Capítulo 29

Las curaciones de la enfermera fueron realizadas durante el fin de semana por el propio Charles. Tal como se imaginaba que ocurriría, en cuando Camille se sintió bien, exigió levantarse. Dado que no había razón alguna para impedírselo, Duval no tuvo problemas en autorizarla. Con un firme cabestrillo, Lefevre comenzó a dar breves paseos por su habitación. El viernes se había aventurado al comedor y el domingo, acompañada de Charles y Colette, dio su primer paseo por Central Park. Hacía algo de frío, así que la caminata fue breve, pero llena de risas. Por la tarde, los tres decidieron ir al cine para luego cenar en el departamento de Charles, ubicado muy cerca del parque.

- Su departamento es hermoso, doctor Duval.

- Gracias. Pero, Colette, por favor…

- Llámalo Charles, Colette – dijo con una sonrisa Camille – Ni tú misma te crees esas formalidades.

- ¿Por qué dices eso? – pregunto la mujer simulándose ofendida – Sabes que soy muy tímida…

Los tres rieron de buena gana. Si había algo en el mundo que Colette no era, eso era ser tímida. Habían compartido un día alegre y el ánimo de todos era excelente. Duval pensó que ese era el mejor momento para comentarles lo que había averiguado.

- Entiendo que aún no encuentran un departamento adecuado en Nueva York…

- No –se quejó Camille- Hay muchos, pero la mayoría están muy lejos del centro. Por ahora quiero estar en la ciudad misma. No puedo moverme bien todavía y tengo varias reuniones importantes. ¿Cuándo cree que podré volver a Francia?

- En estricto rigor podría hacerlo ahora mismo si quiere, Camille, pero no le recomendaría viajar. Recuerde que aún no hemos definido qué problema había desde antes en el hombro. Aproveche de descansar. Esta ciudad tiene mil cosas que ofrecerle y, además, no tiene en cada esquina los fantasmas de la guerra.

- ¿Se siente a gusto en Nueva York, Charles? – preguntó Colette.

- En realidad sí. Reconozco que me vine a este lugar huyendo de… bueno… de algunas cosas… - los tres sabían que esas "algunas cosas" eran el papelón que había hecho gracias a su familia y la total falta de interés de Camille en sus avances amorosos – Pero ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida. Mi carrera ha avanzado mucho, tengo una clientela de lujo y puedo viajar para visitar a mi familia y mis amigos cuando quiera. Me siento muy cómodo aquí.

- Es una ciudad fascinante, eso es verdad – admitió Camille.

- ¿Le gusta este sector?

- ¿A quién podría no gustarle vivir cerca de Central Park? – rió Lefevre.

- Como sé que están buscando un departamento, me tomé la libertad de hablar con mi corredor de propiedades… - comenzó tentativamente Duval.

- ¿En serio? – preguntó Colette, observando a Camille – No me diga que hay un departamento libre en este edificio…

- No, Colette – sonrió Duval – ¿Por qué lo dice?

- No sé… ideas mías…

- Hay un departamento en el edificio de la esquina.

- ¿Ese frente al cual pasamos hace un rato?

- Ese mismo.

- ¡Camille! – dijo alegre Colette - ¡Es justo el que gustó!

- Desde luego, no conozco esos departamentos, pero el corredor de propiedades dice que son espectaculares, sobre todo el que está libre. Es un penthouse ubicado en el piso quince, con vista al parque.

- ¿Con vista al parque? – preguntó Colette emocionada.

- Sé que estarán por poco tiempo en la ciudad, pero imagino que querrán hacerlo con estilo – comentó el médico, con una sonrisa que Colette interpreto como una petición de aprobación.

Camille bajó la vista y guardó silencio.

- Mi corredor dijo que…

- ¿Por qué le pidió que buscara un departamento para nosotras? – lo interrumpió Camille.

Colette supo de inmediato que la noticia no le había hecho ninguna gracia a su jefa. Para su propia sorpresa, Charles de sobresaltó como un niño sorprendido en una travesura.

- Bueno, porque… porque… yo pensé…

- Colette se está encargando de esto.

- Sí, pero ha sido muy difícil – dijo la mujer para tratar de salvar la situación. No podía evitar sentir un cierto grado de lástima por el doctor. Era evidente que lo había hecho por la misma razón que hacía todo lo demás: para congraciarse con ella, para llamar su atención. ¿Qué afán tenía Camille de mostrarse tan fría e indiferente?

