Capitulo 29: Atrapados y en Problemas

Percy había comenzado a correr una vez entrar al laberinto, y nada más entrar al primer desvió se detuvo. No tenía por qué correr ¿verdad? Annabeth le había repetido mucho algo como "piensa primero, desenfundas la espada después"; tal vez era un buen momento para seguir ese consejo. No sabía que había en ese lugar tan lúgubre, en el bosque del campamento había una gran cantidad de monstruos, y ni siquiera él los había visto todos.

No le extrañaría encontrase un ñu de seis patas, sin pelo, que odiara a los chicos que olían a agua de mar y llevaban camisetas naranjas.

Percy había tenido peor suerte antes.

No estaba seguro de a donde se habían ido a perder la cazadora que lo acompañaba y Leyla, tal vez corrieron más por el pasillo buscando otro camino ya que el entro en el primero. Seguramente ellas habían hecho la mejor elección.

El pasillo por el que el pasaba estaba muy oscuro. Las espesas copas de los arboles evitaban que cualquier rayito de luz entrase, no había casi ningún tipo de brisa, el sol no iluminaba, pero si calentaba y Percy ya comenzaba a sudar. Sus tenis se estaban llenando de pantano, y los mosquitos habían prosperado en el lugar en muy poco tiempo. Más que el bosque, parecía la jungla.

Solo rogaba que hubiera el mismo tipo de monstruos.

Se escuchó un grito no muy lejos de donde él estaba, una chica, no podía decir si era de su equipo, una cazadora o una romana. Pero se oía en problemas.

Sin darse cuenta, había olvidado el consejo de Annabeth y, desenfundando a Riptide, corrió hacia la voz.

Hablando de la de Reina de Roma pensó, deteniéndose de golpe.

Annabeth estaba frente a él, mirándolo fijamente con los ojos grises grandes como platos, pero lejanos, como si no lo viera a él. Temblaba como nunca la había visto y lucia aterrada. Aterrada y furiosa.

Ella lo ataco.

Ella sabía muy bien que, con su aspecto de chica ruda y punk, con delineador negro y ropa de cuero, estaba haciendo el ridículo allí, sobre ese rellano de escalera de incendio, temblando como gelatina en un terremoto.

Pero ¿Qué más podía hacer? Era muy irónico que la hija del dios del rayo, gobernante de los cielos, rey de los dioses, les tenga miedo a las alturas. Sin embargo, no se podía hacer nada al respecto.

Al hecho, pecho. No quedaba de otra.

-Sí, ese es un buen mantra, Thalia- se decía ella, apretando los dientes- que no se te olvide.

Era verdaderamente duro estar allí. ¿Desde cuándo el Empire State tenía escalera de incendios en las paredes exteriores del edificio? Debía estar como en el piso seiscientos, allí donde llegaba el ascensor a dejar a las personas en el Olimpo; o al menos así lo sentía con todo ese vértigo. Era horrible. Parecía un pálido geco pegada al muro, con su mirada fija en el horizonte, sin atreverse a mirar arriba, por la cercanía que tenía al cielo, ni abajo, por la distancia que la separaba del hermoso y seguro suelo.

Nunca había deseado tanto poner sus pies enfundados en botas militares sobre el sucio suelo de Nueva York.

-Respira, Thalia, respira profundo.

El aire a esas horas del día, en verano, era muy caliente a pesar de la altura, aunque su cuerpo se sentía helado y entumecido; el sol además le daba de lleno en la cara.

-¡Si no volteo el panqueque se me quema!- exclamo, sintiendo la necesidad de liberar tención, con el único método seguro sin tener que desprenderse del muro. La cara ya le ardía. Se sentía bien gritar- ¡Apolo, bájale dos al reflector! ¡Maldita sea!

Annabeth la regañaría si la oyera decir malas palabras, pero no estaba allí y si lo estuviera segura entendería su necesidad.

