Vuelvo a repetir que los personajes no me pertenecen y que solamente los utilizo como entretenimiento.

CAMBIOS

Por Catumy

Capitulo 29

El dolor la despertó. Soltó un gemido antes incluso de abrir los ojos, y luego trató de incorporarse, aunque unas fuertes manos se lo impidieron. Quiso enfocar la mirada pero se encontraba demasiado débil para orientarse. Escuchó voces hablando de ella, o tal vez queriendo decirle algo pero no fue capaz de comprender de qué se trataba. Se encontraba exhausta, como si la hubiera arrollado un ejército de youkais. Es más, pensándolo detenidamente, era probable que así hubiera sucedido, ya que no era capaz de recordar con exactitud lo que había ocurrido durante la batalla contra Naraku. ¿Estarían todos bien? Y, sobretodo ¿estaría Inuyasha…? Sus esfuerzos por moverse aumentaron pero tuvo que detenerse bruscamente al sentir un fuerte pinchazo en el costado derecho. Volvió a gemir.

- No dejes que se mueva – escuchó la voz de una mujer entrada en años.

Acto seguido las manos que la sostenían por los hombros apretaron su agarre, aunque con cierta amabilidad, como si temieran lastimarla. Ella volvió a moverse aunque de forma torpe y descoordinada.

- Está despertando – anunció la voz de un hombre.

- Bien – volvió a hablar la mujer. – Llámala y a ver qué ocurre.

Intuyó como alguien se acercaba a ella, inclinándose sobre su oído y sintió miedo ¿Quién y por qué la estaban torturando? Estaba demasiado débil y aturdida como para reconocer esas voces y sus poderes espirituales continuaban dormidos después de la batalla contra Naraku. Era un blanco demasiado fácil.

- Kagome… - un susurro junto a su oído la puso en alerta – Kagome ¿puedes oírme?

Ella sintió que sus sentidos comenzaban a despejarse, como si hasta entonces hubiera habido una especie de bruma que iba disipándose poco a poco. Movió los dedos suavemente, recuperando el control de su cuerpo con infinita lentitud.

- Abre los ojos, Kagome – susurró aquella voz no del todo desconocida – Abre los ojos y mírame.

La joven obedeció y lo primero que consiguió enfocar fueron unos orbes dorados que la miraban con preocupación. Lo segundo, unas extravagantes orejas de perro. Sonrió, sorprendida de ser capaz de hacerlo. Intentó llamarlo por su nombre pero las palabras no salían de su garganta.

- Permítele hablar – ordenó la voz femenina, que Kagome reconoció como la de Kaede. Él asintió con la cabeza.

- Habla, Kagome. – Murmuró él.

- Inuyasha… - dejó escapar la joven con un suspiro - ¿Estás herido?

Inuyasha sonrió por un momento, sorprendido de que, aún estando malherida, su primera preocupación fuera saber como estaba él. Negó con la cabeza sin dejar de mirarla por un segundo. Kagome estaba demasiado débil e indefensa, parecía a punto de romperse, y él todavía no sabía que era lo que estaba ocurriendo. Lo único que tenía claro era que algo andaba mal, muy mal ¿Por qué su mordedura continuaba sangrando?

Habían pasado horas desde que Kaede cortó la hemorragia de la herida provocada por Kohaku. Luego, la había limpiado a conciencia, creyendo que pudiera haber trazas de veneno en su cuerpo y por último había empezado a coserla. De hecho, en eso estaba cuando la muchacha despertó. Pero su cuello… un hilillo de sangre continuaba manando lenta pero incesantemente del la herida provocada por su marca de youkai. Quizás si se transformara de nuevo, su parte demoniaca sabría qué hacer al respecto.

- Kagome ¿cómo te encuentras? – la sacerdotisa interrumpió sus cavilaciones con su pregunta.

- Me siento… extraña – respondió la joven sin saber de que forma definir la forma en que se encontraba - ¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está mi ropa?

- Te hirieron – explicó Kaede mientras volvía a tomar los utensilios necesarios para terminar de suturar la herida de Kagome – Ahora quédate quieta mientras termino de curarte.

