XXIX. ¿No ves que no te negaría nada?
«Cuando un amigo nos pide algo, la palabra "mañana" no existe.»
George Herbert.
Diciembre de 2024.
Un cosquilleo en el pecho hizo que Rafael detuviera sus pasos por un momento.
Frunciendo el ceño, se llevó una mano a ese sitio de forma distraída, al tiempo que un pensamiento de lo más extraño se instalaba en su mente.
¿Por qué de repente quería pasar por L'Étoile?
El local seguramente no abriría, siendo el día después de Navidad. Sin embargo, sus ansias por ir crecieron, con la vaga sensación de que era importante.
Sacudiendo la cabeza, siguió su camino. Seguramente eran sus propios deseos los que querían animarlo a que fuera al café. Lo que debía hacer era regresar al departamento, más porque Alphonse le había enviado un mensaje de texto, después de entrar en razón.
Sonrió con cierta melancolía. Tarde o temprano, su parabatai se daría cuenta de lo que había hecho y se lo echaría en cara. El cómo, no lo tenía muy claro, solo esperaba que no se enfadara demasiado. Para ser una persona tan serena, Alphonse resultaba tener un genio difícil de apaciguar una vez que se encendía.
Rafael casi quiso reír ante el pensamiento. «Sereno» no le parecía el calificativo adecuado para Alphonse. No ahora, que ya lo conocía más y tenía en su lista de pendientes el darles una paliza a ciertas personas. Aunque a decir verdad, jamás había creído que su amigo fuera así por voluntad propia. Algo en él llamó su atención desde el primer momento, pero al principio, por ingenuo, creyó que le recordaba a su hermano, tan dedicado y aficionado a los libros que a veces lo exasperaba, pero al mismo tiempo sabía que se podía contar con él cuando hiciera falta.
Ahora creía saber qué había notado en Alphonse cuando se conocieron, lo cual no ayudaba a menguar su ira.
Ligeramente frustrado, volvió a pensar en L'Étolie, al mismo tiempo que el cosquilleo en el pecho se repetía. No era la primera vez que lo sentía, solo que nunca tenía tiempo de pararse a pensar en qué significaba. Por lo general vivía sin detenerse, le gustaba moverse y conocer muchos sitios y a las personas en ellos, así que algo como aquella sensación sobre…
Frunciendo el ceño, se llevó una mano al cuello de la camiseta y se bajó un poco la prenda del lado izquierdo. No se veía nada raro allí, solamente su piel morena donde destacaba, de forma peculiar, la runa de parabatai…
¿Acaso le pasaba algo a Alphonse?
Echando a correr, Rafael sacó el celular y para su asombro, en ese instante entró una llamada, la cual respondió apretando su agarre sobre el aparato.
—¿Qué pasa, Al? —quiso saber.
—Ah, nada, solo… ¿Podrías pasar a L'Étoile?
—¿A…? ¿Es en serio?
—Por favor, Rafe. Compra muchos croissants para el desayuno y ayuda a Perenelle.
Eso detuvo a Rafael en una esquina, donde pensaba seguir su camino de frente para llegar lo antes posible al departamento.
—¿Ayudar a Nelly? —la pregunta le salió en apenas un susurro.
—Sí. Sé que suena raro, pero por favor, hazme caso. Nos vemos en el departamento.
Acto seguido, Alphonse cortó la llamada.
Rafael estuvo a punto de mandar al diablo a su amigo, pero lo pensó mejor. Con lo propenso que era Alphonse a no pedir nada, cuando lo hacía era cuando realmente lo creía necesario. Además, nunca le había costado escucharlo; es más, el oír sus consejos a veces lo sacaban de apuros de manera fenomenal.
Asintiendo con la cabeza, confió como siempre en Alphonse y cambió de rumbo.
—&—
Al contrario de lo que supuso, L'Étoile no estaba cerrado ese día.
