–29–
Los varones Lokison observaban expectantes a su padre, que yacía en un tabernáculo de mármol semejante a un altar alargado, con los ojos fuertemente cerrados y la frente perlada de sudor. Junto a él, sobre una barra de oro montada sobre un pedestal y rematada en el extremo con una pequeña esfera porosa donde clavaba sus pequeñas garras, una avecilla blanca y negra agitaba frenéticamente sus alas y graznaba nerviosa. Afuera de la sala, un poco apartado y consciente de su papel, el enorme Skurge guardaba la puerta como una sombra muda y protectora.
–No debería hacerlo él –susurró Jormungand–. Por lo menos debería esperar a que alguno de los experimentos que hacemos con siervos diera resultado.
–Sabes lo testarudo que es padre –replicó su hermano, en idéntico tono bajo.
Hasta el momento en que había decidido probar el hechizo consigo mismo, Loki lo había intentado con otros individuos hasta un total de ocho veces. Ocho ensayos fallidos que le habían costado otros tantos siervos, y había acabado hartándose. La pérdida de vidas no le molestaba tanto como la de su tiempo: esclavos los tenía a montones, pero no paciencia para seguir atascado en el mismo punto.
La Encantadora permanecía situada sobre el cuerpo del dios del engaño imponiendo sus manos como un sanador corriente, aunque el propósito de ambos era mucho más oscuro y peligroso que la simple curación. Intensamente concentrada, al igual que el propio Loki, murmuraba en un cántico palabras que resultaban ininteligibles para los jóvenes, porque recitaba uno de los sortilegios más difíciles y prohibidos que existían en lenguaje antiguo. Llevaba bastante tiempo haciéndolo e incluso su perfecto rostro empezaba a acusar el cansancio.
Una especie de aura en forma de niebla plateada rodeaba tanto los cuerpos del dios del engaño como de la urraca que tenía al lado, energía que Amora trataba de canalizar de un cuerpo a otro como si estuviera manipulando humo o alguna sustancia extremadamente volátil. Las paredes de roca vibraban sonoramente, acusando la tremenda energía congregada en la estancia como resultado del poderoso hechizo invocado por la asgardiana.
Cuando todo acabó, Loki inspiró profundamente y abrió los ojos. Se incorporó sobre el tabernáculo, con lo que los pliegues de la túnica que llevaba bajo sus arreos de cuero se deslizaron sedosamente sobre el frío mármol al levantarse. Apretó los párpados y se oprimió con el índice y pulgar el puente de la nariz: parecía algo aturdido.
–¿Cómo ha ido todo, padre? –inquirió ansiosamente Jormungand.
Tras unos segundos, el dios del engaño abrió de nuevo los ojos, repuesto del todo.
–Creo que bien.
–¿Tienes alguna sensación extraña, como si te faltara algo?
–En realidad no. No he notado mayor pérdida que si me cortara las uñas o el cabello –reflexionó, y extendió el brazo–. Ven aquí, mi pequeño Ikol.
Como si obedeciera una orden telepática, la urraca abandonó su pedestal de oro y se posó en su mano con una docilidad abrumadora. Loki observó detenidamente los ojillos del ave, negros y redondos como canicas, que brillaban a la tenue luz de las antorchas que iluminaban el lugar. La mirada en los del dios era curiosa, de reconocimiento, como si estuviera contemplando en ellos su propio reflejo.
–¿Ikol? Qué original –murmuró el joven con sorna, aunque Loki prefirió ignorarlo.
–No lo comprendo, padre –Fenrir se cruzó de brazos con gesto un tanto despectivo–. Si tenía que ser un ave, podrías haber elegido algo más majestuoso, como un águila o un halcón. ¿Por qué una escuálida urraca?
–Un pájaro más grande sería demasiado llamativo. No, esto es lo que necesito. Un animalillo pequeño, oscuro, que no llame la atención; que nadie pueda sospechar el valor que encierra –Sólo con un animal así él podría sentirse identificado, aunque no fuera a detenerse a explicar todas aquellas razones a sus hijos.
–¿Entonces por fin ha funcionado? –insistió ilusionado el mayor de los Lokison.
–Así es –asintió su padre–. Puedo sentirlo.
Elevó su brazo, como conminando al pájaro a volar, cosa que éste hizo. La sala era totalmente cerrada y sin ventanas, de modo que se limitó a dar vueltas por la parte más elevada de la bóveda circular. Los párpados de Loki se entrecerraron comenzando a temblar y su iris y pupilas parecieron difuminarse, dejando entrever sólo un inquietante fondo blanco en sus ojos.
–Puedo ver lo que él ve –declaró con tono satisfecho–, y lo siento batir sus alas como si fueran mías.
Parpadeó un par de veces y sus ojos recuperaron su aspecto normal.
–Te felicito, Amora –dijo complacido–. Ya sabía yo que, aplicándote la presión adecuada, acabarías por ser de utilidad.
La aludida arrugó la nariz, pero no contestó. Aquello era lo más cercano a un cumplido que había recibido de Loki hasta el momento, así que no era cuestión de quejarse. A decir verdad, hacía semanas que su socio estaba de bastante mejor humor y era casi tratable. Que aquel cambio de actitud coincidiera con la llegada de la actual habitante de las habitaciones del ala este de la fortaleza decía mucho sobre la influencia de ésta sobre el dios del engaño.
–Te has arriesgado mucho –Jormungand reprochó a su padre–. Corrías el peligro de acabar como los demás.
–Por eso, en mi caso, sólo hicimos un ensayo parcial. Tal y como preveía, la clave está en que el individuo objeto del hechizo colabore activamente, por lo que debe tener nociones de brujería para acompañar el ritual desde dentro. Todos los demás sujetos que utilizamos antes eran esclavos jotnar ignorantes y de baja ralea, que se asustaron y bloquearon el efecto del conjuro. Pero eso ya da igual –Poco importaban los experimentos fallidos o las muertes si conseguía su objetivo. En esta ocasión lo había hecho, y era una suerte: prefería no imaginar lo que habría podido ocurrirle a su alma si hubiera fracasado.
Juntó las palmas de sus manos, concentrándose e inspirando para invocar con sus poderes místicos un portal dimensional que conectara su reino con Asgard. En pocos segundos, pareció abrirse una brecha en el tejido de la realidad, rodeada de un fulgor azul eléctrico. Graznando, el córvido encaminó su vuelo hacia la abertura y desapareció entre los destellos.
–Vuela, mi otro yo –susurró el dios del engaño–. Vuela y ve más allá de donde yo pueda llegar.
Después, se giró para que sus hijos pudieran escucharle:
–Ese pequeño pájaro es más importante de lo que os imagináis. No sólo representa un gran avance en nuestra lucha contra el adverso destino, sino que nos dará noticias fidedignas de lo que ocurra en Asgard, mucho mejor que cualquier espía. Se confundirá con Huginn y Muninn, los cuervos mascota de Odín, y al ser un pájaro tan pequeño e insignificante, ni siquiera Heimdall le prestará atención –explicó satisfecho.
–No deberías cantar victoria tan pronto –le aconsejó la hechicera con seriedad–. Aunque por ahora el hechizo haya funcionado, esto sólo ha sido un ensayo parcial de algo que nadie ha conseguido antes. Estamos jugando con fuerzas peligrosas incluso para hechiceros expertos como nosotros. El Sjælevandring, formulado en su totalidad, es terriblemente complejo, y ese bicho que has escogido tiene un cuerpo demasiado pequeño. Cuando llegue el momento…
–…cuando llegue el momento, todo irá bien –zanjó Loki–. Esta vez saldrá bien, lo sé. Estamos preparando nuestros planes con gran cuidado y por primera vez tenemos sorpresas que nuestros enemigos no prevén. Esta vez la magia está de nuestro lado, y tú y yo trabajando juntos conseguiremos romper con la proverbial maldita buena suerte de los asgardianos.
–*–*–*–*–*–
Entretanto, en otra parte de la fortaleza alejada de ellos, otra asgardiana atravesaba uno de los corredores embaldosados en mármol. Después de varias semanas allí, Sigyn ya se había habituado a vivir levantando la cabeza para mirar a la mayoría de sus moradores, como si fuera una enanita; y a tener que abrigarse con pieles para ir por las zonas de paso común. Caminaba apresuradamente y en silencio, tratando por todos los medios de no llamar la atención, lo cual era complicado siendo la señora del castillo, ya que cada jotun que la veía la saludaba con gran pleitesía, tal y como había ordenado Loki.
Al llegar al lugar al que se dirigía, se detuvo frente a la puerta de la cámara e intentó acceder ignorando a los imponentes guardianes que la protegían, pero éstos cruzaron sus lanzas de escarcha frente a ella, impidiéndole el paso.
–Disculpadnos mi señora, pero no podéis entrar. Éste es el recinto de estudio privado de Lord Loki. Nos ha prohibido terminantemente que dejemos pasar a nadie.
Sigyn dedicó a los guardias jotnar su sonrisa más tranquilizadora. Recordó que debía parecer calmada, como si fuera algo que hiciera todos los días. No perdería los nervios como le ocurrió aquella vez que entró a la fuerza en la Cámara protegida de Odín, y tampoco debía mostrarse demasiado ansiosa. Aunque aquellos colosos azulados no parecieran destacar precisamente por su brillante inteligencia, no quería despertar la menor sospecha.
–Lo sé, pero es precisamente él quien me ha mandado entrar aquí, a por unos materiales que necesita para un hechizo –se excusó. En realidad, por lo que le había oído a Tess, era cierto que Loki estaba ocupado en alguno de sus oscuros experimentos mágicos, pero no le había pedido a ella nada en absoluto. Además, dado que había elegido una sala alejada de su laboratorio porque necesitaba un espacio más abierto, eso le daba a ella la ocasión perfecta para curiosear un poco por allí–. Vamos, soy su esposa… él confía totalmente en mí –alegó con su voz más melosa y conciliadora y les mostró las llaves, entregadas por Loki, que colgaban de su cinturón y que acreditaban su posición de señora de la fortaleza–. Y ya sabéis lo impaciente que es. Si su experimento se retrasa debido a que me habéis retenido aquí, no hace falta que os diga cómo se pondrá…
Los centinelas intercambiaron una mirada no exenta de cierta inquietud. Sí, claro que conocían a su amo, y conocían también las consecuencias de enfurecerlo. Y después de todo, la diminuta mujer que tan razonablemente les hablaba era la esposa del señor. Ignoraban la compleja relación que existía entre el matrimonio y no tenían razones para desconfiar de su señora, de modo que finalmente se rindieron y apartaron las lanzas de hielo del umbral de la puerta.
Sigyn se guardó de dejar traslucir su entusiasmo: no debía demostrar lo importante que era para ella poder entrar allí.
El laboratorio de Loki era aún más grande que el que había poseído en Asgard. Las paredes estaban en su mayor parte ocupadas por altos anaqueles de madera grisácea, y éstos daban cabida a multitud de rollos de pergamino y antiquísimos códices, los cuales debían contener todo tipo de hechizos, encantamientos y conjuros procedentes de cada uno de los Nueve Reinos. En uno de los rincones había una mesa que Loki seguramente utilizaba cuando le apetecía jugar con fórmulas alquímicas, a juzgar por los alambiques y retortas para destilar que aparecían pulcramente ordenadas, y tan limpias que arrojaban destellos incluso a la tenue luz que había en la estancia, así como las probetas llenas de extraños líquidos cuya naturaleza Sigyn prefería ignorar.
Sigyn se deshizo de las pieles para estar más cómoda y las colgó de uno de los ganchos que había fijados en la pared para continuar examinando el recinto. Llamó su atención el tablero central, un poco inclinado, que hacía las veces de atril para lectura y también de escritorio. La mujer inspiró, con diversas emociones contradictorias burbujeando en su estómago. Aquella mesa era muy similar a una que Loki había tenido en Asgard, donde ellos… No, prefería no pensar en ello. No eran recuerdos dolorosos lo que había ido a buscar allí, sino algo más concreto y sobre todo más útil.
Localizó las Llamas de la Omnipresencia casi al instante, puesto que no estaba cubierto ni disimulado como un anticuado espejo como su marido lo tenía su despacho del Palacio de Odín; sino que por el contrario, estaba a la vista y bien cuidado, tal y como lo había visto en una ocasión en la Cámara protegida.
