Hola a todas chicas, antes que nada mil disculpas por la tardanza. Como saben estoy pasando por momentos complicados y me inspiración entre una cosa y otra no aparece tan seguido como antes, ni mis tiempos son los mismos que los del año pasado.

Quédense tranquilas que por más que demore no dejaré de escribir ninguna de las historias que están en curso y aún hay otras en el tintero esperando salir a la luz.

La buena noticia, es que ahora dispongo de una computadora para escribir en mi habitación, lo que me permitirá poder hacerlo más seguido. Sigo sin internet, y sin ninguna novedad sobre cuándo podré tenerlo, sin embargo me las rebusco con lo que tengo en mi móvil.

Gracias a todas por su apoyo, estén atentas al grupo de facebook (link en el perfil), junto a Libbny (mi administradora) estamos organizando actividades para que entre capítulo y capítulo podamos hacer algunas actividades para que no pierdan el hilo de la historia, además que su participación activa y sus rr me dan mucha energía para escribir más rápido.

Miles de besos, nos leemos pronto.

Capítulo XXVII

Capítulo BETEADO por Flor Carrizo, beta de Élite fanfiction: www. facebook grupos / élite. fanfiction /

Playlist:

Tu respiración. Chayanne.

Por lo que reste de vida. Taliha.

.

Bella POV

Emmett había muerto, él también me había dejado. El dolor se volvió insoportable, mi corazón estaba hecho pedazos.

Quería a mi amigo de nuevo a mi lado, quería seguir escuchando sus risas, seguir sintiendo sus ganas de vivir. Pero en cambio, tenía la certeza de que se había interpuesto entre mi cuerpo y la bala que había disparado Rosalie.

Poco a poco reviví todo lo acontecido, al pequeño Emmett que era una copia en escala de mi marido. Su carita bañada en lágrimas, el miedo en sus ojitos, sus pequeñas manitos sujetándose fuerte a mis piernas como si fuera su puerto seguro. También recordé por unos instantes la felicidad de Emm al enterarse de que ese pequeñito era su hijo. Imaginé lo felices que hubiésemos podido ser los cuatro. Pero todo eso se había desvanecido, él ya no estaría con nosotros, él había muerto y eso me dejaba destruida.

Hice un recuento mental de cuál era mi situación actual. Edward había aparecido nuevamente, él reclamaba a mi hijo y eso me tenía sumamente atemorizada. Intenté llevar la mano a mi vientre, pero era una tarea sumamente agotadora. Todo mi cuerpo me pesaba.

Sentí miedo.

¿Cómo estaría mi bebé? Abrí los ojos lentamente, la luz era tenue y un silencio extraño, sólo interrumpido por el pip de los monitores, reinaba en la habitación. Giré mi cabeza hacia la derecha y encontré varias máquinas que supuse nos controlaban a ambos. A la izquierda, Edward descansaba con los ojos cerrados, pero su rostro reflejaba una angustia imposible de ocultar.

Sentí a mi bebé moverse y presionar contra mi vejiga. Hacía días que hacía eso y Emmett cada vez que me veía correr al baño se burlaba, pero ya no lo haría más.

—¡Edward! ¡Edward, despierta! —llamé suavemente.

De inmediato él se sacudió y me miró asustado.

—¿Estás bien? ¿Te sientes bien? ¿Quieres que llame a un doctor?

—No, sólo quiero que me ayudes a levantarme, necesito ir al baño —expliqué con vergüenza.

—Bien, te ayudaré —dijo. Mientras se acercaba y levantaba las mantas con las que me cubría. De inmediato me percaté de que tenía una bata de hospital abierta adelante y estaba completamente desnuda—. Nena, deberé llamar a una enfermera así te desconecta todos estos aparatos.

—Apresúrate, no aguanto más.

Edward me cubrió nuevamente. Y salió corriendo fuera de la habitación. Con cuidado destapé mi vientre y me asusté al ver todos esos cables conectados a mi pecho y abdomen, intenté contener mis lágrimas mientras con mis dedos cuidadosamente acariciaba la piel que quedaba libre y rogué a Dios que mi hijo se encontrara bien.

