Capítulo 29: Despedida

Las luces le dieron en el rostro. La música llenaba sus oídos y la hacía vibrar.

Estaba desfogándose, más que en otras ocasiones. O sólo era ella la que lo sentía así. Igualmente los gritos de la gente la hacían saber que estaba bien, porque ahora no solo gritaban el nombre del chico, sino que el suyo nombre se mezclaba entre aquella multitud que, tal vez, presenciaron en otra ocasión su debut.

De nuevo se sentía llena, completa, sin olvidar el hormigueo en el cuerpo que provocaba el nerviosismo. Porque no podía negarlo, seguía siendo una novata. La voz, los timbres, cada alto y bajo eran tomados con perfección medida e inconsciente, y la soltura la hacía ver como si toda la vida la hubiera dedicado a los escenarios. No podía quejarse, estaba dando lo mejor. Y el compás de la música, los instrumentos tocando las notas perfectamente, mejor que en cualquier ensayo, la hacían sentirse en casa. La que ya extrañaba.

De nuevo la adrenalina se colaba por sus venas, recorría su mecanismo y le daba un salto estupendo en el corazón.

Inuyasha estaba igual. Otra de tantas veces que se desataba y mostraba su verdadero ser a las personas que lo veían. Eran demasiadas. Después de escuchar la voz de Kagome tan prominente y extenuantemente armoniosa, sintió la necesidad de dar lo mejor esa noche. Y debía admitir también que se sentía feliz cada vez que la veía intencionalmente, o tal vez no tanto, encajar perfectamente con la banda. Notaba la emoción de la chica en piel propia, como si sus sentido se conectaran perfectamente por la ocasión.

Las luces se encendían y explotaban conforme a lo planeado. Algunas veces iluminaban parte del lugar y entonces podía ver el gran arremolinamiento que se había juntado esta ocasión. Era esa la recompensa de tanto esfuerzo desmedido.

Kagura y Rin las veían desde detrás del escenario. Sesshoumaru seguro estaba metido en algún camerino. Pero sin duda, lo que plantó una gran duda en el cantante, fue ver al pequeño hombrecillo de ojos saltones del otro lado. Jaken. Lo recordaba bien. Se veía más que satisfecho, y de vez en vez asentía con la cabeza como aprobación de un hecho que no entendía. No los veía, en realidad no veía casi nada. La mayor parte del tiempo se cruzaba de brazos y cerraba los ojos, degustando como lo hace un anciano con una pieza de jazz.

Sus dedos eran hábiles con la guitarra, debía admitirlo. Dejaba que su largo cabello volara alocado, sabiendo como conmocionar y sacar algunos suspiros de fans. Nunca estaba de más el complacer, y si de lucir se trataba, él era todo un maestro.

Y el momento llegaba. El momento de cantar con Kagome, no sólo como su corista, sino como un igual, como otro artista al que entregaba una parte para formar la perfecta canción. Petición de él por supuesto. Estaba de más decir que Rin se había vuelto loca de emoción, y después de eso cambió toda la coreografía para hacer "resaltar" más al dúo. Kagome por el contrario se había shockeado antes de enumerarle, y casi gritarle, las mil y una razones por las que no podía hacerlo. La inhabilidad y el poco tiempo de experiencia habían estado entre algunas más.

Pero ahora se mostraba bien. Tal vez un poco mejor.

Era menester aclarar que no sería una canción de amor, y le decepcionaba haberla agregado en el álbum al principio. Desagrado y traición le pareció un tema apetecible en el momento. No hubo nadie que lo contradijera. Miroku pensó que se vería perfecta interpretada por los dos, y después de abrirse en votación se habían caído sus innecesarios intentos por cambiarlo. Simplemente estaba así porque los demás quisieron.

Comenzaron con un "¿Qué has hecho ahora?" de parte de él. Y después la gran y estrepitosa ola de música acompañada por ambas voces. Aunque no le pareciera mucho, afloró sus esfuerzos de nuevo. Después de todo era la primera canción juntos y se sentía emocionado.

Estaba innovando. Un experimento que nunca se atrevió a hacer ahora explotaba perfecto, como esperado a que la chica lo hiciese. Algunas veces llegaban a mirarse para agregar sentimiento a la tonada, o solo lo hacían porque sí, porque lo necesitaban. Aunque Kagome se sintiera romper por dentro. Una frase, desaliento. "Desearía que hubiera otras opciones que dañar al único que amo" salido de los labios de alguno. Sinceramente no importaba de quien, solo dolía. Las palabras salían de la garganta con un doloroso rasgado para ella. Quemaba.

