Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro.

Quiero agradecer los comentarios de: Linda4257, , Eirin Stiva, AlePenber,LunaraKaiba y kikyoyami8.


Capítulo 28

Otro día de trabajo pesado, fue lo que pasó por la cabeza del finlandés mientras iba caminando. Espera que fuera un poco diferente. Seguía sin poder entender la mente de ese ruso y francamente a este paso bajaría de peso si continuaba almorzando con aquel. Lastimosamente no podía hacer mucho al respecto, necesitaba el trabajo así que simplemente debía soportarlo.

Pero dejando de lado ese aspecto tan terrorífico, le gustaba lo que hacía. Ver los rostros de los niños encenderse cuando veían un juguete le resultaba invaluable. A pesar de que la tecnología estaba dando pasos apabullantes, le parecía agradable el hecho de que aún había chicos que preferían una buena muñeca o un auto de carreras como compañeros de juegos.

Al ingresar a la tienda, todo indicaba que sería como el resto. Saludó y se dirigió directamente hacia los vestidores. Durante el transcurso, se dio cuenta de que había alguien muy familiar quien estaba dirigiendo las instalaciones de los equipos y además, probaba el funcionamiento de los mismos. No sabía si era a causa de que todavía estaba con sueño, así que volvió a mirar a esa persona para simplemente asegurarse.

Se acercó lentamente por detrás, para no interrumpir el trabajo del muchacho en cuestión. No quería ilusionarse, pero no pudo evitar sonreír. ¡Finalmente alguien que conocía y con quien tenía confianza se encontraba allí! Era un gran alivio para el finlandés.

—¿Eres tú, Eduard? —cuestionó para confirmar sus sospechas.

—¿Quién llama? —El báltico se dio vuelta y halló al finés parado con una enorme sonrisa —.¡Ah, Tino! ¡Qué gusto verte!

—¡Eduard! —exclamó y sin pensarlo, abrazó al estonio. Éste quedó sorprendido por la impulsiva acción del rubio.

—¿Qué sucede? —Se ajustó los lentes, no entendía qué era lo que pasaba.

—No sabes todo lo que me ha pasado en estas semanas —Con sólo recordar, ya estaba temblando.

Estaban a punto de iniciar una larga charla, cuando Iván pasó cerca de allí. El finlandés se despidió rápidamente y ambos prometieron ponerse al día en el momento del almuerzo. Por supuesto, si Tino tenía la suerte de que el ruso no tuviese antojo de volver a salir con él.

Cuando se alejó, Eduard se quedó un poco pensativo. Se le notaba al muchacho que estaba un tanto tenso y realmente no le culpaba. Con el compañero de habitación que se mandaba y el jefe que dirigía dicha tienda, tenía razones de sobra para sentirse de esa manera. De manera gustosa, aguardaba por ese encuentro con el muchacho.

Las primeras cuatro horas de la jornada laboral pasaron relativamente rápido. Quizás era el hecho de que su vecino estuviera cerca de allí, lo que le había tranquilizado un poco más al finlandés. O tal vez, porque la época requería de más concentración, había muchísimos clientes que le mantenían más que ocupado.

Lo cierto era que hasta el mediodía, todos los problemas que agobiaban a Tino, desaparecieron. Se divertía entreteniendo a los chicos mientras que los padres tomaban la decisión de compra. Incluso había alguno que se burlaba de su forma de vestir, mas eso no era algo que le molestaba. Gajes del oficio y nada más.

Cuando llegó el momento del descanso, el finés se apresuró en cambiarse. Luego de eso, miró por todas partes, no había ninguna señal del ruso, lo que podría significar dos cosas: O estaba parado justo detrás de él o que estaba demasiado ocupado como para andar por esa parte. Tino se volteó lenta y calmadamente, y para su buena suerte, sólo estaban los casilleros.

—¿Estás listo?

—¡Kya! —gritó el finlandés, creyendo que se trataba de Iván.

Sin embargo, lejos de su paranoia, era el estonio que había terminado con sus funciones. Éste nuevamente no entendía qué era lo que le sucedía al muchacho, lo cierto era que aparentemente tenía un gran trauma.

—¿Te encuentras bien, Tino? —Dudaba acerca de ello, pero nunca estaba de más asegurarse.

