29. De visita en la mansión oscura
Caminaba con paso seguro por las calles del Pequeño Hangleton. No se cruzó con nadie por el camino, las únicas caras que vio eran las de los maniquíes de los escaparates encendidos, en la calle principal del pueblo. Sin embargo, no escondía su presencia en las sombras que propiciaban aquellas luces, caminaba segura por el medio de la vía empedrada. Sus tacones hacían un curioso sonido repetitivo, como una canción que se renovaba sin censar. Si alguien escondido tras los visillos de las ventanas, la veía, no pensaría que representaba una amenaza, como mucho sólo una mujer de carácter, por su enérgica forma de andar. Esa persona podría sospechar que venía de un entierro, pues iba vestida de riguroso negro. El único color que resaltaba a simple vista, era su pelo rubio rojizo, que contrastaba con el azabache de su abrigo. Éste le llevaba desabrochado, ondeante a cada paso, dejando intuir sus formas de mujer, sus piernas largas y fuertes, que la llevaban directa hacia su peor enemigo.
Emy no iba planeando qué decirle a su tío, iba pensando en su abuela. Se la imaginaba andando por aquella calle con una niña de la mano, embarazada y con un ojo morado y golpes en las costillas. Nunca había entendido cómo es que su abuela había aguantado los maltratos físicos y psíquicos, que durante tantos años le propinó su marido, el que era su abuelo. Se imaginaba a su abuela yendo por aquellas calles empedradas, pensando en el día en que abandonaría todo, pensando en si podría llevarse a sus hijos con ella. No lo pudo hacer. No pudo alejarles de él. Tampoco pudo aguantar allí ¿Lo habría intentado lo suficiente? Se preguntaba Emy ¿Habrían cambiado las cosas si su hubiese quedado, si no les hubiese abandonado? ¿Habría sido suficiente como para que su tío no se convirtiese en Lord Voldemort? Eso era complicado de analizar, además de que le parecía otorgar a Tom un margen de duda, lo cual no estaba dispuesta a hacer. Emy se preguntó si su abuela habría sido feliz alguna vez. Ella sabía el dolor que causaba abandonar a alguien al que no querías dejar. Ella tuvo que hacerlo al igual que su abuela, se tuvo que conformar con ver de lejos a los que amaba. Si ellos sufrieron, ella estuvo a punto de perderse para siempre, de no aguantar como espíritu, de no poder volver. Si no hubiese sido por sus padres y por sus hermanos, hubiese dado el último paso hacia su definitiva muerte. Ahora eso ya no importaba, ahora lo que importaba era que se mantuviesen unidos. Por eso estaba allí.
Dejó el camino y se adentró por un sendero que conducía hacia la loma de la mansión Ryddle. No hacía tanto que había subido por él para entregar a Wilcox. Mark Wilcox. No debió dejarle marchar de las garras de su tío, ahora se había convertido en un cabo suelto y no le gustaba tener ninguno. Él podría hallar la manera de recordar y entonces volvería a la casa de su abuela. Otra cosa es que se encontrara con ella y se lo permitiese. De seguro que su abuela tendría menos piedad que ella. Así que sonrió y le deseó, irónicamente, a Wilcox no cometer semejante estupidez.
Divisó a lo lejos a uno de los mortífagos. No aminoró su paso ni escondió su presencia. Más bien todo lo contrario, levantó la mano y saludó como si fuese un colega. El inútil aquel se había quedado un tanto absorto por no entender qué hacía semejante mujer acercándose allí.
- Váyase si no quiere conocer la muerte
- Debiste negociar con tu "Señor" que te otorgara más inteligencia en vez de mayor poder – Se rió Emy – Aunque me temo que no debió darte nada si eres el.. ¿portero?
- Ya se lo advertí – El mago levantó la varita y se quedó tal cual pero convertido en hielo
- Espero que mañana no haga sol, querido – Emy siguió subiendo hacia la casa y vio que en la puerta había otro – Ya van veintiuno, ahora serán veintidós y esperemos que en la casa hay otros diez o doce para que pueda inutilizar a unos cuarenta
- ¿Quién va? – Preguntó el mortífago, que estaba apoyado en una pared, al lado de la puerta
- Contraseña – Ordenó Emy viendo que había surtido efecto su mandato, al quedarse los ojos del mago en blanco
- "Sin piedad"
- ¡Puf! ¡Menuda gilipollez! – Emy pasó al lado del hombre y se quedó en medio de la puerta abierta - ¡Eh, tú!
