Los personajes de Inuyasha son propiedad de Rumiko Takahashi, Shogakukan y Sunrise studios. Los utilizo en mi historia sin fines de lucro.

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"Vivir es guerrear contra los demonios (trolls) del corazón y del cerebro. / Escribir es pronunciar sobre sí mismo el juicio final." Inscripción que el dramaturgo noruego Henrik Ibsen hizo en un libro.

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Período Edo. Siglo XVII. Japón.

Gran tensión maléfica se agitaba como tormenta desde el interior de la cueva y sus inmediaciones.

En las aldeas cercanas de la costa, los humanos se refugiaban despavoridos ante los aullidos salvajes del viento y ante el mar embravecido como un monstruo oscuro e inmenso. La noche se volvió voraz y terrorífica. La música de la danza sacrificial estaba enloqueciendo los elementos y el clima.

En ese momento, más que nunca, Rin fue consciente de la extraña conexión entre el mundo de los muertos y los poderes de los daiyokai, no había pensado mucho en ello cuando era niña. Ahora, en plena tortura, Rin giraba sobre sí misma salvajemente, casi suspendida en agudo dolor, y revivió claramente sus muertes anteriores: cuando todavía tenía unos seis años de edad, los lobos feroces en el bosque dándole caza mientras ella corría a todo lo que daban sus piernas, para finalmente perder el equilibrio y verlos abalanzarse sobre ella a arrebatarle la vida con sus fauces. Luego, su segunda muerte, poco tiempo después de la primera: la sorpresa en el inframundo, esta vez frente a su héroe (el hermoso daiyokai blanco) y su señora madre; un can gigantesco de color oscuro lanzándose de improviso sobre ella y Kohaku para devorarlos; en aquel momento tardó más en procesar lo que pasaba de lo que tardó su alma en abandonarla, allí mismo, en el estómago de aquella bestia. El daiyokai blanco la revivió la primera vez; la segunda vez fue la madre, aquella dama bellísima e indescifrable.

Qué gran poder tenían los daiyokai sobre los humanos y otros seres vivos. Podían alterar los elementos, consumir la vida, decidir sobre la muerte, cruzar las puertas de los mundos paralelos... Y detrás de ellos, tal vez, había otras fuerzas, otras inteligencias aún mayores; posiblemente dioses, u otras formas de vida...

Se sintió sacudida también por la terrible energía remanente de los humanos que participaron activamente en aquellos sacrificios ancestrales de siglos anteriores; aquellos humanos que contemplaban con euforia el espectáculo monstruoso en el que perecían sus propios congéneres e insistían en "salvarse" condenando a otros a la muerte... Los crímenes de su propia especie la atormentaban.

De pronto, Rin tuvo otro recuerdo, que esta vez vino de una dirección inusitada y oscura: el futuro; el tiempo de donde ella, su familia y tantos otros habían partido tan desesperadamente. En medio de su lucha agónica, recordó que en algún punto de la historia del mundo, el destino fue cruel también con todos los yokai, sin distinción. El desequilibrio fue inevitable y la destrucción no se hizo esperar… al final, los humanos también quedaron solos a merced de su propia codicia y su egoísmo sin fin. El panorama del futuro era tan terrible que valía la pena correr los riesgos, conspirar, planificar, viajar en el tiempo con todas sus implicaciones, sacrificarse por generaciones y buscar el equilibrio perdido… aunque ello implicara encarar a los "demonios", incluso revivirlos y lidiar con ellos.

Le pareció ver entonces a Yu, por un momento, entre la oscuridad y la luz de la conciencia, tocando su flauta, alterando casi imperceptiblemente el poder de la música y ayudándola de algún modo a preservar su psiquis, a mantenerse a flote precariamente en el mar carnívoro de la música orquestal... Rin recordó: Yu no había estado destinado a sobrevivir. Él y los demás individuos de esa especie estaban destinados a desaparecer, suponiendo eventualmente el fin de la presencia de los mononoke en la tierra y el dominio absoluto de la humanidad, con consecuencias devastadoras para todas las formas de vida... Para cambiar eso, también entraba en juego el Proyecto Phi. Por eso, ella y su padre habían intervenido para ayudar a Yu, y planeaban ayudar a muchos otros.

