Arco iris
El verano traía sorpresas, desde hacía poco se habían presentado un par de lluvias, la de hoy que hacía no mucho era violenta se transformaba en una ahora menos abrazadora que nublaba parcialmente el sol. Un mal día para salir de paseo por el parque.
‒Parece que ha disminuido.
Palabras que Deidara escucha pero no presta para mucha cabeza. Una gota que cae sobre su nariz lo alerta, ni el abrigo con el que Madara cubre a ambos es tan eficaz contra el agua que escurre del follaje bajo el que se refugian.
Pasan los minutos en silencio, el calor robado por el clima es compensado por el abrazo de su pareja. Las gotas adelgazan su grosor pero sus pensamientos se hacen más anchos. La lluvia es derrotada por el sol que se abre paso y lentamente acurruca a todos de nuevo, ahí frente a ellos se alza un bello cuadro de atardecer, un pedazo de cielo, el pasto, los arbustos y árboles cubiertos por el rocío que dejó la lluvia. Un imponente arco iris se forma en el cielo, era realmente bello.
‒¿Sabes qué mejoraría este momento?‒ dijo el mayor, volteando a ver esos ojos azules que portaba el dueño de sus sueños.
‒¿Qué?‒ otra gotita, delicada y dulce le golpeó la nariz, el azabache lo miró y rió bajo, le aprisionó en un cálido abrazo, el rubio adquirió una tonalidad rosa en sus mejillas. Madara le obligó a verlo a los ojos, se inclinó y presionó sus labios contra los del menor en un tierno beso. Una pregunta absurda inquietó la cabeza de Deidara ‒¿Qué ha sido lo mejor que te ha pasado?
‒Ser maestro, sólo así te hubiera conocido.
