Como sé que vais a querer matarme después de este capítulo - honestamente, yo haría lo mismo - voy a agradecer de ante mano vuestros comentarios que me animan a escribir más y más solo para recibir vuestras reviews y reírme un poco. Muchas gracias a mis Raquellions, fans y sisters, que me apoyan siempre y ayudan con los bloqueos literarios. ¡Os quiero mucho guapas!
Bueno, no me lío más. Millones de gracias. Gracias por leer y comentar, en serio, animáis muchísimo. ¡Un besazo enorme!


- Siento no haber llegado antes… - susurré, apesadumbrado.

Ella negó con la cabeza, ocultando el rostro un momento antes de volver a alzarlo.

- No tendrías que haber pasado por eso.

- Ya ha pasado – articuló la detective, con la voz quebrada. – Ya ha pasado… - murmuró otra vez, como un mantra para mantenerse estable.

Nuestros ojos se encontraron, tan cerca como estábamos el uno del otro. Alcé una mano, despacio, y mis dedos recorrieron el contorno de los labios de Beckett, con cuidado de no hacerle daño. Nos acercamos un poco más, en silencio, sin necesidad de palabras huecas que llenaran el escaso espacio entre ambos. Nuestros cuerpos se amoldaron, y la última lágrima resbaló por la mejilla de la detective, yendo a morir en la comisura de sus labios. Me incliné hacia delante, tranquilamente, sin perder de vista los ojos de Beckett. El espacio se redujo aún más entre nosotros, yo estaba a punto de probar esos labios, y entonces…

La detective reculó, las palmas de sus manos estiradas en mi pecho, empujándome hacia atrás. Se la veía sobrepasada por la situación.

- Lo siento, no… - intentó disculparse, de espaldas a mí.

- Ey, no pasa nada – dije, comprensivo. – Solo… Salgamos de aquí.

Le rocé un brazo con mi mano para indicarle que se diera la vuelta. Ella miró hacia el suelo, sacudiendo la cabeza, resistiéndose a mirarme. Me coloqué frente a ella y le alcé la cara suavemente, empujándole la barbilla.

- Está bien, ¿vale?

Ella asintió, negándose a llorar otra vez.

Caminamos el uno al lado del otro, nuestros brazos rozándose a veces, y nuestro casi momento romántico del granero sin poder sacarlo de mi mente. La miré de reojo, tenía los ojos enrojecidos, única prueba de que se había derrumbado minutos atrás. Su labio se estaba hinchando cada vez más, sin embargo eso no le restaba atractivo al rostro de la detective, al revés, la hacía más sexy.

Sacudí la cabeza, en esos momentos lo último que necesitaba es que yo pensara con la cabeza de abajo y no con la que tenía que usar. Después de lo que casi le habían hecho, necesitaría algún tiempo para superarlo, y si eso significaba pasar noches en el sillón con dolor de espalda y de todo, pues lo haría. Jamás se me borraría de la cabeza su mirada cuando se permitió derrumbarse conmigo delante. Tenía un vórtice de sentimientos acumulados que hacían que el marrón superase al verde en sus ojos. El horror, la desesperación, el alivio, el agradecimiento y el miedo se mezclaban en una mirada que resultaba chocante y que te conmovía hasta la última fibra de tu ser.

Beckett me había dejado claro que era una mujer luchadora, que sabía valerse por sí misma y que no necesitaba depender de nadie para funcionar. Sin embargo, hasta los seres más solitarios necesitaban el contacto humano en sus peores momentos, y al dejarse abrazar y llorar contra mi hombro, me dejaba ver que confiaba lo suficiente en mí como para dejarse ver en ese momento que ella consideraba de debilidad. No era una máquina, solo humana.

En una de las miradas que le dirigí, vi que ella me estaba mirando. Sonreí de lado, un poco inseguro, y Beckett agachó la cabeza, pensativa. Dejó de caminar de golpe, haciéndome frenar en seco.

- No te he dado las gracias por… lo de antes. – dijo, mirándome intensamente.

Consideré todas las respuestas que podía darle, pero mi mente era un lío constante, no estaba seguro de si lo decía por haberla salvado o por haberle ofrecido mi hombro para llorar.

- No hay porque darlas – respondí finalmente. – Es lo que hacen los compañeros, ¿no? – me encogí de hombros.

- Sí… Supongo que sí.

Reanudamos el camino en silencio, llegando a la mansión por un lateral, el que estaba más escondido por la casa. Unas luces rojas y azules iluminaron de repente el camino, solo para volver a desaparecer. Mi instinto saltó y tensé mi cuerpo, esperando un ataque.

Sentí una mano en mi hombro, dubitativa al principio, decidida luego. Miré a la detective, que tenía el cansancio marcado en el rostro.

- Es solo la policía.

Yo sonreí con cierta ironía. Solo la policía, mis mejores amigos… Sin embargo, el contacto de la mano de Beckett en mi hombro logró relajarme un poco, eliminar de mi cuerpo ese estado de alerta y las ganas de huir. Las costumbres de ladrón habían calado más hondo de lo que yo había pensado, creí tenerlas controladas…

Llegamos al frente de la mansión, donde se encontraban varios Suzuki blancos con distintivos azules y amarillos en los laterales, aparcados en la entrada, la grava revuelta tras ellos con las marcas de las ruedas mezclándose, superponiéndose a la de los todoterrenos negros de los atacantes. Varios policías vestidos con las camisas azul clarito y los pantalones negros con una raya roja, el uniforme reglamentario, estaban tomándole declaración a la mujer del alcalde, que apretaba con fuerza a Jace contra su pecho. Busqué a Rob con la mirada, y le encontré sentado en la parte trasera de una ambulancia mientras un paramédico se ocupada de sus heridas. Miré de reojo a la detective y está capto mis intenciones antes de que pudiera decir nada.

