[Katara]

Ella no podía controlar el nerviosismo que recorría su cuerpo. Caminaba en círculos fuera del recinto, alisando una y otra vez las arrugas que aparecían en su vestido.

Sabía que todo cambiaría en cuanto cruzara esa puerta y el miedo la invadió.

¿Realmente quería hacerlo? ¿Debía seguir adelante?

Había luchado arduamente por ese momento y aún así, parecía que seguía siendo un sueño lejano.

Alguien la tomo por los hombros. Al girarse, se dio cuenta que se trataba de Toph Beifong. Su amiga llevaba una nueva armadura metálica amoldada a su cuerpo. Sus heridas se habían cerrado completamente después de cuatro meses y había regresado a su puesto como Jefa de Policía. Katara estaba feliz de poderla ver ahí en ese momento.

Toph parecía estar mejor que nunca. Llevaba dos meses saliendo con Satoru y había quedado como amiga con Sokka. Katara sabía que le dolía a su hermano, pero este estaba tan preocupado por su puesto en el Consejo y su próxima ascensión a Jefe Tribal del Sur que ya no tenía tiempo para cosas como esas.

—Tu corazón late muy rápido—dijo Toph, como si la misma Maestra Agua no pudiera sentirlo—. ¿A que le tienes tanto miedo?

—A la respuesta—confesó Katara. Esa había sido su mayor preocupación durante esos meses—. Ahora que todo parece tan cerca, tengo miedo de que no resulte como esperaba ¿Que tal...? ¿Que tal si la respuesta es no?

Toph se cruzó de brazos sobre el pecho y la vio con mala cara.

—Estas siendo paranoica—sentenció la Maestra Metal. Tomo a Katara del brazo y tiro de ella para llevarla al recinto—. Todos te están esperando, así que vamos de una vez.

Katara trago saliva pero en cuanto se acercó a la puerta, se quedó petrificada. Toph sintió la tensión en su cuerpo y dejo de tirar de ella. Parecía que había pasado una eternidad para cuando Katara encontrón el valor de nuevo.

—Estoy lista... creo.

Ambas cruzaron las puertas y de inmediato, todos los ojos se fijaron en ellas. Se pusieron de pie para recibir a Katara y ella por poco entro en pánico.

Nunca le había gustado ser el centro de atención.

Sintió como lentamente Toph la soltaba.

—Suerte—susurró la muchacha de diecinueve años y se retiró para tomar su lugar, dejando que Katara enfrentará sola a toda la multitud.

Comenzó a caminar sin sentir las piernas. Las miradas eran como dagas. Sentía que le quitaban la ropa, la piel y le miraban el alma desnuda. ¿Que pensamientos habían en las mentes de esas personas? ¿Que pensarían de ella después de todo lo que había pasado?

Busco una mirada compasiva entre todas, pero no la encontró. Como deseaba que Aang estuviera con ella en ese momento, pero bien sabía que no lo estaba.

Sintió como un nudo se formaba en su garganta al pensar en él. Daría todo lo que tenía en el mundo para ver sus ojos grises, su sonrisa alegre solo una vez más... Cerró los ojos, intentando recordarla, en cambio, lo único que vino a su mente fue la sangre, el dolor en el rostro de Aang y la herida en su pecho.

Se obligó a ser fuerte y recuperar la compostura.

Si Aang estuviera aquí conmigo, no le gustaría que llorara.

Suspiró profundamente y alejo a Aang de sus pensamientos.

Frente a ella, Sokka y el resto del Consejo la veía fijamente.

Llego al fin al podium y aguardo. Su hermano se puso de pie y todos en la sala tomaron asiento. El silencio era ensordecedor.

—Terrible y horripilante es la Sangre Control—comenzó el muchacho de piel oscura—. Puedo ser testigo del miedo y pavor que se siente cuando alguien controla tu cuerpo, mientras tú permaneces de pie sin poder hacer nada. Es algo que no le deseo a nadie. Esta es un arte oscura y retorcida de la Agua Control, dominada solo por los más poderosos Maestros Agua durante la luna llena y frente a nosotros hoy está uno de esos Maestro, que en diversas ocasiones a usado esta técnica en otros. En una de estas ocasiones, utilizó la Sangre Control para asesinar a una persona.

Katara escucho cada palabra en silencio y su mente viajó al pasado de forma irremediable.

Aquellos oscuros recuerdos invadieron a la morena.

Habían pasado ya cuatro meses desde el ataque de Koemi. Katara recordaba muy vagamente el incidente. Recordaba el sonido de su brazo rompiéndose, se recordaba a si misma provocándolo y recordaba el grito de la chica mientras lo hacía, luego, recordaba haberla estrangulado hasta matarla.

Pero no había sido Katara, no plenamente. Se había dejado llevar por la rabia y la venganza y le había arrebatado la vida a Koemi de una forma horripilante.

