+ Y al regresar a casa… +

Capítulo 26La picana de dios

Edward contemplaba ya desde hacía un rato el suelo un poco sucio del local, juntando y separando las manos debajo de la mesa. Detrás de un mostrador, un hombre gordo y de sonrisa resignada se paseaba apilando tostadas y manejando la caja registradora.

-¿Por qué me has citado aquí…?

Entró alguien en el restorancito, anunciado por el golpeteo de las campanillas que colgaban de la puerta. Había poca gente, los más, desanimados, con boletos de tren que les llevarían lejos de sus familias por trabajo u otras cosas, olvidados todos de la gracia del sol haciéndose sitio por las ventanas. Poner en la estación de tren un negocio de comidas, especializado en desayunos y meriendas, no era la fórmula de la riqueza inmediata, pero funcionaba para mantener a una familia promedio en Rizembul.

-Prometí no rendirme, y no lo haré. Esperé bastante ya.

-Pero…

La mesera, que por los rasgos y las maneras se delataba hija del dueño, les sirvió té, comentándoles alguna cosilla del todo prescindible como lo bonito del clima o vaya a saber quién qué. Cuando la soledad retornó, con su invariable generosidad, Edward se encogió de hombros y se decidió a alzar los ojos antes de terminar su oración.

-…aunque está bien que luches por tu felicidad, no puedes forzar a otros a participar de ella…

-¿Por qué no?

-Eh…

Exhalando con la esperanza de ahuyentar así al universo, metió su cucharita en el frasco del azúcar. Cuando Winly lo despertó en la mañana con un grito creyó que era por puro despecho, e incluso, habiendo sido arrastrado hasta el teléfono y habiendo identificado la voz que le reclamaba del otro lado, se preguntó si la rubia no habría planeado toda la situación desde el principio, con esa maldad tan femina que surge viscosa de las heridas inflingidas en el orgullo. No obstante, la forma ridícula en que Roze le rogaba que fuese a aquel cafetín, al menos por respeto a ella que había viajado hasta allí (y quién le había pedido que lo hiciese, era un misterio), lo disuadieron de tales ideas, porque era consciente de que Winly no era chica que procediera por caminos tan complejos. Trató de imaginar cómo sería la vida con Roze. Pero no pudo. Se rascó la nuca.

-Realmente no entiendo qué quieres de mí…

-¡Que seas el padre de Edo!

-¿Pero por qué yo?

-¡Porque tú eres el padre de Edo!

Se estuvo un rato viéndola fijo a sus negras pupilas, en un desesperado intento de comprender qué podía querer decir aquella respuesta.

-No entiendo.

Ella se mostró indignada, luego la sobrepasó alguna imagen terrible que se le dibujó en el alma y, con el pecho atravesado de promesas, se puso a llorar. Se tapaba la cara con las manos y sollozaba bajito, murmurando para sus adentros. Edward, que nunca sabía qué había en el corazón de las mujeres, ni de los seres en general, se asustó por su reacción y se puso de pie, estirándose para acariciarle la espalda sin dejar de tener el mueble de por medio, fingiendo como podía una expresión amable y vigilando por el rabillo del ojo que no viniera nadie a golpearle por molestar a una señorita.

-Ya, ya, tranquila, Roze… No es mi culpa no entender, tienes que admitir que tu posición es un poco… bueno… ya sabes… pero por favor, no te enojes…

-Pero tú, tú eres… -Restregándose las lágrimas con las palmas, Roze, desolada pero con un asomo de calma, preguntó: -¿Cómo has podido olvidarlo?

-¿Olvidar qué?

-¡Lo que pasó! –Y se volvió a cubrir el rostro, queriendo sin duda esconder el sonrojo que se apoderaba de él.

Predispuesto a caer en la locura en cualquier momento, Edward respiró hondo, buscándole sentido al asunto con verdadera sinceridad. Probablemente estuviera pensando que su vida habría sido más fácil sin la existencia de las mujeres. Aunque pronto se retractaría de ello, cuando comprobara que no hay persona en la galaxia con la que sea fácil relacionarse si se es Edward Elric.

-Roze… mira, yo no quiero hacerte daño, pero esta conversación no va a ningún lado. Porqué no mejor te vas a tu casa y…

-¡No! –Le interrumpió ella, bajando ahora los brazos y dando un golpe sobre la madera barata. -¡No voy a irme hasta que me des una respuesta!

-¿Una respuesta a qué?

-¡A la pregunta que te hice! –Tomó aire y repitió: -¿Serás un padre para Edo?

Tal vez entonces se encendiera el generador de energía del cerebro de Edward, porque, con súbita claridad, recordó que el problema radicaba en una amenaza, en la posibilidad de que Roze delatara su relación con Alphonse, fuera cual fuera, que ni él ni nadie lo sabrá jamás, a Winly. Pero Winly no había requerido que nadie le informase de nada, le alcanzaba con lo lista que era por ella misma. Estuvo tentado de largarse a reír, de hecho se podría haber tirado al suelo sofocado por las carcajadas, pero la delicadeza que pocas veces se manifestaba en él le tiró en esta ocasión de cada tembloroso tendón suyo, manteniéndolo quieto y casi con un gesto de dulzura en la curvatura de los labios.

