Morder la manzana
Capítulo 29
—¿Dónde ha ido Meadows? —preguntó Severus con voz susurrante cuando salieron del tanatorio. Preston le miró con ojos grandes y curiosos:
—Ha dicho que tenía que hacer una llamada y se ha ido a su despacho. —la mujer se removió en su sitio mientras andaban unas cuantas calles muggles hasta el punto de aparición. Iban al Ministerio, a tramitar la herencia y el entierro. —¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad.
Preston gruñó por lo bajo, aunque Severus pudo oírla. Esbozó una diminuta sonrisa: hacer enfadar a Preston le subía los ánimos. Ella ni siquiera se dio cuenta de eso, así que no pudo recriminarle ni empezar a quejarse, como usualmente hacía, obligándole a escuchar una diatriba infinita. Mediante la aparición, se trasladaron hasta otra zona del Londres muggle: concretamente, a otro callejón húmedo y sucio, cerca de la entrada al Ministerio.
Los baños públicos desde los que debían entrar estaban a un par de manzanas, y como ya había pasado la hora punta, apenas habría gente esperando para utilizar esa entrada. Incluso, si tenían suerte, no habría nadie que les molestara mientras finalizaban los trámites en el Ministerio y podrían irse con rapidez, sin tener que parar a hablar con nadie ni meterse en problemas innecesarios.
No había mucha gente en el Ministerio: todos habían comenzado sus trabajos y en el gran vestíbulo solo quedaban unos cuantos rezagados. Los cubículos de los empleados estaban a rebosar: gente circulando de un lado a otro, mandando memorándums y papeles. Preston sabía exactamente adónde ir: ella marcó el piso al subirse al ascensor y fue la que lo llevo por todo el edificio, aunque a Severus no le gustara admitirlo.
Su mente tampoco se encontraba centrada en recordar el camino. Aquí y allá podía notar ciertas miradas tensas y duras. Le daba igual que le tacharan de paranoico: primero Meadows desapareciendo y luego toda esa gente, que sospechaba estaba en la Orden del Fénix, le vigilaban. Empezaba a pensar que no había sido buena idea el acudir al Ministerio con Preston ese mismo día, pues el sobre negro continuaba en su bolsillo y si alguien llegaba a descubrirlo…
—Severus, qué sorpresa. —una mano se posó en su hombro en un falso gesto de camaradería. Preston se giró y Severus se guardó una mueca de hastío.
—Lucius. —le saludó con sequedad.
—¿Qué te trae por aquí, viejo amigo? —Lucius dejó de tocarle, apoyándose con ambas manos en su bastón. En esa pose, parecía incluso inocente, aunque su mirada lo traicionaba.
—Sabes bien a lo que vengo. —Severus le analizó con la mirada, buscando algo, por nimio que fuera, que le diera la pista que necesitaba para señalarle como el asesino de su familia. Lucius se balanceó sobre las puntas de los pies, sacando una sonrisa osada.
—Oh, qué paranoico. —se burló. No desmintió su acusación velada. De un momento a otro, dejó esa actitud irritante y se acercó a hablarle muy bajito, para que nadie le oyera. —No deberías caminar por este terreno tan pantanoso; podrías tropezar y caer. —la mirada de Lucius cayó sobre Severus y un segundo después, miró en derredor, como si supiera qué se traían todos entre manos. Severus frunció el ceño, confuso y molesto a partes iguales. —Que pases un buen día, Severus, amigo mío.
Malfoy se fue con la misma sutileza y elegancia con la que había venido. Severus no se molestó en despedirse, girándose a Preston y haciéndole un gesto para que continuaran. No se quedó a presenciar las miradas intercambiadas entre algunos de los empleados del Ministerio que les habían visto charlar con Malfoy. Ya casi habían llegado a su destino. Preston le señaló el cubículo donde rellenaría los papeles de la herencia rápidamente y se marcharía; Severus estaba más ocupado volviéndose paranoico. En el camino al cubículo, apostados a un lado, Potter y Black charlaban desinteresadamente con Dorcas Meadows, que se había quitado el traje blanco de medimago. Si aquella escena ya era sospechosa de por sí, que los tres ex-alumnos le lanzaran miradas disimuladas la hacía todavía más sospechosa.
—¡Dorcas! No esperaba verte por aquí. —le saludó tranquilamente Preston. Dorcas le sonrió y Preston se giró hacia Severus, —Es en ese cubículo de ahí. —le señaló el tercer cubículo, empezando por el final. —Tan solo entra y dile que quieres procesar una herencia.
Severus asintió, y ella se giró para seguir charlando felizmente con Dorcas. A veces, Severus se veía incapaz de comprender lo poco observadora que era Preston: ella hablaba, pero los tres interlocutores frente a ella estaban mirándole con sendas caras serias. Ninguno dijo nada y pronto Dorcas parpadeó y se giró hacia Florence. Snape decidió ir al cubículo que Florence le había señalado, dejándola con los tres gryffindors a su suerte: ellos eran amigos, seguramente no le harían nada. Cuál fue su sorpresa al descubrir a Arthur Weasley sentado detrás de un escritorio enano en el cubículo indicado.
—Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? —preguntó amablemente el pelirrojo. La oficina que ocupaba era pequeña y apenas tenía un archivador y el escritorio tras el cual estaba sentado el funcionario. La mesa estaba ocupada con papeles ministeriales y un par de fotos en movimiento de su nueva familia, con su esposa Molly Prewett – ahora Weasley.
