Mente rota, alma quebrada

Visiones y quidditch

La visión se fue tornando más clara. Silas estaba en una habitación muy deteriorada y polvorienta. Y casi vacía además, la única iluminación la proveía el fuego de la chimenea. Hay alguien más aquí, pensó. Giró alrededor del gran sillón de respaldo alto, uno de los pocos muebles que había, e hizo una mueca de desagrado.

Wormtail estaba hincado a más o menos un metro. Una criatura desagradable, parecida a un feto deforme, de piel gris y arrugada, yacía en el asiento. Los ojos no tenían párpados y eran de un color rojo oscurísimo, casi negro. Silas tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener una arcada.

—Acercame más al fuego. —ordenó Voldemort.

Wormtail se apresuró a obedecer. El aspecto de Voldemort era horrible, pero también lucía muy débil. No costaría nada aniquilarlo, pensó Silas.

—¿Dónde está Nagini?

—No lo sé, mi señor. —respondió Wormtail con voz temerosa— Creo que salió a explorar los alrededores. Mi señor… si se me permite preguntar… ¿cuánto tiempo vamos a quedarnos aquí?

—Una semana, quizá un poco más. El lugar es relativamente confortable y todavía no es posible proceder con el plan. Sería una necedad ponerse en acción antes de que termine la Copa Mundial.

—¿La Copa Mundial? —repitió Wormtail con desconcierto— Discúlpeme, mi señor… pero no entiendo… ¿qué tiene que ver la Copa con los planes?

—¡No podrías ser más imbécil ni practicando! —se exasperó la voz de Voldemort— Todos los aurores van a estar alerta y vigilando. Tenemos que esperar a que el evento haya concluido.

—¿Su Señoría… sigue determinado entonces?

Silas se sorprendió al oír la pregunta. ¿Acaso Wormtail estaba cuestionando las decisiones de su amo? Cierto que lucía como un gusano macerado… pero igual.

—¡Por supuesto que sigo determinado, Wormtail! —la voz del engendro había trepado a notas agudas amenazantes. Pero aparentemente el estúpido de Wormtail no lo había notado porque prosiguió en la misma línea.

—Puede lograrse sin Harry Potter, mi señor.

—¿Sin Harry Potter? —repitió el Señor Oscuro taladrándolo con los ojos— Ah… ya veo…

—Mi señor… ¡no estoy diciendo esto porque me preocupe lo que le pueda pasar al chico! —la voz de Wormtail había sonado como un chillido de terror— ¡El chico no significa nada para mí, nada en absoluto! Lo que yo estaba sugiriendo era que podríamos usar a cualquier otro mago o bruja con los mismos resultados y con menos complicaciones. Si mi señor me permitiera ausentarme un par de días… mi señor sabe que puedo pasar inadvertido… podría traerle a una persona adecuada…

—¿Así que estás proponiendo ir a conseguirme un sustituto? Empiezo a cuestionarme… ¿acaso la labor de cuidarme se te ha vuelto demasiado pesada? Y esta… sugerencia de ausentarte… ¿no se trata en realidad de una deserción?

—¡No, mi señor! ¡Nada más alejado de mis deseos! ¡Yo nunca lo abandonaría!

—¡No me mientas! —aulló Voldemort— ¡Yo siempre sé lo que piensan los que me rodean! ¡Estás empezando a lamentar haber vuelto a mí! ¡Te repugno! ¡Puedo verte las muecas cuando me mirás! ¡Y te estremecés cuando tenés que tocarme!

Silas alzó una comisura. Sinceramente… ¿que esperaba Voldemort? Lucía como una larva inmensa y aberrante. ¿Quién no se mostraría repugnado? Y Wormtail era deplorable para mentir. Y tampoco sabía ocultar sus emociones.

Wormtail juntó las manos y las alzó temblorosas en gesto de súplica. —¡No! ¡Toda mi devoción es para su Señoría!

—Tu supuesta devoción no es sino cobardía. Preferirías estar en cualquier otro lugar menos acá. ¿Y cómo se supone que sobreviva si no estás acá para alimentarme?

—Mi Señor ha recobrado muchas fuerzas en los últimos días…

—¡Embustero! —le escupió Voldemort con voz ronca y oscura— No estoy más fuerte y un día sin alimento me haría perder las migajas de vitalidad que bajo tus torpes cuidados pudiera haber ganado.

Wormtail decidió que lo más sensato era callarse. Los pensamientos de Silas habían derivado hacia cosas mucho más importantes para él. Cosas que Voldemort había dicho… ¿Voldemort moriría si se quedaba solo? Si era así, estaba muy débil y sería muy fácil matarlo. Siguió escuchando con mucha atención, quizá algo dejaría deslizar Voldemort que le indicara en dónde diablos se encontraba.