- Mademoiselle Bellamy me comentó los problemas que había tenido para encontrar un buen departamento y yo pensé…

- ¿Tú hiciste eso? – preguntó Lefevre con voz fría a su asistente.

- Desde luego que sí. Yo misma le pedí que me diera una mano – mintió Colette - ¿Quién mejor que él para ayudarnos? Conoce la ciudad y conoce tus gustos.

- Mademoiselle Lefevre, no fue mi intención entrometerme, por favor, olvide lo que le dije, no quisiera que me mal interpretara – dijo casi en tono de súplica Duval. Colette pensó que el doctor era un tonto sin remedio. El amor estaba realmente muy sobrevalorado.

Camille lo miró seria. Por unos instantes, un incómodo silencio llenó el lugar. Finalmente Duval bajó la vista, derrotado. Colette se movió incómoda en su silla. Nada odiaba tanto como esos desplantes de frialdad que sólo ocultaban el temor que Camille sentía a ser ella misma y perder por unos instantes el control.

- ¿Dice usted que el penthouse tiene vista a Central Park?

- ¡Sí! – respondió el doctor con la mirada ilusionada.

- Y supongo que también tendrá un ascensor…

- Sí… supongo…

- ¡No puedes pretender que el mundo elimine los ascensores porque a ti se te ocurrió saltar de uno de ellos, Camille! – intervino Colette para tratar de distender la situación.

- Desde luego que no – sonrió Camille – Gracias, Charles. ¿Cree que podamos contactar a su corredor de propiedades para…?

- ¡Claro que sí! Deme un momento, le traeré su tarjeta – dijo Duval, corriendo a su escritorio como niño con juguete nuevo.

Colette se lo quedó mirando con una amplia sonrisa en los labios hasta que el hombre se perdió por el pasillo. Cuando se giró para hacerle un comentario gracioso a Camille, ésta la observaba con mirada fría.

- No necesitas mentirme, Colette.

- ¡Ah, vamos! Sólo trataba de… - intentó defenderse la mujer en su habitual tono desenfadado.

- Hablo en serio, madame Bellamy. No trates de pasarte de lista conmigo. No quiero perder la confianza que he depositado en ti – Colette bajó la vista –. Por favor, limítate a mis asuntos comerciales; mis asuntos personales prefiero arreglarlos yo sola, ¿te parece?

- Pero tú nunca…

- ¿Te parece? – repitió en seco y duro Camille.

- Como usted diga, mademoiselle Lefevre.

- ¡Aquí está la tarjeta! Si quieren podemos…

Sólo una mirada le bastó a Charles para darse cuenta de que algo no estaba bien entre ambas mujeres.

- Muchas gracias, Charles – dijo Camille, regalándole una sonrisa amable – Colette se encargará de todo. ¿Cierto, querida? – preguntó Lefevre con una clara segunda intención.

- Desde luego, mademoiselle. Desde luego.

- p - p - p- p -p -

El regreso de Terry a Los Ángeles había tomado más del tiempo esperado. Mark, su agente, estaba desconcertado. Grantchester odiaba Nueva York, ¿por qué le daba largas al asunto?

- ¿Qué pasa, Terry? Sabes que la próxima semana debes comenzar a grabar tus nuevas películas y que debemos finiquitar de una vez por todas la renovación de tu contrato con los estudios.

- Lo sé…

- ¿Y entonces?

- He estado pensando sobre ese contrato…

- ¿Qué tiene el contrato? – preguntó Mark alarmado.

- ¿No te parece que es demasiado compromiso?

- ¿Demasiado compromiso? Pero… ¿de qué diablos estás hablando? Tú mismo fijaste las condiciones, ¿recuerdas?

- Sí, pero… no sé… tres películas por año… el público va a terminar aburriéndose de verme en la pantalla…

- ¿Y el millón y medio de dólares que conseguimos? ¿De verdad te aburriste ya de ver tantos ceros en tu cuenta bancaria?

- No se trata de eso.

- ¿Y de qué se trata entonces? – preguntó molesto el agente.

- ¿No crees que podríamos…?

- Lo que tú quieras, pero en Los Ángeles – lo interrumpió Mark en tono que no daba lugar a apelaciones.

La conversación se extendió por algunos minuto más, hasta que Terry, incapaz de encontrar un argumento convincente, aceptó regresar a Los Ángeles el miércoles por la noche.

