Disclaimer: Dragon Ball no me pertenece. La serie y sus personajes son propiedad de Akira Toriyama.
El Legado
Capítulo XXVIII
Derrumbe
Año y medio después…
Logró liberarse del agarre con un golpe de codo en el rostro de su enemigo. Veloz como pocos, volteó y atacó con un puntapié en el cuello que dejó al soldado sin respiración. Ginn se olvidó del hombre y se preparó para el ataque de los cinco que llegaron volando a toda velocidad. Estaba divirtiéndose, la batalla ya estaba ganada y solo quedaba eliminar a los pocos tercos que no aceptaban la derrota. Su armadura estaba destruida, pero sus deseos de pelear permanecían intactos. Las heridas sufridas la semana que duró la guerra no significaban nada ante la sensación de ganar. Era como una droga, como una sustancia adictiva que necesitaba en su cuerpo.
Se deshizo de dos más con relativa facilidad. Su cuerpo estaba cansado y aunque se negara aceptarlo, debía parar. Podría haber acabado, con un poco más de problema con los otros tres hombres, pero no contaba con que cuatro soldados, llenos de furia por haber perdido su planeta, llegarían para dar lo último de ellos en el campo de batalla. Todo sea por su orgullo amancillado; la vida quedaba en segundo plano.
Entre dos lograron detenerla al hacerse de sus brazos e inmovilizarlos en su espalda. El primer golpe fue en su abdomen. La armadura rota no pudo hacer nada por protegerla y el puño dio directo en piel.
Forcejeó furiosa, en intentó liberarse. Los hombres no la soltaron y ejercieron más presión en el agarre. Ginn apretó los dientes y luchó por soltarse, justo cuando el soldado malherido se ponía delante de ella para eliminarla; su intención era al menos hacerla sufrir, tal y como lo hizo su gente con su pueblo, torturarla y vengar en ella todo lo que había perdido este día. La joven continuó presionando su brazo izquierdo hasta que el hueso se salió de su lugar y pudo liberarse un poco, solo para golpear con su frente al soldado en el rostro. El hombre cayó casi inconsciente y con la nariz rota.
Los soldados derrotados y furiosos decidieron no esperar más, lo mejor era matar a la saiyajin, ya que una menos contribuiría de alguna forma a la tan anhelada extinción de la raza. Se reunieron para un ataque en conjunto, pero antes de poder concretarlo, dos de ellos cayeron muertos al suelo. Fue tan rápido que aún se podía ver el humo saliendo del pequeño agujero que dejó la fina energía al atravesar sus cienes. Otros dos soldados alcanzaron a gritar cuando el guerrero reventó sus cráneos con un golpe de bota. Ginn, arrodillada en el suelo, con el hombro dislocado, quitó su cabello de su rostro con la mano que podía mover, justo a tiempo para mirar cómo el príncipe Vegeta alzaba al guerrero que quedaba con vida, el mismo que ella le había roto la nariz segundos atrás.
El joven desvió la atención un segundo para mirar a Ginn, serio, con una mueca de desagrado en su rostro. Apretó el cuello del soldado hasta que sonó como si algo se rompiese en su interior y luego dejó caer el cuerpo inerte al suelo. Le echó otra mirada a la saiyajin antes de continuar su paso.
—¡Maldición! —exclamó molesta y se puso de pie para seguirlo.
—¡Ginn! ¡Ginn! —Tarble, quien venía con Vegeta y quedó un poco más atrás, siguió a la chica y llamó sin parar.
—¡Vegeta, espera! —Al ver que el príncipe no se detenía, quiso volar para darle alcance, pero Tarble se puso delante de ella para así detenerla.
—¡Ginn, tu brazo! —El niño levantó la voz para que le hiciera caso.
La guerrera no entendió por un segundo, pero luego recordó que el hueso de su brazo izquierdo se había salido de su lugar. No le dio mayor importancia y mientras corría hacia Vegeta se ocupó de acomodarlo. Tarble la quedó mirando un momento antes de seguirla. Él también podía hacer ese tipo de cosas, pero jamás lograría acostumbrarse totalmente a la bestialidad de su raza.
—Vegeta, no debiste hacer eso. Lo tenía todo controlado —dijo en cuanto llegó al lado del príncipe.
Este continuó caminando y mirando hacia adelante. Iba de regreso hacía su nave. La misión había terminado y ya era tiempo de viajar para continuar con lo establecido. Estaba concentrado en su misión y sentía satisfecho, mas no podía bajar la guardia ni confiarse. No cometería los mismos errores que su padre.
Ginn continuó reclamándole a Vegeta por haber interferido en su combate, pero el príncipe estaba demasiado ocupado pensando en el próximo movimiento. Tarble también iba tras él, pero a diferencia de la joven, no abría la boca para nada.
—No tenías que haberlo hecho. Soy una guerrera calificada, no necesitaba ayuda.
Estaba furiosa. Él no debió haberse metido. Podía perfectamente encargarse de la situación, tal y como lo había hecho siempre. Sintió que la pasaba a llevar. Jamás lo había visto ayudar a los otros soldados de su escuadrón, simplemente daba instrucciones y se olvidaba de ellos, Vegeta no era de trabajar en equipo, veía a sus hombres como una herramienta para alcanzar sus metas.
Hace un poco más de un mes había logrado ser parte del escuadrón de Vegeta. Le tomó más de un año demostrar que era merecedora de ese puesto, por lo tanto, no quería que la minimizara de esa forma. No necesitaba la ayuda de nadie para mantenerse en su puesto y también se encargaría de demostrarlo. Ya no trataba al príncipe con la misma formalidad de antes, pero continuaba siendo importante su opinión y aprobación.
Tarble caminó detrás de la pareja. La voz de Ginn se fue haciendo lejana a la vez que contemplaba todo a su alrededor. Cuerpos desmembrados, sangre, destrucción por doquier. Gritos, súplicas, asesinatos de los moribundos, porque su hermano no tomaba rehenes a no ser que pudiese servirle de algo. Su vida se resumía en eso, era algo que pese a repudiar, lo había aceptado con tal de sobrevivir.