Ella asintió, algo avergonzada de encontrarse semidesnuda, ya que su camiseta había sido convertida en vendas. Por tanto, yacía en la estera de Kaede solamente con su pantalón corto y su sujetador manchado de sangre. Sintió la aguja clavarse en su piel y reprimió un quejido a duras penas. Inuyasha se acercó y la tomó de la mano. Kagome se relajó. Después de todo, tanto el hanyou como la anciana sacerdotisa la habían visto con bastante menos ropa. Decidió dejar de preocuparse por eso.

- ¿Qué ocurrió? – preguntó en voz baja cuando la aguja volvió a clavarse en su piel.

- ¿No recuerdas nada? – respondió el hanyou.

- Recuerdo que estábamos luchando contra los youkais… Disparé mi última flecha y después… me sentí muy débil… - sacudió la cabeza – Es algo confuso a partir de ahí.

Inuyasha dudó. ¿Debía contárselo todo? Le preocupaba la reacción de la mujer pero sin duda sería mucho peor si se enteraba por terceras personas. Se armó de valor, preguntándose si no estaba a punto de enfrentarse a la más difícil de las batallas.

- Kohaku te hirió en el costado, Kikyo se ocupó de tu herida y yo perseguí a Naraku.

- ¿Kohaku? ¿Kikyo? – La joven clavó sus ojos en el hanyou, mirándolo con inmensa preocupación - ¿Dónde están ahora?

- Los dejé atrás cuando te traje aquí.

Kagome sintió que debía reprochárselo pero se mantuvo callada. Creía saber lo grave que había sido su herida por lo que entendía que Inuyasha se hubiera desesperado al verla sangrar. Más tarde le agradecería el haberla protegido y cuidado de esa forma, aunque no debía olvidar tampoco el explicarle el por que no debería haberse olvidado de sus compañeros. Podrían estar heridos también… Aunque estaba segura de que Kikyo era capaz de arreglárselas perfectamente.

- ¿Y tú, Inuyasha? – preguntó ella con voz más dulce y calmada - ¿Seguro que estás bien?

- Perfectamente – el pecho del hanyou se hinchó de orgullo – Olvidas que soy un hanyou, no un débil humano.

- Por supuesto – asintió ella, intentando ocultar su sonrisa.

Kaede suturaba la herida con manos expertas, mientras los jóvenes hablaban. En ese tiempo observó que nada parecía haber cambiado entre ellos y, sobre todo, le daba la impresión de que Kagome no tenía la menor idea de donde se estaba metiendo cuando permitió que Inuyasha la marcara. Quizás él no se lo había explicado todo con sinceridad, lo que hubiera sido injusto para la joven. Pero no daba la sensación de que ella supiera nada ¡Si ni siquiera había preguntado por la herida de su cuello! Algo andaba mal en esa pareja, pero su instinto le decía que no debía meterse. Volvió a clavar la aguja de sutura en la piel de Kagome, que gimió entre dientes al sentirlo.

- ¿Dónde están los demás? – Continuaba interrogando Kagome, dirigiéndose esta vez a Kaede - ¿No os hirieron los youkais, verdad?

Inuyasha miró, interrogante, a la anciana sacerdotisa, que cortaba el hilo con el que había cosido la herida de Kagome después de hacer el último nudo sobre su piel. Kaede se tomó su tiempo antes de contestar, reparando en que la atención de Inuyasha había estado tan centrada en los cuidados de la muchacha que allí yacía que había olvidado preguntar por sus amigos. Carraspeó antes de hablar.

- Cuando la estampida de youkais se abalanzó sobre la aldea, el monje Miroku y yo creamos una barrera espiritual para proteger a los aldeanos. Gracias a eso todos salimos ilesos – se alejó un poco y rebuscó entre los paquetes de hierbas medicinales que había en una esquina de la cabaña – Cuando todo terminó, revisamos los alrededores y nos deshicimos de los youkais que todavía permanecían cerca.

- ¿Y Sango? – Quiso saber la joven del futuro - ¿Y Shippo?

- Sango estaba demasiado ocupada dando a luz como para unirse a la batalla.

- ¿Dando a luz? – exclamaron al unísono Kagome e Inuyasha.

- Si, con la ayuda de Shippo y Kirara – Kaede encontró lo que buscaba y se acercó a la pareja – Es una niña saludable, y tanto ella como su madre se encuentran perfectamente. Seguramente vendrán a verte más tarde así que quédate donde estás.

