Descargo de responsabilidad: Harry Potter y todos los personajes son propiedad intelectual de J.K. Rowling.

El guardaespaldas

Capítulo 29 – Las tentaciones de Draco

─ ¿Qué te puso Voldemort en la mente cuando te hizo mortífago? ─ Harry contempló los grandes ojos grises de su novio y se sintió muy dolorido cuando la máscara imperturbable se levantó entre ellos. ─ No es necesario que uses Oclumancia, si no quieres que vea, no lo haré… ¿Por qué tienes tanto miedo de que vea ese recuerdo si, como dices, puede probar que me deseabas antes del Voto? ─

─ Es prueba de otras cosas también, Harry. ─ Draco dejó caer la cabeza, sus cabellos platinados se descolgaron cubriéndole la cara.

─ Ya vi parte de ese recuerdo. ¿No era esa habitación neblinosa en la que tú estabas muy… excitado? ─ preguntó Harry, ardía de curiosidad. ─ No me pareció que fuera algo malo… ─

─ ¿Excitado?... ¡Ja!... demasiado suave. Estaba más caliente que una plancha. ─ dijo Draco con una risa amarga. ─ Pero las otras cosas no son… no me gustaría que las vieras… Voldemort me torció la mente… me la llenó de mentiras… ─

Harry lo miró junto a él, de repente Draco parecía haber caído en una profunda depresión, le tendió los brazos con ternura. ─ Te juro que no te voy a odiar, Draco. Voldemort también me llenó de mentiras en algún momento. ─ acarició los sedosos cabellos de su novio. ─ A través de mi cicatriz, Voldemort tenía acceso directo a mi mente. Yo podía sentir sus pensamientos, sentir lo que él sentía y ver lo que él estaba viendo. A través de ese canal él me mandaba visiones falsas. ─

Los ojos grises, ya sin barreras, se encontraron con los de Harry. ─ ¿A través de la cicatriz? ─ Draco recorrió con un dedo la fina forma de rayo en la frente de Harry y se estremeció. ─ Merlín, ahora la odio más que antes… ¿todavía te sigue mandando mentiras? ─

─ Ya no, desde hace mucho. Se dio cuenta de que también podía ver cosas que él no quería que viera y empezó a usar Oclumancia. Desde entonces la cicatriz no me ha dado problemas, me olvido de que la tengo. ─ dijo Harry. ─ Dobby me dijo que Voldemort te había hecho una cicatriz también, cuando tenías un año. ─

─ Sí, Voldemort me encontró jugando con unos chicos muggles: una nena y un varón. Es lo que me contaron, yo no me acuerdo; eran más grandes que yo, siete u ocho años quizá, nadie nunca supo sus nombres y nadie supo cómo fue que habían pasado a través de las defensas de la Mansión. Sé que después de ese incidente tuvieron que reforzar las barreras. ─ Draco se estremeció. ─ La herida que me hizo en el brazo no debe haber sido nada en comparación con lo que le habrá hecho a esos chicos… ─ Draco se abrazó las piernas y apoyó la barbilla en las rodillas. ─ La cicatriz de mi brazo se borró hace mucho tiempo, Harry, las heridas normales se curan y las cicatrices se borran con el tiempo… ─ los ojos de Draco volvieron a posarse sobre la frente de Harry. ─ Pero tu cicatriz no ha cambiado, ni se ha desvanecido en todos estos años. Te lo repito, no es sólo una cicatriz, es una COSA. Algo que Voldemort te hundió en el hueso cuando eras bebé. ¿Y dices que a través de esa cicatriz hay como un vínculo con él? ─ Draco estiró las piernas y acercó su cara a la de Harry y lo miró directamente a los ojos. ─ Tienes que ir a St. Mungo YA, tienes que hacértela sacar… ¡hablo en serio, Harry! ─

─ Lo haré por ti, Draco, pero no hoy. Tenemos que encontrarnos con tu ex Jefe de Casa. ─ Harry rebuscó en el bolsillo y sacó la carta de Snape. Se la entregó a Draco, que la leyó rápidamente. ─ ¿Tú sabes dónde está el sillón favorito del cretino grasiento? ─ preguntó Harry.

