Hacía más de veinte años que no nevaba en la ciudad de Roma.
Era algo que estaba en boca de todos en la capital italiana. Hacía unos años habían caído unos pocos copos, sí, pero no era comparable con los centímetros de nieve que ahora cubrían del color del nácar las calles empedradas de la ciudad. Los entusiasmados turistas iban enfundados en sus anoraks con gruesas bufandas para protegerles del frío mientras encargaban bebidas calientes para llevar, los niños estaban más que felices por haber dado ya vacaciones en el colegio y poder jugar entre los pequeños montículos de nieve tanto tiempo como les consintieran sus madres y, en cuanto a Claire Dilthey, ver de nuevo la nieve, tan lejos de su Escocia natal, la envolvía en una cálida sensación de hogar.
Ya había nevado un poco los días anteriores a su ingreso en el hospital Gemelli, pero no había sido nada en comparación con aquel país de las maravillas invernal que ahora veía ante sí. La nieve no era una desconocida para ella y menos aún en Hogganfield, el distrito en el que ella había crecido: allí la Navidad comenzaba al caer el primer copo de nieve. Recordaba con sumo cariño el sentimiento de euforia que nacía en su pecho de niña cuando se despertaba por las mañanas y veía cómo el cristal de las ventanas de su cuarto estaba empañado por el frío. Le faltaba tiempo para quitarse las mantas de encima, saltar de la cama al suelo y corretear hacia la ventana para ver varios centímetros de nieve cubriendo el jardín de su casa.
Esos días habían estado protagonizados por las típicas batallas de bolas de nieve en el jardín de su casa, recopilando nieve suficiente como para poder hacer un muñeco e, incluso alguna vez que llegó a helarse la superficie del lago, ir con su hermano a caminar con cuidado sobre el hielo a escondidas de sus padres, a quienes les hubiera dado un ataque si hubieran llegado a enterarse. Su hermano siempre había sido el primero en caminar sobre la superficie helada como si fuera algo que hiciera todos los días y se quejaba cuando la veía a ella titubeante en la orilla, comprobando con un solo pie la dureza del hielo, pero siempre acababa aceptando la mano que Eddie le tendía y uniéndose a él en aquel peculiar paseo.
Aunque, para ser sinceros, tantos resbalones y caídas por parte de ambos dejaban de hacer gracia pasada la primera media hora y no tardaban en volver a casa, a sentarse junto a la chimenea envueltos en las mantas que tejía para ellos su abuela materna mientras esperaba que su madre les llamara para pedirle ayuda con la cena.
Sí, el calor del hogar de esa familiar chimenea estaba ahora muy lejos de ella, pero parecía que la nieve había ido a verla a Roma y eso le hacía sentirse tan cómoda y a salvo como si en verdad se hallara pasando el resto de las fiestas navideñas con su familia.
Claire Dilthey apretó más el abrigo en torno a sí, dedicando una breve sonrisa a modo de saludo al guardia suizo que se encontraba haciendo su ronda cuando atravesó la puerta de acceso de los trabajadores a las instalaciones del Vaticano anexas a la Basílica de San Pedro. Aprovechó el momento de fichar para apartarse los copos de nieve que se habían quedado entre sus cabellos rubios y sobre sus hombros. Recorría de nuevo esos pasillos que se le habían hecho tan familiares en los últimos meses, camino a la sala de prensa, cuando se detuvo en sus pasos y se apoyó con una mano en la pared al sentir un leve pinchazo en el abdomen.
La doctora Aiello, pensó la periodista a la vez que tomaba aire y lo dejaba ir poco a poco, había resultado ser una excelente vidente además de una gran profesional. Tras un par de días, la fiebre había acabado por remitir justo cuando dijo que lo haría y le había dado el alta no sin advertirle antes que tendría que dejar pasar más o menos una semana antes de poder ingerir alimentos sólidos. Mientras tanto, tendría que sobrevivir a base de sopas calientes y purés, nada demasiado pesado para el delicado estómago que su crisis de salud había dejado, y aún así, en los dos días escasos que llevaba en casa, había tenido que incorporarse de golpe de la mesa mientras comía y correr hacia el cuarto de baño a vomitar.
Pese a todo, sabía muy bien que lo peor ya había pasado y que, dadas las circunstancias, todo podría haber sido más grave de lo que había sido.
Le había costado un poco, pero al final había conseguido convencer a su padre para que regresara a Escocia: ella misma le había acompañado al aeropuerto la tarde anterior a pesar de lo mucho que le había insistido su progenitor para que se quedara en casa, pero conocía bien lo perdido que se podía llegar a sentir uno en una ciudad desconocida y había reiterado su deseo de acompañarle para quedarse ella tranquila. No iba a mentir, había estado tentada de acompañarle a pasar el resto de las fiestas navideñas en compañía de su familia, pero había sido su padre el primero que había dicho que no creía que le fuera a sentar bien viajar, ni mucho menos el clima invernal de Escocia, mucho menos considerado que el italiano.
Aunque les echaba de menos, ya tendría oportunidad de ver a su madre, a su sobrino y a Emily cuando las aguas hubieran vuelto a su cauce y todos se hallaran ya más tranquilos: lo último que quería era un aluvión de preguntas relacionadas con su salud, quería olvidar aquel mal trago lo antes posible.
Claire apretó los párpados durante un par de segundos antes de inspirar nuevamente y proseguir su camino hacia la sala de prensa. Quizás no había sido buena idea reincorporarse tan pronto al trabajo, pero ella nunca había sido una de esas personas que son capaces de estar mucho tiempo de brazos cruzados, en cualquier circunstancia y en esa particular, menos que nunca.
Estando ya acostumbrada al ajetreo habitual con el que solía encontrarse cada vez que iba a trabajar – aunque si bien esa dinámica informativa que compartían sus compañeros de prensa no tenía nada que ver con los tediosos encargos de mecanógrafa que solían serle asignados exclusivamente a ella -, a Claire no dejó de sorprenderle el silencio que halló en las oficinas reservadas a la prensa vaticana cuando cruzó el umbral de la puerta. Para empezar, aunque había consultado su horario del mes y ese día contaba como laborable, la sala estaba completamente vacía: ni un solo escritorio de los que veía se encontraba ocupado.
Aquello sólo la hizo extrañarse poco más de un par de segundos antes de retomar sus pasos hasta su ahora despejado e impoluto escritorio. Si bien su trabajo era de lo más tedioso y poco edificante que había tenido que llevar a cabo nunca, las semanas que precedían al día de Navidad habían sido las más estresantes de todas las que llevaba trabajando allí. Cada día había más celebraciones que cubrir, más información que proporcionar y más gente importante con la que hablar, tanto que a incluso a Claire se le había solicitado que dejara a un lado las transcripciones y tomara parte en todo aquel bullicio. Suponía que las Navidades nunca debían ser unas fechas tranquilas, no cuando todas las miradas de los creyentes católicos se dirigían al estado más pequeño del mundo.
Y el hecho de que fueran las primeras Navidades de Patrick como pontífice no había ayudado.
Nada.
Pero, al menos, tenía que admitir que había sido refrescante dejar a un lado el viejo teclado de su ordenador y dedicarse a cosas más interesantes. Así que, una vez pasado el temido día de Navidad, las aguas parecían, no haber vuelto a su cauce, sino adquirido un estado en el que nunca las había visto: la más total y absoluta de las calmas. Todos los sacerdotes mayores que trabajaban junto a ella debían haber vuelto a casa por Navidad.
Nunca se había detenido a pensar en ello hasta ese momento, pero aquellos señores tan mayores con los que compartía rutina de trabajo desde hacía casi dos meses aún debían tener a alguien importante para ellos esperándoles en casa. Los sacerdotes católicos no podían casarse, ni tampoco tener hijos, pero eso no significaba que no pudieran tener otros seres queridos con los que esperar reunirse: hermanos, sobrinos, primos quizás... Puede que la razón por la que nunca se había parado a contemplar esa posibilidad era que encontraba la vida religiosa muy solitaria, muchas veces en exceso: Claire creía firmemente que, sin importar en la etapa de la vida en la que una persona se encuentre, siempre era bueno tener un hogar al que volver, algún ser querido al que poder abrazar.
Puede que ése fuera uno de los motivos por los que Patrick había permanecido tan deprimido los últimos meses.
Claire se apartó un mechón rubio de la frente, viendo que acudían de nuevo a su mente problemas que había tratado de mantener al margen durante tanto tiempo como había podido y que aún no sabía muy bien cómo iba a afrontar, cuando oyó pasos tras ella. En la sala de prensa acababa de entrar uno de los sacerdotes que trabajaba allí y, a pesar de que su relación con sus compañeros no era lo que se decía muy estrecha, sí le reconoció. No era tan mayor como el resto, que eran ancianos, sino que debía rondar los cincuenta años, apenas le quedaba pelo en la cabeza y tenía barba, pero lo que más recordaba de él eran sus ojos pequeños y castaños y la simpatía que siempre parecían desprender. El religioso caminaba, sumido en sus propios asuntos, en dirección a uno de los archivos cuando alzó la mirada y se detuvo en sus pasos al ver a la periodista allí.
- ¿Señorita Dilthey? - se sorprendió el sacerdote.
La joven asintió y esbozó una breve sonrisa.
- Buenos días – se limitó a decir ella a modo de saludo.
Detestaba meterles a todos en el mismo saco, pero en los meses que llevaba trabajando en el Vaticano, había aprendido a mantener las distancias con la mayoría de religiosos que veía a diario. No era ningún secreto que nunca había despertado demasiadas simpatías allí, ni siquiera el pasado mes de Junio, cuando no era más que una reportera extranjera que estaba de paso allí superada por las circunstancias que se habían desencadenado a su alrededor. Desde el principio, el cardenal Strauss había desconfiado de ella y sentía que la mayoría de sus iguales pensaba de la misma manera. Tampoco ella se había molestado en tratar de hacerles cambiar de parecer, mientras no interfirieran en su trabajo ni en su vida personal, podían pensar de ella lo que mejor les pareciera. Esto, por desgracia, también se extendía a la sala de prensa vaticana: la joven tenía la sensación de que sus compañeros no entendían muy bien el por qué de su presencia entre ellos. No les culpaba, en absoluto.