- ¿Qué ha pasado? – Preguntó el hombre volviendo en sí
- También debiste pedir inteligencia – Emy sopló y el mortífago se unió aún más a la piedra de la casa, tanto que formó una talla del mismo tipo de losa – Este me quedó mejor, vamos progresando
Caminó por la entrada y se fue directa hacia las escaleras. Sus tacones aún resonaban más fuertes allí y mucho más decididos, sin embargo nadie salió a recibirla. Las maderas chirriaban como gritos de inocentes, seguramente allí estaban atrapadas muchas almas desgraciadas. Llegó al pasillo y no pudo evitar que su piel se erizase. Odiaba caminar por allí, odiaba recordar aquel día en que fue la culpable de la muerte de sus padres. Se paró un instante y miró la puerta cerrada del fondo del pasillo. La luz de la chimenea centelleaba detrás y se dejaba intuir por la rendija inferior. Estaba allí, podía olerle. Aquel tufo nauseabundo de quien bien se podía arrastrar por el fango y la mierda. Aquel que, sin embargo, osaba mantenerse en pie a dos patas, estaba en su guarida de culebra, con su igual y con alguno de sus reptiles. Se oían dos voces, una autoritaria y otra suplicante. Llegaba en buen momento, disfrutaría viendo como torturaba a alguno de sus ineptos seguidores.
No llamó a la puerta, entró directa y se quedó mirando la escena. Una sincera sonrisa apareció en su cara. Al fondo de la habitación, descansando sobre una vieja alfombra, enroscada en sí misma y frente a la chimenea, reposaba Nagini, la fiel serpiente de su tío. A la derecha del desgastado sillón estaba Voldemort y a sus pies la víctima, Lucius Malfoy. Estaba tirado en el suelo, de rodillas y agarrándose el estómago. De seguro le acababan de echar una maldición Cruciatus.
- ¡Qué maravillosa escena! – Dijo Emy con ironía – Si le matas a él, al resto de los tuyos y luego te suicidas, no tendré tanto trabajo esta noche
- Te sienta bien el negro – La voz fría de Voldemort bajó la temperatura de Emy
- No puedo decir lo mismo – Levantó su mano y de ella salió una gran bola de fuego azul que lanzó hacia su tío – Te avisé, montón de mierda, que no tocaras a mis chicos
- ¿Mi sobrina viene cabreada? – Preguntó con malicia esquivando, por muy poco, el ataque
- Debiste hacerme caso – Esta vez hizo el movimiento de lanzar algo invisible que apareció en el aire. Una lanza afilada de acero atravesó la capa del Innombrable en el último momento – Vas a pagar caro lo que has hecho a mis chicas
- Crucio – Se atrevió a intervenir Lucius Malfoy, ya en pie
- ¡Serás imbécil! – Emy hizo un movimiento con su mano izquierda para mandar la maldición de rebote al mortífago, mientras que con la derecha le envió otra bola de fuego a Voldemort
- Me estás cansando, niña – La voz del mago retumbó en toda la sala – "Crepansossum"
- ¿Eso es lo único que se te ocurre? – Rió Emy lanzándole la maldición de nuevo a Malfoy, que aulló y se derrumbó muerto de dolor. Ella le cogió del suelo y notó como sus huesos estaban separados, todo su cuerpo crujía, lo cual le dio un autentico asco pero no le soltó
- No debiste mandar a tu chico a una misión como esa, Malfoy, sin saber quien la protegía – Emy miraba con furia a su tío, quien le devolvía el gesto con los ojos aún más rojos, encendidos de puro odio – Te voy a dejar sin gente a la que mandar, te dejaré solo, para que puedas quedarte pudriéndote en tu propio asco aquí dentro
- Aún eres muy inocente, querida – Voldemort se adelantó a ella sin miedo – Si has muerto una vez, podrás hacerlo de nuevo
- Tienes razón pero no se te olvide el gran detalle de que tú también caíste "dulcis sommus anima proximus" – Una luz blanca cubrió la habitación y no quedó allí, todo aquel que se encontraba en la casa cayó al suelo, con los ojos perdidos en el vacío y sin tener control sobre ninguna parte de su cuerpo o su mente. Voldemort convocó un escudo que le protegió del hechizo
- ¿Crees que eso puede matarme?