—Quiero procesar una herencia. —informó con voz queda Severus, sin siquiera saludar. Que Weasley estuviera en la Orden era igual de probable que Black, Potter o Meadows en esa misma organización. Severus puso la carta que le habían mandado en la mesa, dejando que Weasley la cogiera y leyera mientras él pensaba. Florence Preston no podía estar en la Orden, mucho menos atraerla hasta una trampa tan obvia como esa que le estaban tendiendo. Y sin embargo, había caído, y ahora dudaba de todos… Menos de Lucius. No, Lucius no podía ser tan retorcido – y tener tanta labia como para convencer a los gryffindors de que su plan les reportaría beneficios.
—Parece que todo está en orden. —comentó Arthur, después de darle el pésame. Severus fijó su atención en él mientras sacaba algo del archivador. Empezó a darle papeles para firmar y finalmente le tendió un fajo. —Tome, su copia de los papeles. La herencia es suya, señor Snape. —le informó.
Severus se levantó rápidamente, metiendo los papeles en su bolsillo sin mirarlos una segunda vez. Por encima de las pantallas opacas que establecían los límites del cubículo de Weasley, buscó con la mirada a Preston: ella seguía charlando animadamente con Potter y Black. Dorcas Meadows se había ido ya, probablemente a continuar con su trabajo. Salió de la pequeña oficina con grandes pasos, dispuesto a llevarse a Preston de ese edificio lo más rápido que pudiera… Y luego interrogarla. Sin embargo, alguien se interpuso en su camino.
—Buenos días, Severus. —Evan Rosier le sonrió, dándole la espalda a los gryffindors y Preston. Las miradas de Black y Potter fueron a la pareja de slytherins de nuevo y Rosier se giró, dándoles una sonrisa cínica. —Ven, por aquí. —le indicó.
Severus se fue con Rosier sin decir nada. Potter y Black les miraron hasta que salieron de su campo de visión mientras Preston continuaba charlando con el aire, dado que no parecía haber nadie que le hiciera caso. Severus miró la espalda de Rosier, delante de él, reafirmándose en su certeza de que debía salir del Ministerio cuanto antes. Entraron al ascensor vacío y, mientras se movían, Rosier se carcajeó:
—Parece que Lucius te tiene en muy alta estima, Snape. —Severus se reservó sus opiniones. ¿Lucius había mandado a Rosier a salvarle? —No sé qué habrás hecho para ganarte esa confianza, pero es realmente valiosa. —Ahora, Rosier le miraba con cierta curiosidad. Severus siguió mirando al frente, porque no le parecía buena idea mandarlo al infierno en esos momentos. Se quedaron callados, y finalmente, el ascensor paró y se abrió. Aquella no era la planta a la que iban, pero Rosier salió, gesticulando para que se quedara dentro del ascensor. Y al momento siguiente, Lucius ocupó su lugar a su lado con una sonrisa divertida.
—Lucius. De nuevo. —le saludó Severus sin mucho afán. Las puertas enrejadas se cerraron mientras Malfoy jugaba con el bastón plateado entre las manos.
—Te veo poco comunicativo. Como siempre, por otro lado. —Severus gruñó una contestación. —¿Has pensado en lo que te dije?
—Creo que no quiero saber nada de nadie en estos momentos. —intentó evitar la pregunta. Lucius le mostró su dentadura perfecta en una sonrisa:
—Respuesta incorrecta. El lunes por la noche vendré a buscarte y te iniciarás. —ordenó Lucius. Severus frunció el ceño:
—No.
—Eso díselo al Señor Oscuro cuando estés allí. Esta no es una cita que puedas eludir o cancelar. —El ascensor se volvió a abrir, esta vez en el vestíbulo del atrio, y Lucius le empujó disimuladamente hacia la salida. —Que pases un buen día, Severus.
Se quedó mirando el ascensor donde se había ido Malfoy al menos medio minuto más. Severus tenía la cara más pálida de lo normal, aunque había logrado reprimir la mueca de horror que amenazaba con ocupar su cara. Por suerte, no había nadie mirando en el Atrio. Severus desapareció del Ministerio de Magia tan rápido como pudo, regresando a su pequeño piso en el callejón Knocturn. Tenía que hacer algo, y tenía que hacerlo ya.
Nota de autora: Bueno, estos días he tenido algo así como una inspiración extrema y he conseguido escribir unos capitulillos - bueno, sigo escribiéndolos XD. Si recuerdan del capítulo 27, ahí les dije que se me había borrado la historia y blablá. Bueno, pues he decidido 'reorientarla' un poquito: o sea, lo que viene siendo escribir la idea en un borrador en vez de escribir al tuntún (que es básicamente lo que hago, aunque la idea la tengo en la cabeza) y creo que va a quedar mejor. La historia, tal y como la había escrito, tiene cosas que me interesa seguir plasmando - escenas que me gustó mucho escribir y creo que eran importantes - así que eso lo dejaré como estaba.
También tengo que advertir: dentro de poco - sobre el capítulo 30-31, creo - las cosas irán más rápidas (¿vertiginosas?), al menos durante un tiempo, así que no se aburran hasta entonces :D
Saludos,
Paladium