Ella tampoco acababa de explicárselo.
No obstante, a pesar de todo ello, parecía que aquel hombre, que si mal no recordaba era el cardenal Gabelli, se alegraba genuinamente de verla por allí y ésa era una sorpresa agradable.
- Dichosos los ojos – sonrió el hombre finalmente, acercándose de buen ánimo a donde ella se encontraba. - No esperábamos verla de vuelta por aquí otra vez tan pronto, ¿se encuentra mejor? Todos nos sorprendimos mucho cuando nos enteramos de que había sido usted ingresada en el policlínico Gemelli...
- Sí... - suspiró Claire, apoyándose con la mano en el escritorio y recordando aquellos últimos días en el hospital: aún le parecía increíble que nada de todo eso hubiera tenido lugar. Negó con la cabeza, volviendo de nuevo al presente. - Fue una torpeza mía que me podría haber salido muy cara, a decir verdad... Pero ya me encuentro mejor, gracias por preguntar...
- ¿Recibió las flores? - quiso saber el cardenal Gabelli. - Tan pronto como supimos de la noticia decidimos enviárselas para desearle una pronta recuperación y animar un poco esa fría habitación de hospital
Claire no tuvo más remedio que sonreír a las palabras del sacerdote. Sí, había recibido un hermoso ramo de rosas blancas y amarillas, los colores de la bandera vaticana, con una tarjeta en la que el departamento de prensa le deseaba que se mejorara lo antes posible, pero había supuesto que eran por simple compromiso, algo casi burocrático. El hecho de que todos aquellos abueletes con los que compartía jornada laboral se hubieran puesto de acuerdo en enviarle esas rosas al enterarse de que ella estaba enferma simplemente la conmovía. Quizás, después de todo, su presencia allí no despertaba tanta animadversión como ella había llegado a pensar muchas veces, sobre todo gracias al empeño constante del cardenal Strauss.
- Sí, las recibí – terminó asintiendo ella, aún sonriente. - Rosas blancas y amarillas, eran preciosas: os agradezco mucho el detalle...
- No, por favor, no hay que darlas – negó al momento el religioso, como si la posibilidad de no haberle enviado ese ramo estuviera fuera impensable. El sacerdote le sostuvo la mirada a Claire durante unos breves instantes antes de seguir hablando. - De hecho, señorita Dilthey, hace ya un tiempo que queríamos hablar con usted pero, como suele suceder, las cosas se van dejando para más adelante y al final terminar por postergarse demasiado...
- ¿Hablar conmigo? - quiso cerciorarse la periodista, a la vez que el sacerdote se apresuraba a asentir con la cabeza: tenía que reconocer que eso la sorprendía aún más que el ramo de rosas. En el tiempo que llevaba trabajando allí, nunca le había dado la sensación de que ninguno de ellos tuviera nada que decirle, ni para bien ni para mal. - Claro, por supuesto, ¿sobre qué?
El sacerdote abrió la boca para hablar, pero dejó escapar un suspiro y dedicó a Claire una mirada afectuosa.
- Aunque haya podido creer lo contrario, no crea que nuestros ojos no ven nada...
El pulso de la joven se aceleró ligeramente y ésta mantuvo la compostura mientras notaba cómo el rubor comenzaba a colorear sus mejillas: no se estarían refiriendo a nada concerniente a su relación con Patrick, ¿verdad? Sus ojos debieron traicionarla durante unos segundos, dejando ver el pánico que había sentido al escuchar esas palabras, los suficientes como para sentir cómo la mano del sacerdote se posaba sobre su hombro en un gesto que pretendía infundirle ánimos.
- Créame que hablo en nombre de todos nosotros, quienes trabajamos a su lado en prensa, cuando digo que somos conscientes de que no hemos tenido demasiada relación en todo el tiempo que lleva con nosotros – continuó hablando Gabelli en tono conciliador, el que siempre relacionaría con el de un buen amigo. - A decir verdad, nos sorprendió mucho que Gennaro Scialo, que Dios lo tenga en su gloria, hubiera tomado una decisión semejante, tan distinta a su modo habitual de operar...
Claire asintió. Se alegraba de que Patrick no tuviera nada que ver con esa conversación, pero la mención a Gennaro Scialo había hecho que un escalofrío recorriera su espalda, más ahora que sabía todo cuanto Patrick y Chartrand sospechaban respecto a las circunstancias de su muerte.
- No me interprete mal – se disculpó el sacerdote de antemano, llevándose la mano al pecho. - No era usted una completa desconocida para nosotros, sí sabíamos quién era, imposible no saberlo después de la tragedia del pasado verano, pero no entendíamos por qué Scialo creía que era buena idea que estuviera aquí con nosotros... Nunca habíamos tenido a personal no religioso entre los trabajadores de esta sala y, perdóneme si la ofendo, menos aún a una mujer...
Le hubiera gustado poder decir que Scialo había visto en ella algo que merecía la pena y que ésa era la razón por la cual ella estaba de nuevo en Ciudad del Vaticano, pero eso estaba muy lejos de ser verdad. El motivo por el que se encontraba de nuevo entre los muros del Palacio Apostólico era el mismo por el que lo había estado seis meses atrás: porque alguien malvado y con el corazón anhelante de una ridícula venganza había decidido por ella, porque para esa persona el horror del pasado Junio no había sido suficiente y había manejado los hilos desde la sombra para volver a situar a todas las piezas de la partida perdida de nuevo en el tablero.
Y eso la incluía a ella, pensó Claire con tristeza.
Realmente ésa era la única razón por la que ella se encontraba allí.
- Pero, desde el primer día que estuvo aquí – prosiguió hablando el sacerdote, ignorando los pensamientos que cruzaban la mente de Claire. - Empezamos a ver muy bien cuál era esa razón...
Eso la sorprendió y la trajo de nuevo al presente.
- Sabemos que su presencia aquí no es en absoluto aprobada por el cardenal Strauss, algo que su Eminencia no se ha molestado en disimular en ningún momento y hemos podido ver de primera mano que nunca le ha puesto las cosas fáciles... - continuó diciendo Gabelli con calma. - Pero, y aquí viene lo que quería decirle, a pesar de todo ello nunca ha dejado que eso haga que usted nos trate con inquina, sino todo lo contrario: podrá parecerle una tontería, pero no son pocos los compañeros, la gran mayoría de ellos muy ancianos, que agradecieron que usted se hiciera cargo de todo el día en que sufrimos aquel apagón que dejó el Vaticano completamente a oscuras...
Sí, recordaba ese día. Estaba terminando de transcribir otro discurso de tantos, haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse atenta a lo que estaba haciendo, cuando de repente todas las luces se apagaron y toda la sala quedó en penumbra. El resto de sacerdotes había empezado a alarmarse cuando ella dijo que no se movieran por miedo a que alguno de ellos tropezara y salió de la sala de prensa para ver si era algo generalizado, cosa que sí era. Esa misma tarde se había topado con que Patrick había tenido otra pequeña crisis...
Dios, ¿acaso ésa también se había debido a las supuestas apariciones que había vivido durante los últimos meses?
- Fue considerada con ellos y, a pesar de las tareas que Strauss le deja asignadas expresamente a usted, siempre las ha cumplido con puntualidad inglesa y con tesón, con la energía que ya a muchos les falta... - dicho esto, el sacerdote alzó las manos y las volvió a dejar caer a los lados. - Todo esto ha corroborado lo que ya tuvimos oportunidad de ver el pasado de Junio, incluso bajo las peores circunstancias: es usted una joven muy inteligente y capaz, fuerte incluso cuando el mundo a su alrededor parece ser aún más fuerte, y muy trabajadora. A ninguno de nosotros nos sorprende ya que la BBC decidiera en su día contar con usted en su plantilla de trabajadores.
- Está siendo usted muy amable, de corazón – afirmó Claire, profundamente agradecida pero no muy segura de saber a qué se debía toda aquella conversación: al final iba a ser verdad eso de que a la gente siempre se la valoraba más muerta que en vida y ella había estado muy cerca de no contarlo. - Pero no entiendo...
- Lo que quiero decirle, en nombre de toda la sala de prensa, es que los tiempos cambian: hemos vivido lo suficiente para ver trabajar entre nosotros a una mujer laica y que es la mejor nueva incorporación que podríamos haber imaginado. - explicó Gabelli. - Es por eso que pensamos hacer saber a su Eminencia, el cardenal Strauss, de nuestro parecer, pues no creemos que su lugar se halle transcribiendo discursos religiosos. No son pocos los medios que se preguntan qué hemos hecho con Claire Dilthey y para qué la contratamos...
Si el cardenal Gabelli quería llamar su atención, definitivamente lo había conseguido. La joven frunció ligeramente el ceño, pero manteniendo una expresión suave: tenía la sensación de por dónde estaban yendo los tiros, pero no quería permitirse créerselo. No aún.
- Como quizás sepa, nuestro portavoz llevaba planeando, ya meses antes de su llegada, su retiro a una casa sacerdotal donde vivir sus últimos años sumido en la oración y en la reflexión: no hay nada que su cansado corazón anhele más que regresar a sus raíces y meditar, ponerse en comunión con Dios... - los ojos castaños del sacerdote brillaron con simpatía al ver la sorpresa en el rostro de Claire conforme las piezas del rompecabeza se iban uniendo en nuestra mente. - Y eso significa que necesitamos un nuevo portavoz...