—¡Eduard, eres tú! —contestó aliviado —.Por un segundo, pensé que eras el señor Iván —inhaló y exhaló varias veces para volver a estar calmado.

—Parece que tienes muchas cosas para contar —Si bien había pasado un buen tiempo desde que hablaron por última vez, no creyó que pudieran ocurrirle tantas cosas al finlandés en ese lapso.

—Ni te imaginas —posó su mano en el hombro del europeo mientras que decía aquello.

No estaba muy seguro si eso se trataba de algo bueno o malo, de todas maneras, lucía como si fuera un respiro para el finlandés. Tras dejar todo lo que correspondía al trabajo, ambos marcharon con prisa hacia la salida de la tienda. Debían huir del ruso antes de que éste se diera cuenta de que se iban a comer.

—¡Por cierto, Tino! —Toris corrió hacia los dos antes de que pudieran retirarse.

—¿Eh? ¿Qué pasa? —Tenía bastante hambre, pero estaba listo para cualquier tarea que el lituano le encargara.

—El señor Iván me pidió que te avise que hoy no podrá salir a almorzar contigo. Tuvo que ir a la fábrica por algunos desperfectos —aseguró el muchacho que actuaba de asistente y secretario del mencionado ruso.

—¿Lo dices en serio? —Aunque sabía que debía disimular, era una excelente noticia.

—Sí, parece que unos empleados arruinaron una maquinaria en protesta y ya sabes cómo es el señor Iván. Así que hoy estás liberado —explicó éste, quien comprendía perfectamente la razón por la cual el rubio estaba tan contento.

—Bueno, es una lástima… —sonrió levemente—.En fin, iremos a comer al restaurante de la esquina.

—De verdad, ¿qué ha pasado? —estaba realmente ansioso por saber qué había pasado con el finés durante ese tiempo.

—Déjame que te cuente… —El muchacho tomó del brazo al europeo y ambos fueron al restaurante en cuestión.

En otro lado, el sueco estaba esperando expectante en aquel bar inglés. Su antiguo compañero le había avisado que había conseguido averiguar mucho acerca del hombre a quien debía vigilar y que la información resultaba más que interesante. El hombre se preguntaba si realmente era cierto, ya que a ese danés en particular solía exagerar bastante acerca de sus logros.

De todas maneras, no podía poner en duda lo que había obtenido Andersen. Había estado pensando en ello, todos los días de la semana pasada y ahora estaba demasiado cerca de conocer qué era lo que estaba ocurriendo en el trabajo de Tino. Aún éste se rehusaba a contarle qué era lo que estaba pasando y de hecho, parecía que últimamente venía con dolor estomacal.

Francamente no podía ocultar su preocupación, pero no podía hacer mucho. Tampoco estaba planeando confesar sus sentimientos o algo por el estilo. Si podía cuidar las espaldas del finlandés, sin tener que llegar a ese punto entonces ya se daba por satisfecho. Simplemente era una opción que no era factible por el momento.

Miró hacia las afueras del lugar, mientras tomaba un poco de cerveza artesanal. Aunque no se considera un gran aficionado a la mencionada bebida, necesitaba un poco de alcohol en sus venas para poder soportar los gritos del otro nórdico. Revisó su teléfono móvil, ya habían pasado veinte minutos del mediodía. Se estaba preguntando si se trataba de una broma de pésimo gusto.

Sin embargo, Andersen estaba caminando con toda prisa. Se había estado distrayendo con cierto noruego y luego se le había pasado la hora. A pesar de ello, no se sentía para nada culpable. Es decir, lo bueno siempre se hace esperar y en este caso, dejaría a Berwald a la expectativa. Valía completamente la pena.

El escandinavo respiró profundamente para tener la santa paciencia de quedarse allí sentado. Algunas personas pasaban cerca de él y cuchicheaban entre sí. Le resultaba bastante molesto, aunque no le importaba. Si el danés le había dicho la verdad, entonces lucir como un idiota plantado en la esquina del bar no era nada comparado a lo que iba a recibir a cambio.

Al mismo que tiempo que estaba sumergido en sus pensamientos, el inglés se le acercó.

—Oye, si viene ese del copete raro, dile que se calme. Estoy harto de tener que escuchar sus gritos —afirmó el hombre al recoger la jarra vacía.

—Veré lo que puedo hacer —y luego asintió. Aunque estaba más que seguro que mantener a Andersen callado era completamente imposible.