Una escena en particular le causó mayor repudio. A veinte metros de la nave que esperaba a su hermano y el resto de la tripulación, un grupo de al menos seis saiyajin compartía un botín de guerra: una joven mujer de piel verdosa y bellas facciones estaba a punto de ser compartida, en cuanto terminara el soldado de disfrutarla, mientras el resto observaba, se reían y hablaban entre ellos.
Miró a su hermano a la espera que dijera algo, pero estaba demasiado concentrado en su mundo como para darse cuenta de lo que sucedía y por eso no detuvo el acto. No es que Vegeta estuviera en contra de las violaciones de las sobrevivientes, simplemente no le agradaba el escandalo una vez que la batalla había finalizado, por eso sus hombres debían comportarse cuando él estuviese cerca.
Él tenía el poder de detenerlos, simplemente debía levantar la voz y hablar con autoridad. No debía dar excusas ni nada, tan solo ordenar a los soldados como Vegeta lo hacía todo el tiempo y los guerreros debían obedecer, pero no lo hizo, se acobardó y desvió la vista, intentando no escuchar los gritos desgarradores de la mujer que había perdido completamente todo en su vida y ahora era destrozada por los verdugos de su planeta y gente. Se sentía podrido, pero tenía miedo de levantar sospechas, crear rumores sobre su comportamiento débil y terminar siendo descubierto. Realmente, todo eso era muy difícil, pero tenía miedo.
No esperaba que Ginn dejara de perseguir a su hermano y caminara hasta el grupo de guerreros que festinaban con el cuerpo de esa mujer. Pensó que les diría algo, los insultaría o gritaría, pero no terminó de acercarse a ellos. Se detuvo sin decir nada, estiró su pulgar y lanzó un rayo que fue directo a la frente de la mujer. El cuerpo inerte de ésta cayó en la tierra bañada de sangre.
Tarble observó en silencio cuando un par de soldados la encararon por su acción. Ginn no se retrocedió ni acobardó. No le temía a ninguno pese a ser más grandes y fuertes. Miró a su hermano que siguió su camino hacia la nave. Estaba seguro que era consciente de lo sucedido y por un segundo se le pasó por la cabeza que haría algo, pero no fue así. Vegeta entró a la nave sin mirar atrás.
—¡Si quieren follar vayan con prostitutas! —dijo ante la queja de los hombres que no dudaron en tratar de intimidarla—. ¡La batalla terminó y al príncipe no le gustan los escándalos! —Se dio la vuelta y se marchó a la nave de Vegeta. Odiaba ese tipo de espectáculos que daban algunos hombres, nunca le agradó esa tradición de los botines de guerra.
Tarble se mantuvo en su lugar por un momento. Ya había tenido demasiado y era momento de limpiarse. Se acercó a un soldado que aguardaba en la entrada de la nave de su hermano y le habló.
—Comunícale a Vegeta que no iré con él.
—Como usted ordene. —El guerrero iba a ingresar para darle la noticia al príncipe, pero se detuvo al escuchar otra orden de Tarble.
—Primero prepárame una nave individual. Una sin insignia real. Luego de eso le avisas a mi hermano.
—Sí. —El soldado hizo lo que se le ordenó.
El niño de diez años suspiró una vez más antes de mirar a su alrededor. Ya había cumplido con la misión para luego poder llevar una vida moderadamente tranquila hasta que volvieran a poner en duda sus habilidades. Tenía varios meses de libertad hasta que Vegeta volviera a obligarlo a viajar con él. Durante el tiempo de "descanso" deseaba que los días, semanas y meses pasaran más lento para no tener que volver a matar. Pero en ningún momento se le cruzó por la cabeza que esta sería la última misión con su hermano. Nadie pensó que las cosas estarían a punto de cambiar de manera drástica para todos.
Cuando el soldado le indicó que su nave ya estaba lista, no dudó en marcharse. Necesitaba un descanso antes de regresar a Vegetasei y sabía muy bien dónde ir.
Mientras tanto en la nave de Vegeta los soldados alistaban todo para marchase. El destino era otro planeta lejano y los encargados de pilotear se comunicaban con el siguiente destino antes de partir.
—¿Por qué no despegamos ya? Dije que nos marcharíamos enseguida —Vegeta se detuvo para comprobar que sus hombres estuviesen siguiendo sus instrucciones. Si quería que las cosas funcionaran a la perfección debía supervisar todo, especialmente al tratarse de una misión tan importante que aún no acababa.
—Lo siento, príncipe. Aún no establecemos contacto con la nave de su padre. No podemos partir hasta recibir su confirmación.
—Alista la nave para partir y continúen llamándolo hasta establecer comunicación. Si no contestan en media hora partimos de todas formas.
—Como usted ordene, príncipe Vegeta.
El joven de diecisiete años se mantuvo un poco más en el puesto de control. Habían planeado tanto este ataque con su padre que debía salir a la perfección. Él ya había cumplido su parte y era el turno del rey. Debían tomar estos dos planetas estratégicos, de lo contrario todo se iría más al carajo de lo que ya estaban.
—Infórmenme en cuanto hagan contacto. —No esperó respuesta y se marchó a su cuarto. Mientras esperaba, se quitó la armadura y el traje de combate, los guantes y las botas que terminarían en la basura por su mal estado. Se metió a la ducha para limpiarse y continuar pensando en la estrategia. Llevaba al menos tres meses planeando este ataque y repasaba paso a paso, seguro que no contaba con puntos débiles y el que no pudieran establecer comunicación con la tropa de su padre lo tenía alerta. No podrían seguir con el siguiente movimiento si no tomaban aquel planeta, pero aún era temprano, había tomado control del lugar en menos tiempo de lo esperado, lo más seguro es que los guerreros de su padre pronto se comuniquen para dar comienzo a la siguiente etapa.
Al salir de la ducha encontró a Ginn sentada en su cama. Solo vestía su traje de combate ajustado, sin armadura, botas ni guantes. Tenía su largo cabello mojado, como si acabara de salir de la ducha y acabase de entrar a su cuarto.
—Sal, no estoy de humor —dijo concentrado en secar su cabello.
