Capítulo XXIX

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Me encontraba sentada en un sillón, ligeramente envuelta en una manta para combatir el frío habitual de la madrugada. Era curioso, no podía dormir y no creía que lo hiciese ya. Bill sí lo hacía, descansaba en el sofá, con un brazo sobre el estomago y el otro colgando hasta descansarlo sobre la alfombra.

No podía dejar de observarlo, el modo en que sus pestañas parecían acariciar sus mejillas, con tanta delicadeza que dolía. Sus labios apenas separados para respirar y el suave sonido, un pequeño ronquido, que brotaba de su pecho, por la mala posición de su cabeza. Había intentado acomodarlo un par de veces, pero él volvía a la misma posición, así que desistí.

Descansé la cabeza en el respaldo del sillón, intentando evaluar lo que sentía. Podía reconocer en mi interior el amor. Podía reconocer el temor, pero por sobre todo, reconocía la sobrevivencia, ese instinto que llevamos todos dentro y que me decía que debía tomar distancia. Sabía que era el momento.

Me puse en pie y lo miré desde ahí. Sus labios ligeramente separados me estaban pidiendo a gritos un beso, pero yo me lo reservaría. Ya eran demasiados pasos en falso, para tan poco días.

Subí la escalera y me detuve frente a la habitación de Tom, ahí estaría Helena. Moví la manilla de la puerta, pero esta no se abrió. Lo intenté con algo más de fuerza, pero nuevamente no hubo resultado. Arrugué el ceño comenzando a sospechar, y con esa sospecha me fui hasta la puerta de la habitación que ocupábamos habitualmente. Abrí sin dificultad e intenté ayudarme con la baja luz del pasillo, para mirar en el interior. Encontrándome con lo que suponía. Una cama vacía.

Suspiré.

—Ay Helena… espero que no te metas en problemas —murmuré a la soledad. Entrando en la habitación y aprovechando el tiempo para hacer mi maleta.

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—¿Y las señoras Kaulitz? —preguntó el periodista alemán, durante la rueda de prensa que dábamos para los medios.

Tom rio, mientras jugueteaba con la tapa de una botella de agua entre los dedos.

—Ellas están el Los Ángeles —aclaré la pregunta. La misma que nos habían hecho a lo largo de toda la gira de promoción. A cada sitio al que íbamos, alguien nos hacía referencia a las chicas.

Las únicas fotos que circulaban de ellas, eran las que nosotros mismos habíamos subido a la aplicación, el día que cometimos el error de hacer pública nuestra boda. Así que eso parecía suscitar aún más la expectación.

—¿Se reunirán con ustedes en alguna parte de la gira? —preguntó otra periodista. Yo bajé la mirada a mis manos que sostenían un rotulador, dando paso de ese modo a Tom.

Una pregunta fácil. Tan fácil como el 'No' que la respondía. Tan fácil como decir que nos divorciaríamos, cada uno de su esposa, en cuanto la gira terminara. Tan fácil como borrar los recuerdos inútiles de mi mente.

—No lo sabemos aún, pero todo es posible —respondió mi hermano, girando levemente en su silla.

La prensa quería respuesta, y nosotros les dábamos las respuestas que querían.

—¿Se comunican a diario? —preguntó a voz de otra periodista. Era curioso, solían venir más mujeres que hombres a nuestras entrevistas.

Georg rió por lo bajo a mi lado y casi pude adivinar el movimiento de incomodidad de Gustav.

—Sí, hablamos a diario y escuchamos juntos nuestro single —respondí entre risas.

—Sí —se apresuró a apoyarme Tom—, Bill le canta a Helena al oído todas las noches.

Las risas divertidas de los chicos y mía se mezclaron.

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Me bebí del whisky que quedaba en mi vaso, mientras observaba las luces de Berlín, desde la ventana de mi habitación de hotel. La noche había llegado hacía ya unas horas y como llevaba sucediéndome durante las últimas cuatro semanas, era el momento de la melancolía. No podía evitarlo, y lo había intentado, pero recordar el vacío que había en mi casa de Los Ángeles, era como evocar el vacío que había en mi propia alma.

—Pero se trata de sobrevivencia ¿no? —me recordé, vaciando del todo mi copa.

Alguien tocó a la puerta.

—Pasa —sabía que era Tom.

Escuché la puerta cerrarse, pero no me moví de mi lugar.

—¿Queda algo para mí? —preguntó mi hermano sentándose en un sillón que había a mi lado.

—Sólo si traes cigarrillos —respondí, moviendo con un dedo, la caja vacía que tenía sobre una mesilla que había entre los sillones.

Tom rebuscó en sus bolsillos, en silencio. Sacó un cigarrillo de la caja que traía y me la entregó. Yo serví whisky en mi copa y le pasé la botella.

