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(¸.-´ (¸.-' ❥ Capitulo 28 ❥ .-´¯'-. ❥

Durante la semana Albert intenta encontrar un aliciente a su vida, pero cada día está más abatido. Le cuesta concentrarse en las lecciones, lleva unos días con malos resultados en las maniobras y los instructores están encima de él, presionándole para que vuelva a encontrar el rumbo.

El coche de Dick Sullivan la deja cada día frente a la puerta y Candy se niega a hablarle. Es como si entre ellos se hubiera creado un muro demasiado sólido para dejar pasar una brizna de esperanza.

Pasa las tardes en el gimnasio o en el simulador. No quiere regresar a casa antes de la hora de la cena y sentir el peso de sus decisiones. Los carteles en la ventana han desaparecido, igual que los mensajes y los encuentros fortuitos. La ha alejado para siempre de su lado, sin posibilidad de regresar al punto anterior.

Caminan por la calle como si fueran dos extraños, separados por un abismo, y apenas cruzan un par de palabras cuando se encuentran en el callejón.

El sábado despierta nublado, con humedad en el ambiente y una suave brisa un poco fresca. Albert sale a la calle con su bolsa de deporte a una hora temprana, quiere participar en un combate de boxeo a media mañana y necesita entrenar.

Camina hacia el Dodge escuchando música a través de unos auriculares, sin prestar atención a los sonidos de la calle.

—Deberías hacer las paces con Candy. —Se encuentra con Anny al doblar la esquina—. No puede seguir con el capullo de Dick o acabará jodida.

—¿Te crees que no lo he intentado? —Albert imprime más dureza a su pregunta de la necesaria —. Llevo diez días intentando que me escuche, pero prefiere ignorarme.

Anny se acerca a él y le mira a los ojos con sinceridad.

—Ella te quiere —musita—. Está loca por ti, pero no puede soportar que la apartes de su lado. ¿De verdad lo vas a dejar pasar?

—Soy un soldado y ella solo tiene dieciséis años.

—Lo sé, pero a mí no me engañas Albert. Cada vez que aparece del brazo de Dick te mueres de celos. —Niega con la cabeza—. Tú sabrás qué haces con tu vida, pero eres tonto si no te arriesgas por alguien como Candy.

Da cuatro pasos hasta su coche, se despide de él y arranca el motor para salir zumbando hacia su cita con Archie para pasar la mañana juntos.

Durante el entreno Albert se abstrae de la situación. Pasa unos minutos en la bicicleta para verla bailar. Es como si no pudiera resistir la tentación de observar cada uno de sus movimientos, como si fuera un adicto a ella.

Por la tarde no se pierde detalle de la reunión de Anny y Candy en el porche, con una jarra de limonada y algunas risas compartidas. Cuando Dick Sullivan hace su aparición Albert decide estirarse en el sofá a hacer un poco de zapping. Necesita superarlo de una vez.

No logra pasar mucho tiempo apartado de la ventana. A las cinco y media presencia cómo el cabrón de Dick se despide de Candy en el porche con un beso demasiado pasional.

Se alegra al escuchar una pequeña discusión. Intenta discernir la razón de la pelea, pero apenas capta tres palabras al azar.

Sale al exterior cuando ella se queda sola, sentada en uno de los sillones del porche, con la mirada triste.

—¿Estás bien? —Se acerca a la valla.

—Como una rosa —contesta levantándose—. Los novios también discuten. Supongo que sigues con la costumbre de espiarme.

—Candy por favor…

—¡Joder! ¡Déjame en paz de una puta vez! —Le mira con fuego en los ojos—. Decidiste quedarte con tu carrera y me lo restregaste por la cara. ¡Basta de escenas! No puedo más Albert, es agotador.

—¿Vas a seguir viéndole?

Ella niega con la cabeza, da media vuelta y desaparece dentro de la casa sin responderle.

Por la noche no la ve al otro lado de la ventana, su cortina está cerrada cuando sube a acostarse. El domingo Candy y el General salen pronto por la mañana para pasar el día en San Antonio. Albert acepta la invitación de unos compañeros para ir al Mall y después al cine a ver una película. Durante unas horas se permite deshacerse del peso de los últimos meses y se desprende de Candy, de sus sentimientos y de la patética autocompasión.

Llega a casa pasadas las siete de la tarde, despejado y sin hambre. Sube directo a su cuarto para desvestirse. Candy está en su habitación, sentada en el escritorio, haciendo los deberes. La observa en silencio mientras se pone el pantalón del pijama.