—Yo podía sola. —Volvió a insistir sobre el tema, pero esta vez calmada. No quería hacerlo enojar—. No quiero que me subestimes ni cambies de opinión al haberme permitido estar en tu escuadrón.
El joven no le respondió. Simplemente se sentó en una silla y continuó secando su cabello. No tenía cabeza para nada más.
—No tenías que ayudarme —insistió
—No estaba ayudando. —Se quitó la toalla de la cabeza para mirarla. Estaba enojado, muy frustrado y se desquitaría con ella.
—¿Entonces que fue eso que hiciste?
—Apresurar las cosas. Te quedas jugando perdiendo el tiempo y hay horarios que cumplir. Poco me importa lo que te suceda en el campo de batalla.
Se miraron a los ojos. Él gozó ese instante en que vio dolor en los de ella, pero duró poco. Pronto Ginn le sonrió. En el año y medio que llevaban juntos ya había aprendido a conocerlo y sabía que no podía esperar nada de él, ya que solo una cosa tenía en mente. No tenían una relación formal ni era reconocida como la futura reina de Vegetasei, pero se sabía que estaban juntos.
Para Vegeta no significaba mucho. Le servía tenerla a su lado, era una buena guerrera que servía a su escuadrón, además podía tener sexo y a su gran ego le encantaba tener alguien a su lado para admirarlo, pero para Ginn significaba mucho más. Estaba enamorada del príncipe y no se preocupaba de ocultarlo, sabía lo que pasaba dentro de la cabeza de Vegeta, pero también estaba segura que había más interés del que aparentaba, de lo contrario no le permitiría estar con él todo el tiempo, y con eso era feliz.
—¿Tu padre estará listo para el siguiente paso?
—Por supuesto que sí —respondió con convicción en su mirada.
Ginn no fue capaz de poner en duda la capacidad del rey, Vegeta aún lo admiraba mucho y creía en sus capacidades. Todo el mundo así lo creyó alguna vez, pero la verdad es que el último año su desempeño había sido más que paupérrimo.
Las malas decisiones del rey los habían llevado a perder gran cantidad de los planetas ganados, los más importantes y estratégicos. Su pésima guía los hizo perder grandes batallas y poderosos guerreros del ejército. El soberano que hace un año celebraba a diario sus constantes victorias con fiestas llenas de excesos y alboroto, ahora era cuestionado por un planeta entero que veía como poco a poco el gran imperio saiyajin iba perdiendo terreno contra reyes asociados.
Todos veían eso, pero su hijo mayor no. Ginn estaba segura que Vegeta era consciente del desastre causado por su padre, pero lo había admirado tantos años que se negaba a aceptarlo. Era un asunto de orgullo, de no querer aceptar que su sangre también podía caerse y de la manera más humillante posible.
Este plan para recuperar lugares estratégicos había sido idea de Vegeta. Su parte ya estaba lista, incluso antes de tiempo, con la perfección que se le caracterizaba, ahora era el turno de su padre. Y por eso lo notaba tan ansioso pese a que quisiera ocultarlo. Estaba esperando la llamada del escuadrón del rey para poder llevar acabo el último paso de la misión, pero en caso de fallar, todo se iría al carajo y el nombre de su raza, el planeta y sus posiciones se pondrán en duda ante todos sus afines y adversarios.
—Ahora vete. Necesito estar solo.
—¿Estás seguro? Puedo quedarme un momento para hacerte compañía. —Se bajó de la cama y arrodilló enfrente de él, apoyó las manos en sus rodillas y lo observó a los ojos.
Estaba desnudo, lo único que debía hacer es pedirlo y ella se quedaba. Estaba perdidamente prendida a él y siempre hacía lo posible por quedarse a su lado. Tenía dos formas para eso: el combate y el sexo, y ya que habían terminado de pelear por el momento, tenía la otra opción.
Vegeta apoyó su mano en la cabeza de la joven. Permaneció un rato en silencio, observándola. Le vendría bien un poco de distracción antes de continuar con la guerra, pero deberían esperar porque en ese mismo momento golpearon a su puerta.
—Príncipe, Vegeta. —Se escuchó desde el exterior—. Ya se ha establecido comunicación con el escuadrón de su padre.
—Voy enseguida —respondió.
Ginn se puso de pie y volvió a sentarse a la cama. En silencio lo vio vestirse más rápido de lo normal. Era evidente su ansiedad.
Dos minutos después Vegeta se encontraba en la parte principal de la nave, donde sus hombres ya habían emprendido vuelo hacia el siguiente punto. En la pantalla principal, se proyectaba la imagen de un saiyajin hombre. Casi de la misma edad de su padre. Vegeta lo reconoció enseguida y notó el mal estado en que se encontraba debido a la batalla, pero no le prestó importancia. Lo que realmente le molestó fue que su padre no estuviera presente para hablar, después de todo, el plan lo habían ideado ambos (en realidad el hijo había sido el cerebro) y habían detalles que solo los dos sabían, pero que ahora podían discutir en frente de sus hombres.
—¿Dónde está el rey? —preguntó serio y cruzado de brazos.
—El rey va camino a Vegetasei. —Era claro lo mucho que le costaba hablar. En la pantalla solo podía ver parte del torso y rostro, pero era evidente el mal estado en que se encontraba. Como todo guerrero destacado y experimentado debiese hacer lo imposible por evitarlo, sin embargo, este hombre parecía haber perdido algo más que la pelea, también el orgullo.
Ginn que estaba junto al príncipe vio cómo su mandíbula se apretaba. Ella no sabía cuál era el siguiente paso, pero evidentemente no era regresar a Vegetasei.
Los soldados de Vegeta, encargados de pilotear la nave, permanecieron con sus miradas en los controles y los que no hacían nada abandonaron el lugar. Lo mejor era desaparecer en ese momento. Solo Ginn permaneció a su lado.
—Qué fue lo que sucedió. —Más que una pregunta fue una demanda.
—¿Qué sucedió, Vegeta? Lo que ha venido sucediendo desde hace mucho. —Limpió la sangre de su boca con el brazo—. Nos fuimos a la mierda y perdimos, Vegeta. El rey no fue capaz de liderar a sus hombres y cayó como en las últimas batallas que ha encabezado.