Tras pensarlo, Rafael imaginó la razón para que su anterior creencia no fuera correcta. Los subterráneos y los cazadores de sombras tenían en común no atender demasiado las festividades mundanas, así que seguramente Soleil Glace creía conveniente que su local abriera no solo en días como aquel, sino todo el año. Quizá podría preguntarle a Nelly por eso…
Sacudió la cabeza de un lado a otro al tiempo que se acercaba a la puerta. El asunto con Nelly iba más allá de su incapacidad para pedirle una cita. Estaba seguro que Alphonse no sabía la razón, porque de ser así, jamás lo habría animado a que lo hiciera.
¿O sí? Había que admitirlo, Alphonse a veces veía las cosas de forma muy peculiar.
En cuanto cruzó el umbral, Rafael sintió que algo andaba mal.
El ambiente de L'Étoile solía ser agradable, sin importar el número de clientes que hubiera o de qué raza fueran. Solía cambiar un poco cuando Alphonse y él pasaban por allí en las últimas semanas, pero después de la intervención pública de la Gran Bruja de París, el resto de la clientela apenas se fijaba en ellos. Incluso unos cuantos se habían animado a sentarse a su lado cuando ocupaban la barra y eso ya decía mucho por sí mismo.
Sin embargo, esa mañana era diferente. Había un par de vampiras sentadas a una mesita en el fondo, bebiendo esos espumosos capuchinos rosados que, según le contó Nelly, llevaban una dosis de sangre bien medida que era todo un éxito. Las dos se habían colocado una junto a la otra y no dejaban de vigilar la barra, con ademán de pararse si hacía falta.
Haciendo una mueca, Rafael miró en la misma dirección.
Era imposible no distinguir el colorido cabello de Nelly, aunque en ese momento había un grupo sentado delante de ella con cuerpos lo bastante anchos como para taparla de la vista casi por completo. A leguas se notaba que, de no estar trabajando, Nelly ni siquiera les dirigiría una sonrisa, pero allí estaba, haciendo lo mejor que podía para servir a un montón de tipos que no dejaban de dedicarle frases inapropiadas. Demasiado inapropiadas.
—¡Buenos días, Nelly! —saludó en voz muy alta.
Por el rabillo del ojo, Rafael alcanzó a distinguir inesperados gestos de alivio de las dos vampiras, en tanto los de las barra, cuatro en total, se giraron con caras de evidente enfado, barriéndolo con la mirada, seguramente preguntándose quién y qué era él.
Rafael tenía ganas de soltar una carcajada burlona, pero eso podría desencadenar una pelea con clara desventaja para él, así que siguió centrando su atención en Nelly, quien al verlo, sonrió de forma tan amplia y agradecida que casi lo mareó.
—¡Buenos días, Rafe! —Nelly dejó delante de dos de aquellos sujetos sendos tarros de cerveza antes de fijar de nuevo en él sus brillantes ojos azules—. Espero que la pasaras bien ayer. ¿Quieres el desayuno del día? ¿Dónde está Alphonse?
—Ayer fue un día interesante, y no solo por la Navidad —admitió Rafael, lo cual no era del todo falso, al tiempo que ocupaba un asiento en el extremo de la barra más lejano de esos cuatro mal encarados, que por cierto, no le quitaban el ojo de encima—. Hoy voy a querer dos docenas de croissants para llevar. Me los encargó Al, para el enorme desayuno que está preparando.
—¡Ah, sí, tienen visitas! —recordó de pronto Nelly, cuya sonrisa se atenuó ligeramente, antes de asentir con la cabeza—. ¿No importa el sabor?
—No, no. A todos les gustan los croissants de aquí, deberías conseguirme la receta.
Eso consiguió sonrojar a Nelly, aunque no tenía idea de por qué. Rafael tomó nota mental de preguntarle por eso más tarde.
—Eh… A Madame le daría un infarto si hago eso —bromeó Nelly, meneando la cabeza.
—Créeme, hay pocas cosas que sorprendan a un brujo. ¡Y madame Glace te adora!
—Sí, supongo que sí. Ahora vuelvo, iré a pasar tu pedido.
