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Capítulo 24: Espejo Amatista.


"Siempre fuiste mi espejo, quiero decir que para verme tenía que mirarte."

—Julio Cortázar.


SEGUNDA PARTE: CUIDAD DOMINO


Cuando Atem jugaba a ser Yugi y Yugi a ser Atem, él se preguntaba si con el paso del tiempo aquella travesura infantil no sería la primera capa de un sentimiento que, parecido a la cebolla picada por Ashita para el guisado, capa tras capa escondía un anhelo que, en vez de reír, les hacía llorar.

Los ojos radiantes de Yugi cuando su hermano gemelo le ganaba una partida se calcaron en su pensamiento desde la época en que regalar el rompecabezas le había costado una herida de bala. En aquellos ojos grandes, luminosos y sin rastro de malicia, él vislumbró la ilusión de un niño frente a la imagen de su héroe favorito. Así era la admiración que Yugi profesaba hacia su gemelo.

Los ojos templados de Atem, en cambio, reflejaban la satisfacción del deber cumplido, matiz que lo codujo a reflexionar si, tal cual el uno jugaba a ser el otro, Atem quería ser Yugi y Yugi quería ser Atem, y si de niños intercambiar los papeles para engañar a sus conocidos los encaminaría a intercambiar también la personalidad.

En apariencia, Yugi era tímido, de voluntad frágil e indeciso, casi siempre necesitado de un empujoncito en la espalda o una mano ceñida a la suya. Atem exhibía el antónimo de las cualidades de Yugi, perfilándose la versión opuesta de su gemelo pese a que su físico gritara lo contrario. Definir la susodicha relación de polaridad entre sus nietos acrecentó sus inquietudes.

¿Sería Atem el polo opuesto de Yugi a propósito? ¿Era Atem, a esa temprana edad, consciente de la responsabilidad que acarreaba ser el modelo a seguir de su hermano?

Ese nieto suyo había dado pistas de temprana madurez en sus primeros pasos a la adolescencia, por eso él, siendo el abuelo cariñoso que complacía sus antojos, siendo el sustituto de un disque Padre que iluso creía recompensar su ausencia con una llamada telefónica o un atrasado regalo de cumpleaños enviado por el servicio de paquetería, se respondió que sí. Se respondió que, si Yugi era tímido, Atem se proponía ser determinado. Si Yugi era de voluntad quebradiza, Atem se proponía tallar una voluntad labrada en hierro y si Yugi casi siempre necesitaría un empujoncito en la espalda o una mano ceñida a la suya, Atem estaría allí para ofrecérselo.

Si Yugi era débil, Atem sería fuerte.

Atem descubrió por sí solo el vacío que el Padre de ambos cavaba en ellos con su ausencia en el hogar, siendo Yugi el más afectado por no tener un ejemplo de fortaleza del cual asirse para edificar su personalidad. Se arrojó sobre los hombros el rol de su Padre, al principio, para con Yugi, después, para con el hogar, y con el peso de los años se adhirió a tal grado en su papel que ya conformaba su identidad.

Por divagar en esas meditaciones, la imagen de sí mismo que Atem proyectaba hacia los demás en él se ilustraba como la concha de un caracol, semejanza que lo convenció de no invadir los entresijos de su nieto para que, de la misma forma en que un caracol se escondía en su concha cuando percibía una amenaza, Atem no se aferrara todavía más a su caparazón. La vida le había demostrado que cada persona, a su propio y debido tiempo, se construía un caparazón para protegerse de quienes le rodeaban. Algunos eran similares a la crisálida de las mariposas, otros se parecían, como en el caso de su nieto, a la concha de un caracol y, en el peor de los casos, como le sobrecogía que fuera a desarrollarse la relación entre sus nietos, eran como las capas de una cebolla.

Con tales descubrimientos a un lado, yacía, sin embargo, la esperanza de que Atem fuera feliz solo siendo él mismo, que llegara el día en que se hartara de cargar con las expectativas de los demás— incluyendo al mismísimo Yugi— cual bulto invisible sobre los hombros y saliera al fin de su caparazón. Porque tarde o temprano, él sabía que a todo ser humano le tocaba vivir aquel momento de liberación.

Y su nieto lo vivió, pero después de que Yura Sutori le rompiera el corazón.

Esa era su motivación para no declarar el veintiséis de julio como un día de luto, sino como el día en que Atem había vivido al fin su momento de liberación. Yugi no lo entendía. No entendía cómo su hermano, ante sí una persona determinada, podía cerrarse a llorar todas las noches. No entendía cómo su hermano, para él con una voluntad labrada en hierro, podía perder las ganas de vivir, y no entendía cómo su hermano, siempre allí cuando necesitaba un empujoncito en la espalda o una mano ceñida a la suya, no podía extirparse a Yura Sutori del corazón.