—Buenas noches, señora McCarthy, soy Selma, su enfermera. Me informó el señor Cullen que necesita ir al baño, déjeme que traiga un recipiente y podrá hacer sus necesidades —dijo amablemente.

—Quiero levantarme.

—Pero, señora, está siendo monitorizada —explicó.

—Quizás puedan desconectarla unos momentos hasta que vuelva a la cama —sugirió Edward de manera intimidante.

—No es lo ideal, pero podríamos hacer una excepción —respondió no muy convencida.

—Gracias, ¿podría apresurarse?, la verdad es que estoy muy apurada.

La enfermera se acercó a mí y comenzó a levantar las sábanas y desconectar todo.

—Edward, ¿podrías esperar fuera?

—Sí, en cuanto regreses volveré —dijo, pese a que su rostro no se mostraba de acuerdo.

Una vez que regresé a la cama, la enfermera volvió a conectar los monitores.

—¿Qué le sucede a mi bebé? ¿Está bien?

—Tranquila, señora, todos estos aparatos son para monitorear el ritmo cardiaco del bebé. Tuvo un pico de tensión en dos oportunidades y eso puede ocasionar sufrimiento fetal, es por eso que su doctora ha indicado monitorearla constantemente para poder actuar de manera adecuada. Pero ya ella le explicará mejor todo su cuadro.

—Gracias, Selma —susurré cuando terminó de conectarme todo y me cubrió con las sábanas.

—De nada, señora. Le avisaré al señor Cullen que ya puede pasar, el pobre debe estar agotado. Desde que la ingresaron no se ha despegado de usted más que una hora hace ya dos días.

—¿Tanto tiempo me mantuvieron sedada? —pregunté asustada.

—Durante las primeras veinticuatro horas después de la crisis la doctora la medicó con un tranquilizante suave y algunos medicamentos para controlar la tensión arterial. También le inyectó corticoides para madurar los pulmones de su bebé ya que ella inducirá el parto en caso de que tenga otro episodio; es por eso que prefirió mantenerla dormida y relajada mientras se le administraban todas las dosis.

Yo sólo pude asentir con mi cabeza.

—Ahora descanse y manténgase calmada.

Edward entró unos instantes más tarde, con cuidado se acercó a mí.

—¿Cómo estás, Bella? ¿Te sientes bien?

—Sí, gracias —respondí intentando no parecer muy amable—. Edward... —llamé—, no hace falta que te quedes todo el tiempo.

—Bella, sé que te lastimé mucho y que quizás no me creas, pero te aseguro que estoy feliz de poder cuidar de la mujer que amo y de mi hijo.

—No puedes decir eso —traté de explicar calmada—, tú no puedes asegurar que me amas después de lo que hiciste.

—Cuando te fuiste y dijiste todas esas cosas me sentí la peor persona del mundo. Durante días intenté convencerme de que no sentía nada por ti, que no eras importante en mi vida… pero cada vez que me encontraba sobrio sólo podía pensar en el daño que te causé. Tú eras la única mujer que llegó a amarme y yo con toda mi mierda te alejé de mi lado. Cuando pude ver eso, seguí tu consejo y empecé terapia. Hace cinco meses y medio que estoy en tratamiento y te juro que ha habido muchos cambios en mí. Ahora te los quiero mostrar, quiero una oportunidad para demostrarte que soy una mejor persona para ti y nuestro hijo —dijo él con lágrimas en los ojos.

—Tú no me diste una oportunidad para ni siquiera explicar lo que pasó, tú no me diste ni una sola oportunidad para disfrutar de un nosotros, sufrí a tu lado muchísimo y no quiero que mi bebé pase por eso. No puedo darte una oportunidad para volver a lastimarme, Edward —respondí.

—Entiendo, pero por favor déjame al menos cuidar de ustedes mientras te recuperas —imploró y no tuve corazón para negarme.

—Está bien, pero necesito mi espacio, mis tiempos y que no exijas absolutamente nada.

—Así será, nena.

—Podrías prestarme tu teléfono, necesito hablar con mi cuñada.

—Claro, aquí lo tienes —respondió y me entregó el móvil.

Hola —fue el saludo que obtuve del otro lado del teléfono.

