¡Hola, gente linda!
Les presento un capítulo tranquilo, de transición. Es hora de sacar el pie del acelerador y calmarnos un poco… pero pronto volverá la acción.
Todos sabemos que los personajes bla, bla, bla, Stephenie Meyer bla, bla, bla, escribo sin fines de lucro bla, bla, bla… ¿hace falta que lo diga?
Los dejo con el capítulo. ¡Gracias por su paciencia!
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Forks, Washington. Jueves 30 de mayo de 2006. Casa de los Cullen, por la noche.
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Tras un silencio de un minuto, en el que a juzgar por las caras, cada uno estaba devanándose los sesos en busca de una buena explicación, Carlisle carraspeó (ruidosa e innecesariamente) para atraer la atención antes de hablar.
-Podemos seguir con eso más tarde –sugirió Carlisle-. Bella nos reunió hoy aquí por otra razón, más urgente.
-Sí, yo… necesito ayuda –expuse, un poco incómoda al ver todos los rostros girados hacia mí. No me sentía a mis anchas siendo el centro de atención.
-Te escuchamos. ¿Qué tipo de ayuda exactamente? –quiso saber Esme.
-Por una parte, necesito proteger a Sheila y Alex, y hacerlo lo antes posible –expliqué-. Quien sea que está tras ellos falló esta vez en eliminarlos, pero es posible, diría incluso que probable, que siga intentándolo. Me sorprende que todavía no les haya pasado nada, pero cada hora que pasa están en mayor peligro.
-Ellos son bienvenidos a quedarse con nosotros por todo el tiempo que haga falta –ofreció Esme de inmediato.
-Muchas gracias, es muy generoso de tu parte, pero Alex no tiene permiso para salir del Estado de Arizona –mencioné-. Podríamos sacarlo a escondidas si las cosas se enredaran demasiado, pero preferiría no complicar más su situación penal.
-Claro, claro… no tuve eso en cuenta, perdón –se disculpó Esme.
-No hay nada que perdonar, Esme. Lo que necesito es que alguien vaya a Arizona y se quede con ellos, protegiéndolos –expuse, mirando directamente a Esme-, y me parece que tengo a la persona ideal para eso.
-¿Yo? –preguntó Esme, confusa.
-Claro que sí. Es perfecto: podrías pasar por una amiga de Sheila que se está quedando de visita con ellos por unos días –sugerí-. Por una cuestión de edades, eres la más indicada. Sheila tiene veinticinco años, tienes veintiséis, además que las dos tienen suficientes cosas en común como para posar como amigas.
-Tengo bastante más de veintiséis años, Bella –me sonrió Esme.
-Te juro que no aparentas ni uno más de veintiséis –le respondí con otra sonrisa.
-Todo eso está muy bien, pero ¿no sería mejor enviar a dos personas, ya que también hay dos personas que proteger? –sugirió Edward-. Además, así sería más fácil que uno de ellos fuese a cazar, por ejemplo, sin dejar a Sheila y Alex desprotegidos.
-Ya llego a esa parte –aclaré-. Antes de eso, Fred sigue muy mal, está en estado crítico a estas alturas, y necesito que Carlisle lo vaya a ver cuanto antes.
-Iré a verlo, aunque no garantizo que vaya a descubrir qué tiene exactamente cuando todos los otros médicos no lo consiguieron –se atajó Carlisle (otra vez).
-Sospechamos, papá y yo, que Fred está siendo envenenado –expuse velozmente-. Tu sentido del olfato debería ayudarte a establecer rápidamente si eso es así o no.
Carlisle me miró estupefacto un momento antes de asentir respetuosamente, casi diría que con admiración.
-Eso me lleva al siguiente punto –seguí, satisfecha de cómo se estaban desarrollando las cosas-. Edward, necesito que vayas con ellos, que le ayudes a Carlisle con el diagnóstico y que después te quedes con Esme, Alex, Sheila y Fred.
-¿Yo? –preguntó él, sorprendido-. ¿Por qué yo?
-Porque tienes dos licenciaturas en medicina, y puedes pasar sin problemas por el hermano menor de Esme, que va con ella a visitar a sus amigos de infancia –expliqué, evitando por muy poco rodar los ojos.
-¿No hay alguien más que pueda ser el hermano de Esme…? –empezó Edward, inseguro.
-Bueno, muchas gracias –respondió Esme, entornando los ojos, aunque sonreía.
-¡No quise decir eso! –se corrigió Edward de inmediato, avergonzado-. Es que no me gustaría tener que alejarme de Bella, y menos ahora, que hay alguien persiguiendo a su equipo y a ella para eliminarlos…
-Por eso tienes que ir –lo animé-. A mí tampoco me hace gracia mandarte a miles de kilómetros, pero nadie mejor que alguien capaz de oír los pensamientos de los demás para proteger a unas personas que están en tanto peligro.