A pesar de todo se sentía feliz. No era como en aquellas películas dónde los protagonistas comparten una canción para después jurarse amor eterno. No, la vida le tenía otros planes a ella. Empero, si lograba superarlo y salir con el rostro al frente tal vez llegara a hacer de su película un final alternativo. Porque ni ella misma sabía lo que pasaría después de que terminara.

Y las luces se encendían con un nuevo Boom seguido de gritos de emoción de algunos. La adrenalina subió otra vez. Estaba extasiada cuando todo terminó con un pobre eco de tambores y la guitarra de él acompañándolo.

Las luces se apagaron. Ese era el final.

Gritos y chillidos, todo era aumentado a un nivel inimaginable. Y después de unos minutos estaban fuera del escenario, riendo de la gran actuación de esa tarde. Afuera seguía el estrafalario alboroto de los fans. Inuyasha había dado un discurso después de eso, como solía hacerlo al inicio de sus giras que, normalmente, se efectuaban en Kioto, en las que no solo demostraba su gran madurez artística, sino su amor incondicional hacia la música.

"Eso fue genial" bramó Rin saltando a los brazos del ídolo "sobre todo tú Kagome, te has lucido esta vez. Les dije que todo iba a estar perfecto. Solo escuchen el alboroto de fuera"

"Debo decir que fue idea mía" aduló Miroku "y usted señorita Kagome estuvo exquisita"

"Están exagerando" Kagome tomo el pequeño móvil rosa que sonaba de su bolso en una orilla. Sango llamaba.

"Hola, Kagome ¿Eres tú?" dijo Sango con total emoción impregnada en su voz de pana.

"Sí, Sango. ¿Qué…"

"Genial. Has hecho un gran espectáculo, ¿sabes? Todos nos hemos reunido en tu casa. Tu familia, las chicas, incluso hoyo está aquí. Por cierto, él está muy emocionado. Y tu abuelo no deja de alabarte y decir cuan buena eres"

"¿En verdad? Bueno, no me extraña en él" admitió. Después los gritos de las chicas detrás del auricular la hicieron retroceder.

"Ah, las chicas te envían saludos. Y tu madre quiere saber cuándo regresas" añadió Sango.

"Puedes decirle que en unos días"

"¿En serio? ¿Tan pronto? Creí que después de esto no querrían soltarte"

"Si, bueno, las cosas han cambiado un poco. La escuela está cerca ¿recuerdas?"

"Oh no Kagome" se quejó la chica "no dejaré que lo hagas un pretexto. Pero después me contarás ¿a qué si?"

Jaken, el hombrecillo con aspecto de duende que le ofreció sus servicios el otro día en el estudio de Kagura, la miraba con una sonrisa carismática y graciosa en el rostro. Sus largos y puntiagudos bigotes estaban erguidos para quien gustase pincharse un dedo, y el par de ojos de aceitunas revoloteaban en su rostro como esferas brillantes de navidad. Incluso hubo una reacción en sus labios secos que no pudo descifrar, como si la inspeccionara.

Sango seguía hablado como loca.

"Sango, tengo que colgar…te llamo después" dijo mientras veía como el duendecillo se acercaba dando pequeños pasitos. Hizo una gran reverencia que rayó casi en lo absurdo y tomo luego su mano para besarla, como en las películas, solo que el hombre bien le podría llegar al busto sin rechistar.

Sango no había hecho protesta alguna, tal vez comenzaba a comprender la situación o notó que su amiga desde hace un rato había dejado de prestarle atención. No sería esa la primera vez; comprendía que su amiga estuviera ocupada pensando en otras cosas. Al menos ahora sabía que Kagome regresaba a casa, y si confiaba en su habilidad de información, lo sabría también su familia tan pronto como terminó la llamada.

Jaken masculló un par de veces para aclarar su garganta, como si se preparara para un gran discurso. Ya comenzaba a sentirse incómoda con esos ojos que le taladraban la frente.

"Déjeme felicitarla, aunque tal vez no sea el primero que lo haga. Debió haber recibido muchos halagos después de tan primorosa actuación. Y si me permite quisiera comentarle mis ansias por saber su respuesta…ya sabe, para este humilde hombre sería un honor representar a tan hermosa voz" aseguró Jaken.