Posó una mano sobre la pulida luna y la otra sobre la madera roja tallada en forma de lenguas de fuego que conformaba el marco del espejo y el objeto se activó casi inmediatamente. Sigyn evocó lo mucho que le había costado utilizarlo por primera vez al no saber nada de magia, pero ahora que tenía cierto dominio sobre ella, su uso se le antojaba tan simple como un juego de niños. Si en el pasado, ignorante como ella era, había podido contactar con Jotunheim desde Asgard, suponía que ahora no le costaría mucho realizar el recorrido en sentido inverso… y así localizar a Thor o a Odín, o Frigga, quien fuera, y suplicarles que vinieran a sacarlas a Tess y a ella de aquel reino de hielo y de aquella jaula con barrotes de oro.
Escapar. Ésa era la única idea que ocupaba la mente de la asgardiana, al punto de la obsesión. Durante aquellas semanas había pasado casi todo el tiempo en la biblioteca común, con la nariz metida en cualquier libro que pudiese encontrar. Ante su marido, ante Tess y ante todo el mundo, fingía estar interesada en seguir desarrollando sus habilidades mágicas de forma autodidacta, tal y como el propio Loki había hecho en el pasado, pero en realidad buscaba desesperadamente una mínima idea de cómo poder trasladarse de un reino a otro sin necesidad del Bifrost.
Sin embargo, tras varias decepcionantes semanas de estudiar cada libro, no había encontrado nada que le fuese de utilidad, de modo que había decidido arriesgarse y centrar su pesquisa en un ámbito más "especializado" como el laboratorio de Loki. Además, recientemente se había acordado de la existencia aquel espejo de su marido que podía traspasar las dimensiones. Se sentía una estúpida por no haberlo recordado antes y decidió que tenía que llegar hasta él como fuera.
Pero una vez ante él, se estaba llevando una desilusión. Si bien le resultó relativamente fácil localizar mentalmente Asgard, no lo fue tanto centrarse sobre la corte del Reino Dorado, el hogar de todos cuantos la hubieran conocido allí. Cada vez que intentaba penetrar en ella, sólo podía ver una especie de neblina gris manifestándose ante el cristal, y pasó un buen rato intentando inútilmente discernir algo bajo aquella maldita bruma, hasta que tuvo que rendirse. Golpeó el marco con el puño, sin poder acallar un gruñido de rabiosa frustración, y se alejó del espejo, con lo que éste recuperó su apariencia reflectante normal. Otro camino que no llevaba a ninguna parte.
Pero no quiso rendirse. Miró a su alrededor por todos lados, buscando cualquier cosa que le sirviese de inspiración. Su atención se vio atraída por unos grandes pergaminos atados en forma de rollo, cuyas dimensiones le hicieron sospechar que se trataba de mapas. Al acercarse y desatar el cordoncillo que los unía, pudo ver con satisfacción que no se había equivocado.
Se acordó de cierto mapa propiedad de Loki, que mostraba los misteriosos caminos invisibles entre los distintos Reinos del Yggdrasil, y que él solía utilizar antes de aprender a teletransportarse. Sí, recordaba haberlo visto en más de una ocasión en manos de su marido, pensó con la esperanza abriéndose paso de nuevo en su corazón. Si consiguiera encontrarlo… era justo lo que necesitaba para perder de vista aquel reino helado.
Moviendo velozmente sus dedos recorrió todos los planos sin localizar el que buscaba. Habría sido demasiada suerte, pensó con una sonrisa amarga, pero seguro que algo habría allí a lo que podría sacarle partido. Empezó a inspeccionar los mapas de nuevo uno a uno, y se detuvo en uno cuyas leyendas estaban en lenguaje antiguo, que mostraban la extensa superficie del Reino de Jotunheim. Lo estudió cuidadosamente, localizando el lugar donde se ubicaban los dominios de Loki y calculando la distancia que éstos se encontraban de Utgard, la capital. Recordaba lo que Thor le había relatado sobre la primera incursión que él, su hermano y sus amigos hicieron en la tierra de los gigantes de hielo para desafiar al rey Laufey. Habían llegado hasta allí utilizando el Puente Bifrost y aunque habían estado poco tiempo, habían podido caminar, respirar y hasta luchar allí, lo que demostraba que los asgardianos sí eran capaces de sobrevivir en aquel clima, aunque fuese durante un tiempo limitado.
La cuestión era… ¿sería ella capaz? Podría abrigarse bien e intentar llegar hasta Utgard, donde sabía que Heimdall sí podría escuchar sus llamadas de auxilio, pero, y contando con que pudiera convencer a Tess para que la acompañara, que sobrevivieran al frío, que Loki no las atrapara de nuevo y muchos más factores de difícil cumplimiento, ¿qué haría si llegaban a Utgard y aun así Heimdall se negaba a bajar el Puente?
–Entonces… ¿qué estás haciendo, querida mía? –la voz de su marido a sus espaldas, no sólo interrumpió sus atribuladas cavilaciones sino que le dio un susto de muerte.
–¡Ah! –no pudo evitar chillar– Loki… ¿qué haces aquí?
–Bueno, éste es mi despacho –repuso él en tono conciliador, como si le estuviera hablando a una niña pequeña. En realidad, tras separarse de Amora y sus hijos, había decidido ir allí a estudiar unos tratados que profundizaban en el Sjælevandring. No esperaba encontrarse aquella sorpresa.
–¿Y siempre tienes que aparecer así, por la espalda?
Él se echó a reír.
–Lo siento, Sigyn. No era mi intención asustarte.
–Ya –Comenzó a manosear los pergaminos, desordenándolos, en apariencia para desahogar su irritación, pero en realidad lo hacía para que Loki no pudiera ver cuál había estado examinando–. Pues es una costumbre tuya, hacer cosas que en realidad no son tu intención –Su ataque no hizo mella en el buen humor del dios.
–Ah, querida. Sabes que es muy pronto para discutir.
–Contigo nunca es pronto para eso.
–¿Y por qué me da la impresión de que quieres provocar una disputa para no contestar a mi pregunta de qué estás haciendo en mi laboratorio?
Sigyn se esforzó por disimular sus nervios y actuar con normalidad. Algo complicado, ya que el corazón se le había desbocado y le latía tan fuerte que sus pulsaciones le golpeaban en los oídos, tanto por el hecho de que Loki la hubiese sorprendido en su clandestina búsqueda como por la simple proximidad de éste. Se desplazó un poco, de forma que su cuerpo tapara un poco los pergaminos y desviar la atención de su marido.
–Yo… estaba buscando un tratado de magia.
–¿Un tratado de magia? –alzó las cejas sorprendido– ¿Cuál, exactamente?
–Cualquiera. Ya sabes que, aunque haya perdido el contacto con Clea, quiero seguir desarrollando mis habilidades mágicas, y los libros que tienes en la biblioteca común apenas tratan sobre el tema –terminó.
Él no dijo nada, pero con una sonrisa socarrona, alzó los dedos y los movió un poco. Al instante, uno de los libros que había en los anaqueles superiores se separó del resto y levitó suavemente hacia las manos de Sigyn, quien lo tomó y lo hojeó interesada.
–Supongo que esto servirá… Gracias –comentó, pasando las hojas. Por desgracia no se veía nada de utilidad para viajar entre dimensiones, pero conocía a su marido y sabía que, de haberlo habido, él nunca le habría facilitado aquel documento.
Sin embargo, al estar entretenida con el libro, se distrajo y olvidó proteger la mesa con los pergaminos; distracción que Loki aprovechó para hacerla suavemente a un lado e inspeccionarlos:
–Bien, y ahora echemos un vistazo a lo que verdaderamente estabas mirando…
–¡Eh! –protestó ella, dándose cuenta de que había vuelto a tomarle el pelo. Pero su enojo dio paso enseguida al temor– ¡Loki, no…!
Pero ya era tarde. Él pasó rápidamente por los planos de menor interés, hasta dar con el mapa del Reino de los gigantes de hielo.
–Así que estás estudiando un mapa de Jotunheim. ¿Ahora te interesa incrementar tus conocimientos sobre tu nueva tierra, o más bien… –su mirada se estrechó, susceptible– …buscas el modo de escapar?
La mujer tragó saliva al verse descubierta. No sabía qué contestar.
–No era eso lo que habíamos acordado, Sigyn –en las palabras del dios había más decepción que enfado–. Habías accedido a quedarte.
–Dije que sería temporalmente –puntualizó ella, enfatizando la última palabra–. Y dije también que nunca renunciaría a mis esperanzas de regresar a Asgard algún día.
–Excusas –la cortó. Su tono lastimero empezó a endurecerse–. Creí que estabas empezando a adaptarte, pero resulta que durante todo este tiempo sólo pensabas en abandonarme. ¿Qué planeabas, fugarte de la fortaleza con Tess y recorrer solas esta peligrosa tundra hasta que Heimdall te viera y le diera por apiadarse de ti? ¿Y qué harías si no lo hiciera? ¿Volverías a arriesgar tu vida de nuevo, así como la de mi hija? Porque el frío no es la única amenaza de ahí fuera: están las bestias salvajes y los salvajes jotnar que no saben quién soy yo, ni verían en vosotras otra cosa que dos pequeñas y débiles asgardianas que destruir.
Ella aguantó el sermón con las manos juntas y la vista fija en el suelo, como una adolescente regañada por alguna travesura. No quería decir nada, pero el subconsciente la traicionó y se le escapó una mirada hacia Las Llamas de la Omnipresencia, mirada que por supuesto Loki captó.
–Ah, ya entiendo. Querías ponerte en contacto con Asgard para pedir auxilio. Pero, querida mía, me temo que es inútil. Al viejo le ha hecho falta tener toda una cohorte de magos, pero al final han conseguido imponer una barrera mística en torno al Palacio Real de forma que no puede verse desde aquí. Te habrás llevado un buen chasco, ¿no?
Ella no contestó, pero su expresión desalentada lo decía todo.
–O tal vez estabas buscando mi mapa de los pórticos interdimensionales –continuó él, malicioso. Sigyn estaba asombrada: ¿cómo demonios podía ese hombre, normalmente carente de toda empatía, ser capaz de adivinar todos sus pensamientos cuando se trataba de trampas o maquinaciones? Por mucho que ella tratara de anticipársele, era él quien siempre iba un paso por delante.
–No… no sé de qué estás hablando –forzó una sonrisa.
–Claro que lo sabes –le devolvió la sonrisa, tan hipócrita como la de ella–. Así que me lo llevaré de aquí –de nuevo extendió la mano, y esta vez un portarrollos de marfil, situado en un rincón bastante elevado e inaccesible de uno de los anaqueles, flotó por los aires a su mano, del mismo modo que el libro de magia unos minutos antes. Sigyn intentó mantener la calma al ver el objeto–. Creo que guardaré esto en mis habitaciones. Ya sabes, por si acaso. Para evitarte tentaciones –Loki se guardó el portarrollos entre las ropas ante la mirada interesada de Sigyn, pero ella enseguida bajó la vista, intentando disimular.
–¿Puedo retirarme?
–Puedes retirarte –concedió él magnánimo–. Por cierto, me gustaría que te pusieses guapa para la cena de esta noche. Es una ocasión especial y quiero que la belleza de mi esposa luzca en todo su esplendor –añadió galante. Mientras la requebraba, se acercó y alargó la mano para acariciarle la mejilla, un simple e inocente gesto de ternura que no pretendía pasar a mayores. Sin embargo, Sigyn lo rehuyó retrocediendo, desviando la vista y conteniendo la respiración como si le desagradara que la tocase. Él no hizo comentario ni demostración alguna de lo mucho que le dolió esa reacción.
–Por supuesto, Loki. Lo que tú digas –dijo ella con el tono dócil que sabía que a él le gustaba, para compensar un poco su brusca actitud. Parecía avergonzada, como si una parte de ella se arrepintiera de actuar así. Tomó el volumen y sus pieles y se giró para salir de la estancia, pero él la detuvo:
–Y, ¿Sigyn? –Ella se quedó paralizada, aguardando:
–¿Sí?
–Por favor, no vuelvas a hacerlo.
Imposible determinar si su tono afable, casi paternal, encerraba una amenaza o una súplica. Sigyn estuvo tentada de fingir que no sabía a qué se refería, pero ambos sabrían que estaba mintiendo.
–Yo… yo no… –balbució confusa, sin saber bien qué decir, así que optó por marcharse sin decir nada. Cualquier justificación sólo la hundiría más en el fango.
Una vez solo, Loki se sentó en su butaca y extrajo el rollo con el mapa de los pórticos interdimensionales de entre sus ropas, observándolo con cierta melancolía. Mejor que lo escondiera bien, pensó. Su mujer estaba tan deseosa de escapar que era capaz de cometer una locura.
"Ah, Sigyn…", suspiró. "¿Cuándo dejarás de huir de mí?".
