Buenas!

Sí, he vuelto, y como siempre siento la tardanza pero me faltan horas en el día, y encima últimamente no estaba yo muy inspirada.

Mil gracias a las que aún siguen esta historia, la leen y la hacen favorita.

Gracias por vuestros comentarios: Maria , begobeni12 , LoreLane , Ikaauro , Leyx , Jkto , LyzzEQ , dcromeror , Guest , Antrilewis , Ruth maria , SnixRegal , LiteratureloverE3 , kykyo-chan , Guest, LectoraMills , 15marday , EmmaS92 , dibarbaran , lcp15, , Ana , BeaS , PrincesseMal

Como llevo un tiempo sin escribir aquí os dejo un pequeño resumen:

Resumen de los capítulos anteriores: Kath, la mujer de Regina, muere. Y la morena decide que para superar su muerte es mejor vengarse de la persona que recibió la donación de su corazón, porque piensa que no le pertenece. Para ello utiliza todo su poder y descubre que se trata de una trabajadora suya, Emma. Al principio Regina cree que todo será fácil, pero cuando conoce a la rubia se da cuenta que no será así, terminando en un acuerdo donde ambas mujeres trabajaran juntas durante un mes en la Asociación, con niños. El comienzo de su relación fue frío y distante por culpa de la empresaria, pero poco a poco este cambió, aunque la venganza aún seguía en la mente de la morena. Sin embargo, todo cambió definitivamente para las dos cuando Emma descubrió, en un malentendido, que Regina era lesbiana y para compensar su fallo le invitó a cenar. A raíz de esto Emma tuvo un sueño húmedo con la morena y empezó a plantearse muchas cosas, pero todo lo enfocaba a que ha sido simple curiosidad. Sin embargo, en su segunda cena, se besaron y empezaron un auténtico baile de confusiones. Por un lado, Regina decidió no ir a la asociación para trabajar y por otro lado Emma decidió aclarar las cosas en persona, aunque fuese por la noche, y fue a buscar a la empresaria a su trabajo. Pero no sería aquí donde afrontarían sus sentimientos, que los tienen, ya que ambas deciden que aquel beso solo fue un error. Al día siguiente, en el parque de atracciones, Emma por fin decidió contarle que su hijo murió, y fue entonces Regina quien besa a Emma. Sin embargo, la rubia creyó que lo hacía por lastima y se enfadó, y es en este momento donde la morena se abrió y confesó un poco sus sentimientos. Después de volver besarse y quedaron para una cita. Pero, Emma no llegaría a la cita, debido a que tiene que ser hospitalizada por su corazón. Regina al enterarse, no se queda quieta sino que decide hacer la cita en el hospital. Todo hubiera sido muy bonito llegados a este punto, pero me gusta complicar las cosas… En el hospital entró en escena Killiam, y Regina tuvo tantos celos que, incluso, decidió ir a casa de Emma, y sus celos aumentaron cuando vio que ambos están juntos. Dado todo por perdido Regina regresó a su casa, y a las pocas horas Emma es la que se presentó en su casa para abrirse un poco. De nuevo ambas mujeres por fin están en la misma página y pasan la noche juntas (Eso sí, sin sexo :P).

Espero que os guste el siguiente capítulo…


CAPÍTULO 29: EL CAOS DEL PASADO

Ella no sabe la secuela que puede causar, el caos o el ambiente llevadero, el diluvio, la fascinante lluvia y lo moderado de su existencia… Pero no cualquiera puede bailar bajo su caos (Ron Israel)

FLASH BLACK – 2 AÑOS ANTES

- Hola – Dijo la voz apagada de Ruby.

- No sé si podré vivir sin él - Ya nada quedaba de aquella chica fuerte, ya solo era un fantasma sentado en la silla rota de un hospital.

- Claro que lo harás Emma – Ruby depositó con mucho cuidado su mano en la pierna de la rubia. Podría haber seguido con el discurso de que la vida sigue, y que todo, con el tiempo, se cura. Pero no lo hizo, prefirió el silencio. Su amiga no necesitaba palabras vacías sacadas de cualquier viejo libro, su amiga necesitaba sentir que no estaba sola, y no lo estaba.

Los minutos se estaban forjando en la eternidad. Desde hacía exactamente dos días Henry había dejado de ser él. Sus ojos se habían cerrado, y su respiración cada vez era más pesada. Ya nada quedaba de las sonrisas de días atrás. Ya nada quedaba de aquella esperanza de salir de aquel hospital. Solo quedaba esperar. Y aquella espera mataba.