Después de aquello, cuando se dio cuenta de lo que había hecho, había estado desconsolada.

Se había negado a comer, dormir o dejar su habitación durante todo un mes. Todo el mundo había intentado convencerla de que había actuado en defensa propia, pero Katara no podía perdonarse. Cerraba los ojos y veía los ojos de Koemi, la veía sufrir y agonizar.

En ocasiones, mientras dormía, Katara tomaba el lugar de Koemi. Se rasguñaba la garganta hasta sacarse sangre, pero el aire seguía faltándole. Nadie podía ayudarla, nadie tenía piedad de ella. Se le nublaba la mirada y moría lentamente. Después, despertaba gritando, empapada de sudor y con las mejillas húmedas por las lágrimas.

Y el sueño se repetía, y se repetía y se repetía...

Era un monstruo, incluso más horrible que Koemi o la misma Hama ¿Que la hacía diferente al hombre que había matado a su madre? ¿No habían usado ambos sus poderes para terminar con la vida de otra persona?

Lo hice por Aang. Lo amaba demasiado como para permitir que le hicieran daño, pero eso no justifica nada. Tengo las manos manchadas de sangre.

Sokka se había ofrecido a escribirle una carta a los padres de la muchacha, explicando lo que había pasado, pero su hermana se rehusó. Tomo la pluma y el papel y se quedó horas y horas buscando las palabras adecuadas.

Lu amaba a su hija y ella se la había arrebatado ¿Que palabras podrían servirle de consuelo? ¿Querría leer cualquier cosa que viniera de parte de la asesina de su hija?

Katara había escrito doscientos trece borradores de esa carta, pero todos le parecían vacíos e inútiles y terminaba arrojándolos a las llamas. Finalmente escribió uno, aquel que le pareció adecuado. Pidió disculpas por haber asesinado a Koemi y prometió aceptar cualquier castigo que el hombre creyera adecuado para ella.

Una carta fue enviada y una carta fue la respuesta.

Solo habían seis palabras en el papel.

"Mi hija murió hace muchos años"

Esas palabras la habían dejado asombrada. Busco en sus recuerdos al hombre, aquel rey sombrío y melancólico. Recordó la última conversación que habían tenido.

—Lo único que quiero es que ella encuentre tranquilidad—había dicho el hombre y por primera vez Katara se dio cuenta del trasfondo de sus palabras.

Lu había perdido ya todas las esperanzas de recuperar a su hija. Sabía que Koemi, la que él había querido, aquella niña que alguna vez fue feliz, nunca regresaría. Solo podría encontrar la tranquilidad en la muerte. Su hija ya no podía sufrir más y eso lo tranquilizaba y servía de consuelo.

Esas seis palabras resonaron una y otra ves en su cabeza esa noche e intentó llorar, por qué se sentía una persona terrible, pero no pudo y se dio cuenta que se le habían acabado las lágrimas.

Y la mañana siguiente, Katara permitió que sus errores la volvieran fuerte.

Se dijo a si misma que ya nada podía hacer para traer a la vida a Koemi, pero se prometió que la muerte de la chica significaría algo. Katara no permitirá que esa situación se repitiera. Marcaría una diferencia en el mundo para erradicar la Sangre Control.

Solo así encontró paz de cierta forma.

Los tres meses siguientes presentó su caso ante el Consejo de la República Unida, pidiendo que aprobaran su petición. La pelea había sido extensa y agotadora.

Hubieron protestas cuando la iniciativa fue de conocimiento público. Katara fue llamada cobarde y traidora por negarse a expander los horizontes del Agua Control, se le dijo que le daba la espalda a la cultura de la Tribu Agua y fue obligada a renunciar a su puesto como embajadora. Ya no hablaba más con la voz de la Tribu Agua, se había vuelto solo una vieja leyenda de guerra.

Fue abucheada, fue confrontada y atacada, pero ninguno de ellos entendía como Katara lo peligrosa que la Sangre Control era. Ella no desistirá hasta que fuera declarada ilegal.

Se requirieron de arduas reuniones para discutir el tema y pronto esto se volvió la comidilla de la ciudad.

Y ahí estaba ahora. Toda la pelea había terminado. Todo dependía de ese momento.

La sesión había empezado esa mañana y al Consejo le había tomado horas deliberar.

—Mucho se ha hablado sobre este tema y el Consejo ha llegado a una decisión unánime—Sokka tomo el mazo de madera y Katara sintió que dejaba de respirar. Si la ley era rechazada, todo lo que había pasado no tendría ningún significado—. La Sangre Control es una técnica demasiado peligrosa para ser aprendida y utilizada, por lo tanto, es declarada a partir de este momento ilegal y castigada con cadena perpetua a todo aquel que la ejerza—prosiguió el guerrero—, y de la misma forma el Consejo exonera a la Maestra Katara de la Tribu Agua del Sur de los cargos de asesinato contra Kim Koru Huremi bajo los términos de homicidio en defensa propia—Sokka golpeó el mazo contra la madera. Una sonrisa cálida llenaba su rostro—. ¡Se levanta la sesión!