–*–*–*–*–*–
Loki le había pedido que se engalanara para la cena de esa noche porque era una "ocasión especial". Ella no tenía ni idea de qué ocasión se trataría, si tenían invitados o celebraban algo, pero, y aunque la idea de representar de nuevo el papel de anfitriona perfecta le daba una pereza horrible, prefería no iniciar una discusión por una nimiedad: se suponía que volvía a ser la esposa dócil de antaño, aunque por dentro poco tuviera que ver con la Sigyn sumisa de entonces.
Se arreglaría un poco, pero tampoco se mataría esforzándose para que su marido pudiera exhibirla como si fuera otro de sus trofeos. Se puso el primer traje un poco elegante que encontró en el vestidor, en color crema con unas bonitas mangas de terciopelo verde botella y abullonadas por la parte del hombro; y ciñó su frente con una tiara de oro y esmeraldas perteneciente a la extensa colección de joyas que Loki le había regalado, una colección que triplicaba en cantidad y en valor a la que había tenido en Asgard como Princesa Consorte.
Cuando apareció en el salón, a la hora usual a la que se servía la cena, se sorprendió un poco al ver que el resto de comensales estaba ya sentados y esperándola. Extrañada, avanzó hacia ellos, preguntándose si habría llegado tarde y lamentando no tener su reloj midgardiano con el que había medido el tiempo cuando vivía en la Tierra.
Al contemplarla, las normalmente severas facciones del dios del engaño se distendieron en una sonrisa.
–Ah, por fin llegó la otra invitada de honor –se levantó para tomarla de la mano y acompañarla ceremoniosamente a la mesa. Sigyn frunció el ceño, confusa; no entendía a qué venía tanta solemnidad, teniendo en cuenta que no había invitados externos a los que agasajar. Sólo estaban las personas de siempre: Loki y sus hijos, Tess incluida; y también Amora y Lorelei.
Semanas atrás, cuando Sigyn y Tess habían comenzado a compartir la mesa con Loki y su familia, éste le había explicado que excluir a Lorelei de sus comidas podría crearle un conflicto con Amora. "No me conviene contrariarla ahora por una tontería, pero si la presencia de Lorelei te incomoda, ordenaré que coma en su recámara", le dijo con esa extraña nueva disposición suya de concederle hasta el menor de sus deseos. Sigyn le respondió que, por lo que a ella respectaba, podía hacer lo que le diera la real gana, ya que era Lorelei quien tenía problemas con ella más que al contrario.
–Siento haber llegado tarde. Podríais haber empezado sin mí.
–¿Cómo vamos a empezar sin ti? –contestó él como si ella hubiera dicho una gran bobada, y miró hacia la mesa donde su hija adolescente los contemplaba, muy contenta de verlos juntos–. Tess nunca aceptaría comenzar su banquete de cumpleaños sin su madre.
Entonces Sigyn cayó en la cuenta de qué ocasión era y palideció. ¡Era el cumpleaños de Tess!
¡Había olvidado completamente el cumpleaños de su hija!
–Bien, ya estamos todos –añadió Loki, y dio unos pasos avanzando hacia la mesa y tomándola a ella de la mano. Los demás los observaban, atentos a las palabras del dios–. Cuando estaba en Midgard y supe de la existencia de mi hija menor, me prometí que no volvería a perderme ninguno de sus cumpleaños. Hoy, mi deseo de reunir a mi familia es una realidad. Tengo aquí a mis hijos varones, de los que estoy más que orgulloso…
Fenrir y Jormungand, los dos vestidos con túnicas ceremoniales –negra y dorada el primero, y blanca y verde amarillenta el segundo–, intercambiaron una mirada confusa, como sorprendidos de que su padre hablara de ellos en términos tan elogiosos.
–…Tengo a Tess, que hoy cumple quince años y es ya toda una mujer y poderosa hechicera en ciernes… –contempló amorosamente a su hija, que le devolvió una amplia sonrisa–; y sobre todo, tengo junto a mí a la mujer a la que debo varias veces la vida, mi compañera y mi futura reina –le pasó un brazo en torno a su cintura de forma tierna y protectora, ignorando la forma en la que ella se envaraba cuando lo sintió tocarla–: Sigyn, mi querida esposa.
Los ojos de todos los presentes se posaron en ella, pero ésta estaba como en otra parte. La idea de haber olvidado el cumpleaños de su hija la llenaba de vergüenza y remordimiento. Tomando su actitud distraída por timidez, Loki continuó:
–Como sabéis, hace poco que ella ha regresado a esta casa y ha tomado su lugar a mi lado como su nueva ama y señora. Todos los habitantes de este lugar deben respetarla como si de mí mismo se tratara. Porque si me llego a enterar de que no lo hacen… –su jovial expresión se volvió más seria mientras miraba a Lorelei, demostrando que sus últimas palabras iban dirigidas a ella. Ésta bajó la vista, mortificada.
Ignorándola, el dios acompañó a Sigyn hacia su asiento, situado a la derecha del suyo propio, en la cabecera de la mesa. A la izquierda de Loki, y como excepción por su cumpleaños –ya que aquel lugar le correspondía a Fenrir como primogénito–, estaba sentada Tess; y al lado de ésta estaban la Encantadora y su hermana. Enfrente, y a la derecha de Sigyn, se sentaban los dos Lokison, el mayor en el medio y el menor en el extremo de la mesa.
–Vamos, querida –intentó animarla mientras iban a la mesa–, no seas tímida. Estás en tu casa.
Ella resopló:
–…Sí, Loki.
–Qué seca –protestó él en broma, atrayéndola mimosamente hacia si–. "Sí, amado mío" o "sí, esposo mío" quedarían mejor que un simple "sí, Loki".
Ella le lanzó una de sus miradas aviesas. No sabía qué era peor, si cuando el dios del engaño era implacable y cruel o cuando estaba de buen humor y con ganas de juegos.
–No fuerces tu suerte, Loki. Bastante hago con aguantar todo esto –murmuró, y avanzó hasta su hija y le dio un beso–. Feliz cumpleaños, cariño. Siento no haberte felicitado antes, yo… –vaciló–, estaba muy… eh, ocupada.
–No te preocupes, mamá –Tess no parecía molesta en absoluto por el descuido de su madre. Estaba radiante: llevaba un traje de organdí en color verde amarillento que hacía que el de sus ojos se viera aún más intenso, y había dejado crecer su cabello oscuro hasta por debajo de los hombros, como si quisiera imitar el estilo más femenino de su madre o de Amora. Aquellas pocas semanas en Jotunheim parecían haberla hecho florecer, transformándola poco a poco de la linda chiquilla que había sido en la Tierra a la deslumbrante mujer de felina belleza que estaba destinada a ser.
Tras sentarse, todos comenzaron a disfrutar el banquete servido por criados jotnar, cuyo plato fuerte era cordero asado con miel y romero que se acompañaba con puré de batatas y una guarnición de legumbres y frutos secos; además de otras sabrosas viandas como sopa de pescado, salmón y trucha ahumados, ensalada de tiras de arenque y tortas de pan crujiente, todo regado con aquavit, cerveza e hidromiel. Hasta la comida allí había mejorado, debido por un lado a que Loki se esforzaba en importar al Reino Helado los mejores alimentos para complacer a su mujer; y por otro a que el cocinero estado consultando a Sigyn para aprender cocina tanto asgardiana como de la Tierra.
Una estampa curiosa, sin duda, era ver al dios del engaño, a su renuente esposa y a sus hijos teriántropos reunidos a la mesa, comiendo y charlando animadamente como si de una familia normal se tratara. Claro que el tema principal de conversación no tenía mucho que ver con lo que el resto de las familias solía tratar en la mesa: como llevaba siendo habitual durante aquellos días, se habló casi exclusivamente de los avances en los preparativos de la guerra y de la gran nave que estaban construyendo para tal fin, aunque esta vez también dedicaron un rato a alabar los progresos de Tess en su aprendizaje de la hechicería como discípula de la Encantadora. Sólo Loki y sus hijos participaban en la conversación, con alguna intervención ocasional de Amora. Después de que Sigyn empezara a asistir a las cenas como esposa del dios del engaño, Lorelei apenas abría la boca salvo para comer o hacer comentarios enojosos; y en cuanto a la propia Sigyn, esa noche estaba totalmente en otro lugar.
"Dos meses…", pensaba. Dada la fecha del cumpleaños de Tess, habían transcurrido dos meses desde que Loki las había llevado a Jotunheim. No había estado contando los días y desde luego no se había percatado de que llevaran viviendo allí tanto tiempo. Un tiempo que ella había pasado como en una bruma, rompiéndose la cabeza en busca de la forma de escapar para mantener su mente ocupada. Incluso había empezado a evitar también a su hija, ya que cada vez que se veían ella no hacía más que recordarle lo feliz que era allí y lo encantada que estaba con su nueva y excitante vida y con su padre y hermanos, a quienes veía como unos piratas aventureros.
Dos meses ya, y con la perspectiva de quedarse toda la vida allí. Era insoportable, aunque no por lo que ella hubiera imaginado en un principio, no. La verdadera razón era mucho peor.
Aguzó el oído cuando escuchó que Jormungand mencionaba a la Tierra. Normalmente no le interesaban todas aquellas tácticas militares, estrategias y detalles técnicos de armas y ejércitos que a Loki y a sus hijos les apasionaba discutir, pero en aquel momento eso cambió. Absorta durante todo aquel tiempo en su obsesión por regresar a Asgard, no había vuelto a pensar en Midgard ni en todo que habían dejado allí.
–La Tierra… –murmuró. Sabía que Jormungand era el único que viajaba con regularidad a Midgard para controlar la situación allí, disfrazado de propietario de un próspero consorcio armamentístico internacional–. ¿Cómo van las cosas en la Tierra?
Jormungand la observó sorprendido. Tras todas aquellas semanas, ella aún no se había acostumbrado a interactuar con ellos, no porque los despreciara, sino por timidez; y las veces que se dirigía expresamente a ellos eran escasas. Mucho debía interesarle aquel tema para sacarla de su mutismo.
–¿Seguro que quieres saberlo? –le preguntó de todas formas, socarrón.
–Sí, sí quiero.
–Pues muy bien para nosotros, y desastrosamente mal para ellos –contestó ufanamente el joven serpiente–. Aunque supuestamente allí es primavera, la temperatura ha descendido tanto que se siente uno como en casa –declaró satisfecho hacia sus hermanos–. Las zonas más cercanas a los Polos son prácticamente inhabitables para los mortales y se están produciendo migraciones masivas hacia los países de su Ecuador, lo cual está produciendo una masificación en esas zonas. La mayor parte de las cosechas están arruinadas y los ganados mueren de frío y hambre, así que los mortales se están matando por los pocos alimentos que quedan. Hay hambrunas y guerras en Oriente Medio, en China, en África, en Estados Unidos y la zona sur de Latinoamérica, Europa está medio despoblada, Rusia y Canadá están desiertas… Por ahora aún resisten las zonas ecuatoriales, pero sólo será hasta que llegue el (281) Hati.
–¿Qué es el (281) Hati? –inquirió Tess, intrigada.
–Es un asteroide que se está acercando a la luna de Midgard, calculamos que chocará contra ella a mediados del invierno que viene. El impacto desestabilizará la órbita lunar, con lo que el eje de inclinación del planeta se verá afectado y el clima global enloquecerá, congelándose incluso las zonas que ahora son cálidas. De todas formas, ya ahora mismo su atracción gravitatoria ya está empezando a alterar dicha órbita lunar, y con ella los polos magnéticos de la Tierra.
–Traduce, hermano… –pidió Fenrir haciendo un movimiento rotatorio con la mano como pidiendo a Jormungand que resumiera.
–Pues se traduce en gigantescos maremotos, terremotos y erupciones volcánicas a lo largo de todo el globo. Por ejemplo, Japón, la India, la mayor parte de las islas de Oceanía y la mitad de zonas de costa ya no existen.
–Dios mío… –Sigyn oía todo aquel recuento de desastres, que tan desapasionadamente enumeraba Jormungand, tapándose la boca como intentando contener su horror. Pensó en todos sus amigos y conocidos atrapados en aquel reino, en medio de aquella situación pronto apocalíptica. Los compañeros que había dejado en Lubbock, sus alumnos… Y la gente de la Fundación en Nueva York. Los Vengadores (¿estarían todos vivos aún?), estarían haciendo denodados esfuerzos para contener todo aquello y proteger a su gente, pero no se podía luchar contra lo imposible.
Una cosa más que añadir a la lista de cosas por las que sentirse culpable. Si no hubiese liberado a Loki de aquel mecanismo de Stark…
–Es espantoso… –Tess estaba también un poco impresionada.