─ En la Mansión Malfoy, en el estudio de mi padre. ─ replicó Draco y le devolvió la carta a Harry. ─ Me pregunto por qué querrá vernos con tanta urgencia. ─

─ No lo sé, pero me provoca un mal presentimiento. ─ murmuró Harry.

─ A mí también. ¿Para qué querrá el cuerpo de Nagini? ¿Del lado de quién está? ─

Los dos permanecieron en silencio durante unos instantes. Eran preguntas para las cuales no tenían respuestas por el momento.

─ ¿Me dejarás ver ahora esa memoria? Por favor. ─ Harry no podía aguantar más la curiosidad.

─ Draco suspiró rindiéndose. ─ Está bien. Puedes mirar. Pero, por favor, no me juzgues con dureza, Harry, había muchas cosas que yo no entendía entonces… ─

Miró a Harry profundo en los ojos. Harry asió su varita y pensó ¡Legilimens!

oOoOoOo

Los mortífagos vinieron a buscarlo a la caída del sol…

Eran dos, marchaban con descaro por el camino de la entrada a la Mansión, sus botas hacían crujir la grava bajo sus pies, sus máscaras blancas contrastaban distintivamente con el negro de sus togas.

Draco dejó caer la cortina de terciopelo verde de la ventana y se apoyó sobre la mesa antigua de madera taraceada tratando de controlar sus jadeos de pánico. Sabía para qué habían venido… lo iban a llevar ante el Señor Oscuro… para recibir la Marca…

…pero sólo si tenía suerte. Si al Señor Oscuro no le gustaba lo que leyese en su mente, a Draco lo esperaba una muerte agónica…

Dudas terribles y culpa lo sobrecogían. Había llegado el Día del Juicio, si había sido un buen sangre pura viviría, si no… ¿había demostrado suficiente crueldad para con los sangresucias? ¿para con los traidores a la sangre? ¿qué crímenes de pensamiento había cometido? ¿había demostrado blandura o debilidad? ¿lo consideraría el Señor Oscuro merecedor de llevar su Marca?

Draco hubiera querido huir, pero no había lugar en la Tierra lo suficientemente lejano para estar seguro. El Profeta del día anterior estaba sobre la mesa, el titular vociferaba que había sido encontrado el cadáver de Igor Karkaroff, la Marca Oscura brillando por encima en el cielo. Si Draco escapaba no sobreviviría un año, si iba con los mortífagos podría morir esa misma noche…

Estaba ahí de pie respirando agitadamente cuando oyó la voz de su madre que venía del piso superior.

─ Draco, mi cielo, hay gente afuera… ─

Y en ese momento tomó la decisión. Iría con los mortífagos. Mostrando toda la confianza y todo el valor que pudiera reunir. Madre no tendría que verlos o querría impedírselo.

Desde que Padre había sido capturado en el Ministerio y encerrado en Azkaban (¡mal rayo te parta Harry Potter!) Madre había vivido angustiada por la idea de que vendrían a buscar a su amado hijo y se lo llevarían para marcarlo, para que sustituyera a su padre. Eso la aterrorizaba. Draco había escuchado desde la habitación contigua una conversación entre Madre y Tía Bellatrix. ─ Seguramente debe haber otras formas en las que Draco puede servir al Señor Oscuro, no es necesario que reciba la Marca. ─ La respuesta de su tía no le había llegado claramente a los oídos pero el desdén de su tono había sido por demás de elocuente.

Cuando le preguntaba a Madre por qué ella no quería que lo marcaran, podía ser algo inquietante ¿pero acaso no era un honor?, ella murmuraba, nerviosa que antes tenía que completar su educación… que Draco todavía tenía que madurar… para poder entender ciertas cosas… Pero nunca le decía cuáles eran esas cosas que tenía que entender. Eso lo enfurecía. ¿Por qué seguía tratándolo como a un chico? Ya había cumplido dieciséis, y desde que Padre había sido encarcelado era el hombre de la casa.