Katara se había dejado caer de rodillas, exhausta.

Su hermano la puso de pie y fue hasta donde ella. La abrazo con empatía. Sabía que nada de eso había sido fácil para Katara.

—Lo lograste, hermanita—le susurró al oído.

Toph Beifong se acercó y la felicito se igual manera, pero Katara sentía todo muy extraño, como si fuera un sueño. No podía creer que al fin había terminado.

La Maestra Tierra la escoltó hasta la salida de la alcaldía.

Los reporteros que esperaban en el exterior la rodearon rápidamente y una lluvia de flashes estalló en su cara. Las preguntas surgieron una tras otra y Katara apenas tenía tiempo para contestarlas. Toph tuvo que contenerlos a gritos y amenaza, ejerciendo su autoridad como policía.

Finalmente, después de aquel extenso y agotador día, Katara fue llevada al Templo del Aire. Resultaba difícil estar en aquel lugar. Todos esos recuerdos estaban ahí y era como si volviera a vivirlo una y otra vez.

No importa lo que haga, el fantasma de Koemi me perseguirá hasta el día en que muera, igual que a ella la perseguía el de Hatsu.

Los Acólitos habían regresado ya a la isla y se encargaban de todo como de costumbre. Katara sentía consuelo en verlos. Ninguno de ellos la miraba con ojos diferentes y seguían siendo tan amables como antes.

Katara camino por los jardines en lugar de ir a su habitación.

Alguien se había encargado de reparar todo. No quedaban señales de la batalla, pero ante sus ojos todo seguía ahí. En medio del campo de plegarias se había sembrado un nuevo árbol. Se trataba de una clase de sauce blanco. Tenía una placa metálica bajo él y en ella un escrito.

—En memoria de la princesa Kim Koru Huremi—leyó Katara, mientras se abrazaba a si misma—, será recordada por la determinación con la que vivió, no por los errores que cometió al morir.

Una ráfaga de viento sopló sobre el jardín y el árbol se estremeció. Katara sintió de pronto mucho frío. Apenas estaba entrando la primavera y el invierno aún merodeaba por ahí. La Maestra Agua se rodeó a si misma en busca de calor, dándose cuenta que tenía la piel erizada.

Cuando fue a su habitación, encontró la chimenea encendida y aquella, fue una sorpresa agradable para variar. Se sentó frente al fuego sobre la amplia alfombra bordada, apareció una pequeña sonrisa en su cara y extendió las manos contra el fuego para entrar en calor.

Y de pronto, sintió que alguien la tomaba por la espalda. Se sintió sorprendida, pero permitió que aquellos brazos le dieran la calidez que tanto había estado buscando.

Aang la rodeó por la cintura con cariño y ocultó su rostro en el cuello de la muchacha. Aquel aliento sobre su piel era lo mejor que Katara había sentido en mucho tiempo.

—¿Como resultó todo?—preguntó el Avatar.

—El Consejo aprobó la ley—respondió Katara, con un tono neutro en la voz que resultaba desconcertante.

Aang la soltó y se acomodó de tal modo que pudiera verle la cara. Katara se perdió un momento el gris tan puro de sus ojos. Las llamas de la chimenea dibujaban los rasgos del muchacho con pinceladas doradas.

Habían pasado cuatro meses del ataque y Aang no se había recuperado aún del todo y ese era el motivo por el cual no había estado presente durante la audiencia. Katara sabía que debajo de esas prendas tenía una cicatriz en el pecho.

Había recibido la puñalada centímetros por debajo del corazón y recuperarse, incluso con los poderes de Katara, había sido muy difícil. La Maestra Agua se había encargado de curarlo lo mejor que pudo en ese momento, pero había perdido mucha sangre y había pasado días inconsciente en el hospital.

Después de ser dado de alta, aún tenía que guardar reposo. Si corría o hacía demasiado esfuerzo un fuerte dolor lo aquejaba y Katara se sentía culpable por ello, aunque no sabía por qué.

Había una sombra de preocupación en el rostro de Aang.

—Sabes que estoy orgulloso de ti ¿no es así?—le preguntó el Avatar.

Katara lo sabía. Su novio la había estado apoyando durante todo aquel duro proceso y se lo agradecía, pero no podía evitar sentirse desconsolada.

La Maestra Agua bajo la mirada y suspiró con cansancio.