—Ya sabes dónde hay vasos —le dije.

—Para qué quiero vasos —tomó la botella—tenemos el mismo ADN.

Me reí sin ganas y encendí un cigarrillo.

Nos mantuvimos en silencio observando las luces, con una baja iluminación que procedía de las lámparas junto a la cama.

Finalmente hablé.

—¿Sigues hablando con Helena?

Aspiré el humo, mientras esperaba por la respuesta. No habíamos hablado de las chicas, desde que salimos hacía Europa. Dos días después de que ellas se marcharan de casa.

—A veces —contestó y escuché el líquido de la botella moverse, cuando él la levantó para beber.

Recordaba ese día. Recordaba haber despertado durmiendo en el sofá de la sala de nuestra casa, medio cubierto con una manta y con la espalda adolorida. Tom estaba en la cocina, bebiéndose un café. Le había preguntado la hora, mientras me servía una taza. Él me la había dicho, dejándome caer de paso, que las chicas se habían marchado.

Noté como algo se comprimió en mi pecho, y seguía ahí. La coraza que había puesto alrededor de ese sentimiento, había sido el silencio.

Había resultado inevitable responder a las preguntas de la prensa. Pero el nombre de Morgana no volvió a salir de mi boca desde ese día.

—¿Cómo están? —pregunté, notando la presión en mi pecho oprimiendo un poco más.

—Bien… eso creo… siguen con su vida —el tono de Tom sonaba cansado.

Siguen con su vida, decía. Me reí con ironía.

—¿Qué significa eso? —pregunté. Volviendo a fumar.

Él no respondió.

Notaba la distancia que había tomado Tom acerca del tema. El modo en que él tampoco había vuelto a hablar de las chicas más que para las entrevistas. Sabía que esa distancia la estaba tomando por mí.

—No tienes que dejar de hablar con ella… —le aclaré, no iba a arrastrar a mi hermano a mi infelicidad.

—Helena y yo nos divertimos juntos, nada más —volví a escuchar el sonido del whisky dentro de la botella cuando bebió.

—Bueno… no dejes de divertirte con ella entonces —insistí, bebiendo de mi copa.

Nuevamente el silencio. Berlín estaba en calma.

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Pasaban de las dos de la tarde, y yo me encontraba en el baño de la empresa devolviendo bilis, ya que mi estómago ya no contenía otra cosa. Llevaba cerca de dos semanas con náuseas y los correspondientes vómitos. Había intentado varias formas de controlarlos, todas las que aparecían en internet, pero sin resultados.

—¿Estás bien? —preguntó Helena, desde el otro lado de la puerta.

Resoplé.

—Viva —contesté, sintiendo la debilidad y nuevamente náuseas. Apoyé una mano en la pared, mientras que con la otra me sostenía el cabello.

—¿Cuándo tienes cita con el médico? —preguntó.

Cerré los ojos, respirando despacio, esperando controlar las arcadas.

—Esta tarde —dije, con la voz apagada.

—¿Quieres que te acompañe?

Suspiré de nuevo, pero no precisamente por las náuseas. Llevaba las últimas semanas queriendo tenerla a mi lado, pero a la vez, deseando que estuviese lo más lejos posible.

—Tranquila… —me incorporé, respiré y abrí la puerta— estaré bien.

Intenté sonreírle.

—¿Qué pálida estas? —me dijo, mientras su mano tocaba y acomodaba mi cabello con cariño.

Me encogí de hombros.

—Ya pasará.

Pasé junto a ella y comencé a cepillarme los dientes.

—¿De verdad no quieres que vaya contigo? —insistió. La miré a través del espejo, para luego enjuagarme la boca.

—No me utilices para escapar de tu madre —sonreí. Helena lo hizo también, pero sin alegría.

Su madre llevaba dos semanas con nosotras en casa. Por suerte, no se levantaba tan temprano, como para ser testigo de mis náuseas, no quería que nadie se enterara de mi estado. No quería que nadie me juzgara.

—Sabes que no es… sólo por eso…

—Lo sé…

La miré, la observe, tarde o temprano tendría que contarle mi decisión. Quizás no era tan mala idea que me acompañase, después de todo.

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Esperamos fuera de la consulta del médico, durante unos quince minutos. Vi a una pareja salir, con una sonrisa y un CD en la mano. Noté como mi corazón se aceleraba.

—¿Quieres que entre contigo? —preguntó Helena junto a mí. La miré algo extraviada—, ¿quieres que entre contigo? —insistió en la pregunta.

Negué rápidamente con un gesto.

—No, no… estaré bien… —dije, justo en el momento en el que la secretaria me hablaba.

—Morgana, el doctor te espera —sonrió.

—Sí —me puse en pie y avancé hasta aquella puerta blanca.