Las mejillas de Kagome enrojecieron ya que se encontraba incorporándose cuando Kaede le dijo que estuviera quieta. Volvió a recostarse preguntándose como la sacerdotisa había adivinado sus intenciones. Miró de reojo a Inuyasha para comprobar que él continuaba observándola de forma extraña y no creía que fuera por el hecho de encontrarse prácticamente en ropa interior frente a él. Deseaba preguntarle al respecto pero una parte de ella le advertía de que lo hiciera cuando se encontraran a solas, ya que podían incomodar a Kaede.

Oyeron la voz de Miroku en el exterior y todos se volvieron a mirar. Kagome reparó en que la estera de la entrada había desaparecido y se preguntó por qué. Iba a decírselo a Kaede cuando un sonriente monje apareció en el quicio de la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Se detuvo abruptamente cuando descubrió a sus amigos en el interior de la vivienda.

- ¡Inuyasha, Kagome! – Exclamó, acercándose – Me alegro de que estéis bien…

- ¿Cómo está Sango y el bebé? – preguntó Kagome, ansiosa, todavía tumbada a la espera de que Kaede terminara con la cura.

Los ojos de Miroku brillaron de forma extraña cuando reparó en las escasas ropas de la sacerdotisa. Estaba a punto de agradecerle tan exótico recibimiento cuando reparó en la herida en el cuello de la joven. Instintivamente, volvió su mirada al hanyou allí presente y la forma en que éste lo miraba fue una advertencia. Debía andarse con ojo si no quería ser descuartizado en el acto. Los youkais solían ser muy posesivos en cuanto a sus hembras.

- Las dos están perfectamente bien, gracias a Buda. – Miroku, adoptando su sonrisa de siempre, se acercó al hanyou y poso su mano derecha sobre uno de los hombros de éste – Inuyasha… Debo darte las gracias. Por todo.

Kaede y Kagome miraban la escena de forma interrogante ¿A que venía ese agradecimiento? El monje parecía querer abrazar a Inuyasha, pero no se decidía a hacerlo. Entonces se fijaron: la mano que Miroku apoyaba sobre el hanyou aparecía libre del rosario que sellaba la Kazaana.

- ¡Tu mano! – gritó Kagome.

- ¿Ha desaparecido la maldición? – Preguntó Kaede - ¿Naraku ha muerto?

Todas las miradas se clavaron sobre el hanyou, quien parecía hincharse de orgullo por momentos. Él era el héroe, el que había eliminado al ser que amenazaba la existencia de todos, el que había terminado con la maldición de Miroku y salvado el mundo. El único problema era que apenas se acordaba de lo sucedido. Esperaba que no le preguntaran al respecto.

- ¿Cómo fue la batalla? – Quiso saber Miroku sentándose a una distancia prudencial de Kagome. Inuyasha deseó golpearle.

Los ojos azules del monje se clavaban en él, justo igual que los de Kagome. Afortunadamente, Kaede había emprendido nuevamente su tarea y se dedicaba a mezclar unas cuantas hierbas para preparar una cataplasma, por lo que no le miraba. Inuyasha trató de pensar en lo sucedido pero lo único que obtuvo fueron nos cuantos recuerdos borrosos y confusos. Empezó a contar lo que recordaba, que era lo que había vivido en su forma de hanyou, la batalla con los numerosos youkais, la forma en que Kagome los atrajo con su propia sangre para tratar de ganar tiempo, sus intentos de golpear a Naraku y el ataque combinado que habían utilizado como última opción. Cuando llegó a la parte en que Kohaku hería a Kagome se detuvo. A partir de ese punto no sabía muy bien como continuar.

No podía decir algo así como "perdí el control sobre mí mismo, marqué a Kagome sin su consentimiento y luego perseguí a Naraku transformado en youkai. Es despreciable pero ¡Eh! He salvado la situación como de costumbre". No, esa explicación no iba a ser bienvenida. Probablemente besaría el suelo medio centenar de veces y luego todos le despreciarían. Y Kagome… ella le odiaría de por vida si no era capaz de explicarle las cosas con cierto tacto. Aunque el tacto no destacaba entre sus virtudes.

- Derribé a Kohaku de un puñetazo para asegurarme de que no era una amenaza… - continuó, aunque más despacio, tratando de ganar tiempo – Después apareció Kikyo.

- Kikyo quiso atender mi herida – interrumpió Kagome – Pero Naraku seguía vivo… Recuerdo que traté de levantarme para seguir luchando pero… alguien me sujetó… - Se llevó una mano a la frente, frustrada por no ser capaz de recordar más.