—Quiero hablar con él —exigió. Golpeteaba su dedo de forma inquieta sobre su brazo.
—Ya te dije que se fue. No tenía nada más que hacer aquí. Se fue con el rabo entre las piernas y el muy cobarde no quiso hacer frente a lo que está pasando. Dejamos ir esta oportunidad y el maldito no estuvo a la altura. —Era claro el dolor y rencor en sus palabras. El soldado leal que por años sirvió y combatió junto al rey ahora lo desconocía y repudiaba—. La mayoría de nuestros hombres fallecieron y los otros están muy mal. Llevará tiempo volver a levantarnos y luchar como antes. Tenemos que retroceder por un tiempo si no queremos perder todo lo que hemos ganado. Es tiempo de parar, Vegeta. Es una vergüenza decir esto, pero tenemos que parar.
El mismo Vegeta se acercó al tablero para pulsar el botón que cortaba la llamada. Volvió a cruzarse de brazos y permaneció quieto, con la mirada perdida, pensando.
—Cambien rumbo —ordenó, completamente tenso.
—¿Destino?
—Vegetasei.
—Sí señor.
Sus hombres cambiaron rumbo enseguida.
—Comunícate enseguida con Stone. Pasa la llamada a mi scouter. —Estaba hirviendo por dentro. Perfectamente podría hacer explotar la nave con todos adentro, pero tenía un plan en caso de que todo se fuese a la mierda como sucedió. Pese a no mencionarlo, su confianza en el rey había decaído y por eso envió hombres de su confianza con el escuadrón de su padre. Muchas cosas no le cuadraban y se adelantó a los hechos para ponerle un alto.
Emprendió rumbo a su habitación. Ginn fue detrás de él, pero antes que pudiera decir algo, Vegeta le cerró la puerta en la cara.
(…)
Días después…
La nave esférica descendió en el mismo terreno desolado de siempre. En un sector completamente deshabitado. Las primeras construcciones podían encontrarse a cientos de kilómetros; lo único con vida por esas tierras eran los animales de la zona, pero ninguno de ellos lo delataría. Tarble los contemplaba en silencio y a gusto, ya que en su planeta natal jamás encontró una vegetación y fauna de ese tipo.
Debía volar casi dos horas para llegar a su destino y siempre se preocupaba de dejar su armadura dentro de la nave. Solo vestía su traje azul con botas y guantes. Su rabo lo mantenía apretado contra su cintura para que nadie fuera a reconocerlo, pero al parecer, en este bello y pacifico planeta no tenían idea de quienes eran los saiyajin y mucho menos que él era el príncipe de esa raza tan temida y odiada.
Descendió a tierra firme cuando llegó al pueblo que visitaba desde hace más de un año, luego que con ayuda de Ginn, lograra rescatar a Gure y su familia. Afortunadamente Ginn cumplió su palabra y jamás hizo preguntas. La saiyajin estaba tan interesada en aprender para impresionar a su hermano, que no le importó lo que estuviese haciendo a escondidas con un par de naves de la flota saiyajin.
Luego de llevarlos de regreso a su hogar, el padre de Gure le ofreció su casa para cuando quisiera ir de visita. Tenía las puertas abiertas para él y siempre podría contar que habría un plato grande de comida para él.
Tarble no fue capaz de rechazarse y desde aquella ocasión, cada vez que tiene la oportunidad, se escapa para ir a visitarlos. En un comienzo se sintió extraño. No era normal para estar en un planeta extraño por otro motivo que sea bélico o visita real. Aquí nadie lo conocía, todos eran amables con él por agradecimiento de haber salvado a miembros importantes de su comunidad, y lo más importante: nadie le temía.
Entonces se convirtió como una droga. En ese lugar, Tarble podía ser una persona común y corriente, sin deberes ni muertes, sin presiones ni sangre. Podía conversar, caminar por el campo y observar a los vecinos trabajar sus tierras. Conoció como era la vida pacífica y tranquila e incluso ayudó en lo que le pidieran, desde la construcción de una casa, hasta la cosecha de verduras. Todo siempre preocupado de no demostrar su verdadero poder.
Hubiese sido tan feliz de haber nacido bajo esta realidad tan distinta. Muchas veces se maldijo en silencio y deseó poder ser frío e indiferente a lo que sucedía a su alrededor; disfrutar de los combates y sometimientos al igual que su hermano para tener una vida normal y poder disfrutarla, pero ahora, luego de conocer una realidad tan distinta, soñaba con poder ser parte de ella para siempre y dejar atrás un pasado de sangre y miseria. Era un saiyajin, de eso no había duda, al menos por el exterior, pero su interior pedía a gritos establecerse en los campos verdes del planeta de Gure.
—¡Tarble! —Gure abrió la reja de madera que cercaba su casa para poder correr y recibir a Tarble—. ¡Viniste!
Su cabaña de madera estaba rodeada de flores de distintos tamaños y colores. Más bellas aún de las que lograron hacer crecer en la cueva que los albergó durante su estadía en aquél horrible planeta. Bajo sus pies el pasto húmedo crecía y ella se preocupaba de pisar el camino de piedras para cuidar la vida que crecía en su interior.
El niño de diez años, sonrió a gusto, como en casa. Mejor que en casa.
(…)
Vegetasei
Koora abrió los ojos cansada. No recordaba donde se encontraba ni cómo había terminado en esa cama. Había entrenado todo el día de ayer y hoy debía continuar, pero la pequeña cama y la compañía la tentaba a seguir descansando, al menos unos minutos más hasta que debiese levantarse y continuar con su vida. Por un lado, no le gustaba el rumbo que había llevado su vida; sentía el peso en los hombros, una consecuencia obvia al cargar con tantas mentiras, pero por otro lado, por fin se sentía satisfecha por haber logrado sus objetivos. Estaba disfrutando los frutos de un trabajo que se vio interrumpido a causa de su embarazo, pero que en cuanto estuvo recuperada, comenzó a trabajar para concretar su tan esperada venganza. Aún quedaba mucho por hacer, no debía confiarse y por esa misma razón debía levantarse e ir a entrenar, no podía ausentarse demasiado de palacio, considerando la situación actual del planeta, su rey y sus hombres, debía estar presente para continuar con su plan.