Así que fue como a las tres de la mañana unos pasos apresurados de alguien alertaron a las dos mujeres. Emma se levantó y se asomó a la puerta de la sala de espera. Desde allí podía divisar perfectamente la habitación de su hijo. Podía divisar perfectamente como varias enfermeras entraban en su habitación, poco después lo hizo un médico. Emma no se movió, sabía perfectamente que su espera había llegado a su fin. Bajó su mirada y sus lágrimas comenzaron a fluir. Sin embargo su llanto era silencioso. No podía creer que había acabado todo. No podía, no quería. En ese momento sintió de nuevo la mano de Ruby, esta vez en su cintura. Al segundo se dio la vuelta abrazándola fuertemente. Nunca había sentido aquel puntiagudo dolor en lo más profundo de su ser. Podía notar perfectamente que se desquebrajaba. Cerró los ojos con ímpetu, sin embargo sus lágrimas no saciaron.

En aquel momento el silencio fue testigo de su pérdida, de su sufrimiento. Y aquel silencio le acompañaría los días siguientes. Días duros en los que no dejó de estar acompañada de sus grandes amigas, de gente que la quería, de conocidos, de vecinos. Personas que le llamaron para dar sus condolencias. Personas del trabajo. Incluso personas del propio hospital. En los dos días siguientes no estuvo sola ningún momento, y lo agradeció. Obviamente faltaron personas a las que echó de menos, sin ir más lejos Killiam, que aún seguía navegando por algún mar. Estaba al corriente de la noticia de la muerte de Henry, pero no se personó. Tampoco fue una sorpresa para Emma, desde que zarpó supo que ella nunca había sido su eje, así que contar con su apoyo no entró en ningún momento en los planes de la rubia. Tampoco entró en sus planes la sensación de vacío que sintió cuando bajaron el ataúd de Henry dentro de la sepultura. Ni la sensación de soledad que vino después. Era como estar en otro sitio, un sitio tan lejos de allí que no se percató de los innumerables pésames que fue recibiendo. Un sitio tan lejos de allí que no notó como empezó a llover, ni como la gente fue abandonando el cementerio.

- Emma, no tengas prisa, te esperamos en el coche – Aquellas palabras de Bella fueron las únicas que la rubia procesó, el resto desapareció.

Ya solo estaba ella observando como tres hombres esperaban para poner la lápida.

- Me permiten unos minutos, por favor.

- Claro Señora - Los tres hombres se alejaron lo suficiente de allí, resguardándose de la lluvia bajo un hermoso árbol.

Por fin Emma se quedó confinada entre aquella naturaleza, comprendiendo perfectamente la diferencia entre querer estar sola y la soledad. Ella siempre había sido una mujer solitaria, sin familia, sin apegos, ella y su mundo. Pero todo cambió con la llegada de Henry. Empezó a comprender que le necesitaba a su lado, amaba cada segundo que había pasado con él, amaba sus abrazos, sus sonrisas, sus travesuras, sus preguntas...

Había sufrido la soledad. Era un monstruo que le había estrangulado muchas veces a lo largo de su vida. Aún recuerda años atrás cuando llegaba a casa y solo la corriente era testigo de su presencia. A veces ni siquiera tenía ganas de comer porque era triste solo escuchar el ruido del tenedor cayendo en su plato. No había conversaciones, ni risas, ni miradas cómplices, solo estaba ella. Y así se sentía ahora, aunque las cosas habían cambiado gracias a sus amigas, en aquel momento, otra vez aquella sensación recubrió toda la angustia que estaba soportando.

Miró hacia los lados, concluyendo que no había nadie junto a ella, sus amigas estaban en el coche y los hombres seguían reguardados bajo el árbol. Se acercó lo más próximo que pudo a la sepultura y se arrodilló. Las lágrimas apenas le dejaban ver el ataúd. Pero tenía que hacerlo, tenía que despedirse de su hijo. Sacó un papel arrugado de su bolsillo y comenzó a leer con voz temblorosa:

