Toda la genialidad de Twilight es obra de Stephenie Meyer, mal que me pese. Edward, Jasper y todo lo que conocen es de ella. Sólo la locura y la trama me pertenecen.
…
"No es tan fácil ser niñera"
By LadyCornamenta
.
Capítulo XXIX: Deliciosamente incierto.
"No me da miedo el mañana, porque he visto ayer y me encanta hoy"
.
—Eso quiere decir que me has tenido en la inconciencia durante mucho tiempo, ¿cierto? —me reprochó Angela, aunque su tono acusatorio quedó neutralizado por su sonrisa pícara.
—Bueno, no era algo para contar a la ligera, tú sabes.
—¡Pero no puedo creer que hayas pensado que estabas embarazada! —exclamó—. Quiero decir, ¡los síntomas no pueden aparecer así… a menos que tu bebé fuera una especie de ser superdesarrollado, cruza con alienígena, no lo sé!
—Oh, gracias, Angie —murmuró Bella, avergonzada, encogiéndose dentro de su pesado abrigo—. Creo que aquel muchacho que está allí bajo el árbol no te ha oído. ¿No quieres gritar un poco más fuerte?
Ella rió, calmando a la joven Swan con unas palmaditas en la espalda.
—Eres feliz. Deberías gritárselo al mundo —sentenció, encogiéndose de hombros.
Bella le dio a su compañera un golpe en el brazo, mientras negaba con la cabeza. Era feliz, pero no necesariamente necesitaba presumir de ello… o exponer sus vergüenzas frente a toda la universidad. Estaba bien con contentarse a sí misma con sus propios sentimientos, recuerdos y todo aquello que estaba por venir. Aunque, por supuesto, Angela tenía los detalles tan sólo por tener el título de mejor amiga y confidente. Simple.
—Debo irme —comentó Bella—. Le prometí a Edward que iría a buscarlo a la escuela.
—¿Acaso eres su niñera o qué? —bromeó ella.
Bella sonrió irónicamente.
—Me pagan por vigilar a mi propio novio —comentó—. ¿No es eso genial?
Angela rió con ganas.
—Punto para ti, amiga.
Después de despedirse de su amiga, la joven Swan se montó a su camioneta e hizo el escabroso camino hacia la escuela de Edward. No era lo mejor conducir a esa hora, pero ella era fiel a su palabra y quería almorzar con Edward antes que ambos estuvieran todos ocupados nuevamente con exámenes y responsabilidades. Pronto Edward comenzaría con las últimas semanas en la preparatoria y Bella sabía, por experiencia propia, que aquellos eran los tiempos más locos y más felices de la adolescencia.
Bella no recordaba el desastre que siempre se ocasionaba a la salida del instituto. En la universidad, de alguna forma, la gente se las apañaba para ser tranquila y pasar desapercibida —obviando pequeñas e irrepetibles excepciones como Jessica Stanley. En cambio, los jóvenes del instituto eran ruidosos y completamente despreocupados sobre lo que pudiera pensar la gente que los rodeaba. Gritaban, se interponían en el paso y sacaban sus autos del aparcadero como si estuvieran a punto de comenzar una carrera callejera.
Encantador, sencillamente encantador.
—¡Bella!
Una atronadora voz sacó a la joven Swan de su papel de observadora y no necesitó buscar entre la multitud para reconocerla al instante. Además, Emmett ni siquiera le dio tiempo para hacerlo, ya que pronto se encontraba colgado de la ventanilla de su monovolumen, con una encantadora sonrisa.
—¿Has venido a hacer de nana? —preguntó, alzando las cejas sugestivamente.
Bella negó con la cabeza, aunque no pudo evitar que las comisuras de sus labios se alzaran levemente.
—He venido a buscar a Edward, si eso es a lo que te referías —comentó ella—. ¿Sabes dónde está?