—Tengo mis razones para usar al chico. —siseó Voldemort, de hecho algunas de las palabras las había pronunciado en pársel. Silas comprendió entonces por qué había tantos que lo consideraban algo maligno. —Ya te lo había explicado más de una vez, no pienso usar a ningún otro. Tuve que esperar trece años ya, unos pocos meses más no hacen ninguna diferencia. Y en cuanto a las defensas que rodean al chico, con mi plan quedarán anuladas. Todo lo que hace falta es un poco de valentía de tu parte, Wormtail… ¡y vas a tener que sacarla de algún lado o terminarás sufriendo todo el peso de mi ira desbocada!

—¡Mi señor, debo hablar! —clamó Wormtail en pánico interrumpiéndolo. Silas hizo una mueca. —Durante todo el viaje estuve revisando el plan en mi cabeza… mi señor… Bertha Jorkins… ya deben de sospechar que está muerta… mi señor… si yo tuviera que matar…

—¿¡Qué es eso de si…?! El Ministerio no tiene por qué enterarse de que murió alguien… si lo hacés con sigilo como se debe… ¡Oh, cuánto me gustaría poder hacerlo por mi cuenta…! Pero en mi presente condición… No es nada tan terrible, Wormtail, sólo una muerte más y nuestro sendero hacia Harry Potter quedará libre de obstáculos. Y no te estoy pidiendo que lo hagas solo… para entonces mi fiel seguidor ya se nos habrá unido.

—Yo soy un fiel seguidor. —se quejó Wormtail.

—Yo necesito a alguien con cerebro… a alguien cuya lealtad nunca haya flaqueado… y desgraciadamente vos no cubrís ninguno de esos dos requisitos.

—Pero yo fui el que vino a encontrarlo… —protestó Wormtail— Y yo fui el que le trajo a Bertha Jorkins…

Silas sacudió la cabeza con impaciencia. Wormtail era tan rastrero… más despreciable que Voldemort, incluso.

—Cierto. —concedió Voldemort con humor sombrío— Viniste cagándote entre las patas porque te habían descubierto. No tenías la menor idea de que podía resultarme útil.

—Pero yo sí pensaba que podía ser de utilidad…

—¡Mentira! —gritó Voldemort y soltó una carcajada bestial. Silas no pudo evitar estremecerse. —Pero debo reconocer que la información era invaluable. De no haber sido por eso no habría podido urdir mi plan, y por eso vos vas a ser recompensado, Wormtail. Voy a concederte el honor de que lleves a cabo una tarea para mí. Una gran tarea… cualquiera de mis seguidores estaría dispuesto a sacrificar su mano derecha para conseguir tan alto honor.

—¿Realmente es así… mi señor? —preguntó Wormtail tembloroso y dubitativo. Al menos no es tan tarado de creérsela así como así, pensó Silas. No sabía qué tarea le tenía preparada Voldemort, pero estaba seguro de que no iba a ser nada agradable para la rata.

—Por supuesto, mi querido Wormtail… pero no quiero arruinar la sorpresa, tu parte vendrá al final… y te aseguro que terminarás siendo tan útil como Bertha Jorkins.

—Mi señor… ¿me va a matar también?

Silas no podía entenderlo, era claro que Wormtail se la veía venir… ¿por qué no le daba una buena patada y lo arrojaba al fuego?

—Wormtail… Wormtail… —canturreó Voldemort con voz sedosa— ¿Por qué habría yo de matarte? Si maté a Bertha fue sólo porque era preciso. No convenía que volviera y contara todo.

—Podría haberle modificado la memoria. —aventuró Wormtail.

Voldemort rió. Una risa fría sin ningún asomo de regocijo. Y fría fue su voz cuando habló a continuación. —Los encantamientos de memoria pueden quebrarse… fue lo que yo hice con Bertha Jorkins. Pero dejemos esa cuestión de lado de una vez. Sólo hará falta una muerte más… y con mi fiel seguidor en Hogwarts, Harry Potter será mío. Está decidido, no más argumentaciones. ¿Qué es ese ruido? ¿Nagini…?

Voldemort la llamó en pársel.

Silas vio entrar a una descomunal serpiente de cuatro metros de largo, la piel mostraba un diseño de rombos. Viboreó por el suelo polvoriento hasta el sillón de su amo.

Amo, ¿puedo comerme al deliciosso hombre ssin magia que esstá en el passillo?

—Nagini trae interesantes novedades. —ronroneó Voldemort— Según ella hay un muggle en el pasillo que estuvo escuchando nuestra conversación.

Wormtail corrió hasta la puerta y la abrió. Silas pudo ver a un hombre viejo, con un bastón en una mano y una linterna en la otra, lucía totalmente desconcertado. Silas bufó exasperado, aparentemente el mundo estaba lleno de gente imbécil.

Unos instantes después, Frank Bryce, de 78 años de edad, cayó muerto tras haber recibido el impacto de la Maldición Mortal que le había lanzado Voldemort. La serpiente siseó de placer.