- No puede ser... - negó Claire con la cabeza, pero sintiéndose más entusiasmada a cada segundo que pasaba: ¿acaso estaba soñando?. Ser portavoz no sólo significaba un ascenso importante, dejar atrás las cintas de grabación y el gastado teclado de su ordenador, sino estar de nuevo frente a la cámara e informar a los que la veían al otro lado de la pantalla: no había nada que amara más de su profesión que el hecho de que ésta le permitiera dar a conocer noticias que ocurrían en todas partes del mundo a gente que ni siquiera conocía y que, sin embargo, éstas confiaran en sus palabras. Al ver que Gabelli asentía, la joven volvió a negar con la cabeza, aunque sus ojos ya brillaban de emoción. - No, no puede ser... Ni en un millón de años el cardenal Strauss permitiría algo así...
El sacerdote alzó la mano con calma.
- Cuando pasen las vacaciones de Navidad, la sala de prensa volverá al trabajo y las aguas volverán a su cauce, y es entonces cuando comunicaremos la propuesta al cardenal Strauss y haremos lo posible para convencerle de que es lo más apropiado: es un hombre obstinado, lo sabemos, pero también razonable. Después de todo, tenemos al Papa más joven de los últimos siglos, nuestro comandante de la Guardia Suiza es el más joven que jamás hemos tenido... Es hora de que el departamento de prensa también ceda el testigo a las nuevas generaciones
La periodista no pudo seguir conteniendo una sonrisa emocionada y se cubrió los labios con las palmas de las manos mientras sentía cómo sus ojos se vidriaban debido a la alegría. No recordaba haber recibido una noticia tan buena a nivel profesional últimamente, lo único que se le parecía era el momento en que, después de haber terminado sus prácticas universitarias allí, la BBC le hizo saber que estaban interesados en que trabajara con ellos. Claire bajó las manos y respiró hondo, aún sin poder creer lo que estaba sucediendo.
- Yo... No tengo palabras – murmuró ella.
- Se lo perdonamos ahora, siempre que no se convierta en un problema una vez que esté delante de la cámara – bromeó el religioso.
- Eso no sucederá, se lo prometo – contestó Claire al momento, aún tratando de procesar toda esa nueva situación aunque, como le había dicho Gabelli, todo sucedería una vez pasadas las vacaciones de Navidad y una vez que Strauss diera su visto bueno... Y el infierno podía helarse antes de que eso pasase, por mucha fe que tuvieran sus compañeros en hacerle cambiar de parecer. - Y... ¿Eso significa que no hay nada que hacer aquí hasta después de Navidad?
El sacerdote se encogió levemente de hombros, dejando escapar un suspiro de cansancio.
- Yo sólo pasaba a recoger unos documentos que otro de mis compañeros del colegio cardenalicio quiere supervisar, pero nada que requiera la atención urgente de la sala de prensa, sino más bien un favor personal. Lamento que haya venido usted para nada: el resto de trabajadores ya sabían que cerramos durante las Navidades y no pensábamos que usted fuera a reincorporarse tan pronto...
Claire negó con la cabeza, aunque esa nueva noticia hizo que pusiera de nuevo los pies en la tierra. Gabelli se equivocaba: no había venido para nada, aunque la actividad de la sala de prensa fuera nula durante ese periodo. De hecho, a pesar de que no podía negar lo que suponía para su currículum el haber trabajado para una sala de prensa de una jefatura de Estado, la razón principal por la que no había faltado ni un sólo día al trabajo desde que regresó a Ciudad del Vaticano no porque no soportara perderse ni una sola discusión con Strauss, tampoco porque le apasionaran las arengas que debía transcribir a diario... No, en absoluto: siempre que había puesto un pie allí, había sido con la esperanza de que los horarios de ambos le permitieran ver a Patrick aunque fuera unos minutos.
Aunque no lo diría en voz alta, ahora que se encontraba con que no tenía nada que hacer en la sala de prensa, una parte de ella temía con lo que podía encontrarse si iba a verle ahora: sí, recordaba perfectamente lo que había pasado entre ellos en la habitación del hospital, pero al mismo tiempo...
- Una última cosa, signorina, casi lo olvidaba – comenzó a decir el sacerdote otra vez.
- Claro, ¿qué es? - quiso saber Claire, volviéndose hacia él.
- ¿Qué tal se le da el italiano?
La joven no pudo evitar ponerse tensa y deseó para sí que el cardenal jamás hubiera formulado esa pregunta: después de todo el tiempo que llevaba en Roma, le avergonzaba admitir que sus nociones de italiano seguían siendo muy básicas, mucho más de lo que deberían. La propuesta de aquel nada despreciable ascenso la había ilusionado mucho, era algo más por lo que estaba dispuesta a luchar.
- Mejorará, se lo prometo – hizo saber la periodista, asintiendo para sí con el fin de darse confianza. - No voy a mentirle, después de los meses que llevo aquí, podría ser mejor, pero estoy dispuesta a aprender...
Después de todo, quizás debía ir haciendo las paces con Roma.
- Tranquila, tendrá tiempo: aún tenemos que esperar al fin de las vacaciones y reunir a la sala para hacer la proposición al cardenal Strauss... Pero no lo recomiendo que lo aplace
- No lo haré – negó la periodista de inmediato: no iba a perder una oportunidad tan buena por una razón tan tonta. De hecho, era incluso refrescante enfrentarse a ese nuevo reto, desde luego suponía un cambio en relación a los largos meses que había pasado transcribiendo discursos religiosos que podrían solucionar los problemas de sueño de la mayoría de personas que conocía. - Y, su eminencia... Pueden llamarme Claire
Gabelli sonrió antes de desaparecer finalmente en la sala destinada a los archivos de prensa vaticana. Parecía que al final, todo iba a cambiar en aquel lugar donde no parecía pasar el tiempo. La posibilidad de hacer algo más que pasarse todo el día ante el teclado la animaba, pero, por más que quisiera, no podía olvidar los peligros que parecían acechar de nuevo a Ciudad del Vaticano.
Por favor, ojalá Patrick y Chartrand estuvieran terriblemente equivocados.
El joven pontífice se encontraba contemplando la Plaza de San Pedro a través de la ventana de su despacho, con las manos unidas tras la espalda: era una vista tan magnífica que para él era impensable llegar a cansarse algún día de ella y mucho menos en aquella ocasión, cuando el invierno la había cubierto con un inusual manto blanco. Roma, y por consiguiente también la Ciudad del Vaticano, había amanecido aquella mañana adornada por una fina capa de nieve, algo que no sucedía desde hacía más de veinte años.
Patrick observó cómo los turistas se movían de aquí a allá, atravesando la emblemática plaza vaticana rodeada por estatuas de Bernini, y pensó en cómo en los días pasados no había cabido un alfiler en ese mismo lugar, a rebosar de fieles y curiosos que anhelaban escuchar qué mensaje les dirigía Pablo VII en sus primeras Navidades como pontífice de la Iglesia Católica. A pesar de que aquellas fiestas siempre habían contado con un lugar especial en su corazón, Patrick McKenna no podía evitar sentirse aliviado de ver cómo los días más clave de las Navidades habían pasado ya, sumiendo al Vaticano de nuevo en su habitual quietud y recogimiento.
Habían sido unos días muy difíciles y no únicamente por el hecho de que muchos millones de personas alrededor del mundo tuvieran los ojos fijos en él. Patrick McKenna llevaba viviendo en el Vaticano desde hacía ya trece años, se había mudado junto a su padre cuando contaba con veinte, pero sabía que la figura del Papa nunca había resultado tan sumamente popular: había pasado muy poco tiempo desde los acontecimientos concernientes a los Illuminati y Patrick seguía siendo muy querido incluso entre los no creyentes por la manera de actuar que tuvo entonces.
Veían en él al héroe que él sabía que no era.
Así, después de días llenos de audiencias con jefes de Estado, con fieles, celebraciones televisadas seguidas por millones de personas, la paz parecía haber regresado al Vaticano con más presencia que nunca. No eran pocos los cardenales que habían hecho las maletas y se habían marchado a sus lugares de origen para pasar el resto de las fiestas navideñas con sus seres queridos, incluso él mismo podría haberse marchado a Castel Gandolfo o al Valle de Aosta, lugares donde los pontífices solían retirarse en época de vacaciones para disfrutar de unos días de descanso.
Pero no lo había hecho, simplemente no podía estar ausente si ella volvía.
Las Navidades no habían sido difíciles únicamente por haber sido las primeras como pontífice, sino porque jamás había comprendido más las palabras que había dicho su padre un día: que un Papa era un hombre dividido era un hombre dividido entre el mundo divino y el humano. Debido a todo lo que había sucedido con respecto a Claire Dilthey los días anteriores a la Navidad, Patrick McKenna nunca se había sentido tan dividido: su pensamiento debía estar en los deberes que tenía que realizar de cara a Dios y al mundo, pero, al mismo tiempo, su corazón estaba siempre con ella.
No había vuelto a saber nada de Claire desde el día de Navidad, cuando la visitó en el hospital Gemelli, y bien sabía Dios que no había hecho otra cosa que pensar en ella desde entonces. Trataba de centrarse en su trabajo, pero su mente siempre acababa volviendo a Claire, incluso le costaba dormir, esta vez porque no podía esperar a verla de nuevo: todo cuanto hacía era evocarla una y otra vez, recordando los últimos momentos que había compartido con ella hasta que el sueño le acababa venciendo. Hasta sus preocupaciones habían quedado relegadas a un segundo plano y eso que ninguna de ellas era de poca importancia, pero sentía que ya tendría tiempo de preocuparse en un futuro de seguro próximo.
