Ep. 29:
Ino estaba tan enojada que hubiera podido escupir. Eran ladrones de camino, pillos... bandidos rayanos, tal como ellos mismos se habían definido. Lo sucedido luego del sorprendente comentario de Sumaru-san lo demostraba mucho más allá de toda duda. Inmediatamente después, mostraron sus pistolas y exigieron la cartera de Gaara, pero Sumaru sorprendió a sus compañeros de crimen con su última frase:
- Dejad el resto - ordenó mientras subía a Ino, quien no dejaba de forcejear, a su caballo - Acabo de encontrar todo el tesoro que necesitaba.
- ¿Pero y el caballo? - preguntó el otro llamado Mizura con una protesta - Podríamos ganar una fortuna vendiendo un animal como -ése.
Sumaru se quedó contemplando al equino por un rato y luego rió.
- Déjalo, hoy me siento generoso. Pero esparce la arena, Mizura. No quiero estropear vehículos que no tengo intención de atracar.
Gaara sabía lo que podía llegar a suceder, por eso había insistido en que Ino se mantuviera lejos del lugar hasta que aquellos bribones se apoderasen de lo que querían y se marcharan de una vez. Pero ella, muy obstinada, se había presentado allí y había discutido con él lo suficiente como para atraer la amorosa atención del líder de la pandilla. Ino fue secuestrada. El Sabaku y el cochero, después de que les ataran las manos y los pies, fueron empujados zanja abajo.
Él se había resistido, y gracias a Kami-sama no recibió ningún impacto de bala, pero Mizura le dio un fuerte culatazo en la nuca, de modo que no se libró de una enorme jaqueca. Obviamente, Gaara tenía cabeza muy dura, pues no perdió el sentido en ningún momento, sólo se mareó un poco. Sus insultos y gritos prometiendo venganza se escucharon aún cuando los bandidos se alejaban en sus caballos, aunque eran por completo inútiles. No podía perseguirlos, así como Ino tampoco podía zafarse de los brazos que la atrapaban por la cintura.
En verdad estaba furiosa. Ese rapto era una experiencia que podía haber evitado perfectamente. No había nada de excitante ni de romántico en ello. La cabalgata por terreno escarpado, que por supuesto no incluía caminos transitables, muy pronto se convirtió en una tortura, ya que ella se negó rotundamente a apoyarse contra su secuestrador para relajarse. Además, estaba sentada en un ángulo muy incómodo frente a él. Cada vez que el hombre giraba bruscamente, Ino se quedaba sin aire.
El maldito hombre no conocía los límites de su propia fuerza. Pero ella no dijo ni una palabra; se reservaba todas sus protestas para echárselas en cara todas juntas una vez que llegaran a destino y bajaran de ese animal... si es que alguna vez bajaban.
Ino sintió frío cuando se puso el sol. Los caballos apenas se arrastraban, pues durante toda la tarde, se los había obligado a correr a mucha velocidad. Empezaba a pensar que los rayanos tendrían por costumbre cansar a sus animales hasta matarlos, cuando se detuvieron y se bajaron junto a una pequeña corriente de agua. Rápidamente pero con mucho orden, encendieron fuego, extrajeron comida de sus bolsas y extendieron algunas mantas en el suelo. Un campamento. De verdad tenían la intención de dormir allí... a la intemperie.
La Yamanaka se quejó cuando la bajaron del caballo. Tenía las articulaciones paralizadas, pero aunque apenas podía mantenerse en pie por sus propios medios, no dudó en abofetear las manos que acudieron en su ayuda. A Sumaru le produjo gracia el gesto, casi rió.
- No se saldrá con la suya - dijo ella.
- Ya lo hice - contestó él.
- ¿Adónde cree que me llevará?
- A casa.
Esa respuesta breve le dijo muchas cosas, de modo que intentó una táctica diferente, a modo de advertencia.
- No me quedaré allí, sea donde sea.
- Obviamente no entiendes la intención de todo esto - se quejó el hombre - Te estoy haciendo un favor al darte la oportunidad de que tengas más tiempo para recapacitar sobre la elección que has hecho de tu esposo.
- Lo que está haciendo es demostrarme que prefiero a un criador rudo, quien a propósito no es nada malhumorado, antes que a un rayano truhán.
- ¿Debo entender que estás enojada conmigo?
- ¡Por supuesto!
- Oh, no, no deberías enojarte, querida. ¿De qué otra manera podrías hacer la elección correcta si no es conociéndome mejor? - ella se quedó mirándole, instándole a agregar - No te preocupes, ojou-san. No te haré daño, te lo juro.
- Ya me ha hecho daño. ¿Ustedes en Hoshigakure siempre hacen correr así a sus caballos?
Sumaru dirigió la mirada hacia donde Ino había encaminado sus quejas.