-¿Cuál es el plan? –preguntó Charlie, el entrecejo fruncido en concentración.
-Carlisle, Esme y Edward viajarán a Phoenix. Esme se quedará con Alex y Sheila en un hotel, junto a unas cuantas computadoras con conexión inalámbrica a Internet y un grupo electrógeno, por si a alguien se le da por sabotear la electricidad o la conexión telefónica –expliqué-. Alex puede empezar a rastrear los datos perdidos desde ahí y desde ese mismo momento. Si recupera las fotos y los historiales de Chat, también debería ser capaz de descubrir quién los envió y quién los eliminó. Mientras tanto, Carlisle y Edward irán al hospital y verificarán qué tiene Fred, y llegado el caso, le aplicarán el tratamiento adecuado. Lo trasladarán junto a Alex y Sheila en cuanto sea posible, Edward puede ocuparse de cuidarlo.
»Carlisle –lo señalé con la cabeza- regresará a Forks lo antes posible, a fin de no atraer la atención con una prolongada ausencia; la falta de Esme y Edward –los miré a ellos, que se sentaron un poco más rectos- será menos notoria para el pueblo. Durante ese tiempo Alice y Rosalie –Alice sonrió, Rosalie miró con atención- me protegerán a mí de cualquier eventualidad, y Emmett y Jasper tomarán turnos para cuidar a Jessica… -Emmett me sonrió-. ¿Dónde está Jasper? –pregunté, recordando de golpe que él no estaba.
-Vigilando a Jessica Stanley –respondió Alice desde su lugar en el suelo-. Esta noche es su turno.
-¿No pasó nada sospechoso todavía? ¿Nadie merodeó por los alrededores de su casa, no hubo movimientos sospechosos, o algo así? ¿No la siguió nadie? –pregunté, ansiosa.
-Nada –negó Emmett-. Todo tranquilo.
-¡¿Por qué no atacan a Jessica de una buena vez? –exclamé, harta.
-Ey, creí que no querías que nadie la ataque –observó Rosalie, sorprendida.
-No quiero que sufra daños, pero estoy esperando que la ataquen –aclaré, nerviosa-. ¿Para qué, sino, la…? –me interrumpí al sentir a Charlie tensarse a mi lado.
-La, ¿qué? –preguntó mi padre, entornando los ojos.
-La, la… -tartamudeé-… la siguió ese automóvil hasta Tacoma. ¿Para qué la seguirían si no es para atacarla después?
-Bells… -empezó Charlie, severo, y me di cuenta que una vez más estaba atando cabos.
-Desde que quedó en claro que ese automóvil, en el que todos sabemos que viajaba el autor material del crimen de Mike Newton, la siguió, me pareció bastante obvio que la atacarían en algún momento, quiero decir, si se tomaron el trabajo de seguirla, no fue por nada, ¿no? –añadí rápidamente, tratando de justificar mis palabras anteriores.
-¡Bella! –exclamó Charlie, más enérgico.
-El asesino tiene que haberse dado cuenta que ella lo vio, y que puede identificarlo, como de hecho hizo, y no me parece que eso lo haga sentir muy seguro, por eso no sería sorprendente que intente eliminar a Jessica, para que llegado el caso de un careo, es decir, que pongan a Jessica a ver si puede identificarlo al verlo cara a cara, ella no pueda reconocerlo como el asesino que es, porque estaría muerta, claro que sólo estaría muerta si él la mata… -seguí farfullando a toda prisa.
-¡Isabella! –el tono de Charlie era indignado, y me di cuenta que era mejor callarme-. ¡No puedo creerlo! –él se puso de pie y quedó de frente al sofá, de cara a mí.
Los Cullen nos miraban con ojos muy abiertos, sin atreverse a intervenir, pero bastante atónitos por la escena que se desarrollaba ante ellos. Edward estaba un poco más compuesto, él nos había visto interactuar antes de modos similares a éste. Pero los demás estaban completamente perdidos y creo que un poco asustados.
-¡Jessica es tu amiga! ¡Si esta es tu idea de una retorcida venganza, debo decir que lo tuyo es peor que la misma mafia! –exclamó él, indignado.
Esa acusación me enfureció. Yo no quería parecerme en lo más mínimo a la mafia, y aunque lo que había hecho no era muy protocolar, tampoco era tan grave.
-¡Yo NO me parezco a la mafia! –exclamé, poniéndome de pie también, encolerizada-. ¡Jessica contó con custodia todo el tiempo, no corrió peligro en ningún momento! ¡No la puse en peligro ni la dejé desprotegida!
-¡Sí la pusiste en peligro! ¡Sabías que la buscarían y aún así…! –Charlie estaba tan enojado que no podía ni hablar.