Emmett pasó una mano por su barbilla pensativamente. Se volvió como un rápido movimiento y comenzó a girar su cabeza en varias direcciones, hasta que su brazo se extendió hacia la derecha.
Bella se bajó rápidamente de su camioneta y siguió con la mirada la dirección del brazo de Emmett, que aún se encontraba señalando hacia un lado de la gran entrada de la escuela, donde se extendían aquellos verdes y brillantes terrenos. Allí, cerca de la salida, se encontraba Edward, riendo a mandíbula batiente con dos muchachas más. Una de ellas lo tenía sostenido por el hombro y la otra estaba doblada, sosteniéndose su estómago y riendo fuertemente. La joven Swan, en algún punto de su cuerpo, sintió una pequeña punzada que se exteriorizó en una mueca de desagrado.
Se quedó por unos segundos allí, estática en su lugar, observando la resplandeciente sonrisa de Edward. Entonces, hizo algo que posiblemente nunca hubiese hecho meses atrás, antes que aquel muchacho pusiera su mundo patas para arriba: avanzó, caminando confiadamente por los terrenos de la escuela, y se puso justo frente al campo visual de Edward. Él, sorprendido, dejó que la sonrisa siguiera bailoteando por sus labios, aunque volviéndose esta pícara y seductora. Dejando atrás a las otras chicas con unas pequeñas palabras de disculpas, Edward avanzó hasta su novia y le plantó un beso en los labios, dejándola en blanco por unos segundos. Bella sintió como el malestar dentro de su estómago comenzaba a disiparse lentamente.
Cuando se separaron, aún con las manos sobre los fuertes hombros de su compañero, la joven les dirigió una mirada de superioridad a las dos muchachas, que miraban la escena confundidas. Luego volvió su vista a Edward, que la miraba con una sonrisita.
—No me digas que estás celosa.
—Lo estoy y soy patética —aseguró ella, sorprendiéndose a sí misma por su honestidad—, pero no puedo evitarlo.
—Puedes, créeme que deberías —replicó él— porque no me interesa nadie más que no seas tú.
Bella creyó que podría morir allí mismo, si la felicidad fuera algún tipo de enfermedad terminal. La sinceridad estaba pintada tan claramente en el rostro de Edward que ni en cien años podría haber dudado de sus palabras. Simplemente sabía que él no mentía cuando decía que ella era la única. Sobre todo porque ella se sentía de igual forma cada vez que pensaba en él.
—Vámonos de aquí —pidió Edward, abrazándola por los hombros. Se despidió de su grupo con un amistoso movimiento de su mano.
Bella lo siguió aún algo aturdida por la sensación de saber que sus sentimientos eran cada día más correspondidos. No tenía sentido tener celos de algo que simplemente no sería. El pasado de Edward era sólo eso… pasado. No por él debía arriesgarse a arruinar el presente y destruir el futuro que conseguirían construir juntos.
—Hey, tortolitos —gritó Emmett—, esta noche vamos de fiesta. Os quiero a las ocho en el Toad's Place, ¿de acuerdo?
Edward rió y alzó el pulgar de su mano libre en señal afirmativa. Bella se encogió de hombros, ya que salir con Emmett y Edward siempre era un buen plan, incluso cuando ella no fuera una mujer de fiestas.
Desde hacía tiempo, salir por la noche a parrandear no le parecía algo tan aburrido e innecesario.
Bella se montó a su camioneta y Edward también lo hizo, después de pedirle a Emmett que se llevara su Volvo. Aparentemente el muchacho ya no tenía tantos problemas con el uso su automóvil después que su amigo había sido uno de los rescatistas del pobre vehículo. Para ser alguien que amaba a su auto, pensó Bella, Edward había sido bastante descuidado con él.
—¿A dónde vamos? —inquirió el muchacho, subiendo la calefacción—, está haciendo un frío de muerte.
—Estaba pensando en cocinar algo en mi apartamento, si te parece bien —comentó ella, esperando el cambio de la luz de tráfico.