La visión de Silas poco a poco fue desvaneciéndose.

oOo

Silas se sentó lentamente en la cama. Se sentía exhausto y mareado… pero tenía que contarle a Gabriel. Tambaleante, se bajó de la cama y salió con pasos torpes a la sala común. El Gryffindor, que estaba sentado en el sofá, se levantó de inmediato y fue a sostenerlo.

—Sy… ¿estás bien? ¿Qué fue lo que viste? —preguntó Gabriel y lo llevó al sofá para que se sentara.

—Voldemort está en Inglaterra y está muy débil. Estaba con Wormtail y dijo que si lo dejaban solo se moriría. No entiendo por qué esa despreciable rata sigue a su lado, Voldemort no hace más que insultarlo y amenazarlo. Y si bien Wormtail se lo tiene más que merecido… no por ello deja de ser uno de los seres más imbéciles que pueblan el planeta.

—Eh… Sy… creo que estás hablando incoherencias. —dijo Gabriel con tono preocupado.

—Tenés razón. —concedió Silas y sacudió ligeramente la cabeza— Lo concreto es que me enteré de que Voldemort es un ente de aspecto repugnante y muy fácil de matar, pero no vamos a poder llegar a él porque no tengo la menor idea de dónde se está escondiendo. Tiene como mascota a una serpiente gigantesca más venenosa que un áspid y que se puede tragar entero a un hombre como una boa. También me enteré de que va a permanecer inactivo hasta después de la Final de la Copa, así que podemos ir sin problemas. Su siguiente plan diabólico tiene que ver con el Torneo, uno de sus más fieles seguidores se va a infiltrar en Hogwarts… y el principal objetivo del plan es secuestrarnos. Nos necesita vivos para algo muy importante.

—¿De qué Torneo estás hablando? —preguntó Gabriel desconcertado.

Silas hizo una mueca. Ése era uno de los puntos sobre los que no le había dicho nada. Pero ahora iba a tener que contarle por lo menos algo.

—Parece que durante este año escolar, Hogwarts será la sede del Torneo de los Tres Magos. Participan tres alumnos de tres diferentes escuelas. El ganador es aclamado grandiosamente y recibe un importante premio en metálico.

—¿Y por qué Voldemort está tan interesado? —inquirió Gabriel.

—No sé… —admitió Silas pero alzó una comisura— …todavía…

Gabriel no disimuló su exasperación. Cuando se trataba de obtener información, Silas era el más empecinado de todos. Pero bueno… no podía culparlo por eso. —¿Así que dijiste que querés que vayamos a la Final?

—Sí. —confirmó Silas. Por suerte Gabriel no lo estaba presionando demasiado con las preguntas, pero Silas sabía que el Gryffindor no era estúpido. Por el momento se concentraba en lo más apremiante. —Va a ser una buena oportunidad para que averigüemos qué es lo que está pasando en el mundo antes de que volvamos a la escuela.

—De acuerdo. —dijo Gabriel poniéndose de pie y lo ayudo a incorporarse— Ahora te vas a la cama y no te preocupes, yo me voy a asegurar de que vayamos a la Final. Confiá en mí.

—Confío en vos. Gracias, Gabriel.

—Realmente debés de estar muy cansado si estás diciendo esas cosas. — apuntó Gabriel con sorna. Y lo condujo riendo hasta la cama. Silas no protestó, se dejó acostar y arropar y se durmió casi de inmediato.

Cuando Gabriel volvió a la sala común notó que Harry se estaba despertando, no le costó desplazarlo, Harry apareció durmiendo en el sofá y Gabriel tomó el control.

oOo

Sirius reconoció a Gabriel apenas lo vio entrar al comedor. Se sorprendió un poco pero lo saludó sonriendo. Gabriel no era de los que se andan con vueltas, saludó a su vez, tomó asiento y fue directo al punto.

—¿Cuál es el veredicto respecto a que vayamos a la Final de la Copa? —preguntó.

—Tuve varias discusiones caldeadas con Snape y le escribí unas cuantas largas cartas, pero sigue indeciso. —respondió Sirius con un suspiro— ¿Por qué preguntás? ¿Se te despertaron las ganas de golpe?

—Supongo que va a ser muy divertido. —respondió Gabriel sonriendo— Ron va ir con toda su familia y como tenía dos entradas extra invitó a Hermione y Harry le pidió que invitara a Neville.

—¿Qué te parece si llamamos a Snape? En una de ésas si los dos le rogamos es posible que lo convenzamos. —dijo Sirius riendo y llamó a Omi.

Snape llegó cuando terminaban de desayunar. —¿De qué se trata? —preguntó apenas entró.

—Queremos ir a la final. —dijo Gabriel poniéndose de pie y enfrentándolo. —Incluso Neville va, Ron tenía una entrada de sobra y lo invitó. Además entre tanta gente será fácil pasar inadvertidos y va a haber mucha vigilancia.

—Decí que sí, Snape. Y podemos acompañarlo dos adultos Remus o vos y yo. Estará bien protegido.