- Son caballos robustos, criados para resistir, no como sus blandos caballos de juego. Lamento que te duela, pero el apuro era indispensable.
- ¿Realmente no cree que les seguirán? - protestó ella.
- Por ti, querida, claro que él vendrá. Por lo menos, tratará de encontrarte. Ningún hombre que estuviera en sus cabales te dejaría ir sin pelear por ti. Pero te prometo que él no tendrá ninguna suerte. No hay rayano que pueda encontrarme cuando yo no quiero; mucho menos un fogoso.
Ino tuvo ganas de sentarse en el suelo y echarse a llorar. Se suponía que a esa hora ya debía estar casada. Por supuesto que nada en el mundo habría hecho cambiar a Gaara de opinión respecto al matrimonio en apariencia, pero a pesar de eso, no había otra vía matrimonial factible para ella con un bebé en camino.
Sumaru estaba extendiendo una manta en el suelo para ella. Sus dos cómplices, ni tan robustos ni tan refinados como él, aún seguían lamentando la pérdida de Caesar en un tono de voz lo suficientemente alto para que llegara a oídos de su jefe, pero él no les prestó atención. Se inclinó y ofreció la mano a Ino para ayudarla a sentarse.
Con gran determinación, ella le ignoró y se dejó caer muy tiesa sobre la manta.
- Usted es un vulgar ladrón como cualquier otro, ¿verdad? - preguntó ella cuando Sumaru se sentó a su lado.
Él hizo una pausa, pero inmediatamente se echó a reír con tantas ganas que cayó de costado.
- ¿Vulgar? Nunca, querida. En mi familia, ha habido generaciones y generaciones de bandidos. ¿Entonces, quién soy yo para negar semejante honor?
Se oyeron abucheos y resoplidos por parte de los otros al escuchar esa frase, pero su jefe les echó una mirada reprobadora y luego volvió a concentrarse en la chica, con otra de sus compradoras sonrisas.
- ¿De verdad no ve nada malo en robar? - aventuró Ino con curiosidad.
- Oh, no diría eso. Pero tú debes de saber que durante siglos, los rayanos y los fogosos han tenido el placer de atacarse los unos a los otros. Yo simplemente retomé el viejo hábito.
- ¿Insinúa que sólo les roba a los del País del Fuego? - preguntó, indignada por sus compatriotas.
Sumaru se encogió de hombros con indiferencia y señaló:
- No llegaremos a mi casa sino hasta mañana por la tarde, de modo que, como verás, me aparto de mi camino para asegurarme de que sólo vacío los bolsillos correctos.
- Qué patriótico - espetó ella - ¿No hay fogosos cerca de donde vive?
- Muy pocos. ¿Pero no ves cuál es mi dilema? Tengo que parar cada carruaje para preguntar ¿Usted es fogoso o rayano? Pero a nosotros no nos gusta que nos detengan con razones tan tontas. Entonces es mucho más fácil ir donde me aseguro que habrá muchos fogosos rondando, y eso es cerca de la frontera.
- Para mi desgracia.
- No, ojou-san, no digas eso. Naturalmente, estás muy triste. Yo mismo estoy asombrado y confundido por los sentimientos que inspiraste en mí, pero no creas que tengo por costumbre secuestrar a muchachas hermosas. Ésta es la primera vez.
- ¡Qué suerte tuve!
Sumaru se rió por el incansable sarcasmo de Ino.
- No, soy yo el que tiene suerte. No tienes idea lo mucho que he buscado una mujer como tú.
Como se trataba de un hombre joven, de unos veinte años aproximadamente, no podía haber estado buscándola tanto tiempo. Pero Ino sólo dijo:
- No ha tenido tanta suerte, Sumaru-san, porque yo ya estoy comprometida para casarme.
Comentario que no le conmovió ni un pelo.
- Realmente no puede gustarte ese tipo cara de vinagre - le dijo con firme convicción.
- ¡Claro que me gusta!
- Pero no le amas - contestó con aire confidente - Eso fue más evidente que...
- Por supuesto que le amo. Le amo tanto que tendré un hijo de él.
Sumaru sonrió.
- Qué objetivo tan dulce. Dar un hijo a un hombre.
- No, me interpretó mal - le dijo ella ruborizada - No es algo para el futuro... bueno, en parte sí. Me refiero a que es ya un hecho concreto.
Ino lo dijo sin sentir la vergüenza que había imaginado sentir. Y la expresión de sorpresa del bandido bien valió toda la incomodidad que ella había padecido a través de los escarpados terrenos de Hoshigakure. Sólo que no duró mucho, pues al instante él se echó a reír como un loco. Entendió que el hombre no la había creído.
- ¿Y ahora qué?
Ojalá lo supiera. Sinceramente, me pareciste convincente.