Su camarlengo, el cardenal Baggia, había tenido razón cuando le había dicho que el amor cambiaba a la gente y siempre para mejor. Nunca había sentido nada igual, se sentía como si hubiera llevado una venda sobre los ojos y ésta hubiera caído finalmente para permitirle ver el mundo de otra manera, lleno de esperanza e incluso ilusión por el futuro. Pensando en Claire, recordando cómo había admitido finalmente ante ella, y ante él mismo, lo mucho que la amaba, se sentía la mejor versión de sí mismo, la que creía haber perdido meses atrás y la que ella merecía.
El amor no le cegaba hasta el punto de ignorar la amenaza que aún se cernía sobre el Vaticano, habría sido un necio y un irresponsable de haberlo hecho, pero no iba a permitir que el miedo le privara de todo lo nuevo que estaba sintiendo dentro de él. Claire y él habían pasado por mucho, prácticamente desde que se conocieron, y merecían esa oportunidad.
Ignoraba hasta cuánto iba a durar ese espejismo de paz y tranquilidad, pero estaba dispuesto a aprovecharlo.
A su espalda, oyó cómo alguien llamaba a la puerta del despacho papal tocando con los nudillos sobre la superficie de la misma. Podía ser que se tratara de Chartrand, a quien hacía un par de días que no veía, con nuevas teorías sobre la naturaleza de la nueva amenaza a la que se enfrentaban. Patrick negó para sí con la cabeza y se pasó las manos por las sienes: el simple hecho de que quien fuera que estuviera llevando a cabo todo ese retorcido plan de venganza tuviera claro desde el principio que no iba a caer en el error de hacerlo todo público, como sí había sucedido el pasado mes de Junio, hacía todo mucho más difícil a la hora de seguirle los pasos.
- Avanti – dijo el joven pontífice, dando permiso para entrar en la estancia a quien estuviera tras la puerta, a la vez que se separaba de la ventana y comenzaba a dirigirse hacia su escritorio, situado al fondo de la habitación.
La puerta se abrió a su espalda y, pasados unos lentos segundos, volvió a cerrarse con cautela. A Patrick le extrañó eso: lo normal era que, ya fuera el camarlengo Baggia, Chartrand o cualquier otro trabajador con acceso a sus dependencias, le comenzara a hablar desde el primer momento en que cruzaba el umbral de la puerta, haciéndole saber el motivo de su visita. Lo que no era normal era ese silencio. Algo se sacudió dentro de él cuando, de repente, apareció en su mente la posibilidad de que se tratara de esa sombra escurridiza que planeaba volver a sembrar el terror entre los muros del Vaticano. Alertado por dicho pensamiento, el joven pontífice se giró sobre sí mismo, dirigiendo su mirada hacia la puerta de su despacho.
Pero allí no había nadie al que Patrick pudiera denominar como una sombra.
No, allí estaba Claire Dilthey.
La sorpresa le golpeó de tal manera que durante unos momentos no pudo hacer otra cosa que no fuera mirarla, completamente paralizado por la emoción. A pesar de que había vivido los últimos meses poniendo en duda todo cuanto veía debido a las continuas apariciones de los cardenales fallecidos en Junio, esta vez no sintió ningún tipo de duda y no tenía nada que ver con el hecho de que hubiera descubierto que dichas aparciones no eran más que un fraude.
Era ella.
Simplemente era ella, la reconocería en cualquier parte.
Y estaba allí.
Dios, ni siquiera había podido averiguar si le habían dado el alta en el hospital o no, pues no quería levantar ningún tipo de sospechas interesándose por ella más de lo que ya había hecho, y ahora estaba allí. Aún parado en medio del despacho, sentía dentro de sí un caos de sensaciones que le tenían totalmente abrumado: podría haberse echado a llorar con la misma facilidad con la que podría haber roto a reír.
Ya había empezado a temer que Claire interpretara todo ese silencio de forma equivocada cuando vio que la periodista, aún situada al lado de la puerta y sosteniéndole la mirada, esbozaba finalmente una sonrisa que a duras penas podía contener, haciendo que sus brillantes ojos azules revelaran que esa emoción que sentía dentro de sí ante ese reencuentro era también compartida por ella. Era una visión, pensó el religioso, que conmovería hasta el más duro de los corazones.
Antes de que Patrick pudiera acertar a pronunciar una sola palabra, la periodista se separó de la puerta y comenzó a dirigirse hacia él. Aunque la intención de Claire había sido la de ir hacia él mencionando que no había demasiado que hacer en la sala de prensa y que por eso había ido a verle tan pronto en comparación con otros días, todas esas palabras se habían atorado en su garganta y no veía la forma de pronunciarlas. Además, tampoco quería hacerlo. Quizás por eso cada paso que sucedió al primero fue más rápido que el anterior y la periodista acabó cruzando la estancia corriendo hasta fundirse en un abrazo con Patrick, entrelazando los brazos alrededor de su cuello.
El cuerpo de Claire había chocado contra el suyo con tal ímpetu que ambos podrían haber acabado en el suelo, pero eso poco importaba al joven pontífice, que se apresuró a rodearle la cintura con los brazos, elevándola unos centímetros del suelo, y enterrando su rostro en esos cabellos dorados que había echado tanto de menos. Por su parte, la periodista permanecía aferrada a Patrick, notando cómo ella misma empezaba a temblar y manteniendo su mejilla firmemente contra la de él. Ambos permanecieron fundidos en ese abrazo lo que pudieron ser segundos, minutos, horas o incluso años: lo único que sabían es que deseaban que ojalá no tuviera que no terminar nunca.
Finalmente, cuando la joven notó que sus pies volvían a tocar el suelo, se separó de Patrick lo bastante como para mirarle a los ojos, acunando su rostro entre sus manos unos momentos.
- ¿Estás bien? - quiso saber Claire, preocupada después de todo lo que el sacerdote le había dicho sobre la nueva amenaza que se cernía sobre el Vaticano y los que allí se encontraban.
- Dios mío... ¿Tú me preguntas si yo estoy bien? - rió Patrick, acariciando la mejilla de la joven y provocando una breve sonrisa en el rostro de ella. Aunque ya habían pasado varios días desde el ataque de alergia de Claire, Patrick seguía agradeciendo que todo hubiera quedado en un susto: pasaban tantas cosas malas en el mundo, había tanto terrible que le podía haber sucedido a Claire y, sin embargo, estaba de nuevo en sus brazos. Y le amaba. Al pontífice aún le costaba creer su buena suerte, más aún cuando había habido un momento en que lo había creído todo perdido. - Sí, mejor que nunca ahora...
La mirada del joven era inquieta, como si aún no pudiera creerse que ella estuviera allí, y pasó de contemplar los ojos azules de la periodista a hacer lo propio con sus cabellos rubios, alzando la mano hasta poder pasarla por ellos en una breve caricia, comprobando su suavidad.
- Estás bien... - murmuró Patrick, más para sí mismo que para Claire, sintiendo cómo sus ojos se vidriaban a medida que asimilaba de nuevo todos esos detalles que adoraba de ella. Recordó lo que le había dicho en el Gemelli y se sorprendió de lo acertado de sus propias palabras: era preciosa, era preciosa en todos los sentidos en que una persona podía serlo. - Dios mío, gracias al cielo que estás bien...
Una nueva sonrisa volvió a formarse en los labios de Claire y fue allí donde fue a parar la mirada de Patrick una vez que abandonó sus cabellos. En aquellos días que llevaba sin verla, no habían sido pocas las veces que se había sorprendido pensando en qué le diría cuando volviera a verla, y quizás debería haber intentado de decir algo, pero, teniéndola en sus brazos de nuevo, simplemente no pudo hacerlo. El joven sacerdote deslizó la mano por la nuca de la periodista con cuidado y ladeó la cabeza, besándola en los labios. A pesar de haber cerrado los ojos, notó cómo a Claire aquel gesto la pilló por sorpresa, a juzgar por cómo contuvo la respiración al recibir el beso.
Sin embargo, no pasaron más que unos pocos instantes hasta que notó cómo las manos de ella se posaban finalmente en sus hombros y se deslizaban por su cuello, acariciando su cabello y atrayéndolo más hacia sí, respondiendo al beso con esa ternura y esa entrega que habían pasado a convertirse en una necesidad para él. Había sido un idiota al pensar que sus sentimientos por ella eran sólo los propios de una buena amistad, había sido un idiota al pensar que podría estar bien sin ella, que podría volver a su vida normal... No quería volver a separarse de ella nunca, era lo único claro que sentía dentro de sí, la necesitaba mucho más de lo que se veía capaz de expresar con palabras.
El amor estaba siendo para él un descubrimiento tan grande y maravilloso que no pudo evitar sentirse como si hubiera caminado a ciegas antes de conocer a Claire Dilthey.
Cuando ambos se separaron, aún quedándose sólo a un suspiro de distancia, Claire tomó aire y parpadeó, mordiéndose el labio inferior a la vez que inclinaba la cabeza. Patrick no tardó en darse cuenta de que los ojos azules de la periodista estaban ligeramente vidriosos y que ésta trataba de mantener su mirada en otra parte para que él no se diera cuenta.
- Claire... - la llamó él, sorprendido al verla así. La muchacha negó con la cabeza como única respuesta, dando a entender que no le pasaba nada. - He... ¿He hecho algo mal?
La joven esbozó una sonrisa de cariño y volvió a negar con la cabeza, al mismo tiempo que acariciaba con el pulgar la mejilla de Patrick.
- No... No, en absoluto, es que... - comenzó a hablar ella, sin saber muy bien qué decir. Cerró los ojos y negó para sí misma, como si temiera decir alguna tontería. - Es que en estos días... No sé, no he podido evitar preguntarme si... Si quizás habrías cambiado de idea desde que hablamos en el hospital...
- Claire... - le respondió Patrick, conmovido por la vulnerabilidad que se escondía tras esas palabras y, al mismo tiempo, entristecido de que semejante idea hubiera pasado por la mente de Claire y se hubiera mantenido ahí el tiempo suficiente como para hacerla dudar. - No, claro que no...