–No te inquietes, hija –intervino Loki con tono beatífico–. Todo esto te puede sonar terrible, pero es necesario: a ese planeta le hace falta una buena purga. No dejes que te afecte. Ya te lo dije cuando estábamos allí: los mortales no son nada tuyo para que te preocupes por ellos, y además ahora están muy lejos…
La joven pareció reflexiva, aunque al final esbozó un gesto de reticente conformidad. Atesoraba cada una de las palabras de su padre como verdades incontestables, y pese a que aquellas afirmaciones sobre los mortales parecían en un principio crueles e inhumanas, el tiempo que llevaba allí la estaba haciendo olvidarse poco a poco de su planeta de nacimiento. Era como si todas aquellas muertes y catástrofes no dolieran tanto si tenían lugar a cientos de años luz de distancia.
–Pero papá, ¿por qué quieres destruir la Tierra?
Los tenedores, cuchillos y sonidos de masticación se suspendieron durante unos instantes y todas las miradas se dirigieron, algo más que curiosas, hacia el señor de la fortaleza. Jamás nadie se había lanzado a preguntar tan directamente los motivos de Loki para iniciar aquella guerra sin precedentes. Fenrir y Jormungand se habían limitado a darla por hecho desde su infancia, sin cuestionarse los motivos, y en cuanto a los demás, simplemente no se habían atrevido; de modo que ahora aguardaban expectantes la respuesta del dios del engaño.
–¿Quién te ha dicho que quiero destruirla? –replicó Loki con toda tranquilidad–. En realidad, quiero salvarla.
Sigyn estuvo a punto de atragantarse con su bocado.
–¿Salvarla? –repitió. El cinismo de aquel hombre no tenía límites.
–Así es –asintió él–. Y tú más que nadie deberías comprenderlo. En todos los años que viviste allí, tuviste tiempo de sobra para comprobar que los mortales no saben autogestionarse –explicó–. Han tenido varios milenios para ello, ¿y qué es lo que han conseguido con su cacareada libertad? Contaminación, guerras, hambre, enfermedades… –contó con los dedos de su mano mientras enumeraba todos aquellos males–. Un reino con tantos recursos y potencial, y va directo hacia el desastre. No, los mortales no saben manejar su libertad, nunca han sabido.
–Así que por eso los estás exterminando a base de frío y de hambre –apuntó ella con dureza–. Por "su bien".
–Es culpa suya –se defendió el dios del engaño, ofendido ante la acusación–. Si no fueran tan rebeldes y se sometieran como deben, no me vería obligado a reducir tan drásticamente su población. Los supervivientes estarán tan debilitados y necesitados de orden que nos recibirán como los dioses que somos; y tendrán la suerte de residir en el nuevo Midgard que reconstruiremos, que será mil veces mejor que el anterior. La única salvación de ese mundo es que alguien superior los gobierne con mano dura.
–Y ese alguien eres tú, por supuesto –replicó ella. Loki negó con la cabeza sonriente.
–No, no yo. Jormungand –lo señaló con un gesto y el aludido sonrió levemente–. Antes habría sido yo, pero ahora que él es un hombre es tiempo de que tenga la recompensa que merece por su fidelidad durante todos estos años. Él gobernará a los mortales y los pondrá firmes, que falta les hace; aunque por supuesto el reino se mantendrá dentro del imperio familiar. Y puede contar con mi apoyo y mis consejos, si alguna vez los necesita –miró orgulloso hacia su hijo.
–Desde luego, padre –La sonrisa de Jormungand se amplió, aunque era dura y sardónica. Sigyn supuso que sólo decía aquello para complacer a Loki, pero Jormungand, al igual que su padre, no parecía el tipo de persona que aceptaba consejos de nadie. Las perspectivas de los mortales bajo el gobierno de alguien que se divertía surcando los mares en forma de serpiente gigante y devorando a todo ser vivo que encontrara no resultaban demasiado halagüeñas.
–¿Y qué hay de Asgard? –se encaró de todos modos con su marido– ¿Tampoco ellos saben gobernarse?
La expresión de Loki pasó a ser un poco maliciosa, como advirtiéndole de que por mucho que lo intentara, no lo pillaría con preguntas capciosas.
–Al contrario, Odín ha demostrado que un régimen totalitario es la mejor elección para gestionar un reino –contestó–. Evita conflictos innecesarios e impide que los burócratas y charlatanes obstaculicen el gobierno.
–Pero el gobierno de Odín no es totalitario. El Consejo…
–¡El Consejo no sirve para nada! Sólo es un bonito adorno para que el pueblo tenga la ilusión de que pueden participar en algo. Todos los que estábamos allí sabíamos que al final siempre se hacía lo que decidía Odín –declaró con convicción, sabiendo que nadie de allí había asistido nunca a ninguna reunión del Consejo asgardiano y por tanto, nadie podría contradecirle–. Pero Odín ya es un viejo y su gobierno se ha vuelto acomodaticio. Lleva siglos aferrándose a costumbres, diplomacias y alianzas completamente obsoletas, en las que no se arriesga, no evoluciona, no avanza. En resumen: sólo le preocupa que las cosas se queden como están, aunque eso conlleve injusticias, y tú lo sabes muy bien, Sigyn. ¿Y cuando lo sustituya Thor? –dejó escapar un carraspeo que quería parodiar una risa contenida–. Peor aún: llevará a Asgard a la ruina, bien en forma de guerra fulminante o bien como un lento desgaste. Ese inútil no sabe gobernar: no ha sabido ni sabrá nunca.
–Y tú sí, ¿verdad? –lo atacó Sigyn.
–Sí, yo sí –afirmó con contundencia–. Llevo preparándome para ello desde que recuerdo, mientras que Thor sólo se preocupaba por combatir y por lucirse –añadió despectivamente–. Bajo mi mandato, Asgard llegará a un nivel de magnificencia que Odín nunca soñó y que Thor no podría ni imaginar, mucho menos lograr.
–Vamos, que tu tiranía es la mejor opción –concluyó ella, y él ignoró deliberadamente el sarcasmo.
–No es que sea muy de mi agrado el término "tirano"… pero una vez leí que la crueldad de un tirano puede ser una bendición para las generaciones que vengan tras él, mientras que la dulzura de corazón de un hombre santo puede engendrar una nación de esclavos. De modo que sí, si tengo que ser un tirano para que Asgard se convierta en lo que debe ser, así lo haré.
Loki hablaba tranquilamente, sin violencia ni frialdad; y Sigyn se dio cuenta de que se había equivocado. Al contrario que su hijo, él no estaba siendo cínico ni sarcástico, ni siquiera parecía mentir. No era simple ambición o maldad lo que le estaba haciendo concebir aquella espantosa guerra: realmente creía estar haciendo un favor al universo con toda aquella destrucción, y aquello era lo más espantoso de todo. "Está completamente loco…", pensó.
Aunque… ¿de verdad estaba loco? En realidad, existía cierta lógica en lo que decía. Algo que no le podía discutir a Loki era que los mortales eran una calamidad en muchos aspectos, y que si se les dejaba a su aire, acabarían autodestruyéndose. Tal vez la purga que su marido y sus hijos iban a realizar en la Tierra sería dolorosa pero beneficiosa para la humanidad, como amputar un miembro gangrenado antes de que su putrefacción afectara el resto del cuerpo; y puede que los mortales sí necesitaran que alguien los guiara con mano dura para sobrevivir como especie. Lo sentía por sus amigos mortales, que tanto iban a sufrir; lo sentía incluso por aquellos Vengadores que habían intentado utilizarlas peligrosamente a Tess y a ella. Pero si eso ayudaba a crear un Reino mejor y más sano, tal vez mereciera la pena sacrificar a unos cuantos en favor del bienestar del resto.
Y por lo que respectaba al otro punto, tampoco podía negar que Loki siempre había estado mucho más cualificado que Thor para regir Asgard. Si por casualidad o cabezonería conseguía ascender al trono, ¿cuánto bien por el Reino Dorado podría hacer con su prodigiosa inteligencia, libre ya de ambición o rencores?
Sacudió la cabeza: de nuevo estaba dejándose sugestionar por la retórica de su marido, pero no podía evitarlo. Cuando Loki exponía sus ideas políticas o bélicas, sus palabras cobraban tanto sentido… No por nada lo llamaban Lengua de Plata.
–…Pero dejemos de hablar de política, no le estropeemos el cumpleaños a nuestra Tess –Loki cambió despreocupadamente de tema y chasqueó los dedos mirando hacia un lado. Uno de los sirvientes jotnar, que estaba esperando su señal, trajo una bandeja con el postre, un dulce que nunca había sido preparado antes en aquel reino:
–¡Wow! ¡Una tarta de verdad! –exclamó Tess, refiriéndose a que estaba preparada al estilo de la Tierra– ¡Y es de chocolate, mi favorita!
–Así es –asintió su padre, orgulloso de la reacción entusiasta de la joven–. En su último viaje a Midgard, encargué a Jormungand que trajera algunas cosas para celebrar tu cumpleaños. No habrá nada de allí que puedas echar en falta.
Efectivamente, Loki había visto ese tipo de pastel como atracción principal en la fotografía de la fiesta de cumpleaños de su hija, en el apartamento neoyorkino de Sigyn, y se había propuesto reproducirlo hasta el menor de los detalles: incluso había unas velas encendidas sobre la cobertura de chocolate, con sus llamitas deslizándose en el aire mientras el siervo acercaba con solemnidad la tarta ante la sonriente muchacha.
–¿Para qué sirven esas velas tan minúsculas? –inquirió Amora, bastante extrañada por aquel ritual midgardiano, tan exótico a sus ojos.
–Se supone que tiene que apagarlas soplando –respondió Loki, según había visto en aquella fotografía–, aunque ignoro el propósito.
–Sólo es parte de la fiesta –explicó animadamente Tess–, antes de soplar tengo que pedir lo que más desee en el mundo, y si después apago todas las velas, se supone que se cumplirá mi deseo.
Amora puso cara de pensar que era una redomada tontería, pero con gran inteligencia prefirió guardarse su opinión. Loki, en cambio, estaba de buen humor, y si a su hija le hacía feliz aquello, no le importaba concederle el capricho, aunque se tratara de una superstición de una cultura atrasada como la de la Tierra.
–Pues entonces pide tu deseo y apágalas.
La muchachita cerró los ojos, concentrándose en su deseo. Después tomó una honda bocanada de aire y sopló, esforzándose tanto que los carrillos se le hincharon de una manera muy cómica. Consiguió apagar todas las velas sin dificultad, lo que pareció hacerla muy feliz.
–¿Qué has pedido, hermanita? –quiso saber Fenrir.
–Si lo digo en voz alta, no se cumplirá –contestó ella juguetona, pero miró significativamente hacia su padre y hacia su madre, con lo que a ninguno de los dos les resultó difícil deducir de qué se trataba. Loki sonrió, agradecido de que su hija les dedicara su mayor deseo; mientras que Sigyn prefirió apartar la vista, incómoda.
–Bien, y ahora los regalos –anunció el dios del engaño, mientras la tarta era retirada por el siervo para ser cortada y repartida en porciones entre los comensales.
–Si me lo permitís, me gustaría ser yo quien empiece –declaró la Encantadora con voz meliflua e hizo un gesto hacia Skurge. Éste se adelantó, en sus manos cargaba un voluminoso libro que entregó a la homenajeada–. Éste es el arcano Libro de Eibon. Apenas quedan unos pocos ejemplares en todo el universo. Es el grimorio que contiene toda la sabiduría y hechizos de la desaparecida Hiperbórea, un pueblo que habitó la Tierra hace varios eones y la única civilización midgardiana que, en mi opinión, merece la pena. Está en su antiguo lenguaje, pero yo te enseñaré a dominar sus secretos.
–¡Qué pasada! –murmuró Tess, observando fascinada el arcaico documento, trazado con singulares signos de misterioso significado que ella no podía comprender, pero que estaba deseando descifrar–. Muchas gracias, Amora.
La hechicera asgardiana esbozó una sincera sonrisa. Cuando Loki le impuso la tarea de enseñarle sus artes a Tess, al principio la había visto como una pesada y enojosa carga, pero a lo largo de las semanas descubrió que le gustaba aquella vivaracha jovencita. En el fondo, incluso ella, que toda su vida había sido solitaria e independiente, siempre había deseado tener alguien con quien compartir sus conocimientos, y por desgracia Lorelei no era esa persona. Su hermana poseía aptitudes, pero no tenía el interés ni la voluntad suficientes que se necesitaban para dominar la magia de forma experta. Sólo se esforzaba cuando el hechizo versaba sobre algún tema que le atrajera, como el arte de dominar a los hombres. Tess era todo lo contrario: inquieta, curiosa y deseosa de aprender, y Amora había llegado a apreciarla, desde luego mucho más de lo que nunca apreciaría a su padre.