- ¿Entonces por qué no me creyó?
Quizá porque no quiere.
- Bueno, qué arrogancia, ¿no? Tampoco creyó mis mentiras.
¿Qué mentiras?
- Notar que no me estoy riendo.
Pero Ino tenía el ceño fruncido. Sumaru lo advirtió y pensó que su molestia era por él... cosa que debió haber sido de ese modo si ella no se hubiera distraído con la voz de su conciencia.
- Lo lamento, querida, pero debes comprender lo desagradable que resulta que una muchacha fina como tú tenga un niño antes de casarse. Especialmente, si ese crío es de un hombre que ni siquiera te gusta - después, de repente, abandonó su gesto divertido para adoptar una expresión sombría, suspicaz - A menos que él...
Ino interpretó de inmediato a qué apuntaba el hombre y le interrumpió antes de que completara la frase:
- No lo hizo, ¡y me repugna que lo piense siquiera!
- Huy, no... No tienes que perder los estribos de ese modo - dijo él, algo apenado.
- ¿Perderlos? ¡Ya los perdí esta mañana! No tenía derecho a raptarme de mi prometido. ¡Hoy tenía que haberme casado!
El moreno se amedrentó; pensó que la muchacha estaba al borde de las lágrimas, cosa que no podía tolerar.
- Aún puedes casarte. No dudo que podremos encontrar una iglesia por aquí cerca.
- ¡No me casaré con usted! ¡Es más, le exijo que ya mismo me deje ir!
- ¿El cortejo no va del todo bien, jefe? - comentó Mizura con una expresión seria, aunque era evidente que hacía un gran esfuerzo por no soltar una carcajada - Pude haberte advertido que secuestrar a una novia puede traerte un montón de problemas.
- El encanto tiene su lugar y éste no lo es - dijo ella brevemente - Bien, estoy segura de que es un hombre agradable para ser un bandido. Hasta podría ser un buen esposo para cualquier chica si dejara de robar. Pero no seré yo esa mujer.
- ¿Por qué no lo consultamos con la almohada? - sugirió él, como si el corto discurso de Ino no hubiera servido de nada.
- ¿Mejor por qué no me lleva de vuelta?
- Ten piedad, ojou-san. Los caballos no dan más, ni aunque yo estuviera dispuesto a dejarte ir tan pronto.
- ¿Tan pronto? ¿Cuánto más le llevará entender lo que le dije?
- Hasta que admitas que seré un buen esposo, bandido o no.
- Incorregible - calificó ella, exasperada - Absolutamente fuera de todo perdón, también. Y yo pensaba que Gaara era irrazonable... - agregó en un murmullo.
- ¿Qué?
- Ya no hablaba con usted, así que no me dirija la palabra.
- Entonces, permíteme darte de comer y...
- ¡Tampoco comeré su comida!
- No dejaré que te mueras de hambre, querida - su respuesta fue muy firme.
Ino entrecerró los ojos, advirtiéndole claramente que olvidara toda buena intención que tuviera para obligarla a comer.
- Inténtelo, a ver si puede.
- Bien, pero eres una mujercita muy testaruda - comentó él bastante exasperado, luego suspiró - Muy bien, pero cuando tengas hambre, avísame.
Ino resopló y le dio la espalda para acostarse. Golpeó la manta como si hubiera sido un colchón blando, y al instante se arrepintió de su arranque de ira, la mano le dolía. Maldición, maldición y maldición. Sin duda el Ichibi tenía la culpa. Si se paraba a pensarlo, seguramente encontraría la forma de echarle la culpa por su cruel destino, o por lo menos, por no venir a rescatarla. ¿Qué importaba que hubiera sido atado de pies y manos? Debió haber tenido la astucia suficiente como para zafarse de las ligaduras y salir corriendo tras ella.
¿Por qué no consideras la posibilidad de escaparte por tu propio pie?
- ¿Cómo?
Tú no estás atada de pies y manos. Una vez que se duerman, podrás escaparte.
- ¿Acaso cree que tengo la menor idea de dónde estoy? No lo sé. Podría dar vueltas y vueltas y morirme de hambre.
O podrías encontrar ayuda por aquí, a la vuelta.
- ¿A la vuelta de dónde? Estoy en medio de ninguna parte, por si no lo has notado.
¿Ni siquiera lo pensarás?
- Por supuesto que sí. Si dependo de que Gaara venga a rescatarme, me quedaré anclada aquí en Hoshi por el resto de mis días. Pero si me pierdo y me muero de hambre, será su culpa.
Yo no habría rechazado un alimento cuando mi estómago me hacía tanto ruido.
- Fue una cuestión de principios.
¿Y qué tienen que ver los principios con tratar de huir?
- ... Sumaru-san, tengo hambre.