Snape seguía dudando.

—Y contamos con una vía rápida de escape si llegara a ser necesaria. —agregó Gabriel y alzó la mano, la banda metálica en la base del dedo mayor relumbró.

—El lobo no va a poder ir, no va a estar lo suficientemente recuperado de la luna llena.

Gabriel y Sirius lo miraron fijamente, expectantes.

—Yo voy a ir para vigilar de cerca. —se rindió finalmente Snape— Ustedes dos van a tener que ir bajo efectos de polijugos. Y vos, perro, me vas a tener que jurar un voto de mago… nada de bromas, nada de juegos, nada de riesgos innecesarios.

—Juro por mi magia que no correré riesgos innecesarios por diversión. —declaró Sirius solemne.

—Bien. —dijo Snape asintiendo— ¿Qué nombres son los que figuran en las entradas?

—Los de un amigo mío y su hijo. Me prometió que no van a salir durante todo el día. Tu entrada por ahora está en blanco, vas a tener que registrarte esta noche.

—¿A qué hora partimos?

—Hice una reserva para un traslador que parte a las 7, desde Borders, es un negocio de libros que está a una cuadra de El caldero que pierde.

Snape asintió brevemente y salió del comedor sin agregar nada más. Pocos segundos después lo oyeron salir.

—Bueno, no resultó tan difícil después de todo. —dijo Gabriel sonriendo.

—Cierto, pensé que nos iba a costar más. —dijo Sirius y le desordenó los cabellos riendo.

—Contale a Harry todo. —ordenó Gabriel y dibujó una sonrisa ladina— ¿Y te anotarías para una sesión de duelo más tarde? ¿O todavía estás muy magullado de la última vez, viejo?

—¡Yo no soy viejo! —bramó Sirius que todavía estaba algo dolorido.

—Eugh… ¿estás bien? —preguntó Harry con desconcierto.

Sirius se echó a reír. Gabriel le había asestado el golpe y había escapado presto. —¡El muy descarado! —masculló. Y procedió a despeinar otra vez al pobre Harry. Luego pasó a contarle la novedad. Harry lo abrazó muy contento cuando supo que iban a ir juntos a la Final.

oOo

Neville quedó anonadado cuando recibió la invitación de los Weasley. Harry no le había adelantado nada porque quería que fuera una sorpresa. Neville se puso muy contento ante la posibilidad de poder irse antes, pero dudaba que le dieran permiso, sin embargo la abuela no planteó objeción alguna. Quizá la señora Weasley la había convencido.

Quedó acordado que pasarían a buscarlo al día siguiente y que sería huésped en La Madriguera durante la última semana del verano.

oOo

El lunes Sirius lo despertó a las cinco y media. Severus iba a estar esperándolos en el negocio de venta de libros en Londres.

—¿Estás listo? —le preguntó Sirius muy entusiasmado cuando terminaron de desayunar.

—Sí. —contestó Harry sonriendo y aceptó el frasco de poción.

Los dos se la bebieron de un trago e hicieron una mueca, sabía horrible. Los cambios empezaron casi de inmediato pero fueron produciéndose lentamente. Harry observó fascinado a medida que los cabellos de Sirius se acortaban y se aclaraban hasta adquirir un tono rubio oscuro. El celeste de los ojos se intensificó, casi hasta el azul. La cara se le rellenó y las mandíbulas se tornaron angulosas. Su altura se incrementó algunos centímetros, los hombros se ensancharon y los brazos ganaron más músculos. Con razón se había puesto ropas que le quedaban algo grandes.

Pero nada al respecto le había advertido a Harry. Harry bajó la vista para observarse. Él había disminuido de tamaño. Corrió a mirarse en el espejo de la sala de estar. Tenía grandes ojos celestes y pelo rubio rojizo, tenue y muy lacio y largo hasta la barbilla. Sonrió y se dijo que se veía muy tierno, parecía como una versión masculina de Rose.

—¿Quiénes somos? —preguntó y no pudo evitar una risita porque la voz le había salido muy aguda.

—Yo soy Robert Cauldwell y vos sos Owen, mi hijo de once años. Este año empezás en Hogwarts.

—¿Cómo sabés que ellos no están contrariados porque no pueden ir como ellos mismos?

—Owen es un poco tímido y su madre no quiere que vaya. Soy amigo de la familia, una vez los salvé cuando era auror. Cuando estuve de vacaciones en Grecia les mandé una carta contándoles mi versión de lo que había realmente pasado. Me creyeron e intercambiamos varias cartas. En una de ellas me comentó que un tío de Owen le había regalado tres entradas para la final, pero que a su esposa no le gustaba la idea de que fuera. Yo me atreví a pedírselas… y algunos cabellos además. Robert aceptó. Así de simple.

—Ah… gracias por todos los problemas que te tomaste. —dijo Harry sonriendo.