Perseguida y cazada por la muerte desde niña, en el torbellino siniestro, Rin comprendió: ella tampoco había estado destinada a sobrevivir, pero tenía que luchar para hacerlo, aunque en algún momento inevitablemente pereciera.

Con gran agotamiento y dolor, se concentró en el mononoke dorado, tenía que mantener su atención en ella. Rin se esforzó en enfatizar los aspectos de la danza que más les fascinarían a los daiyokai, el patetismo con la precisión, la gracia con los gestos agónicos, la delicadeza con la intensidad, la belleza y el sufrimiento… Rin era empática y receptiva a lo que otros podían esperar de ella. Lo usaría a su favor, de algún modo.

El espectáculo era más horrible e hipnótico. Rin parecía una cierva luchando para salvarse de una jauría de perros cazadores, desmembrándose en los barrancos, dando saltos imposibles para escapar. Logró imprimir una gracia atrayente a sus espasmos y sacudidas de dolor. Su piel empapada de sudor ostentaba una palidez espectral y brillaba con fragilidad tentadora.

El mononoke abrió los ojos con ira, de repente. Su látigo apareció entre sus manos y desplegó su voz acariciante por encima de la música.

—Tengo oído para la música, Rin. Sé que alguien está haciendo trampa a tu favor. Mi sobrino me engañó durante horas y será duramente castigado cuando lo encuentre—. El brillo siniestro en sus ojos ardía más que nunca—. Falta poco para el amanecer, casi lo lograste, qué pena, pero bailarás hasta morir. ¡Baila! ¡Baila!—. Rugió. Furia y éxtasis vibraban en su rostro mientras veía a Rin seguir su danza en una lucha angustiosa por esquivar los latigazos de luz.

Pero todos, todos los que habían sido subestimados por Kazuki esa noche, estaban dando su contribución para ayudar, y continuarían en ello.

Muy aparte del encanto perverso y poderoso que ejercía la música sacrificial junto con la danza de RIn... una magia burlona, ágil, escurridiza y bien desarrollada, creada para confundir, distraía desde hacía un rato a los nobles guerreros inu-yokai. Y al mismo tiempo, un arco era tensado con lenta precisión para apuntar una flecha sagrada que, de inmediato, cortó el aire en la negrura de la cueva... y dio en el blanco.

El mononoke dorado emitió un quejido seco y estrangulado. La flecha fue enviada con conocimiento e intención a penetrar un resquicio en su armadura que no cubría bien el espacio entre su cuello y su oreja faltante, justo donde su carne le había sido arrancanda en el Sengoku. La energía purificadora clavada precisamente en esa vieja herida, por medio de la flecha, era lo que le producía dolor, no la flecha en sí.

—Pe… Pedazo de… Pedazo de puta —articuló sin voz el mononoke mirando hacia Kagome, quien había trabajado por varios años en mejorar sus habilidades y estaba atrincherada tras unas rocas, junto con Inuyasha (aún bajo su forma humana), y usando lo mejor que podía una barrera espiritual de protección.

Se armó el caos.

Los nobles inu-yokai se lanzaron confundidos y feroces contra la sacerdotisa… Pero aun aparentando unos catorce o quince años de edad, Shippo también había madurado y trabajado mucho sobre sus habilidades en los últimos años:

Fue él quien recuperó el arco y las flechas de Kagome en el bosque después de que la secuestraron los inu-yokai. Los kitsune eran con frecuencia hostilizados y usados como sirvientes por los yokai lobo y losinu-daiyokai, de modo que Shippo, quien pasaba casualmente por ese bosque en el momento de los hechos, usó su magia para hacerse pasar por una atractiva pelirroja y mezclarse entre el grupo de sirvientes (aunque su enorme cola era siempre un pequeño detalle que costaba disimular). Así escondió el arco y las flechas tras las rocas, horas antes, cerca de Kagome para que ella pudiera usarlos en el debido momento. Eran sus poderes de kitsune los que aturdían y distraían a los furiosos demonios-perro, creando excelentes ilusiones olfativas y auditivas.