Nelly se deslizó fuera de la barra a tal velocidad, que logró esquivar la mano de un tipo que pensaba tocarla en un sitio no muy adecuado. A Rafael le dieron ganas de clavarle la mano al tipo en la barra, preferentemente con un cuchillo serafín, pero respiró hondo y procuró fijarse en las vampiras, que de repente se levantaron de sus sillas, con los capuchinos en la mano, para ir a sentarse a su lado, entre él y los hombretones que, por cierto, las miraron con desdén.
—Buenos días —saludó una de las vampiras, de largo cabello rubio peinado en una coleta alta. Su abrigo era muy oscuro, podría pasar por negro si el mismo Rafael no lo hubiera comparado con su propia ropa y descubriera que era azul marino—. Claude nos habló de ti, nefilim.
Claude Sangbleu… ¿Acaso el vampiro no se fue a dormir en cuanto llegó a su guarida? Al parecer no, si tuvo tiempo de hablar de él a pocas horas de haberlo conocido.
En ese momento, notó cómo los cuatro fornidos lo veían con un renovado interés… y también con expresiones de rencor.
—¿De verdad? —decidió decir, al no saber exactamente qué querían con él.
—Oh, sí. Anoche fue movido, ¿no? —la vampira tendió la diestra—. Soy Mónique Bonacieux y ella —señaló a su amiga, de corto cabello castaño y traje sastre gris oscuro; en apariencia muy elegante y sofisticada para estar en un café como aquel— es Irène Chailland.
Rafael aceptó su mano, reprimiendo una mueca cuando Mónique apretó el agarre más de la cuenta. Saltaba a la vista que los cazadores de sombras no le gustaban, ¿entonces qué quería?
—Rafael Lightwood–Bane. Encantado.
—Sí, claro —se burló entonces Irène Chailland, antes de encogerse de hombros y también darle la mano—. ¡Qué diablos! Si Claude puede soportarte, nosotras también.
Rafael correspondió al saludo, aunque frunció el ceño al caer en la cuenta de algo.
—¿No deberían estar durmiendo a esta hora? —preguntó, con su tono más educado.
—En teoría —Mónique movió los hombros con sorna—. Solo que Irène y yo no llevamos mucho en esta vida y nos cuesta acostumbrarnos. Menos mal que existe L'Étoile. Madame Glace tiene unos cuantos hechizos que impiden que nos rosticemos aquí dentro.
Ante semejante dato, Rafael arqueó una ceja. En pocos sitios se les tenía tanta deferencia a los vampiros, que él supiera. Eso solo reforzaba su buena opinión de Soleil Glace.
—Entonces no entran por la calle a esta hora —supuso.
—No, madame Glace tiene otro acceso para estos casos. Pero prometimos no decir dónde está. Tú sabes, por seguridad.
—No hay problema. Por cierto… —Rafael dudó por un segundo, pero después se animó a seguir, dado que nada perdía intentándolo—, ¿anoche estaban en las calles?
—¿Por qué? —se interesó Irène Chailland, alzando sus finas cejas.
—Bueno, como dieron a entender que Claude les habló de…
A la vez, Mónique e Irène negaron con la cabeza.
—Claude solo nos contó que anoche pasaron cosas sospechosas y nos pidió tener los ojos bien abiertos —Mónique, tras aclarar eso, se encogió de hombros e hizo una mueca rara, entre disgustada y burlona—. Se pone así siempre que está Poquelin de por medio.
—¿Poquelin? ¿Étienne Poquelin? ¿Por qué?
—No estamos seguras. Dicen que algo pasó entre esos dos. Algo realmente grave. Aunque siguen trabajando juntos, así que a saber de qué se trata —Irène se encogió de hombros—. Y todo antes de que Mónique y yo tuviéramos esta vida.
—¿Hace cuánto que ustedes son Hijas de la Noche?
—Dos años y medio, más o menos.
—Me alegra que tengan un sitio dónde estar mientras se acostumbran.
