Act. XI
Encontró el momento justo para acercarse a Makoto cuando el Zoisite de esta época llegó al templo. Cuando las presentaciones fueron hechas entre las princesas de Urano y Neptuno y él comenzó una plática con Kunzite, vio que su mujer estaba distraída con la llegada de aquel. Entre celos y recuerdos de algo parecido, Nefrite no resistió más la distancia que Jupiter había puesto entre ellos.
Cuando Nefrite se acercó a ella, Makoto se alejó un par de pasos, ya sin importarle si se veían intencionados o no. No tenía que pensar demasiado para saber que él quería hablar con ella. Sabía, tan bien como él, que tenían un asunto pendiente. Pero ella no estaba preparada para él. No podía verlo aún; no podía encararlo después de lo que le había hecho. Tal vez nunca lo lograra pero, también, el pensar en separarse de él de nuevo… era doloroso. Sabía que tenía que enfrentarlo; a él y a lo que ella había hecho, pero no se sentía con la fuerza para hacerlo en ese momento, no cuando había un nuevo enemigo en el horizonte y cuando…
Nefrite detuvo su escape tomándola por el brazo. Ella miró al suelo, cerró los ojos con fuerza y se obligó a mirarlo.
—Sólo actué como Caballero al proteger a una persona; tú eres la más importante para mí —comenzó él con la voz sonándole desesperada—. Te juro que no conozco a esa mujer. Yo…
—Nefrite, para —suplicó ella casi divertida por lo que él implicaba con sus palabras.
—No. No puedo parar. No voy a parar. Me entregué a ti, te entregaste a mí —dijo desesperado y dominante—. Por favor, sé que soy un idiota, pero no me evites. Sólo tú… Eres la única de la que no puedo soportar que esté enojada conmigo.
Ella se sintió morir. En su esfuerzo por protegerse ella, había puesto esas palabras en labios de Kenji.
—Te lastimé, mientras yo era el peligro para otros —dijo mientras le rozaba las marcas que le había dejado en el cuello.
Kenji sintió el toque de Mako en su cuello y se relajó de inmediato. Todos los funestos pensamientos que había tenido desde aquel día se esfumaron con ese toque y con las palabras que lo absolvían en parte de sus miedos. Pero no de todos. Él la había querido proteger de ella misma y no lo había logrado.
—¿Por qué lo hiciste? —le preguntó en tono plano. Sólo después se dio cuenta que había sonado brusco incluso para él—. Te conozco mejor que pensar que fue un ataque. Eso no se sintió como un ataque, sino como una defensa.
Ella miró al piso, se mordió el labio inferior como para permanecer callada y así lo hizo.
Kenji se movió para quedar justo donde ella miraba.
—Te conozco, Jupiter. Sé que tú no harías esto —dijo mostrando las marcas en su cuello—. No lastimas a nadie salvo a tus enemigos. Pero tengo que insistir en mi pregunta, ¿qué te llevó a esto?
Ella cerró los ojos demasiado tarde, Kenji ya había visto éstos humedecerse por las lágrimas. Sin pensarlo un segundo, la abrazó con fuerza para evitar que ella huyera.
—Si a ti te lastima, yo necesito saberlo para poder hacer algo juntos. Si te está lastimando, quiero… necesito ser tu apoyo.
Cuando Kenji sintió que Mako le devolvía el abrazo se tranquilizó al fin. Si bien, cada músculo de la mujer entre sus brazos estaba en tensión, ella le estaba permitiendo acercarse de nuevo.
—Yo… era como si estuviera de nuevo en el Milenio de Plata —comenzó Makoto en un susurro—. Los terrestres entraron y estaban atacándonos. La Princesa y Endymion huían y el ejército terrestre se acercaba por nuestras espaldas. Me quedé atrás para detenerlos, para que ellos pudieran ponerse a salvo. Me encontré a Beryl —dijo llanamente—; ella me mató. Pero —se le cortó entonces la voz—, entre esas… sombras; a quién vi fue a ti. Tú me atacabas, tú me matabas —dijo cerrando las manos en puños tras la espalda de él. Se intentó separar del abrazo, pero él no la dejó; y en ese momento, no podía estar más agradecida con la resistencia que Nefrite mostraba. En verdad no quería separarse de él; quería volver a sentirse fuerte aunque tuviera que extraer algo de la fuerza que él tenía—. Estaba… desesperada. Sentía tus golpes en el cuerpo, en el cuello; sentía la rabia de la impotencia al no poder librarme de tu ataque —dijo recordando todo aquello—. Cuando desperté y te vi tan cerca; mi cabeza pensó que seguías matándome. Y te ataqué… y ataqué a Naru… y yo… soy peligrosa para los que me rodean. Creí que seguía atrapada en ese… en esa ilusión. Te veía protegerla, la veía a ella pero…
—No la estaba protegiendo a "ella" —se defendió Kenji separándola del abrazo sólo para que viera en sus ojos que no le mentía—. Trataba de salvar a un humano con buenas intenciones pero pésimo reconocimiento de las crisis.