Pero no quería hacerlo. Nueva York era una ciudad cargada de recuerdos, pero también llena de oportunidades. Aunque generalmente no podía pasar desapercibido, porque la prensa estaba siempre atenta a sus movimientos, esperando alguna foto interesante, esta vez, gracias a Chanel y sus amigos, su presencia había quedado en segundo plano. Por otra parte, el accidente con Camille lo había enfrentado a sus miedos más profundos y Miller, en cambio, le había dado las palabras de aliento en el momento adecuado. Todo era aún muy confuso y ni él mismo lograba ordenar sus ideas, pero a ratos sentía que necesitaba liberarse de pesadas cadenas.

En los días transcurridos desde el accidente se había mantenido lejos de Camille, pero no de su asistente. La mujer le resultaba simpática y hasta interesante. Tenía siempre algún comentario mordaz listo para finiquitar una idea, parecía saber bastante de cine y era dueña de un humor negro digno del mejor inglés. Gracias a ella se había enterado de los avances del estado de salud de Camille y, sin que Colette lo supiera, había logrado ir dejando atrás el miedo a que lo ocurrido con Susana se repitiera.

Pero mientras su alma se recuperaba del trauma del accidente y el abuso psicológico de la Marlowe, otro cambio ocurría en su interior: su corazón de artista volvía a latir con el embrujo del teatro. Desde luego en Los Ángeles había excelentes teatros, pero nada se podía comparar con Broadway salvo, tal vez, el West End de Londres. Animado por sus conversaciones con Miller, decidió ver otras obras, unas buenas, otras no tanto, pero en todas sintió que volvía a casa. Con algunas se emocionó; con otras sintió rabia. Unas lo hicieron soñar con noches de amor verdadero, mientras otras lo dejaron preguntándose qué sentido tenía el sufrimiento. Revivió, desde la butaca, el amor por el teatro, la pasión por las tablas, el éxtasis del aplauso espontáneo, de los sentimientos recorriendo al público y alimentando a los actores en escena. El teatro era su pasión. No el cine. No amasar una fortuna. Sí, el teatro, sólo el teatro era su verdadera pasión. Lo había vuelto a sentir, cuando la emoción corría ardiente por sus venas, haciendo que se le erizara la piel ante una buena escena.

Hacía años que no actuaba de verdad. Los sets habían reemplazado a los escenarios, las cámaras frías y los productores, al público. Era cierto que ya tenía varios premios a su haber, que en cada desfile por la alfombra roja el público se rendía a sus pies, que sus fans lo inundaban de cartas de amor y su cuenta bancaria seguía engrosándose, pero… no era lo mismo. Nada de eso podía compararse al momento sublime del estreno, a los nervios, la mística complicidad entre los actores, la emoción del aplauso, el corazón roto tras un fracaso.

¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin todo eso? El cine lo había encumbrado a la categoría de estrella internacional y el trabajo interminable le había ayudado a no pensar. Trabajar se había vuelto su adicción, una forma de escape para no ver qué había hecho con su vida. Ahora, en cambio, por primera vez en muchos años, se daba cuenta de que había logrado muchísimo en lo profesional, pero nada en lo personal.

Pero ya había asumido demasiados compromisos que no podía eludir. Sabía, además, que volver al mundo del teatro no sería sencillo, en especial porque había sido él quien le había dado la espalda. Los actores de profesión se consideraban artistas de verdad y miraban con malos ojos a las estrellas de la pantalla grande. A su vez, los actores de cine pensaban que los de teatro no eran más que unos perdedores envidiosos. Ninguna de las partes tenía la razón en esa enemistad absurda, porque todos eran hijos de una misma madre, la actuación. La única diferencia estaba en que cada uno había tomado caminos distintos al crecer.

Era martes por la mañana y aún tenía tiempo para ir por última vez al teatro esa misma noche. Lo había hecho en forma discreta, sin fanfarrias ni acudir a sus contactos para conseguir entradas en el palco de honor. Iba sólo consigo mismo y su corazón hambriento. No sabía qué hacer, aunque intuía que pronto tendría que tomar una decisión. Tal vez mucho más pronto de lo que él mismo pensaba.

- p - p - p- p -p -

A las diez de la noche en punto, Neil recibió una llamada en su habitación.

- ¿Llegó? – preguntó en cuanto oyó el saludo del recepcionista.

- Sí, señor. Lo espera en el salón azul.

- Imagino que todo se ha hecho con discreción.

- Desde luego, tal como usted lo indicó.

- Se lo agradezco.

- Buenas noches, señor Leagan.