-¿Se te ocurre algo mejor? –siseé, irritada-. ¡Necesitamos atraer y arrestar al asesino! Jessica no corre peligro, está vigilada y protegida veinticuatro horas al día. ¡Todo está bajo control!
-No digo que no esté bajo control, lo que no acabo de digerir es que hayas sido capaz de algo así –exclamó Charlie en voz extrañamente baja. De repente había más reproche y dolor que furia en su voz-. Tendría que haber sospechado cuando pusiste tanto empeño en sacarla de la cárcel…
-No tenías argumentos para mantenerla detenida –musité, incómoda, mirando mis pies. El tono de dolor en la voz de Charlie era mil veces peor que sus gritos de enojo-. Y ella me debía ese favor… además, la situación es de pura ganancia, para todos…
Charlie y yo nos quedamos ahí, cara a cara, respirando pesadamente, sin mirarnos directamente. Él estaba dolido y decepcionado; yo me sentía culpable, pero no era capaz de arrepentirme.
-¿De qué están hablando? –preguntó la clara y aguda voz de Alice, mirando de Charlie a mí con una expresión de absoluta confusión.
Le eché sólo un vistazo superficial al resto de los Cullen, recordando por primera vez en un rato que aún estaban ahí, sólo para encontrarme que todos ellos tenían más o menos el mismo gesto de desconcierto que Alice. Charlie me dirigió una mirada penetrante antes de sentarse en el sofá, y yo me dejé caer junto a él.
-Todos saben que… después de la llamada telefónica de los White, se descubrió que Jessica Stanley había estado delante de la tienda de los Newton la tarde en que Mike fue asesinado –empecé a explicar, y la mayoría de los Cullen asintió con la cabeza o susurró un silencioso "sí"-. La policía interrogó a Jessica, y ella dijo que me había visto a mí dispararle a Mike. Después se estableció que Jessica estaba mintiendo, y ella acabó en una celda por falso testimonio. Yo… le dije que debía hacer un trato con la policía para salir de ahí, que les ofreciera una declaración completa y prolija de todo lo que vio y escuchó a cambio de quedar libre. En realidad ésa fue una artimaña jurídica para liberarla sin que la parte burocrática de la policía pusiese trabas –expliqué.
»Lo que ocasionó esta discusión… -hice un gesto con la mano hacia el espacio que había entre Charlie y mí- es que yo no saqué a Jessica de prisión por puro noble y comprensiva que soy, y él acaba de descubrirlo –tuve que confesar-. Yo insistí tanto en que ella debía quedar libre porque… porque ya estaba pensando en que podría servir de anzuelo para atrapar al misterioso hombre del identikit. Si se sabía que ella estaba libre, supuse que el asesino no tardaría demasiado en buscarla para intentar eliminarla también. ¡Pero ella nunca estuvo en verdadero peligro! –me apresuré a exclamar, viendo las caras espantadas de varios de los miembros de la familia-. Siempre hubo alguien protegiéndola… y era la única forma de que pudiésemos al menos intentar atraer al misterioso conductor del automóvil con chapa patente de otro Estado… -acabé con voz débil.
Un profundo silencio siguió a mis palabras. Charlie estaba ceñudo, mientras que los Cullen parecían estar digiriendo la noticia con bastante esfuerzo. Pese a lo avergonzada que me sentía, no había culpa entre mis emociones, pero sí una pizca de terquedad y hasta de desafío.
Edward había comprendido por las malas, después del incidente que acabó con un plato roto, la mesa volcada y dos pistolas apuntándole a su pecho, que yo era agente del FBI y que Charlie era policía, no importa lo poco que lo aparentáramos exteriormente. Bueno, ya era hora que el resto de la familia se enterara también, de una vez por todas.
-Siempre dije que Jessica Stanley era una completa inútil -dijo Rosalie de pronto, y me giré a verla con sorpresa. Ella tenía su atractivo rostro torcido en una mueca de desdén-. ¡Ni siquiera está sirviendo como cebo!
-¡Rosalie! –exclamó Carlisle, atónito.
-¡En serio! –se defendió Rosalie-. El plan es bueno, tienes que admitirlo.
-Entiendo que estabas desesperada por atrapar quien mató a Michael Newton, Bella, pero… llegar a medidas tan extremas como arriesgar la vida de una de tus compañeras… -empezó Esme, que parecía confundida-. Sé que debías estar muy dolida por la pérdida, y que quizás en el momento te pareció una buena idea… -empezó, como si buscara excusarme.
-Estaba dolida por la pérdida, es verdad, pero no actué desde lo emocional, sino que pensé todo muy fría y racionalmente –tuve que admitir-. Era un plan bien trazado: Jessica estaría libre, pero siempre bien guardada, de modo que llegado el caso no sufriría daños, apenas un susto, como mucho.
-No suenas arrepentida –señaló Emmett.