—Yo lo sé —explicó ella con un atisbo de desesperación—. No es que la hubieras estado protegiendo… es que la tuvieras que proteger de mí —terminó con recriminación a ella misma—. Yo usé mi poder contra ella… contra ti.
Kenji le rozó la mejilla con el dorso de la mano y de allí a sus labios. La sintió relajarse ante el toque y destensar la quijada que mostraba la rabia que sentía. Se alejó de ella sólo un paso y sólo para poder tomarle la mano izquierda —justo aquella con la que le había marcado el cuello—. De inmediato le besó la punta de los dedos.
—Confía en mí. Confía en que tengo la fuerza no sólo como Caballero y hombre, sino como tu pareja. Te amo con tu valentía y tus temores, en tu fuerza y en tu debilidad. Antes que lastimarte me cortaría una mano y antes de permitir que te lastimes a ti misma voy a estar allí para detenerte.
—Eso es injusto para ti —espetó ella de inmediato—. Yo debería ser capaz de controlarme a mí misma. Yo debí detenerme antes de atacarte; ¡debí darme cuenta que aquella pesadilla era eso y no la realidad!
—¿No me has perdonado por ser General para Beryl? —preguntó él sonando dolido.
Eso sorprendió a Makoto. Por ese segundo después de la recriminación, ella había olvidado su propio drama sólo para intentar entender de dónde salía esa pregunta.
—No tengo nada que perdonarte —afirmó ella—. Eso está olvidado y enterrado desde que apareciste de nuevo como el Nefrite del que me enamoré hace tanto; desde que venciste esa oscuridad pasada.
—Es lo mismo, Mako —dijo aliviado—. Tienes que perdonarte por haber caído en un engaño del enemigo.
—¿Cómo? —retó ella a media voz—, ¿si te perdono a ti, me tengo que perdonar a mí? —cuando, a toda respuesta, él le sonrió; ella le golpeó el hombro—. No es justo que me manipules así.
—Mi dama de Jupiter, mi guardiana, mi amada y mi amante —dijo poniendo su mano sobre aquella con la que lo había golpeado pero que aún no dejaba su hombro—. Sólo te pido que no seas tan dura con esta parte de mi alma —terminó mientras ponía sus manos unidas sobre el corazón de ella.
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Ayari había dejado de escuchar algo que le interesara escuchar cuando ambos habían comenzado a hablar de cosas aburridas y dejado el tema del ataque de las sombras de lado. No sólo Amy había sido atacada por un Zoisite en aquella ilusión, Jupiter había sido atacada por un Nefrite.
Si lo que Amy le había resumido por teléfono era cierto, que no lo dudaba ni por un segundo, implicaba que la sacerdotisa lo había sido hecho por el Caballero restante. Y sólo le hacía falta recordar un poco el cómo se habían formado las parejas en el Imperio de la Tierra y como se habían formado las parejas en Tokio para darse cuenta que Mars había sido herida por el Caballero de la paciencia.
Esto lo obligaba a pensar de nuevo en las sombras como entes físicos. Al menos como una mezcla de físico e inmaterial. Porque él había visto aquella cosa que reptaba por la piel de Amy. Tenía que preguntarse si aquellas sombras eran una parte residual de los Caballeros tras haber sido Generales para Beryl o si eran algún tipo de doppelgänger malévolo; o si tenían otro origen y sólo tomaban la forma —en la mente de cada chica— que más les convenía para atacar a su enemigo, siendo así el ataque capaz de afectar la mente y el cuerpo. Aunque, al parecer, sólo las heridas de Amy habían traspasado el ámbito de la ilusión.
No queriendo dar eso por sentado, se acercó a la sacerdotisa. Nunca había sido especialmente cercano a ella; en tiempos antiguos habían convivido plácida pero frugalmente.