—Hola, Kate, soy Bella.

—¡Oh, Bella, cariño! ¿Cómo estás? —preguntó preocupada.

—Aquí estoy, Kate, como puedo. ¿Puedes venir?, necesito hablar contigo.

Claro, Bella, sólo dame unos momentos que dejo a los niños con mis padres y voy al hospital.

—Ok, Kate. Muchas gracias.

Cuando corté la comunicación, me quedé pensando en qué le diría a Kate, necesitaba pedirle perdón, era para mí la bala que mató a su hermano, yo tendría que haber muerto. Emmett tendría que haber disfrutado de sus hijos, de sus padres, hermanos y sobrinos. Yo en cambio más allá de mi bebé no tenía a nadie. Las lágrimas otra vez se agolparon en mis ojos y un llanto desconsolado se hizo presente.

—Bella, ¿qué sucede, cariño? —preguntó Edward cuando ingresó a la habitación acompañado por una doctora.

—¿Te parece poco todo lo que me pasa? ¿Te parece poca cosa que quisieran matarme y que mi marido muriera al interponerse delante de la bala que era para mí y mi hijo? —respondí histéricamente.

—Isabella, soy la doctora Campbell, por favor necesito que te calmes o le harás mal a tu bebé —dijo intentando que me tranquilizara.

—Por favor, Bella, sé que no es fácil todo lo que te ha tocado, nena, pero piensa en nuestro hijo, tienes que ser fuerte por él. Tan fuerte como lo has sido hasta ahora.

—Isabella —llamó la doctora y se acercó tranquilamente a los aparatos que estaban a un lado de la cama—, este monitor indica los latidos del corazón del feto, en este momento están muy altos, lo normal es que estén en un rango entre ciento veinte a ciento ochenta latidos por minutos y ahora están casi llegando a los doscientos y es muy peligroso para él. Trata de calmarte, respira profundo y ahora no pienses en todo lo que pasó, sólo concéntrate en la respiración y la salud de tu bebé.

Con cuidado tomó mi mano y la colocó sobre mi vientre, la otra la dejó sobre mi corazón.

—Tu bebé está sintiendo como te tensionas, como se acelera tu corazón, como tu respiración se torna irregular y fruto de tu angustia ingresa menos oxígeno a tus pulmones. Él necesita recobrar la calma y la tranquilidad, necesita saber que tú eres su lugar seguro y que aún no es hora de salir. —Miró a Edward—. Papá, ven aquí y siéntate detrás de ella.

La médica me ayudó a acomodarme más adelante para dejarle lugar a él. Cuando Edward se situó detrás mío con sus piernas abiertas dejándome entre ellas, la doctora me pidió que me recostara contra su pecho.

—Papá, por favor toma el vientre de Isabella e intenta que se sienta protegida. Abrázala, respira en su oído, que sienta tu ritmo tranquilo… Y tú, Bella, trata de imitarlo. Refúgiate en él, hicieron a ese bebé juntos y ahora deben mantenerlo allí un poco más.

Me dejé guiar por todo lo que la doctora nos indicaba, sentí las manos de Edward acariciando con devoción mi vientre, su respiración en mi oído y su pecho subiendo y bajando contra mi espalda.

—Respiren hondo, contengan el aire unos instantes y luego suéltenlo —nos indicó.

Con cada inhalación sentía mi cuerpo más relajado. Edward suavemente movía sus dedos sobre mi vientre, como si estuviese tocando el piano y nuestro hijo empezó a moverse lentamente, una patadita se sintió donde nuestras manos se unían. Nuestro hijo nos necesitaba juntos, necesitaba a sus padres, al menos unidos para verlo feliz, necesitaba que mantuviésemos una relación amistosa y dejáramos los reproches de lado.

—Isabella, lo estás haciendo perfecto, tanto tu ritmo cardíaco como el del bebé están nuevamente en sus valores adecuados. Tienes que intentar mantenerte así. Sé que has pasado por situaciones muy complicadas, pero debes tratar de no alterarte demasiado, de otra forma y ante una subida alta de la presión arterial deberemos inducir el parto y lo ideal es que llegues a las cuarenta semanas.