Kagome sabía que esa era la oportunidad que siempre esperó. Cuando entró a audicionar con esos representantes basura estaba pensando en algo exactamente como eso. Aplausos y puertas abiertas; reconocimiento y admiración. Era cuando pensaba en los grandes saltos que da la vida. Cuando un día era estudiante universitaria y cantante de medio tiempo en un bar de locos, y al otro eres la corista del gran Inuyasha e ícono musical juvenil. Como siempre lo soñó.

Y por alguna extraña razón ahora no sonaba más que tierra y gusanos.

Suspiró interiormente. No estaba rechazando una vida de lujos y riquezas, o tal vez sí, pero no era así como ella lo pensaba. En su mente estaba la posibilidad de seguir su vida, alejarse de Inuyasha ya era un hecho, ahora quería sufrir el menor daño que pudiera ocasionarle la partida. Estaba siendo egoísta, lo sabía. No había opción, era la mejor forma, olvidar lo que una vez fue su todo, no verlo más. Nunca más.

Ya estaba dejando una parte de ella, seguro la más dolorosa. Ahora era tiempo de deshacerse de las demás que rasgarían su mente con recuerdos. A pesar de que su garganta quemara o su pecho doliera, había tomado una decisión.

"He estado pensando en ello. Se lo aseguro…Es muy buena oferta la que viene a ofrecerme, y sería una tonta si no lo acepto…aprecio mucho su interés en mí, pero creo que soy tonta después de todo" admitió sin valor de verlo de frente. No era por él, sino por el debate interno que estaba sufriendo en ese momento.

"¿Está usted segura?" siseó muy despacio, manteniendo esa actitud calma de siempre, pero dejando en sus ojos un gran deje de tristeza y asombro. Seguro nunca había recibido un rechazo y el descubrirlo dolía.

"Absolutamente. Aun así muchas gracias por todo"

"Fue un placer, señorita. Empero, si algún día llega a arrepentirse de su decisión, la oferta sigue en pie"

"Le aseguro que no será de esa manera, pero lo tendré en cuenta" sonrió

Después de otra exagerada reverencia Jaken se alejó, con sus inusitados pasillos de hormiga y tambaleando aquel ridículo portafolio que siempre llevaba con él. A Kagome le pareció que ese pequeño hombrecillo realizo un pequeña y casi inaudible reverencia al pasar frente a Sesshoumaru, que solo lo miró despectivo sin devolver siquiera una mueca de respeto.

Suspiró profundamente. No estaba triste, solo decepcionada con nadie en especial, solo con ella. Kikyo solo había mencionado que debía separarse del cantante, no que destruiría su carrera desde abajo. Y muy en el fondo sabía que no lo hacía por lo que fuera que le hubiera advertido la modelo anteriormente, solo estaba escapando. Cobarde. Pero escapando a fin de cuentas.

Suspiró de nuevo, esperando que con ello el viento se la llevara muy lejos, donde no la conocieran.

"Si alguien te escuchara diría que te has tragado un soplador" mencionó Inuyasha detrás de ella, recargado en la pared. En su rostro mantenía una inigualable sonrisa arrogante y sus ojos destellaban una chispa llameante, esa que siempre la hacía temblar y suspirar más de lo debido.

Extrañamente en el momento de verlo, con los brazos cruzados y el cabello desordenado, le pareció extremadamente guapo.

Su corazón daba de nuevo un delicioso salto doloroso.

Solo se limitó a sonreír como boba y perderse entre ese mar de oro, mientras alcanzaba su mano esperando estar más cerca de él. No importaba si los veían, no importaba el tiempo ni lugar, solo llenar el enorme vacío que estaba destinada a cargar. Saciarlo de su presencia y atiborrarlo con su aroma. Más que en otras ocasiones lo quería a su lado…necesitaba sus labios susurrándole y caricias encendiéndola. Lo necesitaba en plenitud, para llevarse su recuerdo…aunque tal vez este le apuñalara el pecho cuando tuviera oportunidad. Solo quería vivir el ahora, sin barreras, sin fronteras…el presente pleno, con él.

-.-

Destrucción de un país que nunca creyó verdadero. Aberración a una fantasía nunca antes creada. Era como se sentía en ese momento…irreal, falsa. Tal y como se sintió en el momento que el plazo se cumplió…ya estaba hecho, no había marcha atrás. De todas formas ya sabía que el momento llegaría, tarde o temprano tendría que pasar. Aunque hubiese deseado que fuera más tarde que temprano.

