Ranma ½ no me pertenece. Pero si lo fuera, tendría un mejor final, fufufu...
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Fantasy Fiction Estudios
presenta
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Proyecto Idavollr 2017 - 2018
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IDAVOLLR
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La guerra de los hijos del vacío
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Máni
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II
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No eres más que una sombra, un eco del pasado, una mentira…
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El enorme demonio se movía de un lado al otro, haciendo sonar sin descanso su pesada armadura llena de cadenas que colgaban de la cintura y hombreras. El mentón duro temblaba con cada palabra que susurraba ensayando lo que iba a decir, los ojos blancos mostraban muchas más expresiones que incluso durante una batalla, al cambiar de forma, encogerse y abrirse, con cada uno de sus gestos. El largo y duro cabello blanco que caía por la espalda, con las puntas para todos lados, se veía un poco más pulcro, casi como si lo hubiera tratado de peinar. La enorme espada colgaba de su espalda rozando el piso, raspándolo a veces provocando un molesto chirrido antes de darse cuenta y acomodarla otra vez, y al tener las manos desocupadas las cerraba y abría haciendo crujir las pequeñísimas placas de metal que protegían sus nudillos.
—¿Quieres calmarte? —exclamó Ranma.
—¡Estoy calmado, comandante! —gritó con fuerza.
—Se nota —dijo Ranma con sarcasmo, mientras se rascaba el interior de la oreja con un dedo—, estás tan calmado que tardamos tres días en que te decidieras a venir finalmente.
Sultur no respondió, solo gruñó y por un momento tuvo deseos de empuñar su enorme espada si no fuera porque notó como el comandante lo miró apenas abriendo un ojo, pero ese gesto lo hizo comprender que el muchacho estaba atento a cualquier reacción que él tuviera. Se calmó un poco y frustrado dejó caer los brazos azotándolos con violencia, y reinició su marcha de lado a lado de la estrecha calle.
Ranma suspiró, aquello era un caso perdido. Ya cansado de tan solo ver moverse a Sultur apoyó la espalda en la pared de un edificio, con los brazos en alto y las manos detrás de la cabeza. La avenida empedrada ascendía por en medio de los frontis de casonas de madera y roca, de estilo nórdico, pero con runas resplandecientes de oro y plata que en columnas y dinteles palpitaban suavemente como las runas en línea que recorrían las calles principales de Noatum. Era temprano y tras los días de celebración dispuestos por el consejo de Asgard y la gobernadora de Noatum, ya que no importando la situación en la que se hallaban siempre había que mantener las esperanzas y la moral de la gente en alto, la mayoría de los habitantes se levantaban muy pasado el amanecer.
La neblina marina superaba la altura de los muros y caía como una casi invisible cascada brillante hasta las calles de la silenciosa Noatum, envolviéndolo todo en un tenue resplandor. La fragancia del mar también los acompañaba junto con el canto de las gaviotas, que anidaban en los tejados de la parte de la ciudad más apegada a las murallas.
Lo único que todos extrañaban en Asgard era el sol, pues de día y de noche una espectral ciudad invertida cubría el cielo, a mucha altitud haciendo apenas distinguibles los detalles, desde el horizonte hasta el horizonte, y lo único que diferenciaba el día de la noche era una tenue luz plateada, como de un día nublado y muy triste.
A dos casas de distancia se escuchó como una puerta era destrabada. Al abrirse apareció una doncella de vestir sencillo y cabello suelto cubierto por la capucha de la capa con que se cubría el cuerpo del frío matutino. La doncella sacó de la casa una canasta grande y pesada que apoyó en el suelo, para volverse y cerrar la puerta de la pequeña casa entre dos edificios más grandes y asegurarla. Todo lo hacía con soltura, como parte de una rutina muy bien aprendida. Luego se guardó la gran llave de acero en un bolsillo oculto del vestido y aunando fuerzas se quejó al levantar la canasta. Caminó calle arriba, directo hacia ellos, empujando con una pierna la enorme canasta con cada paso que daba, teniendo cuidado de no tropezar con los degastados adoquines. Al inclinar el rostro mirando el camino, no notó a los dos hombres que esperaban calle arriba.
Sultur tragó con dificultad, pegó los brazos a los lados de su gran cuerpo y cerró la boca irguiendo el mentón. Ranma alzó una ceja, pues lo descubrió temblando como un crío de pies a cabeza.
La doncella se detuvo al ver los grandes pies y las gruesas piernas, que dentro de esa atemorizante armadura parecían ser de un gigante, justo en su camino. Levantó tímidamente el rostro y ahogó un hipo de la impresión. La capucha cayó hacia atrás y la larga cabellera de la doncella quedó expuesta, brillando con más intensidad por el efecto de la suave neblina. Sultur inclinó el rostro y la observó, sus labios de roca se separaron, pero no pudo pronunciar ninguna palabra, solo un ronco gruñido como el de un oso. La doncella dio un paso atrás asustada.
—Fa-Fa-Falanda… —tartamudeó Sultur y sus labios se congelaron no pudiendo decir nada más.
La doncella, tras la impresión que se llevó al principio, observó detenidamente al enorme demonio.
—¿Lo conozco, señor? —preguntó un poco nerviosa, mirando a ambos lados de la calle, sintiéndose peor al encontrarse a solas con él.
—Hola, Falanda —la saludó Ranma desde su lugar en la pared alzando una mano.
—¡Ah, comandante Ranma! —Falanda recobró la calma al ver una cara conocida—. Lo siento, no lo había visto, buenos días —entonces, recién reconociendo en la capa de Sultur y en el emblema que colgaba del pecho el símbolo y los colores de los Dragones Rojos, pudo deducir que el enorme hombre era uno de los héroes de Noatum que servían al comandante Saotome—. Perdóneme usted, señor, si he sido descortés con uno de los valientes salvadores de la ciudad —se disculpó con el enmudecido Sultur.
Sultur cerró la boca y la miró fijamente, tanto, que la doncella comenzó otra vez a ponerse nerviosa. Ella no sabía qué hacer a continuación y se pasó una mano por el cabello, daba nerviosas miradas a Ranma esperando a que el comandante agregara algo que rompiera ese tenso silencio.
Ranma sabiendo que esa situación no llevaba a ninguna parte, y no es porque tuviera mucha experiencia por su cuenta, se pasó una mano por el rostro en un gesto de frustración. Suspiró profundamente y carraspeó un poco antes de hablar.
—Falanda, ¿no lo reconoces? —preguntó directamente con su habitual tacto para esos menesteres.
Sultur se tensó tanto que toda su armadura rechinó. Falanda parpadeó otra vez mirando atentamente al enorme guerrero. Frunció el ceño intentando recordar con más empeño. Al final se rindió.
—No, comandante, no recuerdo haber conocido antes a este noble guerrero —respondió con gran respeto. Ella concluyó, por la impresionante armadura y también por ser un Dragón Rojo, que Sultur debía tener algún rango de importancia en los ejércitos de los protectores de Noatum—, ¿nos hemos visto en alguna otra parte, señor…?
—No, no, nunca nos hemos visto antes —respondió Sultur. Su voz ya no era nerviosa, tampoco fuerte o violenta como siempre. Sorprendió a Ranma al hablar con una voz ronca, pausada, de timbre poderoso pero melancólico—. Yo recordaría haber conocido a una doncella tan dulce como usted. Espero pueda perdonarme el haberla perturbado.
—Mu-muchas gracias, no es necesario que se disculpe —Falanda se sintió extraña, como si esa voz más ronca y melódica evocara ecos lejanos en su mente y un extraño palpitar en su corazón, pero no fue más allá de un esquivo sentimiento de nostalgia que rápidamente sacó de su mente para no distraerse—. Ahora, si pueden disculparme, debo apresurarme para llegar a cumplir con mi trabajo en el palacio.