- No. Estoy bien.

- ¿Seguro? – Pregunté, preocupado – Quizá deberían ponerte hielo en ese labio, no quiero que mañana parezcas una Bratz.

Las comisuras de sus labios se levantaron en un amago de sonrisa, pero se quedó en eso, en una simple sombra. Todavía seguía traumatizada, y no la culpaba por ello. Llego a estar yo en su lugar y el Dr. Burke me habría tenido en su consulta para toda la eternidad. Me apoyé contra uno de los coches, mientras veía llegar la camioneta azul de la unidad científica en busca de pruebas, los forenses salían cargados de la parte trasera con maletines y máquinas. Al cabo de un rato, sacaron una camilla con un cuerpo tapado metido en las bolsas negras de transporte de cadáveres. Consideré ese momento el indicado para acercarme a un policía y decirles que en el viejo granero encontrarían a dos fiambres más.

- ¿Así que…? ¿Usted disparó a un hombre en el granero y al otro le mato a base de golpes? – me preguntó por décima vez el policía.

- Estaban a punto de violar a mi compañera. – respondí, con voz cansina, llevándome una mano a la cabeza.

- ¿Su compañera? ¿Es usted policía?

- No, soy escritor pero estamos trabajando juntos en un caso.

- Ya veo… ¿Y el arma que utilizó para matar al tirador en la escalera?

- Se la di yo, era la mía de repuesto – dijo una voz a mi espalda.

Me giré, aliviado. Beckett llevaba un paño con hielo en la zona del golpe, una manta sobre sus hombros y lucía muy cansada, pero bien. Volví a mirar al policía, pero esta vez con la satisfacción y la superioridad bien notable en mi cara. Él agachó la cabeza y tomó notas, tal y como llevaba haciendo todo el rato desde que me acerqué para informar de lo que había pasado.

- Mire, recibimos una llamada del niño pequeño a las 4 de la mañana más o menos, llegamos en mi moto, la cual espero que siga aparcada unos metros más allá. Entramos, ella me dio su arma para no entrar desarmado en la casa, nos separamos, cogieron a mi compañera aquí presente y se la llevaron al granero. Yo liberé al alcalde, quien os llamó inmediatamente, y fui a rescatarla.

El policía me miró, asintiendo lentamente con la cabeza.

- Está bien, queda claro que todo fue en defensa propia.

Hice un gesto de victoria, con bastante ímpetu, y pude ver por el rabillo del ojo como Beckett se tragaba una sonrisa. Eso me animó mucho y reafirmó mi opinión sobre la detective.

- ¡Tío Rick! – gritó una voz infantil justo antes de que Jace se lanzara a mis brazos.

Esta vez no me pilló desprevenido y le cogí a tiempo para que no me machacara las costillas.

- Hola, pequeñajo. ¿Dónde te habías metido?

- Me escondí en la cabaña del árbol – dijo él, señalando el enorme pino que crecía junto a su casa y donde le habían construido una pequeña guarida.

- Muy bien, colega. Empiezas a pensar como un auténtico poli.

Jace dibujó una sonrisa de oreja a oreja en su cara, y alzó el mentón, orgulloso. Ese gesto me trajo muchos recuerdos sobre una pelirroja, pero los aparté de mi mente rápidamente. No era el momento. Me di cuenta, entonces, de que habíamos dado un poco de lado a la detective. Me giré hacia ella, con el niño en los brazos todavía.

- Somos un poco maleducados, Jace – bromeé. – No te hemos presentado.

Le dejé en el suelo y él miró a la detective con la adoración marcada en sus grandes y marrones ojos.

- Hola, yo soy Kate. – se presentó ella, extendiendo su mano para darle un suave apretón al niño.

- Es detective – añadí en voz baja.

- Reaccionaste muy bien a las órdenes de tu padre antes, serás un policía genial – le alabó Beckett, guiñando un ojo.

Jace se sonrojó hasta las puntas de las orejas, y corrió a contárselo a su padre, todo emocionado. La detective le siguió con la mirada, un brillo especial bien notable en sus ojos. Le di un suave empujón con el hombro y sonreí.

- No te enamores de él, creo que está considerado como pederastia.

Ella puso los ojos en blanco, las comisuras de sus labios alzándose.

- Señor Castle. – me llamó el policía.

Hice una mueca de desagrado que solo pudo ver Beckett y caminé hacia donde estaba el agente parado, al lado de una camilla en la que reposaba un cadáver. Vi que Rob se unía a la reunión y el crujido de la grava tras de mí me indicó que la detective también quería saber que pasaba. El forense a cargo de la camilla bajó la cremallera de la bolsa negra ante la indicación del policía.

- ¿Es este el tirador de la escalera al que mató? – inquirió.

Me incliné hacia delante para verle bien la cara al cadáver, y entonces sentí que toda la sangre huía de mi cuerpo. Me tambaleé hacia atrás, huyendo de la camilla, pálido, mareado y viendo todo borroso. Oí voces distorsionadas que me llamaban, pero no era capaz de contestar. Mi mano fue, involuntariamente, a mi hombro. A ese hombro.

- ¿Rick? ¿Qué pasa? – me preguntó Beckett, sujetándome.

Respiré hondo como pude, notando otra vez la losa gigante aprisionando mis pulmones bajo su peso. Sacudí la cabeza y aclaré la vista.

- No es él.

- Entonces, ¿qué ocurre? – inquirió Rob, apareciendo a mi lado, su mano reposando en mi espalda.

- Ese hombre – dije entrecortadamente, señalándolo con un dedo – Ese mató a Alexis.