Neil apuró el último trago de gin. Finalmente había llegado. ¿Cómo sería? En fin, no tenía caso darle vueltas al asunto. La decisión no estaba en sus manos y por más que se había resistido, nada pudo hacer para evitarlo. Confiaba en que ese hombre, como todos los demás, también tuviera un precio. Cuando se disponía a salir de la habitación, el teléfono volvió a sonar.

- ¿Qué su…?

- Buenas noches, querido yerno.

- Jack – dijo Neil sorprendido – Pensaba llamarte en cuanto…

- Quedamos en que lo harías antes de que llegara Allan y entiendo que ya te está esperando.

- Lo siento, Jack, de verdad me confundí con la hora. Hoy trabajé mucho y…

- Claro… Descuida, Neil, todos podemos equivocarnos. Tú, sobre todo. Por eso estoy aquí, para ayudarte, como siempre. No me gustaría que pensaras que te vigilo o que trato de manipularte.

- ¡No, desde luego que no!

- Excelente, muchacho. Sabes que me preocupa sobre todo el bienestar de mi hija y mis nietos. Llegan el miércoles y pensé que sería bueno que antes de eso ustedes dos tuvieran una charla amable.

- Claro, claro.

- Allan ha tenido unos días difíciles. No necesita que tú se los hagas aún más complicados, ¿entendido?

- Entendido, señor.

- Neil, ¿cuántas veces tengo que decirte que no me llames señor? ¡Me haces sentir viejo!

- Lo siento, señor… Quiero decir, Jack. Lo siento, Jack.

- Está bien. Allan te dará más instrucciones. Por favor, encárgate de que tenga un buen lugar para vivir y que no le falte nada.

- Así lo haré.

- Imagino que no se te estará pasando por la cabeza tratar de sobornarlo, ¿verdad yerno?

- ¡Desde luego que no, Jack! – se apuró a contestar Neil.

¡Condenado viejo! Siempre se las arreglaba para leerle los pensamientos. Lo detestaba. Lo detestaba con toda el alma, pero su odio por William y Candy era mucho mayor. Ya encontraría la forma de deshacerse de Jack y su gente cuando fuera el momento. Por ahora tenía una misión que cumplir.

- Bien, no lo hagas esperar.

- No, señor.

- Dale mis saludos a Becky y a los niños cuando lleguen. Y dile a mi hija que me llame. Me ha tenido muy abandonado.

- Así lo haré, Jack. ¿Cuándo tengo que…?

- Buenas noches, yerno.

El hombre cortó, sin darle tiempo a preguntar nada. Como siempre. Neil apretó los puños y golpeó con furia la mesita de arrimo. El famoso Allan estaría esperándolo. Sabía que no debía hacerlo esperar. Lo mejor era conocerlo de una vez por todas. Luchando por recuperar la compostura, bajó al salón azul, donde un guardia del hotel le abrió la puerta.

- ¿Allan?

El hombre que lo esperaba estaba de espaldas. Se dio vuelta en cuanto lo oyó entrar.

- Señor Leagan, gusto en conocerlo – le dijo extendiéndole una mano para saludarlo.

- Disculpe la demora, Jack me llamó justo cuando venía y tuve que…

- Lo sé. Acabo de hablar con él – contestó Allan con una sonrisa fría.

Neil comprendió que no podía esperar nada bueno de este nuevo predicamento. Pero no importaba. Era parte del altísimo precio que había pagado para llegar hasta donde estaba; no era ese el momento de echarse atrás.

- Jack confía en que todo se haga según lo acordado – dijo Allan sin rodeos.

- Por supuesto, ¿acaso lo ponen en duda?

- ¿Deberíamos? – preguntó Allan.

Aunque no era la primera vez que trataba con ellos, Neil aún no lograba acostumbrarse al escalofrío que sentía sabiendo que esa gente se regía sólo por una ley: la del honor entre sus miembros.

La mirada fría de Allan lo intimidó. Sus ojos verdes ocultaban historias de violencia que él no quería conocer; menos aún, protagonizar.

CONTINUARÁ...


Hola:

¡Justo a tiempo! Los circulos comienzan ahora a cerrarse lentamente.

Por alguna razón, motivo o circunstancias algunas de ustedes opinan que mi Neil era muy falso, pero vamos... hasta ahora Neil casi no había dicho nada. Tiempo al tiempo ;-)

Gracias por su comentario y que tenga un lindo fin de semana.

¡Saludos!

PCR