- ¿Qué pasó entonces? – Quiso saber Miroku - ¿Volvió Naraku a la carga?

Inuyasha pensó en los tentáculos de Naraku tratando de alcanzarles mientras se unía a Kagome. Fue Kikyo quien los protegió en esa ocasión… Y luego, la expresión de terror de su enemigo cuando se percató de su trasformación en youkai.

- Huyó – dijo, simplemente – Y yo fui tras él.

- Qué extraño – comentó Miroku, hablando casi para sí mismo – Estabais en inferioridad de condiciones, Naraku no iba tener una oportunidad mejor que esa para atacar ¿Por qué huir?

- Tenía miedo – murmuró Kagome, al comprender lo ocurrido – Por eso lo hizo.

- ¿Miedo? – Kaede acababa de terminar de poner la cataplasma en el abdomen de Kagome y la ayudó a incorporarse - ¿De qué iba a tener miedo?

- De Inuyasha – la joven clavó sus ojos oscuros en el rostro del hanyou.

- Le alcancé fácilmente – continuó Inuyasha, ignorando a mirada que la joven le dedicó – Y trató de hacer un trato conmigo. Quería que compartiéramos el poder de la perla para así dominar el país… Cuando creyó que estaba distraído trató de herirme pero le destrocé con mis propias manos.

- Con la Tessaiga, querrás decir – corrigió Miroku.

- No… - el hanyou se cruzó de brazos, en su posición predilecta – Con mis garras. La Tessaiga la tenía Kagome.

La joven hizo un esfuerzo por recordar ¿ella tenía la espada? No era capaz de acordarse del momento en que Inuyasha le había entregado su arma con el objetivo de protegerla. Frunció el ceño, sospechando que había algo que todavía no había salido a la luz.

- Eso quiere decir… que te convertiste en youkai justo antes de enfrentarte a Naraku ¿no es así? – la voz tranquila de Miroku sacó a Kagome de sus propios pensamientos. Inuyasha asintió.

- Por eso no consigo recordarlo todo.

Permanecieron callados, cada uno inmerso en sus pensamientos, durante un largo rato. Mientras tanto, Kaede terminó de curar a Kagome, colocando un rudimentario vendaje alrededor de la cintura de la joven. Después, viendo como el ambiente en la cabaña se iba tensando por momentos, alargó a Kagome unos paños limpios y unas vestimentas de sacerdotisa. La muchacha se lo agradeció con una sonrisa, contenta de tener la oportunidad de limpiarse los restos de sangre seca y cambiarse esa ropa tan sucia. Quería estar limpia y aseada cuando llegara Sango con su bebé.

Se levantó apoyándose en la pared al dudar de que sus piernas le respondieran como debían. Cuando comentó que iría a darse un baño, Kaede le recomendó que no se mojara los vendajes. Tendría que conformarse con lavarse junto al río, en lugar del relajante baño que tanto necesitaba.

- Te acompaño – anunció Inuyasha poniéndose en pie.

Luego, sin darle tiempo a responder, y antes de que Miroku tuviera tiempo de hacer un comentario subido de tono, la tomó de la mano y la arrastró fuera de la cabaña.

Caminaron un buen trecho, él siempre por delante, ella aferrada a su mano. Kagome sonrió al pensar en que casi siempre había sido ella la que tomaba la iniciativa en ese tipo de contacto físico, por lo que el cambio le encantó. Aunque, después de todo lo que había ocurrido entre ellos, alegrarse porque la tomara de la mano quizás era algo infantil. Después miró furtivamente a su alrededor, comprobando que no hubiera nadie que pudiera verla tan ligera de ropa. Afortunadamente, parecía que los aldeanos no se habían levantado todavía, a pesar de que estaba a punto de amanecer.

- No pensarás bañarte conmigo ¿verdad? – preguntó, algo avergonzada al imaginárselo.

- No quiero dejarte sola – respondió él, sin volverse a mirarla – Podría ser peligroso.

- Me he bañado sola cientos de veces Inuyasha, ¿qué puede pasarme?