—Señorita Hino —llamó su atención de lo que estuviera viendo ella en el cielo nocturno.
—Llámame Rei, Zoisite. No hay necesidad de formalidades —contestó distraídamente.
—Rei —dijo con una ligera duda mientras tomaba asiento a su lado—. Necesito preguntarte: En tu visión —comenzó sólo para ella voltear a él de inmediato y, ahora sí, prestarle atención por completo. No detuvo su interrogatorio—, ¿Jedite te atacó?
Ella asintió sin voz, pero el dolor en su miraba revelaba una historia completa.
—¿Cómo te mató?
—Él me rompió el cuello —dijo ella con tono calmado pero cargado por una emoción sosegada que le indicaba a él, ella guardaba bien sus secretos.
—Bien —dijo mientras aceptaba no ahondar en el tema—; sólo necesito saber si tú presentaste alguna marca del ataque una vez que te libraste de la ilusión.
—¿A qué te refieres? —preguntó ella en cambio mientras sonaba a estar haciendo sus propias conjeturas.
—¿Presentaste algún hematoma?, ¿algo en tu cuello mostró la herida que te causó en la ilusión?
—No —dijo ella negando también con la cabeza—. ¿Por qué lo preguntas?
Y, aunque él no quería contestar, se lo debía pues ella había respondido a sus preguntas. Fue su turno de perder la mirada en el cielo nocturno antes de responder.
—Amy tuvo un hematoma justo donde el Zoisite falso la mató.
—El Zoisite falso, ¿eh? —dijo ella con un atisbo de burla—. Que conveniente —suspiró.
—¿Insinúas que yo la ataqué? —soltó ofendido.
—No —respondió tranquila—. Te envidio por poder escindirlo tan fácilmente.
—Eso no es lo complicado. Zoisite murió en la batalla de la Tierra, antes que la puerta a la Luna fuera abierta por Metallia.
—¿Murió en serio —retó ella débilmente—, o se rindió a la oscuridad de aquella criatura y logró subir al Milenio de Plata para obedecer al enemigo?
—Morí en batalla, Mars —dijo serio por completo, usando por primera vez en esa vida la voz marcial del Caballero que había sido—; como princesa de Marte y guardiana de la batalla deberías ser capaz de saberlo. Morí matando a mis enemigos, con el nombre de mi amada en los labios.
Rei asintió pesadamente.
—Tu alma está marcada con la muerte de un guerrero honorable… y con la marca de una traición.
Fue el turno de Ayari para asentir pesadamente.
—Traicioné al Príncipe Endymion cuando me dejé convencer por la oscuridad. Sabía que tenía una misión en esta vida y Metallia supo cómo usar eso para engañarme. Me hizo pensar que ella era la que protegería la Tierra y, cuando la acepté como el líder que complementaba mi misión; la oscuridad me envolvió. No me enorgullezco de eso —cuando vio a Mars, no la reconoció en la mujer sentada a su lado. En ese momento, aquella chica era una sacerdotisa común y corriente; con un dolor más profundo que el de heridas físicas. No bien se dio cuenta de ello, supo qué había llevado a la joven a hacer tal pregunta: no lo había preguntado de Zoisite, sino de Jedite—. Jedite murió primero —ofreció—. Él sacrificó todo su poder y la magia que tenía en un único ataque a Metallia. Él siguió mi estrategia. Yo lo maté —confesó ante los ojos incrédulos de la chica.
—Sé que él murió en la Tierra, Zoisite —dijo Rei con tono parco—. Aún recuerdo la sensación que tuve cuando sucedió. Él me ligó a él al decirme su nombre de Caballero; supe el momento exacto cuando él murió. Y eso no evitó que lo llamara a gritos —terminó en un susurro.
Ayari fingió que no había escuchado eso último. Si la sacerdotisa había susurrado, lo había hecho para exorcizarlo de su alma; no para enterarlo a él. En vez de responder con palabras, le puso una mano sobre el hombro para reconfortarla y volteó a ver a Amy. Ella lo miró al mismo tiempo y, cuando él le sonrió, ella apartó la mirada. Suspiró deprimido. Cuando habían llegado a la conclusión de que debían poner algo de distancia entre ellos para probar la teoría de que estar juntos había sido el detonante para el ataque; no se había imaginado que le costaría tanto trabajo. No es que hubieran peleado, no es que ella se hubiera alejado de él porque quisiera, no es que él se hubiera alejado de ella porque quisiera. Y eso hacía la distancia aún más dolorosa.
