Escribiré esta carta rápido. Tu bruja es una estúpida, obviamente pertenece a ti.

La han encontrado vestida como hombre en su celda, y luego se ha retractado de su retracción. Volvieron a condenarla por hereje, y ya no hay nada que se pueda hacer. La quemarán mañana, u hoy, tal vez la carta llegue cuando ella no sea más que cenizas. Espero puedas estar presente aquí para ver el bonito espectáculo.

Inglaterra.

Xaintrailles bajó la carta, viendo al Bâtard con suma preocupación.

–¿Francia marchó hacia Rouen?

–Ni bien la carta llegó -afirmó Jean-. Se ha adelantado, debemos juntar las tropas e ir...

–No somos muchos, ¡se suponía que tendríamos más tiempo! -gritó La Hire, nervioso y violento.

-¡No importa que no seamos muchos! -le contestó el Bâtard de la misma forma- Si algo nos ha enseñado Jeanne, es que no debemos temer al número... ¡Ella nos espera, debemos ir a salvarla!

...

–Llegó el día -anunció Inglaterra, sin ocultar su felicidad, mientras se asomaba a la celda de Jeanne, donde ella vestía unos harapientos vestidos. La Pucelle lo vio sin ningún tipo de emoción-. Estuve esperando esto desde el día en que supe tu nombre...

–...Dios tiene pensadas cosas muy bellas para ti, Inglaterra -murmuró ella, sorprendiéndolo-. Así como cosas muy duras... Él sabe que tú eres bueno y fuerte, esto no te condenará de ninguna forma...

–¿Quién te lo ha dicho? ¿Tus voces? -se burló él para ocultar su miedo, pero Jeanne negó con la cabeza.

–Ya no hay voces... Sólo Dios está conmigo ahora

–¿Aún crees en Dios?

–Si... Con la ayuda de Dios, estaré en el paraíso -sonrió débilmente-. Inglaterra, ¿puedo pedirte algo? -pidió, con voz quebrada. Él se puso serio por un momento.

–¿Qué?

Ella respiró hondo, y su pecho tembló.

...

Cuando Francia leyó la carta de Inglaterra, sintió que su alma se desprendía de su cuerpo. Actuó por inercia cuando montó su caballo y cabalgó, como si el diablo lo persiguiese. Estaba llorando pero no lo notaba, ni siquiera era capaz de notar lo que hacía, sólo tenía en su mente el rostro de Jeanne, aquella joven niña que hacía más de un año se había aparecido en Chinon, que había prometido cuidar de él, de la cuál él se enamoró, y quien ese día sería quemada...

Su corazón latía con fuerza en su pecho, obligó a su caballo a ir con mayor velocidad. No podía dejarla morir, no después de todo lo que ella hizo por él...

Cuando llegó y vio a toda el pueblo inglés reunido para presenciar la incineración de la supuesta bruja, sintió odio. Odio por cada uno de ellos. Cuando vio la hoguera armada, quiso vomitar. Tenía mucho miedo...

Podía ver a muchos de los ingleses llorar, pero no supo porqué, hasta que se hizo paso entre ellos, encontrándose con una conmovedora imagen...

Jeanne de rodillas, rezando, pidiendo perdón por cualquier mal que pudiese haber hecho. Francia no entendía cómo alguien podría ser capaz de quemar a una niña tan frágil...

Inglaterra, a un lado suyo, la miraba serio, y un poco triste tal vez. Cuando levantó su rostro, se encontró con la mirada quebrada de Francia, lo que lo hizo sonreír. Francia sabía que odiaría esa sonrisa por años...

Vio como ella se ponía de pie. Estaba llorando, aterrada. Francia lo sabía, estaba aterrada...

Por un segundo, sus miradas de juntaron. Ella le sonrió, como si quisiese decirle que todo estaría bien, pero ambos sabían que no sería así...