- Tu problema es que no escuchas – Emy soltó a Malfoy en una esquina, que cayó como un saco de piedras al suelo – No vengo a matarte, vengo a arrebatarte todo lo que pueda
- Mi querida Emily ¿Qué puedes quitarme tú?
- De momento ya te he quitado a tu mascota – Voldemort miró a Nagini. Ella se había desenroscado y con sutiles movimientos quería llegar hasta Emy pero no pudo, ahora yacía en un sueño. Emy sonrió al ver la cara de su enemigo. Levantó de nuevo su mano y de ella salió una llamarada que consumió a la serpiente en menos de un instante, convirtiéndola en un reguero de cenizas
- ¡NO!
- Y sólo he comenzado a quitarte cosas – Emy caminó sobre las reliquias de lo que momentos antes era una cría de basilisco - Tus ansias de poder absoluto, se irán al vertedero cuando te arrebate a tus vasallos. Sin ellos tendrás que comenzar de nuevo con tu gran labor de dominar el mundo ¿No crees que ya eres muy mayor para emprender otra vez semejante tarea? Lo que tanto años te costó, yo te lo puedo despojar en pocos momentos
- Yo no maté a esas dos estúpidas – Voldemort echaba chispas por los ojos mientras veía a Emy sonreír y disfrutar con su poder - Fuiste tú
- Sí, claro – La carcajada fría y distante consiguió igualar a la de su pariente
- Le diste a Wilcox la oportunidad de escapar de mí y ahora él te ha devuelto el favor matándolas – Voldemort asemejó una sonrisa en sus inexistentes labios – Fuiste tú
- ¿Wilcox?
- Y no se quedará ahí. Él, involuntariamente, me ayudará a destruirte a ti, a Potter y al chiflado de Dumbledore – Voldemort se acercó a Emy con la varita en alto – Si pude destruir a Merlín ¿Por qué no he de poder acabar con vosotros?
- ¿Destruir a Merlín dices? – Emy soltó una nueva risotada – Ahora entiendo porqué sólo puedes prometer aumento de poder. Sería imposible que tú les pudieras dar mayor inteligencia, si eres un redomado imbécil
- ¡Cállate! – De la varita del Innombrable salió un rayo rojo directo al pecho de Emy. Pero ella, con un solo movimiento de su mano, lo desintegró convirtiéndolo en un humo gris, del que emanó un fuerte olor a lavanda
- Nadie, escúchame bien, nadie se acordará de ti en unos años, sólo vives una falsa mentira de grandeza. Merlín será recordado para el resto de la eternidad, mientras que a ti, ni te nombrarán – Emy se acercó más a él, hasta que ella misma chocó contra la varita de su oponente. Sin el más mínimo temor de que de ella saliera una maldición que acabara con su vida, le siguió mirando y desafiando – Inventaste un nombre que no será recordado. Yo misma me ocuparé de sacarle de los pocos libros en los que se encuentre
- Si yo no soy recordado, Harry Potter tampoco lo será
- ¿Quién te ha dicho a ti, mentecato, que él quiera ser recordado? – Le espetó Emy – Es tu cara opuesta, es todo lo que tú no eres y lo que nunca serás. Él es y será el mejor mago de la época moderna. Su nombre no estará ligado a ti, porque no será por matarte que él adquiera todo su prestigio. Hará cosas tan grandes en este mundo, que tú pasarás a ser un simple mondadientes que rompió con su simple mirada. Él es La Unión de las Cuatro Sangres, el protector de la magia, magia pura. Tiene poderes que ni tú puedes imaginar. Si alguna vez es recordado, no será por ti, será por él
- Nunca llegará a serlo – Voldemort apenas movía su boca al hablar, su ira al escuchar todo aquello se podía notar por toda la estancia. En el aire permanecían dos energías enfrentadas tan grandes, que la casa temblaba en torno a ellas – Jamás permitiré que él cumpla los dieciocho años
- Si te has preguntado el motivo de mi regreso, te daré la respuesta – Emy se clavó aún más la varita contra el pecho – Estoy aquí de nuevo para que así sea
Un grito abominable de rabia salió de la boca de Voldemort. De su varita emanó una fuente tal de energía, que todas las ventanas de la casa se abrieron de par en par, estallando cristales y maderas. Pero no alcanzó a Emy, que con su última palabra había desaparecido para volver a surgir detrás de su enemigo y lanzarle una enorme bola de fuego, esta vez tan roja como sus cuatro sangres. Se desató un combate a tal escala, que ni los libros habrían podido narrar. El fuego, el viento, el agua y la tierra salieron de las manos de Emy en diversas formas. Las llamas quemaban la estancia y se propagaban por el resto de la casa. Cuchillos de hielo, afilados como puñales de acero, brotaban de sus manos para dañar cuanto pudiesen al tenebroso mago. Pequeños tornados avivaban las llamas, convirtiéndolas en puras lenguas del mismísimo infierno. Las maderas del suelo se convertían en lagunas de arenas movedizas, haciendo que Voldemort tuviese que saltar de un sitio a otro, mientras se defendía de los ataques. Gritaba con fuerza cada hechizo que mandaba a Emy y se desesperaba al ver que ella los repelía como moscas molestas. Su poder no tenía igual al de ella y saberlo le aumentaba la ira y la exasperación.