Si Madre ve a los mortífagos, pensó Draco, avergonzará a la familia suplicándoles de rodillas que no me lleven… o peor, podría intentar impedírselo por la fuerza… y la matarían.

─ Yo atenderé la puerta, Madre. No hace falta que te molestes. ─ gritó, rogaba que Madre no notara la tensión de su voz.

Se puso una gruesa capa de viaje y bajó rápidamente las escaleras. Llegó ante las vastas, intrincadamente labradas puertas de entrada y tratando de mostrar una seguridad que en realidad no tenía, las abrió.

Los dos mortífagos se le aproximaron amenazantes apuntándole la cara con sus varitas cortas y retorcidas.

─ El Señor Oscuro desea verte. ─ recitó uno de ellos.

─ Estoy pronto. ─ dijo. Salió caminando muy erguido y cerró las puertas detrás de sí. Luego fijó la mirada en los mortífagos y con aristocrática altanería los increpó indignado: ─ ¡Sáquenme esas varitas de la cara! ¿Cómo se atreven! Soy un Malfoy. ─

Internamente se maravilló por el tono de seguridad de su propia voz.

oOoOoOo

Escoltado por los mortífagos, uno a cada lado, Draco volvió la cabeza sobre su hombro para captar una última imagen de añoranza de su querido hogar ancestral.

El ocaso teñía rojo sangre las paredes blancas de la Mansión. Una cortina se levantó en una de las ventanas del segundo piso, el pálido rostro oval de Madre se hizo visible por unos instantes.

Correría escaleras abajo, desesperada tratando de impedir que se robaran a su adorado hijo. En un minuto saldría por la puerta como un ángel vengador.

Pero para entonces ya se habrían ido.

Sintió cierta satisfacción y alivio que mitigaron su terror. Madre estaba segura.

Por ahora…

oOoOoOo

No sabía adónde lo habían traído los mortífagos, hacía frío y el aire estaba viciado de podredumbre. Los túneles laberínticos de paredes de ladrillo parecían ser de una antigua cloaca. Agua fétida chorreaba por los muros reflejando las parpadeantes llamas de las velas. Los pies se le hundían en los charcos del suelo. Los mortífagos lo escoltaban sin pronunciar palabra. Draco temblaba de miedo pero trataba de que no se notara.

"No suplicaré", era su único pensamiento coherente. Sabía el efecto que tenía el Señor Oscuro incluso en las personas de más alta dignidad. Les alteraba las mentes haciéndolos arrastrarse hasta él para besarle el dobladillo de sus vestiduras, suplicándole que los admitiera a su servicio. Incluso Padre había ostentado una maníaca expresión de ansia tras el retorno del Señor Oscuro. Y Tía Bellatrix estaba más obsesionada con el Señor Oscuro que con su propio marido.

Draco oyó voces que venían desde más adelante. El túnel desembocaba en una cámara grande envuelta en el humo gris de las velas. Había un estrado en el centro del recinto, parada sobre él una figura alta y descarnada, con ropajes negros y la piel extremadamente blanca, como la sal, ojos rojos y dedos largos y huesudos como patas de araña. La persona más terrorífica que Draco hubiera jamás visto: Lord Voldemort.

El Señor Oscuro no estaba solo. Diez mortífagos, anónimos debajo de las pesadas togas negras y las máscaras blancas, estaban de pie, más abajo, rodeando el estrado con las miradas alzadas atentas. Sobre el estrado de rodillas a los pies del Señor Oscuro, había un mortífago pequeño, con las mismas ropas y máscara que los otros pero Draco lo reconoció por su característica postura encogida: Wormtail…

La voz aguda del Señor Oscuro crispó los nervios de Draco y le hizo temblar las rodillas. ─ Serás el sirviente de Severus Snape, Wormtail. Me informarás diariamente sobre sus actividades. ─

─ Pero mi Señor… ─ Wormtail sonaba indignado.