Por supuesto, los nobles inu-yokai eran mucho más fuertes. Shippo ya tenía varias heridas, pero era muy rápido y ágil, se movía como una mezcla maravillosa de agua y aire. Además, estaba acostumbrado a la magia purificadora de Kagome —quien también presentaba ya varias heridas—, y la usaba simultáneamente como escudo, refugiándose dentro de la barrera por unos segundos y saliendo rápidamente a contraatacar. Unos cuantos sirvientes kitsune se unieron a él de inmediato en la lucha, otros aprovecharon el caos para huir.

También atrincherado precariamente dentro de la barrera protectora, Inuyasha, aferrado a la espada de su padre con expresión iracunda en el rostro, esperaba muy impaciente las primeras luces del alba para unirse al juego.

De pronto, un fuerte latigazo se escuchó sobre el tumulto con fuerza atronadora. La flauta shakuhachi estalló haciéndose añicos en el aire... A Rin se le cortó la respiración. Un poco más allá del boquete que había quedado humeante en el suelo de piedra, cerca de Rin, Yu estaba tirado, inconsciente.

Kazuki lo había detectado y había blandido su látigo contra él. Sin embargo, a juzgar por la mueca de dolor y frustración en el rostro del mononoke dorado, no había logrado su objetivo. Pese a estar inconsciente, Yu no exhibía ninguna herida. El dolor había hecho que en el último momento la puntería del daiyokai no fuera precisa.

Pero ahora, sin la magia de Yu, Rin estaba totalmente a merced del acto sacrificial. La música no había parado ni por un segundo. Ya no podía dejar de bailar para salvar su vida, aunque quisiera. En un par de segundos comenzó a sangrar por la nariz.

Sintió la voz venenosa de Kazuki alcanzarla con profunda cólera en el horrible trance:

—Tú arruinaste a mi sobrino, a mi propia sangre. Tú... inmundísima plaga. Tú y las malditas locuras de tu padre.

Rin estaba sufriendo demasiado ya para razonar lo que le decían. Sabía con todas las fibras de su ser que el mononoke estaba muy equivocado, pero ya no podía más. Se vio envuelta en una luz muy densa, precedida por el sonido de una explosión...

Tardó un poco en percibir que aquella explosión era lo único, hasta ahora, que finalmente había silenciado a los músicos.

Sesshomaru mantuvo la calma cuando supo, después de varias semanas de lucha encarnizada en tierras lejanas, que ciertos objetos valiosos habían sido robados de su castillo y del de su madre. También mantuvo la calma cuando supo que aquellos objetos —algunas armas, mapas, algunas botellas del extraño licor preparado por Rin para él, el makura no soshi de Rin y la Piedra Meido de su madre— estaban en poder de Kazuki.

Desde que se enfrentaron en el Sengoku y el individuo en cuestión perdió algo más que sus extremidades, éste no había hecho más que provocarlo sistemáticamente, conspirando contra él. Sesshomaru y los gemelos habían sido rivales desde la infancia. Sesshomaru tenía encanto personal, pero Kazuki sabía aprovechar mejor el suyo propio, porque era más espontáneo y más hábil para comunicarse, eso lo hacía persuasivo, torcía fácilmente la voluntad de los soldados y de los nobles en roles estratégicos. Era un enemigo presistente. Kazuki realmente parecía querer que Sesshomaru lo matara. Pero el mononoke blanco se rehusaba a hacerlo… porque pensaba sinceramente que Kazuki merecía permanecer como estaba, sin que nada interrumpiera su progresiva decadencia. Se negaba estoicamente a hacer lo que sus enemigos querían que él hiciera, prefería enfrentar las consecuencias.

De momento no le preocupaba demasiado lo que los conspiradores del Clan de la Luna Menguante hicieran.

Uno de sus verdaderos dolores de cabeza eran las escapadas de su hijo y ese comportamiento errático que presentaba… Todo se volvió más interesante cuando supo, hace varios meses y de buena fuente, que Rin y los demás humanos de su grupo habían "reaparecido" en el período Edo y mientras desarrollaba algunos planes para aproximarse a la humana, supo que Yu se estaba escapando para estar cerca de ella.

Sesshomaru había vivido mucho y pocas cosas lo desconcertaban en la vida: excepto su hijo... y Rin. Sólo ellos dos —y a veces también su impresentable medio-hermano— se salían de las normas de todo lo que él entendía y actuaban, a su pesar, al margen de su control.