Al darme cuenta de todos los riesgos que corría mi embarazo, me alarmé. Sin embargo, sentí más fuerte los brazos de Edward a mi alrededor, si bien estaba tensionado intentaba mantener la calma para infundirme valor.

—Nena, no debes preocuparte, estoy contigo, te juro que te protegeré, los protegeré a ambos. No dejaré que nada los dañe. Los amo. Son mi vida —susurró en mi oído.

Por primera vez sentí ciertas esas palabras, sentía que Edward de verdad nos amaba y, si bien no era suficiente para perdonar lo que hizo, sí era una buena razón para empezar a dar vuelta la página y por nuestro bien y el de nuestro hijo empezar de nuevo.

Me relajé tanto, que me quedé dormida entre los brazos de Edward. Media hora más tarde, me desperté para ir nuevamente al baño.

Edward volvió a llamar a la enfermera y con su ayuda me levanté. Cuando regresé a la cama, pedí algo para comer y en cuanto Edward fue a buscar unos cupcakes, la enfermera se retiró.

Kate entró unos minutos después.

—Bella, cariño, ¿cómo estás? ¿Cómo está el bebe? —preguntó sentándose en la silla que estaba al lado de mi cama.

—¡Oh, Kate, siento tanto lo de Emmett! Yo debería estar muerta, no él —dije entre lágrimas.

—Isabella, mi hermano te amaba más que a su propia vida y seguramente murió feliz de saber que había salvado tu vida y la de sus hijos. —Con sus manos limpió mis lágrimas—. Debes estar bien por tu bebé, recuerda como Emmett te pedía siempre que te cuidaras, como estaba pendiente de ustedes, quería verlos felices. Vive por él, cuida de tu bebé y de ti como si él lo hiciera.

—Te lo prometo, Kate, trataré de ser feliz.

—Así me gusta, Bells —dijo ella brindándome una cálida sonrisa—. ¿Cómo está mi sobrino?

—Hemos tenido tiempos mejores, me subió la presión y eso pone en riesgo al bebé, si bien me están medicando, en cualquier momento podrían inducir el parto si hay indicios de sufrimiento fetal —expliqué—. ¿Cómo está el pequeño Emmett?

—¡Dios, Bella, no sabes lo bueno que es ese niño! Realmente ha sido una bendición encontrarnos con él. Mamá dice que es igual a mi hermano a esa edad.

—Emmett estaría tan feliz con él, no sabes la cara que puso cuando supo que era su hijo, se lo notaba tan emocionado —confesé entre lágrimas—. Me hubiese encantado que los cuatro formáramos una hermosa familia.

—Shhh... no te alteres, aún tienes a tu bebé y en cuanto a Emmy no decidimos aún qué hacer.

—¿Le dicen Emmy al pequeño? ¿Tú sabes que me encantaría cuidar de él? Cuando vi a ese pequeño llorando solito en el estacionamiento algo me indicó que debía protegerlo, aún no sabía quién era pero quería cuidarlo y darle todo mi amor.

—¿Te gustaría tenerlo contigo? ¿Criarlo? —preguntó asombrada.

—Sé que no tengo una gran familia que ofrecerle, pero desde que nos casamos con Emmett hablamos tanto de cómo criar a nuestros hijos, cómo educarlos... que para mí sería un honor cuidar de él, platicarle de su padre, de sus sueños y que sienta que junto a este bebé somos una familia unida. Estoy segura de que tus padres deben querer quedarse con él, sólo espero poder visitarlo a menudo y que comparta tiempo con quien debería ser su hermanito o hermanita.

—Aún no enterramos a mi hermano y mis padres, en especial mi madre, están destrozados. Realmente no creo que pueda hacerse cargo del pequeño por el momento. Irina... ella está muy resentida con Rosalie por todo lo ocurrido y aún no ha querido conocer a Emmy. Deja que lo hable con todos, pero si mi hermano te eligió para madre de sus hijos no me gustaría contradecirlo.

—Gracias, Kate, ojalá todo mejore para tus padres, ojalá ellos se repongan del duro golpe que fue perder a Emmett —me sinceré—. ¿Cuándo serán los funerales?