- Querido Henry. Te voy a contar una realidad, y es tan simple como que a veces solo queda esperar. De eso se trata la vida, de esperar. Esperar a hacer lo mejor posible el trabajo. Esperar a quedar con los amigos. Esperar a encontrar a tu media naranja que nunca llega. Esperar a que el invierno acabe y el calor empiece a anegar cada rincón de la casa. Esperar a que la noche llegue para contarle a tu familia lo que has hecho en el día. Esperar la cola del autobús mientras imaginas que estás en el Caribe. Esperar el último capítulo de tu serie favorita. Esperar a que pase esa moda ridícula de los pantalones rotos o esperar bajar esos dos kilos que tanto cuestan. Pero nunca, nunca esperas que anheles la última bocanada de aire de tu propio hijo. Porque nadie te enseña a hacerlo. Nadie te enseña ese tipo de espera… Y quema, quema hasta extenuarte, porque te agarras a un resquicio de esperanza que es imposible que exista – Emma leía cada palabra de aquel papel que se estaba mojando como podía - Es extraño, contradictorio… ayer empecé a rezar, y no soy creyente, ya lo sabes, pero lo hice. Suplique no esperar, no podía más, pero tenía miedo de no hacerlo, tenía pavor de no esperar. Henry… me sentía tan sola en ese momento que me olvidé que estaba rodeada de gente. Los minutos eran lentos, aterradores… Quería verte partir, lo siento, aunque sé que en el fondo me estaba atando a la inutilidad de que fuese un mal sueño. No lo era, ¿cómo podía serlo si llevaba días sin dormir? – Emma sollozó y apretó el papel con fuerzas – Aquellos días en el hospital fueron un infierno, la impotencia me estaba consumiendo, me sentía como un cigarrillo que alguien se estaba fumando. Todos tus recuerdos me estaban martillando hasta el punto de que lo claro se volvía borroso. Me sentía tan pequeña, tan débil, como si mi fortaleza desapareciese tal castillo de arena en un huracán. – A Emma le costaba tragar, la ansiedad se estaba transformando en una culebra que poco a poco le comprimía el pecho – Casi mil veces creo que dije basta. No podía más Henry, no podía verte en esa cama sabiendo que te quedaban horas, no podía. Lo siento. – La rubia se levantó y arrojó aquel papel lleno de palabras dentro de la tumba. Se limpió las lágrimas y exhaló fuertemente - A veces solo queda esperar, pero créeme, nadie te enseña este tipo de espera. Y cuando sucede, cuando el sonido de unos pasos te avisa del final, cuando eso ocurre… nadie te enseña lo que viene después. El dolor es tan tuyo que el resto desaparece y solo persiste lo que importa. Atrás se queda el trabajo, las quedadas, las palabras carentes de significado, el autobús, la moda… Ya volverán algún día, ya volverás a tu rutina. Porque ahora, en este segundo perseveras tú Henry y la esencia de tu vida en la mía, el saber que ahora ya no sufres, que estás en un mundo mejor… Así que solo me queda esperar a que algún día vuelva a encontrarte – La rubia cerro sus ojos rojos mostrando una sonrisa triste - De eso se trata, de esperar.

FLASH BLACK – UNOS MESES ANTES

Nunca había estado tan sola en su vida. No había nadie en aquella fría sala. Pudo haberse ido, pero no lo hizo. Tan solo se sentó y esperó sin tener nada que esperar. Le aterraba llegar a casa, le aterraba descubrir que aquello no era una pesadilla, que aquello estaba sucediendo.

Suspiró, y miró al techo. Deberían remodelar el hospital, se notaba viejo, pensó en un intento de no preocuparse en nada más. Pero falló. Como una lluvia de estrellas todas palabras que había escuchado minutos antes se agolparon a modo de pirámide en su mente, en la punta estaba la frase que nunca olvidaría de aquel día "sentimos mucho comunicarle que su mujer ha fallecido en un accidente de tráfico". Después de eso hubo silencio y palabras rotas. No lloró, no gritó. Solo mantuvo el semblante, apretó la mandíbula y escuchó toda la noticia. No preguntó, no exigió. Tan solo se mantuvo de pie, con la mirada fija en aquella doctora. Cuando esta se fue, ella simplemente permaneció en aquella fría sala. Suspiró.

Era extraño, en aquellos minutos que permaneció en el hospital intentó recordar lo último que le dijo Kath, y no pudo, intentó recordar el sabor de su último beso, y no pudo. Intento recordar el calor de su último abrazo, y no pudo. Por primera vez para la empresaria todo estaba borroso. Intentaba alcanzar recuerdos que se habían sumergido en un rincón inaccesible para ella. Sentía impotencia, ¿ahora que debía hacer? Cuando murió su padre, ella tan solo era un adolescente sin ningún tipo de obligación que no fuera cumplir con ser una hija modelo para los ojos de su madre. Le comunicaron la noticia un 15 abril, su padre había fallecido de un ataque al corazón. No tuvo que ir al hospital, no tuvo que hacer ningún papeleo, ni organizar nada. Solo llorar y sentir un vacío cuando le enterraron. Años después comprendió que era la persona a la que más había amado. Pero ahora las cosas eran distintas. Ahora si tenía que preparar un funeral, tenía que hacer papeleos, y sobre todo, tenía que enfrentarse al hecho de que había perdido a su mujer.