—¿Trabajo? —se preguntó Sultur—. No, está bien, perdóneme una vez más por haberla molestado.
Sultur dio un paso al costado y Falanda avanzó tras despedirse cortésmente de los dos guerreros. Ranma se quedó estupefacto hasta que la doncella avanzó un buen tramo, hasta verse pequeña y borrosa a través de la neblina.
—¡¿Por qué no le dijiste quién eras?! —reaccionó el joven, en una mezcla de frustración y enojo—… ¿Sultur?
Ranma se quedó quieto. Sultur no estaba nervioso, tampoco enojado, no. El cuchillo de la ira de Hel apretaba sus enormes puños con el rostro alzado hacia el cielo. Lágrimas caían de sus ojos inexpresivos y rodearon el cuadrado mentón hasta gotear sobre la armadura de su pecho.
—Está bien, comandante, es mejor así —respondió el demonio, conteniendo su emoción—. Si no me recuerda, entonces quiere decir que tampoco recuerda nada de su vida en Nilfhel. Ella es… perfecta. Su alma tan pura como antes de… de esa tragedia —sorbió con fuerza por la nariz reteniendo las lágrimas—. Ella es tal como la recordaba en esa vida que perdimos.
El joven Saotome no supo que responder. Jamás creyó ver al violento demonio de la ira convertido en un hombre lleno de emociones, en una mezcla de felicidad y tristeza, de victoria y pérdida, que a él difícilmente podría soportar. Giró el rostro mirando la silueta de Falanda cada vez más distante y débil ascendiendo por la inclinada callejuela.
—Has cumplido tu promesa contra todas las maldiciones de Hel y le has dado al alma de mi doncella Falanda un poco de justicia. Yo ahora cumpliré la mía y serviré con mi vida a los Dragones Rojos. Desde hoy reconozco su autoridad con el respeto que siempre mereció tener, comandante Saotome.
Sultur, para sorpresa de Ranma, se inclinó con la devoción de un antiguo caballero. No solo se trataba de Falanda, pues también el alma de ese demonio había recobrado la paz, el consuelo y el final de la maldición de ira que Hel les había impuesto.
Ranma se rascó la cabeza, se sentía incómodo y también triste por Sultur. Chasqueó los dedos con fuerza.
—Sultur, tengo una orden para ti.
—Lo que desee, comandante Saotome.
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Falanda dejó la canasta en el suelo para descansar un poco las manos y estirar la espalda. Se pasó la mano por la frente y echó atrás la capucha pues el esfuerzo la había hecho sudar. Fue a tomar la canasta cuando la gran mano de Sultur se le adelantó levantándola sin ningún esfuerzo.
—¿Se-Señor…?
—Sultur, ese era mi nombre —respondió el guerrero con un gesto de disgusto—. El comandante me ordenó que la escoltara hasta el palacio.
—Oh, no, no tiene que molestarse, usted es un noble caballero que ha de tener muchas obligaciones todavía más importantes que el ayudarme…
—¡Es mi deber! —gritó Sultur airado. El grito hizo que la doncella se encogiera y los vidrios de las ventanas de los alrededores temblaran—. Digo —se excusó al momento con voz ronca y melancólica—, es una orden, y debo cumplirla con mi vida, nada más.
—E-entiendo…
—Sultur, llámeme por mi nombre.
—Está bien, caballero Sultur.
—Solo Sultur, ¡y no se diga más! —el demonio avanzó con el rostro inclinado, dándole la espalda a la doncella.
Falanda lo siguió con pasos rápidos para tratar de igualar las zancadas del gran demonio, pero más aliviada de no tener que cargar con tanto peso. Repentinamente, al alzar los ojos y ver la poderosa espalda del demonio, tuvo una extraña visión.
Era un bosque cercano a un castillo, las tropas marchaban custodiando una carreta en la que iba ella y otras personas a las que no podía recordar. Todos los rostros estaban borrados de su memoria. Pero adelante los dirigía el más alto y noble de todos los caballeros, de espalda plateada por la armadura y el estandarte de reino colgando de su hombro como una capa.
La doncella parpadeó confundida. Esa enorme espalda era la misma que ahora iba delante de ella cargando como si fuera una pequeña flor la pesada canasta. Se tocó las mejillas, estaban cálidas, pero ya no sentía el calor del ejercicio. ¿Tendría temperatura?
—¿Qué haces quedándote atrás? —la llamó Sultur con brusquedad—. ¡Muévete o llegarás tarde a tus deberes!
—S-Sí, señor Sultur.
—E-Espero que mañana no te distraigas tanto —dijo el demonio, ya no tan seguro, perdiendo un poco la voz al final.
—¿Mañana? —preguntó Falanda.
—S-sí —titubeó Sultur—. Las órdenes que recibí fueron de custodiarla todos los días en su camino de ida y regreso al palacio.
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Rashell y Méril discutían en una enorme sala abandonada. El aroma del mar todavía impregnaba con fuerza las paredes y los muebles de madera estaban cubiertos de corales muertos.
—Geez, este lugar es un chiquero.
—Se siente familiar —dijo Méril.
El más joven observó con cuidado las escaleras que a ambos costados ascendían a un balcón que rodeaba media sala, desde el que se veían más puertas y pasillos que llevaban a lugares desconocidos. Cuerdas y algas colgaban de los bordes y viejos escudos de armas estaban tirados junto a los escombros.
—Ah, es por eso... Es más grande, pero no deja de ser similar al salón del cuartel —concluyó Rashell—. No me parece que sea una coincidencia.
Méril negó con la cabeza, estaba de acuerdo con su amigo y tampoco le parecía una coincidencia que ese lugar se asemejara tanto al cuartel que los Dragones Rojos tenían en la ciudad de Valhalla. Después de todo el edificio había sido diseñado por Freyr, el mismo que de niño había habitado en Noatum junto con sus padres cuando llegaron de Vanaheim.
—¿Qué dice Ranma, está de acuerdo? —preguntó Rashell, caminando entre los escombros, examinando mejor el lugar.
—Sí —respondió Méril, distraídamente mientras levantaba unas tablas tiraba de las algas secas—, aunque creo que todavía no se lo dice a Akane.
Rashell pasó el aire entre los dientes en un gesto exagerado de dolor.
—Mientras más demore, más difícil será. Ese idiota, geez…
—¿Se lo dijiste a Nabiki? —preguntó Méril, fingiendo inocencia.
El exmercenario y antiguo dios de la muerte de Vanaheim guardó silencio. Méril se sonrió victorioso.
—Supongo que tú sí lo hiciste con la pequeña Prisma —contraatacó Rashell.
Méril tropezó de bruces sobre una pila de escombros. Se sentó en el suelo frotándose la cabeza.
—No sé cómo hacerlo —confesó el más joven—, ella está ilusionada con que viviremos todos en el palacio, desayunaremos en el gran salón real con el resto y… ya sabes.
Sonrojó con fuerza. Rashell alzó una ceja.
—¿No estás doscientos años demasiado joven para pensar en casarte, Méril?
—¡N-no he dicho n-nada de ca-casarme!
—¿Entonces convivir?
—¡Por supuesto que no!
—Geez, qué inocente. ¿Te sonrojaste solo imaginando darle a Prisma un tierno beso de buenas noches todos los días antes de irse cada uno a un ala separada del castillo? Para eso estar allá o acá es lo mismo, no se dará cuenta de la diferencia —Rashell se acercó a Méril susurrándole al oído—. Igual podrás darle un cándido beso de buenas noches todos los días a tu novia…
—E-Ella no es mi novia —titubeó Méril, apartándose y sacándoselo de encima, sonrojándose furiosamente—… to-todavía.