Ahora no podía dejar de llorar.

Se había prometido guardar cualquier clase de sentimiento con el objetivo de hacer más llevadera su agonía. Pero no podía deshacerse de una parte de su cuerpo sin sentir dolor. Era intolerable. Incluso se había tomado la molestia de preparar su maleta con anterioridad, deseando que el momento de irse nunca llegara…pero no podía intentar ir contra la marea, alguna vez sería vencida por ella.

No mencionó palabra alguna sobre el tema, incluso cuando Rin la viera deambular por los desolados pasillo de esa gran mansión con los ojos perdidos se reservó cualquier comentario.

¿Tan evidente era su estado que Rin conservaba cualquier exclamación?

Se había dedicado a evadir al ídolo todo el día, rechazar su compañía o inventar cualquier pretexto para estar alejado de él. No veía la manera de mirarlo a la cara sin sentirse culpable y miserable, porque de alguna manera sabía que él debía amarla tal vez tanto como ella a él. ¡Ni si quiera lo había acompañado en su entrenamiento por la mañana!

Se había deshecho de cualquier responsabilidad con el cantante, esperando que al menos fuera buena excusa a la que sostenerse cuando él se hubiera olvidado de ella y regresara a su vida de fama, fortuna y amoríos fingidos. Estaba asegurando que su futuro fuera menos doloroso de lo que por sí solo sería.

Rin pasó a buscarla a las siete de la noche, formando una sonrisa fingida en su rostro marfileño. No disimuló su reacción al ver a la corista tan desalineada y con los ojos hinchados, pero hizo lo que pudo. Con los ojos relampagueantes y la insistencia de un caballo logró sacarla de la cama y mostrarle un precioso vestido de seda negra y algodón, el que se supondría debía lucir en la fiesta de esa misma noche.

"Déjalo, Rin. De todas maneras no pensaba asistir" dijo con desgano Kagome

"Dime que no estás hablando en serio. Tendrás la mejor fiesta de tu vida en el primer piso de la mansión ¿Y no irás?" refunfuñó molesta "Estarás feliz de saber que no te dejaré cometer tal atrocidad"

Rin la miró con ojos suplicantes, tanto que Kagome solo esperaba que se hincara y comenzara a suplicar. Sin embargo, los absurdos intentos de su amiga por reanimarla no hacían de su desdicha algo placentero. Tampoco es que fuera masoquista, aunque a esas alturas el tema se convirtiera en algo debatible entre sí misma. Sabía que abajo estarían grandes artistas, músicos y actores de la gran pantalla, compartiendo con ella como igual. Y sinceramente la idea le era ahora menos apetecible que nunca.

Era solo que el simple pensamiento de hacer su desgracia pública no iba con ella. Podía tirarse de un acantilado esperando que nadie lo notara, solo por el gusto de saber que sus razones quedarían reservadas entre ella y su retorcida mente.

Además, el hecho de ver a Inuyasha tan feliz la destrozaría. Estaba consciente de que él la olvidaría tan pronto como supiera de su partida, que no significaría ni la mitad de importancia de lo que una vez fue Selene, la chica sádica que él jamás conocería en verdad. Pero no esperaba que esos pensamientos azotaran contra ella tan solo cruzara las puertas del vestíbulo. Quería reservarse sus penas solo para ella.

La coreógrafa vio la frustración en sus ojos, que no la miraban. Claro que sabía por el gran duelo que estaba pasando la chica, y la entendía, no era fácil tomar ese tipo de decisiones, y mucho menos cuando estás enamorado de una de las opciones. Y a pesar de que fuera ignorante de las razones que la llevaron a elegir, no podía juzgar que hiciera lo mejor.

"De acuerdo. No lo hagas por mí, hazlo por Inuyasha. Él está ansioso de verte"

Y fue la gota que derramó el vaso. Un vaso con demasiada agua.

No solo había sido un golpe bajo, sino que sabía que era verdad. ¿Por qué no complacer a Inuyasha en lo que sería su último deseo antes de que todo terminara? No podía ser tan egoísta después de todo lo que había hecho por ella.

Asintió solo una vez, y después los ojos de Rin se iluminaron, aunque no de la forma habitual. Era un brillo más bien de esperanza.

-.-

Tomó otra bocanada de aire.

No estaba muy segura de que hacer, pues era su primera vez en una fiesta como esa.