Con Inuyasha se había dado por vencido desde hacía tiempo, porque el mestizo gustaba de ir por su lado y hacer lo que le venía en gana; además, sus modales eran incorregibles. Le irritaba admitirlo, pero en algún momento, después de décadas, hasta consideró hacer que Inuyasha mejorara su educación, intentar hacerlo un poco más culto y presentable… qué inconcebible.

Con Rin y sobretodo con su hijo, no estaba seguro de poder darse por vencido jamás.

Sus ojos de oro vibraron.

Yu era apacible, pero no prestaba atención a sus clases ni a sus tutores; a veces, ni a él mismo. Reaccionaba de forma impredecible cuando se dirigían a él. Pero de pronto, descubrían su habilidad extraordinaria para la música o su capacidad sorprendente de asociar imágenes aleatorias para obtener información y actuar de conformidad: el niño había asociado su recuerdo pre-natal del olor de Rin con el poema que ella había escrito para él en aquel papel, antes de que él naciera... y después la encontró por sí solo en Edo. La mente de su hijo funcionaba de una manera diferente.

Todavía, secretamente, muy de vez en cuando, se preguntaba por qué el destino le había hecho eso. Tener un hijo al que pudiera enseñar técnicas de combate, geo-política y manejo de armas habría sido mucho más sencillo y natural para alguien como él, pero no.

Cuando siguiendo el rastro de su hijo, detectó también el de Rin, el de su medio-hermano en forma humana y el de sus enemigos, entornó sus ojos filosos y se preguntó qué clase de broma de mal gusto era esa.

Tenseiga en su cinto emitió pulsaciones.

Mientras volaba rápidamente, sintió intrigado la ebullición de energía maligna convulsionando el mar, el aire y el cielo nocturno. Percibió cada vez más cerca el poder absorbente de una música portentosa y antigua. Tuvo rápidos recuerdos de su infancia... las jóvenes humanas bailando hasta morir. Aquella fascinación. Tuvo recuerdos de sus ascendientes y de las danzas sacrificiales. Magia roja y negra. Magia carnívora. Una diversión de antaño para los más selectos miembros de la alta sociedad yokai en el mundo... Recordó: Su padre y su abuela fueron grandes detractores de esos ritos.

Se acercó sigiloso a la cueva en el acantilado y divisó entonces el caos: la miko y los kitsune batallando y resistiendo con dificultad, Inuyasha herido y esperando por su transformación…

Lo que vio más allá, le obligó abrir los ojos de su frío rostro en una breve pero inconfundible expresión de shock. Su determinación de no matar a Kazuki fue sometida a la más dura prueba en los últimos 100 años.

Se lanzó a gran velocidad contra la cueva, envuelto en una gran esfera de luz.

Rin no sabía cuanto tiempo había pasado cuando abrió los ojos. Estaba empapada en sudor frío, estaba sintiendo múltiples calambres y dificultad para respirar. Pero aquel ser hermoso y vibrante, Sesshomaru, estaba inclinado sobre ella, como cuando ella revivió en el bosque y en el inframundo, pero esta vez… además de observarla, estaba palpándola. Sintió sus entrañas despertar y arder de la sorpresa.

Con elegancia, pero sin pudor alguno; Sesshomaru examinó a Rin furiosamente, como queriendo asegurarse de que a la joven no le faltaba ningún hueso, ningún órgano... La miró y la olfateó, la llamó por su nombre con su voz grave, asegurándose de que el corazón y el cerebro de la chica funcionaban todavía. Rin realmente encajaba, en muchos aspectos, con el perfil de las víctimas que se seleccionaban para esos ritos.

Rin juraba que la mirada del daiyokai sobre ella era tan intensa que le daba a la vez pánico y oleadas de algo más... Pero, conforme se dio por satisfecho y se irguió lentamente para darse vuelta, encarando a Kazuki, que estaba un palmo de distancia, a Rin de pareció que el bello rostro había adquirido gradualmente una frialdad pétrea y filosa.

La música ya no se escuchaba. Los músicos, al parecer habían huido con la llegada violenta de Sesshomaru.

Rin notó a su alrededor en el suelo una gran estructura pulcra y peluda: el mokomoko de Sesshomaru-sama, recordó; y entre los pliegues de esa estructura distinguió a Yu acurrucado, un poco más pálido de lo normal, con los ojos cerrados.