-Roze... –Comenzó, preparando el discurso en su cabeza. –Puedo cuidar de Edo como un amigo. Verás... me habías amenazado, ¿Recuerdas? Bueno... la verdad es que Winly sí sabe. Quiero decir, me habías preguntado si ella sabía, y sí, ella sí sabe. No tienes con qué amenazarme, eso quiero decir.

Se expresaba torpemente y el desagrado que esto le representó lo hizo sacudirse, como buscando algún hilo que hubiera perdido. La tomó de las manos, quizás, o casi seguro, sin pensar. Ella, todavía con la memoria de algún pasado extraño muy presente, aumentó su rubor, nerviosa hasta el punto de paralizarse. Fue el tiempo necesario para que Edward repasara los acontecimientos del día anterior: Alphonse había huido; Winly lo había traído de regreso; luego, la estúpida, absurda y desconcertante discusión. Finalmente: Winly pasando las horas sin dirigirle la palabra más que con ironías, Alphonse encerrado en su habitación con la obvia intención de morir allí, Tía Pinako ignorando a todos soberanamente. Edward había acabado por irse al cementerio y dar vueltas a la tumba de su madre hasta la puesta del sol. No tenía ánimos ni para insultarse. Por la noche, la casa estaba desierta; al parecer, no le habían esperado para cenar y, como era de suponer, Winly no se había cuidado de dejarle una porción de comida. Se fue directo a la cama, y lo siguiente que oyó fueron las chillonas palabras Ed, ¡Teléfono! ¡Ah, qué recuerdos! Dejó la frente gacha en un arranque de arrepentimiento, diciéndose que hubiera sido fantástico estar de buenas con Winly en una situación así, que bien le podría haber ayudado ella a entender a Roze y salir del embrollo sin mancharse de sangre. Suspiró y, al levantar la vista, contuvo el aliento, atemorizado ante aquellas mejillas sonrosadas y expectantes.

-Y yo... yo no estoy enamorado de ti. Lo siento. No puedo ser tuyo, ni de Edo.

Ella se mostró condescendiente, con una ternura profunda y confusa.

-No podría pedirte que fueras mío. Sólo quisiera que me aceptaras como propiedad, que me permitieras a mí ser tuya.

El cabello rubio tembló sobre sus párpados y tuvo que desviar la mirada. En el fondo, Edward sabía que nada había sido suyo más que en sueños, y el ofrecimiento resultaba de repente apetitoso. Pero entre sus manos no eran las manos de Roze las que veía, sino las de su hermano, siempre tan cálidas, siempre tan hermosas, siempre tan amadas. Ahora, iba a mentir, y, como toda mentira, le daría una imborrable punzada en la sien.

-Yo no quiero ser dueño de nadie, Roze. Las personas no somos objetos. Y si piensas que entendiste lo que quise decir con las palabras "lucha por lo que quieres", pues, te desengaño, no has entendido nada. –Y luego, como para sí, como para asegurarse de que lo había dicho y de que era su voz la que perforaba el ambiente, reiteró: -Yo no quiero ser dueño de nadie.

La soltó y se bebió el té como si hubiera estado aguardando por ese preciso instante para hacerlo. Tuvo que reconocer, por los concéntricos y constantes círculos en el agua, que aún temblaba.

-Perdóname. –Fue la respuesta de ella, que parecía conmovida y hasta humillada.

Después de eso, se dedicaron a un prolongado silencio. Edward no creía indispensable interrogarla respecto a su presunta paternidad sobre Edo, y como el último perdóname se le hacía una linda conclusión al tema, tuvo el desliz de retroceder en sus pensamientos, reflexionando sobre el perenne tema del casamiento de Alphonse. Podía imaginar al chico vestido de gala, impecable y precioso como sólo él podía serlo, llevando del brazo a una Winly resplandeciente. Y podía imaginarse, también, su propia y decadente figura en un rincón oscuro, solitario y abandonado, el rincón oscuro exactamente opuesto al de Roze, quien, aunque con su hijo en brazos, estaría de igual modo solitaria y abandonada, melancólica. Los casamientos son un evento tan alegre, murmuría alguien en algún lugar, desatento a las angustiosas sombras arremolinándose en torno a ellos.

-Aunque… -Y este sonido próximo a la sumisión lo devolvió al mundo donde no había pronunciación de los votos ni damas de honor. –Aunque yo no te guste… ¿Podrías visitar a Edo de vez en cuando? Es realmente importante para él. Eres el único con el que habla.

-Yo… Claro. Sí, los visitaré. Es una promesa. También pueden venir a casa cuando quieran.

-Gracias.

Entonces ella sonrió como recibiendo un premio inmerecido, y además uno de excelente calidad y prestigio. Sacó de su bolso unas galletas y se las entregó, todavía reflejando en su expresión el brillo del sol.

-Las hicimos Edo y yo. Me hizo jurarle que te las haría probar.