Bardock, quien dormía a su lado, despertó. Al igual que ella, se encontraba desnudo y con grandes ojeras por no haber dormido lo suficiente. Inconsciente de que ella había despertado, se sentó en la cama y encendió un cigarro, como cada mañana —o tarde— luego de despertar.
Cuando estaba a punto de terminar su cigarro, Koora le habló.
—¿Qué haces en la zona negra? —Sabía hace mucho sobre sus viajes allá, pero algo la hizo preguntar ahora.
Bardock movió un poco la cabeza para mirarla. Mantuvo el cigarro en la boca un rato antes de responder.
—¿No es obvio? —Sabía que estaba enterada de eso. Era difícil ocultar algo después de dos años siendo amantes. Aunque no era algo que escondiera de ella o de alguien, simplemente no lo mencionaba porque nunca fue dado a hablar de sus asuntos. Solo con Gine se dio eso, pero ella ya no estaba.
—Lo único que se me viene a la mente es que quieres morir.
—Todos vamos a morir algún día. Peleando por Vegetasei, en el círculo de fuego o intentando sabotear al rey. Da lo mismo como, lo importante es que sea de la manera que queremos.
Bardock no sabía mucho del plan de Koora, si no era bueno para hablar de sus asuntos, tampoco lo era interesándose en el de los demás, pero estaba completamente seguro que ella era la causante de esta tremenda caída que llevaba sufriendo hace tiempo. No tenía idea cómo, pero era admirable que ella sola fuese capaz de llevar el planeta entero a la ruina y consigo al todopoderoso rey Vegeta.
—Eso es verdad… —Se sentó y estiró con pereza—. Tengo hambre —mencionó despreocupada. Jamás le contó todos sus planes a Bardock. Desde hace muchos años que había tomado la decisión de no involucrarlo porque no pensaban de la misma forma y consideraba egoísta arrastrarlo consigo en caso de que terminara mal, pero tampoco se preocupaba de mantenerle secretos, si en medio de una conversación salía algo a la luz no se preocupaba de desmentirlo porque sabía que él no la delataría ni traicionaría.
Lo de ellos era una relación para hacerse compañía. Amigos que cogían y pasaban el rato juntos para no volverse locos. Pese a amarlo más que nada, Koora estaba consciente que no habría nada más entre ellos y estaba bien con eso. Ambos estaban preocupados con sus temas y así sería hasta el final.
—Voy a comprar cigarros —comentó el hombre mientras se levantaba e iba por su ropa. Koora hizo lo mismo pero fue rumbo al baño para ducharse.
—Compra algo para comer. Yo cocino. —Estaba tranquila. Le informaron que el rey llegaría mañana, por lo que aún tenía tiempo para descansar. A la noche regresaría a palacio.
La nave de Vegeta no aterrizó en el mismo lugar de siempre. Esta vez fue lejos de palacio y de forma discreta para no alertar de su llegada. No quería que nadie supiera de su presencia en el planeta, por el momento. De todas formas, dio la orden de informarle en cuanto llegase su padre al planeta. Tenía mucho que hablar con él y no había tiempo que perder.
Solo hace un par de días se había dado cuenta que Tarble no había viajado con ellos, un soldado le informó que le había avisado en cuanto el príncipe dijo que tomaría una nave personal, pero por todo el ajetreo de la misión fallida lo olvidó por completo, además estaba el hecho de que no le importaba. Su hermano no servía para lo que seguía, y poco le importaba donde pudiera estar en este momento.
No estaba del todo molesto. Pese a la avasalladora derrota de su padre, había logrado algo a su favor, algo que ni siquiera los hombres del rey notaron y la razón de porque envió hombres de su confianza a aquel planeta. Es por eso que en cuanto pisó tierra, despachó a sus hombres, pero les avisó que debían estar alerta a su llamado. En cualquier momento podía surgir algo y debían asistir en el acto.
Ahora el príncipe se encontraba un área olvidada de palacio, más allá de los patios de entrenamientos y los galpones donde guardaban las naves para la realeza. Un sector que no se encontraba en las mejores condiciones a causa de guerras pasadas, el tiempo, la humedad y el abandono. El lugar mejor lugar que podía contar Vegeta para que nadie lo siguiera y supiera lo que estaba haciendo, salvo unos pocos soldados de confianza que lo esperaban hace dos días, en silencio y paciencia.
—Vegeta.
El joven se detuvo al oír a Ginn. Quedaron en un sector donde aún podía verse el cielo rojizo del planeta, pero más adelante la piedra en mal estado del palacio se alzaba y el camino bajaba, hacia antiguas galerías subterráneas que se encontraban abandonadas.
—Vete, Ginn. Despaché a todos los soldados. Ve a descansar que saldremos pronto a la guerra.
—¿No escuchaste al hombre de tu padre? Ya no hay nada que hacer. Tenemos déficit de soldados, no podemos hacer frente a todos los enemigos. Tenemos que esperar para que regresen soldados de sus misiones, hay que idear una nueva estratega. Lo que han hecho no ha resultado.
—No soy un cobarde, no voy a esperar a nadie, yo voy a actuar. Y cuando esto acabe me desharé de los inútiles que estorbaron, comenzando por el imbécil de tu padre que no sabe entrenar a los soldados de verdad.
Ginn ni por un momento pensó en defender a su padre. No es que le encontrara razón a Vegeta, pero no perdería el tiempo hablando bien de él, pues no había nada bueno que decir.
—¿Qué es lo que haces aquí? —preguntó llevando el tema a lo que realmente quería hablar—. Algo pasó después que hablaste con uno de tus hombres. Estabas tan molesto después de que hablaste con el soldado del rey, pero después que te comunicaron con tu hombre lucías diferente.
—Ya verás, todo a su tiempo. Ahora vete y prepárate. —Sonrió altanero y confiado—. Pronto recuperaremos nuestro poderío.