—¿Todavía? Geez, por los cien universos, se pasan el día sin despegarse el uno del otro como si fueran un par de cursis lobos, ¿y aún no eres capaz de pedirle que sea tu novia? —Rashell se pasó la mano por el rostro—. Estamos a la deriva en un universo muerto, cada día puede ser el último, y todavía se dan el tiempo de ser torpemente románticos. ¿Qué harás, tendrás a la pobre esperando a que te armes de valor más años que Ranma con Akane?
—¿Me llamaste? —dijo Ranma.
El joven Saotome los sorprendió apareciendo detrás de ellos, dejando una estela azul con su silueta que se deshizo como la nieve en el viento.
—¡Ranma! —exclamó Méril.
—Ya era hora, creía que nos estabas dejando el trabajo duro mientras te escapabas igual que tu padre —se burló Rashell—, supongo que está en la sangre.
—Sigue y te mostraré qué más tengo en la sangre —advirtió Ranma.
Rashell agrandó su sonrisa. Tenía razón, el carácter de Ranma era cosa de la sangre, porque cuando se enfadaba era tan atemorizante como su viejo amigo Njörd.
—¿Y, funcionará? —preguntó Ranma, mirando el lugar con ojos atentos.
—Eso espero —respondió Méril—. Está en excelentes condiciones, los escombros serán fáciles de sacar y en un día o dos de limpieza profunda ya podremos comenzar a instalarnos y operar. Ranma, ¿estás seguro que quieres, ya sabes, separarte de Akane?
Ranma entrecerró los ojos, ignorándolo como si no lo hubiera escuchado. Se pasó la mano por la cabeza y suspiró.
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Akane se paseaba de un lado al otro de la habitación, tan nerviosa y rápida que el espacio se hacía pequeño para ella. Millia susurraba una suave melodía mientras sostenía en sus brazos a la pequeña Amatista contra su pecho, y al contrario que su amiga se encontraba calmada, feliz e incluso un poco divertida con la ternura que demostraba Akane en su desesperación.
—Entonces… —dijo Millia, alargando las sílabas para tener tiempo de pensar en qué responder, porque era obvio que Akane esperaba alguna respuesta de su parte—, Akane, ¿has pensado en decírselo directamente a Ranma?
La joven gobernadora paró de golpe. El hermoso vestido blanco y azul escarchado se meció hacia adelante empujado por la inercia, de la misma manera que su melena más larga se meció acariciando sus delicados hombros. Los zarcillos de cristal reflejaron en su movimiento la luz que entraba por la ventana, la misma que hacía juego con el reflejo en los ojos ámbar cristalizados por el temor que los dominaba. Giró la cabeza hacia Millia y su gesto fue de pavor.
—¿Decirle… a quién? —preguntó con la voz vibrante y un poco descolocada.
—A Ranma.
—¡Pero el problema es él!
—Con mayor razón, Akane, es que debes primero hablarlo con él —dijo Millia—. ¿Por qué tienes tanto miedo de enfrentarlo?
Akane giró el rostro hacia el frente con la fuerza de un gesto marcial. Avanzó hacia el sillón al costado del sofá que ocupaba Millia y dando un rápido giro se dejó caer con las piernas juntas, las manos sobre las rodillas, espalda erguida y los ojos bien abiertos, como si hubiera visto un fantasma.
—Es que… no sé cómo hacerlo.
Millia terminó de amamantar a Amatista y con cuidado se bajó la blusa. Akane, distraída, reaccionó tarde para ayudar a su amiga y le alcanzó un pañal, Millia lo usó para cubrirse el hombro y abrazó a su pequeña masajeándole con cuidado la espalda.
—No lo entiendo, Akane. Esperaste tanto tiempo por volverlo a ver, incluso lo creíste muerto y sufriste como ninguna su pérdida, y ahora que lo tienes a tu lado ¿no puedes decirle lo que estás pasando? —Millia negó con la cabeza—. Ahora comienzo a creer lo que me contaron tus hermanas.
—¡¿Qué te contaron ellas?! —exclamó Akane asustada.
—Que Ranma y tú viviendo bajo el mismo techo, enamorados como solo dos jóvenes almas pueden estarlo de verdad, como cuando la luna se encuentra con el sol y la tierra entera se oscurece avergonzada de tanto amor, no fueron capaces durante años en ser honestos con lo que sentían —Millia se sonrió suavemente del sonrojo de su amiga—. Son tan tímidos que bien podrían competir con Prisma y el joven Méril.
—¡Millia! —reclamó Akane, tan roja como una manzana madura—, no te burles, este es un asunto serio.
—Oh, lo siento, Akane, pero no puedo evitar disfrutar tu felicidad.
—¿Felicidad? —preguntó Akane confundida con un gesto inocente.
Millia volvió a sonreír, luego suspiró profundamente. Terminó de acariciar la espalda de Amatista y limpiándole la pequeña boquita con el pañal, la acomodó en los brazos y comenzó a mecerla suavemente.
—Akane —dijo sin mirarla, acariciando el rostro de su pequeña hija—, durante todo el largo tiempo que sufrimos la ausencia de Ranma y sus amigos, el invierno se había apoderado de tu corazón. Vivías con una sonrisa amable para otros, dedicándote a tu trabajo de gobernadora y la reconstrucción de Noatum, pero no eras feliz. Sabes que no puedes mentirme, siempre estuve a tu lado —se apresuró en agregar al ver que Akane quiso interrumpirla—, ¿digo la verdad?
Akane cerró la boca y dándose por vencida inclinó el rostro asintiendo.
Millia dejó a Akane sola con sus pensamientos y caminó hacia la cuna, donde depositó muy delicadamente a su pequeña hija. La arropó y besó en la frente, acariciando su cabeza. Al erguirse descubrió que Akane seguía sumida en el silencio. Suspiró y se preguntó si no estaba siendo muy dura con ella. Regresó y se sentó otra vez en el sofá, pero del lado que estaba junto al sillón de Akane. Tomó las manos de la joven entre las suyas y buscó sus ojos.
—Akane, mi querida amiga, has hecho cosas increíbles de las que deberías sentirte orgullosa por el resto de tu vida. Cuando Ranma falleció aceptaste trato forzado y cruel con la dama Freya, dejando tu hogar y familia para convertirte en una estudiante de la magia, y te aventuraste a los lugares más peligrosos de Asgard solo para conseguir una manera de traerlo de regreso. Te enfrentaste a los enemigos temidos y poderosos sin dar pie atrás para protegernos a todos. Luego, el destino quiso que en pocas horas tuvieras que asumir la verdad sobre Ranma, la responsabilidad de gobernar esta ciudad y cargar con el futuro de su gente. Sin que nadie te lo pidiera, asumiste también el deber de salvar a todos los sobrevivientes del Ragnarok que buscaran refugio.
—Millia, no es verdad —Akane trató de negarlo moviendo la cabeza—, yo no tuve otra opción, es todo.
—No, Akane, no lo niegues, permíteme que te ensalce porque lo mereces. Por si fuera poco, no pasando mucho tiempo desde que descubrieras la existencia del arte de la magia, te convertiste en sucesora de la dama Freya y ganaste tu título propio como señora de la magia de Midgard, con todos los males y peligros que eso puede significar en el futuro. Akane, has crecido, madurado a la fuerza a pasos agigantados, en momentos no has podido siquiera tomar aliento antes que el destino exigiera más y más de ti. Te vi esconder tus sentimientos, encerrarlos, llorar en silencio durante las tardes en que visitabas la tumba de Ranma para después limpiarte las lágrimas. Incluso los escondiste de mí para que no me preocupara más que por mi familia, en especial cuando caí enferma.