—Rei —dijo la psicópata novia de Akinori interrumpiendo el silencio que se había instaurado entre ellos—. Falta Jedite.
Ayari vio a Rei tensarse en su lugar y mirar hacia el piso. Él podía decir que la sacerdotisa no estaba feliz con la mención de tal o de la posible cercanía a la que se vería obligada tener con aquel tras el llamado.
—Podemos hacer esto por nuestra cuenta, Minako —aseguró Rei.
—Por favor, Rei —pidió Minako con tacto—. Estamos siguiendo la premisa de que el planeta nos está atacando; ellos cuatro, y Mamoru que no está, conocen el planeta mejor que nadie. Y jamás me perdonarías que no hiciera todo lo que esté en mis manos para cumplir mi deber; como no te lo perdonarías a ti misma.
—Dame tu celular —aceptó Rei—. Si ve mi número, probablemente no conteste.
Cuando Rei recibió el aparato de manos de Minako, tecleó un número de memoria y le entregó el aparato a su amiga. Minako recibió el aparato y se alejó para hacer la llamada.
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Amy aún se sentía extraña al estar tan cerca de Ayari y sentirlo tan lejos. O más bien, sentirlo tan cerca pero ser incapaz de tocarlo.
Hacía días que no tenían más contacto que un par de mensajes por teléfono. El que ambos hubieran llegado a la conclusión de que su cercanía podía ser la causa de aquel ataque no ayudaba más que a hacerla sentir que ambos cerebros trabajaban en las mismas frecuencias. Y eso era algo realmente nuevo. Emocionante. Casi… adictivo.
Era sentirse una mitad de un todo… o una parte; porque aún no sabía qué tanto era Ayari y que tanto era Zoisite. "Sinónimos" le había dicho él; y —ahora que ya lo había pensado, digerido y sobreanalizado una docena de veces— quería gritarle que los sinónimos también implicaban diferencias, atenuaciones del lenguaje, pequeños cambios que servían en un contexto pero no en otro… matices. Justo lo que ella había intentado explicarle a todo el mundo; el origen de sus miedos. Pero, mientras lo veía al lado de Rei, platicando de algo que claramente lo interesaba, no podía dejar de mirarlo y analizarlo a él; de analizarse a ella misma, como si notara sentimientos y razón peleando en bandos contrarios. Y, cuando su mirada se encontró con la de él, su reacción fue apartar la mirada. Sin saber si su ataque de timidez era causado por esa coincidencia o por el recuerdo a los comentarios y miradas de todos cuando ella le llamó para que fuera al templo también, posó su mirada en el hermano mayor. Akinori. Kunzite.
Y el recuerdo que tenía de haber convivido con él en el Milenio de Plata y en su primera plática en el Mar de la Tranquilidad, aunado al de su reencuentro en la cafetería, le hicieron sentirse calma de nuevo. Como cobijada por un hermano mayor. Sonrió dulcemente hacia él y éste le respondió con una mueca que también era una pregunta.
Ella se acercó a él.
—Hola —dijo ella tímidamente para comenzar la plática.
—Hola —respondió él, algo confundido. En vez de comentar que ya se habían saludado, siguió la pauta de cauta aproximación que ella había marcado.
—Uh… ¿puedo… —dudó por un segundo—. ¿Puedo hacerte una pregunta… personal?
Akinori entrecerró los ojos con sorpresa. No había esperado eso, pero era Amy la que lo pedía y de ella no esperaba más que rectitud y honor. La alentó con una cortés inclinación de cabeza.
—¿Cómo haces para estar con Minako? —soltó a quemarropa.
Akinori carraspeó cuando el recuerdo de Ayari fotografiando un momento muy particular de su relación con Venus golpeó su cerebro. Se sintió enrojecer un poco y miró a Amy como tratando de adivinar si el mocoso de su hermano le había comentado algo al respecto, pero en ella sólo vio una ligera conmoción, la vio ponerse roja y perder el tímido aplomo con el que se le había acercado.