Además de que resultaba ser que el edificio más importante y costoso de Nueva York tenia escaleras de incendio, pasaba que estas no subían más por no tener a donde, ni bajaban. Thalia pudo ver un par de rellanos más bajo ella antes de pegarse al muro, pero cuando al fin había reunido valor para volver a mirar, estos ya no estaban.

Ninguno de los pisos inferiores tenía rellanos.

Aun se le podía llamar "escaleras" gracias a que su rellano tenía la escalera para descender al piso siguiente, solo que estaba muy oxidada, además de que no había a donde llegar al final de esa cosa.

Tenía el presentimiento de que estaría allí por unas buenas horas.

Y ni siquiera estaba segura de cómo había llegado allí.

El público miraba con atención la forma en la que ambos pretores romanos luchaban.

La mirada de Reyna estaba vacía, miraba a Jason sin mirarlo realmente, como habían visto que sucedía con los demás participantes atrapados en esas ilusiones que solo ellos podían ver. No tenían ni idea de lo que podía estar viendo la muchacha para arremeter tan violentamente.

Jason hacia el intento de hablarle, sin éxito alguno. Ella solo se mordía los labios, sus ojos llenándose de lágrimas, mientras trataba de alcanzar con su espada una y otra vez a su homologo pretor.

Era una lucha reñida.

Pero no era el único lugar donde había problemas.

Katie había luchado todo el verano con los Stoll, sobretodo con Travis, pero había sido de una manera figurativa. Solo cosas verbales y una que otra cosa que ella les había arrojado, pero al ser hija de Deméter entre sus habilidades principales no estaba el uso de la espada. En lo absoluto.

No era completamente inútil en las armas con filo como lo era la hermana de Will, Hope, pero no eran su fuerte.

De aquí a que estuviera en un gran aprieto tratando de mantener bajo control a Luke. El rubio había huido en un principio, pero luego de unos segundos de persecución se había dado la vuelta he intentado clavarle la espada de bronce celestial en las extrañas.

Solo sus reflejos semidioses la habían salvado de esa estocada.

Luego había tenido que huir, como un gran cobarde. Luke lucia furioso, y ella no quería ser con quien se descargará. Debía ayudarlo de alguna manera, pero no estaba segura de cómo proceder en ese momento, el chico no le estaba dando oportunidad de usar sus poderes, quizás envolverlo en una enredadera.

No por nada él era uno de los más fuertes.

Claro que tampoco contaba con encontrarse otros de los más poderosos semidioses en el Campamento Mestizo.

-Percy- ella llamo, corriendo directo hacia él.

El pelinegro ya tenía a Riptide en la mano, por lo que en un segundo ya estaba bloqueando los ataques del hijo de Hermes. Katie no tuvo oportunidad de sentirse a salvo, antes de darse cuenta que ya estaba siendo amenazada por otra hoja de bronce celestial. Esta era más corta, no por eso menos letal. Annabeth tenía los ojos aguados, aterrada, los labios fruncidos en una mueca de completo odio. La hija de Deméter tenía claro que ser el blanco de esa mirada podía ser más peligroso que tener el filo de la espada de Luke en el cuello.

-¿Tu y Annabeth han tenido un mal entendido o algo así?- pregunto ella, esquivando por los pelos la hoja del cuchillo, rodo por el suelo y se alejó lo más que pudo.

-Emm… no- Percy no aparto la mirada de su oponente mientras respondía a la pregunta- por lo general Annabeth solo me daría un golpe y me llamaría "sesos de alga", luego me disculparía o haría algo torpe, por lo que ella se reiría y olvidaría porque está molesta conmigo.

-Ya veo.

La chica quería decir que le resultaba tierno todo lo que él le había contado, pero no tenía tiempo para eso. Necesitaban salir de eso en ese instante, antes de que a los dos rubios le diera por unir fuerza inconscientemente, entonces sería el final para ellos.

Divide y vencerás pensó ella, esperando que no le saliera a la inversa.