Todavía sangrando un poco por la nariz y respirando con dificultad, Rin trató de moverse un poco por el suelo para acercarse al niño, deseando fervientemente que estuviera bien. Rin sintió que le dolía todo el cuerpo y sus extremidades temblaban.

Por un instante, la mirada de Kazuki reveló alivio y resignación al reconocer a Sesshomaru. Pero de inmediato, asumió su aire suave, sarcástico y sonriente y habló con su voz tersa:

—Tu humana bailó muy bien. Tu hijo, no tanto. ¿Por fin lamentas no haberme matado hasta ahora?

Nadie podría haber adivinado que Sesshomaru invirtió mucha fuerza sobrenatural en contenerse y responder, con un sensual movimiento de sus párpados listados:

—No. Me agrada verte así, justo como estás — murmuró con garbo y ponzoña, haciendo referencia al cuerpo mutilado de Kazuki, a la pérdida de muchos de sus bienes y de su poderío después de su derrota en el Sengoku y burlándose en silencio de la flecha sagrada patéticamente incrustada en la vieja herida del daiyokai dorado.

En un segundo, Kazuki asumió la ofensiva lanzándose sin piedad en rápidos ataques contra Rin y contra Yu. Pero Sesshomaru estaba ahora de por medio para frenarlo y bloquearlo con fuerza contenida.

Más allá, todavía se escuchaban detonaciones, alboroto, gritos y ruido de pelea; pero ya desde hace unos segundos, Inuyasha combatía furibundo junto a los kitsune, blandiendo a Tessaiga, agitando su melena plateada y rebelde. En buena hora porque Kagome y Shippo necesitaban retroceder un poco y tratar de recomponerse.

Ofuscado y resentido, Kazuki se preparó entonces para lanzarse en retirada, no sin antes dirigirle unas palabras venenosas a Sesshomaru.

—Tu ego te pesa tanto que no te dignas si quiera a reconocer a tus enemigos, por eso seguirán burlándose de ti.

—Al contrario, Kazuki. Eventualmente se desgastarán —. Respondió Sesshomaru, más frío y pétreo que nunca.

Kazuki rió.

—Gracias a la reliquia que mi clan acaba de recuperar, reviviré a mi hermano, encontraré sus huesos y ambos volveremos para destruirte.

Kazuki se refería a la Piedra Meido.

Pese a su gran malestar, Rin no perdía detalle del diálogo, acurrucada en el suelo, detrás de Sesshomaru.

—No lo harás —respondió Sesshomaru impasible —Ya no hay huesos que recuperar, te lo aseguro.

El rostro de Kazuki fue llenándose de vacío ante la mirada espectral de Sesshomaru y ante lo que acababan de insinuarle.

Rin observaba a ambos alternativamente desde el suelo y no pudo evitar sentir un escalofrío al pensar en el canibalismo y en el giro que a veces tomaban los conflictos bélicos… Los guerreros antiguos que se comían a sus enemigos.

Por los momentos, Sesshomaru no deseaba preocuparse con las acciones de Kazuki por varias razones:

Una de ellas era que él había devorado los huesos del gemelo, Taiki, desde hacía mucho tiempo. Lo hizo tan rápido que quedaron dudas entre los miembros del clan enemigo de que el cuerpo aún estuviera por ahí. Además, revivir a un mononoke no era tan simple como sólo tener la Piedra Meido.

Sí, Kazuki también se atrevió a robar el makura no soshi de Rin. El daiyokai dorado era muy inteligente e instruido, pero carecía de información fundamental para entender lo que allí se planteaba y usarlo de forma dañina. Desde la noche en que Rin partió del Senguku, Sesshomaru consolidó una alianza insólita que seguía ayudándolo a poner en contexto los planteamientos y las ideas de Rin. Un acuerdo secreto con aliados muy inusitados. Kazuki no tenía eso, por el momento.

Con respecto a los demás objetos, sabía que tarde o temprano los recuperaría. No se dejaría manipular con ellos.

Antes de irse, Kazuki se dirigió a Rin con la mirada vacía y le dijo con su sonrisa afilada:

—Conversaremos más a fondo un día, Rin. Te lo prometo. Cuida mucho a tu padre.

Sesshomaru sí se ocupó, no obstante, de matar a dos de los secuaces de Kazuki, antes de que pudieran escapar, sin alejarse demasiado de Rin.