Skurge se retiró en silencio, fiel a su costumbre, y su lugar fue ocupado por uno de los criados jotnar que portaba en sus brazos otro obsequio: un bellísimo vestido de seda esmeralda.
–Eso es de parte de mi hermana –explicó Amora, y le dio un codazo a Lorelei, quien felicitó a la homenajeada, un poco de mala gana. Tess lo agradeció con corrección pero con la misma frialdad con que Lorelei se había dirigido hacia ella, ya que sabía que ésta le había hecho un regalo más porque Amora la había forzado y por ganar puntos con Loki que porque la apreciara a ella. Las dos jóvenes no se llevaban bien: el odio manifiesto que Lorelei profesaba a Sigyn le había granjeado la antipatía de la hija de Loki.
Después llegaron más criados con los regalos de los Lokison. El regalo de Fenrir fueron unas dagas de fino acero forjadas en las más profundas fraguas de Nidavellir, muy semejantes a las que había empleado el padre de ambos en su juventud, que gustaron mucho a la joven; pero lo que realmente le entusiasmó fue el regalo de Jormungand: unos patines profesionales para hacer skate que habían sido el sueño de Tess cuando vivía en Nueva York.
–¡Wow! –aferró la caja chillando como una niña– ¡Los Rollerblade Speed Demon! ¡Es justo lo que quería para mi cumpleaños! Pero mamá siempre me decía que eran demasiado caros…
El joven serpiente se encogió los hombros afectando indiferencia.
–Padre me contó que te gustaban esas cosas cuando estabas en la Tierra, y me dije "por qué no". El dinero midgardiano nos sobra y además, tal y como están las cosas allí, estaban prácticamente regalados…
Pero a ella no pareció importarle el intento de su hermanastro por restar valor a su regalo. Se levantó corriendo hacia donde él estaba sentado, y lo abrazó con fuerza:
–¡Gracias! ¡Gracias! –exclamó acompañando cada "gracias" de un sonoro beso en la mejilla del pálido jotun, ignorando la expresión de fastidio de éste– ¡Te quiero, hermanito!
–¡Para ya, niña! –aunque a duras penas, Jormungand consiguió quitársela de encima–. No seas pegajosa.
Sin embargo, y pese a que intentaba fingir disgusto, se notaba que no estaba tan molesto como quería aparentar. Quienes lo conocieran bien, como su padre y su hermano, se dieron cuenta de que sus pálidas mejillas se habían coloreado de un azul más oscuro como único signo externo de su azoramiento, ya que no estaba acostumbrado a recibir muestras de afecto de los demás. De todas formas, a Loki le sorprendía que su hijo, normalmente hosco e indiferente a casi todo, se hubiese molestado siquiera en buscar un regalo que realmente gustase a su hermana. Tal vez, y aunque Jormungand no pareciera apreciar demasiado a su madrastra asgardiana, con Tess la cosa fuera diferente. Era probable que la mitad jotun de su hermanastra hubiera obrado el milagro de despertar en el joven serpiente cierto instinto protector hacia ella.
–¡Eh! –Fenrir se fingió ofendido para hacer la broma– ¿Y yo qué? ¿No te gustó mi regalo?
–¡Claro! –contestó ella, y dejó a Jormungand para correr y estrujar a su hermano en un "abrazo de oso", que por supuesto no hizo la menor mella en el licántropo– ¡Gracias, hermano mayor! Me encantan esos cuchillos, estoy deseando aprender a utilizarlos.
–¡Oye, me estaba dando las gracias a mí! –protestó el joven serpiente, molesto por haber sido abandonado.
Fenrir replicó lanzando un hueso de cordero que habría sobrado de la comida a la cabeza de su hermano, quien lo esquivó por muy poco y le hizo un gesto obsceno en respuesta.
–Ya está bien –Loki decidió poner orden entre sus competitivos hijos–. Siéntate, Tess. Aún te queda un regalo por recibir.
La muchacha obedeció, y a un gesto del dios, otro par de criados se adelantó empujando una peana con ruedas sobre la cual había una armadura totalmente ensamblada, parecida a la que Loki tenía en su recámara y las que mantenía en su particular "sala de trofeos". Era una armadura hermosa pero a la vez ligera y funcional: a Sigyn le recordó en cierto modo a la indumentaria de combate que Lady Sif solía ponerse para luchar, pero ésta era totalmente dorada con incrustaciones de esmeraldas. También lucía vagamente similar a la del dios del engaño: incluso tenía una tiara de oro con dos cuernos como en su propio casco. Aunque Tess se había entusiasmado con el grimorio de la Encantadora y con los patines de su hermano, aquello no fue nada en comparación con la fascinación que se reflejó en sus ojos verdes, muy abiertos.
–Esta armadura la mandé forjar para ti a los más hábiles maestros herreros de todo Nidavellir –declaró Loki–. Ya eres prácticamente una mujer, y según me cuenta Amora, pronto serás una hechicera cuyo poder aterrará a todos nuestros enemigos. Justo es, entonces, que cuentes con una indumentaria acorde a tu posición, y que a la vez te proteja en caso de peligro.
Tess no contestó. Se había levantado y contemplaba la soberbia armadura con la boca abierta.
–…Éste es un regalo de los dos, por supuesto; de tu madre y mío –añadió él, queriendo salvar la imagen de Sigyn. Sin embargo, todos sabían la realidad.
–Mentira… –susurró Lorelei al oído de su hermana–. Esa mujer está tan atontada que ni se ha acordado del cumpleaños de su hija.
–Cállate –la cortó la Encantadora.
–Pues aprovechando esto, quería comunicaros que he tomado una decisión –anunció Tess, que no había oído las palabras de su maestra y la hermana de ésta–. Padre, como has dicho soy ya una mujer, y espero poder ser pronto una hechicera digna de ser hija tuya. Quiero ser una persona nueva, distinta a la niña que era en la Tierra, y por eso he decidido que ya no voy a llamarme Tess nunca más. A partir de ahora quiero que me llaméis Sylene.
–¡¿Qué…?! –murmuró Sigyn, atónita.
–¿Y por qué esa decisión, hija? –Loki se cruzó de brazos, intrigado. No era que estuviera en desacuerdo, de hecho le encantaba la idea; pero quería saber cómo había llegado a esa conclusión.
–Mis hermanos tienen nombres geniales –los señaló–, y mamá y tú tenéis nombres muy bonitos también, pero Tess es un nombre muy soso, muy "de mortal". Fenrir y Jormungand son nombres sonoros, que inspiran respeto, incluso miedo, pero el mío no. Quiero un nombre como los vuestros, que asuste a los enemigos.
–Me parece bien –aprobó él y se levantó, rodeando con un brazo los hombros de su hija–. A partir de hoy serás conocida como Sylene Lokidottir, y pronto todos los que se nos opongan aprenderán a temer ese nombre. ¡Por Sylene Lokidottir! –Alzó su copa de oro y todos los presentes excepto Sigyn lo imitaron, brindando en honor al nuevo nombre de la hija menor del dios del engaño. Ésta sonrió feliz, pero Loki reparó en lo desalentada que parecía su mujer. Después de todo, era ella quien había llamado Tess a su hija, y por tanto ese nombre debía gustarle.
Se sirvieron las raciones de pastel de cumpleaños y todos empezaron a disfrutar de aquel delicioso sabor nuevo que tanto entusiasmaba a Sylene, dándole por completo la razón. Todos, menos Sigyn, para la cual aquella decisión de su hija de renunciar a su identidad anterior había sido el último mazazo que coronaba un día y unas semanas espantosas.
–No, gracias –rechazó el plato con su porción de tarta cuando el siervo jotun intentó servírselo. El siervo lo retiró sin más comentario, pero Lorelei sí tenía algo que decir:
–Haces bien en no comer dulces. Cuando se llega a tu edad, tienes que preocuparte por la línea, ¿verdad? Ser vieja ya es bastante malo como para encima engordar.
–¡Lorelei! –saltó Amora con expresión de reproche y miró algo inquieta hacia Loki, preocupada por su reacción. Éste sólo entrecerró los ojos, pero había algo en su semblante que daba más miedo que si se hubiese enfurecido.
–¿Qué has dicho? –preguntó con voz baja pero aterradora.
Lorelei lo miró asustada pero no tuvo tiempo para responder. Sylene, que no soportaba que atacaran a su madre, realizó un gesto subrepticio con su mano, como acariciando el aire. Al momento Lorelei chilló consternada: la copa de vino se había volcado sin que nada la tocara, derramándose todo el líquido púrpura sobre ella y su lindo traje color lavanda. Los criados acudieron enseguida con lienzos húmedos para intentar arreglar el desastre, pero ya no había remedio.
–¡Ha sido ella! –Lorelei berreó furiosa, señalando hacia Sylene– ¡Ella me ha tirado el vino encima!
–No sé de qué hablas –la chica sonrió con descaro–. Estando lejos de ti, ¿cómo he podido hacerlo?
–¡No te hagas la inocente, sé por mi hermana que ya tienes entrenados tus poderes telequinéticos! ¡Mira mi vestido: está totalmente arruinado!
–Bueno, eso no significa nada –repuso Sylene maliciosamente–, no tienes ninguna prueba que demuestre que fui yo. Y –su rostro se llenó de despectiva burla– aunque lo hubiera hecho, te lo habrías merecido por insultar a mi madre. ¿Crees que así vas a conseguir que mi padre se fije en ti?
Toda la sangre se acumuló en el rostro de Lorelei.
–¡Cállate! –en su rabia se levantó, casi tirando la silla al suelo– ¡No eres más que una niña malcriada! –Sylene la imitó, levantándose también con ímpetu.
–¡Y tú una arrastrada y una golfa!
Amora no sabía qué parte tomar, si la de su hermana cuyo comportamiento esa noche estaba dejando tanto que desear, o la de su alumna, a la que apreciaba pero que indudablemente había heredado la tendencia a las travesuras vengativas de su padre. Fenrir y Jormungand se limitaban a contemplar la discusión divertidos; y en cuanto a Sigyn, continuaba inmersa en su mundo particular.
El intercambio de gritos e insultos continuó hasta que un disgustado Loki arrojó con rabia la servilleta sobre uno de los brazos de su asiento y se levantó, dispuesto a ponerle fin:
–¡Basta! ¡Callaos! ¡Las dos! –bramó iracundo. Tanto Lorelei como Sylene obedecieron al instante, pasmadas–. No toleraré este tipo de riñas en mi casa. ¿Es que ni por una vez podemos cenar juntos sin peleas o discusiones? –se atusó el pelo, suspirando con fastidio. Indudablemente el papel de patriarca era más difícil de lo que le había parecido cuando él sólo era el hijo. En ese aspecto, quizás tuviera que admitir que ni Thor ni él mismo se lo habían puesto fácil a Odín.
–Ha empezado ella… –susurró una ceñuda Lorelei, temblando como una niña castigada por su maestra.
–Me da igual quién haya empezado, yo lo acabaré. Sylene, discúlpate ahora mismo con Lorelei.
–¡¿Qué?! –saltó ella indignada, pero su padre ya no estaba de humor para tonterías.
–Sigues siendo mi hija, así que obedéceme.
La muchacha, poniendo cara larga y entre murmullos de protesta, hizo lo que se le ordenaba. Lorelei se esponjó de felicidad al ver que su amado Loki la defendía, pero la expresión le cambió radicalmente cuando la siguiente orden del dios del engaño fue para ella:
–Y tú Lorelei, pídele disculpas a mi esposa –el tono de su voz era calmado pero no admitía la menor réplica.
–Yo…
–¡Hazlo de una vez! –le susurró Amora rápidamente, impaciente por evitar más conflictos.
–¡Está bien! –miró de mala gana hacia Sigyn, con los ojos brillantes por las lágrimas y llenos de resentimiento–. Lo lamento, Sigyn. No era mi intención ofenderte.
–¿Qué? –ésta pareció salir de su nube y enfocó la mirada hacia Lorelei, como si acabara de darse cuenta de que le estaba hablando. Absorta en sus cavilaciones interiores y su desazón por la decisión de su hija, ni siquiera se había dado cuenta de la indirecta de Lorelei, ni de la discusión posterior entre ésta y Sylene. Le quitó importancia con un gesto de la mano– Sí, sí, da igual.