La gente lucía elegante y hermosa, muy fuera de lo que era su mundo habitual. Sonreían y hacían chistes discretos. Se podían apreciar claramente los pequeños grupos de no más de cinco u ocho personas. Algunos en la pequeña sala blanca, el recibidor, vestíbulo, o junto al piano –que se exhibía como pieza a admirar-.

Pudo reconocer muchas de las caras. Había estado en lo correcto al decir que irían otros músicos, bellas modelos y actores de talla. Algunos de sus más grandes ídolos estaban ahí, compartiendo habitación con ella. Fue una lástima que su emoción no alcanzara para ser demostrada como se debía, en cambio solo era capaz de ofrecer una sincera sonrisa y un aspecto amable y agradable.

A lo lejos divisó a un grupo de reporteros haciendo una entrevista a una de sus actrices favoritas, y podría decirse, una de las mejores con las que contaba Japón. Al otro lado de la sala, un grupo que no supo reconocer se reía con un chiste contado por un hombre bajo y escuálido. Después, una chica de hermoso cabello rubio la señalaba casi con admiración para luego cuchichear con otra morena de vestido largo y pronunciado.

Esperaba que su atuendo fuera de acuerdo a la ocasión y no desentonara con las admirables bellezas que se exponían en todos lados. Rin se había encargado de vestirla y peinarla antes de jurar que lucía hermosa. Ella no había tenido la oportunidad de verse en un espejo, y tampoco era que le importara, pero la curiosidad resaltaba al ver como la miraban algunos. ¿Estaría deplorablemente mal o, por el contrario, muy digna de ser observada?

Al final decidió que necesitaba un poco de aire, y disculpándose con sus acompañantes, una hermosa joven de aspecto amable y un hombre que se decía su fan, salió al exterior. No es que estar en la penumbra de la noche calmara sus emociones más que inestables, pero si podría expresarlas como le placiera sin interrupción alguna.

La fuente había sido adornada con algunas luces de acuerdo con la ocasión, y daban un toque místico a las aguas con pececillos dorados. Admiró algunas rosas recién plantadas esa mañana por Myoga, y otros lirios del lado opuesto a petición de Ayame. En resumen, todo era jovialmente exquisito

Alisó algunas arrugas invisibles de su vestido negro, pasando una y otra vez sus manos por lo suave de la tela, como un tic. Ahora podría estar riendo a carcajadas por lo absurda de la situación, o, en su defecto, llorando a mares como maniaca desquiciada y sin control, pero nada le apetecía. Lo único que importaba ahora era deslizar las yemas de los dedos para sentir cada hebra envuelta por otra mientras dejaba divagar sus ojos por las aguas cristalinas de esa iluminada fuente.

Podría estar volviéndose loca, y sinceramente no le importaba.

Fue hasta que el suave crujir de la hierba a sus espaldas la alertó. No estaba sola, pero el intruso quería aparentar que sí. Tampoco quería voltear a pesar de saber con exactitud quien era el dueño de esa colonia exquisita, o la mirada taladrante que recibía su nuca…

"Kagome"

Entonces quiso derrumbarse.

No solo su nombre había sido pronunciado con tanta pasión que le cortaba la respiración, sino que el sentimiento contenido, la emoción de sentirlo cerca y la sublime fascinación por escuchar esa simple palabra salir de sus labios pudieron más con ella. Estaba consciente del daño que estaba a punto de provocarle, pero no le importaría que él susurrara su nombre un par de veces más antes de que callera al vacío.

Entonces ya no pudo más. Quería saber cómo vestía, su postura, su expresión, el calor que despedían sus ojos cuando la miraban. Quería grabar cada parte de su ser como el único y más magnífico recuerdo que jamás podría tener. Modelar su imagen con fuego en su memoria para asegurarse que nunca saldría de ahí, aunque a la larga solo provocara dolor y un gran vacío que sería casi imposible de saciar. Lo quería para sí. Por siempre.

Y si eso significaba sacrificar su cordura, lo haría. Lo que no podría hacer era sacrificarlo a él. Por eso su decisión, por eso su confusa partida. Por eso el dolor.

Temió caer cuando vio su rostro. Sus ojos tan vivos como la miel se apagaban como nunca antes, y esa retorcida sonrisa que tanto la enloquecía ahora era reemplazada por una extraña mueca que no supo reconocer.

Era como comenzar de nuevo.