—Mi-Millia…
—Pero ahora estoy bien, Akane, gracias a ti… y a Ranma, por supuesto. Inclusive Kapsuo está muy agradecido con ustedes dos —Millia hizo un pequeño gesto fingido como de cansancio y suspiró—, aunque sea tan terco que no lo quiera demostrar.
—Sí, me recuerda mucho a otro hombre muy terco que conozco —Akane la imitó suspirando con más exageración todavía—, me preguntó qué tienen los Saotome en la sangre que son incapaces de reconocer que necesitan ayuda a veces, y son peores para agradecerla.
Ambas mujeres rieron recordando a sus hombres.
—Supongo que será nuestra pequeña maldición el tener que soportarlos —se quejó Millia.
—Millia, pobre Millia, estás recién empezando a conocerlos —dijo Akane—, si supieras la mitad que yo jamás te hubieras casado.
—¡Akane, por los bosques de Gimle, que me estás asustando de verdad!
Sus risas despertaron a la pequeña Amatista, que dio un fuerte grito al empezar a llorar. Millia y Akane se miraron entre sí con miradas de arrepentimiento, y resignada la primera dejó su lugar para ir por su hija. Tras tomarla en brazos la meció paseándose por la sala.
—¿Quieres que la cargue un rato? —preguntó Akane.
Millia agradeció con un movimiento de cabeza se la entregó a Akane. La joven gobernadora de Noatum, todavía sentada en el sillón, comenzó a mecerla y a hacer gestos chistosos a la pequeña. Amatista la miraba atentamente y en lugar de reír otra vez rompió en llanto. Akane hizo un gesto de dolor y Millia volvió a tomar a su hija meciéndola para tranquilizarla.
—Lo siento...
—No te culpes, Akane —dijo Millia con una sonrisa conciliadora—, está con sueño y eso la pone de mal humor… es idéntica a su padre.
Akane miró hacia la ventana notando recién el cambio en la luz del exterior. Suspiró profundamente, esta vez de manera auténtica y la tristeza regresó a su rostro.
—Akane, ¿todavía piensas en cómo enfrentar a Ranma?
Los ojos de Akane se humedecieron y al darse cuenta se los limpió rápidamente con las manos.
—Lo siento, pero es todo tan extraño. Durante meses, casi un año, estuve soñando cada noche con tenerlo a mi lado, y ahora que finalmente lo tengo es… a veces apenas lo reconozco. De momentos es el Ranma que conozco, pero en otras ocasiones se comporta como una persona completamente diferente, cerrando su mente y corazón. En esos momentos extraño tanto al Ranma inocente y abierto de antes, porque ahora pareciera guardarme secretos, planear a mis espaldas como si fuera un enemigo del que debo cuidarme, en lugar del Ranma en el que debería confiar mi vida. Sus ojos a veces… parecieran reflejar ese vacío que percibo en él, ese abismo que desea engullirlo todo, incluyéndome. Me da tanto miedo que evito sus miradas, y eso más me hace sentir culpable y avergonzada. ¡¿No debería ser yo la primera persona en confiar en él?!... ¡¿Ranma no tendría que confiar en mí más que en sus amigos o en esa Heid?! —alzó la voz con fuerza. Al momento inclinó el rostro y habló casi en un hilo de voz—… Lo siento, es solo que…
—Te sientes sola aún estando con él —dijo Millia.
Akane la miró sorprendida.
—No te preocupes, Akane, es solo que tanto tiempo sin Ranma seguramente te ha hecho idealizar mucho la relación que tenías con él —aclaró Millia—. Una cosa es desearse, otra muy diferente es amar a esa persona cada día con sus virtudes, defectos y secretos. Lo sé por experiencia, todavía hay cosas que Kapsuo no me cuenta de su pasado y yo, por más que quisiera conocer y poder consolar sus heridas, me mantengo al margen. ¿Le haría algún bien intentando sacarle a la fuerza sus recuerdos, o que me revelara el significado de sus constantes silencios? No, Akane, no, porque sé que me ama y confía en mí, como yo en él, y cuando llegue el momento y esté listo abrirá esa parte de su corazón que todavía teme revelarme. Ranma también ha cambiado y madurado como tú, ha visto cosas y vivido otras que seguramente no le contaría a nadie jamás, ni siquiera a ti, porque él mismo no desea recordarlas. Debes tener paciencia, deja que él solo se abra a ti, después de todo debe ser el más asustado con los cambios que ha sufrido.
—¿Ranma tiene miedo? —preguntó Akane incrédula.
Estaba sorprendida, como si hubiera tenido una repentina revelación que hacía ver a su recuperado prometido con otros ojos, a interpretar de manera diferente los momentos de silencio que antes la perturbaban. Ha comprender que si bien Ranma parecía saludable e indemne, era posible que otras heridas más secretas todavía estuvieran abiertas dentro de su corazón, y ella en su torpeza no las había visto.
—Así que es mi culpa —dijo Akane finalmente, cubriéndose la frente con ambas manos y descansando el peso de la cabeza en los brazos y las piernas—. Todos los días soñaba con su regreso, escapando de la muerte como de tantos peligros que antes nos rodeaban, y que al volver todo sería como antes, o mejor que antes. Regresaríamos a Nerima, nos encargaríamos del dojo, hablaríamos cada día como siempre lo hicimos al salir de la escuela, nos casaríamos y… estoy siendo ridícula, ¿no es verdad?, una tonta.
—No, no lo eres, Akane —Millia extendió la mano poniéndola sobre la cabeza de su amiga, acariciándola con ternura—. Deja de recriminarte tan cruelmente, porque si existe culpa es de ambos. Ranma tampoco debe saber manejar muy bien la situación, estoy segura de que todavía debe tener muchas cosas que decirte pero no sabe cómo ni cuándo hacerlo, y no es que sea especialmente bueno para eso.
—Ni te lo imaginas —murmuró Akane, arrancando una suave sonrisa en ambas.
—¿Ves, Akane? Lo conoces mejor que yo, mejor que cualquiera. Pero debes aceptar que la vida siempre cambia en una sola dirección y es posible que jamás recuperen lo que antes tenían. Es hora de que aceptes la verdad, que Ranma ya no ese chico que conociste en Nerima, así como para él tú jamás serás otra vez ser la misma chica que amó —Millia se detuvo un momento, con los ojos cristalizados de la emoción, y respiró profundamente antes de continuar—. Yo jamás volveré a ver Gimle, o Kapsuo nunca recobrará la infancia que perdió junto a Ranma y sus padres. Cada habitante de Noatum, por más que lo desee, nunca podrá a volver a vivir en Asgard, porque este universo ha terminado como muchas cosas de nuestro pasado.
Akane levantó el rostro y la miró a los ojos. Millia acarició el cabello de Akane y se lo acomodó detrás de la oreja, revelando la nueva forma que tenía, más alargada y un poco puntiaguda. Akane, avergonzada, se cubrió otra vez la oreja con la mano.
—¿Se lo contaste ya? —preguntó Millia.
Akane negó con la cabeza.
—¿Por qué no? —insistió Millia.
—Ya tiene demasiadas cosas en qué pensar, no quiero preocuparlo más. Además, no sé cómo va a reaccionar al enterarse que yo… que mi cuerpo… Lo siento, Millia, me es difícil discutirlo.