Yugi conocía la primera cara de su héroe, la que Atem le había mostrado para llenar el vacío de su Padre. Mas no conocía la persona que aparecía después que se quitaba el traje, al otro lado de la máscara. Para él, Yura era la villana que había derrotado a su héroe, por lo que algunas veces llegó a preguntarse si la odiaba. ¿Era Yugi capaz de odiar? Él prefería responderse que no, pero sí de guardar resentimientos.

— ¡Qué pretende hacer, abuelo! —Pegó el grito al cielo su nuera, tras notarle frisado con la escoba en mano, como si el utensilio fuera perjudicial para la salud y él no lo supiera.

—Voy a barrer el frente— dijo, con cierto aire nostálgico. La imagen de su pequeña tienda le humedeció los ojos.

— ¡Debe guardar reposo! Yugi se enojará si lo encuentra barriendo.

—Si no me ha matado la vejez, menos lo hará una mota de polvo.

Yugi quizás tampoco entendía que su hábito de barrer el frente era lo único que le quedaba de la Ciudad Domino.

Así como tampoco entendía que lo que Atem sentía por Yura ya no era amor, sino culpa.


—.—


Ni siquiera el zumbido de una mosca interrumpía el silencio sepulcral que se apoderó del aula en cuanto el maestro de Lenguaje de Programación Avanzado comenzó a repartir la prueba final en los pupitres. El aire difícil de respirar, saturado por la tensión impresa en sus compañeros con una gota de sudor deslizándose por la curva de la mejilla, no perturbaba su tranquilidad ni le parecía en verdad encarecido pues, para él, respirar era difícil desde que había encontrado a su hermano gemelo tirado en el piso, con la ropa estrujada e inconsciente por tanto llorar. La fotografía enmarcada que aferraba contra su pecho seguía siendo la única pista hacia la verdad, una verdad que a Atem le retorcía el alma cuando intentaba decirla y que él se había cansado de arañar.

Al paso veloz del tiempo se fue cansando de otras cosas, de las sonrisas falsificadas, de las lágrimas absorbidas por la almohada, de llevar puestos los zapatos que Atem había abandonado fundiéndose con el dolor.

"No juzgues, Yugi, solo entiende". La voz apacible de su abuelo todavía le asaltaba el pensamiento.

¿Cómo podría entenderlo? Lo enorgullecía pensar que conocía a Atem mejor que nadie, que los demás acudieran a él en consulta para adivinar su parecer sobre las cosas. Pero el Atem que se desmoronó aquel veintiséis de julio, que aún con el peso avasallante de los años, el cobijo de una familia y los kilómetros que lo distaban de su verdugo, no era capaz de rehacer su vida, había dejado de ser su hermano gemelo.

Había dejado de ser el héroe que a ciegas había idolatrado.

Entendía que un corazón roto no se sanaba de un día para el otro, entendía que todos los héroes tenían un Talón de Aquiles y entendía que su hermano, en algún punto de su vida, debía cambiar. Lo que no entendía, era cómo Atem había cargado con sus expectativas por tanto tiempo sin explotar, sin gritarle a la cara que no era ningún héroe invencible, sin expresar que él también sufría igual o peor, que él también era débil, de voluntad quebradiza, necesitado de un empujoncito a la espalda o una mano a la ceñida a la suya y, por encima de todo, no entendía cómo lo había protegido de una realidad y unas responsabilidades que allí, en su día a día, él no se creía con la autosuficiencia de afrontar solo.

Por eso se sintió traicionado.

Por eso el cansancio se volvía desesperación, la desesperación una rabia sorda que le exigía a gritos traer de vuelta su hermano gemelo, la rabia sorda un chubasco de amargura y la amargura traía de vuelta el cansancio de seguir adelante. La frase había perdido su toque motivacional para convertirse en una obligación. Sin la fortaleza de Atem, la piedra angular de la familia, con el abuelo enfermo y una madre que trataba sus hijos como si fueran sus hermanos, ahora era él quien llevaba ese yugo cual bulto invisible sobre los hombros.

Retrocedía en el tiempo para darse valor, para recordar su yo de antes y que las adversidades no le arrebataran la identidad. Atem batallaba con toda la fuerza que le quedaba en el alma por hacer lo mismo, pero a duras penas daba dos pasos hacia delante, retrocedía cinco hacia atrás: su vocación de arqueólogo desapareció, en un fútil intento por incursionar juntos en el diseño de juegos había promovido la mitad de las materias y reprobado la otra debido a sus constantes ausencias— dándose fama de alumno por temporadas—, y las libras que aumentaba en meses las rebajaba en marzo y en julio.