–¿Veis? –la otra miró triunfante a los demás–. No le ha molestado.
–A ella tal vez no, pero a mí sí. Parece que antes no has oído mi orden explícita de respetar a mi esposa como si de mí mismo se tratara. Si la ofendes a ella, me ofendes a mí. En atención a tu calidad de invitada y a tu sexo lo dejaré pasar esta vez, pero la próxima no seré tan benévolo. ¿Ha quedado claro?
Lorelei movió la cabeza afirmativamente, derrotada. Zanjado el tema, Loki se dirigió a su mujer con un tono mucho más suave y cálido:
–¿Todo bien, querida?
Sigyn se encogió de hombros en un vago gesto que en realidad no quería decir nada, y se frotó la frente, fatigada.
–Si no te importa, ¿me das permiso para retirarme a mis aposentos? Tengo un terrible dolor de cabeza.
–Desde luego querida, ve –el dios del engaño observó a su esposa con ojo inquisitivo, que no podía evitar cierta preocupación. Sigyn se dirigió hacia su hija para despedirse y la besó en el cabello.
–Quédate con tu padre y tus hermanos y pásalo bien –La joven la miró también preocupada.
–¿Estás bien, mamá?
–Claro, sólo necesito descansar. Feliz cumpleaños, Tess.
–Sylene –la corrigió la muchacha. Con suavidad, pero indudablemente orgullosa de su nuevo nombre.
–Sí, es cierto –asintió ella ocultando su desaliento–. Buenas noches, Sylene.
Loki contempló meditabundo y en silencio cómo ella abandonaba el salón. Intentó regresar de nuevo a la conversación con sus hijos, pero no se concentraba. Detestaba ver a Sigyn así de abatida. Era otra vez como cuando estaban en Asgard, sólo que en aquel entonces no le importaba el ánimo de su mujer, o intentaba convencerse de que no lo hacía; pero ahora le importaba. Más que ninguna otra cosa.
Se habían preparado, para la celebración del cumpleaños de Sylene, juegos, bardos y danzarines que habían hecho venir desde lejanos reinos para amenizar la velada, pero Loki no fue capaz de disfrutar de aquello. Fenrir acabó desplazando a los escaldos para lanzarse a cantar él mismo una humorística canción pródiga en licenciosos dobles sentidos que arrancaron risas a todos los presentes, y el dios del engaño aprovechó que todos estaban entretenidos para escabullirse hacia las habitaciones de su esposa.
–*–*–*–*–*–
Sigyn aún no se había acostado, ni siquiera se había cambiado de ropa. Permanecía sentada sobre el mullido colchón de su lecho, igual de desanimada que en la cena. Una alegre fogata, encendida por la solícita Gerda, hacía que la temperatura en la pieza fuera cálida, pero por dentro Sigyn seguía sintiéndose aterida. No podía más. Tenía esa sensación angustiosa en la boca del estómago que la acometía siempre que se aguantaba las ganas de llorar.
¿Qué clase de madre era, que olvidaba el cumpleaños de su hija? Viviendo en la Tierra, sí lo habría recordado. Antes de ocurrir todo aquello, cuando aún era Sibyl Black y vivía la rutinaria vida de una mortal americana, estaba planeando los detalles de una magnífica fiesta de quince años para su hija. Incluso tenía, escondidos en la parte superior de su armario, los patines que tanto le gustaban y que había acabado regalándole Jormungand, aunque había simulado que no se los podían permitir para darle la sorpresa cuando llegara el momento.
Pero todo eso había quedado atrás. Loki había reaparecido en su vida y se la había vuelto del revés, una vez más. Todos aquellos temas cotidianos de la Tierra, una vez tan importantes para ella, habían sido olvidados en favor de una única obsesión, el mayor de sus miedos. Su corazón, su alma, su cordura, pendían de un único hilo del que cada día se desgajaba alguna hebra. Y cuando se rompiera del todo…
Se sobresaltó un poco cuando oyó los suaves golpes en la puerta:
–Sigyn, soy yo. ¿Puedo pasar? –Oír la voz de su marido pareció despertar un poco de energía en el ánimo de la mujer, quien gritó enfadada:
–¡Lárgate, Loki! He estado siguiendo tu farsa todo el tiempo. ¿Qué más quieres de mí? Déjame en paz.
Él suspiró. Primero sus hijos, luego la pelea entre Sylene y Lorelei, y ahora le tocaba lidiar con una esposa agraviada. No cabía duda de que tener familia era difícil, ¿quién le mandaba a él meterse en esos líos, con lo importante que era lo que se avecinaba dentro de unos meses?
–Lo siento, querida. Sabes que te pedí hacer esto por tu bien, pero la solución es fácil: vuelve conmigo y se acabó la farsa –intentó razonar con su tono más persuasivo, pero que con ella no tenía el menor efecto.
–Eso es lo que tú crees –repuso con voz temblorosa–. Pero sigues siendo el mismo mentiroso de siempre –por mucho que lo intentara, no pudo evitar que una traicionera lágrima se le escapara, y se apresuró a limpiársela y a contener el llanto sorbiendo por la nariz, sonido que Loki oyó desde su lado de la puerta.
–Sigyn, ¿estás llorando? Eh, no quiero que llores –intentó confortarla–. Vamos, déjame pasar.
Silencio al otro lado. Y su impotencia y frustración comenzaron a transformarse en irritación. ¿Por qué demonios tenía que estar hablándole a una puerta? ¿Por no podía estar dentro, con ella, y tomarla entre sus brazos para consolarla de lo que fuera que le afligiera? ¿Por qué tenía que seguir manteniendo las distancias? Él, que arrasaría sin vacilar cada uno de los Nueve Reinos y pondría todos sus tesoros a los pies de su amada sólo por verla sonreír. Pero sabía que era ella quien tenía que abrirle. Si forzaba su entrada de alguna manera, sólo conseguiría empeorar las cosas y que ella le echara con cajas destempladas.
–Sigyn, abre la puerta –insistió, sin poder evitar que una amenazadora impaciencia se abriera paso en su voz–. Si no abres por las buenas, te juro que…
–…¿Qué harás, Loki? –oyó que su mujer respondía agriamente dentro de la habitación–. Habías prometido que respetarías mis decisiones, pero poco te dura el buen talante cuando alguien no te obedece de inmediato.
El dios apoyó su frente en la puerta e inspiró de nuevo tratando de armarse de paciencia, algo bastante difícil, ya que en el fondo a ella no le faltaba la razón. Su carácter seguía siendo impetuoso y altivo, inclinado a reprimir con violencia cualquier asomo de oposición o desobediencia entre sus subordinados; y era duro recordar a cada instante que con ella tenía que contenerse, sin importar si ella lo hería o le insultaba. Pero Sigyn era su amada, su reina. Podría destruir ejércitos, podría aniquilar civilizaciones enteras, pero a ella no volvería a hacerle daño. Nunca más.
–Está bien, lo siento. Pero estoy preocupado por ti. Déjame comprobar que estás bien, y me marcharé.
De nuevo pareció no oír nada al otro lado, pero de pronto sonaron unos pasos que se acercaban a la puerta y Sigyn le abrió con cara de muy pocos amigos:
–Nunca cambiarás, siempre serás el mismo Loki de siempre. Persuades o amenazas, todo con tal de salirte con la tuya.
–Nada de eso –rió él, aunque era esencialmente cierto.
–Bien, ya te abrí la puerta, ya me has visto, ¿por qué no me dejas tranquila?
–Sé que sigues enfadada conmigo como para que te complazca mi compañía, así que me voy, pero antes quería darte esto –se llevó la mano al bolsillo y sacó un pañuelo de fina batista, ofreciéndoselo. Sigyn se quedó boquiabierta: nunca había esperado un gesto tan galante del hombre al que consideraban el dios de las villanías. No supo qué contestar, sólo tomó el lienzo y se enjugó las lágrimas que aún le quedaban en los ojos, aunque en este punto estaba ya más sorprendida que triste. Después hizo gesto de devolvérselo, pero Loki lo rechazó:
–No, quédatelo. ¿Por qué estás tan deprimida? ¿Es por lo que ha dicho Lorelei? –y añadió con tono sombrío– No te preocupes, de mi cuenta corre que se disculpe contigo en condiciones, y no volveré a permitir que se siente a nuestra mesa.
Ella sacudió la cabeza, molesta:
–¿Crees que me importa algo lo que esa chiquilla haya dicho de mí? Pensaba que me conocías mejor. Y si me insulta, es porque está sufriendo.
Sigyn estaba al tanto, ya que tiempo atrás él mismo le había hablado del tema, de los pormenores de su "particular" alianza con Amora, en la que Lorelei hacía las veces de rehén gracias al fallido hechizo de seducción. Loki le había explicado que, aunque él no sintiera nada por Lorelei, no podía permitir que ella dejara de estar enamorada de él, por molesto que resultara para todos.
–Tú sí que no cambiarás nunca –Él se cruzó de brazos, sonriendo incrédulo–. Siempre te preocupaste por los demás antes que por ti misma, pero hacerlo por alguien que te odia y ambiciona ocupar tu lugar, es excesivo.
–Es lógico que me odie: ver cómo otra mujer te arrebata al hombre al que amas y tener que soportar encima cómo ese hombre muestra todo el tiempo su preferencia por la feliz rival es realmente duro. Sé muy bien cómo se siente.
Loki sopesó esas palabras, comprendiendo que aludía a la época en que todo Asgard se hizo eco de su relación con Angerboda.
–Eso, como sabes, quedó en el pasado. Y además, esta vez tú eres la elegida –terminó alegremente, pero tampoco eso pareció hacerle a ella mucha gracia.
–Huy sí, qué afortunada soy –replicó con sarcasmo y entró de nuevo en su habitación, pero Loki (ignorando, como no podía ser menos, su anterior promesa de marcharse) la siguió.
–¿Y entonces qué te ocurre? Si el comentario de Lorelei no es el problema, ¿por qué te has puesto así? –ella desvió la mirada, sentándose otra vez en la cama, y él aventuró– ¿Es porque descubrí esta mañana tu plan de escapar? Debería ser yo el que estuviera enfadado, sabes –bromeó.
Ella se sentó de nuevo en la cama, con los hombros tan hundidos como ella misma. Suspiró profundamente con los ojos cerrados, como preparándose para decir algo muy difícil.
–Loki, esto no funciona.
Aquellas simples palabras parecieron golpear al dios con la fuerza de un puñetazo:
–¡¿Qué?! ¿De qué estás hablando?
–No puedo soportar esto –fijó su mirada en él, pesarosa–. Creí que podría hacerlo de nuevo, pero no puedo.
–¡¿Y por eso quieres escapar?! –exclamó él sin poder evitarlo, en un tono más alto de lo que habría querido– ¿Pero por qué, Sigyn, qué más quieres de mí? Te he dado las llaves de mi casa, puedes ir adonde quieras y hacer y deshacer a tu antojo. Eres la señora de este lugar, no una prisionera. ¿Por qué te comportas como tal? ¿Por qué deseas tanto huir del único sitio donde Tess y tú podéis estar seguras?
–No es el sitio lo que me disgusta.
El rostro de Loki se endureció.
–Aún sigues odiándome, ¿verdad?
Ella no respondió, con la vista clavada en las baldosas del suelo con tal de evitar la mirada de Loki, quien insistió:
–Pero he seguido todas las reglas. Incluso… –hizo una pausa, como si tratase de contener su frustración– …incluso te he dado tu espacio y he sido un completo caballero, lo cual, sabes bien, no está dentro de mi naturaleza.
–¿Esperas que te dé las gracias? –replicó ella mordazmente.
–No, pero algo habrá que pueda hacer para que, aunque no me aceptes de nuevo en tu corazón, al menos sí me toleres hasta el punto de no poner en peligro tu vida y la de mi hija con tal de alejarte de mí.
Sigyn sacudió la cabeza, muy triste.
–Tú no lo entiendes…
–Pues explícamelo.
Ella porfiaba en su silencio, las lágrimas se agolpaban en sus ojos pero no les permitió ir más allá. Estaba realizando un terrible esfuerzo para guardárselas, al igual que los secretos que ocultaba su pecho, pero Loki no se lo ponía nada fácil. Éste se sentó a su lado y con suavidad le levantó la barbilla con los dedos para que volviera la cara hacia él y lo mirara a los ojos. Los de ella seguían huidizos, recelosos, pero una lucecita brilló en el fondo de sus pupilas cuando se encontraron con los de él. Una luz que Loki no supo bien interpretar: ¿era miedo, o tal vez deseo? ¿Quizás ambas cosas?