—No fue ningún problema. —le aseguro Sirius riendo— Y ahora tenemos que darnos prisa o vamos a llegar tarde.

oOo

Severus recorrió con la mirada el numeroso grupo de muggles que entraban y salían del negocio, estaba seguro de que podría reconocer al perro sin importar el aspecto que tuviera.

De repente vio acercarse a un chico de grandes ojos azules. El chico le sonreía con gran contento. No podía ser otro que Harry. Nadie y mucho menos un chico lo miraría nunca con una expresión como ésa. Interiormente hizo una mueca al verle la apariencia, demasiado indefenso para su gusto.

Harry iba vestido con una remera roja, una campera de cuero negra, vaqueros azules y zapatillas blancas. Era toda ropa de él y por supuesto le quedaba grande, aunque no demasiado. No llevaba anteojos.

El hombre que lo llevaba de la mano lucía un par de años más joven que Black. La contextura era más fornida y musculosa, lleva puesta una camisa blanca, jeans desteñidos y una campera liviana de algodón, negra. En las espaldas cargaba una mochila. Los rasgos eran muy masculinos y los cabellos rubios muy cortos. El parecido con "Harry" era manifiesto, nadie habría dudado que fuera el padre. Severus reaccionó apretando los puños, de pronto lo había inundado una ola de enojo posesivo. ¿¡Cómo osaba Black aparentar ser el padre de Harry?! Se estremeció internamente, ¿cómo era posible que le surgieran ese tipo de emociones y pensamientos tan vehementes?

Harry se le acercó y le dio un breve abrazo. —Severus, —dijo sonriendo— ¿llegamos tarde?

—Por supuesto que no. —dijo Sirius— Tenemos más de un minuto.

Entraron al negocio y enfilaron hacia el baño. Llegaron justo para tomar el traslador, un vaso de telgopor.

Harry lo agarró con dos dedos según le indicaron y un segundo después sintió como si lo engancharan del ombligo y tironearan. Todo empezó a desvanecerse y a dar vueltas. Sintió pánico, pero por suerte Boy no alcanzó a salir. Aterrizó poco después con torpeza y desplomándose al suelo.

Sirius estaba riéndose burlón, pero Severus se dio cuenta de inmediato de que estaba alterado. Se le arrodilló al lado tratando de calmarlo con su presencia y sus palabras, le recordó que se concentrara en la respiración.

—¿Estás bien?

—Sí, gracias. —contestó Harry, tomó la mano que le tendía y se puso de pie.

—Reforzá las barreras. Ocluí.

Harry asintió. Ya más compuesto, miró alrededor. Estaban en una especie de páramo, había algo de neblina y hacía frío, a pesar de que estaban en agosto. Sirius se había desplazado unos metros y estaba hablando con dos hombres.

Se dio vuelta y les hizo una seña para que se acercaran. Los hombres eran los que controlaban las entradas. No detectaron nada irregular y les franquearon acceso.

—Esperá nomás a ver lo que esto. —le dijo Sirius sonriendo— Te va a encantar.

Harry sonrió, el entusiasmo empezaba a despertársele. Severus los siguió a unos pasos de distancia. La neblina pareció desvanecerse de golpe y ante su vista aparecieron numerosas carpas y un mundo de gente. Con cada paso que daban el bullicio se iba incrementando exponencialmente. Muchas risas y gritos alegres, chillidos entusiastas de los más chicos y alguno que otro que lloraba.

Se fueron acercando al bosque, bajaron una suave pendiente y llegaron finalmente al lote que les habían asignado, tenía un pequeño cartel con el nombre Cauldwell. Sirius se desprendió de la mochila y se desperezó.

—Dame una mano con esto, Owen. —pidió Sirius que había sacado una carpa circular desarmada.

Harry se acercó para ayudar, armarla no les llevó más que unos minutos. Lucía como una carpa muggle normal, no muy grande. —Entremos. —invitó Sirius sonriendo.

Una vez adentro, Harry se quedó boquiabierto. El interior lucía como un apartamento con sala y dos dormitorios, aparte de cocina y baño.

—Magia, Harry. Nunca te olvides de que somos mágicos. —dijo Sirius riendo y le desordenó los cabellos.

Harry estaba demasiado asombrado como para fastidiarse. —¿De dónde sacaste la carpa? —preguntó.

—Omi. —respondió Sirius encogiéndose de hombros— Vení, hay algo más que quiero mostrarte.

Salieron y fueron abriéndose paso entre el numeroso gentío. Harry trató de ubicar a Severus pero no lo vio.

—No te preocupes por él. —dijo Sirius— Debe de estar cerca, vigilando. Mirá… —agregó alzando un brazo y señalando.

—¡Los Weasley! —exclamó Harry.

La familia estaba sentada desayunando alrededor de una pequeña fogata. Ron, Hermione, Ginny y Neville estaban de un lado. Otros dos pelirrojos y Percy del otro lado y el señor Weasley en el medio.