Lo intentaba. Caía. Lo intentaba. Caía. Lo intentaba. Caía. Lo intentaba. Caía…

Era un círculo vicioso.

Él se casaba. Se desesperaba. Se enrabietaba con Atem. Se zambullía en la amargura. Él se casaba. Se desesperaba. Se enrabietaba con Atem. Se zambullía en la amargura. Él se casaba. Se desesperaba. Se enrabietaba con Atem. Se zambullía en la amargura…

Un bucle infinito en órbita para llevarlos juntos a la locura.

La única persona capaz de ponerle cierre, la misma endemoniada persona que Atem lloraba todas las malditas noches, se había enterrado viva el veintiséis de julio.

Yura Sutori.

Cuando quería odiarla, cuando aquel sentimiento oscuro le cocía la piel cual si fuera ácido muriático, él se anestesiaba recordando.

Veces surcando la inexistencia, Atem decía más de tres palabras con Yura al lado, pero le tomaba de la mano y con los dedos entrelazados recitaba un millón de ellas.

Su hermano jamás le contradecía cuando el aura del cólera la envolvía. La dejaba gritar, explotar, desahogarse hasta que la garganta se le pelara mientras él su espalda recargaba en algún rincón de la pared a ojos cerrados, escuchándole calmo para luego musitar cinco palabras o menos que la encogían, y le hacían retractarse con ojos de niña regañada. Entonces Atem, con la delicadeza de un padre, depositaba su perdón dándole un beso en la frente, seguido de un abrazo efusivo que concluía el incordio.

Trascurrido el primer año de noviazgo, empezaron a repetirse las ocasiones en que su hermano no callaba, sino que a Yura besaba desbocado ahogando los gritos en su propia saliva. Al principio lo asimiló como otro método para callarla, pero luego descubrió que era un reflejo de su miedo a que ella soltara alguna palabra que pudiese herirlo. Una que le obligara a olvidarse de ella.

Atem solo deseaba no tener un motivo por el cual alejarse de Yura.

En el segundo año de noviazgo, los dos se leían como un libro abierto de par en par. Ella sabía que cuando su hermano alzaba la ceja derecha era porque en él curiosidad había o los celos o el mal humor se avecinaban. Aprendió a descifrar el "haz aquello que consideres apropiado" como un "no estoy de acuerdo "y en el cruce de los brazos su rito de meditación. De igual manera conocía que las intimidades de una mujer, entre ellas la regla, los cosméticos o la selección de ropa interior, le acaloraban las mejillas bajando así su guardia y que tanto los juegos como la cultura egipcia eran su predilección.

En igual medida Atem sabía que cuando Yura guiñaba un ojo era una invitación a lo desconocido. Aprendió a descifrar el "no me incomoda" como un "ardo en celos "y de igual manera conocía que tanto los postres como las boinas eran su predilección.

Mas en el tercer año… Yura corría en las venas de Atem.

Su hermano temía tanto perderla que un anhelo se le tatuó en el corazón: poseerla, hacerla suya. No por placer, no para engrandecer su hombría, sino para sellarla suya. Atem temblaba ante el ensueño de que Yura se aburriera de él por el tiempo juntos, que su relación atravesara la monotonía letal que amargaba el amor hasta volverlo un néctar insípido. Ansiaba borrar esas posibles huellas usando el último recurso del amor, su carta de triunfo para marcar con tinta sempiterna su existencia: el sexo. Porque eso era el sexo para Atem, su as bajo la manga para encadenarse a Yura.

Su gemelo expresó aquel fervor con tactos fantasmales. La mano que antes entrelazaba a la de Yura terminó posándola en la cintura mientras ambos caminaban por calles. Los besos en la mejilla fueron sustituidos por ósculos fugaces en público y las discusiones pasionales eran finalizadas con unos besos salvajes que a las ropas dejaban expuestas como una obstrucción a la entrega total.

En más de una madrugada Atem se confesó con él, revelándole con voz entrecortada lo miserable que se sentía por tener tan impúdico deseo en la punta de las yemas, pero a la vez, la enormidad de su apuro por entregarse a ella. Por presentar ante Yura no solo su cuerpo desnudo, sino también su alma desnuda.

Su hermano quería entregarse.

Para Atem, su amor hacia Yura era suficiente como para ejecutar tal acto. Como para hacer el amor sin precedentes desde el momento en que le cortaron el cordón umbilical. No hubo suficiente cabida en su cuerpo para recibir el asombro de saber que era Yura quien anhelaba dar el primer paso, cuando dijo con voz metafórica que daría a su hermano el más costoso de todos los regalos.

Pero ese día, Yura no dio.

Yura quitó.