-Y no lo estoy. Sigo creyendo que es un buen plan, aunque preferiría que no trascienda –pedí, mirando de uno a otro-. Jasper, desde luego, puede saberlo, pero preferiría que nadie más esté al tanto.
Hubo un silencio incómodo. Los rostros de la mayoría de los Cullen eran tan cuidadosamente inexpresivos que debían estar bullendo de inquietud por dentro.
-Hum, volviendo al plan para Phoenix… ¿puedo contar con su ayuda, pese a todo? –pregunté en general, mirándolos pero sin hacer contacto visual.
Hubo exclamaciones de entusiasmo de Emmett, Alice, y (sorprendentemente para mí), de Esme. Carlisle asintió con una sonrisa, Edward accedió poco convencido, Rosalie asintió sin perder la compostura.
-Viajarán por tierra –instruí, más segura de mí misma-. Si hay, tal como sospechamos, una organización detrás de lo que está pasando, no quiero correr el riesgo de ponerlos sobre aviso del viaje al registrarse en una línea aérea. Viajarán por tierra, pagando siempre en efectivo e interactuando lo menos posible con todo el mundo. Ah, y por favor, guarden todos los comprobantes de pago cada vez que cargan combustible, y la cuenta del hotel. Eh, si puede ser, no vayan a uno cinco estrellas, ¿podrán acomodarse en uno un poco más modesto? –medio rogué-. Desde luego, se registrarán bajo nombres falsos, y por lo que más quieran, paguen en efectivo –le recordé encarecidamente.
-De acuerdo, podemos hacer todo eso, ¿pero por qué es tan importante que guardemos las cuentas? –preguntó Edward, incorporándose.
-Para que yo les pueda devolver el dinero después –expliqué-. Están haciendo todo esto por seguir mis instrucciones y para salvar a mis amigos, al menos debo pagarles los gastos de combustible y del hotel.
Me sentí muy rara de golpe, porque todos los Cullen me estaban observando con sonrisas. Algunas eran cariñosas; otras, condescendientes.
-Bella… -Carlisle dudó un momento antes de hablar-. Bella, ¿cuánto cuesta un café?
Lo miré con expresión perpleja. ¿Desde cuándo y para qué le interesaba a Carlisle cuánto costaba un café?
-No estoy muy segura, pero dependiendo del lugar y del tamaño del café… entre cincuenta centavos y dos dólares –respondí, confusa.
-¿Invitarías a uno de tus amigos a tomar un café, y lo pagarías por él? –siguió preguntando Carlisle.
Mi mente echó a volar y aterrizó con Jacob. Sí, yo le pagaría un café.
-Bueno, sí.
-Para nuestra economía, este tipo de gastos son lo que a la tuya es pagarle un café a un amigo –explicó Carlisle-. Para otra persona, viaje y la estadía serían una fortuna, pero para nosotros apenas es un pequeño gasto inusual. Por favor, no te preocupes por el dinero, y no vayas a sentirte culpable –me advirtió-. No lo estamos haciendo para que te sientas en deuda, de ninguna manera. Al contrario, yo todavía me siento muy en deuda contigo, y ni todas las riquezas del mundo alcanzarían a pagar mi agradecimiento.
Su expresión, normalmente tan tranquila, era enfervorizada cuando lo decía. Yo me quedé en blanco, sin entender nada. ¿Por qué me estaría agradecido Carlisle? ¿Qué había hecho yo, que él creía que tenía que retribuirme?
-Salvaste a Edward, y poniendo tu vida en peligro –explicó Esme en voz suave, supongo que comprendiendo mi confusión-. Alice nos contó que no dudaste un minuto en ir a buscarlo y traerlo de vuelta sano y salvo. Nunca te agradeceré lo suficiente lo que hiciste por nuestro hijo.
Carlisle asintió enérgicamente.
-Eso fue puro egoísmo –musité, incómoda, sintiendo el tan familiar sonrojo quemándome en las mejillas-. Yo no hubiese sido capaz de vivir sin Edward…
-Fuiste a buscarlo pese a que él te había hecho creer que no te quería y que no le convenías. Lo rescataste sin pedir nada a cambio –observó Esme. Por el rabillo del ojo, vi a Edward cambiar el peso de un pie a otro, incómodo.
-Yo… -empecé a tartamudear.
-Acepta un café de un amigo, por favor –me sonrió Carlisle-. Sé que no te gustan los regalos, menos aún los fastuosos, por eso acéptalo graciosamente y no volveremos a tocar estos temas por los próximos siglos, ¿qué te parece?
Era una oferta tan tentadora que sólo pude asentir.
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En apenas media hora, todo estaba listo.
Carlisle había tomado libres unos días en el trabajo. Esme había escrito una nota para la escuela disculpando la ausencia de Edward.