Él se detuvo abruptamente, provocando que la joven chocara contra su cuerpo. Se volvió a mirarla, con ojos cargados de preocupación. Debía explicarle lo que había ocurrido antes de que se enterara de otra forma. Tarde o temprano alguien le señalaría la herida de su cuello y ella querría saber de donde demonios había salido. Pero no tenía la menor idea de cómo decírselo sin que ella se enfureciera.

Sin decir nada, volvió a caminar en dirección al río, sin deshacer el agarre que los unía. La cabeza de Inuyasha hervía tratando de encontrar un modo "suave" de decirle que estaban unidos para la eternidad. O, mejor dicho, que había tratado de unirse a ella pero algo había salido mal durante el proceso ya que su marca estaba incompleta, al parecer. Continuaba dándole vueltas a la situación cuando de pronto recordó algo que hasta entonces había permanecido entre los pliegues de su ropa. Volvió a detenerse y soltó la mano de la joven para buscar en el interior de sus mangas. Cuando lo encontró, se lo mostró a Kagome sosteniéndolo en la palma de su mano. Se trataba de una esfera de color rosado.

- La perla… - Kagome se acercó y se maravilló de ese color tan brillante, lo que significada que estaba purificada - ¿Está completa?

- No – respondió el hanyou – faltan tres fragmentos: el de Kohaku y los dos de Kouga.

Alargó la mano y se la entregó a la sacerdotisa, quien la hizo girar entre los dedos, mirando su reflejo en la brillante superficie de la esfera. Ese pequeño objeto había sido el causante de todas sus aventuras durante todo ese tiempo… y ahora la habían conseguido ¡Y estaba prácticamente entera! Contempló detenidamente la perla y hubo algo que llamó su atención. Algo estaba mal en su reflejo. Tenía una herida en el lado izquierdo del cuello.

Levantó la mano para palparse lo que parecía una herida extraña, pero un grito de Inuyasha congeló su brazo a medio camino.

- ¡No lo toques! – ordenó él.

Por extraño que pareciera, Kagome era incapaz de mover su brazo en dirección a su cuello, como si una barrera invisible se lo impidiera. Pero ahí estaba esa herida, ahora la estudiaba con la ayuda de la brillante superficie de la Shikon. Empezó a ponerse nerviosa.

- ¿Qué está pasando Inuyasha? - Quiso saber - ¿Qué me ha pasado en el cuello?

- Tranquilízate, Kagome – el hanyou se acercó despacio – Todo tiene una explicación.

- ¡Y por qué demonios no puedo mover el brazo!

- Porque tienes que obedecerme – Se arrepintió de haber hablado en cuanto vio la expresión furiosa en los ojos de la joven.

-¡Osuwari!

El golpe no se hizo esperar. Mientras el hanyou trataba de despegar su rostro del suelo, Kagome continuaba tratando de alcanzar su cuello con la punta de los dedos pero una y otra vez, su mano era desviada irremediablemente. Estaba tan frustrada que se habría echado a llorar.

- ¿Qué me has hecho? – chilló ella, completamente fuera de sí.

Inuyasha consiguió incorporarse cuando termino el efecto del hechizo. Miro a Kagome, percatándose del miedo que iba apoderándose de la mujer. Era el momento de que pusiera sus cartas sobre la mesa, de que le explicara lo que realmente había sucedido durante la batalla final contra Naraku. Se acercó a ella, temeroso de que volviera a sentarlo, y apoyó sus manos sobre los hombros femeninos.

- Tenemos que hablar – susurró el hanyou mientras la mujer luchaba por contener las lágrimas.

Ella asintió, guardándose la perla de Shikon en el bolsillo de su pantalón. Mientras lo seguía a través del camino que llevaba hasta el río, su cabeza no dejaba de darle vueltas a lo que podía haberle sucedido. Cerró los ojos por unos segundos, tratando de recordar qué había pasado después de que Kohaku la hiriera… pero su único recuerdo era el de unos brazos que la sujetaban para impedir que se levantara… el resto era demasiado borroso todavía. Pero Inuyasha sabía algo, de eso estaba segura. Debía ser paciente con él si esperaba que le contara lo que a ella le interesaba sin irse por las ramas. Claro que, si conocía en algo a Inuyasha, estaba casi segura de que esa conversación iba a durar todo el día si no lo atajaba a tiempo. Intentó nuevamente tocarse la herida, y una vez más le fue imposible hacerlo. Maldijo para si misma.

- Inuyasha – lo llamó mientras continuaba caminando a su espalda - ¿Por qué no puedo tocarme el cuello?