—Perfecto —susurró él, dándole un beso en la mejilla y haciendo que Bella se sonrojara levemente.
El trayecto a su casa fue tranquilo y, cuando llegaron, Bella pudo ver como Edward revisaba cada detalle. Era cierto decir que ella no lo había introducido tanto dentro de su vida y su mundo, pero era conciente que esas cosas tomaban tiempo y que poco a poco él podría ir familiarizándose con su entorno y con todo lo relacionado con ella. Incluso cuando le costaba admitirlo, el hecho que Edward se quedara en New Haven haría las cosas mucho más fáciles. Ellos tendrían largos años para que su relación creciera, para que cada pequeña cosa pudiese ser resuelta en el momento, con el trabajo necesario. Nunca había tenido una relación a distancia, pero le costaba hacerse a sí misma dentro de una.
—Tierra llamando a Bella —escuchó decir a Edward, mientras ella ausentemente ponía la mesa—. ¿Estos son tus padres de jóvenes?
La muchacha asintió, mientras se acercaba a su novio.
—Se ven muy bien —comentó—. Renée era muy parecida a ti, y Charlie era todo un galán.
Bella rió, pensando en otra parte de la ecuación: sus padres. Había hablado con ellos en navidad, aunque no había sido exactamente una… charla normal. Ella había decidido comenzar por la parte fácil, por hablar con su madre. Por supuesto, aquello había acabado en chillidos de júbilo y abrazos exagerados que habían terminado por alertar a la fiera, que respondía al nombre de Charlie Swan. Su padre, sobreprotector y desconfiado, se había mantenido imperturbable ante la noticia y había felicitado a Bella secamente. Claro, la joven había pensado que aquello había estado bastante bien. Charlie se parecía bastante a ella y necesitaba tiempo para asimilar las cosas.
—¿Qué vas a preparar? —preguntó él, como un niño emocionado, cuando se dirigían a la cocina.
—He comprado unas cuantas cosas —replicó ella, echándole una inconciente mirada a la nevera—. Elige lo que quieras.
—¿Puedo pedirte a ti? —inquirió, acercándose con pasos felinos y una sonrisita pícara.
Bella no se resistió mientras el atrapaba sus labios. No le importaba convertirse en el almuerzo.
Los dos se movieron hacia la habitación con una sincronización bastante errada, chocando contra muebles y algún que otro zapato que Bella había dejado olvidado por el camino. Las cálidas manos de Edward se movieron con avidez por la piel de su cintura, mientras Bella se aferraba a su espalda con un anhelo desesperado. A pesar del paso del tiempo, la muchacha estaba segura que nunca podría cansarse de eso.
Chocaron contra la cama torpemente y Edward se encargó de desabrochar su camisa y entretenerse momentáneamente besando la piel expuesta de su pecho, mientras ella se estremecía ante el contacto. Bella luchó torpemente por dejar a su novio en igualdad de condiciones, quitándole la prenda mientras él reía suavemente ante sus intentos fallidos. El joven Cullen volvió a capturar sus labios, con sus pechos generando una fricción cálida y agradable, suavemente enloquecedora. Edward se acomodó sobre ella y se encargó de repetir las usuales escenas que se sucedían entre ellos desde su primer encuentro íntimo en Greenwich. Había una conexión entre ambos desde aquel día que parecía decir mucho más que cualquier palabra que pudieran expresar. Los sentimientos estaban implícitos en cada uno de sus movimientos.
—Esto de lubilubar todo el rato es bastante genial, he de decir —confesó Edward, alrededor de una hora después.
Ambos se encontraban adormilados bajo las sábanas de la cama, disfrutando de un momento de ocio y de la compañía mutua con un pacífico silencio, sólo interrumpido tenuemente por los sonidos del tráfico en el exterior.
Bella alzó la cabeza, confundida.
—¿De qué?