—El fin de semana, mi madre quiere enterrarlo en el rancho. Dice que ese era su lugar preferido en el mundo.

—Era su burbuja personal, donde podía sentirse libre y creo que es el mejor lugar —dije recordando la primera vez que me habló de ese sitio tan especial—. Hablaré con mi doctora para que me deje viajar.

—¿Pero eso no será peligroso para ti o el bebé?

—Quiero estar a su lado cuando le demos su último adiós, él hizo tanto por mí, tengo tanto para agradecerle que no puedo fallarle en este momento, seguiré todas las indicaciones de mi médica, pero allí estaré.

Nos abrazamos fuertemente mientras ambas llorábamos, pero ese era un llanto tranquilo y resignado, cargado de dolor.

Kate se fue minutos después, debía cuidar de los niños y estaba segura de que los gemelos junto a Emmy debían estar volviendo loca a su madre.

—Cariño, disculpa la tardanza pero no encontraba los cupcakes que te gustan —fue el saludo de Edward.

—Gracias —respondí con poco entusiasmo.

—Bella, por favor, no estés tan triste.

—Recién me visitó Kate, la hermana de Emmett. Necesito hablar con la doctora Campbell, ¿podrías buscarla? —pedí sin adelantarle nada.

—Ok, ya la llamaré.

Alice y Esme tocaron la puerta de la habitación en ese momento. Él las saludó amablemente, para mi sorpresa y luego se retiró.

—Hola, Bells —dijo Esme dándome un fuerte abrazo—. Lo lamento muchísimo.

—Yo también lo siento mucho, Bells, Emmett era un hombre extraordinario y te amaba demasiado —pronunció Alice a mi oído.

—Gracias, chicas, realmente él era un gran hombre, yo también lo amaba —confesé.

—Ahora debes estar tranquila y cuidar mucho de nuestro sobrinito.

—Alice, aún no se deja ver así que ni se te ocurra empezar a comprar cosas y ropa en color celeste, quizás es una niña.

—Imagínate, hermana, una niñita igual que Bells pero con los ojos de Edward —completó una Esme sumamente entusiasmada.

—¿Ya saben que Edward es el padre de mi bebé? —pregunté insegura.

—Claro que sí, Bella, sólo era cuestión de atar algunos cabos. De todas maneras, si hubieses visto cómo estaba de feliz cuando me lo confesó.

—Estaba muy orgulloso cuando nos dio a Carlisle y a mí la noticia —acotó Esme.

—Me alegro que haya tomado tan bien la noticia, la verdad es que tenía miedo de su reacción.

—¿Miedo? —preguntó Alice—. Es verdad que Edward no tiene el mejor carácter, pero me parece exagerado tenerle miedo.

—Bella, ¿qué sucedió? ¿Qué hizo Edward para que te alejes de él y le ocultes el embarazo? —interrogó Esme.

—La verdad, chicas, es que lo que pasó entre Edward y yo se quedará entre nosotros, yo tenía mis razones para actuar como lo hice, pero no quiero hablar de eso, ya quedo atrás, ahora lo importante es mi bebé. —En ese instante vi a Edward asomase por la puerta.

—Bella, ya vendrá la doctora. ¿Para qué la necesitas? —preguntó intrigado.

—En cuanto venga lo sabrás —respondí segura de la guerra que se desataría a continuación.

—Hola, Bella, ¿cómo estás? —saludó la doctora—. ¿Para qué me necesitabas?

—Hola, doctora, necesito viajar mañana mismo a California —expuse.

—¡¿Estás loca, Bella?! ¿Cómo se te ocurre viajar en este momento? Aún estás convaleciente —gritó Edward. Le dediqué una mirada fulminante.

—Isabella, ¿por qué deseas viajar? —consultó la médica.

—Mi marido será enterrado en su rancho, necesito estar con él.

—Te seré sincera, no es lo más aconsejable en tu caso, pero creo que emocionalmente será peor dejarte aquí a que viajes. Lo ideal sería que un profesional te acompañe en todo momento e intentes no ponerte muy nerviosa.

—Gracias.

—Bella, piensa en el bebé. Seré mejor que te quedes aquí —él intentó persuadirme.