Se levantó de la silla, pasó sus dos manos por su falda de tubo, y luego se ahuecó el pelo. Era una tontería seguir allí, podía volver al trabajo, sin embargo no lo consideró lo más oportuno. Tenía muchas cosas en las qué pensar y tenía que realizar alguna que otra llamada importante, así que directamente se fue a casa.

En el camino le dio tiempo a organizarse un poco. Lo primero que hizo fue llamar a su asistente para que anulase todas las reuniones de aquel día y del día siguiente. Luego consiguió el teléfono de una empresa funeraria, ellos se dedicarían a organizarlo todo. En los últimos minutos de trayecto, sopesó hablar con Maléfica, pero no se sentía con fuerzas para mantener una conversación. Así que directamente ahogó aquellos minutos con pensamientos vacíos hasta llegar a su garaje, aparcar y subir a casa.

Nada más abrir la puerta, sus sospechas se hicieron realidad. Al entrar en la casa el aire a soledad la envolvió como si fuese una capa de la que no podía deshacerse. Respiraba con dificultad, era como si las paredes empezaran a estrecharse entre sí. Todo era sombrío, incluso aquel silencio disipado en el ambiente. Caminó dos pasos. Los suficientes para comenzar a recordar los últimos momentos vividos con Kath. "Quizá mañana no haya otro día", esas fueron sus últimas palabas, y, por primera vez, sintió tristeza. Una tristeza desgarradora que se convirtió en ira. Cerró la puerta de un portazo. No sabía muy bien si estaba enfadada con el mundo, con su mujer o con ella misma.

Siguió caminando por el pasillo hasta llegar a su gran salón, aproximándose directamente a la bodega. Descorchó una de sus mejores botellas de vino y se sirvió una copa. Pensó que quizá el alcohol le calmaría aquella agitación, pero no lo hizo. Tenía la sensación de arder, tenía la sensación de ser un volcán a punto de explotar. No podía más. Con fuerza arrojó la copa de vino contra la pared. Cien cristales se dispersaron por la estancia, mientras que una gran mancha roja se podía apreciar en la blanca pared. Las gotas del vino bajaban al suelo a diferentes velocidades. Aquello era un fiel reflejo de su rostro. Sus lágrimas comenzaron a brotar empujando la cruda realidad a su consciente. Sentía impotencia, odiaba el mundo, odiaba a su mujer por haberse marchado, y sobre todo se odiaba a sí misma. Desde que conoció a Kath supo perfectamente que le había estado bajando las estrellas para que no temiese a sus demonios, así demostraba su mujer su amor, pero ella era egoísta, ella fue apagándolas una por una, le incomodaba el reflejo, y hasta el último momento lo hizo ¿Y si no hubiese ido a trabajar aquel día? ¿Y si hubiera sabido lo que realmente importaba en la vida? ¿Y si hubiese tomado la decisión de dejar a su mujer cuando ya eran un barco a punto de hundirse? Podía aferrarse a los recuerdos, a los besos que se dieron, podía aferrarse a la sensación de felicidad que sintió alguna vez, pero no, sabía que se aferraría al dolor, porque el dolor era cuanto le quedaba de ella.

Sus piernas temblaron hasta el punto que sus rodillas tocaron el suelo. Allí estaba allí, arrodillada, y concibiendo que todo su infierno volvía a arder.

- Lo siento – No había una expresión más lícita. Después de tantos años, esas dos palabras eran lo único que definía todo lo que no le había dicho a su mujer nunca. Y fue en aquel momento en el que Regina por fin se quebrantó, y lo hizo en la más absoluta soledad de su gran salón.

ACTUALIDAD

Aquel beso fue tan deseado por ambas que faltaban movimientos y sobraban palabras. En un baile de sabanas se fueron derrochando poco a poco. Solo fueron besos y caricias. No hubo más, pero fue suficiente para que ambas mujeres supieran en qué punto se encontraba su relación, fue suficiente para provocar en su interior ese cortocircuito de luz que les indicaba que estaban predestinas a ser la una de la otra, una dualidad, sin límites, sin fin.

Y no solo se podía notar en la necesidad de sentirse, sino también en sus sonrisas, en el destello de sus ojos.