Mientras que se dirigía al lugar, el hombre que ahora vivía con esos dos hermanos, estaba pensando en lo que iba a pedirle al sueco. No encontraba nada que tuviera el valor suficiente que le recompensara el esfuerzo que había hecho. Debía ocurrírsele algo y lo más pronto posible.

Al llegar a las afueras del bar, el danés sonrió. Desde lo lejos, había podido ver a ese hombre sentado en su lugar predilecto. Aún no podía creer que después de todo lo sucedido, se tenían el uno al otro. De alguna forma extraña.

—¡He llegado yo! —soltó el hombre, ante la atenta mirada de odio que le había lanzado el dueño del lugar.

El sueco ni se inmutó en darse la vuelta, podía reconocer esa voz a kilómetros de distancia. Era prácticamente imposible que se pudiera confundir con alguien más, así que en lugar de darle la atención que quería, se limitó a mirar su vaso de cerveza. En cualquier momento, el otro se aparecería a su lado, era cuestión de minutos.

—¡Qué aburridos son! —opinó y luego se dirigió hacia la mesa donde estaba sentado Berwald —.Ya puedes sonreír, ya estoy aquí —se sentó justo enfrente de él.

Sin embargo, el hombre continuó con su misma expresión de siempre. Quería cerciorarse primero de que Andersen hubiera cumplido con lo que le había pedido. Luego, vería cuál sería el siguiente paso. Tan sólo quería saber qué era lo que tensionaba tanto al finlandés. Al fin, sus dudas al respecto tendrían sus respectivas respuestas.

—Bueno, primero déjame decirte que…

—¿Hiciste lo que te pedí? —interrumpió el actual compañero de Tino.

—¡Por supuesto que sí! ¿Crees que soy un patán o qué? —preguntó algo ofendido.

—Bueno… —Tras eso, le siguió un profundo silencio.

—En fin, como estaba diciendo, conseguí lo que querías. Y creo, y sólo creo mi querido Berwald, que no quedarás para nada satisfecho —respondió el danés, que intentaba alargar el momento, simplemente para ver como aquel se ponía impaciente.

—¿Vas a mostrarme? —volvió a cuestionar, seguía con la teoría de que todo esto era una broma pesada.

Andersen puso su mochila encima de la mesa y comenzó a buscar las grabaciones. Por supuesto, antes de llegar allí, había decidido que sería una excelente idea pasar por una tienda de artículos de cierta naturaleza. Lastimosamente, esto era completamente desconocido por el sueco, así que estaba mirando de manera atenta a lo que el otro sacaba al exterior.

Desde libros para mejorar la vida sexual hasta lubricante, pasando por unas esposas, el danés no tenía pudor en mostrar eso al exterior. Contrariamente, Berwald trataba de posar sus ojos azules en otra cosa, aunque de todas maneras no había forma llevadera de esa vergüenza que en ese mismo instante. Incluso había sacado ropa interior comestible.

—¡Vayan a un hotel para sus cochinadas! —les reprendió Arthur, quien estaba limpiando la mesa contigua.

—Lo siento —Aunque lo repitiera mil veces, no había absolutamente nada que pudiera hacer para escapar de lo que estaba sintiendo en ese preciso instante.

—¡Ajá! —gritó el danés al encontrar el usb que se había metido en lo más profundo del bolso.

—Andersen… —Empujó las cosas del hombre, ya estaba demasiado sonrojado como para soportar más humillación.

—Eh, ¿qué te sucede? —Éste no se daba de la situación.

El carpintero simplemente respiró profundamente, más le valía que la información que tenía en ese pendrive fuera de utilidad. No comprendía cómo era que cada vez que se veía con su antiguo compañero, todo terminaba en humillación y vergüenza. Aparentemente, sus encuentros estaban maldecidos con esa clase de situaciones.

—¿No lo notas? —Era una estúpida pregunta, pero no perdía nada con intentarlo.

—¿Qué cosa? —Andersen continuaba en negación hasta que vio todo lo que había colocado sobre la mesa —¡Ah, esto! Es que tenía otras esposas pero no recuerdo donde las había puesto —aclaró.