—Edward, lo mínimo que tengo que hacer por Emmett es despedirme por última vez de él. ¡Diablos! Tú tendrías que estar sumamente agradecido con él, gracias a Emmett nuestro hijo aún está con vida.

—Créeme que se lo agradezco y se lo agradecí antes de que muriera, al igual que le juré que cuidaría de ti, de nuestro hijo y de Junior… —Esa confesión me dejó helada—. Pero no creo que ir a su funeral te haga bien a ti o al bebé.

—Edward, debes comprender que para Bella es importante despedir a Emmett y estar con su familia en este momento especial —intervino Esme.

—Si me permites Bella, a mí me gustaría acompañarte —pidió Alice.

—Gracias, Alice, realmente te lo agradezco.

Edward sólo me dedicó una mirada de reproche, se marchó de la habitación y la doctora aprovechó el momento para salir.

—Tranquila, Bells, ya verás que se le pasará. Casi puedo asegurar que está así por miedo a que a ti o al bebé les suceda algo.

—Puede ser, Alice, pero se comporta como un niño caprichoso.

—Lo sé, pero no ha sido tan malo. Es un niño caprichoso —acotó Esme.

Pasamos un largo rato con las chicas hablado de los niños de Esme, sobre mi bebé y sobre algunos proyectos que tenía Alice. Una nueva enfermera vino con la cena y las chicas se despidieron con la promesa que regresarían al otro día para viajar.

Cuando terminé de comer Edward regresó, aún lucía enojado. Sin embargo me sorprendió mucho cuando se sentó a mi lado y empezó a hablar.

—Bella, cariño, perdóname. Sé que actué mal, tengo que ser consciente que para ti es importante despedirte de Emmett, pero entiéndeme a mí también, tengo terror que algo te suceda a ti o al bebé.

—Yo no quiero que le pase algo al bebé, pero necesito despedirme de él, acompañar a esa familia que me abrió las puertas y me acogió en mi peor momento. Además quiero volver a ver a Emmett, ese pequeño conquistó mi corazón.

—Es muy bueno y creo que se alegrará mucho de vernos.

—¿A ti también te conquistó? —pregunté asombrada.

—Claro que sí, se abrazó a mí en cuanto pasó todo y hasta que sus abuelos no se lo llevaron él no se despegó de mi lado —dijo melancólico—. Me encantará volver a verlo.

—Hay posibilidades de que viva conmigo —confesé.

—¿En serio? Eso sería genial, te juro que ayudaré a cuidarlo y podremos salir los cuatro de paseo y darles a nuestros hijos una familia llena de amor —reveló ilusionado.

—Edward, si Emm vive conmigo podrás verlo, pero aún no confío en ti como para creer que seremos la familia perfecta de la noche a la mañana.

—Entiendo que sea así, Bella, pero te prometo que cada día te demostraré que soy digno de tu confianza, de recuperar tu amor y poder mantener a nuestra familia unida.

No encontraba qué decir, una parte de mí quería creer esas palabras, quería saber que todo eso era cierto y no una ilusión; pero la otra parte de mí afirmaba que esa era sólo una más de sus mentiras, que no tardaría en dañarme.

—Edward, estoy muy cansada, voy a dormir.

—Descansa, cariño —dijo mientras acariciaba suavemente mi vientre—. Los amo.

Simplemente cerré mis ojos y me dejé llevar por el sueño.

Por la mañana me desperté temprano, poco tiempo después la misma enfermera que el día de ayer vino a controlar mi tensión y los registros del bebé. Gracias a Dios todo estaba en orden.

Me pareció raro no encontrar a Edward en mi habitación, sin embargo un tiempo después de que me sirvieran el desayuno apareció con una maleta con ropa.

—Buenos días, Bella, ¿cómo amaneciste?

—Buenos días, Edward, bien, ¿y tú? —respondí.

—Bien, te traje ropa y algunos elementos de perfumería para que puedas asearte. En unos momentos vendrá la doctora Campbell a examinarte y si todo está bien te dará el alta, así podremos ir directamente al aeropuerto para que abordemos un jet privado que nos lleve a California. Ya tengo habitaciones reservadas en un hotel que está muy cerca del rancho, esta tarde descansarás mucho y mañana por la mañana iremos al funeral. En todo momento la doctora estará a tu lado y espero que al menos me dejes estar cerca tuyo.