La voz chirriante lo cortó en seco. ─ ¿Te atreves a cuestionar mi orden? ─

─ No, mi Señor.

─ Bien. ¡Ya vete!

Wormtail hizo una reverencia en refunfuñante avenencia. Su cuerpo se encogió y se transformó en una rata calva que se alejó correteando escabulléndose entre las otras sombras ratoniles de la cámara.

El corazón de Draco pareció detenerse cuando la cabeza sin nariz ni cabellos se volvió y fijó los ojos rojos en él.

─ Y aquí tenemos al más nuevo recluta de nuestra familia… o de nuestras filas. ─ dijo el Señor Oscuro algo desdeñoso.

Se escucharon horribles carcajadas de los mortífagos.

─ ¡Tráiganlo aquí! ─ ordenó el Señor Oscuro haciéndoles una seña a los escoltas. Lo tomaron rudamente de los brazos, lo arrastraron por la cámara y lo arrojaron sobre el estrado a los pies del Señor Oscuro. Luego fueron a unirse al resto de los mortífagos.

Dolorido, Draco alzó la cabeza. Los zapatos negros lustrosos del Señor Oscuro estaban tan cerca que habría podido tocarlos. "No voy a besárselos", pensó.

─ Arrodíllate ante mí, Draco Malfoy, y mírame a los ojos. ─

Draco hizo según le ordenaban, estaba demasiado asustado para protestar. Con el máximo de dignidad que pudo reunir enderezó su espalda y miró fijo a las pupilas verticales.

─ Ah, me desafías. ¿Tan pronto, Draco? ─ dijo el Señor Oscuro con una sonrisa de fiera. ─ Me gusta ver que eres un chico de temple. ─ su sonrisa se amplió. ─ ¡Oh! ¿ya no eres un chico? ¿tienes dieciséis años y eres el hombre de la casa? ¿detestas que te traten como a un niño? ─ Sus dientes desnudos eran lisos y blancos como lápidas.

Los mortífagos rieron.

"Soy un libro abierto para él", pensó Draco horrorizado.

─ Ciertamente, un libro abierto… ─ los despiadados ojos rojos observaban fijamente los de Draco, Draco sintió al mago oscuro inspeccionar su mente, como un comprador curioso que marcha por los pasillos en el negocio de un librero, tomando un libro aquí y allá, explorando, examinando, eligiendo.

Captó un atisbo de la mente del Señor Oscuro, una mente que le resultaba más ajena que la de un animal porque era una mente sin amor.

─ El amor no sirve para nada. Diga lo que diga ese viejo tonto de Dumbledore. ─

Draco escuchó los murmullos de asentimiento de los mortífagos, pero su mente se llenó de imágenes del mayestático director de cabellos blancos.

─ ¿Quieres pertenecerme, Draco? ─ preguntó el Señor Oscuro de improviso.

─ Sí, señor, yo… ─

─ No me mientas, Draco. Me doy cuenta siempre cuando me mienten. ─ el Señor Oscuro dio un paso acercándosele, su toga negra ondeó rozando el suelo. ─ Tú no quieres pertenecerme. Puedo verlo escrutando la poca valía de tu mente. No consideras que las recompensas sean suficientes. ─

Draco se estremeció.

─ ¿Acaso crees que las recompensas por servir a ese tonto amante de los muggles de Dumbledore podrían ser mejores? ─ preguntó Voldemort con veneno en los ojos.

─ Señor, yo nunca… él fue quien mandó a mi padre a Azkaban. ─

─ Y sin embargo, lo respetas. ─ Draco empezó a farfullar algo pero lo detuvieron los venenosos ojos rojos.

El tono del Señor Oscuro cambió, se llenó de condescendencia: ─ Un hombre de dieciséis años que no quiere que lo traten como a un niño… ¿quizá preferirías estar en tu casa con tu preciosa madre, jugando con tu escoba deportiva o coleccionando todos y cada uno de los artículos publicados sobre Harry Potter? ─

Hubo varias exclamaciones contenidas de los mortífagos.