—¿Qué no puedes decirle, el que ya no seas una midgariana? ¿O que tu nueva naturaleza tampoco sea en realidad la de un elfo o un vanir? ¿O el que ni siquiera tú sepas en qué te convertiste? —Millia preguntó y luego suspiró vencida—. Siento haberte contado lo de mi abuela Amatista y lo que hizo para convertirme de aesir a hada. Si no lo hubieras sabido…
—Estaría muerta, o peor, Iris hubiera muerto por salvar a la ciudad. ¡O quizás ninguno estaría vivo! —reaccionó Akane con fuerza, sacando toda su frustración contenida.
—Akane…
—Lo siento, Millia, pero no te culpes. Fue mi decisión utilizar ese hechizo, debí imaginar que podría tener consecuencias, menos si en realidad apenas tenía una noción de cómo hacerlo. Supongo que no soy la gran señora de la magia que debería, apenas una novata que la situación quiso poner en evidencia, una farsa, yo… Oh, lo siento, lo siento mucho, ya me estaba dejando vencer.
—Menos mal que te diste cuenta antes que te diera uno de estos en la cabeza —Millia la amenazó meciendo el puño en alto—. Yo también puedo ponerme violenta si quiero, Akane.
La pequeña Amatista agitó los brazos y rio celebrando las palabras de su madre.
—Es lógico que esté de tu lado —refunfuñó Akane, de pronto su rostro cambió y se puso de pie—. Oh… ¡¿entonces Ranma no quiere contarme lo que le sucedió porque pensará lo mismo que yo, que puede preocuparme o lastimarme?!
—Ahí lo tienes —celebró Millia—, ya era hora que te dieras cuenta.
—¡Ah, lo siento! —Akane se volvió a sentar con el gesto de una niña arrepentida ante una travesura—, lo siento mucho, no me había dado cuenta que yo estaba haciendo lo mismo que le recriminé esta mañana. Soy una boba.
—Ambos lo son —dijo Millia—, un par de bobos que piensan tanto las cosas y les cuesta todavía más decirlas, que terminan lastimando al otro cuando en realidad deseaban hacer todo lo contrario: protegerse mutuamente.
Prisma entró en la sala interrumpiéndolas.
—Millia, lo siento, pero han venido por Akane —dijo con exagerado pesar.
Akane reaccionó nerviosa y miró hacia la ventana.
—Se me ha hecho muy tarde, Nabiki me matará y de seguro envió a Uruz a buscarme con alguna exagerada escolta como siempre. Debería encontrarme ya dirigiendo la reconstrucción del barrio sur para los nuevos refugiados.
—Oh, eso parece emocionante.
—¿Arrancar algas y arrecifes de coral secos y hediondos? —exclamó Akane—, ¿tratar que los enanos e ynglingars no se maten entre sí cuando discuten la manera de cómo llevar a cabo la reconstrucción? ¿Vigilar a los einjergars que no acosen a las hadas que nos asisten durante las obras, o que Ámbar termine ejecutándolos a ellos?
—Bien, bien, ya entendí —respondió Millia con un poco de culpa—. Si quieres te asisto, ya me siento mejor desde que se restauró la energía en la ciudad y…
—Amatista te necesita todavía —la interrumpió Akane—, ¿y crees que Kapsuo me perdonaría si te hago madrugar cuando recién te estás recuperando? No temas, que sigo siendo la gobernadora y si se ponen testarudos se los recordaré, aunque deba hacerlo a golpes.
Millia lanzó una carcajada que intentó contener con recato. Tratando todavía de calmarse y limpiándose el rostro de las lágrimas de alegría, se dirigió a su prima la más joven.
—Oh, Prisma, no deberíamos tener esperando tanto tiempo al señor Uruz, ¿por qué no lo haces pasar?
—Es que no se trata de Uruz, Millia —Prisma le cerró un ojo a su prima y ella comprendió.
La única que no entendió el mensaje fue Akane, que miró a una y a otra confundida. En eso entró en la sala un joven hombre de uniforme negro, adornos de plata, un largo pañuelo atado alrededor del cuello y que caía por la espalda abriéndose como una capa y las mangas arremangadas a la altura de los codos, con guantes que dejaban al descubierto los dedos. El cabello lo llevaba muy desordenado cayendo sobre su frente y ojos, con una pequeña coleta se ataba la corta melena, pero dos largos mechones se escapaban por los costados de su cabeza, porque eran demasiado cortos como para conseguirlos tomar con el resto del cabello que caía tras el cuello. Los ojos azules miraron ávidamente, rápidos, buscando a su objetivo. Recién entonces relajó el gesto amenazador de su rostro cuando la encontró, y volvió a sonreír como el joven que siempre conocieron.
—Hola, Millia —saludó Ranma con naturalidad—, vine por Akane.
—¿Ranma? —preguntó Akane, sorprendida y un poco avergonzada—, ¿qué haces aquí?
—Buscándote, eso es obvio —respondió el joven de mal humor—. Te busqué por toda la ciudad, ni siquiera Nabiki sabía dónde estabas, aunque igual me chantajeó antes de confesármelo y me obligó a hacerle algunos mandados… ¡Cómo sea!, eso no interesa ahora. ¿Qué demonios estabas haciendo aquí?
Akane, todavía sorprendida, no atinaba a responder nada. Millia, sonriendo, se le adelantó.
—Pronto cenaremos, ¿no quieres quedarte y comen con nosotras? Será una noche larga de trabajo.
—Ah… —Ranma lo dudó para vergüenza de Akane, la que haciéndole señas, primero discretas y después bastante obvias, trató de que se negara cortésmente—, ¿Kapsuo cenará también aquí?
—Claro que sí, bobo, si esta es su casa —lo recriminó Akane, antes de que Millia pudiera decir una palabra.
Ranma torció los labios.
—Entonces me niego. No quiero cruzarme con él por ahora, sería incómodo comer en la misma mesa.
—Ranma, ¿estás molesto con Kapsuo por alguna razón? —preguntó Millia, realmente preocupada por las relaciones en la familia.
Akane sonrió un poco avergonzada de que su amiga se tomara tan en serio las idioteces de su prometido.
—N-no, claro que no —confesó Ranma, sonrojado—. Es solo que todavía no tengo mi revancha con él y… ya saben.
—No quieres que Kapsuo te enrostre el que te ganó la última vez, ¿no es así? —concluyó Akane con aires de sabiduría—. Por eso lo evitas tanto.
Ranma no respondió, pero apretó los labios y casi pareció que infló las mejillas como un niño taimado, empuñando las manos. La ternura de Ranma arrancó un suspiro de Akane y una sonrisa resignada. Luego, su sonrisa se tornó de emoción, porque le encantaba ver a Ranma siendo otra vez tan él, como el que era en Nerima.
Las chicas rieron y Ranma, enfadado y todavía un poco sonrojado, las evitó mirando en otra dirección.
—Boba… —susurró.
Pero sus ojos volvieron a Akane discretamente, a ella y solo a ella, mientras la chica reía alegremente.
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Iban juntos por las zigzagueantes calles de Noatum, intercaladas por escaleras que unían una a otra a través de estrechos callejones. La luz era cada vez más escasa y el gran muro norte proyectaba su sombra sobre gran parte de la ciudad. Campanadas se escuchaban a la distancia que anunciaban a sus habitantes los distintos horarios así como el inicio y fin de las distintas obras en las que todos cooperaban a su manera.
Las gaviotas cantaban, los niños reían y jugaban emulando a los nuevos héroes, toda la ciudad bullía de vida en los lugares más poblados, aunque sus habitantes no eran capaces todavía todas las ruinas de Noatum dejando grandes áreas completamente desiertas y sin restaurar, en especial descendiendo hacia las murallas exteriores en el sector más bajo y donde se llevaron las cruentas batallas.