Arrancó el corazón de su hermano sin pulso tembloroso, llevándoselo en el equipaje con que se había marchado ese día. Dejándolo desangrado, moribundo en un charco de su propia sangre. Pese a los esfuerzos de su Madre, abuelo y él por hacer a Atem el trasplante de uno nuevo, el pecho de su hermano lo rechazaba. No eran compatibles. Su hermano solo admitiría aquel que se había llevado.

¿Por qué Yura había huido? ¿Por qué le habría roto el corazón a su hermano si dijo con voz metafórica que le daría el más costoso de todos los regalos? Los labios de Atem ponían sello a la verdad y él ya no gozaba la entereza de perseguirla, tampoco la de sentir hacia Yura Sutori algo distinto al resentimiento por los buenos recuerdos ni aún la de sentirse triste por el futuro incierto en Tokio o feliz por los pequeños logros cotidianos.

Él solo estaba cansado.

Con el lápiz apuntando a la hoja sobre su pupitre, se forzó a dirigir sus pensamientos a los algoritmos enfrente.


—.—


— ¡Listo! —Entonó Kyoka, feliz por haber encestado a la basura el último rastro de la fiesta improvisada que habían disfrutado en honor a su cumpleaños número diecinueve. La inesperada visita de Reiji aún se replicaba en el ánimo, mas no había conseguido empequeñecer la obstinación de Yura con celebrar los aniversarios en el mundo.

Memorizó la despedida en alta definición, así también el breve diálogo espinoso con Bakura. Al tiempo en que se dispuso a vaciar la funda repleta de basura hacia los contenedores en el exterior, la presión de los días que le restaban en Osaka lo asfixió, mandando al garete sus esfuerzos por mentalizarse lo contrario y demostrándole que el rezo del refrán de que no era lo mismo llamar al diablo que verlo llegar estaba fundado en hechos reales.

—Jōnouchi— le interrumpió la muchacha, con la mira estática en sus tenis amarillos parados en el umbral a su retorno. Dejó que su nombre levitara en el aire por unos breves segundos antes de graduar el tono, que por un subibaja en la nota le sonó desesperado—, ¿en serio estás consciente de lo que significa volver a la Ciudad Domino?

Kyoka, al parecer, había discernido el calco del dilema en su semblante.

—Por supuesto, Kyo. —Se permitió sonreír, aunque sin mucha gracilidad, al reparar hasta qué grado Yura y él se habían compenetrado para tener la viveza de llamar a Kyoka por su apodo—. Pero eso no quita que sienta miedo. A fin de cuentas, han sido casi tres años en exilio, la Ciudad Domino ahora es para mí una caja de sorpresas que no puedo esperar sean del todo gratas. No sé con qué pueda encontrarme allá. —Dirigió la mirada hacia Yura, durmiendo sin preocupaciones en el sillón—. Pero, si tu preocupación es que no sea capaz de proteger a Yura del infierno que— sé muy bien— es para ella Domino, te agobias en balde.

Le cruzó por el lado para encaminarse hacia el grifo del lavaplatos. Ella, con sus pasos, le hizo saber que se había sentado en el mueble frente a Yura. Se lavó las manos aprisa, secándolas luego con el paño que colgaba de la alacena, y al voltear hacia ella, contemplar sus dedos arrugando la falda lila, distinguir su rostro alicaído pese a llevar todavía puesto el gorrito de cumpleaños, por primera vez le inspiró mucha ternura.

—No soy Atem, Kyoka.

Ella se mordió el labio, se hundió de hombros y ensombreció la mirada, donándole a entender que tal afirmación no aminoraba su temor. Mientras él convino hacer a un lado las piernas de Yura— sabiendo que dormía como un muerto— para obtener un rincón donde tomar asiento, meditó que era su primera vez en cruzar palabras con ella sin la intervención de Yura.

Desde la presentación formalizada con una reverencia por muy poco diferente a un leve cabeceo, había percibido a Kyoka bajo la sombra de Yura, una seguidora fiel que le debía lealtad por las penas compartidas. Tenía que llegar ese momento para él sentar consciencia de que no conocía a Kyoka más allá de lo que había reflejado a través de Yura.

—Kyoka, ¿cómo conociste a Yura? —Lo preguntó sin rodeos. No creía escuchar un relato que elevara su conmoción al mismo punto de la triste historia de amor entre Atem y la mujer dormida en el sofá.

Con un destello de melancolía cruzándole por los ojos y una tranquilidad enigmática, ella se quitó los lentes, dedicándose a mirarlos como si todos los acontecimientos estuvieran escritos en el cristal óptico.

—Hace once años, antes de inscribirnos en la Academia de Chicas Rosa Negra, coincidimos en un grado de la escuela primaria. —La experiencia con Yura le motivó a no interferir, prestar atención en silencio—. Por esa época, me habían recetado los lentes para combatir la miopía. Mis compañeros me vieron cual bicho raro el primer día en que fui con ellos puestos.