Dicho esto, volvió a atraerla hacia así, fundiéndose en un nuevo abrazo con ella y tratando de reconfortarla. Lo peor era que, aunque al principio le hubiera causado sorpresa, no podía extrañarse demasiado de que Claire pudiera haber llegado a tal conclusión: durante los últimos meses, en un intento desesperado por mantenerla al margen de todo lo que sucedía de nuevo en el Vaticano y de negarse a sí mismo lo que estaba volviendo a ocurrir entre ellos, con más intensidad que la vez anterior, había mantenido a la periodista en un mar de incertidumbre con sus continuos cambios de opinión y de humor respecto a una cosa y otra. Había tardado mucho en darse cuenta de que lo mejor hubiera sido confiar en ella desde el principio y contarle la verdad.
Aunque aún había tanto que esconder...
El miedo a que ella pudiera llegar a enterarse de su implicación en los atentados del pasado mes de Junio, el miedo a perderla ahora que finalmente había admitido que la amaba, comenzaba a invadirle cuando Claire calló sus temores al fundirse con él en un nuevo beso que hizo que el mundo a su alrededor dejara de existir. Patrick apoyó su mano en la mejilla de Claire, alzando su rostro y profundizando el beso: era maravilloso poder estar así con ella, sin todas esas dudas y sentimientos de culpa que lo habían atormentado durante todo ese tiempo. Ella había traído algo nuevo a su vida, con ella sentía otra vez una llamada que atravesaba su alma con un rayo de luz...
Luz, el amor era luz, no podía definirlo de otra manera.
Sintiendo de nuevo el abrazo de la periodista y el cariño de sus besos, perdiéndose y encontrándose en ellos, Patrick recordó las palabras del escritor francés Guy de Maupassant, quien en uno de sus cuentos, uno titulado "Claro de luna", lanzaba una pregunta al lector tras presentar una escena de una pareja de enamorados paseando bajo la luz de la luna.
Pues, ¿no era que Dios permitía el amor al rodearlo de un esplendor así?
Nunca esperó llegar a comprender el significado de esas palabras tanto como lo hacía ahora. Durante toda su vida había contemplado el amor como una trampa, como algo de lo que mantenerse alejado, pues le apartaba del camino de la virtud... Y, sin embargo, nunca antes se había sentido tan pleno como lo hacía ahora: todo lo que era negativo en el mundo perdía fuerza en sus pensamientos ahora que ella estaba allí.
La intensidad del beso fue bajando hasta que finalmente se separaron, aunque bien sabía Dios que ninguno de los dos hubiera querido hacerlo en un futuro cercano. Estaban a solas, sí, pero la sombra de lo prohibido de su relación aún planeaba sobre ellos. Patrick no pudo evitar sonreír al ver cómo el rubor había alcanzado las mejillas de Claire, quien le devolvió la sonrisa, aunque sin poder evitar que otro sentimiento asomara a sus ojos claros.
- No sabes lo asustada que me siento... - terminó admitiendo ella a la vez que mantenía la mirada clavada en los ojos de Patrick. La joven alzó una de sus manos y le acarició la mejilla con cariño, como si quisiera atesorar ese momento de todos los modos posibles. Antes de que el religioso pudiera decirle nada, la periodista echó una mirada a su alrededor, como volviendo a reconocer la estancia en la que ambos se encontraban y en la que habían pasado tanto tiempo juntos. Debió reconocer en ella algo que la turbó, pues negó con la cabeza y volvió de nuevo el rostro hacia Patrick. - Te quiero tanto...
- Yo también a tí... - murmuró él de inmediato, tomando la mano con la que ella le había acariciado la mejilla y besándola con delicadeza.
Claire sonrió de forma breve a las palabras de Patrick, aunque sin poder disimular un deje de tristeza: poder estar así con él era algo que iba más allá de sus más alocados sueños y a pesar de todo seguían habiendo muchas cosas que ponían en peligro esa felicidad, una que quería que fuera duradera. El joven sacerdote debió de percatarse de la razón que turbaba el ánimo de Claire, pues avanzó un par de pasos y volvió a rodearla con los brazos, atrayéndola hacia sí en un nuevo abrazo. La periodista suspiró y entrelazó los brazos alrededor de su cuello, acomodando la cabeza en su pecho. Los dos sabían que había mucho en contra, demasiado para cualquier pareja normal, pero en ambos habitaba la firmeza de luchar el uno por el otro.
- Todo saldrá bien – habló Patrick en apenas un murmullo.
- Vaya, ¿también lees los pensamientos? - contestó Claire sin poder contener una pequeña risa.
- Ese silencio sólo podía significar una cosa, Claire – dijo el joven, separándose de ella lo justo para que pudieran mirarse a la cara. - Sé que esto no va a ser fácil...
La periodista negó con la cabeza lentamente, dándole la razón a pesar de que deseaba de corazón que fuera lo contrario. No, no iba a ser nada fácil. De hecho, no podía imaginar qué más podía sucederles para hacer la situación aún más complicada.
- Pero... - comenzó a decir Patrick, dejando que su atención se perdiera un momento en aquellos conflictos que también sentía él. Finalmente negó con la cabeza y esbozó una sonrisa. - Estamos aquí, Claire: tú y yo, después de todo lo que ha pasado. Seguimos aquí y sentimos lo mismo... Esto, nosotros, podría ser suficiente. Podríamos ser suficiente...
- Y eso sería suficiente – terminó por decir Claire con una leve sonrisa, pasados unos momentos. Era extraño cómo esa maravillosa sensación que sentía cuando estaba junto a él bastaba para borrar todos sus temores. No quería pensar ni preocuparse, sólo quería disfrutar cada momento que pasara con Patrick, ¿tan imposible era aquello?
Durante unos momentos, ninguno de los dos dijo nada, simplemente dejaron que esas esperanzas que habían expresado calaran en ellos, tomando fuerza dentro de sí. Se respiraba paz y bienestar en el ambiente, algo a lo que el silencio contribuía en buena medida: era casi como el mundo, con sus eternos debates y preocupaciones, se hubiera detenido para concederles esos momentos el uno junto al otro. Al haber pasado las fechas clave de las fiestas de Navidad, Patrick tenía mucho más tiempo disponible del que solía tener normalmente y lo mismo sucedía con el trabajo de Claire en la sala de prensa vaticana. Tan pronto como esa apreciación acudió a la mente de la periodista, ésta alzó de nuevo su mirada hacia Patrick.
- Por cierto... - empezó a decir ella.
- Espera un momento – la interrumpió Patrick, como si se le hubiera ocurrido algo en ese momento. - ¿Tienes que volver a la sala de prensa pronto?
Precisamente era de eso de lo que Claire quería hablarle, pero se limitó a negar con la cabeza.
- Ven conmigo – dijo él tendiéndole la mano. - Hay un sitio que quiero enseñarte...
Por un momento, Claire creyó que se refería a algún lugar fuera del Vaticano, pero no tardó en comprender que aquello no era posible. Antes de que su mente volviera a cobijar pensamientos negativos respecto a aquel aspecto de su relación, la periodista sonrió y aceptó la mano que le ofrecía Patrick, entrelazando cuidadosamente sus dedos con los suyos. Debido a sus respectivos horarios, Patrick y Claire no habían tenido demasiado tiempo para hacer nada que no fuera charlar en ese mismo despacho durante una hora o dos cada día y a veces ni siquiera eso.
Patrick McKenna llevaba viviendo en el Vaticano buena parte de su vida y seguro que había llegado a conocer cada rincón como la palma de su mano. Lo poco que conocía ella era lo que conocía todo el mundo y había llegado a maravillarla cuando su mente no estaba distraída con los quehaceres diarios: realmente, dejando las connotaciones religiosas a un lado, aquel era un lugar especial. Arte e Historia se daban la mano en cada una de sus esquinas, ya fuera en forma de frescos, cuadros, esculturas o la misma arquitectura de la Basílica y del Palacio Apostólico.
- Claro – respondió finalmente la periodista, con una suave sonrisa.
Un brillo de calmo entusiasmo asomó a los ojos azul-verdosos de Patrick antes de que éste le devolviera el gesto y apretara su mano en un gesto de cariño. Los dos habían pasado por tanto hasta llegar al momento en el que se encontraban en esos instantes que estaban dispuestos a dejar los temores a un lado y disfrutar del tiempo que pudieran que pasar juntos. Después de todo, las cosas malas siempre terminaban por llegar, no dependía de lo mucho que te preocuparas o lo mucho que trataras de evitarlas. Por ello, con ese simple gesto, Patrick y Claire implantaban una novedad en su relación, una maravillosa.
Y esperaban de todo corazón que durara.
Erika Keller se reacomodó la bolsa del viaje sobre el hombro y dejó escapar un suspiro de cansancio, volviendo a mirar calle arriba por si venía algún taxi a la parada donde se encontraba esperando desde hacía más tiempo del que le hubiera gustado.
Debía de haberlo imaginado: la ciudad de Roma y las vacaciones de Navidad no eran una buena combinación.
Si las calles de la Ciudad Eterna ya solían estar abarrotadas por turistas, ahora a ellos parecían haberse unido también absolutamente todos los residentes, animados por la aparición de la nieve ligera que aún caía meciéndose en suaves copos. Mirara donde mirara, veía a grupos de amigos arremolinándose con la mejor de sus sonrisas frente a la cámara de uno de ellos mientras ponían caras graciosas y gritaban la cuenta atrás hasta que saliera el flash. A la muchacha no le costaba reconocerse en ellos: en cualquier otro momento, ella habría sido la primera en lanzar un grito de alegría al ver la nieve cayendo al otro lado de la ventana.