Si bien era innegable que temía ser envenenado, o, por lo menos, que lo sedaran para secuestrarlo, Edward accedió a comer algunas. Demostraron ser tan buenas que los entretuvieron allí por algún tiempo más.

-Edo… continúa teniendo pesadillas. Las tiene desde que es un bebé. He consultado varios médicos, pero no me aconsejan más que esperar. Contigo ha hablado… eso mejoró mi fe. Insiste en que tú lo protegerás de ese hombre con el que sueña.

-Entiendo. Yo iré a verlo. No puedo hacerlo ahora… pero lo haré. Por lo que me dijo, ve la escena de un crimen. No sé porqué sueña con eso, sin embargo, ya lo averiguaré. No te preocupes.

Roze siguió agradeciéndole lo que restaba de su cita. Hasta que se puso de pie e informó: está por llegar mi tren. Pagó la cuenta y le tendió la mano. Incómodo, él la tomó y la acompañó a recorrer el borde del andén, pintando un cuadro de parejita apenas iniciada. Si se arrojaban ahora, tenían buenas posibilidades de no tener que asistir a aquel casamiento maldito… Encontrar ese pensamiento en su mente hizo que Edward en verdad deseara arrojarse. Sin embargo, no logró concretarlo, porque fue conducido hasta la pared de afuera del restorancito y ambos se apoyaron allí, a demasiada distancia de las vías.

-Gracias por todo… y, si un día cambias de parecer sobre lo otro…

-No cambiaré de parecer, en serio. Lo siento.

Cosa que era incapaz de dilucidar en este instante, concentrado como estaba en que podía ser que no asistiera al casamiento después de todo, porque su hermano, en estas veinticuatro horas de llanto desencadenado por algún motivo aleatorio que debía de ligarse a su responsabilidad por esto o por lo otro, acaso hubiera rebasado el límite de odio idóneo para no invitarlo.

-Pero aún así… quiero que sepas que la propuesta siempre estará en pie.

¿Qué si hasta le impedía ser su testigo? Tal vez Winly comprara una casa lejos, sabía que podía conseguir el dinero si lo deseaba, sí, muy lejos, lejísimos, y a él no le darían la dirección, para salvar al pobre y pequeño Alphonse de su perversión, de su enfermedad. Sí, porque era Edward quien lo arruinaba todo, quien lo llenaba de porquería, era Edward cuya sola presencia bastaba para constituir una condena general.

-Te amo, Edward.

-¿Eh…?

Pero su eh se transformó en una abertura para un beso inesperado. Roze se había inclinado sobre él, justo cuando oía la bocina del tren que se acercaba, y lo estaba besando. Ser mía, pensó Edward, y también pensó no me importa que Al y Winly se casen. Pero como era vergonzante apelación a la falacia, se vio en la obligación de pensarlo muchas veces, sosteniéndola primero por los antebrazos, apretando luego su cintura, esforzándose por ser consciente de la belleza de sus curvas y, sin embargo, reincidiendo en el no me importa que Al y Winly se casen, absorto en ello con el grado de insensatez justo como para dejarse llevar e ignorar sus propias acciones. Tal fue así que la mordió, y la mordió fuerte, mordió aquel labio inferior moreno y voluptuoso, quizás porque, en la frustración de no lograr lo que quería, lo hubiera dominado un ansia de tomar venganza sobre ella. Roze se hizo a un lado, lamiéndose la sangre, queriendo ocultarla rápido para no tener que tomar represalias. Estaba serena, como si, conociendo de antemano los acontecimientos, los hubiera aceptado. Edward quiso disculparse, pero el traqueteo del tren que arrivaba lo detuvo.

-Este es el castigo que Dios me da por haber concebido alimentar tu pecado. Pero tú, que no crees en Dios, no deberías permitirle usarte para sus planes.

Y tras manifestar sentencia así de simple y perfecta para alegrarle el día a uno, Roze se subió a un vagón y despareció.

Próximos Capítulos: otro breve interludio nos lleva a un mundo lejano, con preocupaciones muy distintas… el misterio es la respuesta buscada. La soledad como resultado del afecto verdadero.

Notas de la Autora: les suplico que sepan comprender mis tardanzas y que, a pesar de ellas, no me abandonen. Trabajo en este fic constantemente. Estoy encontrándome con dificultades a la hora de mantener a cada personaje dentro de su personalidad y eso me retrasa todavía más. Este capítulo tiene fallas, podría haber seguido trabajándolo… pero sino, no lo hubiera publicado nunca. Un dato: para los que preguntan siempre por el pasado de Ed, pues, pronto se nos comenzará a revelar todo eso.

Picana: por si alguien tiene la dicha de no conocer esta palabra, paso a explicarla. Aquí en Argentina se hizo conocida gracias a que los militares y policías la utilizaron bastante durante el último golpe de estado (no sé en los anteriores). Se trata de una porra de alto voltaje que, si se aplica en lugares como las axilas, resulta en un perfecto elemento de tortura… Espero comprendan los muchos sentidos del título de este capítulo.