Edward y yo nos habíamos despedido con mil promesas, de mi parte de no hacer nada arriesgado ni peligroso, y de su parte, de hacer todo lo posible para que nada ni nadie pudiese dañar a Fred, Sheila y Alex.
Alice, mientras tanto, había empacado, su especialidad.
Antes, yo había llamado a Sheila, que otra vez casi sufrió un infarto del susto. Ella me había proporcionado las direcciones del departamento en que ella y Alex estaban, y del hospital en el que estaba internado Fred. Teníamos todos los datos, hasta el número de habitación. Con eso, Carlisle y Edward no deberían tener problemas para llegar hasta él.
-¡Te envié la foto de Fred! –exclamó Sheila, como si lo recordara de pronto, lo que considerando lo atontada de sueño que sonaba, no era imposible-. ¿No la recibiste?
-No estoy segura, no le presté mucha atención al blackberry durante un rato largo hoy –admití, sin entrar en detalles que ese raro era mientras yo creía que mi futura familia política quería borrar a mis compañeros, y quizás también a mí, del mapa-. Lo reviso, y si no llegó, te llamo.
La foto había llegado, y no pude evitar un jadeo al verla. En una cama de hospital, impersonal, blanca y con barandillas a los costados, estaba tumbada una figura humana, demacrada y marchita. ¿En serio ése era Fred?
No es que antes hubiese sido gordo, pero ahora estaba demasiado delgado. Tenía la piel floja, como colgando, como suele suceder con quien pierde peso demasiado rápido. Sus brazos eran casi ridículamente delgados, sus mejillas estaban hundidas, estaba conectado a un respirador artificial y varias vías intravenosas estaban insertadas en sus brazos. Aunque la imagen no los mostraba, debía haber un par de aparatos a los que estaba conectado, ya que él tenía varios electrodos pegados en el pecho, hasta donde pude ver. En la foto, tenía los ojos cerrados, lo que hacía que el conjunto me pareciera más muerto que vivo.
La piel tenía un aspecto cetrino y poco saludable, pero para mí lo más impresionante del conjunto fue que Fred estaba, repentinamente, calvo. Sólo le quedaba un ralo mechón de cabello en la parte delantera de la cabeza, cerca de la frente. Hasta la barbita que usaba en el mentón la última vez que yo lo había visto había desaparecido.
De inmediato le mostré la foto a Carlisle. Era para eso que yo la había pedido, después de todo, para ver si él era capaz de un diagnóstico preeliminar. Él y Edward, y después toda la familia, incluso Charlie, la estudiaron con mucha atención, pero ni Carlisle ni Edward quisieron decir demasiado.
-Por ahora, veo dos grandes posibilidades: una, que los médicos se hayan decidido por la teoría del cáncer de estómago y le estén aplicando quimioterapia y sesiones de rayos, eso explicaría la falta de cabello, la pérdida de peso y el aspecto demacrado en general, que es esperable; en estos casos, el paciente tiene que empeorar antes de mejorar –explicó Carlisle-. La otra posibilidad… me guardo de comentarla por ahora. Vi una vez un caso similar, pero fue hace casi trescientos años.
-¿Qué pasó en el otro caso? –pregunté, no muy segura de querer saber la respuesta.
-El enfermo… murió –respondió él cuidadosamente, como si temiera estar dando demasiada información.
-¿Murió? –repetí, irritada su reticencia a explicarse-. ¿Así, sin más? ¿"Murió"?
-En realidad, murió entre horribles dolores, convulsionándose y gritando blasfemias –se explayó Carlisle-. Pero ese caso había comenzado como una infección en los pulmones, no un problema estomacal, aunque también hubo pérdida de peso y caída del cabello. Los síntomas podrían corresponder a enfermedades completamente distintas… ¿ves por qué no quise precipitarme? Podría ser una simple coincidencia.
Yo no me creí en absoluto que los síntomas fuesen coincidencia, pero tampoco quería pensar en Fred muriendo entre gritos de dolor. Preferí volver a despedirme de Edward, aprovechando que Charlie estaba conversando con Emmett.
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Charlie y yo regresamos a casa saliendo al final de la cola de automóviles. Carlisle y Esme, que viajaban en el Mercedes, encabezaban la marcha, seguidos de Edward, que iba en el Aston Martin, un automóvil de aspecto impresionante, muy veloz y con los cristales tan oscuros que parecían negros. Edward no iba aparte por capricho, sino para que Carlisle pudiese regresar por tierra sin dejar a Esme y Edward a pie.
El Mercedes y el Aston Martin doblaron a la entrada de Forks; en lugar de entrar al pueblo tomaron el camino que conducía a la autopista. Sintiendo una mezcla de alivio por la suerte de mis amigos y añoranza por Edward (y eso que acababa de irse), desvié la mirada de las luces traseras que se perdían en la oscuridad.