- Así que… tu plan es quedarnos en la cama todo el día ¿no? – Dijo Regina mientras colocaba con suavidad un mechón de pelo de la rubia. Ambas se habían dado una pequeña tregua de besos, y se habían situado una enfrente de la otra, recostadas.

- Sería buena idea, pero algo me dice que para ti sería una muerte lenta y dolorosa – Las dos mujeres rieron ante aquella evidencia – ¿Te apetece que busquemos un restaurante fuera de la ciudad?

Regina se quedó admirando aquella belleza, aquellos ojos claros en el que casi podía ver el mar.

- Hace un buen día para encerrarnos en un restaurante. Prefiero llevarte a otro sitio.

Ahora fue el turno de Emma para admirar la belleza de la empresaria. Ya nada quedaba de aquel gesto severo de semanas atrás. Parecía otra persona diferente, y aquello le aterraba. ¿Podía llegar a enamorarse de una persona como Regina Mills? Y si lo hacía, ¿aquello funcionaría o solo estaba viviendo en el espejismo del momento? Suspiro internamente y luego sonrió.

- Soy toda tuya.

- Aún no – La morena no dijo aquellas palabras para incomodar, le salieron espontáneamente, sin pensar. Sin embargo, el ambiente se tensó con lo que podía o no significar. Desde la perspectiva más simple se podía decir que eran dos mujeres semidesnudas en una cama, caer en el hecho de hacerlo hubiera resultado lo más fácil, pero ambas sabían que tenían que esperar, querían esperar, aquel no era su momento. Desde la perspectiva más compleja se podía decir que aquellas palabras desbocaban en la posibilidad de un futuro juntas.

- ¿Puedo utilizar tu ducha? – Emma cortó el silencio con su pregunta. Definitivamente le aterraba desear como estaba deseando cada segundo al lado de la empresaria. Asumió que no eran parecidos de los sentimientos que procesaba hacia Hanry, sin embargo eran muy distintos a los que había sentido antes con otras parejas, incluyendo a Killiam. No tenía que ver con la necesidad de no querer estar sola. Era diferente. Aún no sabía que era, pero era diferente…

- Claro… Es la puerta que hay enfrente… Verás que dentro hay un armario, ábrelo, encontrarás toallas limpias.

- No te muevas, disfruta un poco del día libre que te he dado – La rubia guiñó el ojo cuando vio que Regina se incorporó un poco de la cama para apoyarse en el cabecero y así quedarse sentada.

- Gracias Señorita Swan por su consideración – De nuevo ambas mujeres sonrieron. El momento tenso se había disipado.

Al levantarse, y haciendo gala de su torpeza, la pierna de Emma se quedó enredada en la sabana dando como resultado su caída en los brazos de Regina.

- Te atrapé – Dijo la empresaria sintiendo la espalda de la rubia en su pecho.

- Lo siento – Emma no hizo amago de incorporarse, todo lo contrario, fue buscando su lugar en los brazos de la empresaria, hasta que por fin sintió un abrazo y la respiración de Regina en su oído.

En ese momento los segundos se congelaron en aquella habitación. Regina, quien había notado como el cuerpo de la rubia buscaba el suyo, no pudo evitar abrazarla. Y era curioso, podía contar con los dedos de una mano todos los abrazos que había dado en su vida. No le gustaba el contacto, por lo tanto nunca había demostrado un detalle de cariño de aquel modo. Así fue como la empresaria tuvo un sentimiento nuevo. Sintió un miedo irracional, un miedo que no controlaba.

- Me da miedo abrazarte – Dijo la morena en un susurro.

- ¿Por? – Emma quiso girarse para mirarle a los ojos, pero Regina se lo impidió abrazándola con más fuerza.

- Porque me gusta hacerlo.

Regina era una buena jugadora de poker en la vida. Nunca le gustaba enseñar sus cartas. Había aprendido, con los años, que era la única forma de triunfar en todos los sentidos. En su trabajo, siendo una mujer sin un digno adversario, con los conocidos, siendo una mujer despótica, con las mujeres, desechándolas a su antojo. Siempre encontraba la manera de jugar bien sus cartas sin mostrarse en ningún momento. Sin embargo aquel simple abrazo hizo que todo su mundo temblase y que lo único que quedase fuese el mero hecho de que Emma Swan era una estrella en sus tinieblas. La abrazó con más fuerza, esperando que nunca se apagase. Contrariamente a aquel miedo, y como nunca antes le había pasado, deseaba su luz.

Continuará…


¿Qué os ha parecido este capítulo? Espero vuestro comentarios, como también espero no teneros tan abandonadas :(