Draco estaba atónito. Nadie sabía de esa vergonzosa colección en su diario. Los ojos rojos lo observaban con furia demandando una explicación. Draco sentía la lengua seca y gomosa. Tartamudeó: ─ O…odio a Harry P…Potter. ─ Una imagen de la cara de Potter con esos luminosos ojos verdes detrás de los ridículos anteojos redondos se le representó en la mente y fortaleció su resolución. "Potter es el responsable de que Padre esté en Azkaban" Oh, iba a desquitarse del Gryffindor, así fuera la última cosa que hiciera en su vida…

Los ojos rojos lo taladraron. Y de pronto la voz aguda chirriante se suavizó. ─ Quizá haga falta utilizar contigo algo de persuasión, Draco. Lord Voldemort recompensa bien a quienes lo sirven. Dumbledore no puede darte lo que tú realmente deseas, Draco. Sólo yo puedo.

Draco lo miró confundido. Luego su cuerpo entero tembló. La larga mano del Señor Oscuro con esos dedos como patas de araña iba trazando un surco en sus cabellos. Los dedos eran fríos como el hielo.

─ ¿Cuán bien conoces los verdaderos deseos de tu corazón, Draco? Lord Voldemort sabe todas las cosas… incluso aquellas cosas que los hombres no saben sobre sí mismos. ─ Los dedos fríos acariciaron el flanco de la cara de Draco y terminaron deteniéndose bajo la puntiaguda barbilla. Los dedos se cerraron apretando como una tenaza, manteniéndole la cabeza quieta. Draco se contrajo de asco ante el tacto pero hizo lo posible por disimularlo. ─ Dime lo que deseas, Draco. Si me sirves bien, tus deseos se harán realidad. ─

Consumiéndose en las llamas de esos ojos ardientes, Draco sintió la punta de una varita que le tocaba la frente. ─ ¡Oesed! ─ dijo el Señor Oscuro, y el mundo real giró y se desvaneció.

oOoOoOo

─ ¿Qué es lo que deseas?

Una pregunta que provocaba arrebatos. Draco tenía una vaga consciencia de que seguía arrodillado ante el Señor Oscuro, pero a su alrededor se apilaban tesoros relucientes reclamando su atención. El mundo rebosaba de posibilidades sin límite para su deleite y la expectativa lo invadía como a un chico de cinco años en la mañana de navidad.

¿Qué era lo que él deseaba? Podía tener todo lo que quisiera.

En alguna parte de su cabeza una voz cínica que se parecía a la de su madre le recordó que nada se obtiene gratis, que por esos tesoros habría de pagar un precio, un precio que no se contaba en galeones. Pero era muy fácil no prestarle atención a esa voz. Había muchos objetos deseables alrededor, era fácil distraerse. Todo lo que Draco siempre había querido estaba allí.

Gritó de alegría al ver cosas olvidadas que habían alguna vez despertado las ansias de su corazón: una escoba de juguete que podía elevarse hasta las chimeneas más altas de la Mansión. Hubiera vendido su alma por ella cuando tenía cinco años. Otros objetos pedían a gritos su atención. Un atrasatiempo que brillaba con la promesa de poder manipular el tiempo a su arbitrio. Su propia bombonería con los estantes atestados con sus chocolates preferidos, los envoltorios relumbrando como joyas. El bello rostro de Cho Chang, cuántas habían sido sus ansias de besarla.

Pero la voz cínica en su cabeza sonaba desdeñosa ante esos tesoros. ¿Una escoba de juguete? No podría siquiera soportar su peso. Un atrasatiempo no era un juguete y podía ser sumamente peligroso, y además todos los que había en el Ministerio habían sido destruidos. ¿Una provisión ilimitada de chocolates? El chocolate hacía rato que no lo atraía, había comido demasiados en su vida. ¿Cho Chang? ¡Habían sido los peores besos de su vida!