Y cuando Kagome estuvo a punto de mencionar una palabra, tal vez un "hola", él ya estaba hablando con esa voz tan suave como solo él era posible producir. En su tono había un tinte de amargura y reproche…

"Hablé con Kagura hace un rato…" no pudo seguir. Tal vez era que el gran abismo formado entre ellos dos lo dejaba sin aliento, o sabía con precisión que ella ya sabía el final de la frase. Cual fuera la razón, le dolió sin pensar a Kagome.

"Oh" solo dijo ella, sin palabras.

Su lengua estaba consumida en un fuego que quemaba su paladar y la hacía tragarse los suspiros. Como estar prendada al silencio absoluto sin opción de rechistar. Vacilaba entre seguir o esperar que él continuara, de todas maneras ya sabía de antemano el final. Lo había estado ensayando por varias horas, ya había llegado el momento de actuar. Era irrefutable.

No fue capaz de sostener su mirada. Le taladraba el rostro de vergüenza y temor. Temor por él y ella. Pero tampoco podía permanecer callada todo el rato. No quería desperdiciar los segundos en que podría escuchar su voz. ¿Era acaso el final definitivo? ¿No había opción?

Se armó de valor, y después de tragar pesadamente un par de veces, animó a su boca para que emitiera las palabras deseadas…

"Ya era hora ¿no?...mi trabajo está hecho…y tú debes continuar tu camino" musitó tan despacio que su voz quedó mezclada con el viento.

Él seguía sin decir nada.

El silencio terrenal podía casi tocarse con las manos. La atmósfera era tan tensa como una liga. Y las miradas excusantes no podían sostenerse por más de dos segundos. No podían, era simplemente imposible.

"Y" dijo él "¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuándo estuvieras a metros de distancia?"

"No era esa mi idea…pensaba decírtelo, hoy mismo…pero"

Y sin previo aviso, se acercó a ella y tomó su rostro, tan delicadamente como si de pétalos de rosa en otoño se tratase. Acarició sus mejillas y el contorno de sus labios. Ésta vez sus miradas no se perdieron un solo instante, estabas unidas como imanes. Después pasó a su cuello, donde ahueco su palma justo en el lugar donde corría su sangre, el lugar más cálido que en donde pudo depositar su alma herida. Suspiró un par de veces, sin dejar que su ser se llenara de ella. Nunca podría. Era tan adictiva que le arrancaba la cordura.

Su aroma, su mirada, sus caricias, cada palabra salida de sus labios rojos, incluso las peleas e insultos. Todo era mezclado en su mente creando la misma perfección esculpida en Kagome Su Kagome. Dulce, anhelante y adictiva Kagome. La mujer que logró liberarlo de las tinieblas que lo habían sometido al dolor por tanto tiempo. La que con una mirada cálida y una sonrisa lograba girar su mundo y hacerlo depender de ambas. La misma que ahora cerraba los ojos y se entregaba a la inconsciencia de la noche en sus brazos. Esa Kagome que pensaba dejarlo dentro de poco.

¿Quién podría juzgarlo? La amaba, y no necesitaba nada más para vivir si sabía que ella sentía lo mismo. La amaba con el ser que había guardado dentro, al mismo tiempo que el ser de fuera la clamaba con locura. ¿Era posible querer tanto a alguien? Kagome lo había logrado.

"Te entiendo. No puedo atarte a dónde no quieres estar. Pero ¿por qué?" susurró él, tan cerca que no hubo necesidad de levantar la voz. Adentro toda una fiesta se armaba, y no estaba preocupado porque alguien los viera. Ahora no importaba nada que no fuera ella.

"Era inevitable. Algún día tendríamos que despertar"

"¿Y crees que eso era mejor que dormir por siempre?" cuestionó, herido.

"No podías esperar a que esto fuera por siempre, Inuyasha. Tarde o temprano lo inevitable pasaría" bramó, reprendiéndose mentalmente.

Inuyasha la miró a los ojos. La suave miel se derretía y fundía con el chocolate. Suspiró un par de veces y rozó levemente sus labios. Solo un simple e inofensivo roce para que Kagome perdiera la poca cordura, pero no más, porque ya se encontraba acariciando los labios femeninos con el aliento de sus palabras de nuevo.

"Y, ¿si te pidiera que te quedaras conmigo?" murmuró lenta y suavemente, como el ir y venir de un péndulo, antes de terminar con la frase que lo marcaría durante toda la eternidad "por siempre"

Kagome abrió los ojos de sorpresa. Le estaba pidiendo que se quedara con él, para toda la vida.