-Percy, llévate a Luke a otro sitio- exclamo la muchacha. El seguía sin mirarla, pero ella pudo darse cuenta que no la entendió- ve a otro lugar a enfrentarte con él, dirígete al oeste, por el camino por el que vine. Vi un arroyuelo en esa dirección, quizás te ayude.

-¿Tu qué harás?

-Creo que puedo encargarme de Annabeth yo sola, solo debo esquivarla un poco más hasta tener claro lo que voy a hacer.

-¿Segura?

-Sí, ahora vete.

No costo nada que Luke persiguiera a Percy, el rubio fue tras los pasos del hijo de Poseidón rechinando los dientes y balbuceando en griego antiguo tan rápido que no se le entendió nada. Una vez solas, Katie termino por encarar a la hija de Atenea.

-Bien, Annabeth ¿Jugamos a las atrapadas? Será completamente al estilo de la cabaña 4.

Nico en los últimos minutos había estado reviviendo momentos completamente tristes y desgarradores de su vida: primero, todo lo que sucedió el día en que su madre murió, no creía poder recordarlo, pero ahí estaba el recuerdo. Se sintió un niño pequeño de nuevo al presenciar la forma en la que moría y no pudo evitar notar la sensación que atravesó su cuerpo en el momento en el que el alma de Maria Di Angelo abandonaba su cuerpo. Y luego, la partida de su hermana con las Cazadoras de Artemisa.

Sabía que no había perdonado aun a su hermana por preferir a ese grupo de niñas engreídas en lugar de a él, cuando ella tenía solo doce años. Pero ver de nuevo eso hizo nacer en él un nuevo sentimiento de odio y resentimiento. Quería gritarle, gritarles a todos, incluso a Artemisa, y lo había hecho, pero ninguno lo había escuchado. De hecho, parecía que él ni siquiera estaba allí.

Era como ver todo en una pantalla de televisión.

Había tratado de superar esos sentimientos, o al menos enterrarlos de manera que no tuviera nada que ver con ellos de nuevo, sus amigos lo habían ayudado mucho con eso, al igual que Hope le habían mostrado lo que era la alegría, estar feliz.

Se sentía miserable, al punto de no creer volver a sentir eso de nuevo.

Pues frente a sus ojos, las dos chicas que el mas quería en ese momento lo estaban abandonado de la manera en que su hermana lo había hecho alguna vez.

De nuevo como si estuviera viendo todo desde una pantalla de televisión, sin poder hacer nada, sin poder detenerlas, vio como Hazel y Hope recitaban el juramento de las Cazadoras a los pies de la mismísima diosa.

De repente, Hazel no llevaba sus acostumbradas ropas, ni la hija de Apolo los jeans rotos y el buzo rosa. Amabas vestían de blanco y plata, el arco y las flechas brillando a sus espaldas. Incluso ellas emitían el ligero resplandor que les proporcionaba el dejar de envejecer.

Nico no sentía el oxígeno entrar mientras respiraba, no sentía el suelo bajo sus pies, no sentía nada.

Ahora se sentía más solo que antes.

Piper y Michael habían estado corriendo por un buen rato, siguiendo la columna de humo que se alzaba en el cielo desde algún lugar del laberinto. Michael no había protestado ante esta idea de Piper, tal vez notando la preocupación que desbordaba de ella ante el pensamiento de que le fuera sucedido algo a Leo.

Sea como fuere, él iba justo al lado de ella.

Habían terminado en varias encrucijadas y repetido algunos caminos, dieron vueltas, pero finalmente llegaron donde estaba Leo. El chico estaba inmune entre las chamas que consumían los árboles y toda vegetación a su alrededor. Parecían hechas de fuego griego, no se extinguían y se propagaban con velocidad.

La única humedad allí era el sudor de los hijos de Afrodita y las gruesas lagrimas que resbalaban por las mejillas del latino.

Mientras el temblaba, llamas quedaban donde el pisaba. Piper quería acercarse y consolarlo, decirle que todo iba a estar bien, abofetearlo para sacarlo de aquel trace, pero era imposible considerando todo el fuego a su alrededor y que, sin proponérselo, Valdez podía quemarla también a ella.