A la vez, las dos vampiras lo miraron con desconfianza.
—Hablas muy raro para ser cazador de sombras —soltó Mónique antes de sorber su capuchino, tras lo cual meneó la cabeza—. Aunque claro, Claude es nuestro líder y es aún más raro, así que no deberíamos quejarnos.
—¿Nunca hablan con cazadores de sombras?
—Nunca hablamos con esos imbéciles de la Cité —intervino repentinamente uno de los hombretones, taladrando a Rafael con la mirada.
—Una disculpa, pero yo no soy del Instituto de París. ¡Diablos!, ni siquiera soy europeo.
—Es el hijo del Emisario, muchachos —indicó Mónique, con gesto burlón.
A la vez, aquellos sujetos con aspecto tan fiero y fuerte se quedaron de piedra y enseguida dejaron de mirar mal a Rafael. Es más, procuraron en todo lo posible no volver a voltear en su dirección y terminarse las bebidas a toda carrera, antes de dejar dinero sobre la barra y levantarse lo más pronto posible, justo cuando Nelly regresaba a su puesto y los veía con desconcierto.
—¿Todo bien? —les preguntó con cordialidad.
—Eh… Sí, Perenelle, será todo por hoy. Hasta luego.
A continuación, el grupo abandonó el local con tal prisa, que cualquiera diría que huían de la peor de las pestes.
—Vaya, no sabía que mi padre diera tanto miedo —bromeó Rafael, aunque la verdad, semejante idea no le causara deseos de reír.
—No es eso —aseguró Irène, cortés—. La fama del Emisario es la de ser justo con los subterráneos, pero también es conocido como el parabatai de Jace Herondale, una leyenda viva entre los cazadores de sombras. ¡Ah, sí! Y no hay que olvidar que, según los rumores, puede ser bastante desagradable si se meten con su familia.
—En eso tienen razón —concedió Rafael, dando una cabezada.
—¿A qué viene hablar tanto del Emisario? —se interesó Nelly, confusa.
—A que tu amigo es su hijo y eso hizo que los perritos salieran corriendo.
Mientras las vampiras dejaban escapar una carcajada, Rafael notó que Nelly ponía cara de asombro, al tiempo que otra vez sus ojos mostraban un profundo agradecimiento.
—Pero dicen que el Emisario es buena persona —dijo de pronto Nelly.
—Sí, pero ya sabes cómo son algunos, Perenelle. Como es el nefilim que se encarga de dialogar con nosotros, no quieren quedar mal con él.
—Tal vez, pero no estaría bien que el Emisario nos tratara mal por culpa de su hijo.
Al instante, las vampiras dejaron de reír y la miraron con pasmo.
Por su parte, Rafael debió echar mano de toda su voluntad para no sonreír de oreja a oreja o peor aún, de levantarse y hacer algo que ofendiera a Nelly. El oírla decir aquello confirmaba lo justa que era, cualidad que podía perderse en el Mundo de las Sombras o peor aún, ser tachada de debilidad y usada en contra de su dueña.
—¡Perenelle! —gritó una voz masculina desde la parte trasera del local.
—¡Ah, eso debe ser lo tuyo! —la aludida miró a Rafael con una sonrisa nerviosa y volvió a salir de detrás de la barra, perdiéndose de vista.
—Ya se pasó su hora, ¿no? —le preguntó Irène a Mónique.
—Sí, ya. Deberíamos darle un mordisquito a Gerard, a ver si con eso aprende.
—¿De qué hablan? —se interesó Rafael.
—Perenelle hizo el turno de noche otra vez —contestó Irène, con un mohín de disgusto que en ella, resultaba muy atractivo—. Gerard es su reemplazo, pero es un haragán. Se aprovecha de que Perenelle es demasiado buena y siempre llega tarde.
—Esperen, ¿Nelly estuvo aquí toda la noche? ¡Pero era Navidad!
