Capítulo 29
Absolutamente, ¿por qué no aquel al que hoy, como diría Shaka "confiamos nuestra propia vida", puede ser mañana nuestro peor enemigo? Las personas cambiamos inevitablemente y entre esos cambios, buenos o malos, convenientes o erróneos, uno o dos a nuestro alrededor pueden salir heridos (aunque no lo deseamos, que es peor).
Levanto la copa pero queda en el aire en mi mano pues Shaka no está muy seguro de seguir bebiendo alcohol y me pregunta sobre cuán romántico sería verle ebrio; me limito a sonreír para no asustarle si me atreviera a comentarle que a mí me parecía completamente sexy y dejo también la copa en la mesa como símbolo de solidaridad a su causa mientras le digo con un tono bajo, ad hoc a la escena que ahora estamos representando:
—Entonces nos quedamos con el agua.
Y sigue algo más exquisito: su mano (blanquísima, por cierto, o así me parece bajo este candelabro que cuelga sobre la mesa y por las velas que también la alumbran más débilmente) se acomoda sobre la mía en un contacto tan tenue que es casi imposible que me haya dado cuenta.
¡No!, ahora ya no es tenue, ni suave, ni delicado; ahora toma mi mano como si quisiera que notara que allí está, que lo hace deliberadamente y que está esperando alguna respuesta de mi parte. Hasta ese momento no me había imaginado que me encontraría en esta situación, que sea yo quien por un momento se quede sin palabras y que sean mis ojos los que busquen en los suyos algo que me incite o me cohíba. Quiero saberlo ahora...
O quisiera no saberlo... porque ya no estoy actuando en mis cabales. Tomo su mano también y son mis dedos los que enloquecen conmigo cuando se entrelazan con los de él, lentamente, como si todos mis poros quisieran unirse en algún momento a los suyos y que ese momento durara para siempre. Pierdo la cabeza, y no es para nada desagradable; de hecho, creo que estoy dispuesto a arriesgarlo todo, a lanzar mis ases (si es que son tales), a dejarme vencer entre miradas y un suspiro.
No cambio el tono de mi voz y sigo en la misma línea tranquila a pesar de que lo que digo me acelera el corazón:
—Podemos tomar la jarra de agua en mi casa, si quieres.
No aparto la vista, incluso enarco un poco una ceja, deseando darlo a entender que lo que sugiero no sólo es literalmente lo que digo.