-¡Piper, Michael!- escucho que llamaban desde otro lugar.

En otra entrada vio a Jason, quien detenía los golpes de Reyna, quien parecía inmune al calor y atacaba como si nada estuviera pasando. Piper sintió la tención de su compañero de camino al ver a la pretora aparecer. Cuando la griega se giró a verlo, el chico ya estaba tratando de detener a Reyna y alejándola del fuego.

Jason tuvo al fin un descanso.

-¿Qué está pasando? ¿Qué pasa con Leo?- pregunto, también preocupado, acercándose a Piper.

-Su miedo debe estar desatando sus poderes. Creo que sucede lo mismo con Nico, vimos una comadreja zombi hace poco. Y… también con Thalia. Mira hacia allí- ella señalo un poco más hacia el sur, nubes de tormenta se arremolinaban- debe ser ella.

El que Jason estuviera allí la hacía sentir mucho más tranquila, que podían resolverlo. Pero sabía que no debía confiarse de eso, que él era su rival en esa competencia, en ese instante. No podía contar con su ayuda.

-Vamos a llevar a Leo hacia allá- el rubio la sorprendió con la propuesta- Thalia no tardara en desatar la tormenta, eso ayudara a refrescarlo un poco. Solo hay que pensar como llevarlo hasta allí.

-Jason, no tienes que…

-¿Michael, estas bien allí?- el chico la ignoro, girándose a su compañero de equipo.

-Todo bajo control- el chico sonreía, a pesar de los obvios problemas que le estaba dando Reyna.

Jason miro de nuevo a Piper, en su mirada un reto a que lo contradijera. Ella no entendía por que la ayuda dentro de la competencia, pero debía ayudar a Leo. Eso era lo verdaderamente importante.

-Bien- ella asintió- vamos a hacerlo.

Will había visto las columnas de humo desde antes de salir del bosque. Si no se equivoca, venían del Área Común. Extrañado y preocupado, corrió a ver que sucedía.

Las cabañas, al igual que la Casa Grande y varias de las otras zonas se estaban incendiando. No parecía haber nadie ya. Tal vez ya estaban en un lugar seguro, en el mejor que pudo pensar fue el lago. La fuente de agua más grande y cercana.

Corrió hacia allí, metiéndose entre los arboles del bosque, lejos de las flamas. Al salir vio a sus compañeros campistas, todos reunidos en el muelle, Quirón asegurándose de que todos estuvieran bien. Hecho un ojo por encima, encontrando al numeroso grupo que estaba buscando.

-¿Están bien?- pregunto a sus hermanos, algunos de ellos tenían cenizas en el cabello y ropa, pero se veían sanos.

Busco a las más pequeña del grupo.

-¿Dónde está Hope?

Sus hermanos y hermanas lo miraron sin saber que responder, tan confundidos como él. Finalmente, uno le dijo:

-Hace mucho que no la vemos. Desde antes del fuego.

La busco entre el resto de los campistas, trataba de divisar el pequeño punto rosa y dorado que era su hermana, pero no estaba en ningún lugar. Las llamas aumentaban, junto con el presentimiento de que algo malo estaba pasando.

Corrió hacia las cabañas de nuevo.

Esta vez no fue por el bosque, no intento evitar el fuego. Solo quería llegar rápido, encontrar a su hermana, o aún mejor, asegurarse de que de verdad no estaba allí, aunque resultara herido en el proceso.

Entro cabaña por cabaña, los baños, finalmente se dirigió a la Casa Grande. El lugar ya había comenzado a ceder, a derrumbarse. Pero había posibilidades de encontrar a su hermana allí, a esas horas solía estar practicando sus habilidades sanadoras.

Corrió escaleras arriba, saltándose la mayoría de los escales y entro en la enfermería. Como esperaba y más temía, allí estaba la rubia. La chica estaba tendida en el suelo, las telas a su alrededor en llamas, aunque el fuego aun no la había alcanzado. En dos segundos estuvo a su lado, tomándola entre sus brazos.