Ranma y Akane caminaban en descenso dejando atrás el centro de la ciudad y el gigantesco palacio en una alta colina urbanizada, donde la torre principal en la que se encontraba el puente de mando de Noatum era como un gigantesco cristal que reflejaba en sus caras el cielo y el mar más allá de los muros. A su lado izquierdo grandes casonas se apilaban una tras otra, con escalinatas a las entradas por el desnivel del suelo inclinado, del lado derecho la avenida era cerrada por una sinuosa baranda de roca con estatuas a cada pocos metros, de las que apenas quedaban las piernas y algún que otro fragmento del cuerpo o las armas que antaño las adornaban. Más allá de la baranda un alto muro liso como un acantilado los separaba de los tejados de la sección más baja de la ciudad, puesto que ese descenso pegado a la muralla interior era una de las vías que unía el centro elevado de la Noatum central, con la ciudad más baja que la rodeaba y que durante milenios estuvo sumergida.
Los pasos de ambos eran cada vez más lentos, como si quisieran en sus corazones alargar el momento hasta una eternidad. Ninguno de los dos quería regresar al arduo trabajo que los esperaba, no para evitarlo, sino porque los hacía estar tan ocupados que ni siquiera habían podido disfrutar el uno del otro. A veces, Ranma imaginaba que era un sueño estar ahí con Akane. En ocasiones, Akane creía que Ranma no era más que una ilusión producto de sus desvaríos.
Los tiempos no eran lo único que los separaban, sino también los silencios en los que no sabían qué decirse ni por dónde comenzar, y que en ocasiones los llevaban a discusiones tontas que los hacían perder el poco tiempo que tenían para estar juntos, como la que tuvieron esa mañana.
No habían pasado todavía un par de días desde la gran batalla contra la destruida armada de Hell. Ranma iba con las manos detrás de la cabeza y los trabajos de reconstrucción se habían hecho más duros. Además, la restauración de la energía en la ciudad había prodigado de nueva vida junto con el retorno del uso de la magia, así los que vivían en Noatum no padecían de la maldición del vacío que hacía sucumbir al resto de Asgard.
El gran diamante, la forma que tenía el perímetro de la nueva Noatum, se había dividido alrededor del centro de gobierno, la antigua Noatum, en cinco barrios de los que solo tres estaban ocupados actualmente.
El triángulo central que abarcaba desde centro hasta la proa de la nave-ciudad, era el sector militar, o barrio de las espadas, y también el lugar donde moraban la mayoría de los einjergars rescatados de las costas de Asgard. Abundante en patios de entrenamiento, avenidas amplias que comunicaban rápidamente con el resto de Noatum para movilizar las tropas, posadas para el entretenimiento de las tropas y que ocupaba a la mayoría de la mano de obra civil de las otras razas. Una imponente fortaleza con arquitectura de la antigua Vanaheim se erigía en el centro del barrio de las espadas y se elevaba vistosa sobre los otros edificios y mansiones, allí se encontraba el comando central, lugar donde el general Kapsuo Saotome se encargaba de organizar las fuerzas de la ciudad e impartir las medidas necesarias de justicia, que mantuvieran el orden entre las a veces presionadas tropas.
El barrio del martillo era el siguiente en un gran triángulo que abarcaba el antes abandonado puerto en torno al círculo de la bahía artificial. La raza de los enanos lo hizo su morada, con su propio sistema de gobierno y justicia que recaía en los antiguos clanes enanos, aunque seguían estando supeditados a la autoridad central de Noatum. Con su maestría e ingenio convirtieron el lugar en la música de los martillos y brasas, donde se forjaban las armas, herramientas y materiales de construcción, artesanías, donde se desmontaba todo lo que podían rescatar de las costas y también lugar donde algunos ingenieros del arte de la forja inventaban maquinarias que mezclaban la mecánica y la magia. También improvisaron un pequeño astillero donde confeccionaban las primeras y únicas naves con que contaba la ciudad.
Del lado opuesto y frontal de Noatum estaba el barrio de Gimle. Las ruinas habían revelado un extenso jardín fosilizado y cubierto de coral. Sin ayuda de la magia las hijas del desaparecido bosque eterno se esforzaron en conseguir resucitar el jardín, convirtiéndolo en un pequeño bosque al interior de la ciudad, donde salvaron todas las especies que pudieron rescatar. Ahora, con la restauración de la magia, en tan solo dos días la magia de las hadas había convertido el bosque y su barrio en un lugar lleno de encanto, cristales luminosos, raíces vivientes que reemplazaron a las antes derruidas casas formando hogares y fuentes cristalinas. La vida del barrio de Gimle poco a poco comenzó a esparcirse por el resto de Noatum, como los pétalos y hojas que se hicieron parte de la fragancia de toda la ciudad.
De los últimos dos barrios únicamente uno estaba ocupado por los elfos de las tierras exteriores y algunos más rescatados de las costas de los dioses. Todavía eran muy pocos en número, pero se trabajaba arduamente en este y el barrio todavía en ruinas, pues por los Dragones Rojos sabían que se había conseguido evacuar a los habitantes de Svartalfaheim y Alvheim, y que pronto llegarían a la ciudad en las últimas naves que abandonaron las costas de Jotumheim y rodearon los hielos del mar del norte de Asgard. Allí se dirigía la pareja más poderosa y quizás la más inocente de todos.
Akane se detuvo y miró la espalda de Ranma avanzar.
—Ranma, ¿sigues molesto conmigo?
—¿Molesto? —Ranma se detuvo metiéndose las manos en los bolsillos—. No sé de qué me estás hablando.
—Deja de fingir, ¡por lo de esta mañana!
—Ah, eso —respondió Ranma con un tono distante y algo sarcástico—, casi lo había olvidado.
Akane suspiró.
—Lo siento, Ranma, no debí decirte muchas cosas que… en realidad no siento.
Ranma dio una rápida mirada a Akane, parecía molesto, pero al descubrir la tristeza y aflicción en el rostro de la chica, chasqueó la lengua y le dio la espalda girando hacia la baranda. Se apoyó en el borde de piedra mirando las luces del atardecer que cambiaban de tonalidad los tejados. Aunque la ciudad ya estaba distribuida entre las razas y los barrios, en la realidad las ruinas y la soledad seguían siendo los dominantes, siendo los lugares ocupados pequeños centros unidos entre sí por avenidas también habitadas y ya reparadas para el tránsito. Aún se hablaba de pasadizos secretos, tesoros ocultos, incluso espectros en ciertos lugares de la ruinosa Noatum.
Nada de esto venía a la mente del joven. El silencio lo hacía rememorar las ruinas de Vanaheim y su dolorosa soledad. La arquitectura de las ruinas tampoco ayudaba, pues se trataba del estilo de los vanir y su historia estaba impregnada en cada columna, estatua, fuente y mural.
—No estoy molesto contigo, Akane —dijo Ranma, con una seriedad que distaba mucho del joven despreocupado que ella una vez conoció.
El corazón de Akane se comprimió. No era sus palabras, sino el timbre doloroso y a punto de quebrarse de la voz de su recobrado prometido el que la hizo temer y sufrir. Akane siempre fue una chica muy empática con los dolores de los demás, incluso a veces ignorando los de ella, y al ver el rostro de Ranma iluminado por la luz tenue del atardecer sintió una mezcla de emoción y también miedo. De alegría y tristeza. El perfil de Ranma era ahora más maduro, endurecido por las experiencias, los labios se cerraban como si fueran de una estatua de roca, el cuerpo lo erguía con disciplina marcial, la cabeza la alzaba orgullosa y el cabello mal cortado apenas tomado en una coleta que se mecía al viento.