–Explícamelo… –repitió en un susurro y empezó a acercar su rostro al de ella. Sigyn contuvo el aliento y entrecerró los párpados. Por un levísimo instante pareció que cedía, que aceptaba la caricia, que la ansiaba tanto como él; pero antes de que pudiera besarla, se levantó en un respingo, alejándose.
–Que me toques no forma parte de nuestro trato –trató de fingir severidad, pero sus mejillas habían vuelto a sonrojarse y respiraba con agitación.
–Tampoco que te cueles en mi laboratorio y revuelvas entre mis cosas buscando algo que te ayude a escapar. ¿Por qué no puedes hacer lo mismo que Tess? Ella se ha adaptado enseguida, lo ha dejado todo atrás y ahora está muy contenta viviendo aquí.
Sigyn pareció apagarse al oír la alusión a su hija.
–Es que ya no es mi Tess, ¿no la oíste? Ahora es tu Sylene. Creo que en el fondo siempre lo fue.
El tono dolido con el que pronunció esas palabras confirmó a Loki que realmente se había sentido herida con aquella decisión de su hija.
–Así que es eso lo que te tiene tan decaída. Hablaré con ella y le diré que olvide ese estúpido cambio de nombre. La convenceré de que…
–No, déjalo estar. Es feliz así… –suspiró–. Lo único que quiero es que ella sea feliz.
–Y yo lo que quiero es que lo seas tú –avanzó hacia ella y volvió a sujetarla, esta vez por la cintura. Pese a su propósito de no agobiarla, le resultaba casi imposible reprimirse cuando estaban tan cerca y a solas–. Eres mi esposa, mi amada... –En aquel susurro se reflejaba una pasión a duras penas reprimida. Apenas podía contener su ansia de tocarla, de estrecharla entre sus brazos–. Haría cualquier cosa por ti.
–Salvo dejarme marchar –Sigyn volvió a separarse de él con gesto de desagrado.
–Salvo renunciar a ti –asintió él–. Nunca pretendí ser un hombre desinteresado, y menos contigo. Y nos queda tan poco tiempo para estar juntos…
–¿Por qué dices eso? –Sigyn pareció extrañada, y él maldijo su nueva indiscreción. Como siempre que estaba con ella y se dejaba llevar por sus impulsos, hablaba sin pensar y acababa diciendo cosas que hubiera preferido mantener silenciadas.
–Yo… –vaciló– ¿Tú qué harías si supieras que vas a morir mañana y hoy es tu último día en el mundo? ¿No querrías enmendar lo que has estropeado? ¿No intentarías recuperar el tiempo perdido?
Sigyn parpadeó. Su actitud mustia, como de víctima, había desaparecido para dar paso a la confusión y a cierta intriga.
–No te entiendo.
–Cambiaré la pregunta: ¿qué harías si supieses que yo voy a morir mañana? ¿Lo sentirías?
Ella seguía desconcertada por aquel brusco cambio en la conversación.
–Todo esto es por la guerra, ¿verdad? ¿Temes morir en la guerra? Resulta curioso, teniendo en cuenta que es una guerra que tú vas a iniciar.
–No, no es que tema… –comenzó Loki, pero ella continuó:
–Si es por eso, pierde cuidado. Ya encontrarás a alguien que caiga por ti, como siempre.
El rostro del dios, que hasta ese momento se había mostrado deseoso de un acercamiento y hasta anhelante de confesar aquel penoso secreto que llevaba tanto tiempo atormentándole, volvió a petrificarse ante la poco grata respuesta.
–Sí, seguramente. No te preocupes, te dejaré tranquila como deseas. Descansa bien, querida –dijo con voz neutra y semblante inexpresivo, ya carente del sentimiento casi desesperado que lo había animado antes. Se inclinó hacia ella y ya no demostró emoción alguna cuando la sintió tensarse al besarla en la mejilla.
–Buenas noches –masculló ella, volviendo a fijar los ojos en el suelo.
–Que tengas dulces sueños –añadió él fríamente mientras salía de la recámara sin volver la vista atrás. Ella se percató de aquel radical cambio de actitud, pero se mordió los labios para contenerse de llamarle, y apenas respiró hasta que lo oyó cerrar la puerta, un poco más fuertemente de lo debido.
La mujer volvió a suspirar largamente y a hundir la cara entre sus dedos, de nuevo abatida aunque por una razón distinta de la de antes. "Lo siento, Loki…", susurró al silencio de la recámara, sabiendo que él ya no podría oírle. Sabía que había vuelto a herirle, que él parecía genuinamente preocupado por ella y ella no hacía más que rechazarle una y otra vez, pero no podía hacer otra cosa.
Se preparó para dormir, desvistiéndose el elegante traje verde y crema y envolviéndose en una bata de noche para estar más cómoda, y se quitó la costosa tiara arrojándola desganada en su tocador. Ya más cómoda, se sentó junto al alféizar de su ventana y contempló el paisaje, de nuevo iluminado por la aurora polar artificial que Loki había creado para ella.
Fascinada como siempre, la mujer se perdió con la vista en aquel juego de luces irisadas en azul, verde, rosa y dorado que fluían como agua por las rocas congeladas de aquella parte anexa al castillo, arrancando al hielo los más hermosos destellos cuando rebotaban contra él. El espectáculo solía comenzar al anochecer y se repetía noche tras noche. De hecho, desde que esas luminiscencias habían comenzado los jotnar habían empezado a llamar a las tierras que rodeaban la fortaleza de Loki Glæsisvellir, que en su idioma quería decir "planicies centelleantes". El dios del engaño había convertido aquella zona, que antes había rodeado la fortaleza como una ominosa sombra, en un lugar mágico, onírico. Casi de cuento.
Loki había dicho la verdad: durante los dos meses que Sigyn llevaba viviendo allí, su comportamiento hacia ella había sido irreprochable, cosa que la sorprendía. La había dejado estar a su aire, sin presionarla en absoluto ni forzar el acercamiento, y sólo requiriendo su compañía en las horas de la comida o cuando toda la familia se reunía. El resto del tiempo apenas se habían visto, centrado él como estaba en sus asuntos y preparativos de la guerra. De vez en cuando coincidían en cruzarse por los pasillos, cuando ella se dirigía a la biblioteca, y en esos encuentros, él se limitaba a saludarle con una cortés inclinación de su cabeza, recibiendo la misma respuesta de ella. Exactamente igual que cuando vivían en Asgard, pensó.
Aunque… no exactamente igual. En Asgard Loki se mostraba correcto pero frío y distante, y cuando por casualidad sus ojos se encontraban siempre era él el primero en apartar la vista, como si no soportara verla o la detestara, o al menos eso era lo que ella había pensado siempre. Allí en Jotunheim, en la actualidad, ocurría lo contrario: él la buscaba con la mirada; y aunque su actitud seguía siendo flemática y displicente, ella creía ver en el fondo de sus ojos un anhelo oculto, como una velada súplica: "Ah, Sigyn, si tú quisieras… podríamos ser tan felices". Y aquello era la peor de las torturas.
Porque si él supiera la verdad… si supiera que se obligaba a alejarse de él, a hablarle con desdén y a rechazarle incluso cuando era amable con ella. Continuamente se forzaba a rememorar todos los amargos episodios del pasado, todas las razones que tenía para odiarle, sobre todo cuando la tocaba. Cada día, cada minuto, ahogaba sus emociones en un pozo de amarga hiel, porque la aterraba la idea de que si no lo hacía, si flaqueaba…
Él no debía enterarse. ¡No podía darle la menor pista que lo llevara a averiguar lo que realmente ocurría! Él no debía descubrir que, poco a poco, los malos recuerdos iban difuminándose en su mente y, al contrario, los recuerdos dulces, aquellos pocos pero maravillosos momentos de felicidad que habían compartido juntos, empezaban a hacerse más presentes. Cada vez le costaba más trabajo verlo como el tirano que tanto había odiado en el pasado. Era cierto que hacia el resto del mundo seguía siéndolo, seguía sin tener reparos en castigar con crueldad la menor falta de sus subordinados; pero con ella, especialmente cuando estaban a solas, se mostraba completamente distinto: dulce, galante… todo lo que una vez ella había querido que fuera. ¡Maldito Loki, cómo se atrevía a hacerle eso ahora! ¡Qué desconsiderado e inoportuno!
Tomó el pañuelo que su marido le había dado y se lo llevó a la nariz, inspirando profundamente y cerrando los ojos arrobada por el tenue aroma que desprendía. Olía a él: a té verde, a ámbar gris, a bergamota. A hierba recién cortada tras una noche de lluvia, a nieve derretida goteando de las ramas de un enebro. A bosque invernal que comienza tímidamente a florecer. Olía a él. Sólo aspirando aquella suave esencia, la asaltaban sensaciones y emociones perturbadoras, peligrosas.
Si él supiera... si supiera que todo su ser, ¡traidor, mil veces más traidor que el propio Loki!, continuaba ansiando su contacto, el sonido de su voz, su simple cercanía. Siempre era así, siempre había sido así desde que se casaron: cuando lo tenía cerca no podía evitar estar pendiente de él, de su presencia, de su atracción magnética; se diría que ella era una estrella arrastrada por la gravedad del abismo que era el oscuro amor del dios del engaño.
Aquello era lo que no podía reconocer ante Loki, la auténtica razón por la que tanto deseaba huir de allí. Soportar diariamente aquella atracción, aquella tentación, estaba poniendo a prueba su resistencia más allá de cualquier límite. Tenía que volver a Asgard o adonde fuera, alejarse de él… porque sabía que ya no podría resistir mucho más tiempo, que a cada día que pasaba le costaba más reprimir sus sentimientos. Pero no podía ceder.
Y no por simple orgullo, como más de una vez había insinuado su hija, ni por rencor; ni siquiera ya por, como habría sido lógico, miedo a que él volviera a romperle el corazón. Todas esas cosas, tan presentes antes, empezaban a carecer de importancia, a difuminarse poco a poco entre el mar embravecido de aquellas emociones. Pero había algo que no desaparecería tan fácilmente, que permanecía clavado en su alma como un puñal impidiendo sanar la herida. Si olvidar el cumpleaños de Sylene ya la había hecho sentirse culpable, ¿cómo podría volver a mirarse a un espejo si sucumbía a aquella pasión y se entregaba otra vez a Loki?
Porque, ¿qué clase de madre olvida el cumpleaños de su hija?
¿Y qué clase de madre perdona al asesino de sus hijos?
La idea le provocó tanto desasosiego que se levantó, aspirando como si le faltara el aire, y sólo pudo enfriar su agitación apoyando la frente contra el cristal helado. Puede que él no hubiera asesinado a sus hijos de forma directa, pero era en última instancia el responsable de su muerte y nada cambiaría eso. Y cuando, en lo que esperaba fuera un futuro lejano, llegara a encontrarse en la otra vida con sus niños, con Narvi y con Váli, ¿cómo podría mirarlos a la cara y decirles que se había lanzado otra vez a los brazos del hombre que fue el causante de su espantoso final, como si su muerte no significase nada para ella? No podía, ¡no podía!
Pero él lo ignoraba y continuaba esperando alguna señal o palabra amable por su parte… que era justo lo que ella no podía hacer. Debía alejarse de él, debía odiarle y castigarle, aunque al hacerlo también se estuviera castigando a sí misma.
Y con todo… no sabía cuánto tiempo más podría mantener esa fachada de dura hostilidad. Cada día su resistencia se hacía un poco más débil, y su deseo iba cobrando un poco más de fuerza.
Sumida en aquellos torturantes pensamientos, Sigyn se quedó observando las luces hasta que éstas se desvanecieron y el fuego en su chimenea comenzó a extinguirse también, quedando reducido a unas pocas brasas que brillaban en la oscuridad, pero que no eran suficientes para caldear el cuarto.
¿Cuánto más podría seguir luchando?, se preguntó mientras se dirigía a su cama, agotada y deseando descansar. Podría dormir, olvidar durante unas horas, pero para su espíritu atormentado no había descanso posible.
"Si tú supieras, Loki…", suspiró tendiéndose en el lecho y cerrando los ojos. Si supiera cómo deseaba que estuviera allí, con ella.
–*–*–*–*–*–
Después de cerrar la puerta de Sigyn tras él, el dios del engaño se había alejado por el corredor encaminándose hacia su propia recámara, no se encontraba de humor para volver a la fiesta con sus hijos. Pasó sin detenerse por la parte de la alcoba y se dirigió hacia la cámara anexa donde se encontraba su biblioteca privada, en concreto al muro donde colgaban los tapices que representaban a sus hijos y a Sigyn. Como otras veces, se quedó contemplando abstraído el retrato de su mujer: aunque el original le pareciera mucho más hermoso, al menos la copia le sonreía.