—¿Es que, incluso cuando te lo he dicho varias veces, aún no has leído la Naranja Mecánica? —bromeó él, escondiendo su rostro en el hombro de la muchacha y haciéndole cosquillas.
—A decir verdad, no —respondió ella sinceramente, sin poder evitar que las comisuras de sus labios se alzaran—. No he tenido mucho tiempo libre desde que he tenido que cuidar de ti, ¿sabes?
La risa musical de Edward llenó la habitación antes que ambos dieran la conversación por finalizada.
El joven Cullen se ausentó tan sólo por unas dos horas, ya que se dirigió a su casa a bañarse y a buscar algo de ropa, aprovechando que sus padres se habían ido a una boda en las afueras de la ciudad, que Alice estaba en casa de una amiga y que tenía todo el lugar para él solo. Bella también hizo buen uso de ese tiempo a solas para alistarse y para descansar un poco antes de la salida que Emmett había organizado para ellos. No era como si no tuviera ganas de salir un poco y disfrutar de su tiempo libre, pero el cansancio era algo evidente después de tantas idas y venidas. Tener un novio como Edward, ir a la universidad y trabajar era todo un desafío para la pobre muchacha.
Después de ponerse un conjunto adecuado y de ordenar todo, Bella se sentó frente a la televisión y simplemente se contentó con pasar los canales y observar todo sin la necesidad de pensar demasiado. Simplemente estaba descansando un poco su cabeza, buscando la relajación suficiente antes de partir hacía el club. Aquel momento de paz duró alrededor de media hora, hasta que Edward llamó y Bella tuvo que, finalmente, abandonar el apartamento.
El joven Cullen la llevó en su reluciente Volvo hasta un bar muy bien ubicado, donde la gente estaba haciendo una larga fila para ingresar. Entre medio del gentío, vieron las grandes manos de Emmett agitarse vigorosamente, intentando captar su atención. Bella sintió el agarre de Edward sobre su cintura y se dejó conducir por él hasta que alcanzaron al joven McCarthy. Junto a él se encontraban dos muchachos, una joven morena, Jasper y Rosalie. Ante la visión de esta última, Bella tragó pesado. Sería una noche complicada.
Tuvieron que esperar alrededor de media hora para entrar; treinta minutos que Edward pasó detrás de Bella, abrazándola y preguntándole constantemente si no tenía frío o si no quería ir al automóvil mientras ellos esperaban. La joven Swan tan sólo sonreía y le pedía cariñosamente que no fuera tan sobreprotector, incluso cuando, en el fondo, le parecía un comportamiento de lo más adorable.
Cuando entraron, para su fortuna, el calor del ambiente los recibió. La mezcla de humo y música los dejó momentáneamente desconcertados, hasta que Emmett fue capaz de hacer un camino entre el gentío que los llevó a la parte trasera del lugar. La larga barra se extendía bajo unas cambiantes luces de colores y pudieron conseguir un espacio por allí. El joven McCarthy se encargó de todas las cuestiones que requerían altura y presencia para llamar la atención, mientras los demás comenzaban a hacerse un lugar por la pista. Bella se contentó con tener la mano de Edward amarrada a la suya, ya que, de no ser así, probablemente hubiese terminado perdida o en el suelo.
Bailaron por un rato —o intentaron hacerlo, ya que Bella era horrible para ello—, y todo el frío que hacía afuera resultó contrastado por un calor insoportable. La joven Swan se acercó un poco a Edward y le susurró al oído:
—¿Hay algún lugar fresco donde podamos ir? —preguntó.
—Ve a la terraza —respondió él, cerca de su oído—. Iré a buscar algo para beber y nos encontramos allí.
La joven Swan le sonrió antes de comenzar a buscar las escaleras que llevaban al piso superior, con una conocida canción sonando por todo el lugar. Finalmente encontró el camino hacia arriba, topándose con una pequeña portezuela. Cuando la empujó, el frío viento exterior golpeó su rostro y se regocijó ante la sensación de un poco de aire puro y helado. Había allí algunas parejas en los rincones, algunas personas que incluso bailaban al ritmo de la música, que se escuchaba mucho más baja que adentro. Sin embargo, la atención de Bella quedó enfocada en la brillante cabellera rubia de una joven apoyada contra la barandilla.