—Gracias, Edward, muchas gracias por todo lo que haces, la verdad es que esto es muy importante y estoy doblemente agradecida porque estás cumpliendo con lo que te pedí.

—Es lo menos que te mereces.

La doctora vino y comprobó que todo conmigo y el bebé estaba bien. Luego pude ducharme y cambiarme.

Edward había traído un hermoso vestido de premamá en color azul noche, lo acompañaba unas balerinas en el mismo color y un saquito tejido. Peiné mi cabello para el lado derecho y me coloqué unas gotitas de perfume. Cuando estuve lista, salí del pequeño cuarto de baño y me encontré con Edward que sonrió en cuanto me vio.

—¡Estás hermosa! —dijo mientras acariciaba mi vientre.

—Gracias.

—De nada, vamos. Aquí no tendrás que preocuparte por nada, está todo arreglado para que los periodistas no nos molesten al menos hasta que lleguemos a California —explicó concentrado.

Me guió por unos pasillos internos del hospital hasta un auto negro donde su chófer nos abrió la puerta trasera.

Él me acomodó y me abrochó el cinturón de seguridad que era uno especial de maternidad, ver que nos cuidaba hasta en ese pequeño detalle me emocionó hasta las lágrimas. No miré a donde Edward se había acomodado para no preocuparlo. Pasamos los siguientes veinte minutos en absoluto silencio. Cuando llegamos al aeropuerto pude ver a Alice y a Esme, que cargaba a su hijita hablando con la doctora Campbell. Edward me ayudó a bajar del vehículo y yo fui hacia donde estaban mis amigas y me abracé a ellas.

—Bella, tranquila. Sé que no la estás pasando bien, pero debes ser fuerte por tu hijo y por la memoria de Emmett, recuerda que él te quería ver bien y feliz —dijo Esme mientras limpiaba con una mano mis lágrimas.

Las chicas estaban con lágrimas en sus ojos y se las veía muy apenadas.

—Es verdad, lo tengo que hacer por los dos —respondí.

—Así es, cariño. No podré acompañarte, aún Sarah es muy pequeña para volar y no puedo dejarla sola porque estoy amamantándola, pero estoy para lo que necesites.

—No te preocupes, Esme, debes cuidar de tu familia. Gracias por todo. —Le di un fuerte abrazo a modo de despedida.

—Bells, será mejor que abordemos —indicó Alice, al tiempo que me tendía un par de gafas oscuras para ocultar mis ojos enrojecidos.

El viaje en el avión fue tranquilo, despegamos una vez que la doctora comprobó mi tensión arterial y una vez en el aire repitió el procedimiento.

A la hora del almuerzo ya estábamos cómodamente instalados en el hotel, luego de eso tanto Edward como la doctora me recomendaron pasar el resto del día en cama. Sin tener otra opción acepté, pero desde allí llamé a los McCarthy para ultimar los detalles para el siguiente día.

Hablar con Kate fue fácil, pero tanto Carmen como Irina estaban conmovidas y heridas por todo lo ocurrido. Aún no comprendía por qué razón nadie de la familia me culpaba.

La noche fue una lenta tortura, por más que lo intenté, me la pasé llorando y lamentando la perdida de Emmett.

Por la mañana la doctora vino a examinarme y a darme la medicación, luego como un robot me vestí con un vestido negro hasta mis rodillas y zapatos con un pequeño taco del mismo color. Opté por no maquillarme, realmente no tenía ganas de nada. Cepillé mi cabello y lo até en una coleta baja. En un pequeño bolso de mano cargué el nuevo teléfono que Alice me había conseguido, pañuelos desechables y un par de caramelos.

Bebí sólo un poco de jugo durante el desayuno y luego partimos todos al racho McCarthy.

En cuanto bajé del auto caminé rápidamente a la gran casona donde me encontré con mis suegros.

—Bella, cariño, viniste —dijeron los padres de Emmett. Yo sólo pude abrazarme a ellos y llorar de manera desesperada. Ambos intentaban consolarme, pero no había como calmarme. Nadie, absolutamente nadie, sabía por el dolor por el que atravesada.