Como si su disgusto hubiera sido oído, nuevas tentaciones se le presentaron ante los ojos. Se vio como el mejor buscador del mundo que dejaba atrás con facilidad a un envidioso y enfurruñado Harry Potter y terminaba capturando la evasiva snitch. Se vio como Ministro de la Magia sacando a patadas de Hogwarts a sangresucias y a traidores a la sangre y enviando como medida de precaución a un contrito Harry Potter a Azkaban. ¡Qué sensación más gloriosa!

─ Yo puedo hacerte Ministro de la Magia si aceptas servirme. ─ resonó en su mente la voz ajena, desprovista de todo rastro de amor.

Pero… no… tú no quieres en realidad ser Ministro de la Magia. Es mucho trabajo y uno tiene que estar siempre pendiente de las encuestas de popularidad, susurró la voz cínica.

Había un dejo de impaciencia en la voz desprovista de amor: ─ Necesitas hacer un esfuerzo mayor, Draco. Dime qué es lo que deseas. ─

Draco trató de esforzarse, ¿por qué sería que su mente parecía resistirse?

─ ¿Acaso no adivinas? ─ dijo la voz cínica desdeñosa.

Pugnando por imaginar aquello que más deseaba se le presentó la escoba Firebolt de Harry Potter, con su lustrado mango refulgente. El perfume de la madera provocaba una extraña respuesta en sus partes bajas. ¡Oh sí! Tenía tanta envidia de Harry que le había rogado a Padre que le comprara una Firebolt, pero Padre se había negado. Adujo que una Nimbus 2001 prácticamente nueva era más que aceptable para una escoba de competición de escuela. Padre se había mantenido impertérrito a pesar de que Draco tuvo la peor rabieta de todas las que había hecho gala desde que tenía tres años. Ahora la brillante perfección de la Firebolt flotaba a su disposición ante él…

Pero se desvaneció. Había algo más que él deseaba, algo mucho más hondo en su mente, algo que desdibujaba todo aquello que trataba de atraer su atención.

─ Estás agotándome la paciencia, Draco. ─ chilló la voz desprovista de amor.

Draco se preguntó: ─ ¿Quién me gustaría ser, si pudiera elegir? ─

De repente Draco ERA Harry Potter. Toda la atención del mundo mágico estaba dirigida a él y él se gloriaba en ella. Las chicas se le tiraban encima, regalándosele. Dumbledore le adjudicaba cientos de puntos. El Ministerio le perdonaba todos sus deslices y lo invitaban a todos los actos y recepciones oficiales…

Pero la voz cínica se elevó en advertencia. ¡No elijas ser Potter! ¡El Señor Oscuro quiere a Potter muerto!

El cuerpo se le sacudió de terror, por unos instantes la visión en la que estaba envuelto desapareció y volvió a encontrarse con esos ojos rojos que lo miraban con furia. Los dedos que le atenazaban la barbilla aumentaron aun más la presión. La visión lo envolvió nuevamente.

El miedo tornó en ira. ¡Todo era culpa de Potter! La rabia lo inundaba. Vio la cara con ojos verdes de Potter alzarse frente a él, vio el puño apretado de Potter pronto para golpear. Draco cerró su propio puño y le pegó con todas sus fuerzas en la nariz, la oyó quebrarse y lo vio desplomarse al suelo. Draco lanzó un grito de triunfo. ¡Lo había logrado! ¡Había peleado contra Potter y había ganado!

Pero algo más acechaba detrás del triunfo… culpa… culpa que lo carcomía. La sangre que manaba de la nariz de Potter que se retorcía sobre el suele le… provocaba espanto. La voz cínica lanzó risitas. ¿Te vas a desmayar ante la vista de sangre, Draco? ¿Desde cuándo recurres a los golpes en lugar de las palabras acerbas? ¿Y desde cuándo eres más rápido que Potter? ¡Esta visión es una MENTIRA!