Sirius lo llevó aparte hasta que quedaron algo ocultos entre unos árboles. —Antes de que vayas a reunirte con ellos hay algunas cosas que quiero que recuerdes. Vos sos Owen Cauldwell y yo soy tu padre Robert, el dueño de una pequeña hostería y taberna en Sussex. Tu madre es Melissa, de soltera apellidada Haven. No creo que nadie te vaya a hacer preguntas, pero por las dudas… a tus amigos les podés decir quien sos, pero que sea todo muy discreto, ¿de acuerdo? Ah… y acordate de que empezás en primer año en Hogwarts la semana que viene.

—Entendido. —asintió Harry.

—Que empiece el show, entonces. —lo animó Sirius y enfilaron directo al campamento Weasley. Sirius fue a presentarse al señor Weasley y a los hermanos mayores. El "pequeño Owen" se desvió hacia el otro extremo donde estaba la gente menuda.

Neville lo reconoció de inmediato y la expresión se le iluminó.

—Hola. —saludó Harry.

—Hola. —respondió Neville— ¿Estás entusiasmado por el partido?

—Claro. —contestó y agregó riendo: —Hermione, Ron… soy yo.

Los dos aludidos lo miraron con desconcierto y suspicacia. —¿Te conocemos? —preguntó Ron frunciendo el ceño.

—Bueno sí… pero estoy fingiendo ser Owen Cauldwell, un chico que empieza en Hogwarts este año.

—¿Harry? —susurró Ginny, los ojos celestes se le habían encendido de repente y un leve rubor le coloreó las mejillas.

—Sí. —respondió sonriendo.

—Hola, Harry. —dijo Neville poniéndose de pie y le dio un breve abrazo.

—¿Harry? —repitió Hermione parándose muy nerviosa.

—¿Cómo estás, cumpa? —preguntó Ron después de saludarlo con un abrazo— ¿Y el hombre que te acompaña es Padfoot?

—Sí, pero no vayan a decir nada o nos meterían en serios líos. —les advirtió muy serio.

—No vamos a decir nada. —prometió Hermione— Realmente lo lamento mucho, Harry. Y no te voy a traicionar otra vez. Puede que te dé recomendaciones o consejos, aunque no te gusten, pero no puedo obligarte a que hagas nada que no quieras hacer. Reconozco que lo que hice estuvo mal.

—Gracias, Hermione. Y entiendo… y me alegra que volvamos a ser amigos otra vez.

Harry la abrazó y ella le devolvió el abrazo.

—Vos fuiste mi primer amigo… me sentí tan mal cuando creí que te había perdido. —dijo ella con ojos húmedos.

—Pero no me perdiste. —la tranquilizó Harry.

Los mellizos se habían aproximado mientras tanto.

—¿Y este nuevo amiguito quién es? —preguntó George con una sonrisa intencionada.

Fred se le acercó y le rodeó los hombros con un brazo. — ¿Es nuestro alumno de cuarto preferido?

—¡Es Harry! —susurró Ginny aunque quizá con excesiva vehemencia— Está de incógnito.

—Ya nos habíamos percatado, querida hermana. —dijo George— Pero controlá el tono, no sea que los descubran.

Ginny se ruborizó. Bill los estaba mirando con el ceño muy fruncido. —Perdón. —se disculpó.

—No hay problema, Ginny. —dijo Harry.

—Les cuento que venimos de descubrir un círculo de apuestas… —comentó Fred.

—Invertimos todos nuestros ahorros…y nos jugamos a una alternativa de mucho riesgo —continuó George.

—Pero tenemos el presentimiento de que vamos a ganar…

—Especialmente ahora que nuestro talismán de la buena suerte se ha hecho presente…

—¿Yo? —dijo Harry sonrojándose— Yo no soy ningún talismán…

—Claro que sí. —contraargumentó Fred— Y hemos apostado a que Irlanda va a ganar pero que Krum…

—…va a capturar la snitch. Así que crucen los dedos.

—Les conviene que mamá no se entere. —dijo Ron— ¡Los despellejaría!

—Sinceramente… —intervino Hermione cruzando los brazos desaprobadora— no saben acaso que apostar es algo reprochable?

—No empieces, Hermione. —la atajó Ron— ¿Qué les parece si vamos a comprar souvenirs?

—Yo no sé si puedo… —dijo Harry— Esperen que voy a ir a pedir permiso.

Caminó hasta Sirius que seguía conversando animadamente con los adultos y le tironeó ligeramente una manga. —¿Puedo ir con Ron y los otros a comprar souvenirs?

—Claro, pichón. —dijo Sirius despeinándolo, con la otra mano sacó un puñado de galeones de un bolsillo y se los entregó— Gastátelos todos.

—¿¡Estás seguro?! —se sorprendió Harry conteniendo una exclamación.

—Por supuesto. Andá y volvé dentro de una hora.

—¡Gracias!

—No hay por qué.