Cuando estuve dentro, me encontré con un hombre de unos cincuenta años, delgado y con una inmaculada bata blanca.

—Hola Morgana —extendió su mano y se la estreché—, siéntate —me indicó a continuación.

Me senté. El corazón no se me tranquilizaba.

—Bueno, cuéntame —dijo él. La temida pregunta estaba en su boca.

Me tarde un poco más de lo que creí en decirlo. ¿Por qué tenía tanto miedo?

—Estoy embarazada.

—Bien, ¿cuándo fue tu última menstruación? —comenzó con las preguntas.

—Mes y medio… creo…

Él comenzó a escribir en su computador.

—Ok, te vamos a hacer una revisión, pasa a tras el biombo —me indicó y una enfermera que había estado todo el tiempo presente, se puso en pie y me indicó el lugar.

Largos minutos pasaron. El médico hacía preguntas y yo las respondía intentando mantenerme relajada, mientras él continuaba con la incómoda revisión. Cuando terminó y yo estuve nuevamente presentable, tomé mi lugar en la silla frente a él.

—Bien Morgana —comenzó a explicarme—. Efectivamente, estás de unas cinco semanas de gestación. El feto está sano y bien posicionado —yo asentía—. Me hablabas de náuseas, ¿son sólo por las mañanas?

—No siempre… algunas veces todo el día… —mi voz sonaba apagada, sabía que se acercaba el momento de formular la pregunta.

—Bien, la enfermera te dará algunas indicaciones alimenticias y yo te recetaré algo que te ayude —comenzó a escribir en su computador.

El nudo que se había ido formando en mi estómago, desde que entrara en la consulta, se apretaba cada vez más, haciéndose casi doloroso.

—¿Doctor?... —saqué finalmente la voz.

—¿Sí? —me miró de reojo, terminando de escribir. Volvió a mirarme con más atención, cuando notó que yo no proseguía— Dime.

No podía ser tan difícil ¿verdad? No debía de ser yo la primera en preguntar algo como esto. Su mirada insistente me indicaba que esperaba por mis palabras.

—Bueno —bajé la mirada un momento, pero luego decidí que no podía ser cobarde ahora. Así que volví a mirarlo a los ojos—. No estoy con pareja en este momento —comencé, él cambió ligeramente la posición de su cuerpo, ahora parecía alerta—, un hijo no está en mis planes ahora mismo.

En mi mente sonó el temido, "haberlo pensado antes".

El médico miró el lápiz entre sus dedos, para volver a enfocarse en mí.

—¿Qué sugieres? —preguntó.

Desde luego, no me lo pondría fácil.

—Esperaba que usted me sugiriese algo.

Se relajó sobre el asiento, apoyando la espalda en la parte de atrás de su silla.

—Podría ayudarte, al menos podría indicarte a dónde dirigirte… —comenzó a explicarme— pero… —sabía que vendría ese 'pero'— tienes que estar segura.

Una parte de mí lo estaba. Bill había sido tan claro cuando habló con Tom. Una parte de mí sabía que era lo mejor. Sabía que con el tiempo podría tener más hijos y que éste que ahora se gestaba, simplemente nacería más adelante. Cuando mi vida estuviese en orden, cuando el padre lo quisiera.

Lo había pensado, claro que lo había hecho. Me había pasado largas horas en silencio y en medio de la oscuridad cavilando. No era sólo por mí y mi libertad truncada. era también por él, por Bill. Aunque decidiera criar a este hijo sola, él podía llegar a enterarse y siempre sabría que tenía un hijo al que no quería. ¿Podía hacerle eso?, ¿podía hacérselo a ambos?

—Piénsalo —la voz del doctor me trajo de vuelta de mis cavilaciones.

—Ya lo he pensado —respondí. Sabía que mi decisión se mantenía con muy poca estabilidad. De pie en la cuerda floja.

El médico mantuvo su opinión personal a raya y abrió un cajón lateral de su escritorio.

—Bien Morgana —me extendió una tarjeta—, este es el nombre de un colega que te puede ayudar —tomé lo que me ofrecía y asentí—, dado el tiempo que tienes de gestación, el embarazo podría interrumpirse de a través de medicamentos, pero de todas maneras requiere supervisión.

—Gracias —dije, mientras guardaba la tarjeta en mi bolso, para luego ponerme en pie.

—Aún tienes un par de semanas para pensarlo —insistió. Me pareció lógico que lo hiciera.

—Gracias —repetí, abriendo la puerta.

Lo miré una vez más, antes de salir. Él sonrió condescendiente.

Continuará…

Ufff… mi querida Morgana se está viendo en una situación complicadita. En parte comprendo su temor.

A ver por dónde sale esto. Era un tema que quería tocar en esta historia.

Besitos y muchas gracias por leer, comentar y por esperarme.

Siempre en amor.

Anyara