Estaba inconsciente y apenas respiraba, en lo único que podía pensar era en sacarla de ese humo. Debía protegerla, a su hermanita. Corrió.

Salió de allí por pura obra de los dioses. En su camino lejos de allí, distinguió a una figura corriendo de aquí para allá, como si todo ese infierno no lo afectara.

Leo Valdez.

Parecía estar revisando todos los lugares en busca de personas, Will sintió cierto alivio por esto. Al latino no lo afectaba ese tipo de cosas, por lo que podía hacer esa labor con tranquilidad. Sin embargo…

¿Quién más podía comenzar ese fuego?

La expresión en el rostro del chico solo hizo que las sospechas del hijo de Apolo se confirmaran. Miro un segundo a su hermana, observo la forma inmóvil en sus brazos, luego dirigio su enojo al otro muchacho.

-¿Pero qué diablos te sucede?- le reclamo a Leo, quien dejo de acercarse, paralizándose en su lugar- ¿Has visto como dejaste todo? Nos pusiste en peligro ¡Mira! - Will señalo a la chica en su brazos- ¡Mira como tu desastre ha dejado a Hope! ¡Casi la matas! ¡Como al resto del campamento! Tu… tu…

Había lágrimas en la cara del latino, pero Will no tuvo tiempo de sentirse mal, no veía el pecho de su hermana subir y bajar como hacía unos minutos, se sentía cada vez más flácida. El corazón le fue a mil, tenía que ayudarla, debía salir de allí, pronto.

Pero todo parecía estar cada vez más envuelto las llamas, no veía una salida.

Sin dirigirle ni una segunda mirada a Leo, comenzó a correr, de nuevo. Ni siquiera escucho lo que el hijo de Hefesto tan desesperadamente gritaba.

Piper observo como el llanto de Leo incrementaba. Balbuceaba cosas, como si se estuviera disculpando con alguien. Con esto, el fuego a su alrededor se hacía más intenso.

Habían logrado conseguir una manera de dirigirlo hacia donde ella y Jason querían, sin embargo, también era un método peligroso. El rubio lo estaba empujando con el viento, pero esto también avivaba las llamas. Podían ver el rastro de fuego, humo y cenizas que dejaban a su paso.

Hacia demasiado calor, apenas podían respirar. La hija de Afrodita sentía que al cruzar cualquier esquina llegarían a Los Campos de Castigo.

Pero al menos las nubes de tormenta se veían cada vez más cerca.

Esta era la primera vez que Polux veía algo como eso. Había esperado luchar contra otros campistas, quizás contra uno de sus compañeros, como había visto que sucedió con Katie y Luke, pero nunca esta situación.

Él estaba luchando contra un grupo de arpías. Mientras unos pocos metros detrás de él se encontraba Clarisse La Rue, llorando desconsoladamente. No pensó jamás que el terminaría protegiendo a la más grande matona del campamento en estas circunstancias.

No había nada repetitivo en la vida de un semidiós, definitivamente.

Ella gimoteaba, por lo poco que había alcanzado a entender, ella debía estar viendo a su padre, Ares, y algo feo debía estar sucediendo allí. La chica inclusive estaba temblando, su cabeza abajo y la mirada clavada en el suelo.

Clarisse, quien siempre llevaba la frente en alto con descarado orgullo.

El dios responsable de esta situación no debía estar esperando ofrendas ese día en el almuerzo.

Los dioses no solo podían ver a los mortales corriendo de acá para allá, también podían ver las mentes de cada uno de los participantes sumergidos en pesadillas.

A pesar del gran material para bromas y burlas, todos estaban en silencio, mirándolo todo. No se atrevían a hablar, incluso Ares consideraba esta prueba como algo cruel, y él era uno de los dioses más despiadados.

Además, los competidores no se estaban comportando como se esperaría de un grupo de rivales metidos en una caja llena de trampas y caminos falsos.

Ninguno tenía la más mínima idea de cuál de los equipos podía ganar.