—¿Cómo haces para verla como Minako y no Venus? —se corrigió de inmediato—. ¿O es que la vez como Venus?, ¿quién es ella para ti? —comenzó a desesperarse. Soltó un pequeño grito de frustración que no escuchó más que él y suspiró para calmarse—. Creo que, lo que quiero preguntarte es: ¿Cómo logras manejar la situación de conocerla en dos vidas tan diferentes, manteniendo los recuerdos de ambas vidas, pero viviendo en ésta? ¿Cómo manejas lo que conoces de la Venus del Milenio de Plata y lo que conoces de Aino Minako? —suspiró al fin y sonrió con una mueca de victoria.
Akinori comprendió que había hecho la pregunta que quería hacer.
Lo que no sabía, era si ella lo había preguntado por ella o para conocer lo que Ayari podría pensar de la situación. Se llevó la mano al rostro y masajeó sus sienes con algo de fuerza. La verdad es que no hacía nada tan profundo como para poder darle un consejo y que, la mitad del tiempo, no tenía idea de lo que pasaba por la cabeza de Ayari. Pero Amy seguía viéndolo como si esperara una respuesta. Suspiró. Algo tenía ella que le hacía querer darle una respuesta.
—Para mí es la misma —dijo con una sonrisa de disculpa. No tenía una respuesta grandilocuente o lógica para darle—. Minako es una faceta de la mujer a la que conocí y de la que me enamoré; así como Venus del Milenio de Plata es una parte de lo que vivió la mujer a la que amo. Venus en el pasado es una parte de la mujer que ella es ahora y Minako es la mujer en la que se convirtió aquella Venus y la que seguirá creciendo y madurando para convertirse en una mujer diferente a la que es hoy, pero con la misma esencia. No sé si eso te sirva —terminó esperando haber podido poner en palabras algo que para él no era complicado.
—¿Como en una progresión lógica de la evolución de la personalidad? —preguntó ella emocionada—. No puede ser tan fácil —se quejó entonces.
Akinori asintió. Él no lo hubiera pensado con palabras tan técnicas… pero si le funcionaba a Amy…
—Es así de fácil —aseguró.
Volteó a ver a su hermano menor y comprendió entonces lo que le había llevado aquella vez a lucir miserable frente la mesa del comedor. El pobre bastardo se merecía la tortura por haber incordiado a Venus, pero realmente no le deseaba que sufriera por la falta de su princesa planetaria. Él conocía en piel propia lo que era buscarla por años y desesperar por su ausencia.
—Gracias… Kunzite —dijo Amy dudando en el nombre a usar. En esta ocasión había usado su nombre de Caballero tratando de mostrar que había aceptado las palabras recibidas.
—Siempre es un placer —ofreció él.
Akinori apartó la mirada de Amy para buscar a su Venus, la encontró alejada de los grupos formados y caminando de un lado a otro mientras llevaba el celular a su oído. Mientras esperaba a que ella terminara con la llamada, comenzó una ligera conversación con la chica que parecía haberse relajado al fin.
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Antes de hacer la llamada pendiente, Minako guardó el número que Rei había marcado en el celular. Temía que esa fuera la única vez que su amiga le diera esos cuantos número y ella no perdería la oportunidad de poder estar en contacto con el último Caballero en aparecer. Porque, formando una pareja con Rei o no, Jedite podía ser útil si se presentaban batallas en el futuro. Eso lo sabía como líder; lo que sabía cómo amiga era que Rei era testaruda al dejar entrar —o no— a alguien en su corazón. Estaba por verse si ella, también, utilizaría ese número en sus contactos para aconsejar a la pareja o no.
Con un gran suspiro para darse valor, Minako oprimió el verde de la pantalla y escuchó los tonos de la línea siendo conectada.
—DOCOMO, departamento de ventas; soy Masuo —respondió una voz inconfundible, pero con un tono formal.
—Uhm… —dudó ella al instante—. ¿Kazuma? —preguntó casi con miedo a equivocarse.
—Sí, ¿en qué puedo ayudarla? —respondió él confundido ante la evolución de la llamada.
En general las llamadas que recibía se desenvolvían con rapidez: él se presentaba, la otra persona se presentaba e indicaba el motivo de la llamada, él respondía y esa llamada podía generar más trabajo o no (como hacer alguna presentación para un cliente, o tener que visitar a un cliente para explicar los servicios que ofrecían). En este caso, la otra persona parecía no saber qué decir.
—¿Hola? —insistió al mismo tiempo para cerciorarse que la llamada no hubiera terminado.