Perdón por no cumplir mi promesa... -la oyó murmurar. Quiso gritarle algo, lo que sea, aunque sea su nombre, pero las palabras morían en su garganta, transformándose en una horrible piedra de culpa...

Era su culpa que ella estuviese ahí. Él quería que ella continuase a su lado a pesar de que su misión había acabado, él no la protegió cuando la tomaron prisionera...

Detrás de ella, Inglaterra también le sonrió de forma burlesca. Él lo vio, pero no lo miró. Su mente no era capaz de captar de forma real lo que estaba ocurriendo, se negaba a aceptarlo...

–Como miembro podrido, te hemos desestimado y lanzado de la unidad de la Iglesia y te hemos declarado a la justicia secular -decía Cauchon, mientras Francia inconscientemente sacudía la cabeza, apretando sus puños con fuerza, en un intento de no gritar que se callara y dejase de decir estupideces...

Vio a Jeanne, a su doncella no mayor de 19 años, subir a la hoguera. La vio ser atada a ella.

Empujó a algunas personas a sus costados, queriendo llegar a donde ella estaba, gritando su nombre, llorando, pero fue detenido por algunos guardias mientras Inglaterra se reía de él con la mirada, pero ¿cómo podría Francia prestarle atención a ello, si su vista se centraba solamente en la adolescente a punto de ser asesinada?

–...Quiero una cruz -pidió Jeanne sin bajar la mirada-. Quiero una cruz para estar acompañada de Dios en mis últimos momentos...

Los Sacerdotes se miraron entre ellos, y uno de ellos corrió a la iglesia, en busca de lo que la joven pedía, mientras la hoguera comenzaba a arder...

Francia no quería mirar, pero no podía apartar su mirada de allí. Sentía el ardor del fuego como propio, a pesar de que ella no gritaba. ¿Ese era su castigo divino por haber traicionado a un ángel de Dios? ¿Tener que verla morir mientras ella ardía?

El Sacerdote volvió, colocando una cruz frente al rostro de la joven. Francia oyó a algunos ingleses reír, como si aquello tuviese algo de divertido. También oyó a Jeanne gritar con dolor y liberación el nombre de los Santos, y a Jesús...

Vio la vida de su liberadora, su salvadora, consumirse en cenizas... Vio a todo lo bello del mundo desaparecer frente a sus ojos, destruido detrás de una llamarada...

También vio el rostro desencajado de Inglaterra y... ¿lágrimas?

La mirada verde del anglosajón pasó de las cenizas, hacia Francia. Su labio inferior temblada..

–Oh no... -murmuró-. Estamos... ¡Estamos perdidos! -gritó, y el miedo en su voz era notable-. ¡Dios mío, hemos quemado a una Santa! -anunció, llevándose ambas manos al rostro.

Francia se dejó caer de rodillas, sin poder continuar soportando el peso de su propio cuerpo. No era consciente de sus lágrimas, de sus gritos, de sus golpes llenos de frustración al suelo...

Así, el 30 de Mayo, en Rouen, Jeanne d'Arc, La Pucelle de Orléans, fue quemada en la hoguera, dejando sólo su corazón intacto como restos de su existencia...


Y... llegamos a este día. No tengo muchas cosas para decir. Lo del corazón se dice en muchos lados. Las cenizas de Jeanne y cualquier resto de su cuerpo fueron arrojadas al Sena (no sé si por miedo, o para que nadie hiciera dinero con ellos). El grito que dio Inglaterra lo dio en realidad uno de los ingleses que la quemó (no me acuerdo bien ahora si era un arquero, un soldado, o un sacerdote). Muchos soldados ingleses después de esto fueron a la taberna a emborracharse porque sentían culpa, algunos aseguraron haber visto el alma de Jeanne elevarse, otros una paloma salir volando de las llamas.

Si tienen alguna duda, haganmela y si puedo responderla lo hago! :3 Este no fue el último capítulo, todavía quedan dos~ ¡Espero les haya gustado!