Nubes de tierra y escombros ambientaban la cueva.

Inuyasha no aceptó de buena gana que Sesshomaru dejara vivir a Kazuki.

Cuando Rin intentó sentarse, le dieron fuertes náuseas y tuvo que acostarse en el suelo de nuevo. Kagome y Shippo se aproximaron a ella, cubiertos de tierra, luciendo sus golpes y heridas de batalla. Rin no podía evitar sentir poco a poco el alivio de estar viva y de que sus amigos lo estuvieran también. Cerró los ojos débilmente, sumergiéndose un momento en la sensación del milagro.

Inuyasha estaba indignado. Rin estuvo más segura de que él estaba bien porque ya lo escuchaba vociferar por la huida de Kazuki. Le reclamaba a Sesshomaru algo de que "por qué carajo " no se iban "de una maldita vez" a perseguir al "grandísimo malparido ese".

Rin sintió también dolor por todo lo que ocurrió allí esa noche… Y entonces, su cerebro se reactivó y pensó que las cosas tal vez no se quedarían así.

—Sesshomaru-sama —dijo Rin con voz frágil pero segura, buscándolo con la mirada.

El daiyokai se aproximó más a ella y la observó desde arriba.

Rin no pudo contenerse de mirar con preocupación hacia Yu, acurrucado como un pequeño bulto en el mokomoko de su padre.

—Mi hijo está bien —aseguró el mononoke —. Es más fuerte de lo que crees —dijo Sesshomaru con una voz un poco dura, con un leve tinte de orgullo, pero no estaba enfadado.

Ambos se miraron hondamente por unos segundos.

Rin se esforzó para hablar, mientras Kagome trataba de limpiarle la sangre de la cara con un trozo de tela mojada.

—Creo... que hay algo que debe saber. Escuché a... Kazuki-sama y a algunos de sus secuaces hablando en neerlandés.

...

Siglo XXI. Región tropical. América latina.

Rin no tenía problemas para dormir bien, pero estaba despertando muy lentamente de un sueño particularmente profundo.

Detectó una maravillosa melodía. El tañido desenvuelto de un instrumento de cuerdas. Sonaba parecido a un laúd. La melodía poseía una fluidez inmaterial y renovadora. Intuyó que Yu estaba en algún lugar, no muy lejos, interpretando algo como la Ciaccona de Alessandro Piccinini… Después de siglos de vida, el arte no tenía fronteras culturales para Yu. Todos los instrumentos y estilos que alguna vez captaron su interés se abrieron a él como libros, otorgándole sus secretos… "para bendición de los mortales que tenían la suerte de poder disfrutarlo", pensó Rin, sonriendo con los ojos cerrados.

En poco tiempo notó que estaba sin ropa, de costado, bajo unas sábanas. Su piel estaba un poco húmeda y pegajosa. Un leve ardor en la entrepierna y un ligero dolor de vientre le recordaron sus actividades recientes.

Una mano poderosa reposaba en la curva de su cadera. Recibía el calor de otro cuerpo más grande, recostado justo detrás de ella. A estas alturas, Rin no estaba segura de si su eminente acompañante de hecho necesitaba dormir, o si sólo se permitía un estado de reposo semi-alerta de vez en cuando, con los ojos cerrados.

A la sombra fresca del follaje, en la copa de aquel árbol prodigioso y gigantesco, Rin respiró despacio la calidez que le rodeaba.

Una libélula apareció de pronto y se posó con sus alas iridiscentes en su mano… Como en otras oportunidades anteriores, su padre le hacía llegar un mensaje: Él estaba bien y le insistía en tener cuidado.

Rin pensó en el tiempo y en el poder.

Así como los yokai habían sido, y eran aún, una gran manifestación del poder sobre la tierra, el poder de los humanos también se había transformado e incrementado en la historia, con los siglos, para bien y para mal.

El conocimiento, la ciencia, la tecnología… condujeron progresivamente a un mayor aprovechamiento del sistema nervioso.

Paralelamente al desarrollo de las técnicas para viajar en el tiempo, los humanos desarrollaron otras capacidades. Evolucionaron las técnicas de aprendizaje, de manejo y almacenamiento de información, entre otras cosas.