Suspiré mientras ponía en marcha la Chevy hacia la entrada al pueblo.
-Jackson hubiese estado orgulloso –comentó Charlie en voz baja-. Estuviste estupenda esta noche, cuando organizaste el operativo.
Algo en esas simples palabras me puso al borde del llanto. El rol que yo había cumplido esa noche tendría que haberlo desempeñado Jackson, no yo. Pero él no estaba.
-Tengo un gran equipo –musité.
-Él siempre decía eso –recordó Charlie con una sonrisa triste.
Asentí, demasiado insegura de mi voz como para arriesgarme a hablar.
-¿Crees que lo encontremos? –pregunté en un hilo de voz, cuando llegábamos frente a casa.
Charlie no respondió, pero desvió la vista, incómodo. Yo tragué como pude el nudo en la garganta. Recordé mi vieja auto-promesa de descubrir a quien hubiese abortado la investigación y averiguar por qué, para así devolverle a Jackson su puesto de sabueso. Parecía que, en el improbable caso que consiguiera averiguar quién estaba detrás de esto, ya sería demasiado tarde para que el conocimiento le sirviera de algo a mi mentor.
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Forks, Washington. Viernes 31 de mayo de 2006. Escuela Secundaria de Forks.
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El día siguiente, viernes, fue tan malo como el jueves, e incluso un poco peor, al no estar Edward a mi lado. Jessica Stanley me seguía a todos lados como un perrito sin dueño; caminaba si yo caminaba y se detenía si yo me detenía. Desde que yo la había librado de prisión, ella se comportaba conmigo como si yo fuese una especie de mesías. Su comportamiento me causaba una mezcla de irritación y culpa difícil de disimular; me alegré que apenas tuviésemos clases en común este año.
En lugar de Caddy, fue Phillips quien se ocupó de hacer de mi guardaespaldas dentro de la escuela. Eso tuvo una faceta positiva, ya que Phillips era menos atemorizante que Caddy, no gruñía tanto y se mostraba más amable con la gente. Hasta le perdonaron con bastante gracia que los registrara en busca de armas, porque el prometido detector de metales todavía no había llegado y hubo que hacerlo del modo manual, a la antigua.
Pero, si él era más relajado con algunas cosas, también era más peligroso con otras. Por ejemplo, Phillips era mucho más conversador que Caddy, y en el almuerzo (en el que yo otra vez recibí un paquete de comida 'segura' y fría, que éste vez trajo Caddy) se la pasó contando historias de cómo la mafia había operado en Phoenix con la muerte de Leyla y los testigos que desaparecían para reaparecer después fragmentadamente, un trozo aquí y otro allá. Tengo que admitir que Phillips siempre se ajustó estrictamente a los hechos, no exageró lo que había pasado ni tergiversó los sucesos. Pero, al mismo tiempo, se encargó de relatarlo todo de un modo tal que la más escalofriante historia de terror sonaba a cuento de hadas al lado de su narración.
Todos mis compañeros estaban pendientes de cada palabra que Phillips decía, y estuvieron muy decepcionados cuando él se interrumpió al sonar el timbre que marcaba nuestro regreso a clases. En lo que me pareció una mala parodia de las 1001 noches, Phillips prometió que les contaría más la siguiente vez que le tocara montar guardia.
Después de oír sus historias, como era de esperarse, todos me trataban de un modo distinto, como si yo fuese una especie de prócer: demasiado fascinante para ignorar, pero demasiado intimidante para acercársele. La honrosa excepción era la fiel Ángela, que se esforzaba en tratarme como siempre, y Ben, que como de costumbre seguía su estela.
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En la clase de Cálculo, que de por sí no me era muy fácil que digamos, me di cuenta tarde de que, con todas las agitaciones de la tarde y la noche anterior, yo me había olvidado por completo de hacer los deberes. Tenía que entregar los resultados de los tres primeros problemas que estaban planteados en la página 85 del libro de texto dentro de dos minutos, cuando llegara la profesora, y a menos que encontrara una forma de retroceder en el tiempo, tendría que explicarle que me había olvidado de resolverlos.
Crucé los brazos sobre el pupitre y hundí la cabeza en ellos. Qué horror. Con un poco de suerte, la profesora tendría compasión de mí, lo adjudicaría a la presión de saberme (hice una mueca para mí) perseguida por la mafia y protegida por los dos miembros del FBI que me seguían a sol y sombra…
-¡Ppssst, Bella! –me llamó una voz aguda y conocida.
Levanté la cabeza de golpe, sobresaltada. Había estado tan enfrascada imaginándome cómo formularía la disculpa, que no había notado que Alice de pronto estaba frente a mí.
-¡Alice! ¿Qué haces aquí? –le pregunté en voz baja, sorprendida-. Esta no es tu clase…
-No, sólo vine a traerte esto. Lo olvidaste en casa anoche –me dijo con una sonrisa amistosa, entregándome unos papeles manuscritos.