Los ojos se le llenaron de lágrimas que estuvo a punto de derramar, pero se contuvo. No solo era la propuesta, sino el sentimiento. La amaba como ella a él, y quería permanecer el resto de sus días con ella.

Pero, aunque estuvo a punto de aceptar, no podía hacerlo. No podía ser tan egoísta y dejar que Inuyasha cargara con la amenaza de Kikyo. Lo amaba demasiado como para dejar que su estabilidad se fuera al diablo, y a causa de ella. No podría vivir a sabiendas que el dolor de Inuyasha pudo haberse evitado con una decisión suya.

Él la miraba de esa manera tan intensa que provocaba que su corazón latiera como después de un maratón. Esa mirada que amaba tanto y solo él podía otorgarle. Esperaba una respuesta de ella, y Kagome se había quedado muda por el momento, mientras en su interior se llevaba a cabo una pelea infinita por lo que quería y lo que era su deber. Tenía claros esos dos puntos, y también sabía perfectamente que lo primero no podría ser, porque en lo que más quería entraba la felicidad del ser que amaba, y no podría fallar a eso por nada en el mundo.

La decisión estaba tomada.

Y no podría hacerlo teniendo esa actitud tan sumisa como había mostrado hasta ahora. Tendría que ser fuerte por el bien de los dos, más por uno que por otro. Para salvarlo tendría que lastimarlo primero. No había opción que negara los hechos obvios. Así que con la poca fuerza de voluntad que aún tenía se separó unos cuantos pasos de él, retirando todo contacto. Soltó una carcajada que rayaba en lo amarga y lo miró fijamente, esperando que sus ojos no la delataran en su mentira. Con fuerza intento mirarlo despectivamente.

"Vaya" bramó. Sentía cada letra calar en su garganta como hiel, y el rostro girarse por voluntad propia sintiéndose inútil de mirarlo siquiera a la cara. Se apreciaba ahora como el ser más despreciable de todos "No creí que esto llegara tan lejos. En verdad."

Inuyasha la miró confuso, con el ceño levemente fruncido y los ojos plantados en el rostro femenino. Esperaban una reacción, una simple seña que le dijera lo que pasaba, pero ella se negaba a mirarlo de frente.

Cuando los ojos chocolate regresaron al ámbar Inuyasha tembló. Esa no era su Kagome, su musa cantante de ojos cálidos y arrebatadores. No. Esta era una Kagome fría, casi vacía, de mirada helada y sin vida. Su expresión era neutral, sin sentimiento alguno albergando sus emociones, sin ese brillo especial que siempre amó. Y no entendía la razón de su repentino cambio. La vio reír secamente de nuevo.

"Respóndeme algo Inuyasha. ¿De verdad te creíste todo esto?" después negó con la cabeza.

Por su mente deambulaban una y mil frases para auto-llamarse. Entre ellas estaban egoísta y miserable, juntas en una misma oración. Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que a la larga solo buscaba el beneficio de Inuyasha. Todo por él.

Ahora si podía presumir de carecer conciencia. Su mente se abstenía de pisar tierra firme, de regresar de esa estrella en la que había varado y ahora no podía salir, no quería salir. Se había encontrado con su ángel, el otro pedazo de esfera que siempre buscó, y dejarlo ir era como desprenderse de la mitad de su cuerpo. Doloroso y mortificante.

Su garganta estaba más seca que nunca, y se negaba a pronunciar aquellas palabras que no quería soltar ni en sus peores pesadillas. Pero no había opción distinta que seguir con lo ya comenzado. Kikyo la había llevado a esas orillas del abismo, y ella, con sus propios miembros, estaba a punto de tirarse por la borda, solo por salvarlo a él. Un segundo atrás de sentir el aire que provocaba su caída.

"Kagome…" balbució él

"No. No digas nada más Inuyasha. Solo olvídalo." Suplicó Kagome. El ácido bajó por cada poro de su cuerpo y se extendió por su estómago.

"¿Olvidarlo? ¿En realidad quieres que lo olvide? No sé qué es lo que estés pensando tú, pero yo no puedo simplemente olvidarlo, y no me pidas que lo haga" tragó duro "No me pidas que deje de respirar. ¿O es que tú si puedes hacerlo?"