Un humano del siglo XXI podría pensar erróneamente que la especialidad de su padre era la tecnología espacio-temporal, pero eso ya era un logro generacional de ciertos núcleos civilizados en el futuro, algo más consolidado como patrimonio de la humanidad.

Su padre trabajaba en algo todavía más revolucionario, complicado y controversial, incuso para su tiempo en el futuro, en el siglo veintisiete.

Pensando en Yu y viendo partir a la libélula en el vibrante horizonte, Rin razonó sobre la verdadera especialidad de su padre, su curioso campo de estudio: ciertas habilidades del sistema nervioso central y su relación con la genética… en un contexto ecológico. Sí, en el siglo XXI lo inter-disciplinario ya era tendencia en la investigación de alto nivel, y se agilizó mucho más con el tiempo.

La mano sobre su cadera la apretó ligeramente.

Rin recordó que estaba todavía dentro del ciclo de protección de la bebida anti-conceptiva. Todavía no hacían veintisiete días desde que la tomó en la cascada del aullido... Y sintió alivio.

Se puso las manos en el vientre con una mirada profunda.

Acto seguido, sus manos buscaron instintivamente el makura no soshi, pasó las páginas como guiada por su inconsciente... Y encontró el recuerdo de unas palabras que Sesshomaru había dirigido a ella en el Sengoku, cuando deseaba convencerla de unirse a él. Fue un día en que ella había estado peculiarmente callada.

El mononoke miró profundamente a una Rin de casi dieciséis años, bajo el goshimboku y le dijo con su voz oscura y monocorde:

—Yo, Sesshomaru, no me rehúso a tener descendencia contigo, aunque sean hanyou. Los reconoceré como míos... y tendrán tantos privilegios como mi hijo de sangre pura —Rin elevó los ojos sorprendida, pero no lo miró— Si vienes conmigo como mi mujer, podrás tener todos los hijos que desees de mí. Piénsalo.

Aquella Rin adolescente tenía la respiración acelerada... Sabía perfectamente todo lo que significaban esas palabras para alguien como Sesshomaru, en una época como el Sengoku y en la sociedad daiyokai... Pero no le respondió, en ese momento no sabía cómo poner en palabras lo que pensaba al respecto. Además, acabó rechazando la propuesta, por varias razones, poco tiempo después.

En el presente, Rin pasó las páginas de nuevo, silenciosamente.

En algún momento del período Edo, Sesshomaru volvió a hacerle con suma elegancia el planteamiento respecto a los hijos... Era una carta de negociación que habría resultado maravillosamente bien con casi cualquier mujer, porque era un ofrecimiento excepcionalmente generoso... Pero esa vez, Rin se levantó de su asiento con un movimiento rígido, poco común en ella.

Sesshomaru se tensó ante la reacción de la joven y levantó el mentón altivamente:

—Habla —dijo con un matiz duro en su voz oscura.

Se puso a la defensiva, además, porque en los ojos de Rin detectó algo duro que no había visto jamás... y él tenía buena memoria.

Estaban uno frente al otro.

Rin tenía los puños apretados a ambos lados del cuerpo y estaba muy erguida. Levantó la mirada para verlo. Sabía que de algún modo lo estaba ofendiendo, pero tenía que decir lo que pensaba, decir la verdad.

—¿Quién... —Sesshomaru la observó con aire soberbio mientras ella movía sus lindos ojos buscando las palabras adecuadas para continuar, con su voz tierna—... quién dice que todas las mujeres tenemos la prioridad de reproducirnos? ¿Qué tal si ese impulso no nos define a todas?...

En casi todas las sociedades patriarcales —que eran mayoría desde hacía siglos— la mayoría de los arquetipos de la identidad y la altura moral femeninas giraban entorno a la maternidad, especialmente a la reproducción... Ser "la madre" daba sentido a la vida de la mayoría de las mujeres. Y eso incidía, a su vez, en la imagen que el hombre tenía de la mujer.

Sesshomaru vio en Rin algo denso y misterioso, ajeno a alguien tan joven como ella.

—No estoy menospreciando a quienes sí desean reproducirse. Yo valoro muchísimo el milagro de la vida, pero... ¿Qué tal si... algunas de nosotras estamos movidas... por una inconformidad, por una incógnita o por una necesidad de... reparar algo que se dañó?