La casa se consumía bajo las llamas. Voldemort malgastaba su magia intentando dañar a su poderosa sobrina hasta que no pudo más. Llevaban luchando sin descanso por más de dos horas en aquella pequeña sala, que, sin embargo, resistía por la fuerza de las energías de ambos magos. Lord Voldemort detuvo el ataque y miró a Emy con todo el odio del mundo.
- Lograré destruirte
- No eres más que un papanatas con aspiraciones de grandeza. Dime ¿Dónde están ahora tus seguidores? – Emy ni si quiera parecía cansada
- Si te quité lo que más querías una vez, no presupongas que no puedo volver a hacerlo ¿Sirius Black ha vuelto a sus correrías? Quizás no regrese de una de ellas, querida - Voldemort agarró al desmayado Malfoy y desapareció ante los ojos de Emy, sin querer escuchar su replica
- Huye, maldita rata de cloaca – Gritó Emy en medio de las llamas – Y escúchame bien. No toques a nadie más de los míos o me ocuparé de que tu muerte sea muy, muy dolorosa
Con un solo movimiento de su mano, el fuego y las arenas movedizas fueron apartándose de su camino. Recorrió la casa en busca de mortífagos y los fue sacando a todos ellos al exterior de la casa. Una vez fuera, contempló de pie, en medio de al menos veinticinco de los vasallos de su tío, como ésta se quemaba por completo y se destruía. Las llamas y el fuego ascendían hacia el cielo. A pesar de que podría verse a cincuenta kilómetros a la redonda, nadie acudió a apagar aquel incendio y nadie lo hizo porque no había ni un ser humano que no temiera acercarse allí. Emy convirtió a los magos en nuevas estatuas, esta vez de piedra, y los hizo aparecer en la sala del Departamento de Misterios, para que estuvieran junto con el resto de sus compañeros. Una vez que vio acabada su misión y hecha añicos aquella horrible casa, desapareció en la noche dejando un agradable olor a lavanda, que contrastaba con el fuerte olor a inmundicia quemada.
Harry se despertó de golpe incorporándose en la cama. Estaba completamente sudado, su respiración entrecortada daba claros signos de aprensión y cansancio. Llevó su mano a la frente, más exactamente a su cicatriz en forma de rayo, y comprobó que estaba ardiendo y que el dolor aún persistía en la superficie de su piel. Los momentos de incertidumbre se alejaron al comprender lo que le había pasado. Él sabía de alguien que en sueños se enganchó a Emy y a él mismo. Eso es lo que había pasado. Había visto, sentido y vivido, desde la piel de Emy, la lucha con Voldemort.
Salió despacio de la cama, las piernas le temblaban sin cesar, se sentía tremendamente cansado, exhausto. Fue al baño y se dejó caer en la bañera con el agua de la ducha lloviendo sobre él. No entendió bien el porqué pero necesitaba jabonarse y pasaba la esponja una y otra vez sobre su cuerpo dolorido y machacado. La espuma flotaba sobre el agua acumulada en la que se sumergía Harry, la que llenaba la bañera hasta casi lo más alto. Cerró el grifo y se quedó allí remojando su dolor. Si él estaba dentro de Emy ¿Por qué se sentía como si hubiese recibido la paliza? ¿Sentía a Voldemort en vez de a Emy? No obstante, una sonrisa apareció en su cara, era de puro orgullo, aunque en el fondo no podía dejar de sentir un escalofrío de temor. Emy había logrado darle una auténtica zurra a la rata de cloaca ¡Jejeje! Así le había llamado y mentecato, y tonto, y montón de mierda. Harry soltó una carcajada. Sólo su tía podría llamar "montón de mierda" al mago más tenebroso de los últimos tiempos, sólo ella podría decirle que era un papanatas con aspiraciones de grandeza. De nuevo otra carcajada. Adoraba a su tía. La sonrisa se mantuvo en sus labios pensando, esperanzado con que Ginny lo hubiese visto también.