La bailarina torció el gesto, alzando de nuevo el brazo tratando de detener sin demasiado éxito a uno de los taxis que recorrían ese tramo de la Via della Conciliazione. Los últimos días lo habían tenido absolutamente todo para hacerla la chica más feliz sobre la Tierra: era joven, era bonita, estaba en la que consideraba la ciudad más maravillosa del mundo de vacaciones... Pero ahí era donde una parte importante de este plan perfecto había fallado y había mandado todo al cuerno. Después de abandonar el apartamento de Chartrand hacía unos días, Erika había tenido la suerte de poder encontrar un hostal que no estaba al completo durante los días suficientes, aunque en un principio ella había lamentado su suerte pues habría preferido la comodidad de un hotel como era debido.
Tras la pelea que había tenido con Lexie, Erika se había sentido furiosa pero también satisfecha al pensar que él iría corriendo detrás de ella a solucionar las cosas. Él se daría cuenta de lo insensible que había sido últimamente, ignorándola y poniendo absolutamente todo antes que ella. Le reconocería todo esto y le pediría perdón por haber sido tan estúpido: había pasado otras veces que habían discutido, no veía razón para que no sucediera especialmente ahora que la había fastidiado tantísimo. Una vez instalada en su habitación del hostal, Erika le había dejado a Chartrand un mensaje de voz en el contestado, advirtiéndole de que estaba a punto de coger el primer avión que la llevara de vuelta a Suiza.
Fingía, por supuesto.
Lo que quería era que fuera corriendo junto a ella lo antes posible, una excusa para decirle dónde podía encontrarla.
Pero no había funcionado.
Los días se habían sucedido largos y penosos uno tras otro y Lexie no había dado señales de vida. Confundida, Erika había llamado a un par de amigas y les había comentado la situación muy por encima – después de todo, no quería darles motivos para que la animaran nuevamente a abandonar la relación, pues siempre le habían dicho que las relaciones a larga distancia era un imposible y Erika siempre las había ignorado -; éstas le habían dicho que fuera egoísta y que aprovechara las vacaciones que había planeado en Roma, estuviera Chartrand dispuesto a unirse a los planes o no.
Ella les había asegurado de buen ánimo que así lo haría y que no le temblaría el pulso a la hora de bailar con todos los chicos italianos con los se cruzara hasta el punto de eclipsar a la protagonista de "Las Zapatillas Rojas"... Pero su sonrisa de chica fuerte y autosuficiente se desvaneció de su rostro tan pronto como colgó el teléfono. Todo lo que había planeado se le antojaba frío y sin sentido, pues todas eran cosas que quería compartir con una persona que parecía haberse olvidado de que ella existía.
Y aquello ya no la puso furiosa, sino profundamente triste.
Ahora miraba de nuevo a la gente que reía bajo la nieve y sabía que eso era todo lo que ella había deseado para esas Navidades y lo único que quedaba de esos deseos era una chica olvidada con una mochila sobre el hombro dispuesta a volver a casa. La bailarina se mordió el interior de la mejilla y parpadeó varias veces para impedir que las lágrimas bajaran por sus mejillas: no tenía la menor intención de llorar, pensó mientras alzaba orgullosa la barbilla, estaba segura de que Lexie estaba lejos de estar llorando en esos momentos. De hecho, lo más seguro es que estuviera en algún lugar del Vaticano con esa periodistilla rubia con la que siempre solía verlo y... Erika negó para sí con la cabeza: no quería pensar más allá o sentiría que se volvería loca. Días atrás, había abandonado el apartamento de Chartrand de un portazo, no sin antes asegurarle de que su relación estaba más que acabada... Bueno, quizás eso era lo que el chico había querido oírle decir desde hacía un tiempo y, cuando se lo había confirmado, no había encontrado motivo alguno para luchar por ella.
Pues bien, al cuerno con él.
Al cuerno esa víbora de periodista.
Al cuerno Roma.
Al cuerno todo.
Finalmente, divisó entre la multitud un taxi con el cartel de "libre" encendido y la joven se apresuró a alzar el brazo poniéndose de puntillas para hacerse más visible entre la multitud. Comenzaba a creer que el vehículo pasaría de largo cuando éste se acercó a su lado de la acera, reduciendo la velocidad y bajando la ventanilla que daba a ella.
- ¿Dove, signorina? - preguntó el taxista, inclinándose sobre el asiento del copiloto para poder verla.
Erika Keller apenas había separado los labios y sus dedos estaban rozando la manivela de la puerta del taxi cuando oyó que alguien la llamaba entre la multitud.
No podía ser.
Con el corazón en un puño, la bailarina giró el rostro a un lado y otro, haciendo que sus largos cabellos castaños salpicados de copos de nieve danzaran al compás. Al principio no veía nada más que gente yendo y viniendo a través del vaho que formaba su respiración: familias, amigos, parejas, turistas... Nada que no hubiera visto ya antes a lo largo de la mañana. Empezaba a pensar que quizás había visto demasiadas películas románticas de reencuentros de última hora en el aeropuerto y que éstas le estaban afectando a su buen juicio, cuando finalmente le vio. Le vio mirándola a ella, como aliviado de que finalmente ésta hubiera reparado en él, abriéndose camino entre la multitud. A Erika se le escapó una sonrisa de incredulidad y se cubrió la boca con la mano, mientras sentía cómo unas lágrimas de naturaleza muy distinta a las anteriores luchaban por hacerse ver en sus ojos color miel.
Sin embargo, decidió que no se lo iba a poner tan fácil. Tragó saliva, tratando de serenarse y despachó al taxista con un simple gesto a la vez que alzaba la barbilla y fingía no ver a Chartrand. Al taxista no le hizo ninguna gracia perder un cliente de esa manera, puesto que no se contuvo a la hora de dedicar un par de improperios a la joven antes de marcharse calle arriba, insultos que ésta ignoró: no tenía tiempo para ofenderse por la actitud de un desconocido, era mucho más lo que estaba en juego ahora. No pensaba ponérselo fácil: había llegado a pensar de verdad que todo había terminado, la había dejado sola sin acordarse de ella todos esos días en Roma y eso era algo que Lexie tenía que compensarle.
- ¡Erika! - la llamó nuevamente el muchacho, ya lo bastante cerca de ella como para que le fuera imposible seguir ignorándole.
- ¿Lexie? - fingió ella, girando sobre sí misma con su gracia bailarina de siempre para encontrarse frente a frente con el joven suizo. - Vaya, ¿cómo tú por aquí? Me has pillado por los pelos, estaba a punto de coger un taxi para el aeropuerto, pero se ha escapado. Claro, hoy hay tanta gente en la calle...
Chartrand había apoyado las manos en las rodillas mientras ella hablaba, tratando de recuperar el aliento, sus pálidas mejillas sonrosadas debido al esfuerzo. El chico hizo una mueca de dolor y se llevó una mano a las costillas, antes de alzar el rostro hacia ella, aún jadeando:
- Oí tu mensaje, he ido a tu hostal pero me han dicho que has dejado la habitación hoy mismo... - dijo Chartrand, aún haciendo pausas de cuando en cuando para tragar saliva y recuperar el aliento.
Erika sonrió: qué mono era cuando quería, seguro que había atravesado corriendo muchas calles atestadas de gente, buscándola por todos lados hasta encontrarla allí... Y había gente que decía que el destino no existía y que cosas como las almas gemelas eran solo cosas de cuentos de hadas. Pues bien, estaba visto que se equivocaban porque ahí tenía ella su final perfecto de película de Nicholas Sparks y no podía esperar a restregárselo a todos los que no habían creído en que todo acabaría bien... Aunque, si lo pensaba bien, eso también la incluía a ella misma.
Finalmente, Chartrand se incorporó de nuevo, aún con la mano sobre el costado latente. Hacía muchos años que le conocía, casi la mitad de su vida, y, viéndole ahora frente a sí, Erika tuvo que admitir ante sí misma que jamás lo había visto tan mal: parecía estar al límite de sus fuerzas, su cabello rubio despuntaba en cualquier dirección sin brillo alguno, pronunciadas ojeras bajo sus ojos castaños y la falta de un buen afeitado comenzaba a hacerse visible sobre su pálido rostro. La joven frunció el ceño al toparse de nuevo con ese muro que notaba entre ellos casi desde que había acudido a Roma: ¿qué demonios podía estar pasando en su vida que le robaba tanta energía?
- Creía que ya no te encontraba... - dijo él, interrumpiendo los pensamientos de la bailarina. - De veras, he buscado por todas partes: la cafetería donde sueles desayunar, ese parque al que te gusta ir a sacar fotos...
- Tranquilo, estoy aquí – se apresuró a decir Erika, maldiciéndose a sí misma por bajar la guardia pero no podía evitarlo: a Lexie parecía que le quedaba poco para que le diera un síncope. Al ver que el muchacho recuperaba un poco la compostura, la bailarina se cruzó de brazos y adoptó de nuevo una actitud ligeramente desafiante. - Más vale tarde que nunca, o al menos eso es lo que dicen...
El joven, azorado, se revolvió el cabello rubio con cansancio.
- Te lo puedo explicar, es decir... Me encantaría explicártelo pero...
- Pero no puedes
Chartrand la miró suplicante: no podía meter a Erika en todo lo que sabía, en todo lo que estaba pasando, en lo que estaba a punto de pasar... La oscura amenaza que se avecinaba poco a poco decidida a arrasar con todos los supervivientes de la amenaza Illuminati del verano pasado era una completa locura, una venganza sin sentido que prometía crear un terror de proporciones inimaginables tan sólo para unas pocas personas a las que el misterioso acechante en las sombras consideraba indignas de continuar por su paso por el mundo... Era algo que él tenía que detener fuera como fuera, ahora que sentía que estaba tan cerca después de largas semanas cuyos días y noches estaban llenos de investigación y esfuerzo sobrehumanos: durante todo este tiempo, Chartrand se había preocupado de mantener a salvo a los que ya eran objetivos potenciales de esa nueva amenaza y alejar de la misma a aquellos que no lo eran. Y eso, por supuesto, incluía a Erika.