Realmente lo había extrañado, pero al mirarlo comprendió que ya no solo le gustaba como una chica gustaba de un chico de su clase, o lo amaba como una adolescente amaría idílicamente a su joven amor secreto. No, ya no era así. Ella lo amaba de verdad, como una mujer a un hombre que se había ganado todo lo que ella era y sería, porque ya no concebía un futuro donde uno no fuera parte del otro.
Todas las dudas y discusiones que arrastraron sus miedos sin explicación, desaparecieron hasta olvidar la razón por la que habían desperdiciado valioso tiempo en lugar de tan solo amarse, o mirarse, tocarse, susurrarse y, quizás, susurrarse en secreto.
Ella lo amaba, amaba a Ranma Saotome, por lo que era y por lo que es, incluso por lo que llegara a ser un día si los miedos de Ranma se llegaban a cumplir y se convertía en alguna clase de monstruo. De eso habían discutido, incluso Ranma la llevó a la tumba, dando uno de su vertiginosos saltos que la mareaban aún, para demostrarle que él ya no era el Ranma que ella había amado, que ese cuerpo que él tenía ahora, que era su auténtico cuerpo guardado en un pequeño embrión casi fosilizado en las ruinas sin vida de Vanaheim durante milenios, no era el cuerpo que la había tocado y deseado.
Él insistía en que era otro Ranma, que el Ranma que ella amó estaba enterrado ahí en Noatum, que era un ser del vacío, un monstruo capaz de ponerlos a todos en peligro y que por eso no podía repetirse aquél momento de debilidad en que la había besado en su despertar. La protegerá, sí, como a todos en Noatum. Daría su vida para acabar con los hijos del vacío. ¿La amaba todavía? A esa pregunta respondió con un: «¿y qué si lo hago todavía?», con una torpeza y brusquedad peor aún que todas las que cometía en el pasado. Pero Akane, tras hablar con Millia y ver pasar todo el día sin él, ya lo había perdonado, porque lo comprendía a su manera.
¿No era ella quién lo conocía mejor que nadie más?
—Ranma —Akane se acercó lentamente, levantando su mano con cuidado al acercarla a la espalda de su prometido, como si temiera asustarlo cual pequeño conejo en el campo—, Ranma, tienes que creerme, a mí no me importa en lo que te hayas convertido; porque en el fondo sigues siendo tú. ¿Por eso es que tratas de alejarme, ya no te sientes el mismo Ranma, crees que pudieras llegar a lastimarme si estás conmigo?
Ranma apretó los dientes, inclinó el rostro, sus puños presionaron con fuerza revelando su auténtico estado de ánimo que trataba de ocultar de los demás.
—¡Akane, eres una boba, no entiendes nada!
Giró y la encaró tomándola por los brazos con fuerza, sacudiéndola un poco sin percatarse de lo que hacía, hasta que mirando sus propias manos la soltó asustado.
—L-lo siento, yo…
Pero ahora fue Akane la que respondió dándole una fuerte bofetada, y lo agarró bruscamente con ambas manos por la camisa, tirando de él, acercando su rostro amenazadoramente al de su prometido, aunque ahora, ligeramente más pequeña de estatura y diminuta de contextura, tuvo que pararse en la punta de los pies para alcanzarlo.
—¡Eres un grandísimo idiota, Ranma! —gritó en su cara—. ¿De verdad no te das cuenta de nada? ¿Crees que eres el único que sufre, o que merece sufrir? Pues te cuento que estás equivocado si crees que seguirás solo jugando al mártir, creyendo que así puedes protegernos.
—Akane, no es…
—¿No es lo que creo? ¿Estoy equivocada? ¿Era eso lo que me vas a decir?... ¿O solamente me dirás que soy una boba y que no me meta en tus asuntos y desaparecerás otra vez como te encanta hacerlo cada vez que hablamos este tema? —Akane aferró con más fuerza la camisa de Ranma, realmente parecía estarlo amenazando, presionándolo contra el balcón—. No, Ranma, no escaparás otra vez. Vas a tener que escuchar todo lo que voy a decirte, porque yo… tampoco he sido honesta contigo.
Las manos de Akane se relajaron y soltaron la camisa de Ranma. Se deslizaron por el pecho del joven como si estuvieran a punto de caer, pero Ranma las atrapó, como si él ahora no quisiera dejarla escapar cuando la chica desvió su mirada de él.
—¿Qué me ocultaste Akane? —los ojos de Ranma se afilaron y, al observarla, recién lo notó.
Como una máscara, así era el espíritu de Akane a los ojos de Ranma, que recién se percató de todo el truco. Su percepción espiritual fue más allá de sus ojos y descubrieron lo que Akane había intentado ocultar desde el principio.
El cuerpo de Akane, la esencia de su materia, las uniones de su espíritu… todo estaba diferente y caóticamente entrelazado, de una manera que ni siquiera él, con su desventurada experiencia por distintos mundos y universos, pudo desentrañar.
—A-Akane, ¿qué sucedió?... ¡¿Fue acaso ese hechizo?!
—Sí, Ranma, lo fue —la voz de Akane se quebró—. Y-yo no sabía cómo decírtelo, tenía miedo que si lo sabías te sentirías culpable y yo…
—¡Es mi culpa! ¿No es verdad?
Akane gruñó. Él era imposible.
—¡Te dije que no quiero que te culpes! —le gritó otra vez en la cara—. Fue mi decisión hacer ese hechizo sin conocerlo del todo, y fue también mi decisión usar mi cuerpo como un catalizador de la esencia de Iris para que el sello pasara a través de mi espíritu sin lastimarla a ella. ¿Entiendes ahora? Así como también fue mi decisión ir con la dama Freya, y mía el viajar al bosque de hierro buscando una manera de revivirte. Yo me metí en todos esos problemas porque quise hacerlo… porque te amaba y no iba a permitir que te alejaran de mí.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Akane y cayeron sobre las manos de Ranma. El joven se encontraba estupefacto. Finalmente reaccionó y acercó a Akane lo poco que faltaba hacia su cuerpo, para que ella escondiera el rostro sobre su pecho y diera rienda suelta a su dolor.
—Te… te extrañé tanto, Ranma, estaba tan cansada de… de ser fuerte… de…
Ranma la hizo callar con un susurro.
—Está bien Akane, yo también estoy cansado de ser fuerte. Muy cansado de todo esto.
Acarició el cabello de Akane y descubrió la oreja de la chica. Los ojos de Ranma se abrieron, estaba allí todo el tiempo y él no lo había notado. ¡Era un imbécil por ser siempre tan egoísta y ciego!
—Lo siento, Akane, hiciste eso para proteger a Iris… y para salvarme —inclinó el rostro hacia el cielo, sus ojos temblaron arrepentidos—. Debí ser más fuerte entonces, tu no hubieras…
Akane lo hizo callar dándole un golpe en el pecho, después otro y otro más sin separar su rostro ni dejar las lágrimas.
—¡Tonto, tonto, tonto, tonto, grandísimo tonto! —gritó entre cada golpe y lo abrazó con más fuerza hasta casi no dejarlo respirar—. ¡Deja de culparte!
—Akane…
—Ranma —ella apartó su rostro del pecho varonil y buscó los ojos de su prometido—… yo morí.
—¡¿Qué…?!
Akane tragó con dificultad, aún temía decírselo, pero debía hacerlo si quería que la comprendiera.