Ginny. Cerró los ojos manteniendo el gesto y la vio de pie, en medio del amanecer, mirando al mar desde el acantilado. El viento del norte le revolvía el pelo y el camisón. Se abrazaba a sí misma para compensar la templada brisa. Cuánto le gustaría a él ser esos brazos, acurrucarla en su pecho y ver junto a ella la salida del sol, mientras permanecían en silencio, sólo disfrutado de su mera presencia.
- ¿Harry? ¿Harry, estás ahí?
- ¿Sirius? – Harry abrió los ojos y se incorporó tan deprisa, que casi se sumerge entero al resbalar en la bañera - ¿Eres tú?
- ¡Quién va a ser! – Dijo entrando en el baño - ¿Qué narices haces dándote un baño a las seis de la mañana?
- Pues es que...
- Tengo una pregunta mejor – Dijo Sirius con un tono claramente irritado - ¿Dónde coño está tu tía?
- Ha ido a buscar croissants para desayunar
- ¿A estas horas?
- Teníamos hambre – Harry rogó que su tía apareciese en aquel mismo instante con una bolsa llena de bollos
- ¿Es que crees que soy imbécil? – Sirius se sentó encima de la tapa del wáter – Entiendo, lo sé, parezco demasiado paranoico y hiperproteccionista con ella, no hace falta que tú me lo digas
- Yo no he dicho nada – Contestó Harry con un imperceptible tono de voz. Se sentía fatal, a parte de desnudo y helado porque el agua comenzaba a enfriarse. "Con lo bien que estaba yo pensando en Ginny a solas" pensó
- Pues tampoco es que exagere ¿sabes? Deberías de haber visto a los veinte mortífagos en la sala del Departamento de Misterios – Siguió hablando Sirius sin mostrar el más mínimo reparo ante la mirada de su sobrino pidiendo algo de intimidad – Sal de ahí ¿Quieres? ¿No ves que necesito hablar con alguien?
- Voy – Logró decir en tono sumiso
- No es que yo no respete el espacio de tu tía, no, es que no soporto que se ponga en peligro ¿Tú crees normal que convierta en estatuas de arena a veinte mortífagos en una tarde?
- ¿Estatuas de arena?
- Sí, lo que has oído – Sirius se levantó y fue hacia el toallero para lanzarle a Harry la toalla – Tendrías que haber visto sus caras, ninguno tenía la intención de dejarla con vida ¿Y si ya no es tan rápida? O ¿y si ya no es... inmortal? ¡Pero qué estupideces digo! ¡Ella nunca ha sido inmortal!
- Creo que estás comenzando a liarte – Harry se puso los calzoncillos y un albornoz encima – Lo mejor es que te haga una de esas infusiones que te preparaba cuando estabas insoportable el verano pasado
- ¿Estás diciendo que estoy insoportable? ¡Vaya con el mocoso este! – Se quejó su padrino
- ¿Yo? ¡No! ¡Nada más lejos de mi intención! – Ironizó Harry – Lo que yo trataba de decir era, que es demasiado temprano para este tipo de discusiones...
- ¿Qué? – Vociferó Sirius perdiendo la paciencia
- Sin desayunar
- ¿No decías que tenías hambre y que tu tía había ido a buscar croissants?
- Si, bueno, quizás haya ido...
- ¿Harry? – Oyó que le llamaba Emy - ¿Harry, estás ahí?
- ¡Ves! Hasta en la forma de hablar os parecéis – Se rió Harry mientras que a Sirius se le iban subiendo los colores, aunque no por vergüenza – Por favor te pido que no montes ahora una pelea, no me gusta veros así
- Pero entiende que...