A la vez, las vampiras se encogieron de hombros, lo cual le recordó a Rafael que a los subterráneos poco o nada les importaban las fiestas mundanas. A los vampiros, por ejemplo, la Navidad les causaba cierta repulsa, por su incapacidad para tratar adecuadamente con lo divino.
—Aquí tienes, Rafe.
De pronto, Nelly estuvo delante del nombrado con un par de bolsas de papel, las cuales posó en la barra con sumo cuidado. Acto seguido, le regaló una sonrisa y fue a la caja registradora, situada al otro lado de la barra, para ingresar la compra.
—Listo, son…
—Sé cuánto es, Nelly. Aquí está.
La aludida asintió, regresando para tomar el dinero con gesto repentinamente tímido.
—Gracias, ahora te doy el cambio.
—No hace falta, quédatelo —Rafael comenzó a ponerse de pie.
—Ah, gracias. Rafe…
—¡Mónique, tenemos que ver a Stéphanie! —recordó de pronto Irène, tras lo cual se acabó el capuchino de un trago.
Mónique primero arqueó las cejas, sin comprender, pero luego su expresión se iluminó, como si recordara exactamente de qué hablaba Irène. Apuró también su bebida, dejó algunos billetes y se levantó al mismo tiempo que su amiga.
—¡Esperen! Les daré su cambio.
—Es todo tuyo, Perenelle. Gracias por todo. Tal vez pasemos de nuevo por la noche.
—¡Serán bienvenidas! Aunque cuídense de Conrad, le toca ese turno hoy.
Las dos vampiras agradecieron la información con un gesto, le hicieron a Rafael ademanes de despedida y se fueron por un pasillo hacia donde, según recordaba el muchacho, se podía ir a los baños. Seguramente en esa dirección estaba el mencionado acceso que ellas usaban durante el día para llegar al café.
—¡Perenelle, más vale que estés yendo a descansar! —vociferó la voz masculina de antes.
—¡Ya me voy, Henri! —aseguró la joven, suspirando mientras hurgaba bajo la barra hasta sacar un bolso violeta decorado con un montón de botones de colores que formaban…
—¿Eso es una runa? —se extrañó Rafael.
—Yo… Sí —confesó Nelly, sacando un desgastado abrigo azul que inmediatamente puso sobre el bolso, con gesto atemorizado.
—¿Puedo verla de cerca?
La petición, notó Rafael, puso a Nelly a la defensiva, pero terminó asintiendo y acercándole el bolso, mientras ella se agachaba para buscar algo debajo de la barra.
Los botones eran casi todos desiguales, era lo primero que destacaba. De diferentes tamaños y formas, era curioso el cómo habían sido acomodados en la parte frontal del bolso, con visible paciencia y buen gusto, antes de coserlos todos formando la runa que, Rafael sabía, no era precisamente de las más fáciles de trazar. Es más, él no había tenido ocasión de dibujarla nunca, pero sí que había oído y leído historias de quienes habían tenido ocasión de probar sus efectos.
Una de las historias, de hecho, lo hizo reír en ese momento cuando la recordó.
—Sé que no está bien hecha, pero...
—Nelly, es la cosa más bonita que he visto.
La joven fijó en él sus ojos, abiertos de par en par y con abierta incredulidad.
—¿No estás enfadado? —preguntó ella finalmente.
—¿Por qué? Si pudiera, mis runas serían de varios colores, no solo negras. El negro es nuestro color de trabajo y sí, me gusta lo que hago, pero no lo es todo en la vida.
—Yo… Los cazadores de sombras dicen que las runas son solo suyas y creí…
—Sí, lo sé. Pero esta no tanto —Rafael pasó los dedos por encima de algunos de los botones, esbozando una leve sonrisa—. Espero poder usarla algún día.
Se hizo el silencio entre ellos, pero por una vez, a Rafael no le importó. Tenía los ojos fijos en la creación de Nelly, algo que revelaba una parte de ella que había intuido todo el tiempo y que, quizá, significara que los cazadores de sombras no le eran del todo desagradables.