Ella sonrió, y aunque se pareció a la sonrisa que amortiguaba las ganas de llorar, ni una sola lágrima le dibujó el contorno de la mejilla.

—Las burlas no se hicieron esperar. "Cuatro ojos", "La ciega", "Dextar"…Una tarde, a la maestra se le zafó decir que a las personas con mi padecimiento les llamaban Miopes, así que otro apodo se añadió a la lista: "Me hago pis". —Si él no hubiera sido un bravucón reivindicado, hacía rato que sus carcajadas hubieran despertado a Yura—. Al principio, me reía de mí misma como ellos, en un intento desesperado por no perder su aceptación, pero con el paso de los días me fui acostumbrando a ser la niña marginada con la que a nadie le gustaba juntarse.

Mordiendo su labio desatendió por un instante la crónica, un pequeño castigo al recrearse burlando a Yugi en el pasado de Kyoka.

—A decir verdad, para mí no fue un castigo por ser, entonces, diferente a mis demás compañeros. Gracias a ese rechazo aprendí a valorar la soledad, y a observar a los demás ser felices en la distancia… Sin mí. Recuerdo que me refugiaba en los libros, vivía en sus mundos cuando la tristeza quería invadir el mío. —Hizo una pausa, volviendo a sonreír, esta vez, amenazada por las lágrimas—. No sé si Yura te lo habrá contado o te lo habré dicho antes y ahora no me acuerdo, pero yo soy hija única. Antes de mí, Mamá perdió una niña a los cuatro meses de gestación. El doctor le advirtió que un segundo embarazo podría costarle la vida, de modo que mi nacimiento fue un regalo caído del cielo, aunque igual de caro: ella no puede tener más hijos.

La miró con toda la compasión que le había suscitado la verdad.

—Siempre quise tener un hermano, con mayor fuerza en aquellos fugaces momentos donde la soledad cobraba la forma de un lobo a punto de comerme. Pero al mismo tiempo comprendía el dolor de Mamá, y fue allí cuando se agregaron colores a mi imaginación. —Cambió la expresión melancólica por una llena de ilusión. Admiró a raudales que, a diferencia de Yura, ella no recordara su pasado con el dolor afligiéndole la mirada—. Recuerdo que, con la descripción del autor sobre mis personajes favoritos, los dibujaba en papel, y después colgaba el dibujo terminado en la pared de mi habitación. Con ellos no volví a sentirme sola, aunque Papá consideró llevarme al psicólogo porque hablaba con mis dibujos.

Lo conmovió hallar el origen de su parloteo acelerado y sus monólogos— algunas veces— disparatados.

—Oh espera, he desviado al tren del carril, ¿verdad? — La pregunta lo llevó a enlazar, con gigantesco asombro, que también era la primera vez que Kyoka hablaba respetando las comas.

Le dijo que no sacudiendo la cabeza.

—Es un milagro— rio bajito—. Bueno, el día en que Yura se convirtió en mi mejor amiga sucedió al mes de haber empezado a usar lentes. Al igual que los clichés remasterizados en todas las novelas juveniles, Yura gozó la popularidad de ser la niña nueva, en especial debido a la longitud inusual de su cabello blanco que, la verdad sea dicha, le abrió un espacio entre las niñas mimadas e hipócritas que antes jugaban conmigo por las tardes. Intenté socializar con ella a espaldas del resto, pero ellos se adelantaron a decirle que no era buena influencia para ella. Hasta entonces el maltrato que sufría en la escuela era solo verbal, por eso nunca se lo conté a mis padres— y los profesores no tomaron medidas más drásticas que la de gastarse la voz reprendiéndolos—. Mas aquel día una de las niñas fresa pisó mis lentes para quedar como una figura de autoritarismo delante de Yura y yo, aunque todavía no sé diferenciar si fue por instinto o porque había llegado al colmo, me fui a los golpes con ella.

—Yura permaneció estática, mirando el pleito con una extraña curiosidad. Para cuando llegó la hora de partir, a ninguna de las dos se nos había impuesto un castigo difícil, pero tuve que fabricarme otra cara para poder mirar a Papá cuando fue a recogerme. Mentí, por supuesto, aludiendo que por mi torpeza había sufrido un accidente, tal cual he leído en las novelas juveniles. En realidad, no me sentía triste por mentir, sino por el dinero que Papá gastaría renovando mis lentes. Así que, antes de subirme al auto y enojada conmigo misma, los arrojé a la basura. Sin imaginar lo que ocurriría la mañana siguiente.

En ese punto del relato se decidió, por fin, a poner la frente en alto.

—La mañana siguiente, Jōnouchi, Yura fue a la clase con mis lentes rotos.