- Te aseguro que cuando pueda decírtelo, lo entenderás – habló Chartrand finalmente. - Te lo prometo, cuando todo haya pasado...
- ¿Cuándo qué haya pasado exactamente? - protestó Erika, sin poder contener una sonrisa de incredulidad. - ¿Sabes qué, Lexie? No he notado que nadie, absolutamente nadie, en todo el maldito Vaticano esté la mitad de estresado de lo que estás tú. Lo que pienso es que necesitas unas buenas vacaciones, pero has estado a punto de tirarlas por la ventana...
- Erika, ahora no me puedo tomar vacaciones – dijo el joven guardia negando con la cabeza.
La bailarina frunció el ceño, desconcertada.
- Entonces... - la joven parpadeó varias veces, tratando de poner sus pensamientos en orden. - Yo creía...
Dios, qué estúpida había sido. Chartrand no la había estado buscando por toda la ciudad para pedirle perdón de rodillas por haberla ignorado todo el tiempo que se suponía que debían haber pasado juntos, disfrutando de esas vacaciones nevadas en la Ciudad Eterna, y retomar los planes que habían pensado hacía demasiado para esos días. No, no se trataba de eso: a su novio no se le había pasado por la cabeza esa brillante idea, pues estaba visto que había asuntos mucho más importantes que reclamaban toda su atención.
- Erika... - habló de nuevo el joven suizo, acercándose a ella y poniendo una mano sobre su hombro, haciendo que ésta alzara de nuevo la mirada hacia él. - Escucha con atención porque es muy importante: la última vez que estuviste en el apartamento, en el escritorio había una serie de documentos con notas que había estado tomando sobre unas investigaciones...
- Eres un imbécil... - le espetó Erika, sintiendo cómo la rabia volvía a recorrerla de arriba a abajo. Retrocedió un par de pasos, sin poder creer lo que estaba viviendo. - ¡Imbécil!
- Erika... - insistió él, volviendo a acortar la distancia entre ellos y tratando de volver a tocarla, algo que ella impidió con un fuerte manotazo. - Es muy importante que recuerdes si estaban allí cuando te marchaste...
- ¿Eso es todo lo que ocupa tu cabeza estos días? - protestó la bailarina, encarándose con él. - ¿Unos malditos papeles del trabajo? ¿Eso es lo que te quita el sueño? Mira que sabía que tardarías menos en echarlos en falta a ellos que a mí, pero aún así no puedo creerlo...
Estaba furiosa, no recordaba haberse sentido tan furiosa en toda su vida y tampoco tan triste: sentía dentro de sí que, fuera lo que fuera lo que había considerado como una relación, ya no existía pues ni siquiera reconocía al chico que estaba delante de ella únicamente preocupado por unos documentos extraviados mientras ella estaba a punto de salir de su vida dando un portazo. Se encontraba tan desbordada por los acontecimientos que ni siquiera advirtió que algo en la mirada de Chartrand había cambiado, pasando de la implorante súplica a la confusión propia de alguien que está encajando las últimas piezas del rompecabezas y aún así lo que ve no tiene ningún sentido para él.
- ¿Como que sabías que iba a echarlos de menos antes que a tí? Erika, ¿te llevaste tú esos papeles?
La joven dejó escapar una risa amargada a la vez que se llenaban los ojos de unas lágrimas que esta vez no trató de contener.
- Quería llamar tu atención... Ver si, después de tanto tiempo, te dabas cuenta de que yo estaba ahí... Y, mira, supongo que lo he logrado, ¿no?
Los hombros del guardia suizo se relajaron y agachó la cabeza, frotándose las sienes entre el pulgar y el índice. Lo va a hacer ahora, pensó Erika, finalmente se va a dar cuenta de lo olvidada que me ha tenido estas semanas, lo dolida que me he sentido y se va a disculpar: no está todo perdido aún, todo puede volver a ser como antes.
- Erika, no has debido hacer eso, no sabes lo peligroso que sería que la persona equivocada leyera esas anotaciones... - dijo Chartrand, bajando la mano hasta cubrirse la mano con ella, apenas creyendo la confesión de Erika. - Tienes que devolvérmelas, es urgente: hay algo en ellas que tengo que decirle cuanto antes a Patrick...
No había sido por ella.
La única razón por la que Alexandre Chartrand había atravesado corriendo las calles romanas hasta el punto de quedarse sin aliento, abriéndose paso entre la gente como si se le acabara el tiempo, habían sido unos ridículos documentos anotados que ella había guardado de cualquier manera en su mochila al ver que el guardia suizo estaba más interesado en contestar una llamada de teléfono que en solucionar los problemas que tenía con ella. Pues bien, si eso era lo que Lexie quería, eso era lo que iba a tener, por ella como si se los comía para la hora del almuerzo. Para su disgusto, Erika notaba que le temblaba la barbilla cuando se quitó la mochila del hombro y la bajó hasta el suelo para abrirla y comenzar a rebuscar en ella: ¿por qué a él parecía importarle tan poco lo que a ella la estaba quebrando a pedazos?
Acuclillada junto a la bolsa, apartó modelitos que ya no tenía ganas de lucir y guías de viaje que ya no iba a usar antes de alcanzar aquellos dichosos papeles. Casi pudo oír el suspiro de alivio de Chartrand en el momento en que los sacó de la mochila, sosteniéndolos delante de ella: debían de ser más de cincuenta de ellos que se mantenían grapados a duras penas debido al grosor y lo gastadas que estaban las hojas de haber sido vueltas una y otra vez. Había anotaciones rápidas en los márgenes y otras señales de grapas que daban a entender que lo que tenía en las manos era la versión final de algo que en un principio debió haber sido un compendio de documentos separados. Por ese ridículo montón de papeles era por el que Chartrand estaba tirando su relación con ella a la basura, ésa era la gran competencia que había tenido todo ese tiempo.
Y ella pensando que la dichosa Claire Dilthey había tenido algo que ver.
Casi que lo hubiera preferido: ella por lo menos era una persona.
La bailarina volvió a colocarse la mochila sobre el hombro y se puso en pie, sujetando firmemente el dossier en las manos sin molestarse en alzar la vista hacia el guardia suizo. Una vez que se los entregara, el chico daría la vuelta y se iría por el mismo camino por el que había venido sin echar un solo momento la vista atrás... Y ese pensamiento hacía que la invadiera un renovado sentimiento de rabia que hacía que le temblaran los brazos. Por eso, cuando advirtió que Chartrand se acercaba para alcanzar los documentos que ella aún tenía en las manos, Erika retrocedió y le escupió a la cara con todas sus fuerzas antes de echar a correr en dirección contraria, dejando a un perplejo Alexandre Chartrand atrás.
No sabía lo que estaba haciendo, no sabía lo que iba a hacer a continuación: lo único en lo que Erika Keller podía pensar mientras su mochila le daba golpes en la espalda debido a sus rápidas zancadas era que jamás nadie en toda su vida la había despreciado de la manera en la que lo estaba haciendo esa misma persona por la que ella lo hubiera dado absolutamente todo. Apenas siendo consciente de lo que hacía, ni tampoco de que Chartrand había comenzado a llamarla a gritos, Erika torció por la Via San Pio X, una calle mucho más despejada de la que abandonaba y prosiguió su carrera desesperada a ninguna parte. Una voz en su interior se empezaba a preguntar qué pretendía con todo aquello cuando divisó a lo lejos el puente de Victor Manuel II.
Era uno de los puentes que cruzaban el río Tiber, construido con roca blanca propia de los monumentos más antiguos de la ciudad y decorado cada pocos metros con imponentes estatuas de diversos personajes de la mitología que contemplaban desde la altura de sus pedestales cómo los transeúntes pasaban o cómo algunos de ellos se paraban para fotografiar las magníficas vistas del cercano Castillo Sant'Angelo – de hecho, los ángeles que custodiaban el camino hasta el mismo también estaban presentes en ese puente – y la belleza de los pequeños resplandores que los rayos del sol arrancaban a la superficie del tranquilo río.
El río...
Una idea cruzó la mente de Erika con la misma fugacidad con la que un coche pasó por su lado, haciendo que la joven se detuviera bruscamente en su carrera y que éste le dedicara una sonora reprimenda mediante un largo bocinazo al que ella respondió haciendo aspavientos furiosos al conductor. Esos queridos papeles de Lexie se iban a ir al fondo del río como que ella se llamaba Erika Keller y era una de las bailarinas más prometedoras de toda Suiza. Contenta con lo que ya consideraba como una venganza perfecta, Erika no advirtió que Chartrand no solamente no había dejado de seguirla desde que la llamara sin éxito alguno para que regresara cuando echó a correr, sino que además el incidente con el coche había hecho que ganara tiempo hasta el punto de que ya solamente se encontraba a pocos metros de ella.
Dichoso entrenamiento militar.
- ¡Erika! - volvió a llamarla.
Viendo lo cerca que estaba – apenas a unos pocos metros -, Erika volvió la vista hacia el puente y echó a correr con todas sus fuerzas, sorteando a los coches como podía y haciendo caso omiso de los peatones que miraban la escena como si tanto ella como Chartrand hubieran perdido la cabeza. Un grupo de turistas que estaban haciendo fotos al paisaje coronado por el Castillo Sant'Angelo tuvo que apartarse de cualquier modo cuando Erika apareció corriendo con tanto ímpetu que, por unos horribles momentos, éstos pensaron que la desesperada joven iba a arrojarse al río. Pero tan pronto como la bailarina alcanzó la baranda del puente, prácticamente chocando contra ella debido a la velocidad con la que iba, se quedó ahí parada tratando de recuperar el aliento y con la mirada clavada sin quererlo en los dichosos papeles de Chartrand, que ahora estaban justo a la altura de sus ojos.