—Están en el apartamento…

—¡Puedes quedártelas! Ya sabes, para que puedas hacer cositas con…

En ese momento, el sueco le encajó una cachetada al danés para que no terminara esa oración. En esas circunstancias, se ponía a pensar en cómo el noruego podía lidiar con ese ser todos los días de su vida. La verdad es que no habían pasado una hora y ya estaba agotado de tanta energía.

—¡Oye! No vengas a mentirme en la cara. Sé que al menos lo has pensado una vez —acusó, mientras que se acariciaba la mejilla.

—En fin... —No iba a ponerse a discutir acerca de eso en medio de un bar y mucho menos con él.

—Aunque lo niegues, sabes que es cierto —A pesar del golpe, estaba completamente seguro acerca de su afirmación.

El sueco se quedó mirando fijamente al danés. Ninguno de los dos iba a ceder, el primero no planeaba confirmar absolutamente nada de lo que saliera de la boca del segundo. En cambio, éste estaba determinado a obtener la respuesta que quería. No podía evitar curiosear un poco sobre ese aspecto de la vida del escandinavo.

—No —reiteró Berwald.

—A ver, voy a hacerte las cosas más fáciles —Andersen estaba dispuesto a lo que fuera —.Yo estoy enamorado de Lukas, ¿lo sabes? Es tan encantador, me encantan sus bromas, es realmente muy simpático.

—¿Bromas? —cuestionó.

—Pero, la verdad es que hay días en que sólo quiero meterle en la cama y…

—¡Basta! —interrumpió el sueco.

—Hacerle mío —terminó el danés —.Ahora, confiesa.

—No tengo nada que confesar —aseguró éste, que ya estaba empezando a fastidiarse por culpa la actitud del panadero.

—¿Estás seguro de eso? —El hombre apoyó su codo por el respaldo de la silla y sonrió.

—Sí.

—¡Mentira! Si quieres que te dé el pendrive, tendrás que admitir que te tocas pensando en ese niño —Era una idea más que brillante, era la venganza perfecta.

Andersen miró la boca del otro, sabía que lo iba a hacer. Era cuestión de tiempo. Berwald no estaba muy seguro de qué hacer, si bien desde un primer momento estaba consciente de que aquel era capaz de pedirle lo más absurdo, esto era por lejos demasiado. Es decir, el asunto era demasiado íntimo como para andar propagándolo por todas partes.

Miró el pendrive, la verdad es que estaba demasiado ansioso por ver el contenido de aquel aparato. Pasar más vergüenza a esas alturas, le resultaba imposible. Así que a pesar de estar bastante contrariado, era la única manera de enterarse de la vida de Tino en su trabajo. Era lo más bajo a lo que había caído, mas los asuntos del amor no respetan orgullos ni egos.

—Está bien... —afirmó el sueco, mientras que apartaba la mirada.

—¿Está bien qué? —No iba a dejar en paz al otro hasta que lo dijera completamente.

—Yo hago eso —respondió, tapándose el rostro.

—¿Qué cosa? —Se hizo del inocente, aunque eso lo tenía lo mismo que el sueco de lanzado.

—¿Es necesario? —Estaba a una mesa de darle un buen golpe al otro para que dejara de ser tan pesado.

—Claro que sí. Yo te dije que hay momentos que pienso en Lukas y simplemente... —El danés se quedó colgando pensando en una imagen del noruego y una gota de baba caía de su boca.

—Sí, me toco pensando en él —respondió con muchísima vergüenza.

Sin embargo, Andersen estaba demasiado entretenido con sus propias ideas. Así que mientras que ése continuaba perdido en dónde el diablo había perdido su chaqueta, el sueco vio una oportunidad e intentó arrebatarle el pendrive. No obstante, no contó con que aquel se diera cuenta y empezaron a forcejear por el objeto, con tal mala suerte que ambos cayeron al suelo, con la mesa incluida.

—¡¿Qué demonios crees qué estás haciendo? —cuestionó un muy enojado Andersen, quien intentaba levantarse del piso.

—Ya es hora de que me lo des —La paciencia ya se le había colmado y había tenido suficiente con las tonterías del otro.

—Te lo daré, pero primero suéltame —exigió el hombre.

—Dame el pendrive y luego te dejo ir —afirmó éste, quien había tomado de la pierna al nórdico para que no pudiese escapar.