- Estoy muy sensible, así que te aguantas – Le calló Harry. Tuvo que esforzarse lo máximo para no reírse de su propio comentario y de la cara que se le había quedado a su padrino. Cada uno buscaba de la mejor manera, la forma de salirse con la suya, eso era realmente lo que hacía Sirius, lo que hacía Emy y lo que a partir de entonces, haría él - ¡Ya has vuelto! ¡Qué poco has tardado!
- Hola cariño, bueno, tanto como poco – Dijo al verle salir del baño
- Estaría la panadería abierta – Soltó con una sonrisa y un guiño que sólo vio ella – Has llegado justo a tiempo porque íbamos a desayunar ¿Verdad, Sirius?
- Verdad – Contestó éste saliendo tras él y mostrándose a su mujer - ¿Sólo has ido a la panadería, querida?
A Emy se le congelaron las ideas, él había vuelto antes de tiempo. Se sentía como si tuviese a un hombre en su cama, infiel, traidora y sucia. No podía basar su matrimonio en mentiras, no quería hacerlo, se habían prometido decir la verdad pero es que si le contaba donde había estado, le iba a caer una buena bronca, sólo hacía falta verle la cara. Ni siquiera tenía la cama deshecha ¿y si se había asomado al cuarto? Le tendría que decir que había dormido en la pequeña cama de Harry, eso era otra mentira y así comenzaría un sin fin de ellas. Además, tarde o temprano le contarían que había aparecido medio centenar de mortífagos en una sala del Ministerio. No, no era buena idea mentir, aunque debía de ser suave en sus explicaciones.
- Por tu rapidez de respuesta, veo que no es al único lugar al que has ido – Dijo Sirius en un tono grave – Has dejado a Harry solo ¿Y si le llega a pasar algo?
- A mí no me metas en tus paranoias
- ¿No te han dicho que debes guardar un poco de respeto a tus mayores?
- Sirius, mi amor – Habló Emy en un tono tan meloso que hasta Harry se quedó embobado - ¿Por qué no bajamos a la cocina a desayunar los tres y nos calmamos? Seguro que has tenido una noche de infierno en el Ministerio, entiende que nosotros no tenemos culpa de lo que haya pasado allí
- Es increíble como sabes dar la vuelta a las cosas – Contestó Sirius con voz más calmada. Le revolvió el pelo mojado a su ahijado y le pidió perdón – Discúlpame, tenías razón
- Así me gusta – Exclamó Emy – Y ahora a desayunar
Durante el desayuno, Emy les fue contando la verdad de lo sucedido pero modificando la intensidad de los hechos. Claro que Harry sabía a la perfección lo que había pasado y quizás luego le diría a su tía que lo había vivido todo desde dentro de ella. Además tenía una pregunta importante que hacerle ¿Cómo es que no le dolía la cicatriz, que ella llevaba bajo la piel, cuando estaba con Voldemort? Sirius gritó en bastantes ocasiones pero su mujer fue campeando el temporal, tan a la perfección, que terminó sentada encima de las rodillas de su marido mientras se tomaba su tercera taza de café. Harry, como espectador, observaba la escena como si se tratara de un documental de naturaleza sobre el comportamiento de una pareja de monos en mitad de una disputa, aprendiendo que la sutileza femenina era tan peligrosa como la poción multijugos.
Hablaron durante horas sobre todo lo acontecido aquella noche. Harry y Emy se pusieron muy contentos ante la noticia de que el nuevo Ministro era Arthur Weasley, aunque eran conscientes del riesgo que eso conllevaba. Sin embargo, a Emy no le pareció tan bien que los periodistas aturdieran a Sirius con miles de preguntas personales, eso significaba que ella tendría que verse la cara con los medios. Al llegar las nueve de la mañana, decidieron subir a tomar una ducha y cambiarse. A Harry no se le escapó que subieran de la mano y que sólo oyera cerrarse una puerta. Sonrió ante el hecho de que sólo se darían una ducha, eso sí, común. No subió a vestirse hasta que ellos bajaron igualmente cogidos de la mano. La cara de Sirius estaba cambiaba por una totalmente opuesta a la de horas antes. Cuando todos estuvieron listos se fueron a casa de los Weasley. Quien abrió la puerta fue Ron. Harry vio en su amigo un atisbo de brillo en sus ojos, seguramente de orgullo hacia su padre, sin embargo su cara no mostraba eso, sino todo lo contrario. No es que estuviese serio es que estaba cabreado.