Era Rosalie.
Quizás hubiese sido oportuno irse, volver con Edward y decirle que prefería seguir bailando y muriéndose ahogada allí abajo, pero le pareció que sería de malísima educación cuando los ojos de la joven rubia se cruzaron casualmente con los suyos. Bella tragó pesado e hizo un pequeño saludo bastante extraño. El mismo nunca fue devuelto.
Como si no le quedara otra opción, la joven Swan se apoyó contra la barandilla, a unos cuantos pasos de Rosalie y evitando un nuevo contacto visual entre ambas. Se entretuvo mirando el horizonte como si fuera lo más interesante del mundo. Tan sumida estaba en el parpadeo de las luces de la ciudad, que casi se espantó al oír la voz sedosa de su acompañante:
—Supongo que te debo una disculpa —aceptó Rosalie de la nada, dejando escapar un suspiro.
Bella no sabía que decir. Estaba rebuscando algo en su mente que sonara oportuno, mas la joven a su lado prosiguió:
—Emmett me dijo como habían sido las cosas. Yo no sabía que había sucedido entre Edward y Victoria, pero lo odiaba porque siempre se encontraba jugando con todas mis amigas —explicó seriamente, sin mirarla—. Yo voy al Mooreland Hill y cuando él se volvió un idiota comenzó a salir con todas mis compañeras, a usarlas y a descartarlas como si fueran basura. Pero… veo que va enserio contigo. No parece tan idiota cuando tú estás con él.
La joven Swan sonrió tenuemente de lado, pasando sus manos por la barandilla de forma nerviosa.
—Tranquila, yo también creía que era un idiota al principio.
—Acepto que actué mal, pero sigo creyendo que es un idiota —replicó ella, sin el aspecto de bromear en lo absoluto.
—Déjame adivinar, estabais hablando de mí —comentó Edward, haciendo que ambas se volvieran rápidamente. Traía una gran sonrisa en su rostro y dos botellas de agua en sus manos.
Rosalie no replicó, sino que simplemente se alejó. Bella se encogió de hombros, pensando que podría haber sido peor. No pretendía ser amiga de Rosalie, pero Edward y Emmett eran grandes amigos y una enemistad entre ellas no era algo que deseara.
—Me alegro que estés viva después de una charla con ella —bromeó el joven.
Bella lo golpeó en el hombro, negando con la cabeza. Mejor no tentar a la fiera.
Alrededor de las cuatro de la madrugada, los muchachos abandonaron el club, vencidos por el frío de la terraza y las ganas de dormir un poco. Edward y Bella se despidieron del grupo y se montaron al Volvo, dispuestos a regresar. En medio del camino, Bella se dio cuenta que la dirección no era la habitual y se volvió para mirar a su compañero. El joven simplemente cogió su mano y la acarició suavemente:
—Quédate en casa —pidió.
Bella vaciló.
—No creo que sea apropiado, Edward.
—No te preocupes, te he dicho que mis padres no están y Alice se ha quedado en casa de una amiga —aseguró—. Sólo vamos a dormir, si eso es lo que te preocupa.
Ante el movimiento burlón y sugestivo de las cejas de Edward, Bella sólo pudo reír y aceptar con una resignación que nunca había existido en realidad. Era difícil negarle algo a esa nueva persona en la que el joven Cullen se había convertido a lo largo de su convivencia.
Edward efectivamente cumplió con su promesa. Después de darle uno de sus piyamas a Bella, le permitió que ocupara el baño y que se aseara un poco antes de irse a la cama. La joven Swan hizo justamente lo acordado, poniéndose la camisa y los pantalones de franela azul que le quedaban algo grandes. Perfectamente cambiada y lista para dormir, la muchacha contuvo un bostezo mientras se dirigía nuevamente a la habitación de Edward, donde él la esperaba ya dentro de la cama.