—Estoy confiada de eso y también sé que será de tu guía, es por eso que estoy aquí. Quiero participar.
—Eres parte de mi ejército. ¿Qué más quieres? —preguntó molesto y sin saber en realidad qué más quería. Pese a ser buen estratega era bastante torpe en el campo femenino y era porque no le importaba indagar más allá.
—Quiero que confíes en mí —dijo mirándolo a los ojos.
—Si quieres ayudar es mejor que te marches —sentenció firme, de brazos cruzados—. No volveré a repetirlo de forma edu… —No terminó la oración porque la joven se abalanzó a su boca.
No le pidió permiso, para besarlo jamás lo hacía y siempre lo tomaba por sorpresa, era la única forma de que accediera a besarla. Odiaba que fuese tan complicado para todo, era un maldito y simple beso. Los jóvenes a su edad no actuaban así, ella no actuaba así, pero él sí y todo era un lío cuando se trataba de contacto físico. Al menos no la rechazaba y correspondía la mayor parte del tiempo porque evidentemente le gustaba, pero por alguna razón actuaba como si no fuese así.
El beso continuó hasta que sintió las manos de Ginn descender de su cuello hacia su manos. La separó y observó en silencio, esperando que se marchara, tal y como lo había ordenado. Ella entendió.
—Sabes que jamás te traicionaría —dicho eso, se dio la media vuelta y marchó.
Vegeta no esperó y continuó su paso hacia el subterráneo abandonado de palacio.
Rato después Bardock regresaba a casa luego de comprar cigarros, carne y pan. Le aburría hacer esas cosas simples, generalmente era Koora quien traía algo cuando llegaba a escondidas, pero ya no quedaba nada y definitivamente no podía ir ella a comprar.
Siempre se preocupaba de llegar de noche, tarde y vistiendo ropa con capucha para ocultar su rostro. Nadie podía verla frecuentar la casa de un hombre solo porque la noticia no tardaría de llegar al rey y hasta ahí llegaría la vida de ambos.
Desde la muerte de Gine, Bardock se sumió en un estado de apatía total, del que era capaz de salir por cortos momentos, durante los combates en el círculo de fuego y los ratos que compartía con Koora, y no le importaba si lo descubrían o no siendo amante de la reina, pero ella aún tenía mucho por hacer y esa era la razón para tener tanto cuidado.
A pocos metros de llegar a la puerta se detuvo. Se odió por estar tan distraído, de lo contrario hubiera sentido hace rato que alguien venía siguiéndolo.
—¿Qué quieres? —preguntó serio. No era agradable ver a Nappa después de tanto tiempo.
—Bardock, ¡hace tiempo que no te veía! —comentó el grandulón, y ya que el otro guerrero no se volteaba a mirarlo, caminó para rodearlo y quedar frente a frente.
—Me has estado siguiendo. —Estaba alerta por cualquier movimiento en falso. Si Nappa había llegado hasta ahí era por Koora, no había otra explicación.
—Claro que no —respondió con una sonrisa sínica—. Te vi cuando comprabas y quise saludarte. Hace tiempo que no visitas el palacio y después de todo fuimos compañeros de trabajo, cuidando a los príncipes.
—No seas estúpido y dime qué quieres.
—Solamente saludar, nada más. Todo el mundo sabe que perdiste a tu mujercita. Quería saber cómo te encontrabas, ya ha pasado mucho desde eso, pero desapareciste y no volviste a palacio ni a las misiones. ¿Ya encontraste otra para reemplazar a Gine? —Rio con fuerza ante su propio comentario.
Bardock apretó los dientes y los puños para controlarse. Lo mataría, lo haría sufrir y masacraría esa boca inmunda por decir el nombre de su mujer, eso estaba decidido, pero no lo haría ahora.
—Eso no te importa. Ahora vete, pronto llegará el rey y necesitará alguien que lama sus heridas. —Caminó hacia su casa.
—Espero nos veamos pronto, Bardock —gritó Nappa para que lo escuchara, pero el saiyajin ya había entrado y cerrado la puerta, preocupado de no hacerlo muy rápido para que no sospechara.
Una vez adentro, recargó la espalda en la puerta y esperó un momento prudente para mirar por la ventana y comprobar que ya se había marchado.
—El infeliz de Nappa está siguiéndote —dijo a Koora cuando la vio de reojo sentada junto a la mesa donde comían—. No sé si sospecha o sabe con certeza que estás aquí, pero eso fue demasiado cerca. Lo mejor será esperar un poco antes de… —Calló al verla tan cabizbaja, mucho más que eso, estaba en estado de shock y en el suelo su scouter. Al parecer ni siquiera se había dado cuenta de su llegada—. Koora. —Se arrodilló para mirarla, y recién ahí la mujer lo miró.
—Tengo que irme —dijo apresurada y nerviosa. Era raro verla demostrando emociones, eso solo pasaba cuando sucedía algo que la sobrepasaba y era raro que algo la moviera así.
Se puso de pie y fue hacia la puerta, pero Bardock la tomó de los hombros e impidió.
—No puedes salir ahora, Nappa está cerca, sabes lo que pasará si te ve acá.
Al no poder salir, se movió de un lado a otro de la cocina. Estaba pálida y sudaba e intentaba calmarse para pensar con claridad y concentrarse.
—Nappa se puede ir al demonio, tengo que salir de aquí ahora.
—Primero cálmate y dime qué pasó. Con quién hablaste que te dejó así.
—Alina. Alina me habló y está muy mal, pasó algo terrible.
Bardock arqueó las cejas en sorpresa. Suponía que mantenía constante comunicación con esa mujer, pero no al punto de comunicarse a través del scouter.
—Hablan por el scouter. ¿Estás consciente que pueden interceptar sus conversaciones?
—No por el mío. Tengo un canal especial para comunicarnos. —Abrió la llave del agua para mojar su rostro y cuello. Estaba desesperada por salir—. Maldición, ¡maldito Vegeta!
Bardock supo que se refería al rey. Pese a las grandes diferencias que compartía con su hijo mayor, jamás se refirió así de él.