Se sorprendió, mas no al extremo de quedar boquiabierto. Aquel comportamiento retrató a Yura de cuerpo entero, por lo cual fue imposible no sentirse orgulloso de ser algo más que su amigo y algo menos que su novio.

—No entendí por qué lo había hecho hasta que todos en el aula, incluyendo a las niñas fresas que días atrás elogiaban de manera hipócrita su cabello, la volvieron el nuevo hazmerreír de la escuela.

"¡Qué ridícula se ve con esos lentes!"

"¡A Dextar le quedan mucho mejor!"

—Aunque moría de ganas por abordarla, la vergüenza me hacía comerme las ansias. Aun tocaron el timbre del recreo, estaba sola como siempre, y ella pidió permiso para merendar conmigo. Para mí fue un suceso tan extraordinario que gagueé al responderle.

"¿Por qué hiciste eso? Todos… Todos se burlaron de ti".

—Ella me contestó sin parar de comer sus gomitas dulces.

"Tienes razón, se burlaron de mi porque estos lentes solo te quedan bien a ti."

—Entonces lo comprendí. Comprendí que los lentes no eran una maldición que había gatillado el rechazo de mis compañeros. Eran un distintivo, una peculiaridad que me diferenciaba de los demás. —De nuevo enfocó su mirar en el objeto, elevándolo para facilitar la apreciación de sus características—. ¿Te imaginas cuántas personas en el mundo usan lentes, Jōnouchi? Muchos podrán asemejarse a estos, muchos podrán tener el mismo color, la misma montura, el mismo lente… Pero nunca serán este por más que se parezcan. Porque estos, Jōnouchi, han estado conmigo en mis mejores y peores momentos.

La nueva enseñanza que la vida le impartía a través de Kyoka lo enmudeció.

—Me entristecía ser diferente a los demás, cuando la clave para ser feliz consistía en amar mis diferencias. Es por esa razón que, para mí, los defectos no son defectos como tal. De hecho, se me dificulta mucho utilizar esa palabra para describir a una persona. Los defectos son cualidades que nos hacen distintos a quienes nos rodean, cualidades que de acuerdo con la personalidad agradan o desagradan a los demás y que, muchas veces, el tiempo nos ayuda a cambiar por otras.

En su cabeza no había ordenado palabras que le ayudaran a resumir la estupefacción de conocer a la verdadera Kyoka, no a razón de su pasado, sino a raíz de haberle clarificado que, si era la sombra de Yura, no era debido a su autoestima. Por el contrario, aprendió que caminar a sus espaldas, ser una seguidora tácita suya, le ofrecía un mejor panorama de sus verdaderos sentimientos que si caminara a su lado.

Y por eso Kyoka siempre atisbaba un puntito de luz donde todo el mundo veía oscuridad.

— ¿Sabes? Cuando el Señor Sutori me puso al tanto de lo sucedido con Atem…— ¿Había escuchado bien? ¿De verdad Kyoka estaba diciendo que Reiji conocía el dramático final de Atem y su hija? —Confirmar que Yura no se había llevado sus pertenencias fue un claro mensaje de que no le importaba nada, que su único deseo era huir lo más lejos posible. Por aquellos días, lo más lejos posible era Osaka, distante de la Ciudad Domino por ochocientos y pico de kilómetros cuadrados. Dedujimos que se había ido en tren, pues era la última parada del recorrido habitual. El Señor Sutori —por una extraña razón que no tuve la valentía de preguntar— me aconsejó no ir tras ella, pero yo había leído suficientes historias donde se retrataban las desgraciadas a continuación del desamor.

Se rebeló contra sus padres por la emancipación, asimilando la fortuna de tener a la tía en Osaka como una señal del destino. Con la condición de no descuidar sus estudios, aprobaron su alojamiento en casa de Aimi quien, a su vez, contribuyó en la búsqueda.

—La encontramos dos semanas después…—Dejó caer la primera lágrima solitaria—. Husmeando alimento entre los contenedores de la basura cual pordiosera errante y acompañada por un niño. No imaginas… No imaginas lo doloroso que fue para mí verle así, en los huesos, con el cabello curtido y la ropa hecha una porquería. A tal extremo me dolió, que no pude soportarlo. Lo primero que hice fue abofetearla entre gritos.

El niño se llamaba Tanuki, acotó, en admirable sincronía con la otra gota de sal que contorneaba su cachete. Describió al pequeño de lacio cabello negro e inocentes ojos grises, con los cuales la juzgó de vil desconocida, pronto lanzándose a defender a Yura, pero al ser testigo del abrazo efusivo que sucedió a los reproches eligió serenarse.