Todo ese escándalo llamó la atención de todos los presentes en el bar. El ruido que ambos estaban provocando impedía que los demás pudiesen conversar en paz. Obviamente, aquel espectáculo enseguida fue percibido por el dueño del lugar, quien ya tenía suficiente de esos dos. Y ahora le habían dado la excusa perfecta para echarlos de allí.

—¡Les advertí que les iba a sacar de aquí si no se comportaban, demonios! —exclamó el británico que comenzó a golpear a los dos para se fueran de una vez.

Diez minutos después, ambos estaban sentados a las afueras del bar. Uno tenía un montón de rasguños en el rostro, mientras que el otro tenía todo el pantalón roto. Las cosas habían terminado de una forma bastante violenta. La situación les había dado la oportunidad para que los dos explotaran todo lo que tenían uno contra el otro y ahora estaban mucho más tranquilos.

De la nada, Andersen comenzó a reír de manera histérica. Berwald simplemente suspiró, debió haber previsto que algo por el estilo iba a suceder. De todas maneras, le hacía algo de gracia que el danés terminara con el pantalón hecho trizas y con algunas heridas abiertas. El otro no podía dejar de mirar el rostro de su acompañante, quien se había puesto una bolsa de hielo por la mejilla, por culpa de la patada que le había encajado.

—¡Esto es tan ridículo! —exclamó el primero —.Además, luces fatal —se burló.

—Tú pareces un vago —opinó el sueco, que ahora estaba pensando en cómo iba a explicar todo el asunto al finlandés.

En eso, la figura de cierto noruego se iba apareciendo en el horizonte. No le cabía dudas de que Andersen se había metido en un lío, simplemente había decidido aparecer para saber acerca de la situación. Sin embargo, cuando vio el aspecto de los dos hombres que estaban allí, se quedó sin palabras. Suspiró y luego, tomó de la oreja al danés.

—¡Ay! —se quejó éste.

—Dale el estúpido pendrive y vámonos —dijo Lukas, la verdad es que no necesitaba ninguna explicación.

—¡Pero…! —Sin embargo, el noruego no pensaba escuchar ninguna queja por parte de éste, así que le dio un buen golpe en el tobillo, lo que enseguida cambió el parecer del hombre —¡Aquí tienes! —Andersen arrojó el mismo y Berwald sonrió.

—Nunca aprenderás —Tomó de la mano y regresaron a la panadería.

Esa tarde, Tino y Eduard habían regresado al edificio de apartamentos juntos. El primero estaba contento por tener un compañero en quien confiar mientras estuviera allí y además, era una grata compañía. Ambos acordaron en que irían nuevamente el uno con el otro a la mañana siguiente. El finlandés, después de mucho tiempo, volvía al lugar que llamaba hogar, relajado y tranquilo.

—Berwald, nunca adivinarás con quien me encontré en el trabajo —afirmó mientras que colgaba su chaqueta.

El sueco, al oír la voz del finés, escondió rápidamente el pendrive que tanto trabajo le había costado y cerró la laptop. Sólo había un detalle del cual se había olvidado: Aún lucía los rasguños que le había causado el danés un par de horas atrás. Pero había una razón para aquello, había estado completamente absorto viendo lo que había conseguido aquel.

—¿A quién? —preguntó, apenas salió de la habitación.

—A… —Pero no pudo terminar debido a la impresión que le había originado el ver las heridas que tenía el escandinavo —¡¿Qué te pasó? ¡Déjame que te cure eso!

Berwald trató de detener a Tino, pero éste se fue al baño para sacar una vez más el botiquín. Últimamente, algo sucedía con el sueco que no lograba comprender del todo. Es más, empezaba a temer que uno de estos días terminara sin uno de sus dedos y éste no se diera cuenta.

—¿Sabes? Creo que deberías prestar más atención, me preocupas —explicó el muchacho de ojos pardos mientras que con la gasa limpiaba la sangre.

—Sólo fue un accidente de trabajo —Otra vez, mintió al finlandés. Ya se estaba convirtiendo en costumbre y era algo que realmente le fastidiaba.


Espero no haber herido la sensibilidad de alguien. Mis chistes suelen ser un poco fuertes y más cuando escribo con personajes masculinos.

Aviso que la siguiente actualización va a ser el viernes o el sábado. Tengo un examen final muy importante el jueves y quiero concentrarme en eso.

¡Gracias por leer~!