—El inútil perdió la batalla, es imposible que lo haya tomado de rehén. —Hablaba en voz alta para sí misma, sin dejar de caminar por la cocina—. Kahl es poderoso, es imposible que lo hubiesen atrapado. Tenía los hombres necesarios; sabía la hora, el lugar donde atacaría Vegeta, conocía todos los puntos débiles, ¡yo misma se los dije! ¡Maldición!
Entonces Bardock se hizo una idea sobre cómo funcionaba el plan de venganza contra el rey. Koora no actuaba sola, tenía de su lado a Alina y esa mujer era sumamente importante ya que era la que guiaba los planetas en contra de los saiyajin. Ahora entendía por qué los ataques del rey no funcionaban y siempre se adelantaban a todo. Koora era la encargada de dar la información al enemigo.
—¿Quién es ese Kahl?
—El hijo mayor de Alina. Y ahora el imbécil de Vegeta lo tiene. Estoy segura que él lo tiene. Kahl nunca ha confiado en mí porque soy saiyajin y ahora debe creer que esto es una trampa que preparé con Vegeta.
—¿Qué vas hacer ahora?
—Tengo que liberarlo. Gracias a Alina mi hijo mayor no murió. Tengo que devolverle la mano, no puedo dejar que Vegeta lo mate.
—Si intentas liberarlo pueden descubrirte. Sabes lo que te sucederá si eso pasa.
Koora lo miró a los ojos antes de responder.
—Todos vamos a morir algún día. Lo importante es que sea de la manera que queremos —repitió las mismas palabras que escuchó de él hace un poco más de una hora.
Bardock no pudo más que asentir.
Al otro día, Koora caminaba por los pasillos de palacio. Vestía su traje y armadura real y nadie podía imaginarse el torbellino que sentía por dentro a causa de la larga espera que vivió para salir de la casa de Bardock y por el futuro incierto del hijo de Alina. Sabía que el rey había llegado y se dirigía hacia los tanques de recuperación para sacarle información. Lo tenía comiendo de su mano, tanto que estaba segura que averiguaría enseguida el paradero de Kahl, lo difícil sería liberarlo, pero eso lo iría solucionando paso a paso. Primero tenía que hablar con Vegeta.
—Su Majestad —el doctor encargado de supervisar el tanque de recuperación del rey le hizo una reverencia al verla entrar, al igual que los cuatros soldados que resguardaban el lugar. Pese a estar en la seguridad de palacio, las constantes derrotas hicieron que el rey se volviera muy inseguro.
—Fuera, todos —ordenó sin mirarlos. Se concentró en el hombre en el tanque. Continuaba vestido, pero su ropa evidenciaba el pésimo estado que quedó luego de la derrota.
—Pero, señora, al rey aún le falta mucho para…
—¡Ahora! —rugió enojada. Inmediatamente los soldados y el doctor abandonaron la habitación.
Koora continuó mirándolo. ¡Lo odiaba tanto! Y no era capaz de sentir un poco de compasión al verlo en ese estado. Todo lo contrario, sentía más desprecio y asco ante el todopoderoso rey que fue capaz de caer en su trampa.
Apretó el botón para interrumpir el tratamiento y drenar el agua. Lo quería débil, vulnerable para hacerlo hablar pronto. No quería perder el tiempo con él.
Vegeta abrió los ojos cuando sintió el agua bajar y la máscara de oxígeno abandonar su rostro. Salió del tanque y caminó un par de pasos para sentarse en una silla. No se sentía recuperado, aún tenía heridas y sangraba. Y por supuesto, Koora no lo ayudó. Quedó de brazos cruzados mirándolo.
—¿Por qué interrumpiste la curación? —Tosió un par de veces. Había tragado un poco de ese desagradable líquido azul.
—Lo siento mucho, mi rey, pero necesitaba hablar contigo y no podía esperar. —Sabía fingir muy bien para ocultar todo el desprecio que sentía hacia él, o tal vez era el enamoramiento de Vegeta que lo hacía caer en cada palabra que soltaba.
—Ya te enteraste de los resultados. El plan de tu hijo no funcionó para nada. —Era tan orgulloso que jamás admitiría una derrota propia, aunque ya sumara muchas.
—Tengo entendido que nuestro hijo conquistó con éxito su planeta. Él cumplió como el guerrero sobresaliente que es, pero no te preocupes, sé que en el siguiente ataque te alzarás. Y es por eso que estoy aquí. —Jamás perdía la oportunidad para humillarlo, al menos de forma sutil.
—Siempre puedo contar contigo, Koora. Eres el único aliado fiel que queda. — Estiró la mano para alcanzar su pierna, pero la mujer caminó unos pasos para alejarse e impedir el contacto.
—No digas eso, Vegeta. Tu pueblo te clama y sabe que te recuperarás. Eres un saiyajin y nosotros nos hacemos fuerte después de cada combate. Ahora quiero saber los detalles de la pelea. Quiero que me digas lo más importante para planear el próximo golpe.
—No habrá próximo golpe por ahora, Koora, necesitamos recuperarnos, juntar hombres y crear una nueva estrategia —respondió malhumorado. Odiaba admitirlo, pero no podían seguir atacando.
—¿Hablas en serio? Este que habla no es el rey de Vegetasei, suena como un pobre y débil guerrero de clase baja. Tal vez ya va siendo hora que te retires y te vayas a vivir al mercado, con los que no saben pelear, o tal vez te quite el rabo y exilie a la zona negra.
—¡No digas eso! ¡Yo no soy…!
—¡Entonces tú no digas más estupideces y compórtate como el rey de Vegetasei! —Podía darse el lujo de interrumpirlo. Hace tiempo podía hacer muchas cosas que antes jamás soñó, mucho menos cuando era una jovencita enamorada que lo admiraba y seguía a ojos cerrados.
—Tienes razón, tenemos que planear el próximo ataque.
—Así me gusta. —Posó su mano en su hombro en señal de aprobación, pero la retiró pronto y en una demostración del poder que tenía sobre él, tomó una toalla para limpiarse la mano.