La voz de la doctora Campbell interrumpió ese abrazo.

—Isabella, necesito que te tranquilices. Toma asiento, debo controlar tu tensión.

Eleazar y Carmen me guiaron hacia un sillón para estar cómoda, la doctora sacó el tensiómetro de su maletín y lo colocó en la muñeca.

—Bella, debes mantenerte calmada. Te ha subido la tensión muy poco, pero no queremos que en ningún momento te dé un pico como sucedió en el hospital. Lo mejor será darte un tranquilizante suave y un ansiolítico para que no te alteres demasiado.

—Hija, debes estar bien por el bebé. Piensa que mi hijo dio la vida por ustedes, ahora debes hacer que ese sacrificio valga la pena —pidió Carmen cariñosamente.

Yo sólo pude asentir entre lágrimas.

Kate e Irina vinieron a mi encuentro, me abrazaron y entre todos intentamos consolarnos.

El efecto de la medicación no tardó en hacerse notar y me dejó como adentro de una burbuja que todo lo veía en cámara lenta.

Todos a mi alrededor empezaron a moverse y los niños bajaron. Abracé a cada uno de los sobrinos de Emmett y cuando el pequeño Emmy apareció no pude contener las lágrimas. Ese pequeño era tan parecido a su padre, cuando me vio me sonrió y se le marcaron los mismos hoyuelos que a mi Emmett, me dio un fuerte abrazo y la conexión entre nosotros fue aun mayor al darme cuenta que ambos habíamos perdido a nuestros padres en hechos trágicos. Gracias al cielo él tenía abuelos, tíos y tías que lo acogerían y, aunque ningún lazo de sangre nos atara, yo estaría siempre para él.

Emmett sólo se movió de mis brazos cuando vio a Edward y de inmediato corrió a él. Ese hombre, el padre de mi hijo y él mismo que tanto daño me había hecho, estaba cargando, besando y abrazado al hijo de mi difunto marido. Todo era tan extraño.

Carmen me indicó que ya era hora de iniciar la ceremonia y nos dirigimos hacia afuera donde cerca de un gran roble habían decidido sepultar al hombre que más me amó.

Cuando vi el gran ataúd de madera brillante mi pecho se estrujo, corrí hacia él y lo abracé, lo abracé como si realmente pudiese transmitir en ese gesto todo lo que sentía.

—Perdóname, Emmett, por favor… no me puedes dejar tú también. Te necesito a mi lado, me haces falta, mi amor. Te juro que seré la mejor esposa, que haremos todo lo que quieras, pero no me abandones. No me dejes, por favor —susurraba.

Lloré aferrada a esa caja de madera como no lo hice ni con mi madre ni mi padre. Sentí las suaves manos de mi amiga frotar mis brazos en señal de acompañamiento y luego los fuertes brazos de Edward apartarme del lado de mi esposo para poder dar inicio a la sepultura.

Un pastor habló, pero no puede escuchar nada. En mi mente sólo podía recordar cada uno de los momentos que compartimos juntos, cada sonrisa que me regaló, cada caricia, toda la vida que tenía por delante, sus ganas locas de vivir, de ser feliz, de formar una familia, y que cruel e injusto que era el destino que cuando obtuvo todo lo que quería se lo arrebató llevándole la vida.

Poco a poco empezaron a bajar el féretro y luego su familia y amigos fueron arrojando tierra hacia donde él yacía. No entendía por qué lo hacían, no podía entender cómo alguien que quisiera a Emmett podía colaborar en enterrar su cuerpo.

Él tenía que estar vivo.

Yo tendría que estar en ese lugar. Yo soy a quien deberían estar enterrando.

Un hueco tan grande se instaló en mi pecho que no me permitía llorar, no me permitía respirar, no podía sentir nada... el vacío se apoderó de mí. Quería gritar, pero no salía ningún sonido de mis labios.

Los oídos empezaron a zumbarme y pude escuchar que alguien me hablaba, pero mi cuerpo no respondía.

—¡Mierda! —Fue lo último que escuché antes de que la oscuridad se apoderara de mí.