En el exterior no se oía sonido alguno de viento, lo cual no significaba nada, porque allí era habitual que la calma precediera a las tempestades más violentas. Loki no se había molestado en prender las luces, de modo que la estancia se encontraba en una penumbra que se iba oscureciendo aún más a medida que el día daba paso a la noche. Por los ventanales, cubiertos con vidrios gruesos pero transparentes, penetraban los reflejos de las luces polares como un rayo de luna. Cada noche, sin fallar una sola, Loki las conjuraba como una silenciosa declaración de amor, la única que ella aceptaría de él porque no sabía lo que significaba. ¿Las estaría mirando también desde su balconada o se habría cansado de verlas?
El dios se acercó a su ventana para observar la de ella, ya que las habitaciones de ambos estaban separadas pero situadas en la misma ala, de forma que él podía ver el balcón de ella desde el suyo. Sí, allí estaba: podía ver su esbelta silueta asomándose entre los cortinajes de terciopelo e incluso un atisbo de su níveo rostro iluminado por los destellos irisados producto de su hechizo. Aunque estaba demasiado lejos como para asegurarse, le pareció que su expresión era triste. ¿Tan infeliz era, tanto odiaba estar allí? ¿Tanto lo odiaba a él?
Odiaba que ocurrieran esas cosas, que nunca fuera capaz de alcanzar una dicha completa. Incluso cuando todos sus planes parecían ir bien, siempre había algo que enturbiaba su victoria y le impedía disfrutar de ella. El ensayo del Sjælevandring había tenido éxito, los enanos llevaban la construcción de su nave muy avanzada y con la ayuda de Ymir y Hela iban sobrados de efectivos para invadir Asgard. Sus hijos, grandes guerreros, estaban de su lado y su hija menor iba camino de convertirse en una de las mejores hechiceras de los Nueve Reinos. Pero nada de eso le hacía feliz cuando su amada seguía aborreciéndole.
Había advertido la manera en que lo miraba mientras él explicaba su visión de su misión en el Ragnarök: lo consideraba un loco, un megalómano sediento de poder. Sabía que le había dado sobradas razones para juzgarlo así, pero le decepcionaba un poco que no pudiera mirar más allá y lo viera igual que el resto de la chusma, ya fueran de Asgard, Midgard o cualquier otro reino. Admitía que la ambición tenía algo que ver, pero no se trataba del poder en sí mismo, sino de cumplir su destino. Y nadie lo entendía, nadie. Ni sus hijos, ni su ejército, ni tampoco ella.
Si pudiera hacerla comprender… si pudiera explicarle que no iba a desencadenar el Ragnarök por simple codicia o ansia de destrucción, sino porque así tenía que ser. Cómo le gustaría convencerla de lo importante que era para el equilibrio del universo aquella guerra aunque se cobrara tantas vidas, porque eran vidas que debían ser cobradas. Vidas sacrificadas en aras del cambio, de la evolución; incluso, por paradójico que resultara, de la continuidad de la existencia. Vidas asgardianas, mortales, de elfos, de jotnar, no importaba: todas eran prescindibles. Incluso las de sus hijos, incluso… la suya propia.
Se apartó de la ventana de la biblioteca y pasó junto al atril que ocupaba el centro de la estancia. Levantando la barbilla, observó torvamente el libro que lo ocupaba como si fuera él el responsable de sus males. ¡Maldita Vidente! ¡Y maldito libro, que en mala hora había encontrado! Siempre había creído útil saber en qué momento y circunstancias iba a morir, pero ahora que lo sabía se le hacía insoportable.
Claro que no se rendiría sin pelear, nunca lo había hecho; por eso había empleado tantas horas de su ya escaso tiempo en estudios y experimentos con Amora preparando el Sjælevandring, un hechizo tan oscuro y peligroso que no había encontrado ni un solo registro en sus anales sobre que hubiera sido llevado a cabo con éxito jamás, aunque para todo había una primera vez. Claro que la Encantadora tenía razón en su advertencia: había muchas, muchísimas probabilidades de fracasar, y de ser así tal vez su destino no tuviera nada que envidiarle al de Karnilla, condenado a vagar por toda la eternidad.
Era una amarga ironía: durante todo aquel tiempo había estado esperando el final sin miedo ni nada que lo atara a la vida; y ahora que veía ese final tan cercano, encontraba no una sino dos razones para seguir viviendo, cuando ya era tarde para echarse atrás. Pero aún le quedaba un poco de tiempo, unos últimos meses para intentar ser feliz… si tan sólo Sigyn se diera cuenta. Deseaba aquello incluso más que una victoria incierta y un trono inestable.
Sí, su desmedida ambición ansiaba conquistar el Yggdrasil y gobernar todos sus Reinos como el gran soberano que siempre había soñado ser, pero si eso no era posible, estaba dispuesto a conformarse con unos pocos instantes de amor y felicidad arrancados a su aciago destino antes de hundirse en la nada. Pero ahora veía que tal vez ni siquiera le fuera concedido ese último consuelo, y cuanto más lo pensaba más sentía una mezcla de ira y lástima de sí mismo a partes iguales que lo enloquecía. ¡Ah! Le daban ganas de lanzarse a alguna de las torres deshabitadas de la fortaleza y dar rienda suelta a su rabia destruyéndolo todo. ¡Sentimental, patético sentimental!
¿Tendría el valor de decírselo? ¿Habría alguna forma de decirle abiertamente: "Sigyn, estoy condenado a muerte, y sólo quiero que estés a mi lado durante el tiempo que me quede" sin que pareciera una penosa súplica? Antes, en la recámara de ella, había estado a punto de traicionarse, como mil veces anteriormente, en las que había deseado confesarle su secreto, pero al final no se había atrevido. En parte por orgullo –él nunca había mendigado amor ni compasión, y no iba a empezar ahora–, y en parte por miedo de la reacción de ella. Si se compadecía de él sería terrible, humillante; pero ¿y si no lo hacía? ¿Y si se alegraba?
De modo que prefería seguir callando, fingiendo normalidad. Refugiándose en la cotidianeidad, en sus preparativos de la guerra. Escudándose tras una máscara de cortesía, de indiferencia e ironía. Manteniendo su mente siempre ocupada con el trabajo y con diversiones fútiles como aquella fiesta de cumpleaños para su hija. Siempre manteniendo su fachada exterior de líder imperturbable al que nada sobrepasaba, el líder que se le exigía ser. Sin permitirse ceder a la impaciencia y al anhelo, a duras penas conteniéndose para no acercarse demasiado a la mujer que, aun con el vínculo del matrimonio, había acabado por ser prohibida para él. Esperando una señal, intentando ignorar aquella angustiosa sensación de que se le acababa el tiempo…
Pero no podía olvidar que así era.
"Con las primeras nieves de Asgard". Era cuando había prometido a sus hijos que atacarían el Reino Dorado, el momento que había determinado para iniciar la Más Grande de las Guerras, y ahora no podía desdecirse de su promesa. Meses atrás lo había decidido un poco impulsivamente, pero ahora ese plazo pesaba sobre él como una losa. Y el tiempo pasaba tan deprisa… estaban a finales de primavera, ya tenían el verano encima; y antes de que se dieran cuenta llegaría el otoño y después el invierno. Si Sigyn no reaccionaba a tiempo y dejaba pasar aquellos únicos momentos que les quedaban, seguramente ambos se arrepentirían en el futuro, pero su orgullo seguía empujándolo a callar. Debía ser el amor, y no la conmiseración, lo que la inclinara hacia él.
Abrió el libro y pasó ágilmente las yemas de sus dedos por las páginas hasta que dio con la parte que buscaba. Se la sabía de memoria, pero aun así volvió a leerla una vez más, con expresión sombría. Deseó reducir a cenizas aquel volumen de mal agüero, si así pudiera neutralizar aquella nefasta profecía que lo condenaba a separarse de lo que más amaba justo después de haberlo vuelto a encontrar.
"Ya encontrarás a alguien que caiga por ti, como siempre", recordó las palabras de Sigyn.
–No… –murmuró, aunque ella no pudiera escucharle–, esta vez no.
Regresó a la balconada, y bajo el cielo perpetuamente plomizo de Jotunheim y una nueva tempestad de nieve gestándose en las entrañas de las negras nubes, siguió contemplando las luces polares que había invocado con su magia y que expresaban algo más que amor: su devoción, su súplica, su esperanza. Mientras, la oscuridad de la noche comenzaba a caer sobre él y las horas continuaban deslizándose como arena entre sus dedos.
Pronto se le acabarían las destinadas al amor y la dicha, y sólo quedarían las de la guerra y la muerte.
Os pido disculpas si el capítulo os ha parecido largo. He tratado de abarcar un poco de todos los temas que quería plantear: la nueva situación de Sigyn y Tess en Jotunheim, el ansia de escapar de Sigyn (fundamental para seguir con la trama), el inicio de la transformación de Tess en la villana Sylene (googlead "Sylene Loki" en Imágenes para ver cómo luce con la armadura que le regaló su padre), un poco de la relación de Sylene con sus hermanastros, que me lo habían pedido, y cómo está la cosa en la Tierra, bastante mal, como veis. Hablando de esto, en la mitología nórdica, Hati es un lobo que engulle a la luna durante el Ragnarök. El número 281, en realidad, 2 y 81, representan el mes y el año de nacimiento de ya sabéis quién ;)
Otra cosa que quería incluir aquí es cómo ve Loki su papel como conquistador e instigador del Ragnarök. En esta parte me inspiraron las palabras de Tom Hiddleston: "Cada villano es un héroe en su propia mente", y quise incluirla para profundizar en la caracterización de Loki en el sentido de que, aunque sus actos son villanescos, su intención no lo es. El Loki de Early Winter se basaba en el Loki malvado del cómic clásico, pero el Loki de este fic está más lejos del villano y más cerca del mitológico en el sentido de que no hace las cosas por maldad, sino porque cree que está haciendo lo correcto, se ve a sí mismo como un salvador. Su cita sobre que "la crueldad de un tirano puede ser una bendición para las generaciones que vengan tras él, mientras que la dulzura de corazón de un hombre santo puede engendrar una nación de esclavos", pertenece a la novela "Ella" de H. Rider Haggard, mencionada por su protagonista, una hechicera inmortal que es dulce y apasionada con los que ama pero implacable con sus enemigos.
Y por último, para agregarle un poco de "vidilla", he querido poner una buena dosis de angst por partida doble, tanto de Loki como de Sigyn. Ambos se sienten atormentados, pero por razones diferentes: Sigyn, aunque sigue enamorada de Loki, no puede olvidar el pasado; en tanto que él afronta un futuro tenebroso y desolador, del que es perfectamente consciente. Loki conoce cuál va a ser su destino en el Ragnarök, y está intentando contrarrestarlo (para ello, ese ensayo preliminar del hechizo Sjælevandring, del cual ya se darán más detalles más adelante, aunque si habéis leído Journey into Mystery y/o sabéis quién es Ikol os podéis imaginar de qué va), pero sabe que hay muchas posibilidades de que sus planes fallen, y sólo desea recuperar el amor de Sigyn antes de morir.
Más detalles… La cita sobre el olor de Loki dejado en su pañuelo es un pequeño homenaje a uno de mis dos fanfics Logyn favoritos actualmente, Su olor, sobre todas las cosas, de The Mothers of Invention (el otro es, cómo no, el bellísimo Solsticio, de la genial escritora y mejor amiga Lola St. James, os recomiendo ambos). Las referencias aromáticas (té verde, ámbar y bergamota) son los ingredientes de la colonia Mischief, ésa que sacaron inspirada en Loki. Y Glæsisvellir es realmente un lugar de Jotunheim en la mitología escandinava, que significa "planicies centelleantes".
Como en muchos de mis capítulos, tengo a mi musa Saku-Zelda que me proporciona inspiración con sus cómics estilo manga. En esta ocasión, son las escenas de cuando Loki pilla in fraganti a Sigyn mirando los mapas con la esperanza de escapar, y también en la cena y cuando él va a verla en su habitación. Os he puesto los links a los cómics en mi perfil, en la zona del fic.
Igualmente os comento las canciones que me han inspirado sobre todo las partes finales, los monólogos internos tanto de Loki como de Sigyn. La canción del POV de Loki es "Find a way" de Safetysuit (watch?v=mv7aF31adQ4&), y la del POV de Sigyn es "Gravity" de Sara Bareilles (watch?v=wwlq5bCPhxI&).