Harry corrió hasta donde estaban los chicos, les mostró el dinero y les repitió la orden que lo había acompañado. Todos quedaron encantados, menos Ginny… porque Bill decretó que ella no podía acompañarlos. Estaba a punto de gritarle de todo, pero Bill se le adelantó y le dijo que Charlie y él la llevarían a dar un paseo… para Ginny no era la alternativa ideal, pero quedó más conforme.

Ron agarró a Harry de una mano y se lo llevó casi a la rastra. —No sabés la cantidad de cosas que se pueden comprar… ¡hay unos sombreros que se llenan de luces y silban…!

Harry le dirigió una sonrisa desamparada a Neville y se dejó llevar. Neville y Hermione los siguieron tras intercambiar miradas comprensivas.

Ron se compró una insignia de Irlanda, Neville una bufanda de Bulgaria que tenía leones que rugían. Hermione había quedado fascinada con los omniculares. —Son muy ingeniosos y complejos. Se necesitan muchísimos encantamientos para que tengan tantas funciones.

El vendedor enumeró algunas: —Graba todo. Se pueden reproducir las imágenes a velocidad normal o en cámara lenta. Y se pueden imprimir fotografías. El precio es una bicoca… diez galeones.

—¡Me llevo cuatro! —dijo Harry.

—¡Gracias, cumpa! —exclamó Ron y le dio un abrazo.

—Hermione, vos asegurate de grabar todo. —le pidió Harry— Después quiero dárselo a Owen… gracias a él pude venir y quiero que pueda ver todo aunque sea unos días después.

—Por supuesto, Harry… eh… quiero decir… Owen.

oOo

El profundo sonido de un gong anunció que faltaba muy poco para el comienzo del encuentro.

—¡Ya es la hora! —exclamó Sirius entusiasmado, cogió una lámpara y se pusieron en marcha hacia el estadio. Entre una multitud tan excitada, Harry empezó a sentirse mal. De pronto le faltaba el aire y sentía náuseas… Sirius se detuvo de repente y lo miró preocupado. Por suerte, Severus ya lo había anticipado y apareció instantáneamente a su lado, de inmediato Harry se sintió mucho mejor.

—Yo puedo rodearte con mis escudos si permanecés a mi lado.

—Eso haré. —dijo Harry— Gracias.

El trayecto hasta el estadio les tomó casi veinte minutos, los tres caminaron juntos, un adulto a cada lado. Finalmente llegaron ante las monumentales paredes doradas.

—Tiene capacidad para cien mil personas. —explicó Sirius— Muy impresionante, ¿no?

oOo

Tenían ubicaciones privilegiadas, las más elevadas, pero no había ascensor. Harry llegó sin aliento tras subir tantas escaleras. Toda la primera fila estaba ocupada por los Weasleys, Neville y Hermione. Harry los saludó con la mano y recibió iguales saludos en respuesta.

La segunda fila estaba casi toda desocupada, excepto por el asiento que ocupaba una elfa muy atribulada que tenía la cara oculta entre las manos. En el extremo más alejado había tres asientos libres, hacia allí se dirigieron los recién llegados. Sirius se sentó al lado de la elfa, Harry entre los dos adultos y Severus en el extremo.

George se dio vuelta. —Va a haber un show de las mascotas ante de que empiece el partido. —le informó a Harry.

—Es un espectáculo que siempre vale la pena ver. —agregó Fred que también se había girado.

—¿Qué criaturas habrán traído de Irlanda y Bulgaria? —preguntó Harry.

Fred se golpeteó con el dedo el mentón. —A ver… dejame pensar… puedo suponer que trajeron leprechaums de Irlanda… son una especie de duendes.

—…y probablemente dragones de Bulgaria. —dijo George con una sonrisa maliciosa.

—¡¿Dragones de verdad?! —se asombró Harry, los ojos se le habían desorbitado— ¿Se pueden domesticar?

—No mucho… —rió Fred.

—Quizá te convendría mantener la cabeza gacha, no sea que una llama peregrina te chamusque la rubia cabellera… —completó George y luego saludó a Severus— Ah, profesor Snape, buenas noches…

—Discúlpenos que recién ahora hayamos notado su presencia.

—¿Vino para aprender alguna estrategia que les pueda servir a sus Slytherin?

—No creo que ninguna les vaya a ser útil… nosotros tenemos a Harry Potter… —dijo Fred guiñándole a Harry.

—…y ningún buscador puede vencerlo. —concluyó George y ambos mellizos volvieron a girar las cabezas hacia el frente.

En ese momento llegaron Fudge y el ministro Búlgaro, quienes también se ubicaron en la segunda fila. Fudge les presentó a los Weasley, pero el búlgaro no parecía entender mucho.