Las noches son revueltas. Le cuesta lidiar con sus sentimientos en la oscuridad, es como si al cerrar la luz se apoderaran de la habitación y lo zarandearan con fiereza. Por suerte las horas diurnas consiguen disipar un poco la sensación de ahogo en el pecho, como si al levantarse fuera capaz de encontrar una brizna de aire fresco.

George sale para Washington el lunes a primera hora. Candy le despide en la calle con besos cariñosos. Albert desearía ser él, sentir la boca de ella en su mejilla, abrazarla, decirle que nada les separará, pero es un cobarde incapaz de renunciar a su vida por amor. Debería ser más valiente.

El día transcurre lentamente, como cada uno de los pasados desde su noche con Stella. Por la tarde la espera como siempre en el simulador, recordando cada una de las palabras de la última vez, con la angustia propia del momento. No aparece ni le contesta a los mensajes que le manda para recordarle la clase.

Pilota durante sesenta minutos para calmar la tensión acumulada.

Un par de horas en el gimnasio le ayudan a llegar a casa pasadas las siete, momento de prepararse una suculenta cena. Se decanta por un guiso de carne de res aderezado con la salsa secreta de su madre. Lo acompaña con un poco de ensalada y patatas fritas.

Cena solo, con música suave de fondo, como un drogadicto en busca de su dosis diaria de tristeza. Mira un rato la tele sin encontrar ningún programa interesante y al final decide irse a dormir.

La oscuridad le saluda de camino a la cocina para beber un poco de zumo antes de subir a acostarse. Teme otra noche en vela. En el baño se moja la cara frente al espejo para despejarse un poco. El cristal le devuelve una imagen demacrada, sin la frescura de antes.

Con el pantalón del pijama puesto observa por la ventana el otro lado de la calle. Candy está sentada en el alféizar, como la primera vez que la vio en su habitación, con los auriculares en las orejas y una expresión ausente. Le hace un par de gestos para llamar su atención, pero ella le ignora y contesta mensajes en el móvil.

La luz de la habitación de Candy está apagada, Albert la ve gracias a la farola colocada a pocos centímetros de su casa. Se sienta en la silla que dejó hace días colocada cerca del cristal y la contempla con las constantes disparadas. Sus ojos recorren el cabello recogido en un moño mal hecho sobre la coronilla, su provocativo pijama, los cascos blancos, las zapatillas rosas, sus movimientos.

A pesar de la falta de iluminación en las habitaciones se conectan en algunos instantes por la mirada. Ella no muestra ni un ápice de la alegría de siempre, parece decidida a abrir una brecha entre las dos ventanas, como si acabara de cavar un agujero profundo.

La puerta de la habitación de Candy se abre de repente y la luz le da vida, mostrando a Dick en el umbral. Ella compone una mueca de contrariedad mirándole como si quisiera dejar patente sus pocos deseos de tenerle ahí. Dick camina hacia ella con una expresión libidinosa, la atrapa entre sus brazos y la besa con pasión, sin dejar de manosearle el culo.

Candy le aparta en dos movimientos un poco bruscos y lo invita a sentarse en la silla que se encaja en un escritorio, al lado del armario. Sus gestos muestran aprensión, como si no supiera cómo controlar la situación. Albert se incorpora con el pulso acelerado. Las reacciones de Candy indican incomodidad.

Dick niega con la cabeza cuando ella parece insistir en que se sienten para charlar un poco. El chico avanza, la agarra con ímpetu y la atrae hacia él para besarla de nuevo. Candy no le sigue el juego, le separa con las manos y le vuelve a señalar la silla del escritorio.

Están de perfil, pero Albert capta con claridad el tono enérgico de Candy.

Dick parece ceder a las exigencias de ella y se sienta con una mueca excitada. Ella se queda de pie, con el semblante más relajado.

La ira posee a Albert, necesita una gran dosis de voluntad para no correr a casa de Candy y liarse a puñetazos con el hijo de puta de Dick Sullivan. Se esconde un poco para no ser visible, con un acceso de cólera. Cierra los puños con fuerza en un intento de rebajar la tensión, su respiración se acelera y un dolor salvaje se instala en su pecho, ahogándole.

En la habitación de Candy el ambiente se caldea. Dick se pone en pie tras unos minutos de tranquilidad y se lanza sobre ella. Le levanta la camiseta para pasear sus manos por el vientre con movimientos demasiado furiosos, como si no pudiera dominar su deseo. Intenta quitársela, pero Candy le detiene y le coloca las manos en los brazos para apartarle de su boca. Dick forcejea sin darse por vencido. Ella consigue deshacerse de las manos del chico y da dos pasos hacia atrás, asustada.