—Kat—susurró el monje y ella levantó la mirada. Aang había comenzado a llamarla por aquel apodo recientemente y por alguna razón, cada vez que lo hacía, ella se sonrojaba. En aquel momento, sus mejillas estaban ardiendo—. ¿Me quieres decir que es lo que te pasa?

No pudo negarse a decirle la verdad.

—No debí de haber actuado de esa forma... la Sangre Control... lo que hice...

Aang tomo su mano y entrelazo sus dedos con los de ella.

—Salvaste mi vida—le recordó el chico, intentando hacerla sentir mejor—. Si yo hubiera estado en tu lugar, hubiera hecho lo mismo.

El chico soltó su mano y busco algo entre los pliegues de su ropa. Katara presto atención con curiosidad, hasta que Aang encontró lo que estaba buscando.

Era un pergamino arrugado, con un listón verde manteniéndolo cerrado.

Katara estaba sorprendida.

—¿Aún la tienes?—preguntó, casi con miedo.

El asunto de Haru lo habían resuelto hace mucho y Katara había olvidado ya la carta del Maestro Tierra. Había dado por hecho que Aang la había roto o desecho de ella cuando rompieron.

—La conserve—admitió el monje, con una leve mueca de disgusto—, y cada noche desde que rompimos la leía para no olvidar lo que me habías hecho, intentando convencerme de que te odiaba—observó la carta un largo tiempo—. Te lo dije un vez, Katara, la venganza es como un arma de doble filo: mientras ves caer a tu enemigo, te envenenas por dentro, pero también lo es la culpa. No me estaba convenciendo de que te odiaba, simplemente me estaba haciendo daño, impidiendo que la herida sanara. Si mantienes tu vista en el pasado, nunca te permitirás avanzar hacia el futuro. Koemi dejo que el odio la dominará y finalmente la cegó. Buscaba el perdón de su hermana, pero era ella quien debía perdonarse para poder continuar. Eso es lo que tú debes de hacer ahora, debes perdonarte y segur adelante ¿puedes hacerlo?

¿Podía? Katara no sabía si podía hacerlo, pero estaba segura de que quería intentarlo.

—Si—dijo al fin.

Aang le dedicó una de aquellas sonrisas de las que Katara estaba tan profundamente enamorada y arrojo la carta de Haru a la chimenea.

El papel se retorció y ennegreció, convirtiéndose en cenizas rápidamente, cerrando aquel capítulo de sus vidas.

La Maestra Agua se lanzó al frente y abrazo a Aang con desesperación.

—Gracias—dijo Katara, después de un largo silencio. Le agradeció por estar ahí con ella, por ayudarla a superar ese difícil momento, por perdonarla y seguir a su lado.

Aang correspondió el abrazo.

—De nada—respondió el chico.

Se quedaron abrazados, disfrutando el calor de la chimenea y los brazos del otro.

Lo amo, lo amo demasiado. No hay nada que no esté dispuesta a hacer por él.

Pasó una eternidad hasta que el chico hablo, rompiendo el agradable silencio que se había prolongado en la habitación.

—¿Kat?—preguntó, esperando que no se hubiera quedado dormida en sus brazos. Ella respondió con un tenue gruñido, demasiado cómoda para molestarse en hablar—. Serás mi esposa dentro de dos semanas—le recordó, aunque Katara era incapaz de olvidar la boda—, y entonces serás mía para siempre.

Katara sonrió y los músculos de la cara le dolieron. Había pasado mucho tiempo desde que sonreía ampliamente.

—Yo ya soy tuya—se apartó de Aang y lo tomo por el rostro—, y tú eres completamente mío—se sintió repentinamente triste. Con pesar se dio cuenta que en algún momento la vida de Aang terminaría y renacería en otra persona. Ella podría recordarlo, pero él probablemente se olvidaría de ella. Incluso después de la muere de Katara, Aang seguiría viviendo. Una vida eterna, sin descanso, sin el recuerdo de aquellos a los que amaba, destinado a vivir y luchar para siempre por la humanidad—. Aang ¿Estaremos siempre juntos, incluso cuando ya no puedas recordar mi rostro?

—Yo siempre podré recordar tu rostro, amorcito—respondió Aang, sin daré mucha importancia al asunto—. Tú y yo estaremos juntos siempre.

Pero Katara no podía desistir.

—¿Me lo prometes?—insistió la muchacha, con sus dedos aferrándose a su rostro. Necesitaba escucharlo de él, lo necesitaba como nunca había necesitado nada. No quería contemplar la idea de estar lejos de su lado.

Aang nunca me mentiría. Si lo promete, le creeré sin importar que.

—Te lo prometo, Katara—respondió el Avatar.

Sellaron aquella promesa uniendo sus labios.

Katara deseo con todo su corazón que fuera verdad. Esperaba que incluso en la próxima vida del chico, pudiera formar parte de ella.

Y durante el resto de la noche y de sus vidas, Katara y Aang se besaron.