"Nada de este aire fue real. Nunca lo fue"

"Aun así lo respiraste"

Inuyasha la miró, con todo lo que su alma pudo blanquear en sus cristalinos ojos. Soledad, dolor, tantos años de recuerdos olvidados, hasta que alguien clavó la daga del mismo lugar dónde la saco. Falsedad, desilusión. Todo junto en esa escena. ¿Entonces por qué Inuyasha no podía sentir nada de aquello en los ojos chocolate? Las puertas que tantas veces le abrieron su casa no transmitían nada de aquello, no podían, se veían ausentes, temerosos.

"O solo fingía hacerlo" musitó Kagome. Expuesta a sus más grandes miedos bajó por la pendiente, estaba arrojándose, sin vuelta atrás.

Tuvo que enfrentar los ojos dudosos del ídolo, y después su rostro de desilusión y completa expectación. Nada había peor que eso. Y estaba prohibido bajar la mirada y demostrar vulnerabilidad. Pero ¿cómo no podía hacerlo cuando le estaba cortando las alas heridas a un ángel? Alas que ella misma había curado.

ÉL no tenía culpa de ninguno de sus errores, era inocente de un acto tan cruel que solo ella debía saldar. Y aun así sabía que lo estaba lastimando. Se había enamorado de una persona prohibida, y la habían bajado de aquella nube dolorosamente. Ahora él lo estaba pagando, estaba pagando las facturas de su falta.

Era injusto.

"Nunca esperé que las cosas llegaran a este punto…" murmuró Kagome.

Las sombras hacían fila para ver el gran final. La función estaba a punto de terminar, y con ella todo un mar de ilusiones.

"¿Qué dices, Kagome?" bramó él

"En verdad no quise que esto fuera así. Pero ha llegado la hora de confesar"

"Confesar qué…"

"Sabía que esto me llevaría a la grandeza, y no pude desperdiciar tal oportunidad. La verdad es que no te quiero, Inuyasha" entonces se quebró su corazón y su interior sollozó. Un grito ahogaron sus labios y murió por dentro, lentamente.

Entonces el silencio mismo de mofó en sus caras.

Inuyasha no pudo más que abrir los ojos y observarla. Rígida, paralizada, tal vez borrosa. No podía más que repetir esas simples palabras en su mente "no te quiero", y, cuando su ser estuvo a punto de desmoronarse, su mente hizo clic y le llevó a la memoria la imagen de Selene, murmurando las mismas palabras con un deje de agonía y sorna.

Su sangre se congeló en las venas, y la gravedad se invirtió debajo de sus pies. La historia se repetía y no podía hacer nada para cambiarlo.

Mentira, todas y cada una de las letras surgidas de los labios que lo llevaron a la locura. Sus miradas, frases de aliento, todas se desvanecían una por una, pasando por delante de sus ojos, balanceándose y desapareciendo antes de poder alcanzarlas. La oscuridad lo abasteció de la cabeza a los pies, y lo único en que pensaba era en ella. Kagome. Su Kagome. Y, a pesar de la evidencia, su mente se negaba a creerlo.

Ambos bajaron la mirada por la incapacidad de entrelazar una vez más sus almas.

La Luna una vez más los miró, con lástima. Delante de la fuente que una vez declaró su amor, de dedicaban a destrozarse en silencio, intentando curar sus heridas, una a una, hechas por la piedras que una vez se lanzó.

Kagome se dio la vuelta, sabiendo que no había nada más que hacer, mientras que Inuyasha veía su aliento salir por la puerta trasera. Escapar de lo que parecía un espejismo. Irse dejándolo con una lágrima y un corazón sangrante en la mano, diciéndole adiós en silencio a lo que se convirtió en su razón de ser.

No solo despedía a Kagome, sino al Inuyasha Taisho que ella había traído consigo.

A unos cuantos metros de la escena, unos ojos recelosos observaban con sublime fascinación. Una sonrisa torcida se dejaba ver entre los labios rojos que saboreaban la victoria con satisfacción. En su mente solo estaba la repentina y obsesiva idea de tener a Inuyasha de nuevo… Kikyo asecharía de nuevo.

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Debo decir que he regresado, después de una muy larga espera. La verdad he tenido exceso de trabajo, razón por la que no pude actualizar durante todo este tiempo.

Quisiera darles las gracias a aquellas que esperaron la continuación de este fic. Ya estoy a punto de terminarlo y solo queda por arreglar algunos toques finales. Mientas tanto espero hayan disfrutado del capítulo tanto como yo.

La canción que interpretan Inuyasha y Kagome al inicio se llama "what have you done" por Within Temptation y Keith Caputo.

Feliz Inicio de semana

Ángel Nocturno