Los miré con el entrecejo fruncido. Yo estaba muy segura de no haberme olvidado nada parecido a eso en su casa, ni la noche anterior ni nunca. Hojeé las páginas, y entonces descubrí que eran los deberes de Cálculo, resueltos, e incluso con una caligrafía bastante similar a la mía, algo torcida y despareja. Levanté la vista, atónita, hacia Alice, que seguía delante de mí, sonriendo más que antes.
-Edward me llamó. Recordó que habías dejado los deberes en su escritorio anoche, y me pidió que te los alcanzara hoy –explicó Alice guiñándome un ojo.
Comprendí de inmediato el mensaje implícito: Edward debía haber recordado o adivinado que yo no había resuelto los deberes, y le había pedido a Alice que los hiciera por mí, o quizás Alice había 'visto' que yo recibía una mala nota por no entregarlos…
El que las mismas personas de las que yo había sospechado la noche anterior que quisieran matarme, a la tarde siguiente hubiesen hecho trampas para ahorrarme el mal trago de recibir una mala nota, o quizás una llamada de atención, en el estado de nerviosismo que yo me encontraba bastó para hacerme estallar en llanto en ese mismo momento y lugar.
-¿Bella? Bella, no pasó nada, estás a tiempo para entregarlos, están completos… -intentó tranquilizarme Alice, hablando en voz muy baja y rápida.
-Gracias, Alice –alcancé a sollozar-. Gracias…
-Oh, Bella… -respondió ella, dándome unas palmaditas en el hombro.
La profesora entró justo entonces, antes de que yo pudiese recuperarme: me encontró con lágrimas corriendo por las mejillas, hipo y los ojos enrojecidos. Para colmo, si bien yo intenté contenerme, una vez que empecé a llorar ya no pude parar. Ni yo misma estaba muy segura por qué lloraba, pero la verdad era que no podía parar.
La profesora efectivamente se mostró comprensiva y mandó que Alice me acompañara a que yo me lavara la cara y me tranquilizara un poco. Phillips fue con nosotras, marchando silencioso un paso por detrás, a fin de dejarnos cierta intimidad sin 'desprotegernos'.
Alice, haciendo caso omiso a la profesora, me llevó hacia uno de los bancos de cemento que había en el patio de la escuela y que se usaban en las muy raras ocasiones en que el tiempo era lo suficientemente bueno como para hacer un picnic. Yo sollocé todo el camino. Una vez que llegamos, Alice me hizo sentarme, luego se sentó a mi lado, y entonces me abrazó.
-Llora, Bella –me susurró-. Necesitas sacártelo de adentro. Llora todo lo que haga falta.
Como si sólo hubiese estado esperando a que me lo dijera, mi llanto se hizo más fuerte después de eso. Lloré y lloré. Primero, de puro nerviosa que estaba, pero después los nervios dieron lugar a la angustia por todo lo que había estado pasando, cuando creí que mis amigos eran quienes querían lastimarme (¿había sido eso parte del plan de quienes estaban detrás de todo esto? ¿Quebrarme psicológicamente y alejarme de mis mejores amigos y compañeros, dejarme sola y expuesta, vulnerable? Casi lo habían logrado), cuando supe que era poco probable que siquiera Carlisle lograra salvar a Fred, cuando tuve que aceptar que lo más factible era que ya habíamos perdido a Jackson…
No sé cuánto tiempo pasó. A veces, recordando ese momento, me parece que fueron horas, y otras veces, creo que sólo unos minutos. Sé que en algún momento me quedé sin lágrimas, más tranquila, pero también terriblemente cansada.
-Alice, quiero ir a casa –susurré, demasiado agotada para que me importara cómo sonaba yo ni lo que pensaría nadie más al respecto. Al diablo con la agente Swan, en ése momento sólo quedaba una muy agotada Bella.
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Alice se ocupó de todo. No recuerdo muy claramente cómo, pero de algún modo llegué a casa, a mi habitación y a mi cama. Alice me quitó las botas, me cubrió con las mantas y me dejó tomar una de sus manos entre las mías. Yo necesitaba ese contacto con piel helada, suave y dura. No era Edward, la mano era demasiado pequeña y evidentemente femenina, pero se le parecía bastante y era lo más cercano posible a una conexión física con él. Tendría que bastar por ahora.
Recuerdo de un modo vago y como desdibujado a Phillips, preocupado, ofreciéndome un vaso de agua, un médico o llamar a Charlie, y creo que me negué a todo, pero no estoy muy segura. Agotada por el bajón emocional, me dormí casi de inmediato, murmurando el nombre de Edward.