Había comenzado a leer las primeras líneas cuando sintió cómo tiraban de su hombro y la apartaban con brusquedad de la baranda del puente, no siendo esa persona otra que el propio comandante de la Guardia Suiza Alexandre Chartrand. Erika apretó los dientes, alejándose unos pasos de él:
- ¡Vas a hacer que te maten por una basura de papeles! ¡Estás mal de la cabeza! - le recriminó Erika con todas sus fuerzas, haciendo que la gente de alrededor se volviera a mirarla.
- Erika... - habló Chartrand tratando de mantener la calma: no eran pocos los que habían dejado de prestar atención a sus quehaceres para centrarse en el extraño comportamiento de la joven pareja. - Erika, cálmate...
La bailarina dejó escapar una amarga carcajada.
- No me hablarías con esa dulzura si fuera yo misma la que me fuera a arrojar por el puente en lugar de tus estúpidos papeles, ¡eres un imbécil, un completo imbécil!
- Erika, por favor... - suplicó el chico, tratando de acercarse a ella.
- Perdona, creo que la señorita quiere que la dejes tranquila – habló un hombre que estaba allí con su familia y que no había dejado de notar la tensión entre la pareja, poniéndose entre ellos.
- ¡Eso es exactamente lo que quiere la señorita! - reprochó Erika, dando gracias a todos los dioses existidos y por existir por la intervención de ese hombre.
Chartrand alzó las manos en son de paz, respirando profundamente para hacer ver al desconocido que había intervenido que no era una persona peligrosa: no era ningun demente que estuviera acosando a la chica o algo peor, sólo... Dios, la incapacidad de poder cumplir con su trabajo de la mejor manera posible para que todo el mundo permaneciera a salvo le estaba partiendo en dos. Trataba de pensar en qué podía decir que explicara toda aquella escena cuando vio que, a espaldas del hombre, Erika se acercaba nuevamente a la baranda del río, esta vez con toda intención de lanzar los documentos por la borda. Sin perder un solo momento, Chartrand esquivó al desconocido pasando por debajo de su brazo y alcanzó a Erika poco después, antes de que ésta tuviera oportunidad de deshacerse de las pruebas, dando lugar a un pequeño forcejeo tras el cual, Chartrand al fin tuvo el dossier de nuevo en sus manos.
A pesar del alivio que sentía al tener aquello en lo que había trabajado tanto las últimas semanas de nuevo a salvo entre sus manos, el joven guardia suizo no pudo evitar echar un vistazo a su alrededor: si bien antes eran solo unas cuantas personas, ahora la mayoría de las que estaban en esa zona del puente le estaban mirando como si fuera un completo maníaco, algunos de ellos incluso alejándose prudentemente cuando sus miradas se cruzaban. Sin embargo, el sentimiento que podía percibir en las otras miradas de la gente a su alrededor era indignación y repulsa, miradas que iban de él a Erika, de Erika a él. El joven se volvió hacia la bailarina y vio que ésta se frotaba con cuidado las muñecas, que empezaban a enrojecer debido al forcejeo que había tenido con ella.
- Erika... - comenzó a decir él, sin saber cómo continuar para que ella comprendiera, para que pudiera perdonarle.
No le dio tiempo a decir más, pues la joven alzó su mirada colmada de lágrimas hacia él y avanzó los pocos pasos que los separaban hasta cruzarle la cara con un bofetón que le hizo tambalearse. Hecho esto, en medio de unos algunos aplausos espontáneos, Erika se colocó de nuevo la mochila y cruzó hacia la otra acera del puente, sorteando con agilidad los coches que seguían pasando por allí. Lo supo entonces, lo supo con la misma claridad con la que uno sabe que va a morir algún día: Alexandre Chartrand supo que la estaba perdiendo de verdad, que cada uno de los apresurados pasos que daba para alejarse de él componían una distancia que no podría superar nunca si no arreglaba las cosas con ella ahora, en ese momento, aunque eso supusiera tener que contarle todo en lo que había consistido su investigación.
Ahora que la veía marcharse con los ojos llenos de lágrimas y las muñecas enrojecidas, sentía que nunca había querido ser esa clase de persona y menos con ella: simplemente no podía perderla así, por un malentendido.
- ¡Erika! - la llamó nuevamente, aunque ya eran más las personas que se acercaban a decirle que dejara en paz de una vez a la chica, una de ellas asegurándole que había llamado a la policía.
Ya en la acera opuesta del puente, la bailarina negó con la cabeza, decidida a ignorarle por completo, tarareando para sí una canción con tal de no escucharle, pero no pudo impedir que las lágrimas agolpadas desde hacía ya un rato en sus ojos color miel cayeran rodeando sus mejillas. A sus espaldas, podía oír perfectamente cómo Chartrand continuaba llamándola, pero ya estaba más que harta de todo aquel juego: se había acabado, se acabó, punto y final. Cuanto antes se hicieran a la idea, mejor para los dos... Aunque en esos momentos le importaba muy poco cómo fuera a llevarlo él, por ella como si le partía un rayo.
Siempre había oído hablar de la calma que precedía a la tempestad, pero nada la habría preparado para vivirlo en sus propias carnes y menos de aquella manera. A pesar de que Chartrand seguía llamándola, la gente poco a poco continuaba con sus paseos, apenas dedicando una mirada de compasión a la joven que avanzaba con paso firme alejándose de la escena. Hubo un silencio que parecía congelar el ambiente, haciendo que todo sucediera a un ritmo mucho más pausado, haciendo eterno cada segundo. Erika oyó el ruido del coche conforme se acercaba y llegó a pensar que el conductor era un imbécil redomado por conducir a esa velocidad por ese puente lleno de gente. Sin embargo, sus pensamientos no fueron más allá del leve fastidio hasta que oyó perfectamente cómo un golpe metálico interrumpía los gritos de Lexie llamándola, seguido del sonido inequívoco de cristales rotos y de unos neumáticos que chirrían contra la calzada.
Erika se detuvo sobre sus pasos en aquel preciso instante como si alguien le hubiera pegado una bofetada en el rostro, mucho antes de siquiera empezar a imaginar lo que había pasado.
Vio cómo el mismo coche que debía haber provocado toda esa cacofonía de sonidos a sus espaldas pasaba por su lado sin disminuir la velocidad, alborotando sus cabellos y haciendo un ruido con los neumáticos que hizo que la joven se tapara los oídos en un acto reflejo. Sin poder moverse de donde se encontraba, le siguió con la vista mientras el vehículo se perdía calle a arriba, saltándose semáforos en rojo y señales de stop. ¿Acaso no se había dado cuenta de lo que podía haber sucedido?
Se levantó una brisa invernal acompañada de nuevos copos de nieve y Erika sintió que poco a poco volvía a la realidad. Oía el sonido de su propia respiración entre cortada, veía cómo el grupo de turistas que había unos metros delante de ella salían también de su estupor y echaban a correr en dirección a algún lugar a sus espaldas. Notó que temblaba, que sus rodillas chocaban entre sí... No podía respirar. Nuevos sonidos acudían a ella: oía voces cercanas que se preguntaban que qué había sucedido, otros que decían que el coche no tenía matrícula, otros pedían a gritos a un médico y algunos decían que el chico tenía que estar muerto...
Un escalofrío como ninguno anterior que hubiera sido en su vida sacudió el delgado cuerpo de Erika, uno que no tenía nada que ver con la nueva brisa que pasaba aullando por aquella parte del puente de Víctor Manuel II. Ese viento no le traía fríos, sino que trajo a sus pies, en los que aún tenía clavada la mirada, un folio cuidadosamente mecanografiado y con la marca inequívoca de un neumático encima.
En una esquina del mismo también había una gran mancha de algo rojo.
La brisa aumentó y con ella el susurro de otros folios que también seguían a sus hermanos sobre la calzada, esparciéndose por el lugar... Cada uno que se arremolinaba en torno a sus pies, estaba más empapado en ese odioso color rojo que el anterior.
Finalmente, Erika Keller giró sobre sí misma.
Y Erika Keller comenzó a gritar.
NdA: ¡Estoy viva! Tengo que admitir que este capítulo (lo que quedaba de él) fue mucho más fácil de escribir de lo que había pensado. Pediría disculpas, pero de poco os servirían: siempre he dicho que no tengo intención de dejar este fic como abandonado, menos aún cuando tengo pensado todo lo que sucede de aquí en adelante desde hace años. Hace unas semanas que estaba hablando de fics, de novelas y demás con mi hermana y dije que Patrick y Claire nunca dejarían de ser mi OTP y entonces nos pusimos a hablar sobre ellos y... ¡Los feels volvieron! Me hicieron retomar todas las notas que tenía para el capítulo presente y comencé a darles forma hasta acabarlo al fin. Quiero dedicarle este capítulo muy especialmente a Tani, que siempre ha estado ahí por mí, a CieloSkyla por ser la lectora con una paciencia que me dan ganas de mandársela a Patrick para que la canonice o algo, y también a MARY997, quien me dejó un review en el último capítulo después de hacer maratón leyendo tanto EL FIC como esta secuela hasta el punto donde la dejé. Me encantaría hablar contigo, MARY997, pero escribiste el review como Guest y no tengo manera de encontrarte. Si estás leyendo esto, por favor manifiéstate.
Habréis adivinado que lo que sucede al final de este capítulo es uno de los puntos clave en esta Historia y en cómo se desarrollará su final, así que no puedo esperar a saber vuestra opinión en los reviews. Bueno, y del resto del capítulo también XD.
El tumblr dedicado a este fic sigue en activo, pero ahora tiene el nombre de fypatrickclaire. Allí podeís ver cositas que voy subiendo y enviarme todos los mensajes que queráis, soy toda ojos. Espero que os haya gustado mucho y gracias por no perder la fe en esta historia que me acompaña ya desde hace casi 10 años y que es tan especial para mí.