El ensangrentado Potter lo miraba fijamente, invicto y con los ojos llenos de odio. Draco se acobardó. ─ Si esto fuera real, Potter te saltaría encima y te molería a patadas como siempre. ─ dijo desdeñosa la voz cínica. ─ Romperle la nariz a Potter te permitirá alardear por unos días, pero terminaría siendo una victoria vacía. Tú no deseas el odio de Potter… ¡eso ya lo tienes desde hace mucho! ─

─ ¡Basta! ─ gritó la voz ajena. ─ Me cansé de esperar a que te decidas. Eres perezoso y malcriado. Si no quieres decirme lo que deseas… ¡YO VOY A DESCUBRIRLO!

La mente de Draco ardió. La mente ajena se zambulló despiadada dentro de él y lo escrutó hasta lo más hondo. Los tentáculos del Señor Oscuro penetraban su corazón y su alma, horadando mucho más profundo, alcanzando rincones recónditos a los que Draco mismo nunca había llegado. Gritó sin emitir sonido.

Sensaciones confusas recorrían su cabeza. Ojos verdes. Una mano extendida en señal de amistad. Piel cálida. Roce sin dolor. El aroma dulce de una pasta frola. El olor a madera del mango de una Firebolt. Lágrimas de agonía y de emoción le afloraban en los ojos. Trató de retorcerse pero la tenaza en la mandíbula le mantuvo la cabeza fija.

Sintió que los ojos rojos le drenaban una parte esencial de su mente. La voz cínica, que había estado tratando de escudar su mente, enmudeció.

Los tesoros relumbrantes desaparecieron. Se encontraba de pie en una cálida oscuridad. La presencia ajena estaba aún en su mente, pero eso había dejado de importarle. Lo invadía una sensación etérea de bienestar. Ante él apareció una puerta de madera oscura con incrustaciones de bronce repujado.

La voz ajena habló y Draco la escuchó, ya sin miedo.

─ En esta habitación encontrarás lo que más deseas. Entra.

─ Sí, mi Señor. ─ dijo Draco obediente.

Abrió la puerta y entró en una habitación con paredes cubiertas de tapices. Había una cama grande de cuatro postes y dosel con los cortinados verdes corridos. La habitación estaba magníficamente decorada. A Draco se le antojó que sería la suite nupcial de un hotel de primera categoría. Un fuego ardía en la chimenea bajo una repisa ornada con serpientes cinceladas. Había una espesa y suntuosa alfombra de piel de oso frente al hogar.

Cuando contempló la cama lo sobrecogió una sensación de deseo salvaje y de ansia desesperada. Dejó caer los hombros y se abrazó. No podía ver la neblina que flotaba alrededor de la habitación.

─ Desenvuelve tu regalo, Draco. Esto es un anticipo de lo que puedo ofrecerte. Cuando acceda al poder, con tu ayuda, será tuyo en realidad. ─ susurró la voz fría.

─ Gracias, mi Señor. ─ dijo Draco. Cerró la puerta y caminó hacia la cama. Se sentía como un chico de cinco años a punto de desenvolver su regalo de navidad, pero algo en sus pantalones le recordaba que ya no tenía cinco años.

No sabía lo que iba a recibir. Descorrió las cortinas y lanzó una exclamación contenida.

Harry Potter yacía sobre la cama. Estaba desnudo, distendido e inconsciente. Correas de cuero le ataban las muñecas y los tobillos a los cuatro postes de la cama. Tenía los ojos recatadamente cerrados y las largas pestañas negras reposaban sobre las mejillas. No tenía puestos los habituales anteojos redondos. La cara parecía desnuda sin ellos, pero no tan desnuda como el resto de su cuerpo. Sobre la almohada junto a la cabeza había una daga ornamentada y un pequeño frasco que contenía un líquido claro.

Una punzada de deseo, tan intensa que resultaba dolorosa, lo hizo abrazarse de nuevo. ¿Qué le podía hacer al Gryffindor? ¡Cualquier cosa! ¡Lo que quisiera! Las posibilidades eran ilimitadas. Finalmente sabía cuál era su mayor deseo… ¡poder absoluto sobre Harry Potter!