Vegeta observó ese movimiento, pero estaba tan agotado y derrotado anímicamente que no notó el significado de su acción. En frente de todos se encargaba de lucir fuerte y duro, pero con Koora se mostraba como realmente se sentía. Confiaba tanto en ella y sus habilidades que la seguía ciegamente, después de todo, ella fue la que lo ayudó a llegar hasta la cima y también sería la que lo haría volver allá.
—Ahora dime, Vegeta—. Le arrojó la toalla a las manos para que se secara—. Pese a la derrota, imagino que lograron algo en el campo de batalla.
—Nada, fue una derrota absoluta. No sé cómo salí con vida de ahí.
—¿Pero no recolectaron información relevante? Era un planeta importante, perfectamente podrías haber tomado rehenes. Cualquier cosa nos sirve para contraatacar. —Podría haberse dado más vueltas para preguntar sobre los rehenes, no quería ser tan obvia, pero estaba a solas con Vegeta.
—Te digo que no alcanzamos a hacer nada. ¡Era como si supieran que íbamos a estar allá! Nos tendieron una trampa y caímos. Lo único que hicimos fue luchar por sobrevivir.
—¿Estás completamente seguro?
—Claro que sí. De haber tomado algún rehén te hubiera informado. Sabes que solo confío en ti para el interrogatorio.
—¿Y qué hay de tus hombres? Ellos pudieron hacerlo para ayudarte.
—Perdí a mis mejores hombres. Solo me queda Gerd, pero ya no quiere trabajar para mí, el muy traidor dice que no sé ser un rey. ¡Qué estúpido! ¡Voy hacer que se trague sus palabras cuando todo esto acabe! —Usó la toalla para secar su rostro y para cuando terminó, Koora ya no estaba con él.
La reina caminó hacia el patio de aterrizajes real. Necesitaba saber si su hijo ya había llegado al planeta. Tenía un mal presentimiento sobre todo esto y debía confirmarlo. Si sus sospechas eran ciertas, estaba perdida. Debía actuar rápido y tomar una decisión, si dejar morir al hijo de Alina o intentar salvarlo. El problema de Nappa y descubrir quién lo había mandado a seguirla, lo dejaría para después.
Le debía a Alina tantas cosas que no podía recordar todas. Pero lo más importante es que gracias a ella, su hijo Vegeta no murió cuando era un niño. Ahí fue cuando comenzó todo, con el atentado ordenado por el rey a su hijo Tarble, pero algo salió mal y fue Vegeta quien casi muere. Fue en ese momento que cuestionó su vida, sus acciones y decisiones y no pudo continuar con su vida de la forma que estaba.
Alina estuvo ahí para ella, creyó en ella cuando todos la despreciaron por ser saiyajin y trabajaron juntos en una maldita venganza personal que consumió muchos años de su vida y que por fin se veían los frutos, pero ¿a qué costo?
—¿Vas a despertar, ya? — dijo el príncipe Vegeta con una sonrisa divertida. Se sentó en una modesta silla. No tenía respaldo, pero apoyó la espalda en el muro y se cruzó de piernas y brazos.
No había mucho espacio en esa antigua y húmeda celda. Sus tres soldados debían permanecer de pie, juntos, esperando instrucciones, mientras que el rehén amarrado de manos y pies con alambres contantes permanecía sentado y al borde de la inconsciencia.
Casi no podía apreciar los detalles del joven hombre que tiritaba levemente y sin parar. Su rostro hinchado estaba bañado en sangre, su cuerpo desnudo evidenciaba severas heridas, especialmente en el abdomen a causa de los alambres que lo amarraban a la silla y se enterraban en su piel cada vez que intentaba moverse, al igual que sus tobillos y muñecas. Sus ojos azules era lo único que se podía distinguir con claridad, porque el cabello que alguna vez fue dorado, ahora se veía entre café y rojo, en un color indescifrable y repugnante.
—No quiero continuar perdiendo el tiempo, Kahl —dijo con un falso tono de tranquilidad—. Tenemos importantes cosas que hacer. Ya nos dijiste tu nombre y que eres hijo de esa tal Alina, información que agradezco, pero no es suficiente. —Se puso de pie y lo miró sin borrar su sonrisa. Con la punta de un dedo enguantado tocó su mentón y obligó a levantar la cabeza para mirarse a los ojos. —No saldremos de aquí, Kahl, hasta que me digas quien les está dando información de nuestras estrategias a tu madre. —Lo soltó y bajó la mano para tomar su dedo anular derecho—. Será mejor que comiences a hablar. Todo el mundo sabe que no gozo de mucha paciencia.
El sonido que hizo el hueso al quebrarse, retumbó en ese pequeño y solitario cuarto.
Continuará…
Muchas gracias por llegar hasta aquí. Tardé en actualizar porque como saben estaba en la U y no tenía tiempo, pero ya estoy de vacaciones y preparada para escribir los capítulos que quedan de esta historia.
Pasó un año y medio desde el capítulo anterior. Este es el último salto de tiempo importante de la historia. Les reitero que si tienen alguna duda de los detalles, debido al tiempo transcurrido entre actualización, no duden en preguntarme, con mucho gusto les responderé.
Ya se pudo ver en qué consistía la venganza de Koora. Ella misma ayudó al rey a elevarse entre los más grandes para que después la caída fuera estrepitosa. Aunque claro, no todo podía salir a la perfección, ya que su hijo Vegeta tiene un rehén importante y no descansará hasta sacarle toda la información.
Vegeta tiene de pareja a Ginn, pero no de la manera que a ella le gustaría y Tarble a escondidas va a visitar el planeta de Gure y claro, ocultando siempre quien es en realidad. En el próximo se verán más detalles sobre la vida oculta de Tarble y también el bebé de la reina. No crean que me he olvidado, pero este capítulo se me hizo más largo, por lo que decidí tocar ese tema para el siguiente.
Pese a la tardanza, este capítulo va dedicado a Sophie y Silvia Araujo, que estuvieron de cumpleaños hace rato. Pensaba actualizarlo mucho antes, pero ya saben, la U me hizo retrasarme, pero ya cuento con tiempo, afortunadamente. :)
Muchas gracias por leer y dejar rws.
Nos vemos en el siguiente capítulo.
Miles de besos,
Dev.
24/01/2017.
