Holaaa ke tal todo? espero ke biien

recuerden de ke nada me perteneece

Capítulo 28

Le zumbaban los oídos. O quizá fueran los latidos del corazón que resonaban en sus costillas como unos puños contra las teclas de un piano. Fuera como fuese, Edward no podía aclararse las ideas ni moverse. Habría temido la posibilidad de una parálisis pasajera si hubiera tenido fuerzas para preocuparse por algo.

—De acuerdo —consiguió decir y tomó aire—. Muy bien —dijo, y salió—. Parece que he tropezado.

—Yo, también —Bella estaba encogida, en la posición perfecta para acurrucarse contra su cuello.

—¿Te has hecho daño?

—No. Has amortiguado la caída —le dio un pequeño mordisco en el poderoso cuello—. Eres mi héroe.

—Ya. Puedes estar segura.

—Te he metido prisa. Espero que no te importara.

—Por el momento no debería quejarme. —Reunió fuerzas para darse la vuelta y arrastrarla con él para que quedara encima—. Espero que me des la oportunidad de hacer una exhibición de mi estilo y refinamiento.

Bella levantó la cabeza, se apartó el chocolatoso pelo de la cara y se limitó a sonreírle.

—¿Qué dices?

—Estaba pensando en lo mucho que me gusta tu estilo. En la fiesta, cada vez que te veía se me caía la baba. El atractivo sheriff Cullen vestido con un traje que preferiría no llevar y limitándose a tomar sólo una cerveza durante toda la noche para poder llevar a su casa a los demás invitados y que me miraba con esos pacientes ojos verdes hasta que yo estaba tan excitada que tenía que ir a la cocina para calmarme.

—¿Es eso verdad? —le recorrió los brazos con las manos hasta que llegó a los puños de la camisa. Empezó a desabrocharlos cuidadosamente—. ¿Sabes lo que estaba pensando cuando te miraba?

—No exactamente.

—Que parecías una bailarina llena de elegancia y estilo. Intentaba también no pensar en lo que se ocultaría debajo de esa camisa blanca almidonada y ese chaleco tan seductor —volvió a recorrerle los brazos una vez liberadas las muñecas—. Tienes una figura tan delicada y esbelta que llevo semanas loco por ti.

—No sé cómo explicarte lo que me alegra saber eso; sentirme además lo suficientemente bien como para desearlo —echó la cabeza atrás y levantó los brazos—. ¡Dios mío! Me siento tan viva. No quiero que acabe nunca —volvió a inclinarse sobre él y lo besó con fuerza. Luego se levantó—. Quiero champán. Quiero emborracharme y hacer el amor contigo toda la noche.

—Me gusta la idea —se sentó y se quedó con los ojos como platos al ver que ella abría la puerta—. ¿Qué haces?

—Voy al coche a por el champán.

—¡Espera que me ponga los pantalones e iré yo, Bella! — atónito, se levantó de un salto mientras ella salía corriendo como Dios la trajo el mundo—. ¡Por amor de Dios! — agarró los pantalones y fue hasta la puerta—. Vuelve antes de que te detenga por escándalo público.

—No hay nadie que pueda vernos.

Estar desnuda en medio de la noche le parecía maravilloso y lo más adecuado para ese momento. Sentía que el aire fresco le acariciaba la piel que hacía tan poco ardía de pasión. Sintió las cosquillas de la hierba en los pies mientras daba vueltas sobre sí misma con los brazos abiertos.

—Sal, la noche es preciosa. La luna, las estrellas y el sonido del mar.

Estaba increíblemente seductora. Miraba al firmamento y la luz de las estrellas daba un tono bronce a su pelo café y un brillo trémulo a la piel casi transparente. Su mirada se encontró con la de Edward con una energía tan poderosa que le dejó sin respiración. Él habría jurado que toda ella resplandecía.

—Hay algo que flota en el aire —dijo ella con las manos levantadas y las palmas ahuecadas como si en ellas pudiera atrapar el aliento de la noche—. Lo siento dentro de mí, como un latido rítmico. Cuando noto algo así, me siento como si pudiera hacer cualquier cosa —le alargó una mano con la palma todavía ahuecada—. ¿No quieres besarme a la luz de la luna?

Él no podía resistirlo, ni lo intentó. Se acercó a la mano extendida. El cielo los rociaba de luz y le dio un beso más cálido que ardiente. La ternura se adueñó del corazón de Bella. Edward la tomó en brazos y ella apoyó la cabeza en su hombro con la seguridad de que allí estaba segura y era bien recibida.

Él la llevó dentro, atravesó la casa hasta llegar a la cama que cedió a su peso. Mientras se dejaba arrastrar por ella, se dijo que más tarde pensaría en lo que sentía al estarse enamorando de una bruja.

.

.

Antes de amanecer, Bella se despertó de uno de los ratos de sueño que se habían concedido. Sintió el calor de Edward y su peso. La naturalidad, la total normalidad, era confortante y excitante a la vez. Se grabó en la mente el rostro de su amante, rasgo a rasgo. Cuando lo tuvo completo, se levantó dispuesta a empezar el día.

Se duchó y se puso unos pantalones cortos y una camisa sin mangas. Silenciosamente recogió la ropa que estaba repartida por la sala y se dirigió a la cocina como en una nube. Nunca había experimentado un deseo como aquél, un deseo que surgía dentro de ella como una fiera y le devoraba entera.

Esperaba volver a sentirlo. Y la ternura que llegó después, la sed insaciable de más, la oscura y jadeante incertidumbre. Todo ello.

Isabella Swan tenía un amante que estaba durmiendo en su cama.

Él la deseaba y eso era emocionante. La deseaba por ser quien era y no por lo que él hiciera de ella. Eso era tranquilizador. Dichosa, preparó café, y mientras el aire se llenaba con el aroma del café, preparó una masa para hacer bollos de canela y otra para pan. Cantaba en voz baja y notaba que el nuevo día le sonreía.

Regó el jardín, dio un sorbo a la primera taza de café y metió en el horno una tanda de bollos. Empezó a pensar en el menú de la semana siguiente con la taza en una mano y un lápiz en la otra.

—¿Qué haces?

Saltó como un conejo asustado al oír la voz ronca y somnolienta de Edward y vertió el café sobre el papel.

—¿Te he despertado? Lo siento, he intentado no hacer ruido.

Él levantó una mano.

—Bella, no hagas eso. Me desespera —Edward tenía la voz espesa por el sueño y ella no pudo evitar una punzada de miedo al ver que se le acercaba—. Voy a pedirte una cosa —tomó un sorbo de la taza de ella para aclararse la voz y las ideas—. Nunca me confundas con él. Si me hubieras despertado y eso me hubiese molestado, te lo habría dicho. Pero la verdad es que me he despertado porque tú no estabas y te echaba de menos.

—Hay algunas costumbres que son difíciles de quitarse de encima, por mucho que lo intentes.

—Bueno, sigue intentándolo —dijo Edward desenfadadamente. Se sirvió una taza—. ¿Ya tienes algo en el horno? —olisqueó—. Madre de Dios —lo dijo respetuosamente—. ¿Bollos de canela?

A Bella se le dibujaron dos hoyuelos en las mejillas.

—¿Y si lo fueran?

—Seré tu esclavo.

—Eres pan comido, sheriff—sacó un guante para el horno— ¿Por qué no te sientas? Te daré de desayunar y te explicaré lo que espero de mis esclavos.


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