santana no la follara también. Sólo necesitaba la seguridad de que había alguien más con ellas…, por si acaso.
Santana continuó.
—Le has dicho que ibas a reclamarla para ti. ¿Cómo piensas hacerlo?
—Esas son palabras mayores, sabes que no puedo hacerlo sola. —Quinn estaba avergonzada, sonaba tan tensa como Santana parecía— Incluso así, esto de nosotras tres… tiene que parar.
—¡Maldita sea!
—Venga. Rachel no vale para esto. ¿No te das cuenta?
—¡Yo lo necesito! Tú lo necesitas. ¿Qué diablos quieres que hagamos?
Quinn estudió a su prima con el ceño fruncido.
—¿Por qué lo necesitas tú? ¿Qué obtienes con ello?
—Ya basta. Yo no voy a tirarlo todo por la borda. Hasta hoy, Rachel se ha portado maravillosamente con nosotras. Ha sido perfecta. Esto ha sido algo aislado…
—No lo es. ¿Acaso no has visto cómo lloraba a lágrima viva?
En lo más profundo de su corazón, Quinn deseaba que Santana tuviera razón. Pero la realidad era que Rachel probablemente se sintiera despreciada, incluso sucia, sabiendo que ella la amaba pero que, a pesar de ello, permitía que su prima la tocara. Y Quinn apenas podía soportar ver cómo Santana le ponía las manos encima.
—¿Qué coño ha pasado?
«Oh, aquí viene otra dura verdad». Quinn contuvo el impulso de hacer una mueca.
—Rachel me ha dicho que me ama.
—También me lo ha dicho a mí. —Santana no sonaba celosa en absoluto.
Quinn estaba confundida.
—Yo también le he dicho que la amo.
—¿Acaso te ha dicho que sólo quiere estar contigo? —La tensa y amarga sonrisa de su prima le dijo a Quinn que aquello podía ponerse feo.
Se encogió de hombros.
—Ambas sabemos que yo no puedo mantener una relación así. Me siento… —Quinn apartó la mirada y enterró la cara entre las manos— destrozada. ¿Qué clase de persona necesita que una amiga le eche una mano para poder hacer el amor con su mujer?
—¿Crees que ella lo entiende? ¿Que sabe por qué?
—No. —Santana abrió la boca, pero Quinn la interrumpió antes de que dijera nada— Decírselo no cambiará las cosas.
—Esas son chorradas que te dices a ti misma para no tener que decirle la verdad.
«Quizá». Pero no estaba dispuesta a comprobar su teoría. Demonios, lo más probable es que Rachel la dejara por lo que ya había pasado. ¿Para qué iba a contarle su pasado?
—Déjalo ya.
Santana se encogió de hombros, claramente enfadada.
—¿Y ahora qué?
Con un suspiro, Quinn bajó la mirada hacia Rachel. Buena pregunta.
—Ahora nos iremos a casa y le diremos a Rachel, después de la cena, que no la vamos a volver a compartir. Luego, supongo que la dejaremos decidir qué quiere hacer.
—¿Querrás decir a quién de las dos quiere?
«O a una mujer rota o una a la que no amaba. Menuda elección». Quinn se pasó la mano por el pelo.
—Sí.
No dejaba de tener su gracia. Cuando Rachel había acudido a ella para pedirle que le enseñara todo sobre los ménages, le había preguntado cómo se las arreglaban con los celos. Su respuesta había consistido en una serie de estupideces y mentiras propias de una ignorante en la materia.
Aunque también era cierto que nunca antes se había encontrado con una situación semejante. Ninguna de las mujeres con las que Santana y ella habían mantenido relaciones le había importado. Ahora que había sentido el mordisco de los celos, no lo estaba llevando demasiado bien.
Y lo más probable era que la perdiera en gran parte por culpa de eso.
Ambas mujeres guardaron un inquietante silencio el resto del día, lo que le vino bien a Rachel.
Se despertó a primera hora de la tarde, sola y agotada en la enorme cama de la cabaña del pantano. Santana le llevó el almuerzo, pero no pudo probar bocado. Quinn le anunció que volvían a Texas. Rachel supuso que aquello debería de hacerla feliz. Pero la felicidad no llegó.
Los ojos oscuros de Santana y los deslumbrantes ojos dorados de Quinn parecían ver a través de ella, y lo que vio pareció dejarlas muy preocupadas. Tenía el presentimiento de que ambas tramaban algo.
Apática y extenuada por el llanto, hizo la maleta en silencio. Oyó que en la cocina, Santana recogía los enseres y suministros que había llevado. En cuanto a Quinn, a saber dónde estaba.