Fudge suspiró y le confió al señor Weasley en susurros: —Yo no soy bueno para los idiomas, ojalá estuviera acá Barty, veo que su elfa le está reservando el lugar. Ah… —dijo alzando la voz— Aquí viene Lucius…

Malfoy entró acompañado de su esposa y de Draco. Tuvieron lugar las presentaciones de rigor y los Malfoy tomaron asiento; Lucius junto a Fudge, Narcissa a su lado… Draco quedó entre su madre y la elfa. El joven Malfoy no disimuló una mueca de disgusto. Se volvió hacia su madre y dijo con voz clara para que todos lo oyeran: —Al menos es mejor acá que no con la chusma de la primera fila.

Ron empezó a levantar presión pero Neville y Hermione se las arreglaron para que no dijera o hiciera nada inconveniente.

Sólo había quedado un asiento libre en la segunda fila, en el extremo, del otro lado del ministro búlgaro. Era para Ludovic Bagman, el secretario de Juegos y Deportes, que llegó dos minutos más tarde.

—¿Le parece que empecemos, Ministro? —preguntó después de los saludos.

—Adelante, Ludo.

Bagman se llevó la varita a la garganta y pronunció un Sonorus. —Señoras y Señores…

Un rugido de júbilo estalló en todas las tribunas.

—… ¡bienvenidos! ¡Bienvenidos a la cuadricentésima vigesimosegunda Final de la Copa de quidditch!

Hizo una larga pausa hasta el bramido del público que había vuelto a encenderse fue cediendo.

—Permítanme presentarle ahora a… ¡las mascotas de la Selección Nacional Búlgara!

Nuevo clamor y aplausos de las tribunas y cientos de veela ingresaron planeando sobre el campo de juego. A través de los omniculares, Harry podía verlas de muy cerca… eran mujeres bellísimas pero no parecían del todo humanas. La piel era muy blanca y relumbraba como luz de luna. Los cabellos color oro blanco y largos ondulaban a su alrededor. Harry se volvió hacia Severus para preguntarle pero no alcanzó a pronunciar una sílaba porque en ese momento empezó el cántico.

Las voces eran seductoras y la melodía cautivadora. Y empezaron a danzar. Todos los Weasley y Sirius se habían puesto de pie y tenían los ojos abiertos como platos, como hipnotizados por el espectáculo. Neville, Hermione y Harry intercambiaron miradas confundidas.

—¿Qué les pasa? —preguntó Harry desconcertado.

—Han sido atrapados por la fascinación de las veela. —explicó Severus con tono neutro— Se necesita mucha fuerza de voluntad para resistir. Vos y yo estamos usando Oclumencia y eso ayuda.

—¿Se van a poner bien? —preguntó Harry preocupado.

—Por supuesto. Observá…

Las veela habían concluido su presentación y se retiraron. Todos recuperaron el comportamiento normal.

—¡Y ahora…! —anunció Bagman— ¡Levanten las varitas para saludar el ingreso de la mascotas de la Selección Nacional Irlandesa!

Un gran cometa verde y dorado se abrió camino por encima del estadio. Dio una vuelta completa y se dividió en dos cometas menores. Partieron en direcciones opuestas hacia los aros, donde quedaron estacionarios. Un arcoíris de luces brotó de cada uno de ellos y se proyectó hacia el centro hasta unirse con su análogo en el centro. Hubo muchos aplausos y gritos fascinados del público. El arcoíris se desvaneció y los dos cometas recobraron el movimiento y aceleraron hasta chocar en el centro. De la explosión brotó un trébol gigantesco que se fue expandiendo hasta cubrir todo el estadio. Y empezó a desprender monedas doradas que caían sobre el público.

—¡Excelente! —chilló Ron al tiempo que se agachaba para juntar las monedas.

Harry había concentrado su atención en el trébol enorme. Estaba conformado por miles de hombrecitos de barba, vestidos con levitas rojas y todos sostenían una lámpara que proyectaba luz dorada o verde.

—¡Leprechaums! —gritaron los mellizos al unísono— ¡Teníamos razón!

El espectáculo concluyó unos minutos después.

—¡Y ahora, señoras y señores…! —retomó Bagman— ¡…recibamos al equipo de la selección búlgara!

Siete jugadores con uniforme escarlata accedieron volando en escuadra. Todas las miradas se concentraron en Krum, el famoso buscador de dieciocho años de edad. Los vítores se prolongaron varios minutos.

—¡Y ahora démosle la bienvenida a la selección irlandesa! —proclamó Bagman.

Los siete jugadores que accedieron a gran velocidad iban con uniformes verdes. Sirius le hizo notar a Harry que todos montaban Firebolts.

—El árbitro de este encuentro será el propio presidente de la Asociación Internacional de quidditch, ¡Hassan Mostafa!

Un mago delgadito, completamente calvo pero con un gran bigote que podría haber rivalizado con el de tío Vernon entró al campo de juego. Iba vestido completamente de dorado. Llevaba un silbato plateado entre los labios y portaba la caja con las pelotas.

—¡Que empiece el partido! —bramó la voz de Bagman.

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