—Ella vivía bajo un puente con Tanuki y su abuelo. Era lógico ya que no se había llevado nada material en su huida. Respaldada por mi tía los llevamos a casa. Esa era nuestra situación cuando Yura respondió la pregunta que no tuve la valentía de hacerle al Señor Sutori.

"Soy una inútil, Kyoka. No sé preparar comidas con sal, no sé ningún tipo de manualidad, no tengo ninguna maldita cualidad que me ayude a valerme por mí misma. En casa lo tenía todo, la comodidad de tener a quien hiciera las cosas por mí me volvió inútil para enfrentar la vida. No sé cocinar alimentos con sal porque teníamos sirvientas expertas cocinando de todo, no sé ningún tipo de manualidad porque Mamá se daba la tarea de hacerme los adornos a mano, ni siquiera sé cuidarme porque Inoue lo hacía mucho mejor que yo".

—Yura se había perdido a sí misma en la Ciudad Domino, el Señor Sutori confiaba en que se hallaría en Osaka. No quería obstruir su camino al sufrimiento, sino ponerla de cara con él, dejar que chocara con la pared que traído a contexto es la realidad, y que se curara por sí misma con el paso del tiempo. ¿O piensas que Yura sería la mujer que hoy conocemos si Atem no le hubiera roto el corazón?

Gesticulando la negación rotunda, le dio el permiso de continuar.

—No consentí su ruego de seguir durmiendo en la calle, aunque fuera por el cariño a Tanuki. Un solo día tratándolo me bastó para intuir que Yura veía en él un reflejo de Ryō. El niño era su equivalente aquí, en Osaka. Pusimos el techo a su orden y la de su abuelo, él la rechazó aludiendo no querer abusar de nuestra hospitalidad.

Yura dormía en casa de Aimi, pero mañana, tarde y noche las veía pasar bajo el puente. Junto con ella le suministraban desayuno, almuerzo y cena todos los días sin falta. A la tercera semana, comenzaron a repetirse las discusiones acaloradas por el apremio del niño.

—Hasta que un día… Encontramos el puente desolado.

Ella se cubrió la boca terciando el gesto mortificado de quien intenta contener los vómitos. Las lágrimas resbaladizas, a sus mirar, eran pequeños trozos de diamante refinado, quizás por verlas con los ojos del corazón.

—Un anciano, compañero del abuelo de Tanuki en la tarea de recoger botellas para intercambiarlas con el camión recogedor de basuras, había sido testigo de todo. Tanuki y su abuelo… ¡Tanuki y su abuelo yacían enterrados bajo nuestros pies!

La noche antes, buceando entre los contenedores de basura por mera diversión, Tanuki se había encontrado un collar de diamantes. Invadido por la emoción, acordó regalárselo a Yura cuando se presentara con el desayuno al día siguiente, ajeno a que la joya había sido sepultada en la basura por accidente y el apuro de un delincuente cazado por las autoridades. En cuanto hubo localizado un punto seguro donde ocultarse, despistó a la policía, dirigiéndose con prontitud al contenedor en el que con toda seguridad hallaría la joya. Furibundo por su hallazgo, recorrió las calles con la rabia de matar a quien, de modo irónico, le habría robado, y caminando por el puente se filtró a su oído el júbilo de Tanuki con imaginar las posibles reacciones de Yura cuando le hiciera formal entrega del obsequio.

—Supongo que ya tienes un boceto de lo que sucedió después. Pero tu imaginación nunca podrá plasmar siquiera una descolorida imagen de la manera en que Yura se rompió las uñas escarbando en la tierra como un perro tras el hueso que con tanto afán había cuidado, y de sus gritos cuando dio con los cuerpos iniciando su descomposición.

Su corazón se saltó el primer latido, que hizo eco en sus oídos repitiéndose como el trueno entre las nubes. En el segundo lo sintió encogerse a la par del estómago, donde lo más parecido a un agujero negro le succionaba desde adentro. De nuevo se sintió igual a un globo de helio pinchado por un alfiler, sin nada más que carne fofa sobre sí, con la diferencia de que tener a Yura al lado, entonces a salvo de los recuerdos, sin romperse la garganta llorando como a quien le arrancaban el alma de tajo y como a él se le apareció en el pensamiento, dejó en libertad a dos lágrimas escurridizas.

—Yura volvió a morir en vida. —Con un breve hipido se aclaró la voz, escurriéndose la nariz al tiempo—. Intentó suicidarse cinco veces. La primera vez ahorcándose con una sábana en el baño, la segunda cortándose las venas, la tercera bebiendo pastillas, la cuarta por inanición y la quinta… La quinta tirándose de un puente cuando, como enviado del cielo, un rubio revoltoso le atropelló mientras iba en bicicleta.

—Entonces ese día… Ese día…—Dos gotas de agua siguieron a las primeras y fue su turno de cubrirse la boca terciando el gesto mortificado de quien procuraba frenar los vómitos, pero que en su caso era algo ácido, tumefacto y ennegrecido.