Rachel había sentido el extraño impulso de buscarla —en ese mismo momento— y de preguntarle si todavía la amaba. Si excluir a Santana de su cama iba a poner fin a la relación.
Tenía un mal presentimiento en cuanto a la respuesta, en especial después de ver su reacción cuando Santana intentó abandonar el dormitorio esa misma mañana. Parecía algo descabellado, casi increíble, que alguien como Quinn no pudiera hacer el amor sin otra persona en la estancia, pero ¿y si era cierto?
Que se negara a decirle por qué era algo que le corroía las entrañas y que, francamente, la disgustaba mucho. Y para colmo había surgido otra complicación que Rachel no había esperado…
En el tenso y silencioso viaje de regreso al Este de Texas, se consoló pensando que pronto vería a su padre… y que entonces resolvería hacia dónde encauzar su vida.
Apenas habían puesto un pie en la casa de Santana y Quinn, cuando esta última anunció que tenía que resolver un asunto. Dios, ya comenzaba a distanciarse de ella. Puede que la amara, pero eso no era suficiente para vencer aquello que la afectaba tanto. ¿Tendría algo que ver aquella repentina marcha con darle vía libre a Rachel para que se largara?
En el momento en que Quinn desapareció por la puerta, Santana se acercó a ella, mirándola como si tuviera algo en mente.
—¿Necesitas algo, cariño? ¿Un café? ¿Algo de comer? Ya sabes que te prepararé cualquier cosa.
En aquel momento, Rachel sólo quería estar sola, en especial si Santana tenía intención de dejarse llevar por lo que le rondaba la cabeza y que se reflejaba en su oscura mirada de color chocolate, que parecía derretirse por ella.
—Tengo que comprar algunas cosas, ¿puedes prestarme el coche?
Santana asintió con el ceño fruncido.
—¿Podrías estar de vuelta a las seis? Tengo que hacer una presentación en un restaurante del centro.
Rachel asintió y suspiró de alivio cuando salió de la casa —demasiado llena de recuerdos para su tranquilidad— para dirigirse al coche.
No tenía que comprar demasiadas cosas. Escoger una tarjeta de «te echo de menos» para su padre fue sencillo. Comprar un nuevo móvil tampoco le llevó demasiado tiempo. Luego llamó a Logan y a Hunter para darles el número, y le dijeron que su padre sería dado de alta al cabo de dos días. Incluso pudo hablar con el coronel unos breves minutos.
Eufórica al ver que su padre se estaba recuperando con rapidez, Rachel compró el resto de los artículos que necesitaba, intentando no pensar en aquello que la preocupaba.
Estaba de vuelta en casa de Santana poco después de las cinco.
La encontró muy sexy y atractiva con el pelo suelto, los pantalones vaqueros ajustados y una blusa de seda blanca cuando se inclinó para darle un beso en la mejilla.
—No tardaré mucho. ¿Me esperarás? Debemos hablar…
Rachel no amaba a aquella mujer de la misma manera que amaba a Quinn, pero la sensación de la mano de Santana ahuecándole la mejilla la tranquilizaba.
—¿Vas a decirme que ha terminado conmigo?
—Lo que suceda será por decisión tuya. —La besó de nuevo, esta vez fue una tierna presión de sus labios sobre los de ella, una caricia suave de su lengua… luego se fue.
Con un fuerte sollozo, Rachel se sentó en el sofá y comenzó a llorar de nuevo. Una lágrima tras otra se deslizaron por su rostro, cálidas y molestas, provocándole un gran dolor de cabeza.
¿Desde cuándo se había vuelto tan sensible? Aquel llanto continuo la dejaba exhausta. Y también el sexo. Varios enormes orgasmos por día habían convertido dormir en su nuevo pasatiempo. Al menos esperaba que no hubiera otra razón oculta tras ese agotamiento…
Maldición, tenía que dejar de sentir compasión por sí misma. Tenía que obtener algunas respuestas, hablar con ellas y averiguar qué camino iba a tomar. Las cosas no podían seguir así. No podía vivir de esa manera.
Se levantó del sofá, se hizo una sopa y se puso a ver la tele, intentando no pensar en nada. Los programas de risa no surtieron efecto y volvió a quedarse dormida.
La despertó el ruido de un coche aparcando frente a la puerta. Quinn estaba de vuelta. Ya había anochecido. Rachel no se sentía preparada para hablar con ella, ni para soltar ultimátums ni para tomar decisiones drásticas.
Agarró las bolsas con sus compras, el móvil recién comprado y se dirigió al cuarto de baño.