Draco se sacó los zapatos y trepó a la cama junto a Potter. Tomó la botella de cristal, la destapó y la olió con cautela. Veritaserum. Dejó caer tres gotas en la boca de Potter. Potter tragó por reflejo. Draco se frotó las manos de satisfacción. ¿Qué le haría a su rival?

Al principio sólo le vinieron a la mente pensamientos de venganza. Potter había salido victorioso sobre él tantas veces. Ya era hora de que aprendiera lo que se siente al perder, las correas de cuero le impedirían contraatacar. Para cuando terminara con él, Potter tendría el cuerpo cubierto de magulladuras y la cara sepultada en mocos de murciélago.

O podría estar muerto. Draco tomó la daga ritual, probó la hoja con el dedo. Estaba muy afilada. Podría hundirse con facilidad en las carnes sin encontrar resistencia.

Se le ocurrió que podría despedazarlo, ir cortando trozo por trozo, y Potter no podría detenerlo. Pero la idea de la sangre, los gritos y los fragmentos cortados le provocaba repugnancia.

Además, pensó, si lo cortaba en pedazos lo perdía. Si lo dejaba entero, en cambio, ¡lo poseería… para siempre!

Draco dejó la daga sobre la almohada y se regaló los ojos contemplando su nueva posesión. Nunca antes había visto a Potter desnudo. Colin Creevey tenía prohibida la entrada en los vestuarios de Quidditch.

Potter era… bello. La piel era más oscura que la de Draco y sin mácula. Cediendo ante el deseo de tocarlo, presionó una mano en el centro del pecho y la levantó. La piel se había tornado más clara en el lugar de la presión, poco a poco fue recuperando el tono normal. Había algo tan sensual en tenerlo a Harry junto a sí, de esa forma. Tenía una erección desde el momento que había abierto la puerta, como si hubiera anticipado lo que implicaba su mayor deseo. Su mente no lo había adivinado, pero otra parte de su cuerpo, sí.

Deslizó la mano sobre el pecho de Potter, fascinado, observando la expansión y retracción de la caja torácica con la respiración. Sintió el ritmo regular de los latidos de su corazón. Deslizó los dedos sobre una de las tetillas y la sintió contraerse, percibiendo la textura apenas rugosa de la superficie. Le acarició los flancos ligeramente ondulados por el perfil de las costillas.

A pesar de estar inconsciente, Potter respondía en cierta medida a las atenciones de Draco. La respiración se había acelerado un poco y se le escapaban tenues gemidos.

Draco se inclinó hacia delante, le envolvió un brazo alrededor y hundió la cara en sus cabellos y en su cuello, aspirando el fresco olor a madera, como el del mango de una Firebolt. Con la mejilla apoyada sobre el hombro de Potter dirigió la mirada hacia abajo a lo largo del cuerpo hasta llegar a la verga flácida, dormida sobre un almohadoncito de rizos negros. Draco no pudo resistir, la recorrió de arriba abajo, la envolvió con la mano y le aplicó movimientos ascendentes y descendentes. Potter gimió levemente y arqueó las caderas.

─ ¡Oh Merlín, eres tan bello! ─ Draco se oyó decir. Los deseos de su corazón no tenían nada que ver con lo que hubiera antes imaginado. Él no quería matar a Potter o destruir su delicada belleza masculina. Quería… quería humillarlo. ¡Sí! ¡Eso tenía que ser! ¿Cómo se sentiría hacer que Potter le suplicara… para que le prestara atención, para que fuera su amigo, para que lo acariciara, para que lo amara? Y que Draco se negara, que lo rechazara… Sólo había una forma de comprobarlo…

¡Enervate!

Los ojos de Potter se abrieron de golpe y soltó una exclamación conmocionada. Trató de sentarse pero las ligaduras lo retenían. Forcejeó con pánico tratando de liberarse. Draco lo observó esforzarse con una fría comisura apenas levantada.

─ Hola, Potter, ¿finalmente me prestarás atención? ─