Sullivan avanza, la agarra por la cintura, la lleva hasta la pared y la inmoviliza. Albert intuye la expresión de pánico de Vandy mientras batalla con Dick para evitar que le toque los pechos. El chico le agarra la camiseta y la desgarra en un gesto furioso, sin dejar de besarla en el cuello.

Candy utiliza las manos para intentar apartarlo de ella, se agita con ansiedad, sin conseguir deshacerse del acoso.

Albert se pone una camiseta y sale disparado hacia la calle con pasos rápidos y la rabia dispersándose por su organismo. Va descalzo, pero no le importa arañarse la planta de los pies.

Marca el número de Stear en el móvil, sin dejar de correr.

—El cabrón de Sullivan se ha colado en casa de tu padre—explica a bocajarro—. Está intentando forzar a Candy. Estoy de camino, no dejaré que le meta una mano encima. Le voy a partir la puta cara.

—¡Joder! Estoy en casa de Patty, tardaré unos quince minutos en llegar. Hay una llave bajo la maceta. Destrózalo.

No tarda en encontrar la llave y abrir con una aceleración visible de sus constantes. Los latidos de su corazón le golpean en la sien, con un bombeo increíble de adrenalina. Sube al piso de arriba en tres zancadas.

Escucha los gritos desesperados de Candy luchando contra Dick, quien no para de decirle guarradas acompañadas de carcajadas cada vez que ella se desgañita negándose a sus intenciones.

Albert irrumpe en la habitación y la escena le enciende todavía más. Dick tiene a Candy inmovilizada sobre la cama, con la camiseta desgarrada, los pechos al aire y forcejeando para bajarle el short del pijama.

Se abalanza sobre el chico por la espalda, lo separa de ella y le asesta un puñetazo en la cara, con rabia, deseando hacerle daño.

—Quita tus sucias manos de Candy —ordena—. Eres un hijo de puta, a las tías no se las fuerza.

La reacción de Dick no se hace esperar. El chico está musculado, tiene fuerza y no piensa amedrentarse. Golpea a Albert en el estómago con fiereza, produciéndole un eco de dolor. El Capitán aplica sus conocimientos de Judo para repeler tres nuevos ataques y consigue asestarle cuatro puñetazos en la cara.

El chico grita y se abalanza sobre Albert, pero el piloto consigue atrapar a su adversario con un movimiento certero, le tira al suelo, le coloca una pierna encima y le inmoviliza el brazo derecho en la espalda, retorciéndoselo.

—¿Te crees muy macho?—pregunta con ira en la voz—.¡Eres un cabrón! Candy te ha dejado clarísimo que no quería nada contigo.

—Lo estaba deseando —dice Dick mirándola y revolcándose de dolor—. No ha parado de provocarme para luego dejarme tirado. La culpa es suya por ser una calientabraguetas.

Sullivan forcejea con Albert para librarse de la sujeción. El piloto le golpea en los riñones para detenerle, conteniéndose para no darle la paliza que se merece. Candy le necesita. La mira un segundo. Ella tapa su desnudez con la camiseta rota, llora destrozada y le mira con pánico.

—¡Lárgate! —Albert levanta a Dick en un movimiento enérgico—. Y ni se te ocurra volver. Mañana te denunciaré al AFOSI, por tu bien te aconsejo que no vuelvas a aparecer por aquí.

Lo acompaña a la puerta de la habitación sin soltarle. Cuando Dick se siente libre se para un segundo para encararse a Albert.

—Esto no va a quedar así. —Suelta la amenaza sin amedrentarse—. Voy a destrozarte, cabrón.

Albert explota. Se lanza sobre el chico y empieza a asestarle un puñetazo tras otro, descargando la furia en cada golpe.

Dick ofrece resistencia durante un rato, le devuelve los puñetazos, pero Albert es más fuerte y logra tirarlo al suelo, sin dejar de golpearle.

—¡Basta Albert! —grita Candy entre sollozos—. ¡Le vas a matar!

Reacciona con rapidez a las palabras de la chica y se percata de la situación. Agarra a Dick por las solapas, lo levanta y lo suelta con fuerza sobre el suelo del corredor.

—Sal de mi vista si no quieres más.

Dick empieza a correr para alejarse cuanto antes del lugar.

CONTINUARA