—Rafe, yo…
—Oye, Nelly, ¿quieres venir a desayunar con nosotros?
En cuanto acabó de decirlo, el muchacho sintió que se equivocó. Se maldijo mentalmente, girando la cabeza para no tener que ver la segura negativa de ella ante semejante propuesta.
—Lo siento —musitó Nelly, realmente apenada—. No quiero causarte problemas.
—¿Qué? —él regresó la mirada al delicado rostro de la chica.
Solo entonces se dio cuenta que estaba terriblemente sonrojada, lo cual hacía destacar, de una manera extrañamente adorable, sus cabellos violetas y el azul de sus ojos.
—Es que… los cazadores de sombras no… Ellos no son buenos conmigo —confesó Nelly en un susurro, agachando la cabeza y recuperando su bolso.
—¿Y yo qué soy? ¿Un trol?
—¡No! Lo siento, de verdad, pero no sé…
—Mira, ya deberías saber que a mí no me importa lo que seas. Los cazadores de sombras que te hayas topado antes son idiotas. Seamos amigos, Nelly. Por favor.
Sí, claro… Rafael quiso darse de topes contra la barra por haberlo expresado de esa forma, pero no tenía remedio, a menos que quisiera que Nelly huyera de él.
—Creí que ya éramos amigos —soltó ella de improviso, confusa.
—Sí, yo también. ¿De verdad crees que te llevaría a un lugar donde no estarías a gusto?
—Lo siento. Sé que no, pero…
—No, déjalo. La verdad ni debería haberte invitado, debes estar deseando irte a dormir.
Ella lo miró con suspicacia, finalmente dejando atrás la timidez y el bochorno de momentos antes, para luego bufar.
—Te dijeron que trabajé el turno nocturno, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué? ¿No se enfadaron en tu casa por estar aquí en Navidad?
—¿Quién?
La sencilla cuestión hizo que Rafael quisiera, de nuevo, estampar su frente contra algo muy duro, lo suficiente como para perder el conocimiento. ¿Había metido la pata de nuevo?
—Lo siento —fue el turno de él para disculparse, para enseguida tomar de la barra las bolsas de papel con su orden—. No debería meterme donde no me llaman. Me lo ha dicho Al muchas veces, pero no aprendo. Ve a descansar, Nelly, nos vemos luego.
—¡Rafe! ¿Te ayudo?
Apenas iba a preguntar él de qué hablaba, cuando la vio salir a toda velocidad de la barra, al tiempo que se ponía el abrigo a toda carrera y después, colgándose el bolso del hombro derecho. A continuación, sin mediar palabra, le quitó con cuidado una de las bolsas de papel y se dirigió a la puerta a paso rápido.
—Si Henri oye que sigo aquí, vendrá y querrá llevarme a casa a rastras —aseguró, aunque era evidente que bromeaba—. Yo… Si de verdad está bien, voy contigo parte del camino.
—Nelly, no quiero que te sientas obligada a…
—¡No, no! —la joven lo miró por encima del hombro mientras abría la puerta principal, lo cual causó un curioso efecto de claroscuro que destacó sus ojos, pero atenuó el resto de sus rasgos, justo cuando sonrió y explicó, con voz firme—. Quiero ir, de verdad, aunque luego me arrepienta. Solo que hoy no puedo. Muchas gracias por invitarme. Si quieres… Si me invitas otro día, con más tiempo… Sí, voy a ir. Lo prometo.
Rafael sintió, por primera vez en horas, que las cosas empezaban a ir mejor. Sabía que era algo egoísta, dado que la aceptación de Nelly solo era importante para él, pero no podía evitarlo. Lo único que le quedaba claro era que procuraría que ella tuviera que tragarse eso de que se iba a arrepentir, ya que pensaba dejarle bien claro que tanto él como los cazadores de sombras a su alrededor no iban a juzgarla mal.
Menos mal que no sabía entonces que pronto tendría que demostrar dicha convicción, porque seguramente habría entrado en pánico.