Al encontrarse por segunda vez con el rostro apacible de Yura, se percató de que ya no era la misma que había conocido ni lo sería nunca, porque la verdad lustraba los ojos y les abría el camino para mirar más allá de las pupilas—. ¿Por qué esto no me lo confiaste, Yura?

—Porque no quería que simpatizaras con ella por lástima, Jōnouchi. — Kyoka se recolocó los lentes, no sin antes haberse estrujado los ojos—. No quería ser para ti alguien necesitado de cariño por su pasado, que sintieras empatía hacia ella por todo lo que ha sufrido. A decir verdad, ese tampoco es mi fin. No te he narrado todo esto para que te sientas atado a ella por el miedo a hacerle sufrir una vez más. El amor y la amistad son tan parecidos que uno tiende a confundir amor con amistad y amistad con amor, ¿cierto? Incluso ahora, tus sentimientos hacia Yura pueden deberse a esa confusión y no por ello estarás cometiendo un pecado abominable, Jōnouchi, es algo que a cualquiera le puede ocurrir.

La determinación que hizo brillar los ojos de Kyoka él la resintió como el picor de dos finas agujas clavándose de a poco en su pecho.

—Pero sí te valdrá un lugar en el infierno prometer a Yura un mundo de caramelo cuando ni siquiera tienes en claro lo que sientes por ella. Este ha sido mi propósito con revelarte su pasado, Jōnouchi, que pongas los puntos sobre las ices a tus sentimientos antes de ilusionar a Yura con un amor verdadero que perjure borrar las cicatrices del de Atem. Porque Yura aprendió a vivir con la culpa de un corazón roto gracias a ti, aprendió a vivir con la muerte de Tanuki y a inmortalizarlo en sus recuerdos gracias a ti… Pero no sé si Yura, después de todo lo que ha pasado, sea capaz de aprender a vivir sin ti.


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El tiempo pasaba sin hacer ruido (1). Vigentes yacían las imágenes de los primeros trazos de enero y, en lo que se había demorado pestañando, la víspera de año nuevo pintaba de otros colores a Osaka. Sus familiares le habían copado el teléfono de llamadas invitándole a recibir el año nuevo en el crucero propiedad de su abuelo materno, donde además había laborado por una larga temporada. Al principio consideró las tentativas, pero siempre le detuvo recalcar que el trato para con sus demás parientes había desfallecido a la par del fallecimiento de sus padres.

Por ese rumbo trascurrían sus pensamientos mientras emprendía camino al supermercado en aras de renovar los alimentos en el refrigerador. Al irrumpir saludó por costumbre a la cajera, adentrándose luego en la sección del pasillo con las góndolas de los enlatados, y una voz familiar que se oyó al otro extremo, paralela a su ubicación, paralizó su mano a punto de revisar la fecha de vencimiento de unos guisantes.

"¡Por supuesto que no exagero con enseñarle algunos trucos de defensa personal, Honda! ¿Y si quieren hacerle daño y no estoy allí para protegerla?"

El mismo tono de voz que la estremecía cuando pronunciaba su nombre en un jadeo de placer. La casualidad no podía ser tan cruel y benevolente a la vez.

"No te imaginas lo bien que le ha sentado el ejercicio de nuestros entrenamientos diarios. ¡Le ha crecido el trasero! El otro día no pude resistirme y le di una nalgada con la excusa de que había sido para espantarle una mosca."

De pronto fue urgente confirmar que era él sin que se diera cuenta. En su desesperación, miró de soslayo hacia los refrigeradores al fondo, y en el cristal, el reflejo de las bebidas se mezcló al del cuerpo bien formado y vestido con ropa casual, el pelo rubio luciendo un moderado corte en las puntas, el pequeño rastro de barba en la quijada que no hacía más que acentuar la ya conocida masculinidad y las manos varoniles que allí sostenían el móvil como antes lo hacían con su piel previo al orgasmo.

"De nuevo gracias por recibirme en tu casa, Honda. Te debo la vida y un poquito más."

Quiso adelantar un paso para, de modo egoísta, fingir un encuentro por casualidad, mas la siguiente línea de la conversación detuvo incluso los latidos del corazón.

"Sí, en estos momentos Yura, Kyoka y yo estamos comprando lo necesario para las ocho horas de viaje junto con los preparativos para la celebración de año nuevo. En dos días estaremos allá."

Sin embargo, alcanzó a dibujar una sonrisa resquebrajada.

Quizás ella también debía volar muy lejos.


(1) "La mala hora". Gabriel García Márquez.


¡MILLONES, BILLONES, TRILLONES DE GRACIAS POR LEER!