Esa niña quería volverlo loco. A Sesshomaru le costó entenderlo —y necesitaría ayuda especial para entenderlo—, pero Rin hablaba de sus conflictos existenciales intemporales y del Proyecto Phi.

En el presente, Rin releyó el desarrollo de sus ideas sobre la reproducción humana, la sobre-población, las políticas no auto-sustentables, la extinción de los yokai, la extinción de la mayor parte de la flora y de la fauna por destrucción de su hábitat entre los siglos XXI y XXIII y todo lo que vino después, a raíz de eso.

Entonces el brazo del mononoke comenzó a aprisionarla contra su cuerpo desnudo y recibió su voz grave en su oído:

—Te me has escapado y has ido muy lejos para lidiar con tus inquietudes.

Rin sintió las manos poderosas recorrer su cuerpo con frenesí, como cuando sobrevivió la danza sacrificial en el período Edo.

Él quería asegurarse de que ella estaba ahí... completa, y no era una sombra.

Se irguió sobre sus rodillas sin reserva o modestia, mostrando su desnudez a Rin. Era magnífico. Duro y simétrico. Proporcionado. Lucía más adulto que hace unos siglos, más intrigante.

Ya no tenían el obstáculo de la inexperiencia en la interacción sexual.

Se movieron salvajemente.

Sesshomaru se desahogó con algunas erupciones de un verbo encendido, volcánico. Comentarios incitadores con un toque violento, oscurecidos por la intensidad sexual.

Rin reaccionaba vertiginosamente a su intensidad.

Él le hacía preguntas ardientes al oído mientras la embestía con toda su longitud, y estrujaba con sus manos esos pechos insolentes que lo obsesionaban.

Rin lo excitaba mucho. La medida en que lo desconcertaba era proporcional a la magnitud en la que lo prendía.

Le encantaba hacerla desbocarse y desinhibirse.

La hizo saltar ruidosamente sobre su furiosa erección sólo para observarla y llenarse los ojos de ella.

Cuando luchaba por expandir su poder y recuperar a Tessaiga en el Sengoku, no se imaginaba que Rin y su hijo serían aquello por lo que más lucharía en su larga vida. Ellos habían sido, y eran, su mayor reto.

Queridas (os) lectores:

Me costó muuucho resolver el problema de mi laptop, pero aquí estoy de vuelta u.u

Para que me perdonen, les cuento que este es el capítulo más largo que he escrito en este fic xD Espero que no decepcione.

Curiosidades (no sé ni por dónde empezar):

1) Los trolls son seres elementales sobre-naturales en el folclore noruego; eran misteriosos y se creía que podían ser muuuy peligrosos para la gente, de muchas maneras. A Henrik Ibsen le interesaba mucho la lucha del espíritu humano contra los demonios internos y externos. Les recomiendo su obra Peer Gynt con música de Grieg.

2) En el ritual de consagración de la primavera, Rin sintió la maldad yokai y la maldad humana de la antigüedad.

3) Amo a Shippo, qué más puedo decir xD

4) Se que varios fans desprecian el carácter y las habilidades de Kagome. Lo respeto totalmente, pero no estoy de acuerdo. Aprecio mucho a Kagome, tanto como a Kikyo.

5) En el cap. 9 de Kanketsu-hen, se hace referencia a la Piedra Meido. Irasue la usa para revivir a Rin.

6) En el diálogo entre Kazuki y Sesshomaru hay un homenaje tanto al libro de Thomas Harris como a la película de 2001, Hannibal. Me gustó aún más El silencio de los inocentes; pero les confieso que el Dr. Lecter, el caníbal más famoso de la ficción, es el único psicópata que de hecho me agrada, me parece fascinante, insisto: en la ficción.

7) Lo de la tendencia inter-disciplinaria en la investigación científica de alto nivel en este siglo es un hecho real.

Aquí hay un poco más de información sobre Rin, su padre y el futuro.

Agradezco mucho siempre a quienes me leen. También a quienes se toman el tiempo de comentar. Muchas muchas muchas gracias por su paciencia y su interés.

Maril, Millyh, MinaRose, Yumme, Nayari: me han alegrado mucho.

Este capítulo lo dedico cariñosamente a Nadia y a Ana Fernanda. Un abrazo para ustedes.

Hasta muy pronto :)