Él no respondió. Quería asegurarse de estar lo suficientemente lejos de la aldea como para hablar sin riesgo a ser interrumpidos. Aunque, la verdadera razón de su silencio era que no tenía ni idea de qué responder. Había quedado claro que, por alguna razón Kagome se veía obligada a obedecer sus órdenes, pero no entendía el motivo. De modo que siguió caminando, seguro de que Kagome le seguía de cerca. Podía sentir su presencia junto a él, el olor de la sangre que manchaba su delgado cuello. Se estaba poniendo nervioso, pero estaba bastante seguro de que no iba a perder el control nuevamente con ella. Al fin y al cabo, la había marcado como suya, por lo que la seguridad de la mujer iba a ser siempre su principal prioridad.

Al rato llegaron al río. Kagome se aseó como buenamente pudo, siempre sin poder tocarse el cuello, lo que la molestaba profundamente. Frotó su cuerpo con una toalla húmeda hasta estar segura de que había eliminado todos los restos de sangre reseca y polvo. Luego, asegurándose de que Inuyasha no la observara, se quitó el sujetador manchado y se cubrió con las ropas que le había prestado Kaede. Guardó la perla en el interior de sus mangas después de observarla durante unos segundos más.

Miró su reflejo en las cristalinas aguas y descubrió, fastidiada, que la misteriosa herida de su cuello estaba sangrando. Se volvió hacia el hanyou, que aguardaba a una distancia prudencial como para dejarle intimidad.

- No para de sangrar… - murmuró ella.

Inuyasha se movió silenciosamente hasta sentarse junto a ella. Le apartó el cabello y observó la marca, que estaba inflamada e iba adquiriendo un extraño color morado. Una gota de sangre se deslizó por la curvatura del cuello femenino, para detenerse en el borde de la ropa, manchándola de un color rojo brillante. El hanyou titubeó.

- Puedo hacer que pare – explicó – Al menos durante un rato.

Ella asintió vigorosamente con la cabeza, tragándose un sollozo. Inuyasha se acercó todavía más y retiró completamente el cabello de Kagome, echándolo hacia atrás. Luego poso una de sus manos sobre el hombro de la joven y la otra con la palma abierta sobre la unión entre su mandíbula y su oreja, inmovilizándola.

Kagome se quedó sin aliento cuando el hanyou se inclinó sobre ella y pasó su cálida lengua por toda la extensión de su cuello ladeado. Los ojos de la mujer se abrieron desmesuradamente y no pudo evitar que un suspiro se escapara de sus labios. La humedad que dejaba Inuyasha en la piel de su cuello era agradable y, en cierto modo, excitante. Inconscientemente, se aferró a las ropas de él para mantenerlo cerca. Cerró los ojos y trató de relajarse.

De pronto recordó haber sido agarrada de una forma parecida, solo que la vez anterior él había estado situado a su espalda. Rememoró el dolor y el miedo padecido cuando los afilados dientes del hanyou rasgaban su piel. Escuchó el aullido triunfante en sus oídos cuando la sangre del youkai se hizo con el control del cuerpo de Inuyasha. Todo lo sucedido, las sensaciones vividas, el terror que se apoderó de ella cuando él se alejó de su lado y las convulsiones se hicieron patentes.

Inuyasha percibió el cambio en el estado de ánimo de la joven. Primero, había sido sorpresa por el íntimo contacto pero la cosa cambió en pocos segundos. Pasó su lengua una última vez por el cuello de la joven, que permanecía estática, disfrutando una vez más de su sabor y asegurándose de que no quedara ningún resto de sangre en esa delicada piel. Finalmente, levantó la cabeza, aflojando la sujeción que mantenía sobre la mujer, y la miró a los ojos para enfrentarse a ella.

La expresión en los ojos de Kagome fue como una bofetada para el hanyou.

- ¡Fuiste tu! – Lo acusó -¡Me has marcado!

CONTINUARA

Bueno, no ha avanzado mucho la cosa pero tenía que escribir este capitulo para dar paso al siguiente, una especie de transición... Espero que igualmente os haya gustado.

Muhcas gracias a los que mandais mensajes, de verdad, es genial cuando abro el correo y veo los reviews, alertas de historia o autora favoita ¡GRACIAS! Seguid así, os adoro.

Besos, Catumy