—Sí, hola. Mi nombre es Aino Minako, yo… Rei me dio tu teléfono —soltó, mandando la prudencia por la ventana.
Al escuchar el nombre de Rei, Kazuma se tensó en su asiento y apretó con fuerza el aparato. Sólo recordar que estaba en el trabajo evitó que azotara la cosa esa.
Estaba furioso por todo lo relacionado a Rei y, ahora, porque mandara a una de sus amigas para que le hablara. Se enojó también cuando se decepcionó de ella. Rei Hino no era la mujer madura y elegante que había creído era. Sólo era una adolescente más, una que podía invocar la fuerza del fuego y todo eso, pero una niña inmadura aún. Una que creía podía desecharlo como basura para luego buscarlo de nuevo… o mandar a una de sus amigas a hacerlo. JA!
—Necesitamos hablar —dijo la voz de esa amiga cualquiera.
—Rei ya ha dicho todo por su parte —dijo con un tono de burla bastante a propósito—.Ella terminó conmigo diciendo que… —Kazuma cerró la boca de inmediato y maldijo en silencio haber hablado de más.
—¿Qué fue lo que dijo? —dijo aquella con un suspiro casi de cansancio.
—La señorita Hino sabe bien lo que dijo —dijo cortante.
—Ella te necesita ahora —avisó la mujer al otro lado del teléfono—. Ella…
—Ella necesita ser fuerte —interrumpió duramente—, y yo, volver a mi trabajo.
Sin esperar que la chiquilla esa volviera a decir algo, le colgó el teléfono. Con una maldición mental por haber ligado su número personal la línea de la compañía, enmendó ese error de inmediato y apagó su celular personal.
—¿Qué fue eso, Kazuma? —le gritó el jefe desde su escritorio.
—Una pérdida de tiempo —respondió él amargamente.
—A veces creo que te gustan las horas extras —lanzó el jefe como reprimenda.
—De lo contrario ya habría renunciado —contestó de inmediato ganándose algunas risas de sus compañeros.
Una vez más se había quedado a hacer horas extras. Aunque estas jornadas no eran tan barbáricas como las peores que ya había sobrevivido… a duras penas. Retomó su trabajo justo dónde lo había dejado, antes de ser interrumpido de nuevo. Esta vez no con una llamada, sino con un sobre amarillo justo frente a su cara.
Cuando volteó a ver al culpable, se encontró con Susumu; uno de esos genios con la tecnología con el que había tenido la buena suerte de trabar una amistad… de alguna clase.
—No sé para qué quieres este tipo de información —dijo Susumu acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz—, pero tal vez no estás tan loco como creí al principio.
—Ya te lo dije, Susume —dijo con una sonrisa maliciosa y usando el sobrenombre que le había dado para fastidiarlo—; la red sirve para más que encontrar porno.
—¿Y cómo lo sabrías si tu computadora está llena de eso? —devolvió.
—¡Te metiste a mi computadora! —gritó indignado.
—Tu firewall es un juego de niños —explicó Susumu con la arrogancia de un hacker de primer nivel.
Kazuma bufó con indignación antes que Susume se marchara de su lugar y volviera al propio. Lo que no iba a decirle era que toda esa colección de imágenes y videos estaba allí justo para desviar la atención de… el resto de la información.
—¡Voy a fumar! —gritó Kazuma para que el jefe lo escuchara. En verdad necesitaba leer lo que le habían puesto en las manos
—¡Tú no fumas! —le gritó el jefe sonando fastidiado.
—Igual necesito unos minutos, la excusa para ello puede ser cualquier otra —gritó mientras se retiraba de su escritorio.
Lo que el jefe pudiera estar respondiéndole sonó a ruido mientras abandonaba la oficina e iba a la zona de fumar. No entró al cubículo que mantenía el humo lejos de las áreas comunes, pero se acercó a la máquina de bebidas y tomó asiento en una silla junto a ésta. Abrió el sobre de inmediato.
Lo que para un genio de la informática podía parecer como una simple gráfica telúrica, una gráfica de índice de criminalidad y un montón de disparates de pueblerinos supersticiosos; para él era más. Mucho más.
Mientras analizaba la gráfica de criminalidad su gesto perdió la sonrisa que intentaba mantener siempre en el trabajo, pero cuando pasó a los movimientos telúricos… su gesto se volvió severo.
Y aún no había terminado.
(À suivre)