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Desperté muchas horas después, cuando ya estaba completamente oscuro. Tenía sed y necesitaba usar el baño, pero por lo demás me sentía mucho mejor que antes. Descubrí con cierta sorpresa que aún tenía la mano de Alice entre las mías. Abrí perezosamente los ojos, amodorrada y tranquila, y recién entonces descubrí que si bien tenía una mano pálida, helada y femenina entre las mías, esa mano tenía uñas ligeramente más largas de lo que yo recordaba, y pintadas de un rojo intenso.
Me llevé un buen susto al advertir que esa mano estaba unida a un brazo que no le pertenecía a Alice, sino a Rosalie. Aunque por una parte yo sabía que no había razones para temer a Rosalie y que ella no querría lastimarme, su imponente presencia aún me intimidaba bastante. Solté la mano lentamente, no queriendo ofenderla.
-Despertaste –dijo Rosalie en voz baja, con una pequeña sonrisa cautelosa-. Menos mal. Ya pasaron casi dos horas del momento en que debes tomar tus medicamentos. Estaba pensando que tendría que despertarte en un minuto.
Fruncí el ceño, intentando comprender. ¿Medicamentos, yo? Pero si no estaba enferma…
-Tu muñeca tiene bastante buen aspecto –mencionó ella-. Con todo lo que te estuviste moviendo y retorciendo, temí que se hubiese movido el cabestrillo, pero parece estar todo en orden.
Sólo entonces recordé la especie de muñequera que Carlisle me había colocado la tarde anterior en el hospital. Me había colocado un vendaje provisorio primero, y una vez que la muñeca estuvo desinflamada, lo reemplazó por una cosa llamada, muy originalmente, "inmovilizador de muñeca", que parecía un guante acolchado sin dedos, con una abertura para el pulgar. Era bastante cómodo, más que los yesos, y tenía la ventaja que yo podía quitármelo para bañarme y volver a ponérmelo después sin problemas.
Además del cabestrillo, yo tenía que seguir tomando los anti inflamatorios, uno cada veinticuatro horas, por una semana. Ésos eran los medicamentos a los que se refería Rosalie.
-Enseguida –acepté, frotándome los ojos con el dorso de la mano derecha, que no tenía obstruida por el coso ése-. Pero tengo que ir al baño primero.
Rosalie asintió, cautelosa, como si intentara no asustarme.
-¿Puedes levantarte? ¿Necesitas ayuda? –ofreció, indecisa.
-Gracias, estoy bien –le respondí con una pequeña sonrisa, como tanteando el terreno, mientras me incorporaba. Ella me respondió con otra igual de tímida.
Después de mi momento humano me cepillé los dientes, y tras mirarme al espejo, también me cepillé el cabello. Estaba tan pálida como de costumbre, pero al menos habían desaparecido las ojeras y mis mejillas tenían un tono ligeramente sonrosado. Para mis estándares, estaba perfectamente.
Rosalie me esperaba con la pastilla y un vaso de agua cuando volví a mi habitación. Tragué el medicamento rápidamente, y bebí el resto del vaso de agua con alivio.
-¿Qué hora es? –pregunté por fin, sintiéndome otra vez con los pies en tierra firme. Me senté
-Casi las ocho de la noche –respondió Rosalie-. Charlie está abajo, con Alice. Estaba bastante preocupado, pero coincidimos que lo mejor era dejarte dormir.
-Gracias. ¿Hay noticias de Phoenix? –pregunté, tratando de no sonar demasiado ansiosa.
-Esme llamó hace varias horas, cuando acababan de entrar a Arizona. Parece que el tránsito es intenso y les llevará más de lo previsto llegar a destino, pero Alice los está guiando por teléfono para que eviten las congestiones –informó Rosalie-. Prometieron llamar en cuanto llegaran.
Asentí, tratando de no darle más vueltas al asunto. Todo iba a salir bien. En cuanto hubiese novedades, ellos llamarían. Todo va a salir bien.
A lo mejor, si me lo repetía suficientes veces, acabaría creyéndomelo.
Todo va a salir bien. Todo va a salir bien. Todo va a salir bien…
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Comentarios, sugerencias, observaciones, preguntas, correcciones, críticas constructivas y aportes de todo tipo son bienvenidos, y ya saben dónde dejarlos.
Algo que quería comentarles: ¡esta historia está nominada a los Fic's Fans Twilight Awards en la categoría "mejor fic de misterio"! También está nominada otra historia de mi autoría, El Jardín de Senderos que se Bifurcan, en la categoría "mejor fic supernatural/fantasy". Si tienen tiempo y ganas, echen un vistazo en:
ficsfanstwilightawards . blogspot . com
quitando los espacios, desde luego, y voten por la historia que más les guste de las que están nominadas.
Siguiendo la política habitual de este fic, y en otro orden de cosas, excepto que me pida que no se lo envíe, quien deje un comentario recibirá un avance del capítulo siguiente.
¡Gracias a todos por leer!