Entre el cansancio, la agradable fragancia masculina y los brazos del joven alrededor suyo, no fue muy difícil para Bella caer en un profundo sueño.
La mañana siguiente, la muchacha se removió en la cama y, cuando sus párpados finalmente se levantaron, le costó un poco darse cuenta del lugar en donde se encontraba. Corriendo delicadamente el brazo que Edward tenía sobre su cintura, Bella se incorporó con una pequeña sonrisa en sus labios. Intentando hacer el menor ruido posible, se escabulló fuera de la cama, con la intención de preparar un buen desayuno para ambos. Sin embargo, algo captó su atención a medio camino.
Un libro negro con unas llamativas letras naranjas que reposaba sobre el escritorio de Edward.
La Naranja Mecánica.
La joven Swan conocía la fijación que el muchacho tenía con ese libro en particular que ella, a pesar de ser una voraz lectora, nunca había tenido posibilidad de leer. Sabía la trama que llevaba, ya que era bastante conocida, pero nunca había reparado en detalles. Como eso de lubilubar que su novio repetía todo el tiempo.
Con el ceño fruncido, Bella se dirigió al glosario del libro. Unas cuantas palabras en un idioma extraño se encontraban allí, acompañadas de su significado. Busco aquella mágica palabra que Edward había mencionado tantas veces, en diversas situaciones.
—Hacer el amor —susurró ella.
Bella negó suavemente con la cabeza, aunque no pudo evitar la aparición de una pequeña sonrisa sobre sus labios, mientras alzaba la vista para observar a su novio dormir sobre su estómago en la cama, con brazos y pies colgando hacia afuera.
Edward seguía siendo como un crío, a pesar de todo.
Sólo que, a diferencia de sus primeros días de convivencia, a Bella no le importaba ser su niñera… ni cualquier otra cosa que necesitara de ella.
…
Hola, hola. Me reporto después de semanas de una dieta balanceada de hojas, fórmulas y apuntes diversos, que deberá continuar por un período de tres semanas. Todo sea por un merecido mes de vacaciones.
¿Y?, ¿qué me dicen? Este es el final de la historia, aunque aún queda el epílogo. Hay cuestiones que quedaron pendientes y que se verán en ese cierre, pero debo decir que no habrá secuela. No creo que sea una historia que de pie a ello. Sin embargo, puedo decirles que antes de publicar el epílogo publicaré finalmente The Bad Guy. Tengo muchísima ansiedad y expectativas en relación a esa historia y no duden que avisaré por todos lados cuando finalmente cuelgue el primer capítulo jaja. Será alrededor de una semana o diez días, si Dios, mis notas y mis superiores quieren.
De cualquier forma, como la pobre mujer quiere olvidarse de sus responsabilidades por un rato y pretender que no existen, decidió abrir un concurso llamado A Beatle Contest, relacionado, obviamente, con los Beatles y Twilight. Una combinación extraña, pero que me pareció que podía llegar a funcionar, sobre todo porque aún somos muchos los que adoramos a esos cuatro genios de la música. Cualquier cosa, busquen la community o el penname que responde a ese nombre, o el link de las bases que se encuentra en mi perfil. ¡Espero que les guste la idea y se animen a participar! Soy como los niños, me hace mucha ilusión jaja. Cualquier duda, pueden escribirme un PM o a mi mail, ya saben.
En fin, voy nuevamente a continuar con el trabajo y a ver de reojo algún partidito. Espero poder volver con el final definitivo pronto y comenzar la nueva historia.
¡Saluditos para todo el mundo y millones de gracias por los hermosos comentarios que dejan! De verdad, es lo más lindo llegar y ver los reviews. ¡Gracias!
Nos leemos pronto.
LadyC.