—Morí, cuando hice el hechizo en el altar de Idavollr, perdí el control y mi cuerpo no lo soportó. Durante un instante yo… morí. Mi cuerpo murió, se desintegró desde su interior, dolió mucho, Ranma, pero…
—¡¿Cómo que moriste?! —Ranma la apartó otra vez tomándola por los brazos, buscando su rostro.
Akane estaba asustada, pero esta vez no apartó su mirada.
—Mo-morí, Ranma —insistió, a pesar que sentía que las manos de Ranma la lastimaban—. Mi cuerpo dejó de existir.
—N-No te entiendo, ¿e-estás bromeando, verdad?
—No, Ranma, lo siento. Sé que hiciste todo lo posible para protegerme, pero fue mi decisión, y mi error. Mi cuerpo no toleró el hechizo, no soy tan buena como lo fue la abuela de Millia, pero de alguna manera al concretarse el sello a través de mi alma tuve suerte. Mi esencia fue retenida en ese momento, mi alma no fue absorbida por el abismo como pasa a todos los que mueren ahora que no hay ciclo de las almas. Mi cuerpo… no, este cuerpo, se creó al mezclarse la sangre de los elfos de Iris con la esencia vanir de mi sangre, la sangre de los Baladi descendientes de Heid, que hirvió dentro de mi antiguo cuerpo.
—Tu cuerpo… ¿eres un elfo? —preguntó con los labios temblorosos, todavía sintiendo el terror de haber escuchado a Akane decir que había muerto, aunque la tenía ante él. Más fuerte la apretó no queriendo que escapara de sus manos si es que fuera un fantasma o algo así.
—Este cuerpo ya no es el que era, ¿no lo notas? —explicó Akane, un poco más calmada de que Ranma no hubiera estallado en ira o desesperación, aunque el pobre estaba tan pálido que creía ella iba a tener que sostenerlo después—. Este cuerpo nuevo retuvo a mi alma y ahora es parte de lo que soy, de lo que ahora soy. Todavía no sé lo que soy, o si soy algo en realidad, y mis sentidos están un poco confusos, como muy sensibles…
—Sé lo que es eso —dijo Ranma, recordando su propia experiencia de renacimiento.
—Ranma, ¿sigo siendo yo? —Akane lo miró desafiante—. Dime, en este cuerpo que ya no es el cuerpo que amaste, que deseaste. Este cuerpo que no es él que tu… —la chica sonrojó evitándolo, en una mezcla de vergüenza y tristeza—, el que tú tocaste, yo… ¿soy yo o soy otra persona para ti?
—Akane, no te entiendo. No sé bien qué sucedió, pero si por algún milagro tienes un nuevo cuerpo, no importa, ¡sigues siendo tú!
—¿Aunque sea diferente, aunque no sea la misma Akane? —preguntó con insistencia—. ¿Aunque sea más pequeña, o en este cuerpo tenga menos edad que antes, o mis orejas se vean raras, o…?
—¡Eres la misma Akane, demonios!
—¡¿Y por qué entonces tú no eres el mismo Ranma solo por tener otro cuerpo ahora?! —contestó Akane.
Ranma guardó silencio. Ambos respiraban agitados, en una mezcla de rabia, tristeza, lágrimas y emociones que no tenían nombres para ellos. El joven aflojó las manos.
—Lo… lo siento, Akane.
—Te conocí con otro cuerpo, ¿no lo recuerdas? —continuó Akane, con voz más pausada, pero sin dejar de llorar—. Eras una chica la mitad del tiempo, estabas maldito, ¿pero al transformarte dejabas de ser tú? ¿Por qué si cambiabas constantemente seguía amándote de la misma manera, no importando cómo te vieras por fuera?... Ranma, porque seguías siendo tú. Ahora eres tú y solo tú, siempre lo fuiste. No importa si otro viene usando tu cuerpo, no eres tú —descansó su rostro y manos otra vez en el pecho de Ranma, y sus manos lo acariciaron con ternura deslizándolas por la camisa—. Porque Ranma, el Ranma que yo amo, está aquí adentro.
—Eres una boba —Ranma la abrazó con fuerza, rodeándola celosamente con los brazos—, ¡una grandísima boba! —alzó la voz y apretó los dientes para no derramar también vergonzosas lágrimas—… Y si vuelves a siquiera pensar intentar algo así, ¡te las verás conmigo, Akane!... Porque no pienso perderte, no otra vez.
Akane sonrió en los brazos de Ranma, y sus lágrimas antes frías, ahora brotaron cálidas.
—Eso lo digo yo, grandísimo tonto. No te dejaré ir a ninguna parte sin mí, Ranma. Jamás…
Al escucharla, los ojos de Ranma mostraron por un momento una profunda tristeza, pero ignorando todos sus temores sobre el futuro la cobijó con más ternura y besó su cabeza.
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Continuará
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A los caminantes de las viejas eras:
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AVISO IMPORTANTE (copiado de la página oficial de Facebook):
Saludos, camaradas de FFE, aquí vuestro servidor Noham Theonaus. He querido dirigirme a ustedes porque debo transmitirles dos noticias con respecto al futuro directo de mis publicaciones.
Primero debo anunciar con mucho entusiasmo y ansiedad que mi primera novela "Cristales de Alta Tierra" será publicada a finales del mes de julio. Con esta fecha límite es que me espera, en un mes de por sí importante para mí, días de grandes emociones, mucho trabajo y también desafíos para tener todos los detalles a punto. No teman, llegado el día será anunciado como es debido por este, nuestro medio oficial.
El segundo anuncio, quizás no muy feliz pero espero me tengan paciencia, es que debido a todo el trabajo involucrado en la novela me tomaré un obligado descanso de las actualizaciones de «Idavollr» durante julio. Así que la actualización de este jueves sería la última hasta el primer jueves de agosto.
Ruego puedan perdonar mi limitada capacidad para llevar tantas empresas a la vez, no ha sido una decisión fácil de tomar, pero dado los tiempos y la realidad que sigue pidiendo mucho de mi tiempo para sobrevivir, es que debí ser realista y optar por una manera de poder finalmente cumplir mi sueño y también no desatender mi deber hacia mis publicaciones.
Es mi deseo que me acompañen en esta nueva aventura, pues una vez superando las dificultades de la primera publicación ya tengo planeada otras historias originales que saldrán con mayor prontitud.
Crear mundos nuevos y personajes con los que descubrirlos es mi gran anhelo. Compartirlos con ustedes es mi determinación.
Gracias a todos por estar conmigo en cada pequeña aventura que hemos vivido, y que sean muchas más que vivamos juntos de hoy hasta la eternidad.
Nos vemos.
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Ahora sí, gracias a todos los que siempre me escriben comentarios, apoyan invitándome un café en Ko-fi, y nos siguen a través de la página de Facebook de Fantasy Fiction Estudios. Si quieren saber más sobre el estado actual de este gran proyecto y otras noticias relacionadas a nuestros fics, no olviden participar en nuestra página. Siempre estaremos atentos para cualquier consulta.
Más gracias y saludos especiales a Ranma84, Azulmitla, Akasaku, Rokumon, Guest, Lily Tendo89 (te extrañábamos), Kylisha, Dark Reivyn y Cirse_386.
Un muy especial saludo de mi esposa Randuril a todos ustedes, y los invita a pasar por la página de Facebook para que se enteren de las últimas noticias sobre nuestro proyecto. Ella está preparando algunas sorpresas para este emocionante mes previo a la publicación de mi nueva novela Cristales de Alta Tierra.
Hasta la primera semana de agosto con el siguiente capítulo de Idavollr.
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Noham Theonaus
Espadachín mago de Idavollr
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