- ¿Qué pasa Ron? – Preguntó Emy con su atenta y dulce voz, que siempre le dedicaba
- Mi madre
- Entiendo
- ¿Ha dormido tu padre en la alfombra? – Preguntó jocoso Sirius, aunque por única respuesta recibió un codazo en las costillas, proveniente de su mujer por su falta de delicadeza en aquel asunto
- Hablaré con ella
- No si mi madre te encuentra antes – Replicó el pelirrojo
- ¿Son ellos? – Gritó una voz desde el fondo de la cocina
- Sí – Contestó Ron, luego se dirigió a Harry – Te puedo asegurar que no vas a querer presenciar esto, así que es mejor que subamos al cuarto y le echemos un conjuro de insonorización
- Curiosamente, suena bien – Harry pasó por su lado y le susurró – Tengo un plan aún mejor
- ¡Emy! – Exclamó Molly entre sollozos nerviosos y desconsolados - ¿Lo sabes? ¿Ya sabes lo que me ha hecho Arthur?
- Sí, querida – Al pasar a la entrada echó un vistazo general a toda la casa. En el salón estaban los gemelos, ahora con Ron y Harry hablando de algo en voz baja - ¿Y Arthur?
- Un hijo suyo lo ha acogido en su cuarto. Ese Bill siempre estuvo de su parte ¡Cría hijos para que nunca te comprendan! – Se llevó las manos a la cara y dio una patada en el suelo – Supongo que está durmiendo un poco ¿Pero qué hecho yo para que pase esto?
- Molly, tranquilízate – Emy abrazó a su amiga y ésta descargó con ella
- Sí, mujer, al fin y al cabo ahora ya no dirá que su jefe es un capullo – Soltó Sirius recibiendo un pisotón, nuevamente de su mujer, junto con una mirada de absoluto reproche
- Ahora vengo – Dijo Molly – Voy a refrescarme la cara un poco en el baño
- ¡Eres un bestia y un insensible! – Reprendió Emy a su marido, en cuanto ella cerró la puerta del aseo
- Eso no es lo que decías antes
- ¡Sirius! – Riñó Emy, dejando escapar una amplia sonrisa
- Prefiero no oír esas cosas – Exclamó Harry, que estaba detrás de ellos y del cual no se habían percatado
- A mí no me importa – Siguió Ron
- Y menos a nosotros – Terminaron los gemelos a la vez
- ¡Cotillas! – Inquirió Sirius y cogió a los gemelos llevándoselos de allí - ¡Par de dos! Llevarme con vuestro padre, haber si puedo hacer algo
- Ron, espera – Emy sonrió a su marido por el guiño, luego se llevó a Ron y a Harry dentro de la cocina - ¿Por qué está tu madre así?
- ¿No lo sabes? Pensé que te lo habría dicho Sirius
- Sé que es el nuevo Ministro – Explicó Emy – Lo que no sé es por qué se lo ha tomado tan mal tu madre ¿Qué ha dicho ella?
- Bueno, nosotros no estábamos cuando comenzó la discusión, mejor dicho la bronca por parte de mi madre, ya que mi padre apenas ha dicho nada más que la noticia, pero lo hemos oído todo, o eso creo
- ¿Y qué es lo que le recrimina?
- Al parecer mi madre no cree que mi padre esté capacitado para ser Ministro por carecer de diplomacia – Ron hizo un gesto de incredulidad e ironía – Nosotros pensamos que es mi madre quien carece por completo de diplomacia
- Entiendo – Emy revolvió el pelo a Ron para quitarle importancia a todo aquello – Lo que le sucede a tu madre, es que conoce a tu padre y sabe que es demasiado permisible con la gente
- Sólo con ella
- ¿Y con vosotros?
- Sí, y con nosotros – Admitió Ron
- Y con nosotros, sus amigos – Siguió Emy – Ron, para tu madre él es la mejor persona de este mundo, lo que le convierte a sus ojos en alguien demasiado débil para ese cargo, según ella
- Mi padre no permitirá que se le suba todo el mundo a las barbas
- ¡Claro que no! – Exclamó Emy – Pero tienes que tener en cuenta que, como Ministro, se verá expuesto en muchos sentidos, no sólo frente a los peligros de esta guerra, como una favorable víctima, sino a los medios de comunicación, a la opinión pública, a quien quiera acceder a su cargo cuando él resuelva los mayores problemas, al resto de mandatarios de otros países. No será fácil, ni para él, ni para tu madre, ni para vosotros
- Lo que tú quieras, tía – Dijo Harry al ver la cara de agobio que se le había quedado a Ron – Pero nadie nos quitará la satisfacción de machacar a Malfoy con este asunto ¿No crees, Ron?
- ¡Ey! ¡Sí! – Una sonrisa abierta y amplia apareció en su cara
- ¿Emy?
- Estamos en la cocina, Molly
- Tía ¿podemos salir? – Preguntó rápidamente Harry
- ¿Salir? ¿Adónde?
- Al parque, con el hechizo desilusionador. Nos hace falta – Respondió con cara de niño bueno
- No sé...
- ¿De qué habláis? – Preguntó Molly al entrar a la cocina
- Le estaba dando permiso a Harry para que cogiera un libro de mi colección – Emy sonrió – Si le pasa algo al libro, más te vale que...
- No le pasará nada en absoluto – Dijo Harry con un tono de absoluta satisfacción ante la respuesta escondida de su tía
- Nada de nada – Ron veía a un paso su ansiada libertad, aunque fuese momentánea
- Y no quiero que le lleves por ahí de un lado para otro, sólo cerca ¿entiendes?
- No saldrá de los límites establecidos – Prometió Harry y le dio un beso en la mejilla
- Nada de nada – Ron le plantó otro en el otro papo y regaló uno, aún más cariñoso, a su madre junto con un abrazo, que dejó a Molly paralizada – Mamá, no te preocupes por nada, ya es hora de que el mundo conozca al maravilloso hombre que tienes por marido ¿No crees?
- ¿Qué? – Preguntó viendo como se marchaban de la cocina a toda prisa y subían escaleras arriba, seguramente para salir por la ventana sin que les pudiesen ver – Emy, tú...
- Siéntate querida ¿una taza de café? – Emy necesitaba llegar a las seis tazas antes de meterse en el coche después de comer
- Sí, gracias
Emy y Molly estuvieron hablando en la cocina un buen rato. Se consiguió calmar los ánimos. Por su parte, Sirius habló con Arthur y con sus hijos sobre la reacción de Molly, entendieron que la mujer llevaba algo de razón. También les puso al corriente del enfrentamiento entre Emy y Voldemort aquella misma noche. Esta vez no se suavizaron los hechos, Sirius enfatizó cada una de las acciones de su mujer, convirtiéndola en una Diosa ante los ojos de los gemelos y, en el fondo, ante los suyos propios.
Mientras todo esto pasaba, dos muchachos estaban tirados sobre la hierba en Hyde Park. Habían paseado durante una hora, en la que no pararon de hablar y de decirse todo lo que pensaban y lo que había pasado en ausencia del uno o del otro. Eran dos adolescente que se sentían encerrados y no por paredes. El problema es que siempre les vigilaban, continuamente con niñeras pendientes de ellos. Decidieron experimentar qué significaba ser libres de sí mismos. Ron y Harry "tomaron prestadas" dos gorras y dos gafas de sol de los puestos ambulantes que estaban alrededor del lago principal. Harry tuvo que hechizar sus oscuras gafas para que también estuvieran graduadas y poder ver con ellas, guardando las de toda la vida en el bolsillo interior de su cazadora. Eran visibles a todos y, sin embargo, nadie les miraba, no se paraban a contemplar a aquellos dos muchachos que estaban tumbados sobre la hierba verde, disfrutando de aquella mañana de principios de septiembre y finales de verano. Londres se había despertado para ellos con un aire templado y con el cielo lleno de nubes grandotas, golosas y blancas, de esas que cuando se abren, enseñan encantadas el resplandor del cielo azul intenso.
- Gracias, Harry, gracias por esto
- Gracias a ti Ron, por estar siempre a mi lado
- Lo necesitaba
- Y yo
- Siempre será mejor que ellas estén lejos que no estén – La voz de Ron denotaba conformismo
- Creo que ayer fue el peor día de mi vida – Harry dejaba arrastrar las palabras mientras veía pasar las nubes
- Me he pasado la noche en vela diciéndome que era la mejor opción – Dijo Ron imitando a su amigo – Por lo menos ahora sabemos que ellas están en un lugar mejor, de hecho me da envidia
- Y a mí – Harry sintió el reclamo de su tía y supo que debían marcharse a la voz de "ya" - ¡Mierda! Tenemos que irnos
